6 avril 2014 7 06 /04 /avril /2014 13:08
 
Un puerco con alas
 
         El 31 de diciembre de 1990 atravesé el Prado de la ciudad de Cienfuegos con un puerco asado sobre los hombros. No iba solo, por supuesto. Me ayudaba a llevar la bandeja con el cochón sacrificado un grupo de futuros comensales. Como se sabe, en Cuba suelen asarse los cerdos en panaderías del estado, cuando no se dispone de un jardín donde la ceremonia del embalsamiento del cochino es todo un espectáculo público ante los vecinos del barrio.
        Mis amigos y yo no teníamos jardín. Pero Amir Valle, por irse a La Habana a festejar en familia, nos dejaba prestado el apartamento que le habían destinado como periodista de la emisora de radio local. Y eso le bastaba al entusiasmo del grupo: algunos artistas, bellas muchachas amantes de las letras, y un personaje, Evelio Capote, escritor y miembro de la sociedad teosófica de la ciudad, que nos prometía hacernos escuchar  a Pavarotti cantando algún aria de Puccini a las doce de la noche: hora exacta en que El Dictador Bueno pronunciaba por radio y televisión un extenso discurso para festejar su victoria sobre El Dictador Malo.
          Se avecinaban nuevos tiempos. En eso mis amigos de la época y yo no nos equivocábamos. No. Era el final de una era. En otra parte del mundo el comunismo comenzaba su final. En otras geografías. En Cuba el hambriento Período Especial abría un nuevo tiempo, sí, pero peor que el anterior. En eso sí nos equivocábamos todos. No nos tocaba en la isla aún la libertad de comer puerco con ópera italiana, pero lo creíamos. Y es tan hermoso creer, tan entusiasta. Con el tiempo la carne de aquel cochino asado y las arias de Puccini en voz de Pavarotti más que una celebración lo veríamos como una despedida:
Nessun dorma! Nessun dorma!
       Cantamos (más bien vociferamos), nos besamos y nos manoseamos, nos mordimos y lamimos en una orgía improvisada con Pavarotti aquella noche vieja que se pretendía nueva, mientras los otros escuchaban o simulaban escuchar por altavoces otro discurso más de El Dictador Bueno. Nos excitamos y gemimos tanto que protestaron los vecinos, dieron la alerta los encargados de vigilar al barrio, y hasta vino la policía: Pavarotti apuercado se volvía subversivo por culpa de nuestro indisciplinado jolgorio.
        Con desafinados gritos de adioses, de entusiasmo o de duelo, el grupo se dispersó, aquella noche y toda la vida, como si el puerco hubiera tenido alas que nos condujeran por el mundo o al cielo: Rey se fue secando hasta la muerte por un cáncer, a Laura la he visto caminar con un parasol multicolor por Miami Beach, Carlos vive en Ginebra, Arturo en Norwich, Roly como Amir en Berlín, Marlene desapareció en Londres, Gida se fue a España, donde muriera a finales del siglo, de una rara enfermedad, el entusiasta Evelio, a quien para consolarme imagino conversando con la Blavatsky en algún lugar celeste de la eternidad.
      Cada uno se fue a comer chicharrones y a escuchar la música elegida adonde le dio la gana al destino.
 
Los errores de los otros: Sartre y sus secuelas
 
      A finales del año 1999 Bernard Henry Lévi publicó un pretencioso libro; Le siècle de Sartre se llama. En uno de los últimos capítulos titulado “Acerca del error en la vida de un intelectual” se analizan los más célebres errores del filósofo Sartre: el apoyo a Mao y al comunismo, a la URSS, y la admiración por Fidel Castro.
       El libro suscita múltiples debates por una gran paradoja no resuelta aún en la cultura de Francia: la muerte de Sartre cierra el ciclo de la presencia y de la influencia de los intelectuales franceses en la vida pública, y de una cierta idea de la hegemonía cultural de los galos en el mundo. Pero al mismo tiempo los desaciertos políticos de Sartre, la pasión de sus errores, en contradicción evidente con la Historia, ridiculizan hasta la decadencia el papel del intelectual en la sociedad civil de las democracias modernas. Nadie habla de Sartre en Francia, su legado es, en el mejor de los casos, una sarcástica sonrisa cuando se pronuncia su nombre.
        (Sartre: la passion de l’erreur se titula un polémico artículo de Claude Imbert publicado en la revista Le Point sobre este libro. Un título, para mí, emblemático).
         Quizás haya sido el también francés Jean François Revel, quien mejor definiera el fundamento de este error de los intelectuales comprometidos. Desde 1976 en su libro La tentation totalitaire  Revel se refiere a la prueba por el futuro, algo inherente al pensamiento utópico: el divorcio entre la intención y los actos. Es decir: se exige y se obtiene que se nos juzgue por las intenciones y no por los actos.
      Esto diferencia al comunismo del nazismo como estados totalitarios: al primero se le puede justificar por sus supuestos objetivos teóricos…al segundo no, como si, en una hipócrita gimnasia del espíritu, lo primordial de la realidad fueran las causas y no los efectos.
       Repitiendo esta premisa como un catecismo, y enarbolando la insensata comparación de que “en otras partes el capitalismo es peor”, cierran los ojos las tropas de intelectuales que defienden o ignoran, al totalitarismo de izquierda.
 
Una pasión cubana: equivocarnos
 
       Los ejemplos anteriores y la observación de Revel  ayudan a comprender el otro lado del espejo de la historia cubana de los últimos 55 años. El lado externo de la defensa ciega de un fracaso evidente, la desconcertante y sistemática apología de un proyecto que ha provocado la ruina y la desorientación de un país. Como si Cuba y los cubanos tuvieran que servir de venganza a frustraciones ajenas, o como si el orden de una postura correcta exigiera un discurso que contradiga le realidad de una nación pero no la falsa idea de una redención.
      Lo curioso es que los cubanos hemos sido coherentes con esa equivocación. Del lado del espejo cubano (llámese del interior o de los que andamos por el mundo, oficialistas, indiferentes, disidentes, exilados, quedaditos, o inmigrantes), a esa errática insistencia se ha respondido con la misma intensidad en sentido adverso: todos nos hemos equivocado con pasión acerca de la historia y el destino de Cuba.
        Repito: en lo que respecta al país donde nacimos los cubanos practicamos con vehemencia una inexplicable pasión por el error.
     La manera de organizar y renovar al estado totalitario, la creciente despolitización de los cubanos, las limitaciones de una oposición casi invisible en la isla y sin una relevante representatividad internacional en el exilio, son, a mi parecer, las causas de la irracional permanencia de la dictadura cubana en el poder, es decir, del fracaso de nuestros juicios, de la lógica y de nuestra experiencia.
       Describir por pasos estas prácticas que se establecen entre el poder y el cuerpo social, permite comprender mejor la génesis de los desaciertos de nuestra visión política.
      Hannah Arendt considera que son dos las prácticas que componen el movimiento totalitario: la propaganda y la organización. Del primero no es necesario extenderse en el caso de Cuba. La repetición, el dominio de los medios y el adoctrinamiento son demasiado evidentes con el paso del tiempo. La organización tampoco ha cambiado: el motivo ficticio o la ficción central que traduce las mentiras de la propaganda sigue siendo el mismo: el llamado bloqueo de los Estados Unidos, la cercanía de un enemigo que impide la diversidad política ante el peligro de la pérdida de la soberanía.
       Sin embargo negar las últimas reformas introducidas por Raúl Castro significa también negar lo que Foucault denomina las estrategias del poder: los pequeños negocios privados, la compra y venta de casas y coches, la telefonía móvil y la posibilidad de viajar al extranjero.
     Esto demuestra que, contrario a lo que pudiera pensarse, sí existe una capacidad de creación que hace cambios a la rigidez política esencial del régimen.
     Nuestra pasión sistemática por el error nos hace aceptar esas reformas sólo como concesiones o, por su contrario, como cambios reales. Se trata en realidad de un eterno ejercicio de adaptación que respeta el principio temporal del poder en Cuba: ganar tiempo sin dejar de producir relaciones de dominación sobre los individuos.
      La despolitización es el logro inverso al adoctrinamiento, pero su dosis de irresponsabilidad cívica facilita los objetivos del poder: ser apolítico en el totalitarismo es el disfraz del miedo o de la colaboración inofensiva, de la obediencia, o de la pasiva complicidad.
    El italiano Roberto Esposito ha estudiado este fenómeno, pero en el contexto de la actual democracia europea. En el caso de Cuba la indiferencia política actúa como un mecanismo de banalización del poder que facilita el dominio de éste sobre las personas: Lo de Yo no meto en política, esa frase que tanto dicen muchos cubanos, es otro logro de la inercia práctica al que se condena al individuo por la coerción de un discurso represivo.
     Una manera de completar ese lema de los neutrales sería: “Yo no me meto en política porque sino la política se mete conmigo”, sin saber que de todas formas, esa aberrante identificación entre política y poder es una marca de la subordinación involuntaria al totalitarismo. Hasta fuera de Cuba la precavida despolitización del individuo es una prueba de la dependencia y el resultado del ejercicio del poder de la dictadura sobre sus cuerpos y sus expresiones.
      Las reformas en la política de emigración del gobierno de Raúl Castro, que permite la entrada y salida de los disidentes más conocidos, neutraliza la relevancia en el espacio público local y en el internacional de estos disidentes. Los viajes de los disidentes –no de todos, pero casi: les excepciones como la del Dr. Oscar Biscet sirven de asterisco para que no se olvide quién sigue mandando- por el mundo,  desarticula uno de los argumentos de las víctimas a los ojos de quienes miran al gobierno de La Habana.
       Romper las líneas de las reglas por irregulares sorpresas es una de las normas discontinuas de la política hacia el exterior del totalitarismo cubano.
       La aparente tolerancia hace creer en una apertura de la sociedad civil y hasta cierto punto lo es. Pero no se debe olvidar que es gracias a las nuevas tecnologías que estos opositores se conocen. Y la dictadura nunca ha cedido en uno de sus principios medulares: el control absoluto de los medios de difusión. Regular internet es capital, como antes lo fue neutralizar la televisión de Miami. Esto propaga la paradoja de los contestatarios cubanos: son conocidos fuera de Cuba pero poco o nada dentro.
     La experiencia indica que en un sistema totalitario, donde no se admite la existencia de una oposición, ésta debe convertirse en una fuerza política a través de una organización y del apoyo de una parte del pueblo.
      Y este ha sido otro error: la sociedad civil autónoma al considerarse siempre como opositora, se integra a la disidencia, sin llegar a ser partido político. Entre otras cosas porque ése no es su objetivo. Nadie ocupa entonces ese espacio. Las escasas tentativas fracasan por ser exiguas o poco visibles para los ciudadanos que las conocen y saben el poder de dominación total que tienen sobre ellos los mecanismos represivos.
        Me repito: en este carnaval de desaciertos en el cual divagamos hace más de medio siglo todos los cubanos, el pragmatismo raulista, variante más reciente de la capacidad de adaptación del estado - de su fortuna diría Maquiavelo- , y el control total del espacio público, de las instituciones y de los medios, neutralizan toda posibilidad de transición incluso hacia un estado autoritario.
     En todo imaginario político el secreto constituye uno de los principios de la acción. En el totalitarismo al secreto se añade la propaganda y el control de la información y de la opinión pública. Anticipar y adaptarse se unen a este secreto para corregir los errores de un sistema inoperante en el plano económico.
      La gran paradoja de Cuba es que ha sido el poder totalitario quien, contra todos los pronósticos y obituarios apócrifos, ha sabido desarticular, por sus movimientos estratégicos, las consecuencias de nuestra monumental suma de errores, de nuestra inexplicable pasión por la equivocación.
 
La fiesta como naufragio
 
    La más grande fiesta de la literatura cubana se termina por un naufragio colectivo y es el argumento central de El color del verano, la novela póstuma de Reinaldo Arenas. Es conocido el argumento: para festejar en julio de 1999 los 40 años del castrismo se organiza un carnaval en el malecón de La Habana. Para la ocasión se dan cita artistas e intelectuales vivos o muertos: a algunos se les resucita para la ocasión.
      El caos comienza desde el principio cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda decide tirarse al agua para huir de la isla. Se organizan entonces dos grupos de escritores, los de la isla y los del exilio que, desde ambas orillas, tratan de ganar para su causa a la célebre fugitiva.
     La apoteosis de enfrentamientos, diatribas y vituperios llegó a su éxtasis cuando los insulares decidieron desprender la isla de su plataforma insular y navegar a la deriva hasta que ésta “se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros”.
      Se da la curiosa paradoja de que el libro, terminado de escribir en el 1990 y publicado en 1991 en Miami, después del suicidio de su autor, podría interpretarse como una distopía  o una novela de anticipación. Lo cierto es que Arenas acierta y se equivoca a la vez. Acierta en la previsión del festejo de la efeméride, pero se equivoca en la duración del régimen: el castrismo ha sobrevivido a más de medio siglo. Salva, sin embargo, a Arenas del error; el empleo de la sátira y el desenlace trágico que destina a la isla y sus habitantes. Como si, para no equivocarnos, neguemos de un golpe de borrón y cuenta nueva, el espacio, el tiempo y la Historia de la isla.
     En todo caso esta pasión nacional ha terminado por cancelar o alejar hasta lo indefinido nuestro mayor deseo: volver, o ver, una Cuba democrática. El año próximo en La Habana, la adaptación criolla del estribillo de la canción del seder judío, ya ha dejado de ser el lema de nuestros 31 de diciembre, como ha explicado Gustavo Pérez Firmat.
    La pasión, como escribía Virgilio Piñera acerca del insomnio: es una cosa muy persistente. El error, en nuestros pronósticos y apreciaciones políticas de la realidad, una acción constante y torpe.
    Haga la prueba: Eche una simple mirada a la actualidad internacional, de Cuba, o del exilio cubano, y podrá confirmar este vehemente padecimiento de nuestro espíritu práctico.
 
Ilust: Les Boules, Topor.
 
 
 
 

 

 

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6 avril 2014 7 06 /04 /avril /2014 07:49

El Canciller de FRANCIA (y uno de las mas grandes fortunas francesas) VIAJA A CUBA EL 12 DE ABRIL...sin comentarios...

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5 avril 2014 6 05 /04 /avril /2014 22:48

TINTIN bate record de venta hoy en Paris : Un simple dibujo al lapiz en una portada se vende a 289.500 euros

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5 avril 2014 6 05 /04 /avril /2014 11:53

"El Insomnio es una cosa muy persistente"...el cuento de Virgilio Piñera en forma de dibujos animados

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5 avril 2014 6 05 /04 /avril /2014 03:34

GATOS AZULES EN CUBA !!! En esa isla hasta los gatos (que quedan vivos) son...unicos...(?)

Cuba quiere que sus gatitos azules sean reconocidos como una nueva raza, y así competir con los que existen alrededor del mundo...

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4 avril 2014 5 04 /04 /avril /2014 23:42

Acabo de ver aqui en Paris este conmevedor testimonio filmado en un pueblo del Oriente de Cuba y realizado por mi amigo Eduardo Lamora
Poco a poco Eduardo va construyendo con las sumas de sus filmes, sus propias catedrales

Trailer du dernier film de Eduardo Lamora, sortie prévue en 2013

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4 avril 2014 5 04 /04 /avril /2014 16:37

EL PAQUETE:
internet de los pobres en CUBA...ultima moda para evitar la TV oficial:

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4 avril 2014 5 04 /04 /avril /2014 14:27

LA INOCENCIA DE LA HABANA:

Shot in La Habanna, Cuba Camera : Canon 5d Mark 3 Lenses : 50mm 1.4 - 24mm 1.4 -14mm 2.8 - 100mm 2.8 Steadicam Merlin Actress : Camille Director-Steadicam operator-Editing-Grading : www.laurent-tixhon.com

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4 avril 2014 5 04 /04 /avril /2014 13:49

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4 avril 2014 5 04 /04 /avril /2014 13:01

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