20 octobre 2014 1 20 /10 /octobre /2014 21:56

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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18 octobre 2014 6 18 /10 /octobre /2014 12:26
UNA LECTURA DE LA SATIRA EN CUBA :  INDAGACION DEL CHOTEO DE JORGE MAÑACH

I

En el cuadro José Francisco del pintor español Víctor Patricio Landaluze que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de La Habana, un negro esclavo que trabaja de criado en una suntuosa casa, besa los labios de la estatua de una mujer blanca y aristocrática, al abrigo de miradas indiscretas, excepto, claro está, de la mirada del pintor y de la nuestra. Este cuadro del siglo XIX se puede considerar una representación visual del choteo cubano. Para que esto se acepte, claro está, es necesario deslindar la doble visión que nos impone Landaluze y que corresponde a dos aspectos de dicho choteo. La primera se deduce del atrevimiento ingenuo del esclavo que viola las reglas propias de su condición, y se iguala a escondidas al inaccesible universo social y carnal de sus amos. La segunda, la del pintor y la del espectador que nosotros somos, juzga con una burla el acto del parejero José Francisco.

Lo que define al choteo, a la manera en que lo expone el cubano Jorge Mañach en 1928, está implícito en esos dos gestos simultáneos del cuadro: igualarse a alguien de autoridad superior, desacralizar con humor los emblemas de esa autoridad y juzgar, incluso, a quien lo haga sin poseer los atributos sociales que supuestamente le corresponden. Chotear es de esta manera sinónimo de desvirtuar la representación seria de un sujeto y de su discurso.

La visión que nos propone Landaluze tiene en común con la de Mañach el hecho de tomar distancia, de pretender mencionar o corregir un defecto más que describir una curiosidad. Ambos puntos de vista se apoyan en visiones personales : Landaluze es un militar español que ha estudiado pintura en Francia, para él los personajes de la sociedad cubana son sobre todo pintorescos, extrovertidos e irreverentes ; su visión es la del poder colonial, la de un europeo de paso, a pesar de terminar su vida enterrado en Guanabacoa. La visión de Mañach es la de un insular de regreso, a pesar de morir exilado en otra isla, Puerto Rico.

Para Mañach, alumno de un colegio español, estudiante en Harvard y en París, el cubano es un ser socialmente incompleto. El mejor ejemplo es el del choteo, « fenómeno psicosocial » que él considera lamentable. El choteo es la prueba de la levedad del carácter del ser cubano en los primeros años de la república, del desequilibrio de su sociabilidad. El esclavo José Francisco de Landaluze que besa la escultura del ama blanca, es para Mañach el cubano independiente que tira una trompetilla a un orador público y que debe cambiar « con el advenimiento gradual de nuestra madurez, con la alteración paulatina de nuestro clima social ».

Partiendo de considerar al choteo como el rasgo definidor de la sátira en el imaginario cubano, el objetivo de este trabajo es analizar los aspectos expuestos en la Indagación…que, según Mañach, caracterizan a esta sátira. No se trata aquí – como se puede inferir del título –de remontarse a los orígenes del género en Cuba, ni de describir un itinerario del mismo hasta la actualidad, sino de exponer los hipotéticos aspectos de un discurso satírico a partir de las ideas que Mañach desarrolla, y de especular sobre su presencia en ciertas zonas de la literatura y el arte cubano contemporáneos.

II

       El pensamiento de Mañach está marcado por una intención didáctica y ética. En un artículo publicado en la revista Bohemia Mañach confiesa escribir « para higiene del espíritu cubano ». En su libro Historia y estilo de 1944 él extiende este objetivo a toda la nación cubana al reconocer que su trabajo de análisis histórico se propone ser « una incitación para el ejercicio cada vez más pleno del deber en que todos los cubanos estamos de crearnos la nación que nos falta ».

Al hablar de higiene Mañach aplica a la salud espiritual del cuerpo cubano un término médico con una doble significación ; la conservación de la salud y la prevención de enfermedades. Para Mañach tanto el espíritu del sujeto cubano como el del espacio social republicano que este sujeto habita, están enfermos por ser incompletos. De esta manera la acción de reflexionar y de escribir es doblemente intelectual – en su intención y en su práctica- y constituye un deber ante la carencia de un orden social como lo es la nación. En la reflexión y la escritura de estos ensayos subyace ante todo la racionalidad de una moral y el papel de educador de las masas del intelectual que Mañach asume ser. Sin embargo, vale aclarar que en la historia del pensamiento cubano la posición de Mañach se define y se particulariza por una paradoja : la de pretender construir un modelo de ser colectivo señalando los errores de un presente y de una realidad inmediata, y no citando potenciales virtudes ni buscando en el pasado las bases o las reservas de una mitología autóctona.

Es en las páginas finales de su ensayo que Mañach expone lo que se puede considerar un modelo de sujeto histórico ideal para la república cubana. Dicho modelo debe evitar, dice Mañach, que la « gracia » típica del cubano « degenere » en choteo. La fórmula para lograr esto la compone una operación aritmética de adición de « virtudes » en aras de disminuir o anular las causas del choteo. Entre las virtudes materiales, psicólogicas y morales a añadirse al comportamiento del cubano se pueden citar ; el ser más ricos, refinados, normativos, numerosos, receptivos al orden de la jerarquía. Todo esto hará, dice él, que el entusiasmo sea « auténtico » y la alegría « apetecible » provocando la desaparición de las condiciones de vida del mencionado choteo. La descripción de la sátira cubana que aparece en Indagación del choteo alterna con el rechazo, la denuncia o la corrección de un error.

Partiendo de considerar a la sátira como una forma literaria cuyo discurso utiliza registros que abarcan la ironía, la alusión, la parodia y sobre todo la burla de un paradigma determinado, se pueden precisar los índices que componen la tipología del choteo como variante típicamente cubana de la sátira, según aparecen expuestos en Indagación del choteo.

Para Mañach el choteo es una actitud psíquica, un rasgo del carácter y un « hábito de irrespetuosidad » que se explicita a través de la burla y que persigue como objetivo oponerse a todo orden, jerarquía, autoridad o poder. La sistematización de esta costumbre de « no tomar nada en serio » lleva implícita una afirmación del yo de parte de los más oprimidos de la sociedad, piensa él, que ven en la práctica de este ejercicio desacralizador un signo de independencia.

La independencia del sujeto que expresa el vituperio del choteo, se puede resumir a través de un deseo de no ser molestado por un sujeto-Otro, a la vez emblema de la autoridad y blanco de la burla. « Alguien ha dicho que el ideal de los españoles se puede expresar con esa frase castiza : hacer su real gana », escribe Mañach, antes de concluir con una idea clave sobre el carácter de los cubanos : « De los españoles hemos heredado, quizás, ese espíritu ; pero en nosotros asume una forma menos díscola y activa. El cubano generalmente se contenta con que no lo molesten. La libertad en abstracto le tiene sin cuidado, con tal que no llegue a afectar su personal albedrío ».

El choteo es en fin para Mañach, sinónimo de libertinaje, holganza, improvisación y hedonismo tropical. Aunque este texto haya sido ensencialemente considerado un ensayo de psicología social, Mañach no se limita a describir el fenómeno sino que especula también sobre las causas de esta sátira que son según él, la naturaleza insular y la Historia :

[…] debe afirmarse […] que hay en la idiosincrasia cubana rasgos peculiares que, originados unas veces y acusados por el clima o por las circunstancias sociales en que hemos venido desenvolviéndonos, tienden a facilitar esa perversión de la burla que llamamos choteo.

En lo que respecta al primer aspecto, el independentismo que sugiere la insularidad, Mañach continúa una idea fundadora del imaginario cubano enunciada por Félix Varela en el siglo XIX y desarrollada desde entonces por innombrables ideólogos de la cultura cubana : el estatuto geográfico de isla determina la independencia y la diferencia de su imaginario, su conciencia de isla. Sin embargo lo que le interesa a Mañach es condenar los efectos para él nefastos que esta diferencia puede engendrar. « Cuba se ve obligada al descubrimiento de su propia insularidad » escribe en su ya citado libro Historia y estilo, antes de añadir : « Tiene, a la vez, la conciencia de su insularidad y de su debilidad ». Mañach es el pedagogo de esta debilidad. Esta debilidad se puede resumir por la falta de armonía y de equilibrio de la expresión cultural de « la idea nacional » que fundara el patriciado cubano desde finales del siglo XVIII. La levedad del espíritu que revela el choteo fragiliza la solidez del ser nacional y pervierte, incluso, la dosis adecuada de humor y de alegría que el carácter humano necesita para ser feliz.

Con respecto al segundo aspecto, la Historia es para Mañach sobre todo una historia del espíritu, la genitora de una sucesión de estilos que organizan la expresión de dicho espíritu. Es la inmadurez de la república cubana y la juventud de su independencia de España, quien facilita, según él, las condiciones de la degradación de la sátira en su versión choteo. Esta inmadurez Mañach la identifica, desde el punto de vista histórico, con la ausencia de serios desafíos colectivos. En una reedición de 1955 de este ensayo Mañach añade lo siguiente : « Pero, afortunadamente, hablamos de una época ya casi enteramente pasada. Así como el choteo ha sido el resultado de un ambiente, también lo ha sido de un determinado período que ya toca a su fin –el período que pudiéramos llamar de improvisación en nuestra vida nacional ». La fórmula choteo versus orden aparece implícita en este razonamiento. Sin embargo –y he aquí otra contradicción de su pensamiento- junto a la educación, son las revoluciones que él viviera, la de 1933 contra Machado y la de 1959 contra Batista, quienes contribuyen según él a disminuir los grados de hilaridad negativa en el carácter del cubano. Un ejemplo de esto es que el triunfo de la revolución del 59 lo motiva a un exaltado artículo en la revista Bohemia, y el entusiasmo por lo que ocurría en Cuba entonces, lo lleva incluso a integrar el jurado del primer premio literario organizado por la Casa de las Américas en 1960.

En toda exposición didáctica de Mañach subyace la presencia de un sujeto letrado que actúa como mediador entre modelos culturales extranjeros y el sujeto cubano medio o popular, republicano. Es este sujeto letrado quien debe contribuir a crear « el espíritu clásico dentro del afán moderno » en el seno de « la patria ». Mañach como encarnación criolla de este sujeto rector, configura su visión clásica a partir de su propia experiencia vital, de su pertenecia en diferentes momentos a las culturas cubana, española, norteamericana y, en menor medida, francesa. Estas pertenecias el propio Mañach las conceptualiza a partir de la expresión de esas culturas, es decir de sus idiomas :

Lo español es lo rotundo, lo categórico, lo de una sola pieza…El inglés es lengua de la voluntad práctica…es una buena influencia. Nos acostumbra a rebajar el énfasis heredado, a ser más directos, concisos, sustantivos…El francés es la lengua de la inteligencia…disciplina de claridad, de orden, de elegancia : en una palabra, de sentido sereno y clásico de la vida.

Este análisis sintético de Mañach es un ejemplo de la importancia que él concedía a la expresión como representación de una cultura, a la comunicación como medio de visualizar y relacionar la identidad de una nación, a la palabra. En la conciencia ecléptica de Mañach el discurso desacralizador del choteo cubano no puede permanecer como símbolo del carácter cubano, porque se sitúa, con su ligereza, en las antípodas de la afirmación de la gravedad clásica que debe poseer toda nación seria.

En un lúcido estudio sobre Mañach que data de 1971, Andrés Valdespino anota dos consecuencias paradójicas de « esa encrucijada de culturas » en Mañach : « su marcada tendencia al equilibrio, a rehuir posiciones extremas », y su « personalidad contradictoria y, hasta cierto punto, trágica ». « La tragedia íntima de Mañach », anota Valdespino, « era sentirse a veces extraño en su propio ambiente ». Es este extrañado Mañach el que critica al choteo por sus excesos irrespetuosos. Quien condena la falta de espíritu crítico y la burla de lo autoritario, es el Mañach que vuelve de centros universitarios europeos y norteamericanos, mientras que el Mañach ciudadano ocupa, como ningún otro intelectual republicano la escena visible del espacio público nacional.

En el plano político, Mañach participa con otros intelectuales en 1923 en « La Protesta de los trece », milita en la lucha contra el dictador Gerardo Machado como miembro fundador del partido ABC, llega a ocupar, entre otros cargos, el de senador en 1940, dos veces es ministro, en 1934 en el gobierno de Carlos Mendieta y, la segunda vez, en el gobierno del primer Batista, en 1944. En el plano cultural basta mencionar brevemente su papel en el grupo « Minorista », en la fundación de la vanguardista Revista de Avance, su creación de la llamada Universidad del Aire, programas de radio con fines educativos, su puesto de profesor titular de Filosofía en la Universidad de La Habana, en fin, sus múltiples libros de ensayos y sus más de dos mil artículos publicados en numerosas revistas cubanas. Sin embargo, Mañach fue, también, aunque se olvide señalarlo, un recurrente exilado. Tres veces sale de Cuba por razones políticas, en marzo de 1935, en 1952 huye de la represión batistiana y, por último, en 1961, al proclamarse el carácter comunista de la revolución cubana, se va a impartir cursos a la Universidad de Río Piedra, en Puerto Rico, donde muere pocos meses después.

Estos aspectos de la sociabilidad de Mañach sirven para explicar otros ángulos de la inconfordidad contradictoria de su discurso sobre los vicios del choteo. Sus idas y venidas de Cuba al extranjero acrecientan sus deseos de que el espíritu del cubano siga los cánones de las grandes naciones que él conoce para que su humor se limite a « una jovialidad de buena ley ». Su esfuerzo comunicativo lo lleva a ocupar todos los espacios posibles de difusión que van apareciendo en Cuba ; la prensa, la radio, la televisión, etc. Sin embargo, « como buen liberal Mañach intenta ubicarse entre el conservadurismo de derecha y el radicalismo de izquierda ; y en ese contexto critica los particularismos que, según él, mucho daño pueden hacer a la constitución de nuestra nación […] ». Estas idas y venidas del hombre Mañach, repito, explican también la curiosa ambivalencia de su condenación del choteo. A las críticas ya citadas más arriba, Mañach añade la aceptación de ciertos rasgos positivos en el desarreglo persistente del humor cubano : « la familiaridad », « el desintéres », « la melancolía », « el pudor » escondido, en resumen, escribe, la « mezcla peculiar de virtudes y defectos ».

Mucho se ha insistido sobre el aporte de este texto a los estudios de la cultura cubana. Como texto canónico de la interpretación de la sátira en Cuba, vale la pena precisar las bases teóricas sobre las cuales él estructura su análisis. La crítica se pone de acuerdo para reconocer en este texto como ensayo filosófico o psicosociológico. Mañach desde el inicio de su Indagación…confiesa emplear tres métodos para su análisis ; el etimológico, el empírico y el lógico. Sin embargo al insistir en su interés por concentrarse en las « menudas concreciones » de la sociedad, « en sus pequeños módulos vitales », Mañach menciona los elementos constitutivos de un método fenomenológico. Pero la fenomenología de Mañach viene de una reelectura de Hegel y sobre todo de Husserl, llegada a él a través del filósofo español Ortega y Gasset.

Si en el contexto cultural cubano de los primeros años de la república, dos libros de Fernando Ortiz, Entre cubanos. Psicología tropical de 1911 y sobre todo, La decadencia cubana de 1924, son claros antecedentes de las reflexiones de Mañach sobre el choteo, es esencialmente el libro España invertebrada de Ortega quien funciona de modelo para que él escriba su Indagación…« Desde hace más de treinta años Ortega y Gasset es una de mis grandes devociones de lector », confiesa Mañach en su ensayo Imagen de Ortega y Gasset, escrito como homenaje al español un año después de la muerte de éste.Conceptos claves de la filosofía de Ortega, como « la razón vital » o « la razón histórica », la noción de « relación » que para Mañach es la más importante de Ortega, aparecen de una manera u de otra en el imaginario y en la prosa del cubano así como en su predominante perspetiva historicista. Es evidente, sin embargo, que Mañach no renovó sus puntos de vista fenomenológicos con la adopción de los postulados que introdujera en esta escuela filósofica el francés Maurice Merleau-Ponty a partir de su libro Phénoménologie de la perception de 1945, en el cual el cuerpo del sujeto se convierte en eje de su presencia en el mundo.

Mañach no sería nunca un filósofo del cuerpo, sino del espíritu. De un espíritu práctico, vale señalar. Un pragmatismo –heredado de sus lecturas del filósofo norteamericano John Dewey- que persigue infundir en el pueblo y en su conciencia los valores culturales que puedan transformarlo. Sin olvidar que en dicha transformación, como hemos visto, Mañach incluye la supresión de la sátira, o al menos, de los excesos de sus dosis de burla.

Mario Parajón, en una breve semblanza de su vida y de su obra, alude a un aspecto de la herencia de la estética de Mañach que yo considero capital : « haber desarrollado su vocación de hombre íntimo que invita a los demás a tener también una intimidad ». Pienso que si aceptamos esta ganancia del ser nacional cubano, la crítica del choteo de Mañach puede interpretarse como una reacción contra lo irrespetuosamente extrovertido de ese ser, contra el exceso de burla de la autoridad, contra la falta de intimidad del ego.

Para terminar intentaré dar respuesta a dos dudas para que este breve análisis vaya más allá de una lectura histórica de la sátira en Cuba, según el punto de vista de Mañach. La primera duda se refiere a la vigencia de la indagación de Mañach en el imaginario cubano contemporáneo, y, la segunda, sobre la presencia o no del choteo como variante de la sátira, en algunas zonas de la literatura y el arte cubanos más recientes.

III

           En un libro sobre la historia de Cuba que parece más bien una guía para turistas, el espeléologo y capitán cubano Antonio Núñez Jiménez escribe en un castellano de dudosa calidad, sobre Mañach y el choteo : « Mañach, con la limitación que entrañaba su posición de clase burguesa, en definitiva al servicio del capitalismo y de su sostén, bordea alguna de las esencias sociales y políticas del choteo, pero no llega a desentrañar la explicación de sus verdaderos alcances […] En realidad el choteo se explayó sistemáticamente contra el orden social aquí establecido, es decir, contra la sociedad burguesa y la prueba de esto es cómo el choteo va finiquitando a medidad que las ideas del marxismo-leninismo van sustituyendo, a partir de la década del 30, aquella arma del pueblo. Ya ante el heroico drama del Moncada, del « Granma » y de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, el cubano no chotea. En Girón ya el choteo es un elemento fósil de la sociología cubana ». Es curiosa esta antitésis: tanto Mañach, como un ideólogo menor del poder revolucionario, coinciden en la oposición al choteo, el primero desde un letrado elitismo ortegano, el segundo desde una ramplona ortodoxia marxista.

        Aún suponiendo que esta opinión de Nuñez Jiménez haya envejecido – el libro en cuestión data de 1984- y que la falta de méritos intelectuales del autor anule el valor de lo que en el mismo aparece, el tiempo y los hechos prueban que ni Mañach ni el choteo han tenido una buena aceptación bibliográfica en la historiografía oficial cubana. Apresuro dos razones : Mañach por ser un exilado, y el choteo por basarse en la burla de la autoridad y del orden, por la sensación de libre albedrío que lo acompaña siempre. Esto no significa, claro está, que ni la influencia del pensamiento de Mañach entre los más jovénes intelectuales cubanos no exista, ni que el choteo haya dejado de ser la más representativa forma de la sátira en los imaginarios artistíco y popular cubanos. Si hacemos como Mañach y nos limitamos fenomenológicamente a los hechos en sí, es decir, en el caso del imaginario artístico, a la literatura y al arte, y en el caso del segundo, al lenguaje y a un género oral muy en boga en Cuba, el chiste ; tenemos que reconocer que la sátira en forma de choteo, no sólo no ha desaparecido de la sociabilidad y del arte cubano de dentro y de fuera de la isla, sino que se ha convertido en una forma de expresión típica. La autoridad omnipresente y el deseo de libertad, entendida ésta como ruptura de un orden impuesto, son los blancos de dicha sátira.

       Para terminar sólo me limito aquí a mencionar, sin describir ni analizar, algunos ejemplos. En el caso de la literatura cubana del exilio, basta con citar el choteo a la autoridad literaria presente en Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y en El color del verano de Reinaldo Arenas, para ilustrar la afirmación precedente. Por su parte, tanto la estructura como el lenguaje de Mea Cuba, también de Cabrera Infante, el más completo libro de textos políticos cubanos de las últimas décadas ; se articula alrededor de una sátira con muchos puntos de contacto con el choteo. Otros casos de humor sátirico, con muchos puntos de contacto con el choteo, son evidentes en las recientes escrituras de los también exiliados Enrico del Risco y Ramón Fernández Larrea.

       Termino con algunos ejemplos procedentes de Cuba donde aparece el choteo dirigido en ambos casos a ridiculizar tanto la figura del Dictador, como su retórica política.

En un pasaje de su ensayo « Libertad con minúscula y el choteo de los jueces en el cine de Gutiérrez Alea », Aída Beaupied establece un paralelo entre las ideas de Mañach sobre el choteo y una escena de la película Guantanamera de Gutiérrez Alea. La última película que Alea dirigiera, termina con el discurso del personaje simbólicamente llamado Adolfo, en el cementerio de Colón de La Habana. « […] Adolfo termina choteado por un aguacero que le moja el papel y empaña la tinta de su discurso. Con la lluvia surge además una ventolera que no sólo le arrebata el papel de las manos, sino que lanza al piso la escalera que había usado para subirse al pedestal mientras el público, corriendo, se aleja dejándolo solo. La única persona que queda en el cementerio es una niñita que ya había aparecido varias veces para anunciar la muerte ». Beaupied cree ver aquí una metáfora del final de un dictador, de su representatividad teatral, de su voz y de su retórica escrita, desaparecidos por un aguacero al tiempo que una voz en off cuenta una leyenda afrocubana sobre la muerte. Añado otro ejemplo del conocido filme Fresa y chocolate, también de Alea. Diego el homosexual, pone un disco de Maria Callas y pregunta en voz alta que cuándo Cuba dará una voz como esa, sí, afirma ante un David perplejo, porque ¿hasta cuándo vamos a seguir con María Remolá ? María Remolá, yo aclaro, es una cantante menor de ópera que dominó durante décadas la escena lírica cubana. En ambos casos, la burla a la figura del Dictador, a su omnipresencia y a su discurso, es evidente, aunque no tanto, claro, que como en Alicia en el pueblo de Maravillas del director Daniel Díaz Torres y guión de Jesús Díaz. En este filme un pueblo inaccesible de donde además nadie puede escapar, es gobernado por el director de un sanatorio que a la vez constituye una encarnación del diablo. Alegoría, parodia, sátira y choteo llevan al extremo la burla a la autoridad del dictador.

Nada mejor, creo, para terminar con esta urgente especulación del choteo cubano actual, que referirse a un cuento de Pepito, sin dudas el personaje más popular de Cuba. A fuerza de querer criticar o ignorar la voz autoritaria del discurso oficial, el mejor ejemplo de choteo de las últimas décadas, en el interior de Cuba, terminó por ser casi mudo, es decir, escogió la oralidad en voz baja, el susurro, la falta de prueba escrita por temor a la delación. Es un imprudente Pepito quien mejor lo encarna.

Pepito es un niño que, como niño, dice lo que piensa sin reflexionar y lo que él piensa y dice equivale, casi siempre, a un comentario sobre lo que acontece en ese momento en el país. Un día, cuenta la voz popular, la maestra de Pepito quiere evaluar la cultura política de su alumnos delante de un inspector que viene a visitarla. Para esto le muestra a los niños un retrato de George Busch y les pregunta si saben quién es. Ningún alumno responde y ante tal situación ella sólo atina a dar algunas pistas : -Por culpa de ese hombre estamos bloqueados, pasamos hambre, no tenemos luz eléctrica todo el día, no somos más ricos y prósperos...Pepito la interrumpe para ayudarla delante del inspector y grita : -Maestra ya sé quien es, lo que pasa es que así, como está en la foto, afeitado, sin barba, con corbata y sin uniforme verde olivo no lo reconocía, seguro que antes de llevarlo al hospital lo pusieron así...

Un estudio de las formas que adopta el humor satírico en el imaginario cubano contemporáneo, permitiría determinar mejor la continuidad o la ruptura con los postulados de Mañach y de su Indagación del choteo y, sobre todo, precisar la probable existencia de una tipología de la sátira en el arte y la sociedad cubana con muchos puntos en común con el choteo que Mañach describiera.

 

Publicado en : América, No. 37, Sorbonne Nouvelle, 2008, p. 53-62

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14 septembre 2014 7 14 /09 /septembre /2014 11:16
LAS CATEDRALES DE MARCIAL GALA

        Cada uno recuerda algo diferente de una ciudad. Con nosotros o en una estación ajena, la ciudad envejece y cambia: no nos espera. Peor, como a los muertos no le importamos gran cosa, estamos de paso y ella permanece. No conozco muchas maneras de hurgar en la ciudad nuestra ausencia. Ninguno de nuestros caprichos edulcorados permanece, hasta sus ruinas se derrumban o se maquillan. Supongo que existen formas de evocar una ciudad (el arte local justifica su existencia con estas misiones), repito, pero yo, por limitaciones de mi inteligencia y mis afinidades, he preferido constatar la manera en la cual se escribe la ciudad, cómo se proyecta una fotografía contada de su espíritu; la permanencia escrita de su tiempo.

        Ando buscando a Marcial Gala por Cienfuegos. En la céntrica librería del boulevard me dan el teléfono de la Uneac. Es conocido Marcial, el más premiado escritor de la ciudad. Me alegra este reconocimiento que confirma la vanidad de mis intuiciones: estuve siempre convencido que él poseía una mirada muy personal para transcribir el caos cotidiano que, a fuerza de dispersas lecturas de años y de eso que Cyril Connolly llamara calidad de espíritu, ha tratado de hacer, a su manera y con sus medios, universal.

El presidente de la Uneac sigue siendo el mismo Orlandito de siempre. Me habla con afecto (escribo esto y me doy cuenta que a lo mejor espero o deseo que me hable de otra manera), como si hubiera sido ayer y no hace 20 años nuestra última conversación. Me dice que pase cuando pueda por la Uneac, esa misma tarde si quiero. Me da el teléfono de casa de Marcial.

El tiempo que viví en esa ciudad y en la memoria que me idealizo de ella, Marcial se fue convirtiendo en la otra mitad que yo hubiera querido ser, por ignorancia y pereza, por descuido o tal vez por hipocresía. Marcial como una conciencia malévola que anota y mira, y viceversa, pero pagando el precio, eso sí, de haberse quedado sin conocer esos paisajes del renacimiento que él imagina y anhela. Es más fácil, me parece, dejar a los otros esa misión imposible de respirar o imaginar en libros una realidad que ya uno no puede soportar. Algo de Marcial consuela la supuesta vida que mi voluntad y mis ambiciones me impidieron asumir, al punto de temer de que mi afecto por él sea una forma de completar una parte de mí que disimulo u oculto.

Marcial lleva a cuestas, allí, en ese Cienfuegos de una belleza desconsolada, tres condenas que no le han impedido el triunfo de su mayor superstición: ser escritor. En una cultura hipócritamente racista, es negro, vive en provincias, y es un solitario que mira al poder desde las gradas de su nocturno estadio irreal donde deambulan visiones, olores, voces, y pesadillas que él ha tratado de ordenar por escrito, hasta ir tejiendo, con paciencia, una mitología subterránea de la ciudad.

         Nos damos cita en el Hotel La Unión, al final del boulevard y justo antes de llegar al Parque Martí. Nos sentamos frente a la piscina ovalada de ese neoclásico hotel restaurado, ante dos blancos leones de piedra que sirven de guardianes a la entrada del agua adonde G. ha preferido, con discreción francesa, ir a bañarse mientras él y yo hablamos. Es justo decir que el momento supera las profecías que hubiera añorado en mi exilio. Me gusta el contraste entre el lujo postizo del sitio y la eterna displicencia de Marcial que parece haberse bajado al instante de una guagua de los años 90, la época hambrienta en que hacíamos largas colas para desayunar lo que apareciera no lejos de ese mismo lugar.

Acaso en la amistad el egoísmo toma una pausa y nos concede no sólo vernos en el espejo sino también preguntar por el otro. Durante años de exilio he tratado de seguir lo que ha escrito Marcial con la satisfacción y la intriga de enterarme que ha logrado sobrevivir y publicar, ganar premios, y tener la aprobación de quienes ya no pueden ignorarlo. Y sin darnos cuenta estamos festejando el triunfo por un libro que aún no ha sido publicado. Marcial me cuenta que acaba de ganar el premio Alejo Carpentier con la novela La catedral de los negros. Que ha ido a Santo Domingo y pronto estará en la Feria del libro de Guadalajara. Además le han dado una casa propia y dirige una tertulia literaria llamada El relajo con orden.

Tratándose de Marcial ni siquiera cometo el esfuerzo de indagar cómo ha perdurado su fe en medio de tantas incertidumbres. Porque tiene que ser la fe y el mundo ficticio que cabe en su enigmática sonrisa lo que le ha permitido seguir de largo en medio de esas batallas materiales por la supervivencia que transita todo cubano: un día soy testigo de haber vito a Marcial, lo juro, vendiendo chicle en la Manzana de Gómez de La Habana, otra tarde, estaba de pie con un mango en sus manos y a la venta frente al teatro Terry de Cienfuegos.

Basta con verlo caminar por la ciudad a Marcial con su gorra de pelotero de béisbol -como haríamos unas horas después hasta tomarnos juntos una foto al lado de la estatua de Benny Moré en el Prado-, con seguir la parsimonia de sus respuestas a angustias que podrían resultar irreales por pertenecerme a mí, al fugitivo que ahora vuelve intentando conservar cierta amistosa lealtad. Hay personas así, que poseen el don de atravesar silbando un campo minado mientras uno se queda quieto bajo una piedra, susurra una tregua a los dioses, o espera que al menos un globo, un barco, o una nave espacial lo lleve urgente a otro sitio.

Después de haber leído casi todo lo que ha escrito, estoy convencido que a Marcial le da lo mismo vivir donde le ha tocado o en otro sitio. De todas formas no hay remedio, piensa. Su inteligencia es lo suficientemente aguda para darse cuenta que la literatura no cambia al mundo, y que la fidelidad a la tarea de escribidor que él mismo se ha encomendado, no lo puede obligar a simular: en cada cuento, poema o novela de Marcial se registra la fatalidad de la existencia humana, la añoranza por algo que la realidad, o la súbita aparición de Dios, de cadáveres y moribundos, de alcohólicos y drogadictos, o de fantasmas; vaticinan imposibles.

En el lamento mordaz de la escritura de Marcial subyace la melancolía de un narrador o de un testigo que acepta con sorna el desastre, el naufragio de toda salvación, la victoria injusta de la viveza del mal. Escribo bien viveza del mal porque en sus historias son los rufianes quienes salen ganando con sus perfidias, los que se llevan la mejor parte en la tensión constante que se establece entre sus acciones y el amargo lirismo de un protagonista impotente ante la perversidad.

En el cuento “Perro Mundo” que abre el volumen Es muy temprano, una pareja que duerme en el cementerio es testigo de un asesinato narrado con lujos de detalles. Instantes después de tal escena macabra, y de comprobar que la víctima moribunda les pide ayuda, la narración se interrumpe y a la vez termina con un sorprendente diálogo de dos líneas:

¿Le revisaste los bolsillos?

No, dijo ella, ¿sabes?: en todo este jodido mundo no hay un tipo como tú.

En “Hojas de almendro” un muchacho se va de viaje por la isla con dos turistas suecas pero no sabe bien si es realidad o un sueño, al final la policía lo despierta en la habitación de un hotel y la duda persiste. En “Carlos, la Tirri y yo levitando” el narrador comete un crimen pasional y al llegar la policía, es decir, la realidad, logra al fin alcanzar su objetivo: “Cuando llegó la policía ya yo estaba levitando”. En “Clara y los gorriones”, dedicado a Juan Francisco Pulido, joven escritor cienfueguero que se suicidara en Minnesota, se invierte la estrategia, se comienza por un entierro, se describe después el suicidio, para terminar con una imagen en boca de su madre que esclarece el título: “Cuando era pequeño, dejábamos abiertas las ventanas para que entraran los gorriones y él sonreía mirándolos” (…)

No hay compensaciones porque no hay equilibrio en la dramaturgia de Marcial: la balanza se inclina siempre hacia la depravación y la maldad. La narración llega en estos casos a una frontera que los personajes violan con lágrimas, indiferencia u homicidios, en sucesivos círculos que se alternan sin que el lector pueda adivinar la pausa del vértigo, de la risa, o del desenlace.

Lograr partir de una anécdota y explotar al máximo lo contado lleva a Marcial a transgredir lo real, a no fijarse límites racionales al contar las acciones de sus personajes, y esto, unido a la aparición de lo insólito de manera natural y sin previo aviso, crea un dilema en el lector que puede sorprenderse, reír, o dudar al mismo tiempo. En un cuento con un título premonitorio como Tres meses antes de la muerte de Pilar, la protagonista se deja seducir en la playa por alguien que dice ser el intérprete del actor Jack Nicholson de visita en Cuba a quien, hacia el final del cuento, se describe durmiendo en una habitación de hotel.

A pesar de su título el cuento Tres meses antes de la muerte de Pilar termina con una frase tomada del habla cubana (no ir del “todo mal”) que el narrador reproduce de Pilar, la que a su vez ignora su próxima muerte a manos de un antiguo amante llamado Remigio:

Días después, justo antes de que a Remigio le anunciaran la libertad condicional, Pilar empezaría una relación tumultuosa con un camarero llamado Felipe, con el cual no le iría del todo mal.

La provocación que se atenuaba por la risa ante la presencia de un Jack Nicholson dormido y descrito como un enorme cetáceo que va a morir a la playa, alterna con el estupor ante la ingenua apreciación de Pilar cuya asesinato atroz el lector ya conoce en detalles: Remigio “le cortará la cabeza y la pondrá encima de la almohada” como en El padrino, “único libro que Remigio ha leído hasta el final”.

La entrada de lo que pudiéramos llamar fantástico en narraciones que aparentan por sus códigos ser en un inicio realistas en la escritura de Marcial se realiza por la ambición (como extremo del deseo) de incorporar sorpresivamente al relato al mismo tiempo supersticiones populares cubanas, íconos como Jack Nicholson, o referencias, y personajes de la cultura universal que intervienen con naturalidad en el relato de la vida cotidiana de personajes contemporáneos al autor.

Marcial, en un gesto más provocador que estético ha titulado con tremendismo a su trilogía de novelas: Cienfuegos capital del mundo.

Cienfuegos capital del mundo

Conocí a Marcial Gala gracias a Jorge Luis Borges. Yo dirigía el departamento de literatura de la Biblioteca Provincial de Cienfuegos cuando una tarde, el entonces director de la biblioteca, entró sudado y airado a la sala para denunciar, con grandes gestos de sus manos y una voz engolada, a un usuario llamado Marcial Gala por no haber devuelto, desde hacía varias semanas, el único ejemplar de las Obras Completas de Borges que poseía el recinto.

Como Borges murió en 1986 y la escena que cuento sucedió en 1990, se supone que ya en Cuba estaba permitido mencionar el nombre del escritor durante décadas silenciado. Hasta en la Casa de las Américas Retamar había presentado la edición de una antología de Borges en una irreal tarde en que, en un gesto borgeano, citaba anécdotas de su visita al apartamento del escritor en Buenos Aires con carácter retrospectivo: el censor esperó el tiempo de la muerte para volver del pasado con una flor del célebre escritor.

Marcial entró a la biblioteca con el libro de Borges en las manos no como una flor, sino como una deuda. No el libro desenterrado por Retamar sino el verde editado por Emecé. Me dijo que escribía y no sé cómo me las arreglé para que el sudoroso jefe lo perdonara, y Marcial volviera sin contratiempos cada día a leer a un lugar en el cual ha escrito casi todos sus libros.

Fue poco después de conocernos que Marcial se dispuso a publicar su primer libro, Enemigo de los ángeles en la editorial local Mecenas y me pidió que yo le escribiera un prólogo. Así lo hice respetando una norma que en mí no ha cambiado: que fuera breve, apenas dos páginas. A Marcial le gustó tanto el texto que no sólo lo leímos varias veces, sino que nos reíamos de la provocadora exageración de sus dones de escritor que yo describía citando fuentes supuestamente cultas para molestar un poco el provincianismo ambiente.

Él vivía en las afueras de Cienfuegos y yo en un albergue en ruinas cerca de un poblado llamado Caonao, pero teníamos la costumbre de ponernos de acuerdo para ir a comprar lo que encontráramos de comer por el centro de la ciudad, antes o después de yo comenzar mi trabajo en la biblioteca. Fue así como un atardecer en el cual habíamos dado con una cafetería donde podíamos comer algo, y justo en el momento en que yo tragaba un boniato, Marcial, algo taciturno, me comunicó la noticia: le habían aconsejado que su libro saliera sin mi prólogo.

Aunque me atraganté con el boniato y casi me asfixio (Marcial me dio varios manotazos en la caja torácica más o menos con la misma frecuencia que palmó sus hombros un funcionario local para erradicar mi prólogo) entendí lo que quería decirme, porque yo había pasado ya una noche preso por la seguridad del estado y comenzaba a ser persona non grata en ciertos círculos culturales de la ciudad. Le dije que no se preocupara, tosí y engullí al fin el boniato y con él mi prólogo, ayudado, eso sí, por un vaso de agua. “Lo importante es que tú publiques tu primer libro y no mi prólogo que nada añade a tus cuentos”, fundamenté aliviado por el boniato desaparecido de mi garganta y mi prólogo del libro de Marcial.

No mencionar nunca más esta experiencia no sólo salvó nuestra amistad, sino que protegía su libro y alejaba su persona de esas invisibles zonas de turbulencia que pueden provocar la muerte civil de cualquier escritor en Cuba.

Marcial y yo desde el principio hablamos de libros, mujeres, y del mundo. Es justo reconocer que a Marcial le encantaban mis novias y a mi sus cuentos. Pero siempre terminábamos hablando del más allá, es decir, del mundo. Él entraba a la sala de literatura y si yo estaba ocupado atendiendo a alguien, se sentaba a hojear una enciclopedia para esperar que yo terminara. Como Marcial sospechaba que los dioses no me habían dotado del mismo poder de resistencia que él para soportar vivir en Cuba con su providencial indiferencia, retomábamos cada vez el tema de otros países, otros escritores, otros paisajes y climas que nos refrescara el agobio del calor y la forzada disciplina de no tener qué comer.

Si la memoria no me traiciona, a Marcial le fascinaba el renacimiento italiano y Francia, aunque su descubrimiento aquella época de Faulkner le daría un punto de vista y una libertad para la composición a la cual él sigue siendo fiel hasta ahora.

-Este es mi papá en la torre Eiffel.

Así me dijo un día Marcial mostrándome una foto donde aparecía un hombre mulato con la silueta detrás del célebre monumento parisino. Ese día, supongo, hablamos de París, sin sospechar que tiempo después yo pasaría casi a diario frente a esa misma torre.

Un día en París alguien me trajo desde Cienfuegos un libro de Marcial. Se trataba de la novela Sentada en su verde limón editada en 2004 por el escritor Rogelio Riverón, un amigo común a quien yo conocí en la Central Nuclear y que vivió con nosotros dos una parte de nuestras aventuras cienfuegueras hasta llegar a ser, para mi sorpresa, director de la Editorial Letras Cubanas.

La novela cuenta la historia del saxofonista Harris que después de haber sido célebre en el mundo entero, termina en Cienfuegos, “tocando en un bar de mala muerte para un público constituido en mayor parte por aficionados de los más diversos países” que acuden a la ciudad para escucharlo. Cienfuegos deviene así capital turística del mundo del jazz gracias a un drogadicto norteamericano.

A Harris le gusta leer las cartas que le enviara John Lennon (que compartía con el saxofonista entre otras cosas la aversión por los fantasmas) a Kirenia, su musa de la vejez que aspira a ser poeta y termina suicidándose, y al pintor Ricardo, el narrador de la historia. A estos tres personajes los reúne el mismo sombrío círculo vicioso de la frustración que se atenúa en breves pausas con drogas de todo tipo:

Ese primer día cuando regresó, Harris y yo habíamos estado sentados en el piso fumando marihuana y leyendo una carta de John Lennon. Harris insistía en que Lennon estaba vivo, escondido en alguna isla del Caribe. Llevaba una vida solitaria para que los espectros no pudieran detectarlo. Yo le decía a Harris que no, que estaba muerto y Harris se cagaba en mi madre como mejor, tremendo y único argumento que demostraba a las claras que Lennon seguía vivo. Entonces yo fui a la cocina y cogí un cuchillo. ¡La tuya negro de mierda!, le grité. ¡John Lennon está muerto por mis cojones! Harris me abracó con sus brazos de oso y me quitó el cuchillo con facilidad.

No comas mierda, me dijo, John está vivo.

Cuando Kirenia llegó, aún me tenía abracado, así que ella puco pensar que practicábamos la sodomía, pero no dijo nada. Prefirió sonreír, Buenas, me dio un cariñoso manotazo y besó a Harris en los labios. ¿Quiere marihuana la profesora?, preguntó Harris. Sí, dijo ella, por lo que preparamos otro pito y nos lo fumamos democráticamente entre los tres.

He leído varias veces la novela. Su estructura como la historia son intencionalmente caóticas, y todo caos obliga a la relectura. Uno se pierde un poco en tanto laberinto. He comentado la novela con Marcial. Y paseando ahora con él por esos lugares que describe como el paseo del Prado o el café El Palatino, he llegado a pensar que en ese intento por inscribir a Cienfuegos en el mapa del mundo, Marcial aprovechó para hacerse un exorcismo de años de peregrinaje callejero. Lejos de intentar recrear de manera realista las vivencias de ciertos arquetipos de personajes marginales, Marcial modela la anécdota con asociaciones en las que aparecen sueños, cartas, confesiones y una constante evocación a un mundo que sirve como ficticia referencia de escape y consuelo.

De esos peregrinajes Marcial ha traído un repertorio de personajes, ha supuesto sus destinos circulares, y ha reproducido de ellos también el habla. Tanto en la descripción de cada situación como en la intervención del narrador o en los diálogos, aparece el argot callejero en toda su intensidad. Si por momentos la estructura de la historia parece descosida, es por la intención de hacer más inmediato lo que se lee: Marcial no pule el lenguaje aunque sí la sintaxis. Se leen como violentos cortes sus frases insertadas sin que se detecte un artificio.

Arquitecto de formación Marcial recrea en La catedral de los negros, la segunda novela de su trilogía, la inusitada idea de la construcción de una catedral evangelista en Punta Gótica, un barrio marginal de Cienfuegos. Una catedral que siga el modelo de la iglesia del Santo Sacramento de Oklahoma. Apoyado en otra tríada de personajes (Berta, El Gringo y Prince) el libro cuenta la llegada de una familia de negros evangelistas desde la ciudad de Camagüey y su instalación en ese barrio cienfueguero.

A uno lo asalta la pregunta, ¿qué pretende Marcial con esta novela? Dos ideas me vienen a la mente: lo imposible y lo interrumpido, lo insólito y lo inacabado. O, la manera en que está condenada al fracaso en nuestros tiempos un monumento que en otra época fuera el símbolo de una espiritualidad colectiva, de una forma de presencia humana en la naturaleza como fue el caso de las catedrales; debido a la degradación del espíritu humano.

Marcial en este caso proyecta incorporar la ciudad al centro del mundo a través de la metáfora de una torre gigantesca construida por religiosos afrocubanos. Si por una parte la conocida frase de José Lezama Lima que sirve de epígrafe al libro (“Cuba tiene sus catedrales en el futuro”) sugiere una posibilidad postergada de realización, en el libro de Marcial la empresa aparece como una ilusión descabellada de antemano.

Además del título, lo que más sorprende al lector de La catedral de los negros es su forma. Esa es la más curiosa ganancia de la novela. El libro se lee como las sucesivas respuestas de los personajes a un interrogatorio realizado por un sujeto que podría ser el propio lector. Una especie de novela a dos manos, como especula querer escribir un personaje (Araceli) con su amante (Berta). Al tiempo que se lee se organiza la narración que el escritor se ocuparía sólo de transcribir. De esta manera cada personaje cuenta su propia vivencia y su versión de los hechos, mientras que otra parte de su presencia en la historia es completa por los otros testimonios o monólogos.

A partir de este coro de voces se modela el argumento: la familia de un pastor evangelista llega al barrio, sus tres hijos provocan reacciones diversas en la comunidad. Uno logra integrarse al caos, la chica antes de ser una célebre pintora en Italia deviene musa de El Gringo, el homicida de la novela que hace fortuna vendiendo la carne de sus víctimas antes de escapar a los Estados Unidos y morir por inyección letal, y el otro, Prince, el poeta maldito sólo interviene en las últimas páginas cuando ya el lector está al tanto de su parricidio.

Un fragmento de la novela elegido para su promoción ilustra bien el tono del libro:

El 27 de febrero del 2007, empezó el aparecido a atormentarme. La primera vez que lo vi, sentado en la entrada de la cuartería miraba hacia delante muy concentrado, como si esperara algo. Supe que estaba muerto porque tenía los ojos en blanco y estaba desnudo. Eran casi las seis de la tarde, hora en la cual los muchachos juegan futbol y la calle está llena de adultos que regresan del trabajo o van a sus negocios. Nadie se daba cuenta. Sólo yo lo percibí, muy fuerte de cuerpo, tenía tatuado un escorpión en el hombro derecho y una serpiente alrededor del ombligo, era alto y hubiera sido bonito si una herida de bordes abiertos no le cruzara el cuello de un lado a otro. Se señaló la herida con el índice de la mano derecha y los ojos llenos de lágrimas. Yo eché a correr.

Ese día no comí.

- Se me apareció un muerto en cueros- le dije a mi madre.

- Tú siempre con tus bromas- dijo ella- deberías meterte a humorista.

- En serio.

- Pues tráelo para que cocine, tú no sabes hacer nada y yo ya estoy cansada de la peste a manteca.

         Marcial ha dicho en alguna ocasión que su libro es una novela sobre el mal, en otra que se trata de narrar la iniciación literaria de un joven, Prince. Ambas intenciones se cruzan y se tocan, al igual que el eclecticismo de las religiones católica, evangelista, y los cultos afrocubans. Más que de la beat generation a la que se puede asociar el lenguaje y ciertos ambientes de su escritura, la imaginación literaria de Marcial debe mucho a ciertas libertades de la perspectiva estilística de Faulkner. Pero Marcial no se apropia de esas libertades para celebrar el festín de una realidad tan exuberante que ha perdido, por demasiado ingenua, su atractivo con el tiempo, como es el caso del realismo mágico. A él le interesa que trascienda en el relato la percepción simple de una primera capa, es decir el subconsciente colectivo de una cultura y de sus comportamientos.

        Si en Sentada en su verde limón Marcial pretendía ubicar a Cienfuegos en el centro del mundo a través de la presencia de un genial músico vagabundo y sugería en el título completar por la imagen de una poetisa suicida (pájara pinta) una canción infantil, en La catedral de los negros la misma tentativa se representa a través del fracaso de un proyecto demencial que toma como referencia uno de los símbolos de la cultura occidental: la catedral.

        (Marcial anticipa la inmediata asociación de su metáfora con una realidad cienfueguera: el fracaso de la construcción del reactor nuclear de la central de Juraguá. Y se apresura, en una novela policíaca publicada en España –Monasterio, Atmósfera literaria, 2013–, a referirse a este lugar por haber vivido y trabajado allí en un puesto de asesor literario que yo inaugurara en 1987).

       Subyace, sin dudas, en su proyecto estético, una doble lectura. Marcial sabe no sólo que la literatura no cambia la vida sino también que una escritura con un mínimo de honestidad y que se pretenda duradera no tiene ninguna validez si respeta ciertos límites. O peor aún, si recrea una faceta previsible de un imaginario como el cubano, desgastado por estereotipos que insisten en representar el lado exótico y supuestamente único de su cotidianidad.

    En un breve ensayo dedicado a Chesterton, Borges trata de definir la forma que predominó en la escritura del inglés. Hacia el final del texto Borges cita dos parábolas. La primera es “Ante la ley”, comentada por Kafka en El proceso. Un hombre pide ser admitido por la ley y un guardián le dice que debe esperar ante una puerta advirtiéndole que existen muchas otras. El hombre moribundo y agotado de tanto esperar pregunta al guardián cómo es posible que durante tanto tiempo nadie haya intentado entrar, y el guardián le responde que esa entrada era sólo para él pero que ahora tiene que cerrarla. La otra se encuentra en el célebre Pilgrim’s Progress de John Bunyan. El guardián de un castillo custodiado por una multitud de guerreros sostiene en sus manos un libro para escribir el nombre de quien se atreva tomar el castillo. Un hombre le pide que anote su nombre y acto seguido se abre camino con su espada y logra entrar al castillo.

    Borges termina escribiendo: “Chesterton dedicó su vida a escribir la segunda de las parábolas, pero algo en él propendió a escribir la primera”. Conjeturo que a Marcial le ha ocurrido exactamente lo contrario.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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17 août 2014 7 17 /08 /août /2014 22:42
EL IMPERIO DEL RUIDO

        Es sabido que en la novela The Sound and the Fury de Faulkner se retoma un verso del Macbeth de Shakespeare para estructurar el relato principal: la vida es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia sin significado alguno. La idiotez se relaciona con el ruido y con el descontrol del espíritu, con la falta de mesura, con el exceso, y como resultado, con la falta de sentido que esto produce. Una interpretación posible asocia el ruido y la ira con la inocencia o con la ingenuidad; quien hace bulla y se encoleriza fácilmente no es capaz ni de pecar ni de poner en peligro el orden de las cosas ni sus significados.

La mejor prueba de que no estamos solos suele ser ruidosa porque la soledad sin una cierta calma silenciosa puede ser inconcebible. Cuestión de gusto y de carácter, supongo. Pero no creo que se pueda justificar con consistencia una prolongada dosis de ruido no elegido. Hay una distancia entre el sonido y el ruido, y esa distancia depende de la elección de cada individuo. Elegir el ruido como compañía permanente, imagino, es el acto de una vocación colectiva, la búsqueda de una forzada compañía, o el gesto de marcar por el bullicio una presencia y un territorio disputado. La estridencia de este acto marca de violencia una manera de comunicación con el otro que comparte o acepta, se somete o desaparece.

Elegir el silencio durante una buena parte del día es un beneficioso ejercicio espiritual quizás heredado de una tradición intelectual mística que en el imaginario español tiene su emblema más clásico en San Juan de la Cruz: el silencio permite al alma alcanzar tres virtudes; la esperanza, la fe y la caridad.

Pensar en Cuba o tratar de escribirla ahora con un mínimo de suspicacia, puede perturbar al testigo por la algarabía que rodea su misión si no toma distancia y comprende que, precisamente esa trifulca del ambiente, tiene que formar parte de su observación: Cuba sin el ruido no existe. Cuba es un sonido, pero también es un ruido.

El agobio constante del bullicio, de la palabra gritada, de la gestualidad histriónica, de la repetición en fin de constantes mensajes sin sentidos que con intención o por ignorancia saltan de los altoparlantes, las calles o los balcones hasta los oídos, van formando parte del paisaje cubano como el sol. Esa confusión que al principio el visitante puede considerar parte de una jovialidad excitante, se convierte enseguida en un martilleo sin receso que te impide quedarte solo hasta contigo mismo.

Uno está tentado a evocar el enfado del matemático Charles Babbage contra el ruido de los músicos callejeros de Londres que lo llevó a proponer un decreto que condenara la bulla. Lo cierto es que si Babbage fracasó en su intento de crear el primer modelo de ordenador en 1834 tampoco tuvo éxito en enfrentarse al ruido: los músicos londinenses casi lo enloquecen al decidir venir a tocar todas las noches bajo la ventana de su casa. Moraleja: nada se puede contra quienes prefieren el ruido. Peor aún. Es irreconciliable la frontera entre ambos excesos. Silencio y ruido con aceite y vinagre, ambos no pueden escucharse.

Debo constatar que si antes me parecía nunca poder estar solo en Cuba por la presencia constante de chivatos y de ojos de mirones en los más insólitos lugares y circunstancias, durante mi viaje a la isla una bulla unánime se me ha pegado a los oídos como el zumbido de un mosquito insomne. Al igual que la vigilia, esta manera de querer llenar un vacío o una soledad, este reparto impuesto de la cadencia del bullicio que perturba cualquier momento de comunión con la lectura o la tranquilidad, va a acompañar fielmente al visitante.

         A todas partes y a toda la hora, la isla parece sumergida en las aguas ruidosas de los gritos, el ritmo repetitivo de la música de reguetón, los cláxones de los automóviles envueltos en capas negruzcas de humo, el timbre de las bicicletas, los diálogos y riñas de alguna telenovela, o, durante este mes de agosto de 2012, bajo la algarabía de las gradas de repletos estadios londinenses que la televisión reproduce si se trata de un deporte donde algún cubano gana una medalla olímpica.

        Sin embargo, al escribir sobre el ruido insular, me encuentro con una idea del escritor francés Le Clézio: la literatura no es cuestión de ideas, sino de ruido, un ruido del lenguaje que puede retumbar, escribir es escuchar el ruido del mundo.

      Esta idea hasta cierto punto desacredita mi diatriba contra el ruido, o subvierte su intención: ¿cómo escribir contra las perturbaciones acústicas y por el respeto del silencio, si el acto mismo de hacerlo con palabras infiere una irrupción sonora? Si a esto añadimos que el ruido parece formar parte de la idiosincrasia nacional cubana, puedo llegar a dudar de la justeza de mi crítica al bullicio de mis compatriotas.

     Quizás simplemente escriba estas páginas para explicarme mi propio desconcierto más que para describir o juzgar el agobio producido por mi rencuentro con mi ensordecedora patria.

II

        Estoy tratando de dormir una siesta. A medida que pasan los días tratar de huir de la fatiga del calor y del ruido se ha convertido para G. y para mí en el objetivo defensivo de este viaje. Y a veces hasta lo conseguimos pasando tardes echados en la cama con tapones en las orejas.

Pero esta tarde se oyen los gritos del pregón de un vendedor ambulante de yogurt casero:

          -Yogul, Yogul, llevo yogullllllllllllllllllllllll !!!!

    Supongo que es la gritería quien me despierta. Pero aún aturdido mi reacción es inmediata: me tiro de la cama y salgo disparado en persecución del vendedor. Hace una semana que busco sin éxito un yogurt y la alegría por esta aparición vespertina hace olvidar la molestia de la siesta interrumpida.

      Me veo corriendo, en short y descalzo, con un billete en la mano, y me doy cuenta que los dieciséis años de exilio parecen haber pasado en vano. Un instinto ancestral ha vuelto para recordarme que en alguna estación de mi pasado corrí en busca de comida, que mi cuerpo sabe de esas batallas alienantes por llegar antes que otros hambrientos al vendedor de lo que sea.

     Esta es la única vez durante mi viaje que un alboroto me procuraba una real satisfacción. Puedo asegurarlo ahora cuando rememoro el deleite que me procuró saborear un vaso de yogurt tras varios días de forzada abstinencia láctica.

III

      Supongo que conseguir hacer de él todo un arte, necesita un talento innato para el ruido, sin contar cierta voluntad probada a lo largo del tiempo; una extrovertida insistencia del espíritu que en realidad quiere ser visto más que oído: a latazo limpio, a trompetazo, a nalgada, a desatino y bronca sin horarios ni contenciones. No creo que se haya logrado llegar a ese punto de irrupción sonora en la vida de los otros sin cierto placer por un alboroto que te resalta y te distingue de los demás.

      Basta con caminar, hablar, o compartir el mismo espacio con mis compatriotas para comprobar esa vocación. Si usted camina por el centro de una ciudad cubana la bulla le persigue por enérgicos altavoces que, entre música y discurso (nunca comercial, sino político disfrazado de patriótico) le impone algún que otro estribillo de salsa o reguetón.

       Los cubanos al hacer ruido ejercen hasta el infinito eso que el alemán Konrand Lorenz, refiriéndose a varias especies, llamara la espontaneidad de la agresión. Es tan natural la embriaguez colectiva en medio del bullicio que el más mero reclamo de paz o de condena es considerado una sobrenatural traición a tu identidad: no es posible, al parecer, que habiendo nacido en la misma isla que los chillones uno reclame el derecho a la paz sonora:

-No te hagas el fino m’hijito…, fue la respuesta a mi protesta durante mucho tiempo.

       Hay un momento, es verdad, en que parece desmentirse mi argumentación sobre la totalidad del ruido. Me refiero a un fragmento de la tarde. A ese momento alrededor de las 2 y media y que puede durar hasta las 4 en que la isla parece detenida en una suma de lentos cabezazos y ronquidos. El aplastante calor lo justifica. La caída en vertical del sol ordena la pausa. No se escucha ni el paso de las moscas bajo el aletear de los ventiladores. Los choferes y carretoneros paran sus vehículos y cambian el timón y los látigos por pencas y abanicos que no paran de girar. El hielo se derrite de prisa. Los animales (perros, gatos, vacas y caballos) beben o se tiran bajo la sombra de los portales y las palmas. Es la hora de la siesta, la hora en la que hasta los dioses más fieles o traviesos parecen a su vez buscar en la modorra un poco de sosiego.

      Pero no conservo en mi memoria ninguna referencia a la actividad progresiva y frenética que sigue al tórrido letargo de la siesta, a esa hora de la cual, según José Lezama Lima, se sale con los sentidos iluminados como de una resurrección. Porque si nada parece igualar al estruendo del final de las mañanas cubanas, el anochecer parece superarlo tal vez por el brío recuperado en la siesta, como si en un juego secreto se apostara a escondidas para ver a qué horas se ejerce mejor el espectacular arte nacional de hacer ruido.

Es cierto, no es una invención, si con algo marcamos al mundo (sin contar con el humo de los habanos) es con la música. Y hace tiempo yo me pregunto por qué ese alboroto de trombones y güiros servido con una suma interminable de coros que gritan hasta donde puedan soportar cada amígdala estribillos de una extrema simplicidad, en el mejor de los casos, o de una vulgaridad chocante para quien se detenga a hacer la traducción sexual de los mismos; nunca me ha parecido a la altura de otra música cubana que podemos llamar clásica. Alguna frontera discutible debe dividir, me digo, a la música del ruido. Si algunas diferencias pueden nombrarse entre la mayor parte de la música escuchada en Cuba en el último medio siglo, y otra a la vez popular y clásica, son sin dudas la calidad de las letras y las dosis y el revuelo de la bulla.

Algo que me convence de la autenticidad de este arte de hacer ruido, es la gestualidad que lo acompaña: no hay bulla criolla sin movimiento. Los gestos voluntarios y generalizados van y vienen de par con el alboroto. Un grito en Cuba no hace acto de aparición sin su correspondiente estridencia corporal. Esta participación del manoteo en plena turbulencia chillona está tan presente en nuestras vidas que sólo vemos su vulgaridad cuando nos situamos lejos de esos disturbios cotidianos.

Esa sincronía aparatosa entre ruido y aspaviento denuncia una complicidad del lenguaje y los sentidos del cuerpo de los escandalosos, como si el ruido fuera una natural onomatopeya, la regla y no la excepción de la comunicación en la sociabilidad cubana contemporánea. El más discreto cuerpo cubano parece ya listo a reaccionar con regocijo o resignada obediencia al ruido. He aquí uno de los misterios de la indumentaria acústica actual de lo cubano: ¿el ruido es voluntario o impuesto, intencional o espontáneo?

Con el tiempo he llegado a creer que en Cuba el ruido y su producción sostenida sin consenso, forman parte de una estrategia del poder para dispersar el interés por las cuestiones esenciales. A falta de pan, circo. De todas maneras es mucho más fácil propagar el circo que ser eficaces productores de pan. Disgregar en el programado alboroto colectivo las individualidades, castra a las personas el tiempo y el espacio para reflexionar o exponer un descontento.

El silencio y la soledad son siempre sospechosos en una sociedad totalitaria, porque son sinónimos de una libertad que escapa al inventario riguroso de los individuos. Aprovechar esa tendencia natural a la dispersión extrovertida por el baile y otras manifestaciones del bullicio (celebración de efemérides patrias, distribuir camiones de ron a granel, organizar precarios carnavales, obligar a asistir a desfiles donde se prometen al final auténticos aquelarres, etc), facilita el monopolio de la intimidad, y separa y estigmatiza a quien prefiera la introspección, la duda o la disidencia.

IV

Irme con G. a la piscina del hotel Los Caneyes en las afueras de Santa Clara nos pareció la mejor de algunas de las ideas para escapar unas horas a nuestros dos comunes enemigos: el calor y el ruido. Basta pasar la entrada una vez haber pagado la correspondiente cuota que te obliga a consumir un pedazo de pollo con papas fritas, cuando nos recibe un coro ensordecedor que las bocinas del bar propaga, una música estridente que mi incultura no puede clasificar. Alrededor del serpentino trazado de la piscina se pueden ver a grupos de personas en bañadores, todas con un vaso plástico con algún alcohol en las manos, saltando, ejercitando pasillos de un baile, a la vez que canturrean a toda voz el estribillo de una canción que deben conocer de memoria porque yo apenas puedo adivinar algunas palabras sin llegar a completar una sola frase.

Encontramos abrigo G. y yo para el sol bajo unos acogedores parasoles, pero no podemos, como es de suponer, escondernos del ruido que, una vez más, es recibido con euforia por una multitud de compatriotas que uno no sabe cómo hacen para pagar una entrada que corresponde al salario de un mes de un cubano.

Las decenas de bañistas parecen ponerse de acuerdo y en una sorprendente coreografía dan efusivos manotazos (con la mano libre que no sostiene el vaso de ron) sobre todo lo que esté a su alcance, en un concurso de bulla cuyo objetivo es ser más ruidoso que su exaltado prójimo y que llega a su paroxismo cuando se repite, una, dos, tres, cuatro, innumerables veces el mismo estribillo para mí incomprensible que sale de los altavoces.

En un abrir y cerrar de ojos desaparece G. Ha salido corriendo: “La yuma (me dice gritando un muchacho de vientre prominente, cadena de oro al cuello y bermudas anchas y de colorines) se fue pa’allá pa’ la salida”, vocifera. Me encuentro a G. refugiada en el hall del hotel, la única de las cabañas, imitación todas de bohío de indígenas, con un aire acondicionado que la aérea y protege del ruido ambiente.

Como no quiero perder mi dinero y acabamos de llegar, no me queda más remedio que volver a la piscina a ver si convenzo al disc-jockey de moderar la música. Atravieso el bar y allí está, entusiasmado por su visible éxito entre los bañistas, sonriente y bailando hasta el delirio al son de otro desatinado estribillo que tampoco adivino.

Me ve acercármele lo más posible y le pido, como puedo; gritando sus oídos y con gestos que, por favor, que si puede bajar un poco el volumen el audio. Supongo, claro, que no puede discernir lo que le digo, porque se vira hacia una chica que no he visto y que baila sola más cerca del equipo de audio y le grita:

          -Mamita, por fa, métele hasta el fondo que el socito quiere la música alta pa’vacilar con la yuma...

V

Supongo que debe ser excesiva, en medio de tanto ruidoso malentendido, mi pasión por el silencio. Dejando de lado el para mí imposible misticismo de San Juan de la Cruz creo exagerar mi preferencia por eso que George Steiner nombra el silencio de los libros. Si escribir es un acto ruidoso, la paz de la lectura es un pacto silencioso. Pretendo ir más lejos; cuando digo silencio hablo de la propiedad individual de lo más íntimo, del derecho a poder dejar pasar las multitudes.

Reconozco que algo injusto tiene que haber en mi manera de escribir sobre lo que considero un arte desatinado. No puede ser, me digo, que una mayoría tan propagada de mis compatriotas no tenga derecho a revindicar con loables razones su sincera pasión por el ruido, su capacidad de parecer odiar al silencio y al mismo tiempo combatirlo con maniático frenesí.

Ahora cuando quiero relatar lo vivido durante seis semanas de vista en Cuba no puedo, como bien aconseja Le Clézio, pasar por alto al ruido. Escribir es tal vez mi única manera de integrarme a esa sinfonía para mí desagradable, aun cuando siga pensando que algo torpe, repetitivo y manipulador se esconde detrás de la propagación intencional del ruido, que algo trascendente para el espíritu se le escapa a ese permanente arte de la bullería del cual sólo he podido estar a salvo yéndome de Cuba o escribiendo ahora mi regreso.

Ilust: La Llegada de Asbel Gómez Dumpierre

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9 août 2014 6 09 /08 /août /2014 18:58
LA SIESTA DE LOS DIOSES

I

         Salgo a caminar a medianoche mientras mi madre duerme. Permanezco antes un rato bajo el agua de la ducha. Salgo desnudo del baño y me paro en el portal que da al jardín para respirar el aroma de las albahacas. Me visto y me pongo unas sandalias, me agrada rencontrar esta ligereza de ropas después de un fastidioso inverno parisino.

       Espero que los vecinos también se acuesten con las luces apagadas, que el sopor del día obligue al reposo y a escuchar el cantar de los grillos entre las plantas de jardines silvestres, o de las ramas de los árboles iluminados por el cielo. Cada paso es doble, el de una sombra a tu lado y el tuyo entrando en la noche.

       En París cuando pensaba en Cuba me veía caminando por sus noches. Al lado más bucólico de mi memoria le hubiera gustado verme en las playas, corriendo por la arena, entrando al agua cálida del atardecer. Pero no. Tratándose de Cuba, en el principio de cada una de mis evocaciones, aparece la patria de la noche.

Como en un desfile resplandecen en la espesura de la obscuridad los rostros y los cuerpos de otros que imagino buscan sin saberlo la misma explicación que yo por los sentidos. Al igual que en mis visiones de exilio no deambulo a solas tampoco esta noche. Pasan por la calle siluetas que caminan cabizbajas, miran al horizonte o a un firmamento desconocido. Vagabundean en zigzags estos fantasmas desalentados que van, vienen, o simplemente giran aprovechando el momento de paz del frescor nocturno. Hombres, a veces mujeres; todos sombras. Quizás, me digo, son algunos de los que se han ido a otros mundos cuando yo estaba en Francia y me salen al paso a saludarme.

       Trato de remediar así, caminando en la noche, esta especie de malentendido que tengo con la isla: como una piel o un soplido no puedo remediarme a abandonarla, como un enemigo no acepto sus dones ni me apiado de sus calamidades. A veces llego a condenar el destino del nacer que nos une a los dos hasta en mis más públicas identidades: “Soy cubano”, esa respuesta incesante que provoca preguntas y respuestas que uno aprende a anticipar con malestar y resignación.

En La Habana me dejo ir por la avenida de Rancho Boyeros hacia la calle 23. Antes atravieso, por un costado, la Plaza de la Revolución. Centinelas furtivos me salen al paso detrás de las columnas de edificios públicos. Imagino la disciplinada soledad de esos militares nocturnos que por sus edades supongo quisieran estar en otra parte a esas horas.

La Biblioteca Nacional está cerrada al público. Aunque lo sé no puedo dejar de venir una y otra vez hasta sus puertas. Una madrugada me acerco a la entrada y me pongo a conversar con el guardián. No sé por qué recuerdo a Reinaldo Arenas. No sé por qué me imagino que ese guardián es el propio Reinaldo Arenas, ahora portero rencarnado en el lugar donde tanto leyera y escribiera. Un intento de hablar con nuestros muertos preferidos.

Y hasta me da por pensar en la permanencia de los lugares y los objetos más allá de la muerte de los hombres: por aquí caminó un día un tal, en este cenicero, dejaba las cenizas de su tabaco, un más cual…No sabremos explicar la razón por la que nos vamos o morimos, pero los sitios y los objetos permanecen intactos o en ruinas, como si para bien o para mal no pudieran irse.

En Cienfuegos me deslizo por el Prado hasta el Malecón. Llego al final. Entro, incluso, en La Casa Verde, cuyos jardines son ahora un centro nocturno. Recorro las habitaciones, toco las teselas de los mosaicos de sus paredes para contarle al regreso a Darío, me voy hasta el fondo donde permanece intacta la piscina natural junto a la cual atracaban los yates. Le digo a un barman que conozco al dueño del lugar: “Darío vive en París”, le aclaro, y él me mira igual que se mira a un demente.

Pero esta madrugada camino por Santa Clara y mi madre está durmiendo como si yo no hubiera nacido todavía.

II

La farola que ilumina la aureola del diminuto mausoleo deja ver también la silueta de una mujer apoyada a la baranda de El Puente de la Cruz. Casi sin darme cuenta, dejándome llevar por la memoria de mi cuerpo adolescente, he seguido el camino que termina frente a la entrada del antiguo Hospital Psiquiátrico. He doblado a la derecha por la carretera de Camajuaní, con rumbo al centro de la ciudad, y pasando delante del monumento al tren blindado que rememora la presencia de tres días del Che Guevara en la ciudad, veo, en el otro extremo de El puente de la Cruz, justo a un lado de la escultura de la cruz que le da nombre, a una mujer que mira hacia el río con un vestido al parecer dorado.

(El probable hechizo romántico de la escena pierde todo su esplendor, aclaro, cuando se sabe del estado nauseabundo de las aguas de ese río Cubanicay: hay que ser irresponsable o no tener olfato para acercarse con candor, inspiración o fe, a esas aguas podridas por los residuos albañales).

Ella también me ve, supongo, porque se separa de la baranda, más por mi presencia que por el hedor del agua, y mira hacia esa parte espesa de la noche de donde yo voy saliendo, y desde la cual las farolas que no están rotas interrumpen por momentos la penumbra desde sus columnas estriadas. La acera es estrecha y ella está parada al lado de la farola que ilumina la cruz de piedra, en el sitio donde comienza el semicírculo de balaustres que protege el pedestal de la escultura. Es evidente que pasaré a unos centímetros de ella, por lo que deja de inclinarse sobre la baranda, gira, y se para de frente a mí, casi cortándome el paso.

           - Todo el mundo me dice Ary…pero a mi mamá se le ocurrió llamarme Aretusa.

Creo que antes de esto le dije Buenas Noches, ella respondió, y le pedí disculpas por casi rozar su cuerpo antes de seguir mi camino. Me pidió fuego, y yo que únicamente fumo tabaco en París para complacer al estereotipo que tienen los franceses de un cubano, llevaba conmigo una fosforera con la efigie grabada de la torre Eiffel que ella puede distinguir bajo la luz de la farola.

Parece que le caigo bien a Aretusa, o que al menos no le causo el temor lógico que inspiran las circunstancias, porque con esa candidez que apresura los preámbulos, me cuenta porque está en esos parajes tan tarde en la noche. Su padre quiere que se case con un viejo español que cada vez que viene a Cuba cargado de regalos se dedica a cortejarla. Ha venido a estas horas a tirarle un tributo a Ochún, la Virgen de la Caridad, la diosa de los ríos, dice casi apenada. Trato de ponerla cómoda recordándole que yo soy cubano, y hasta le cito una anécdota que en ese instante me viene a la mente:

- Una madrugada en París me fui a acompañar a una amiga a tirar una brujería al Sena, justo detrás de la catedral de Notre Dame.

(Por un momento la siento ausente. Deja de hablar y supongo que trata de situarse en ese más allá desconocido que en este instante se llama París. Ni por su cabeza le puede pasar a esta Aretusa de Santa Clara, por citar un ejemplo, que sólo un loco o un despistado se le ocurriría sumergirse en las aguas del Sena tan oscuras como las del Cubanicay).

La situación es para mí inconcebible. Nunca hubiera imaginado que alguien por las geografías de mi infancia convocaría un día a los dioses para quedarse en la isla. Aprendí con mi tía Mercedes y con mi madre que los dioses de Cuba viven en el monte, en el mar y en los ríos, y que es allí donde uno acude a ofrendar, rezar y pedir, pero aun así no salgo de mi asombro. Es ella ahora quien trata de calmar mi desconcierto: “No sé si quisiera vivir aquí toda la vida, pero de lo que si estoy segura es de que no quiero irme a vivir con alguien que no me gusta”.

Aretusa fue bailarina y ahora es profesora en la escuela que, a unos metros de donde hablamos, ocupa el magnífico edificio restaurado que antes fuera el Hospital Psiquiátrico. Me dice que sabe de lo que habla pues una vez estuvo enamorada de un pintor que se fue a México y del cual no ha tenido nunca más noticias. No saber de su pintor errante le impide fingir para salir del país con el viejo, pienso yo, y más tarde tratar de unirse con el otro en alguna parte del mundo.

Lleva meses pidiéndole a cuanto dios exista en el panteón nacional, pero no ha podido quitarse de arriba ni a su padre ni al español. “Los dioses también mueren porque están hechos a semejanza de los hombres”, se me ocurre decirle a Aretusa recordando un pasaje de La rama dorada de Frazer, y me provoca un sobresalto mi incómodo racionalismo. “Sí, pero los de aquí parecen que se fueron o están dormidos, yo nunca he tenido la más mínima señal de sus existencias, ni para encontrar a mi pintor, ni para poder huir ahora”.

En la leve cortina de luz amarillenta (mezcla del humo del cigarro y de la luz del farol cortada por la sombra de la cruz de piedra) que caía sobre los hombros de Aretusa, pude percibir la lluvia. Comenzaba a llover como suele hacerlo de noche y en el verano tropical: de un golpe y con fuertes goterones. Sin tener lugar donde guarecernos, se apresuró la despedida. Anotamos, creo, en un papel las direcciones y los números de teléfono. Tomamos, en fin, rumbos diferentes al partir.

Debo haber errado mucho por la ciudad porque, si bien las imágenes de los lugares que recorrí antes de caer en el charco inundado de agua donde casi me ahogo, son confusas, lo cierto es que cierta luz comenzaba a descender del cielo al acercarme al barrio de la casa de mi madre.

Sentía al deambular por la ciudad, ahora completamente vacía de transeúntes, voces que no se distinguían bajo el sonido de las ráfagas de agua. Coros de voces y, a la vez, de vez en cuando, una voz más grave que las otras que me advertía algo, que me ordenaba o se enaltecía mientras más caminaba sin rumbo dentro de la noche, como si yo estuviera obligado a cumplir con el regalo de una promesa.

Trataba de encontrar una explicación, sacudido por las trombas de agua, no sólo al encuentro y a mi conversación con Aretusa, sino también a su gesto de dejar en manos de dioses criollos la solución a sus problemas. Yo, que había crecido, entre humos, yerbas y ofrendas a esos mismos dioses, me limité con el tiempo a dejar en un escondido rincón de mi apartamento en París, muestras de palos mágicos y dos muñecas mestizas a las que a veces ponía flores. Quizás con la distancia y el tiempo de mi exilio, al igual que Aretusa, había comenzado a dudar de las virtudes de ciertos hechizos ante esa especie de muralla transparente que inmoviliza a la isla y la separa desde hace más de medio siglo del resto del mundo.

III

Al caer en el hueco traté de chapolear y alcancé a dar dos o tres brazadas hasta llegar a la barrera de fango que formaba una rústica orilla. Haciendo gárgaras de agua lodosa, en un arrebato de orgullo inexplicable en medio de tanta zozobra, hasta alabé mis virtudes de nadador.

Al salir, con la impresión de estar despierto, vi alrededor mío que el aguacero había inundado las calles, las aceras, los jardines y los portales. Seguía sin verse un alma en los alrededores. Y a pesar de la niebla de agua, reconocí el lugar al escuchar el sonido de la bocina de un tren. Estaba por suerte a un lado de la línea de un crucero no lejos del Hospital Psiquiátrico. En alguna de las tantas construcciones interrumpidas por aquellos arrabales, supongo, se habían olvidado de cubrir ese atascadero inundado no lejos de la acera.

  Llego al fin a casa y veo una luz encendida y la sombra de mi madre sentada en la cama rezando con un rosario en una mano y un tabaco en la otra:

-En esta isla los santos siempre están durmiendo, me dice al verme, hay que sacudirlos para que se despierten.

Le respondo que he ido a dar una vuelta y me ha sorprendido una tempestad, cuando se percata que tengo la ropa empapada. Veo la bocanada de humo subir hasta el techo antes de escapar por alguna rendija de la ventana hacia el jardín donde supongo se mezcle con la fragancia persistente de las albahacas.

        Un olor a agua a colonia parece humedecer el espesor azuloso del humo en su cuarto. Preparo un café en la cocina. Me doy cuenta que no he dormido en toda la noche, y que el rezo balbuceante desde la cama con un tabaco en la boca, sólo se detendrá con la próxima llegada del amanecer.

      Es entonces que busco en los bolsillos de mi short la fosforera para encender el tabaco apagado de mi madre: “Ya ni esto sirve en este país”, balbucea con evidente fastidio, “estos tabacos se apagan en un dos por tres y la ceniza se cae enseguida”. Para mi extrañeza no es la fosforera lo que saco del bolsillo mojado, sino un grueso y húmedo palo de canela.

     No puedo encender el tabaco y es evidente que he perdido mi fosforera. Afuera sigue lloviendo y el olor a albahaca mojada del jardín ha terminado por ocupar toda la casa. Lo siento también cuando, agotado por la somnolencia, y al mismo tiempo que busco una explicación a ese palo de canela que sigo cerrando en una mano, me quedo dormido en el sillón del portal.

Ilust: La Siesta (1946) de Mario Carreño

 

 

 

 

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20 juillet 2014 7 20 /07 /juillet /2014 11:00
VIDAS AJENAS QUE PUDIERON SER LA MIA (II)

UNA PAREJA FELIZ

     Me he ido a correr a la pista del Campo de Sport de Santa Clara y de vuelta me pongo a conversar con un señor a quien un amigo le ha dicho que vengo de Francia. Me pregunta así, sin tener la certeza de ser yo: “Usted es el señor que vive en París, ¿no?”

     Se llama Félix, es un negro alto y aparentemente fornido, aunque ya muestra las canas de una edad avanzada. Trabaja de sereno en una de esas empresas oxidadas de transporte de camiones soviéticos que parecen haber permanecido dormidas e inmóviles desde la época de mi infancia. Me evoca las imágenes para él inalcanzables, Félix, de un programa que ha visto en la televisión: la torre Eiffel, los Campos Elíseos, los puentes y jardines del castillo de Versalles. Más que a través de su voz es en sus ojos donde creo distinguir la sencilla añoranza que busca la aprobación de alguien que tiene, según él, la suerte de poder tocar a diario esos paisajes.

      Algo le digo para complacerle de lo que supone inalcanzable y maravilloso a la vez, es decir, le hablo de París. Como creo no volverlo a ver, no insisto, como hago de costumbre, sobre los rigores de la vida en una ciudad excesivamente cara e inundada de gente estresada y desagradable. Lo dejo allí, soñando con el testimonio de un parisino, que al ser de Santa Clara, pudo haber sido él. De todas formas no nos volveremos a ver.

     Pero me equivoco y lo veo otro día y otro. Bajo ese sol implacable del mediodía, viene tirando de una carretilla repleta de trastos. Lleva una camiseta sudada y un sombrero Félix, pero me reconoce a pesar de la luz que a mí me encandila y me hace entrecerrar los ojos. “Es que no me alcanza el dinero de mi salario de sereno de la base de camiones, y me escapo a veces a hacer otros trabajos”, me explica.

    La tercera vez es la definitiva. Félix está en medio de una temprana penumbra balanceándose en un sillón junto a su esposa en la acera, esperando que vuelva la electricidad en la ciudad a oscuras. Casi tropezamos G. y yo, de paseantes, con Félix que me reconoce, me presenta a su esposa y se queda atónito, supongo que por la presencia inesperada de G. a mi lado: “Es la jeba francesa”, le aclaro, "ha llegado ayer de París". Y se apresuran a buscarnos dos sillas del interior de la casa para que nos quedemos a conversar.

     Ellos, por supuesto, quieren oír hablar del mundo. Sobre todo ahora que descubren el español impecable de G., y tienen delante un ejemplar original y no la copia de francés apócrifo que soy yo a sus ojos. Yo, y sospecho que G. también, quiero que me hablen de ellos, de ese arte para mí ahora indescifrable de la sobrevida en la isla.

    Como signo de buen gusto la conversación y las frases alternan sus sujetos: preguntas y respuestas saltan de un lado a otro. 

     Mi asombro y el asombro de G. al escuchar detalles de sus vidas, no están a la altura de las sorpresas de la pareja. No por lo la ilusión del imaginario mundo tocado con sus manos, sino por lo contrario. A G. le ha dado por contarles, así como si nada, nuestros trajines cotidianos en París: las horas de trabajo, el correcorre, y la suma de facturas por la casa y los impuestos.

     A medida que avanza la narración va cambiando el semblante de Elena que se inclina, se inclina hacia delante, incrédula y curiosa, se abalanza con su sillón para acercarse a G. como si estando tan cerca de su cara pudiera penetrar en ese mundo inexplicable de estrés y tensiones:

   -Yo no sabía que eso era así -se le escapa-, qué cosa más grande ésa, aquí no es igual, la verdad…

   Tiene razón Elena: ella ha estado a salvo de nuestras agonías, pero no haberlas conocido (ella no lo sospechará nunca) le ha impedido también la libertad de intentar cambiar su vida, o de fracasar.

     Elena trabaja de secretaria en una empresa que al instante mi crueldad crítica supone anticuada, con la cadencia del bordoneo de  las máquinas de escribir, el polvo acumulado en fotos desteñidas de héroes de la patria, y las mímicas repetitivas de empleados de una película de Jerry Lewis.

   Nos cuenta Elena que cada mediodía vuelve a casa para almorzar – ya no hay comedores obreros, aclara – y que termina de trabajar a eso de las cuatro de la tarde. Por la noche ven los dos algún programa de televisión ­– si hay electricidad, pienso yo – y los fines de semana hasta pueden que nos lleven a la playa.

    No comprendo eso de los viajes a la playa, y Félix y Elena me lo aclaran: “Si chico, la empresa mía, como es de transporte, a veces organiza viajes los domingos a la playa para los trabajadores. Mira, la semana que viene vamos a Rancho Luna”.

    Están vestidos los dos como muchas personas modestas en Cuba. Con ropa limpia pero a la vez inventada, hecha con algún retazo prehistórico de tela, retocada aquí, zurcida allá, pero pulcra. Ese es uno de los misterios de la pobreza cubana: su limpieza, casi su buen olor. Y sonríen Elena  y Félix, dejan ver a la luz de la luna quizás la única blancura que poseen a la luz natural que los ilumina: la de sus dientes.

     Detrás de los dos se ven las maderas usadas de su casa. Pequeña y de tan inclinada a punto de caer, de lado, la casa. Tienen hijos, nos dicen, para ya se han ido a hacer sus vidas. Con lo poco que me han dicho ellos y lo que sé de Cuba, imagino sus vidas desde la infancia que no debió estar lejos de la mía, y la vida de ahora. Gracias al resplandor de las luces de algún carro que pasa, lo veo mejor, me los imagino como en ese cuadro intrigante (Pilluelos) de Juana Borrero.

     En las vidas de Félix y Elena no han existido los más mínimos proyectos personales, me digo. Es la condena indirecta de ver pasar los años dictados por una Historia ajena. Parecen felices porque no han conocido otras latitudes ni les han dejado elegir. Porque hasta les han negado las zozobras simples de tratar de ser libres: tener que trabajar para pagar una casa, pero también para no tener que aceptar ir con un pelotón de colegas a la playa cuando lo decida una empresa. ¿Qué hubiera sido de ellos, me pregunto, si hubieran nacido en Estocolmo, en Tegucigalpa o en Sídney?

     Días después, al pasar G. y yo en un confortable autobús refrigerado que nos lleva a los cayos de la costa norte, vemos a Elena abriendo la puerta de su casa y suponemos que son las doce del mediodía. Antes de irme y por no tener tiempo, les envié a su casa  a Félix y  a Elena lo que me quedaba de esos regalos compasivos que uno lleva consigo cuando va de viaje a otro mundo: un llavero con la torre Eiffel, algún paquete de cuchillas de afeitar desechables, creo.

     Tiempo después de mi regreso llamé a mi madre. Le pedí que, por favor, le llevara a Elena y a Félix algo del dinero que le había enviado a ella. Fue entonces cuando tuve la noticia: Félix ha tenido un accidente cerebral, está en una silla de ruedas y nunca más volverá a caminar ni a hablar.

     “Elena cuando vino a buscar el dinero - me cuenta ahora mi madre al teléfono- , me pidió que le diera las gracias por la ayuda, a mi hijo, el muchacho de Francia”.

Foto: Vivian Maier

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12 juillet 2014 6 12 /07 /juillet /2014 10:19
LA INSIGNIFICANCIA VERSION MILAN KUNDERA

Dos ideas y una duda sirven de fundamento y estructuran La fête de l’insignifiance la breve novela que, como un divertimento de sus 85 años, acaba de publicar en Francia, después de aparecer en italiano, el escritor checo Milán Kundera.

La insignificancia predomina entre los espíritus humanos, lo trivial es mucho más representativo y útil para las personas que la inteligencia y la brillantez. Es inútil ser brillante. No sirve para gran cosa en sociedad porque una persona brillante inquieta. Alguien superficial calma el espíritu, por mimetismo, de un interlocutor cauteloso de las reglas sociales, y por lo tanto, normal. Hemos llegado, sugiere Kundera, al reiterado reino de lo insignificante en su estado más puro, es decir en su repetición como norma. En un pasaje, al final del libro, el personaje de Ramón diserta sobre el tema ante D’Ardelo:

La insignificancia, mi amigo, es la esencia de la existencia. Ella está con nosotros en todas partes y siempre. Está presente ahí donde nadie quiere verla: en los horrores, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Esto exige a menudo mucho coraje para reconocerla en condiciones también dramáticas y por llamarla por su nombre. Incluso aun cuando se trate sólo de reconocerla, hay que amarla a la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí, en este parque, delante de nosotros, mire amigo mío, ella está presente en toda su evidencia, con toda su inocencia, con toda su belleza. Sí, su belleza. Como usted mismo ha dicho: la animación perfecta…y completamente inútil, los niños que ríen…sin saber por qué, acaso no es bello? Respire D’Ardelo, mi amigo, respire esta insignificancia que nos rodea, ella es la clave de la sabiduría, ella es la clave del buen humor.

A esta primera idea se une otra: ya no se comprenden las bromas, el humor ha dejado de formar parte del carácter de los hombres, asociar la ingeniosidad a la reflexión no forma parte ya de los espíritus contemporáneos. Nadie sabe distinguir una broma de la seriedad. La risa como ruptura sutil de la linealidad ha dado paso en el mundo actual a la gravedad de lo correcto como postura a respetar. “Las bromas se han convertido en algo peligroso”, opina el personaje de Calibán recordando una anécdota de Stalin que sirve de eje para representar con sorna a figuras del imperio soviético. Stalin, Kalinine y Khrouchtchev personajes de una sátira insertada como anécdota, intervienen de manera fantástica en la historia que acontece en el París actual. Una broma de Stalin, incomprendida por sus fieles colaboradores, puede alterar su significado al ser re-interpretada más de medio siglo después: Stalin, vestido de cazador de perdices, y Kalinine irrumpen en el parque de Luxemburgo, en el centro de París, ante los ojos de Ramón, de D’Ardelo y de los paseantes que no saben si condenar, silbar o aplaudir la presencia anacrónica del bigotudo que dispara sobre las estatuas de María de Medicis y de Valentina de Milan.

La duda sobre la significación del ombligo como nuevo centro de seducción femenina, completa esta celebración de lo intrascendente, y ocupa las primeras páginas del libro. Si la seducción femenina no se ubica ni en los senos, ni en las nalgas, ni en los muslos, sino en el ombligo exhibido al aire por las mujeres en pleno verano, ¿cómo interpretarlo?: Pero cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en el medio del cuerpo, en el ombligo?, se interroga el narrador.

El nuevo cambio de centro de fascinación elimina toda individualidad, la gloria de lo único: el ombligo es un llamado a un ejercicio de repetición colectiva. Además la mirada a ese exhibido hueco en el centro del cuerpo remplaza la admiración por la belleza o la voluptuosidad de la mujer.

La fête de l’insignifiance es una novela de hombres. De la amistad entre cuatro hombres (Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán) contada por un narrador, evidentemente masculino, que acentúa un rasgo singular de la historia: para tratar de definir traumas que tienen que ver con el nuevo centro de erotismo, las relaciones con personajes femeninos y con las madres se alternan: la primera vez que Alain se fascinó por el misterio del ombligo fue el día en que el vio a su madre por última vez, anota el narrador.

Esto hace que las mujeres en el libro funcionen como referencia de comportamientos masculinos, de deseos y aprehensiones, aun cuando la ruptura que provoca la burla tampoco las excluye: Mariana, una joven camarera portuguesa, es la única persona que puede comunicarse con Calibán cuando éste finge sólo saber hablar paquistaní, La Franck, al declamar en público, se convierte en la atracción de la fiesta central del libro, la fallecida madre de Alain le habla al oído con frecuencia a su hijo que se confiesa ser un notable especialista en pedir disculpas, etc. Estas situaciones son descritas, como acostumbra Kundera, a través de rupturas insólitas de la lógica, base de una cierta extrañeza que en otras circunstancias perseguirían un efecto cómico.

Tal y como lo ha expuesto en sus libros teóricos, Kundera pretende que situar a sus personajes ante conflictos existenciales, permite confrontar la historia narrada a diferentes ángulos de percepción. Sin embargo, rindiéndose ante la evidencia de lo inútil que resulta hallar un lugar coherente para el ser humano en el mundo, el humor pasa ahora a jugar un rol de observador divertido de un desorden (y de una ligereza) irremediables, que anulan la eficacia de la risa.

Vale preguntarse, ¿de qué manera encontrar una solución para actuar en el mundo si, por una parte, la única resistencia válida es no tomar al mundo en serio y por otra, las bromas han perdido su poder? Para Kundera el único consuelo consiste en elogiar la insignificancia, en participar resignados en sus festejos. La condescendencia de participar a su manera en la trivialidad nos obliga a abandonar la tentativa individual de desacralizar nuestra presencia en el mundo, o a guardar para nosotros mismos el ejercicio del humor: lo cómico se limita a un espacio tan íntimo que termina en un reciento privado, en la soledad de lo secreto.

La aceptación de esta derrota no incita ni siquiera, me digo, a las piruetas divertidas de la ironía o la sátira. El puesto de simple espectador o de simulado participante, piensa Kundera, es la mejor prueba del fracaso del humor. En este gesto creo percibir, sin embargo, una sutil reivindicación de la diferencia: el libro, la fiesta escrita, la novela, son la prueba de esta precaria venganza. Hasta cierto punto se repite aquí una de las ganancias de la pasada modernidad: la del poder omnipresente del sujeto.

La renuncia sugerida por Kundera es, hasta cierto punto, la posición cómoda de una inteligencia de 85 años que presencia impotente el espectáculo de un mundo nuevo. Es más en esta resentida postura intelectual, que en la dudosa profundidad filosófica de la trama contada, o en la identidad reconocible de la composición, donde deben detectarse los signos envejecidos de una de las más relevantes estéticas literarias del siglo XX.

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15 juin 2014 7 15 /06 /juin /2014 13:39
UN ANIMAL SATISFECHO EN EL ESPEJO

        Me estoy mirando anudarme la corbata. Es tan temprana la mañana que todos duermen sin que se vea aún llegar el amanecer tras la ventana ni ante los ojos abiertos. En uno de esos instantes en el cual la punta afilada (como de lanza) de la corbata tiene dificultad para penetrar el cuadrado de tela que la espera para formar el nudo, me he quedado pensando un momento en Fernando Pessoa.

          Muchas veces me sorprendo pensando en Pessoa. Entonces me pongo a leer El libro del desasosiego. Una y otra vez. Me he comprado la edición española más completa en una librería de Jaén, en Andalucía, la edición de 2013, traducida por un tal Perfecto Cuadrado que, con ese nombre, uno duda si existe o si es otra invención del insigne portugués. El librero al escuchar mi acento, y la respuesta que siempre repito - parafraseando a Borges - como un acto de fe: “Soy cubano”, empezó a hablarme de La Habana.

-Prefiero Lisboa, le respondo con una forzada sonrisa para que pase por broma, y corro a un café a leerme este inquietante diario que Pessoa atribuyera a un supuesto Bernardo Soares.

Ahora, al terminar de anudarme la corbata, en un gesto que disimule mi vergüenza, abro el Libro del desasosiego por la misma página que lo hice aquella mañana en Andalucía. Se trata del pasaje en el cual Pessoa comenta una frase de su heterónimo Caeiro:

Eu Sou do Tamanho do que Vejo

(Soy del tamaño de lo que veo)

Pessoa disfruta en unas líneas del hallazgo de esta pretensión y llega a anotar, exaltado, que esa frase está destinada a reconstruir consteladamente el universo. Contemplar para poseer. Concebir la inmensidad desde la resignada calma de lo que podemos percibir; todo un alivio para la pequeñez humana, o una pretenciosa grandeza del espíritu, conformarnos y a la vez admirar esa posibilidad: E tornam-nos pobres porque a nossa única riqueza é ver. (Y hacernos pobres porque nuestra única riqueza es ver).

Encontrarme esta dichosa frase justo ahora, cuando me he mirado ante el espejo enlazar la corbata, y nada presagia aún las luces del alba más allá del balcón, viene a aumentar las dudas de mis remordimientos, de esta decisión forzada de aparentar el ejercicio de ser un hombre de acción. El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad, escribe Pessoa en el fragmento 303 de su diario sobre el desasosiego. Lo que estorba la acción, precisa, es el pensamiento con sensibilidad.

Ante el espejo y a punto de estar satisfecho de otro amanecer a todas luces banal, me pregunto entonces si pensar en Pessoa sin venir al caso es un remordimiento, una pausa, o una mentira piadosa, por no haber intentado con más insistencia escribir también a mi manera mi insignificante mundo.

En realidad Pessoa siempre me ha provocado un dilema. Sospecho. Mi profesor de Historia del Arte, Juan Ramón González, me regaló un tarde en la Universidad Central de Santa Clara un ejemplar de la Oda Marítima cuando yo preparaba mi tesina sobre la poesía de Luis Rogelio Nogueras, y desde entonces comenzó esta relación inquietante con el portugués.

Pasé tardes en la biblioteca de Santa Clara, frente al Parque Vidal, leyendo una y otra vez a Álvaro de Campos. Otra tarde calurosa de 2002, pero esta vez en Madrid, dejé mis lecturas en la biblioteca nacional, y me fui a Lisboa en guagua para tratar de comprender ciertas conjeturas.

Dudo sin embargo que la afinidad de mi admiración hacia él sea correspondida: cuando pienso en Pessoa admiro una lealtad ajena que creo haber yo mismo traicionado por miedo.

En Pessoa el miedo se convierte en una Estética de la indiferencia (428), en una resignada soledad para mejor ver y escribir, a escondidas. El mayor dominio de sí mismo es la indiferencia. Una indiferencia, aclaro, a sus propios deseos más mundanos, para respetar en sí mismo un espacio que puede ser una aldea o un imperio. Y poder escribir con el equilibrio del mayor sosiego posible: La impaciencia es siempre una grosería. No para mí. Para mí el miedo es la causa de un constante desasosiego por obedecer a reglas que me paralizan ante el espejo.

No creo que la distancia de estos inconvenientes provocados por la cautela, y de los cuales me arrepiento, refuten mi defensa de una afinidad profunda con Pessoa.

Harold Bloom en su célebre The Western Canon consagra parte de un capítulo a descifrar la lectura que hace Pessoa de Whitman. Cita el pasaje de un ensayo de la portuguesa Maria Irene Ramalho de Sousa Santos: Pessoa en vez de fusionar en su consciencia el yo y el Yo Real, desplaza con sus heterónimos actitudes esenciales del ser, se desdobla, se multiplica.

Es posible que ahora, al mirar al espejo y escribir mi encuentro con Pessoa, esté reconociendo mi incapacidad a separarme del mundo, la impericia para trascender la simulación cotidiana. O lo que es lo mismo, la falta de fuerzas para defender lo esencial de una vocación a pesar de coincidir con él en una anticuada voluntad de irreverencia que sólo puede explicar el orgullo.

En su ensayo Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo Octavio Paz, al mencionar el carácter del portugués y su arte de pasar inadvertido en sociedad, habla de desgano, de una modestia parecida al desdén. Como si mirar al mundo para poseerlo y escribirlo fuera un acto suficiente que a la vez completa ese desdén protector: La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida, se puede leer en el fragmento 116 del Libro del desasosiego.

Pessoa aceptó un modesto puesto de traductor de cartas comerciales (era bilingüe por su infancia en Sudáfrica) que le permitiría quedarse varios días a escribir en casa. ¿En qué casa? Al final ni siquiera tenía casa Pessoa. Fue siempre de un lado para otro. Solo. Vivía más bien en casa de los otros, de su abuela y dos tías. A la muerte de su abuela heredó un dinero que perdió enseguida; le dio por comprar una imprenta que no funcionó. Más tarde vivió con su madre, viuda e inválida. En cada casa prestada acomodó a sus caprichos una habitación con un amplio ventanal para mantener la dignidad del tedio.

A cada casa arrastraba un enorme baúl que al final heredó su hermana. En ese baúl se conservaba el espejo oculto de Pessoa: sus manuscritos inéditos.

A Pessoa el miedo le impide adaptarse. Mi destino es la decadencia, escribe. A desdoblarse en dos, tres poetas, para no mirar su propio rostro: El hombre no debe poder ver su propia cara (…) El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres (466). Mirar el firmamento o la luz universal del sol desde el Mirador de San Pedro de Alcántara con el metro setenta de estatura y los sesenta y un kilos de peso en que consisto físicamente, ofrece como consuelo la posesión por el espíritu de algo ajeno e inmenso. Pero eso no basta, es nada más que una constancia, el resto, el desasosiego, tiene que dejarse escrito.

LA TRAGEDIA DEL ESPEJO

Los antiguos apenas si se veían a sí mismos. Hoy nos vemos en todas las posiciones. De ahí nuestro pavor y nuestro hastío de nosotros mismos. Todo hombre necesita, para poder vivir y amar, idealizarse a sí mismo (y, al final, a aquellos a quienes ame). Nos amamos por eso. Desde el momento en que me veo y me comparo a un ideal, no muy elevado, más bien bajo, de belleza humana, desisto de la vida real y del amor.

II

Al atardecer del 16 de agosto del 2002 fui a casa de Pessoa a visitarlo. Estaba cerrada y esperé, sentado en una pequeña plaza no lejos de un Cementerio Inglés, que se despertara de su siesta el guardián del museo. No había nadie en la calle. En el museo tampoco: yo era el único visitante. El guardián y yo, semidormido él, asombrado yo, mirándonos, como dos heterónimos de Fernando que quizás nos vigilara detrás de algún espejo.

De todas formas Lisboa parece siempre desolada y luminosa, como si fuera eternamente domingo y te hablara a ti solo la ciudad al oído y no a los otros despistados transeúntes. He caminado largo rato antes de llegar aquí. Sombras indecisas llama Octavio Paz a la presencia en la ciudad de Álvaro de Campos, Ricardo Reis y del propio Pessoa. Siempre que he vuelto me ha sorprendido esa lenta suma de siluetas que se desplazan dejando enormes espacios vacíos que con una simple mirada el espectador puede abarcar.

        Ya dentro de la casa tampoco había nada en la habitación donde escribía Pessoa: justo un escritorio desnudo en su madera oscura y un par de espejuelos de miope con los que pretendía contemplar al mundo más allá de la muerte. Según su amigo y biógrafo João Gaspar Simões, antes de morir las últimas palabras de Pessoa fueron: Dá-me os óculos (Dame los lentes).

El guardián de la casa de Pessoa, al despedirse, repitió el bostezo con el que me abrió la puerta. Salí. Fue entonces que vi ante mí el nombre de un salón de té: Santa Clara. En ese lugar, justo ante la puerta de la última casa donde viviera el escritor, aparecía ante mis ojos el nombre de la ciudad de mi infancia y mis estudios. Imaginé a Pessoa, con sus gafas de miope, deseando terminar otra página que nadie entonces leería, al tiempo que miraba por la ventana hacia abajo (toda la literatura de Pessoa parece ser escrita mirando desde una ventana) a la acera de enfrente el cartel que dice: Salo du cha Santa Clara. Esperando que fueran las cinco él, el más británico de los lisboetas, para bajar a tomar el té mientras garabateaba hojas para el baúl que abriría su hermana.

Me siento no lejos, en una mesa libre, a mirarlo escribir, o a leer medio siglo después lo que él escribe, en la biblioteca que en ese momento invade con sus anticuados anaqueles el espacio del Salo du cha Santa Clara. Recuerdo entonces, con una taza de té en las manos, que en su biografía sobre Borges, Emir Rodríguez Monegal conjetura sobre un probable encuentro de Borges con Pessoa en el café A Brasileira del barrio de Chiado. El lugar que toma su nombre del café importado de Brasil era el escondite público donde la farándula de la ciudad organizaba las tertulias literarias de la época.

Durante el invierno de 1924, cuando el argentino esperaba con su familia el barco que los llevaría de regreso a Buenos Aires, António Ferro editor de la revista Orpheu, donde publicara Pessoa, pudo haberlos presentado: está probado que Ferro y Borges se conocieron en ese momento y se dieron cita varias veces en A Brasileira.

Salgo a caminar con el sol más apagado, pero sin dejar de ver mi sombra en las aceras empedradas por diminutas rocas calizas. Tan estrechas las aceras que te obligan a cerrarte contra los muros de las iglesias y los edificios cuando se acercan los autos. Si no ves el azur de las aguas no importa, lo sientes al respirar la brisa que viene de allá abajo hasta las calles empinadas y las siete colinas, o en el olor a bacalao o sardina con aceite y ajo que sale de las cocinas. Como si ese testigo a la vez apacible y poderoso viniera aquí a sumarse a la tranquilidad provinciana que me recuerda a veces la ciudad donde estudiara, para completar la ausencia que siempre le reproché a Santa Clara: el mar.

Me siento a leer en el café A Brasileira a la espera, me digo, de uno de esos sortilegios del azar o de la cosmología que tanto fascinaran al esotérico Pessoa. Se cuenta que en una época Pessoa conoció las tesis más delirantes de la teosofía, y hasta vino a conocerlo a Lisboa el inglés Aleister Crowley, uno de los ocultistas más reputados de su tiempo.

El café está decorado con espejos cóncavos en los que puedo verme, como en casa cuando me anudo la corbata. Y veo también venir al camarero –espigado y mestizo, ágil como un bailarín sobre el tablado de un muelle- a preguntarme qué deseo.

Le pido en español un café con leche y un pastel de nata. Como el librero de Jaén el camarero de Lisboa se interesa por mi acento. Me resigno a repetirle sin fervor la misma frase: “Soy Cubano”.

-¿Cubano? ¡Qué sorpresa! Mi padre estuvo en la guerra de Angola…y me ha dicho siempre que los cubanos tienen fama de ser muy aguerridos soldados.

Termino de anudarme la corbata. He perdido, supongo, mucho tiempo ante el espejo, pero la ciudad parece aún sin despertar. Preparo los libros que utilizaré en mis clases de hoy en la universidad. Y me dispongo a salir cuando escucho, de tres golpes secos, que alguien llama a la puerta.

Lisboa-París, Primavera del 2014

 

 

 

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1 juin 2014 7 01 /06 /juin /2014 17:39
BREVE DISERTACION SOBRE LA TRAICION

  En la historia de Cuba hay un momento en el que aparece insinuada la condena a la traición. Se trata de una nota breve en la cual José Martí compara este acto, tan inesperado como repulsivo, con la apostasía y ciertas tradiciones culturales:

¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad a la apostasía?

   Martí escribe esta nota a Carlos de Castro y de Castro (premonitorio y desgraciado apellido para la historia de Cuba), por haberse aliado, voluntario, al ocupante español. Estas palabras le costaron a Martí seis años de presidio y a este Castro doble, un desprecio histórico.

   Se alude así a remotas fuentes y condenas de la traición, interpretada ésta como un cambio o la renegación de una creencia religiosa. En la etimología griega la apostasía es el abandono de la polis o de una política local, su condena puede ser la exclusión (como el ostracismo) por un tiempo de diez años, y el despojo de derechos ciudadanos a quien se sospeche de traición política. En la tradición árabe la condena por apostasía es la muerte por decapitación. En el Infierno Dante sitúa a los traidores en el noveno y congelado círculo, el peor de todos, en el cual aparece Dele o Lucifer con sus tres cabezas. Con el único verso en latín de la Divina Comedia (tomado del poeta franco-italiano Venance Fortunat) introduce así Dante el Canto XXXIV:

Vexilla regis prodeunt inferni

Judas, es, por supuesto, el más conocido de todo los traidores, el que más sufre en el Infierno dantesco, aunque, como se sabe, Dante lo sitúa junto a Bruto y a Casio, cómplice este último de su cuñado asesino de Julio César. Traicionar a la Iglesia y al imperio, los dos poderes supremos; el espiritual y el temporal, merece el peor de los castigos posibles aplicados además de manera infinita en ese lugar de castigo eterno para los malos como lo define Borges en La duración del infierno (1932).

Sentarse a la mesa de la víctima para más tarde renunciar a un acuerdo sin prevenirla. Delatar o apuñalar por la espalda a alguien que confía y no sospecha, son los gestos vergonzosos de la traición. Porque es precisamente la sorpresa de una acción inexplicable lo que define su carácter.

   En la condenación enunciada por Martí aparece de manera implícita la definición de este acto. La radical condena a muerte sólo difiere en sus variantes según las culturas. Pero en todos los casos, la traición como desvío de un compromiso moral nunca es perdonada.

Ha existido siempre, eso sí, una mención a la traición para juzgar por el aborrecimiento una acción contraria a nuestra voluntad. No creo valga la pena detenerse, por ejemplo, en el distorsionado empleo del término de traición dado por el actual gobierno de La Habana a quienes simulan una forzada lealtad por miedo o precaución, y más tarde abandonan posiciones oficiales en diferentes circunstancias. Al no haber opciones previas, en el espacio totalitario, la persona se ve obligada a aceptar las reglas que éste impone y, abandonarlas, cuando se presenta la oportunidad de expresarse sin la vigilancia que le ha perseguido siempre. Más que de traición puede hablarse entonces de liberación. Los ejemplos abundan: deportistas, artistas, militares o agentes, y hasta políticos, han dado el paso de la fuga, y han sido condenados como suele hacerlo el gobierno cubano: con la oficial condena oral, o con la fingida indiferencia del silencio. Al no poder ejecutarlo como los griegos, el gobierno se limita a proscribirlos, a la derogación de los registros, récords y antologías, en fin; a cerrarles para siempre las puertas de la polis.

    Lo cierto es que nunca estamos a salvo de ese acto invisible. La traición, como desvío del alma, es ciega para la mayoría. Un cambio premeditado, es la traición, una deslealtad que abusa de una confianza. Un puñal de la sombra, en lenguaje de trasnochado bolero, o puñalada trapera, como decimos popularmente en Cuba.

El traidor es siempre un personaje ambivalente, porque no posee una propia decisión: no se atreve a decir que no, y acepta decir que sí a sabiendas del engaño que prepara. Un sí de doble miedo: falso hacia ti y obediente hacia el enemigo a quien se va a aliar sin que lo sospeches ni lo esperes. De un traidor sólo ves esa falsa mitad de su apariencia, la mitad de su cara. En el dibujo animado cubano Elpidio Valdés, el traidor cubano en la guerra contra los españoles al que condenara Martí, se llama, precisamente Mediacara: entre su barba y su pelo largo poco se puede ver de su figura y sus ojos.

El traidor no posee la ligereza irresponsable de un simulador, en su afirmación lleva escondida una convicción falseada por oportunismo, por rencor, o por miedo. Supongo que es el tiempo quien me ha llevado a identificar al traidor más con un cobarde que con un oportunista o un envidioso.

El oportunismo por alcanzar algo que no se posee, o, peor, por no perder un estatuto cómodo, incita también a la villanía del traidor. Por otra parte, el resentimiento es uno de los más torcidos vicios del espíritu quizás porque al ser recóndita y lejana la causa que lo produce, aparece de manera repentina en una acción inesperada, como la traición.

Sin embargo no siempre el envidioso es un traidor. Por ejemplo Dante le reserva a la envidia un lugar en el Purgatorio (Canto XIV) mientras que la traición se merece el peor lugar del Infierno. La envidia muchas veces explica el rencor: algo no poseído, un escalón añorado que alguien ha conquistado y que por esta razón se convierte en rival sin apenas sospecharlo, puede convertirlo en blanco de la traición del envidioso.

Para ser crítico consigo mismo, he llegado a pensar que cada uno es culpable de la traición sufrida, debido a nuestra ingenuidad, a nuestro propio error de apreciación, a nuestra carencia de profundidad al analizar el espíritu ajeno, al confiar por mimetismo o afecto en quien hemos elegido erróneamente.

El final de los traidores, sin embargo, es siempre el mismo: el suicidio, la ejecución pública o, en el mejor de los casos: el desprecio. En Inglaterra y en Francia se descuartizaba públicamente a los traidores. Hanged, drawn and quartered se llamó a este suplicio en Inglaterra a partir de 1351. Ya en Roma, en el 258, San Hipólito por su fe católica había sido martirizado de esta manera, tomada, al parecer, del primer imperio persa. La idea no es sólo mostrar un ejemplo público que sirva de escarmiento sino también impedir la resurrección completa del cuerpo del traidor después de su muerte.

La voluntad de los hombres siempre ha sido que el traidor no tenga ni vida ni sosiego, ni siquiera más allá de su muerte, o de sus suplicios en el infierno. Que su condena sea eterna.

 

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20 avril 2014 7 20 /04 /avril /2014 10:44
AMISTADES MILAGROSAS

      Hoy atravieso La Habana para ir conocer a Orlando Luis Pardo Lazo en la Plaza de Armas. Y a Silvia, mi amiga virtual de Facebook que un día me mandara a París una caja de tabacos desde la mata de mangos en la que capta un internet robado a los vecinos.

     (Silvia con sus gatos. A solas. Después, cuando Orlando se vaya volando a Miami el mismo día que morirá Chávez, y no pare hasta las nieves y el aburrimiento de Alaska. Silvia ahora: en una foto, casi desnuda, abrazada a un gato con desolación felina. Abandonada al calor solitario de su casa de la mata de mangos. Tomando fotos y más fotos, hasta de su propio sueño, entre las ruinas).

    Vamos G. y yo, sudorosos, con un retraso nada europeo a la cita.

    La mañana cumple la disciplina aquí de estar soleada, y el almendrón ruge por la Avenida de los Presidentes ese humo negro que me hace apiadarme, como un ecologista del primer mundo, de los pulmones de mis compatriotas.

    Bajamos, al fin, después de muchas paradas, en el hotel Sevilla. El hotel que administran los franceses, me dice G., que está loca por llevar una vida más confortable en este viaje al trópico para consuelo de su piel vulnerable y, como buena francesa, se imagina protegida y cómoda en un hotel galo que en La Habana se llama Sevilla.

    Subimos  a pie hasta la estatua de Martí. Echamos a andar por el mismo trayecto que haré todos los días después del regreso de G. a París, como si navegáramos por un río, Obispo abajo y hacia el mar, siguiendo la dirección del dedo de la estatua del Apóstol.

    Quizás con más colores chillones de una ropa con decorados brillantes y estrechas tallas que parecen venir de caribeños templos del reguetón; la calle es la misma que transitaba con la zozobra de no saber si vendería algún libro con que pagarme el almuerzo a finales de mi siglo XX habanero. El mismo boulevard con bullicio de vendedores ambulantes que supongo poseídos de mis mismas antiguas angustias.

    Es la primera vez que voy a ver a alguien con quien sólo he hablado a través de la pantalla de un ordenador. Son ambos, ignorándolo, la prueba virtual de la existencia de un afinidad desconocida entre la Cuba real y otra que ya es imaginaria para mí, al cabo de tanta ausencia.

    Si a estas alturas la realidad no fuera para mí mucha más evidente que la fantasía, me dijera que es un milagro que estemos aquí, reunidos, del otro lado de esa frontera de cristal que nos ha separado desde que nos conocimos.

    Están allí, sentados y con gafas de sol, Orlando y Silvia, en uno de los bancos con respaldar enrejado que contornan los árboles de la Plaza de Armas y la estatua del Padre de la Patria. Son los dos iguales a las fotos. O las fotos son iguales a ellos. Orlando me recuerda mi remota indumentaria habanera: pelo largo, pantalones anchos, una mochila de libros, y un filo de sudor por todo el cuerpo.

     (Al final de la tarde Orlando me confesará, ante la evidente llegada de un aguacero, que está agotado, que no ha dormido toda la noche escribiendo sobre la muerte de Payá para Diario de Cuba. Y nos invitará a G. y a mí a darnos cita de nuevo dentro de algunos días para pasar una tarde en la playa Guanabo. No podremos vernos esa vez y Orlando, por teléfono, me contará como los perseguidores de siempre le robaron la cámara y la ropa dejada en la arena antes de entrar al agua).

     Uno termina por aceptar que es valiente este Orlando, quizás, me digo, por oposición virtuosa al miedo disfrazado de indiferencia que adormece la isla. Le disculpa uno hasta ese ego enorme fotografiado en cada gesto suyo. Our man in Havana, Orlando, el que grita o escribe la rabia que necesitamos saber o leer de la isla de la cual huimos por cobardes aspirantes al confort. El mismo que registra cada día ese cansancio de los fantasmas que Lezama creía percibir en la ciudad.

     A esta hora de la mañana avanzada, el ruido de maracas y guitarras de cantantes sudados animan por una propina los tragos de turistas o nacionales prósperos, obliga a alzar la voz y a entrecerrar los ojos ante la caída vertical del sol: hablar gritando; mirar cubriéndose de los rayos de luz. El agobio del calor y del ruido ajeno, dos taras de las cuales uno no puede librarse en la isla.

    Por eso nos vamos de allí: es el pretexto que argumento.

    Caminamos los cuatro por la calle Oficios. Remplazamos los pasos de nuestras sandalias sobre los suecos adoquines de madera de la Plaza por el asalto empedrado. Me parece más seguro hablar así, caminando con el más virulento disidente de la ciudad, que exponerme de manera estática a alguna foto enarbolada como prueba en la aduana el día de mi partida.

    Sócrates más que Pascal, aunque, no sé ahora por qué, recuerdo que en algún momento nos referimos a Jorge Mañach.

    Buscamos un café. Pasamos por la Lonja del Comercio y seguimos más allá del convento de Santa Clara. Reconocí un lugar, abierto y sin ecos, frente al mar, en el Muelle de Luz. Venía a este lugar. Me sentaba en el muro frente al mar a ver salir la lanchita de Regla y Casablanca, a finales de los años 80, como un abandonado Humphret Bogard del Caribe.

    En realidad venía a un lugar llamado La Casa del Joven Creador a leer poemas, a escuchar trovadores, a veladas que terminaban en alcohólicas y nada bucólicas peregrinaciones al mar de una de las bahías más contaminadas del mundo.

    El café está casi vacío pero se deja oír el trasiego de camareros que aguardan a los clientes. Después de pedir algo de tomar y antes de comenzar a intercambiar algunos regalos, me di cuenta que nos sentamos en el sitio exacto al que aludo en el primer poema (“Exilio”) de un libro mío que en ese mismo momento estaba dedicando a Orlando y a Silvia. Leemos el poema. Más bien es Orlando quien lo lee, entre risas, jugo de naranja doble (G. no bebe nada que no esté hervido y no se desprecia algo ya pagado con divisas) y alguna que otra cerveza.

Los labios con perfume de naranja y un caracol rodando acallan por momentos la música del piano en un café del puerto.

(Las teclas del piano imitan el zigzag de un cangrejo sobre los acantilados el día en que me fui. Las teclas imitan mi naturaleza abandonada).

      Sospecho que a los ojos de Orlando y Silvia soy el testigo de un mundo ansiado e imaginario; la frontera violada del horizonte de la cual se vuelve del futuro con una flor, un libro, un olor a perfume, o fotos de viajes y de niños a salvo. No saben que a mis ojos ellos dos encarnan el tiempo que no quise vivir en el mismo lugar que nacimos, la prueba de una conquista o de un reproche. Todos alrededor de la mesa – salvo G. que con su sombrero a lo Karen Blixen por la sabana de Kenia anda como de visita con un guía por el zoológico – pudimos haber jugado el rol del otro. No ha sido así por elección o destino, por la Historia o el azar.

    Si no fuera melodramático nos contentaríamos con afirmar en un quejido que nos une o nos separa Cuba. Esa casualidad. Esa misión. Ese milagro fatal. Esa cicatriz que nos mira desde el espejo todos los días como una adicción y que no podemos ni siquiera cerrar, ignorar, ni despedir como a un amigo. Pero sí, es retórico y de mal gusto: patria, destino, identidad. Es mejor entonces no mencionarlo, ni decirlo, ni escribirlo. Seguir de largo, Cuba, seguir de largo.

    En realidad nos reúnen en este café del puerto, la curiosidad y el consuelo.

    Frente a nosotros el mar no huele a mar sino a restos de petróleo flotando a la deriva en forma de negruzcos goterones. Imposible quitar del aire, de los muros y vigas del muelle, de los caracoles, de los peces a punto de hacer sus testamentos, de los cangrejos mareados de tantos zigzags, las máculas malolientes de querosene. Hasta los pájaros que sobrevuelan parecen tener las plumas manchadas, como esas pieles quemadas de los transeúntes, perseguidos sin descanso por el polvo arenoso de los edificios en ruinas y las humaredas de los carros destartalados.

    Es entonces cuando pensé en tomarnos una foto. Así, los tres náufragos apócrifos frente al mar y la sirena de la lanchita de Regla y Casablanca. G., es la fotógrafa, por supuesto. Y aparece un militar. Uno de esos policías que por el aspecto tan lamentable – sudado y desteñido uniforme de una talla que no le pertenece, desgarbado y errático – uno no sabe si infunde compasión o miedo. Se acerca a nosotros y nos pide que nos alejemos unos metros del lugar por no sé qué ridícula razón, que en el fondo es un pretexto de su complejo para resaltar su risible autoridad.

    Por unos escasos segundos mi piedad es derrotada por la precaución de mi miedo: me imaginé detenido a causa del acto heroico de utilizar mi visa humanitaria para tomarme un jugo de naranja con el más irreverente de los escritores locales.

    Orlando y Silvia, tan acostumbrados a vivir con la incertidumbre que les obliga a dormir en casas diferentes cada dos o tres días, ni siquiera se inmutaron. Por sus sonrisas comprendí con vergüenza que en sus casos la cautela ha desaparecido junto al miedo, porque se han ido a vivir a una región donde ya cualquier peligro es indiferente.

    No pasó nada: ahí está la serie de fotos que muestro como prueba de mi precaria osadía.

    Caminamos de regreso por Obispo, subimos la ruidosa muchedumbre a contra corriente y con el mar ahora a la espalda. Una momentánea indolencia que imagino contagiosa se apoderó de nosotros. Reíamos no sé por qué. Pasamos frente al edificio donde días más tarde me dirán que están las oficinas de la editorial Letras Cubanas.

    A medida que ascendíamos por la estrecha callejuela hacia el claro del Parque Central, la estatua de Martí se borraba tras los nubarrones. A la altura de la calle Habana se desató un aguacero como suele ocurrir en La Habana: de un golpe de gigantescos goterones sobre la cabeza, las paredes descascaradas, la gente que corre a la búsqueda de las estrechas aceras. Todo lo cubre en un instante la grisura del cielo y la opaca agua de lluvia. Navegamos en vez de caminar por el río desbordado en que se convirtió la calle y la pestilente mezcla de lluvia y residuos albañales.

    Nos dispersamos. Nos perdimos de vista. Nos fuimos G. y yo a acampar a los espaciosos portales del Gran Teatro. Me entretuve un tiempo observando las siluetas descoloridas de fugitivos de la lluvia. Empapadas y errantes. Un muchacho mulato, erguido, y con espejuelos de pasta se nos acercó. Hablamos un buen rato de la literatura publicada en Cuba, de una literatura ahora para mí casi desconocida. Me dijo que se llamaba Ahmel Echevarría y que era escritor.

    Creo haber visto correr bajo el diluvio a un perro vagabundo con unas hojas de papel entre los dientes. Al ritmo de las palabras – conversadas o evocadas – al reguardo del portal del Gran Teatro, se fue atenuando la lluvia. Pero no tuve más noticias de Orlando y Silvia.

    Varios días después, antes de volver a París, me di cita con Silvia a la entrada de la facultad de estomatología de Carlos III, donde ella sacaba muelas como práctica de sus estudios de postgrado. Me entregó otros habanos de regalo. Nos despedimos como supongo que uno se despide cada vez en Cuba: ignorando la existencia de un después.

    Antes de comenzar a bajar las empinadas escalinatas de la facultad, me volví un momento a preguntarle por qué no había tenido noticias de ella ni de Orlando desde hacía varios días, a pesar de haberlos llamado a sus teléfonos móviles:

    -Estábamos presos desde el sábado, nos vinieron a buscar a la casa.

    Bajé de dos en dos los escalones y corrí a tomar un almendrón para escapar de aquel lugar posiblemente vigilado. Apretujé en los bolsillos de mi short los euros que le había llevado de regalo a Silvia. Se los mandé semanas después desde París con una turista de paso.

    No podría saber hasta qué punto es cierto eso de que no se debe volver al lugar donde uno ha sido feliz. Lo que sí puedo asegurar es que es imposible regresar, en paz y sin sobresaltos, al sitio del cual uno se ha escapado alguna vez, horrorizado.

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