Suivre ce blog
Administration Créer mon blog
28 juin 2015 7 28 /06 /juin /2015 20:08
EL ULTIMO SUICIDIO DE ANGEL ESCOBAR

A Luis Rogelio Noqueras no pude conocerlo. Leí la noticia de su muerte cuando ya había comenzado a escribir mi tesina sobre su poesía. Desde Cabeza de zanahoria, su primer poemario, sus juegos apócrifos revelaban un estilo personal y una sincera pasión por la literatura. Juegos-homenajes muchas veces dedicados a conocidos suicidas como Gérard de Nerval o César Pavesse.

A Raúl Hernández Novás lo veía caminando por 23 como el viento que sólo sabe arrastrar su alma sobre el polvo, llevando siempre consigo la timidez de su mutismo, y la mirada que muchas veces encontré a la deriva por los pasillos de la Casa de las Américas. Una mañana de sábado un amigo me dio a noticia de su pistoletazo.

La nota de Raúl Rivero era breve y también mencionaba a Hernández Novás. Otro poeta cubano, Ángel Escobar, también se suicidó en La Habana a principios de este año.

Yo conocía varios libros de Ángel Escobar cuando una tarde lo vi conversando con dos muchachas en la acera del teatro Mella. O mejor, ellas hablaban con él, porque quise creer que en el silencio de su mirada guardaba el fragmento de una distancia no compartida. A Escobar lo reconocí por la foto de la antología Usted es la culpable, y aunque ya mencionaba algunos de sus versos, ésa sería la primera y la última vez que lo viera.

Desde muy joven Escobar ganó algunos de los premios que se necesitan ganar en Cuba para publicar. El David con Viejas palabras de uso (1977) y el Uneac con Epílogo famoso (1985). Además fue finalista del premio de la crítica de 1988 con La vida pública.

Poco a poco su escritura había ido escapando de esas contradicciones no siempre advertidas que se crean entre la hojarasca circunstancial de una sociedad como la cubana, y la insistencia de un cuestionamiento que buscaba (cada vez con menos afirmaciones) intentos de respuestas salvadoras.

Porque desde el principio la pregunta de sus poemas se fue haciendo más intimista a medida que se perdía (¿o se encontraba?) en un hermetismo de múltiples confluencias. Hay en los textos más logrados de Escobar el intento de un grito, el recorrido circular de una voz que se apoya muchas veces en el contraste de los sentidos.

No sé qué habrá en esos rincones se cierran. Es que hasta los olores se ocultan: los tapan en lo oscuro. Me vuelvo y sólo veo una espalda corriendo otra cortina (…) Se avistan sólo líneas, cartones, sólo mapas. No se oyen los paisajes. Lo espeso ha recalentado la escalera. ¿Quién va a poner la mano? De otra forma, si estuvieras arriba oirías mis vértebras.

Un sincero cuestionamiento surge de esos estados de autoreflexión, en giros que abarcan la explicación de una experiencia o el retroceso hacia un estado de inconsciencia donde la muerte (casi el regodeo satisfecho de su búsqueda) culmina el anterior furor y a la vez marca el comienzo de una nueva recurrencia. El propio cuerpo entonces deviene centro de la poesía de Escobar. Las preguntas terminan o dejan de tomar del entorno físico los elementos de la referencia. Quizás se ha perdido la credibilidad de la espera. Se trata en ese caso de afirmar una imposibilidad o adelantar un final:

Ahora son los cuchillos. No hay juego.

Ni juramento que no haya sido el juego y el juramento que ahora signa mi muerte.

(El escogido)

En Cuéntame lo que me pasa (Zaragoza, 1992) , Ángel Escobar reunió un grupo de textos que merecerían un comentario más detenido. Las voces coinciden, el delirio se expande, el relato de una historia se trunca por una suma de imágenes. En Informe, por ejemplo, Pascual Saga, se presenta como el autor de El escogido. Las confesiones del personaje forman parte de un informe médico. Escobar repite a lo largo del libro ese agónico caos que caracteriza su última escritura. Un caos cuyo ciclo ya venía agudizándose desde Abuso de confianza (1992).

De paso por París, un amigo que conocía personalmente a Ángel Escobar, cuando supo la noticia del suicidio del poeta sólo atinó a preguntar: ¿Otra vez? Quienes alguna vez habían estado cerca de Escobar, sabían de sus múltiples intentos, de su proximidad con la muerte en los últimos años, quizás como una prolongación de esos cuestionamientos circulares que no lo abandonaban.

Sin ser un fundador hay en los libros de Escobar mucho de ese subjetivismo-límite que marca diversas zonas de la poesía escrita en Cuba en los últimos años.

En la última página de Cuéntame lo que me pasa, Ángel Escobar menciona a Nogueras: en sólo una línea lo nombra “fantasma”. Antes había construido en varios relatos (¿relatos?) del libro sus propios heterónimos. Él viene a ser ahora para nosotros el otro reverso de esas fabulaciones interminables.

Porque si para algo puede servir la poesía es para detener la longitud del tiempo. Aquella tarde quise descubrir en el silencio de su mirada una distancia que sólo a él pertenecía. Voy a seguir imaginando hoy que Ángel Escobar sigue ahí, en una acera del Vedado, a la espera de una hora para entrar al teatro, mientras creemos escucha a dos muchachas a quienes un último suicidio no podrá evitar que les escriba un poema.

(Publicado en Trazos de Cuba, París, No. 17, septiembre de 1997)

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
21 juin 2015 7 21 /06 /juin /2015 10:10
BUENOS AIRES: COMO UNA BOCA NO BESADA

Más significativo es que todo argentino o extranjero asimilado no pueda allegarse a un recién venido sin formularle, al principio, en su transcurso o al final de la conversación, la pregunta: ¿Qué le parece Buenos Aires?...Buenos Aires es como un gigantesco Narciso que, tímido como casi todos los gigantes, no osara contemplarse en las aguas leonadas del enorme río que se dilata a sus plantas.

Arturo Cancela, Historia funambulesca del profesor Landormy

 

 

Acabo de llegar y me he ido a sentar al café Macedonio Fernández de la Biblioteca Nacional. Espero allí que alguien me diga exactamente dónde estoy porque nada de lo que veo me parece ajeno.

El taxi me ha llevado desde el aeropuerto a casa del abogado que me alquila aquí en Recoleta un apartamento. Dejo las maletas. Doy una vuelta a la manzana y, ante mí, la sombra de la biblioteca me ampara y orienta como una bandera.

(Me equivoco, claro. No es la legendaria biblioteca de la calle México en San Telmo donde Borges imagina que entrega un poemario a Lugones, sino la construida sobre las ruinas de la casa presidencial de Perón y Evita, devastada por la revolución del 1955).

Llamo a mis amigas mientras leo un periódico abandonado bajo una luz que quiero sea de oro.

Lucía y su sonrisa son las primeras en llegar, y lo que haremos en unos minutos – caminar por las amplias aceras iluminadas, comer empanadas y beber cerveza en el jardín de la casa de su mamá Victoria con su hermana Vicky - me parece haberlo hecho durante todos los años que en Cuba añoré vivir aquí.

Al igual que en el aeropuerto saltan a mi paso esos gestos familiares que mi memoria afectiva ha perdido en París: cierta agitación en el más mínimo movimiento. El ruido. Las frases extensas de los taxistas que repiten las mismas observaciones (“este país es un desastre”, “¿usted es cubano? Ah, ya está cambiando aquello ahora, ¿no?”, “¿vive en París?…bueno ese es otro mundo…París”…), la familiaridad de obviar las extensas introducciones, y tocar y besar (una sola vez y no dos como en Francia), como si la persona que te recibe o habla tratara de atenuar esa exaltada paradoja argentina: la de creerse a la vez en el mejor y en el peor de los mundos posibles.

De noche camino con Vicky por su barrio como hicimos hace veinte años por las calles sin luz de Santa Clara. Me muestra el balcón blanco del cual partiera entonces, con dieciocho años, a perderse con tres amigas hasta el tren en ruinas donde la conocí y la rescaté de una programada peregrinación a la estatua del Che.

Con el tiempo ha cambiado cierto orden de las cosas en nuestras vidas. Ella ha regresado de su vida de varios años en Madrid y Barcelona. Yo sólo he vuelto una sola vez a Cuba, que ya no es un destino, porque no me quedan ganas de repetir un viaje a un origen trastocado por la eternidad de una pesadilla y por el nacimiento de mis hijos en París.

“La sombra que vemos extenderse a la izquierda es el muro del cementerio de la Recoleta”, me indica Vicky. Las luces de neón y de los coches que se suceden sobre la avenida 9 de julio, dejan  reconocer a los lejos la silueta del obelisco tantas veces visto en las tarjetas postales.

Recuerdo una atrevida ocurrencia de André Malraux: “Buenos Aires, la capital de un imperio imaginario”. Y sonrío, claro, con aire de turista satisfecho. Sonrío imperturbable porque a la vez todo me parece familiar, como si tocara los peces antes vistos a través de una pecera, o besara al fin una distante boca imaginada desde la platea de un cine de La Habana.

La culpa es de Borges

Iba a escribir que la vida en Cuba es la responsable de haber vivido inventándome paraísos, y me doy cuenta de la banalidad de la frase; todos nos inventamos otro sitio donde quiera que estemos. Lo que sucede es que en Cuba esos paraísos no son sólo perdidos como los evocados por Proust al hablar del pasado, sino imposibles de alcanzar, porque se mencionan como una utopía ante el viacrucis de la vida cotidiana.

A los doce años mi padrastro Joaquín me construyó mi primera biblioteca y los libros sin darme cuenta me aliviaron esos círculos del infierno que ordenan la vida en la isla, para meterme en una especie de purgatorio del cual no creo pueda salir ahora: el de practicar el ejercicio de ignorar cuanto pueda la realidad, fingiendo.

A falta de imaginarlos por no poder tocarlos, los leía, los paraísos. Fueron otras islas los libros, con sus vidas, sus nieves y estufas, sus olores y músicas; mi vida ficticia con otras personas que compartían el secreto conmigo de desear escapar algún día hacia ellos, es decir, hacia al mundo.

Cuando empezaron a ser serias, mis lecturas se dividieron en dos: Borges y los otros. Sin tenerlo muy claro, dos eran también los lugares ideales para pasear con mi entretenimiento a cuestas: Buenos Aires y Brujas. La culpa del primero era de Borges, la de Brujas, de una enciclopedia descubierta un atardecer de agosto en la biblioteca del barrio de Marianao.

A falta de poder viajar a la Europa entonces actual, teníamos, mis amigos y yo,  de la literatura preferida en español, los libros editados por Casa de las Américas y, más tarde, las películas del Festival de Cine Latinoamericano. En ambos casos Argentina y lo argentino eran los ídolos de mi grupo de amigos. Hay algo pegajoso en lo argentino que viene de su paradoja esencial: puede ser meloso como un tango o intelectivo como una disertación de Macedonio en El café del Once.

La Europa que hubiésemos querido no existía en La Habana. Nos llegaba Europa recalentada y describiendo un triángulo que pasaba por el sur, porque a lo único que teníamos derecho del viejo continente, era a la obediente versión bolchevique de los países del este.

A los más lectores de mi grupo nos fascinaba cometer el ingenuo acto sedicioso de tratar de leer a Borges. El mismo del cual no se hablaba ni publicaba una línea en Cuba. El proscrito de los balances. O el vilipendiado.

Por eso fuimos todos a la presentación de la antología en 1987 (un año después de la muerte de Borges; el totalitarismo cubano siempre ha sido puntual en los obituarios) presentada y prologada por un tal Roberto Fernández Retamar (que según Neruda lo había perseguido por París y La Habana “asiduamente con adulación”) que confesaba, ante nuestro rabioso estupor, que había visitado a Borges hacía años en su casa de Maipú y Charcas.

Junto a Borges en nuestras lecturas estaban los otros: Marechal, Macedonio, Tuñón, Gelman, Sábato, Martínez Estrada, etc. Sin mencionar a Cortázar. Porque en un ataque inexplicable de compromiso político en alguien que había emigrado a Francia huyéndole a Perón, terminó convirtiéndose en portavoz del castrismo en la última parte de su vida, algo que no le perdonamos los cubanos.

Desde que conseguimos, no recuerdo cómo, las Obras Completas de Emecé, mis amigos y yo no diríamos más Buenos Aires, sino Borges.

Adán en Buenos Aires

Desde los taxis voy reconociendo algunos nombres de lecturas, pero no atino a situarme en una ciudad donde se circula a la italiana: a toda velocidad y con incesantes zigzags entre el desfile de coches y autobuses.

Las sensación de estar perdido, tan buscada por un turista básico, sabemos que puede llegar al ridículo. Como cuando pregunto a un chofer si estamos lejos de la calle Corrientes y éste, descuidando la dirección del taxi se vira hacia mí y me responde: “Estamos en la calle Corrientes…señor”.

Me pongo la corbata y asisto a citas en universidades privadas donde tengo estudiantes, en la calle Paraguay, en Palermo, en la Universidad Católica de Puerto Madero. Esas son las obligaciones que me han traído aquí con el billete pagado.

(A estas alturas de mi viaje todavía ignoro que  no podré ir a comer un asado a San Isidro, que no estaré en la Universidad de Rosario, ni atravesaré el Río de la Plata para ir a conocer Montevideo y tomar un café con Tania, ni abrazar en Córdoba a mi amigo el escritor Marcial Gala, como había previsto).

Porque a la ansiedad por recorrer lugares, comer carne, comprar libros, se une la de saludar a personas que no veo desde que me fui de la isla. Muchos argentinos sin apenas darse cuenta me ayudaron en Cuba, regalándome libros, invitándome a comer, enviándome casetes de música o simplemente mensajes que, como mapas en botellas tiradas al mar en el cual remaban sobre los tiburones los balseros, mantenían en mí la esperanza de poder huir un día, esperanza que ahora, veinte años después, no podemos dejar de celebrar.

Claribel, a quien no veo hace veinte años, me dice por teléfono que viene a buscarme en taxi y me temo no poder reconocerla. Me lleva al Palacio Ortiz Basualdo que es la sede de la embajada de Francia en Buenos Aires: “Ah, si es francés tiene derecho a entrar”, me comenta en francés a la entrada el portero que ha pedido que me identifique, al ver mi pasaporte. En el interior Claribel que parece conocer a todo el mundo en Buenos Aires –o todo el mundo conocerla a ella- me presenta a decenas de personas y me toma una foto con el mismísimo embajador francés.

Claribel me presenta también a otra cubana en el Palacio Duhau Park Hyatt. Se llama Ani Mestre, es poeta y periodista. Su padre fue una figura prominente de la radio en Cuba antes de la revolución. Me regala Ani sus libros. Me pone en contacto con otras universidades. Al igual que Claribel parece conocer a toda la élite culta y a los políticos más mencionados de la ciudad. Me doy cuenta que, como ha ocurrido con Claribel,  rencuentro a una remota amiga hablando con Ani. Quizás se trate de este instinto mío de compensar la decepción que me provoca el contacto con la Cuba actual con algún símbolo o persona que encarne un pasado que no conocí y que idealizo.

¿Cuándo fue la última vez que vi a Claribel en Cuba? “”Fue en La Habana, me dice, recuerdo que por tu culpa se quemaron unos frijoles en casa de J.A”. Pasar de aquellos frijoles quemados a las copas de champán en palacios franceses en Recoleta,  merece creer en la fe de la existencia de algún que otro benévolo Dios.

Llamo por teléfono a Juan Carlos y nos sorprenden nuestras voces respectivas: nunca nos vimos en Cuba y somos amigos gracias a las redes virtuales de internet. Nos damos cita, para continuar con los asombros de mi curiosidad, en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Me imagino, mientras caminamos hacia Puerto Madero, la vida de Juan Carlos en esta parte del mundo. Me sorprende que haya estado viviendo ya en Argentina cuando “el Corralito”, como si él y yo no hubiéramos sobrevivido a ese invento llamado Especial del Período de hambre y carencias a que nos condenó el castrismo al caerse el comunismo europeo.

Parece feliz Juan Carlos. Es algo tan raro la felicidad que para no olvidarlo necesitamos verla ante nosotros como si no debiera ser la primera de las misiones de cada cual. Y quizás sea feliz Juan Carlos, como se respira en su apariencia, por haberse encontrado así mismo en un lugar donde escribe, da clases de periodismo, y ha logrado traer a vivir a su hijo de Cuba.

Porque tengo cita en la Universidad Católica, nos comemos a la carrera un bife de chorizo, y nos bebemos una botella de vino tinto argentino, como si hubiésemos sido amigos Juan Carlos y yo, desde hace siglos en La Habana, París, o en Buenos Aires.

A Karel debí haberlo conocido en Santa Clara, la ciudad donde ambos vivimos en Cuba y en cuya universidad estudiamos, pero no: al igual que a Juan Carlos lo conozco de Facebook. Podemos vernos, al fin, y Karel me lleva en su coche por la noche porteña hasta el apartamento que alquilo en la avenida Las Heras. Antes hemos estado en el Museo de Artes Decorativas de Recoleta, en la presentación que hizo Claribel de un libro de dos historiadores sobre la platería de los gauchos. Karel, que habla con la misma pasión de su pasado en Santa Clara que de una democracia en Cuba que ya yo hasta dudo que tengamos vida para poder conocer, parece llevar a todas partes un optimismo criollo que hace tiempo me ha abandonado.

Entro a una, dos, tres librerías. La mejor, me dice G. desde París, está a unos pasos de mi apartamento: La librería del Norte de Las Heras. Voy varias veces. Me atiende un chico chileno que se llama David -¿hay chilenos que emigran a Argentina?, pregunto. “Los estudios son muy caros allá, me dice”-  y escribe poesía. “Tuve en Santiago una profesora cubana extraordinaria”, me cuenta, “se llama Damaris Calderón”.

Le digo que sí, que claro, que  conozco a Damaris, es amiga de amigos. Una vez hasta la invité a un Festival de Poesía en el hotel Pasacaballos de Cienfuegos. Pero yo estaba entonces más enfrascado en tratar de nadar por primera vez una hora sin pausa en la piscina del hotel, que en pasar agotadoras jornadas de lecturas con mis colegas poetas, le cuento.

Compro libros de autores argentinos. También libros de Chesterton en español. Y las traducciones de literatura francesa con las que sobrevivía Virgilio Piñera en los años en que anduvo por Buenos Aires. Encuentro una nueva edición en español del Ferdidurke del polaco Gombrovick que se le atribuye en buena parte al cubano.

Camino por Florida. Me hago al fin un maletín de cuero a un precio casi irrisorio si imagino que es auténtico: le pago en euros al dueño que ha acudido al llamado de la vendedora. Los pesos argentinos aquí se dilatan entre los dedos a una velocidad espeluznante, en una caída al fondo que como se sabe se llama inflación. Sé que al proponer pagar en efectivo y en euros bajan los precios, porque todos quieren conservar sus ahorros en dólares o en euros.

Epílogo con estupor

Una vez casi vivo en Argentina y ahora, al partir, casi muero.  Más bien una y otra vez, de manera metafórica o real, me he ido y he vuelto, a Buenos Aires.

La más cercana oportunidad fue con una chica de Misiones llamada Doris. No pudo ser Doris. No pudieron ser tampoco las otras, ni los amigos generosos que me trataban de sacar de mi respiración artificial en Cuba y un día me mandaron un casete de Charly García donde éste –al igual que yo- gritaba desde mi grabadora todas las mañanas de La Habana Vieja que no quería volverse tan loco.

Durante una de las tantas estaciones de mi hambre habanera, una muchacha espléndida me dejó de regalo, además, un paquete de mate. En pleno Período Especial yo desayunaba aquella caliente hierba amarga tan lejana a nuestras tradiciones que, debido a las circunstancias, casi daba envidia a mis amigos desdichados a causa de la hambruna.

Yo que terminé viviendo en París, hice de Buenos Aires mi versión del Japón que se inventaba Julián del Casal como geografía ideal lejos del monótono agobio de la isla tropical.

En una cena el escritor Jorge Asis, célebre por su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes  y que fuera embajador en la Unesco durante el gobierno de Menem, me pregunta por un París que él conoce tan bien como yo. En una rápida ronda los invitados me ponen al tanto de la política actual en Argentina: Macri, Scioli, Massa, los 3 nombres de probables candidatos a la presidencia aparecen. Digo la verdad: que sólo conozco al primero. Constato también aquí lo que siento desde mi llegada: la inflación y la política son las dos tensiones prioritarias de los porteños, ¿o son una las dos?

Y por supuesto, hablamos de Cuba. Asis quiere saber mi opinión sobre los nuevos cambios ocurridos en Cuba. Le digo lo que pienso. Que habrá cambios cuando yo pueda postularme para ser alcalde en unas elecciones. “Pero algo es mejor que nada”, me responde, y le respondo que sí, que es cierto, que cuando fui a Cuba en 2012 le dije a los cubanos que ahora podían al menos comprar comida en la calle. Pero que si aceptamos eso en lo absoluto, asumimos la misma posición del “Sí, pero…” Es decir: “Sí, es una dictadura, pero…” justificación deshonesta de la mayoría de los intelectuales europeos y latinoamericanos con respecto a la dinastía de los Castros desde hace medio siglo.

Me agrada en fin que al hablar de Cuba y del exilio, de su literatura y a veces hasta de mi vida en París, como buenos porteños me hagan todos la clásica pregunta:

  • ¿Y qué te parece Buenos Aires?
  • Me imagino que La Habana habría podido ser así si no nos hubiera caído la desgracia del 59…

Estoy en el avión que acaba de despegar y creo ver abajo los colores que tanto admirara en su vuelo sobre el Río de la Plata Saint Exupéry, cuando el piloto anuncia que uno de los motores no funciona y que hay que volver al aeropuerto.

Hubo cierto estupor entre los viajeros. Pero una incomprensible certeza me convenció que no, que yo no había venido a Buenos Aires para dormir en el fondo del Río de la Plata, sino para tratar de besar los labios celestes de una mujer a la vez inalcanzable e imaginaria, que nos espera en todos los lugares a donde uno quisiera, una y otra vez, volver.

 

 

 

 

 

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
5 avril 2015 7 05 /04 /avril /2015 11:06
COMO SI ESTUVIERA EN LONDRES

Comidos, relajados, y con el buen té haciendo efecto sobre los tejidos de sus cuerpos, sus ánimos volvieron a levantarse. Los caballos alentaban a su alrededor. Gauna encendió una tagarnina, cosa que en él indicaba buen humor.

-Saldría a caminar un rato –dijo Clarke- si no fuera inconcebible hacerlo aquí.

-Salga nomás –le respondió Carlos-. Haga como si estuviera en Londres.

Una risita, y se quedaron tendidos en los aperos, boca arriba.

-Qué cantidad increíble de estrellas –dijo el chico.

-Qué espectáculo, ¿eh?

-Cada uno en su lugar, todas las noches. Lo increíble es que no se mezclen.

-Uno se siente tan empequeñecido mirándolas, tan poca cosa.

-Siempre dicen lo mismo.

-Es que lo obvio es lo único que puede decirse ante la naturaleza.

 

César Aira, La liebre

 

 

La primera vez que vi una inglesa fue un atardecer en Topes de Collantes, esas modestas montañas frígidas del centro de Cuba donde un día a Fulgencio Batista le dio por crear un motel para leprosos, y los Castros envían a descansar ahora a los militares dementes. Llevaba mojado el pelo color rojo amapola (ese color que Antoine Furetière nombrara Ponceau ) la inglesa, por un reciente chapuzón en una de las cascadas del lugar. Me dijo, a modo de presentación, que estaba en Cuba porque hacía en Londres una tesis sobre la literatura cubana.

Yo me había imaginado a las inglesas de otra manera, quizás por culpa de los sombreros y el mentón aristocrático de Virginia Wolff. Tan escasa que siempre ha sido mi cultura anglosajona. Pero no me inhibí por los detalles porque la ropa mojada dejaba ver voluptuosas formas que dudo tuviera la Wolff y que a mí, quizás por fidelidad estética a mis preferencias de entonces, me resultaron muy atractivas.

La conversación me entusiasmó, además de las carnes mojadas insinuadas bajo la ropa, porque yo acababa de terminar mi licenciatura de letras. Entonces, claro, le hablé de Guillermo Cabrera Infante. Y de pronto se jodió el encuentro. Pretextando no recuerdo qué, se fue corriendo, despavorida, la inglesa literata. Fue la primera vez, claro, que me confronté a esa estirpe que ella parecía encarnar. Pero nada presagiaba, en aquella atmósfera casi pastoril, que un día en mi ajetreo cotidiano de sobrevida en Europa, a miles de kilómetros de los helechos y las blancas flores de mariposa de Topes de Collantes, estaría rodeado de gente como aquella escurridiza anglosajona que tienen una clara frontera sobre lo que se debe decir o escribir de la literatura de esa isla donde nací.

Entonces, cuando vagaba con mis amigos por los campos de Cuba para huir del hambre y la decrepitud de La Habana, no imaginaba vivir en Londres, ni en París, ni en Europa, sino en Miami. Así quedaba en paz con mi idioma, porque no me veía hablar inglés con mi familia cubana de la Florida. Esa frustrada aspiración se vio interrumpida, ahora recuerdo, por la breve aparición de una novia argentina que me aseguraba que me ayudaría a irme a vivir a la patria de Borges. También es cierto que en mi cuarto de la casa de mi madre había colgado un mapamundi con banderas y flechas clavadas en varios sitios: pero me daba vértigo al despertar por la madrugada bañado en sudor, ver los nombres de aquellas geografías, e imaginarme un día viviendo varias vidas en otras lenguas bajo la lluvia o los cielos grises que esperan la nieve.

Pensándolo bien ahora, nunca he podido ir a Londres, a pesar de vivir desde casi veinte años casi al frente. Antes por falta de dinero, ahora, por falta de tiempo. Me hubiera gustado ir a ver los Juegos Olímpicos. Londres la única ciudad que ha organizado tres veces las Olimpiadas, la eterna rival de París, que ha perdido con ella la última sede de los Juegos. Tan barato que hubiera sido para mí que la Olimpiada fuera en París. Yo de snob con bermudas, gafas y gorra y una banderita gala poniendo fotos mías en todas partes para que la gente se convenza de que soy un parisino de verdad.

Pero no. El verano de 2012 me dejaron entrar a Cuba, no de profesor de literatura insular, sino de hijo desesperado por despedirse de su madre moribunda. Y ese verano lo único de lo cual se hablaba en Cuba y en sus televisores era de los Juegos Olímpicos. Uno podía sorprender a dos amas de casa desdentadas discutiendo por el resultado de un partido de hockey sobre césped entre la India y el Paquistán, como si se tratara de una telenovela.

- Iremos a menudo ahora a Londres los fines de semana, me ha anunciado esta mañana G.

Parte de su familia vivirá a orillas del Támesis por lo que tendremos un lugar donde parar en Londres. Me estresa hablar inglés y la culpa es del francés. He sufrido tanto con las rrrrr y otros sonidos que tener que ponerme a estudiar inglés de nuevo para no hacer el ridículo a las 5 de la tarde, es peor que las campanadas del Big Ben a la hora de la siesta. Aunque, pensándolo bien, no puede estresarnos la práctica de algo que desconocemos casi por completo. Tan fácil, ¿no?, tan agradable haber leído en español de ingenuo niño en las noches del Caribe aquella historia del perro fantasma de los Baskerville -¡Valgame Dios, este sitio no tiene nada de alegre! -dijo el detective con un estremecimiento, contemplando a su alrededor las melancólicas laderas de las colinas y el enorme lago de niebla que descansaba sobre la gran ciénaga de Grimpen-. Veo unas luces delante de nosotros. ¡Elemental Whatson!

El narrador Borges ante el Aleph de su cuento homónimo dice haber visto, en medio de una extensa enumeración, y entre infinitas imágenes, un laberinto roto que resulta ser Londres. Muchos años más tarde (exactamente 30) de aquel 30 de abril de 1941, en 1971 y esta vez en Londres, no en la calle Garay de Buenos Aires, Borges leyó lo que sigue: Yo tenía, de niño, tres espejos enormes en mi habitación, y sentía por ellos un miedo profundo porque (…) me veía a mí mismo triplicado, y tenía mucho miedo al pensar que tal vez las tres formas comenzaran a moverse por su cuenta.

Ese miedo de Borges, ya lo sabemos, se multiplicó en la escritura de múltiples personajes apócrifos, aunque él sí viajara como sus historias y ensayos, a Londres. No fue el caso, como se sabe, de Des Esseintes el protagonista de A Rebours de Huysmann que, una vez hechas sus maletas, y antes de embarcarse a Londres, entra a una taberna y al encontrarse con unos ingleses a los que ve beber Porto portugués y escucha conversar, decide volver a su casa en las afueras de París porque: Después de todo, ¿por qué ponerse en marcha, cuando uno puede viajar tan ricamente sentado en una silla?

Obviando detenerme en ciertas conjeturas, yo hubiera podido conformarme con imaginarme en Londres o en París, durante las largas noches en que miraba con mis amigos las estrellas sobre la hierba de las montañas de Topes de Collantes. Algo más fuerte que la imaginación debió haberme inducido a atravesar el Atlántico y comenzar una nueva vida.

Lo pienso con convicción esta madrugada en que preparo en París mi equipaje, para viajar por primera vez a Buenos Aires.

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
18 janvier 2015 7 18 /01 /janvier /2015 14:34
PARIS: DUELO POR LA LIBERTAD

Miércoles de pólvora

Los miércoles en París los niños no van a la escuela. Muchas personas no trabajan o sólo lo hacen unas horas al día. Poco antes de las 12 comienza en realidad este 7 de enero de 2015 que la ciudad marcará con una piedra negra en su memoria.

Una provocante expectación invade ya los medios editoriales de la ciudad porque esta noche se presenta el libro Soumission de Michel Houellebecq, polémica novela en la cual se cuenta el ascenso al poder en Francia en 2022 de un presidente musulmán.

Estoy escribiendo en casa cuando llega la noticia por las pantallas. Ya es conocido en el mundo entero. Dos encapuchados han matado a tiros a doce personas en la redacción del semanario humorístico Charlie Hebdo, la revista que figura en una fatua islamista por satirizar al profeta Mahoma.

El ruido de sirenas invade la barriada 11 de la ciudad, la primera en la que viví a mi llegada de Cuba. Se extienden las sirenas por todas partes. Los asesinos huyen. Y se sabe que son dos hermanos, franceses de origen argelino. Gritan al huir -cuentan testigos- que son de Al Qaeda Yemen, y se dan a la fuga hacia el norte después de matar en el suelo a un policía herido: Ahmed Merabet es uno de los casi seis millones de musulmanes que viven en Francia. Su muerte es filmada desde la ventana de su casa por un testigo llamado Jordi Mir y da la vuelta al mundo.

Poco a poco se dan a conocer los nombres de las víctimas. Los rostros, las caricaturas. Francia descubre, incrédula, que la redacción entera del semanario ha sido asesinada: una parte de la vida de muchos franceses –fascinantes y asiduos lectores de historietas– reaparece con el rostro de la muerte.

Joachim Roncin, un grafista de la revista de moda Stylist, inventa en un segundo el eslogan que recorrerá el mundo entero: Je suis Charlie. Y todo se interrumpe. Más bien el universo cotidiano que nos rodea adquiere el ritmo de los acontecimientos. Se buscan testigos. Los periodistas corren a la sede de Charlie Hebdo. Alguien que pudo entrar al local de la masacre explica:

-Todo olía a pólvora en ese lugar…

Suena el teléfono. Me llaman amigos de la radio de Miami. Me comunico con el escritor cubano Jacobo Machover que vive en el mismo barrio de Charlie Hebdo. Por la diferencia de horarios con Miami se invierten las jornadas: paso la noche despierto. Salgo a la calle y trato de ejecutar el solitario desafío de recorrer esta noche los lugares del horror, pero mi hija me llama al teléfono, conmovida por el crimen, y decido volver sobre mis pasos e irme a casa.

Jueves de sangre

Termino de dar una clase  de Master muy temprano en la mañana y un colega español me dice a la salida del aula que ha habido otro ataque al sur de París. En Montrouge alguien ha disparado por la espalda a una chica policía y se ha dado a la fuga.

El tráfico del metro está perturbado como esperaba, pero es una sorpresa ver vacíos los pasillos y los trenes. Una de las reglas de las costumbres de esta ciudad - en la cual vivo desde hace casi veinte años-  consiste en seguir haciendo su vida pase lo que pase. Me temo ahora que dos horrores seguidos comiencen a cambiar hoy esta disciplina de la libertad.

Logro con dificultad desplazarme hasta mi casa. Me siguen llamando de Miami. La poetisa cubana Margarita García Alonso, que también vive en Francia, me dice que ha dado mi número a un reportero de Univisión. Hablamos el reportero y yo, pero él, como la mayoría de las personas que no conocen bien París, ha ido a hospedarse a un lugar simbólico de la ciudad turística, en La Défense, la city de los negocios, en el extremo oeste, al otro lado del lugar de la masacre, en la zona donde no pasa nada cuando cierran las bolsas y las oficinas.

Hoy es el día en que busco a mi hijo Joaquim a la escuela que no está lejos de la redacción de Charlie Hebdo, y me aferro a la adopción de esa regla aprendida con la libertad y aparentemente alterada hoy por muchos parisinos; no cambiaré mi programa y haré lo previsto cada jueves al atardecer.

Pero la ciudad sí cambia sus reglas y el parque aledaño a la iglesia Saint Bernard donde Joaquim juega con sus amigos al salir de la escuela ha sido cerrado por precaución. La proximidad de Cherlie Hebdo y esta especie de estupor silencioso que se adueña de los apurados transeúntes parecen imponerse a ciertas costumbres cotidianas.

Sentados en un café llamado Le chat bossu (El Gato Jorobado) cerca de La Bastille,  Joaquim y yo bebemos una limonada y un café con leche. Mi teléfono móvil suena. Nos ponemos de acuerdo el reportero de Univisión y yo para vernos al día siguiente en el lugar exacto donde callera el policía Ahmed Merabet.

Lo más difícil a explicar, a quienes no viven en Francia, sobre la democracia y la sociedad francesas, es la importancia de la laicidad en nuestras vidas, ese intento republicano de respetar y convivir respetando la fe o las convicciones del otro. Y que el respeto absoluto al derecho a expresarse no puede ser limitado por ninguna creencia. ¿Cómo hacerlo un día como hoy en que se asocia la barbarie a los musulmanes?, me pregunto.

Dejo a Joaquim en casa de su mamá y pretendo llegar a pie al lugar de las muertes de ayer, pero los accesos están bloqueados por la policía y los ramos de flores depositados por anónimos. Una muchacha se ha percatado de mis intenciones y me previene:

-Tenga cuidado, hay manchas de sangre por todas partes…

A estas alturas del anochecer, no puedo sospechar que mañana viernes la ola del terror entrará también a un supermercado judío.

Viernes antes del Sabbat

Poco después de la una de la tarde del viernes logro convencer al reportero de Univisión de cambiar de lugar de nuestra cita. Cerca de mi casa se han escuchado disparos porque el mismo terrorista que ayer asesinó a una policía, ha tomado como rehén a un grupo de personas que hacían sus compras en un supermercado Hyper Cacher  de la Puerta de Vincennes. El lugar está concurrido porque faltan unas horas para el sabbat, la celebración judía del fin de semana. Aunque está muy cerca de casa decido irme  a la Puerta de Vincennes en metro, pero no está abierta la estación. Me acerco a pie lo más que puedo desde la Plaza de la Nación y allí espero al equipo de Univisión.

La ciudad aparece invadida por personas que se apresuran en todas direcciones. Las sirenas obligan a levantar la voz al hablar. Cintas instaladas por la policía impiden el paso u obligan a dar vueltas para poder acercarse al lugar del secuestro. Prevalece en las miradas y en los gestos la sensación de un caos. El temor mayor es que un nuevo ataque multiplique la anarquía reinante. Quizás es este caos que se prolonga ya durante tres días el que hace dudar de la eficacia de los servicios franceses en la captura de los culpables.

Me niego otra vez a cambiar mis proyectos, convencido, además, que tardará la solución al caos. He reservado hace tiempo una entrada para ir a ver la exposición de Hokusai en los Campos Elíseos, y no quiero renunciar a ese placer a pesar de la situación. Es allí, ante las estampas y grabados del gran artista japonés, que adivino en los ademanes de los visitantes que algo ha ocurrido más allá de las olas de Hokusai que el museo exhibe.

Varios pelotones de las tropas de élite francesas mataron de manera simultánea a los tres asesinos, poco después de las cinco de la tarde, es decir, antes del comienzo del Sabbat judío.

El duelo de la libertad

La gente sale a las calles. Las avenidas de París comienzan a inundarse de todo tipo de personas que con pancartas de Je suis Charlie, y  cantando La Marsellesa, se dirigen a la Plaza de la República de manera espontánea. Nadie obedece a ninguna consigna y quizás por eso no hay desorden. Los guía el instinto. O esa especie de cultura cívica a la francesa -tan sorprendente para un cubano- que reivindica a viva voz el derecho a la libertad.

Contrario a lo que pueda interpretarse no se trata de una manifestación contra los musulmanes, sino en defensa del derecho de poder decir hasta una blasfemia sin poder ser juzgado o condenado, en una sociedad laica. Un derecho que ellos, los franceses, saben bien que es una herencia del siglo de las luces y que está ahora más en peligro que nunca por la violencia islamista y un sentimiento antisemita que se recrudece. Un derecho que se conquistó con el triunfo de la razón contra el obscurantismo, pero también con las acciones, porque la democracia también es un combate de todos los días.

Algunos medios anuncian que Michel Houellebecq ha cancelado las presentaciones de su novela Soumission. Afectado por la muerte de uno de sus amigos en el atentado a Charlie Hebdo, el economista Bernard Maris, Houellebecq ha ido a refugiarse al campo.

¿Qué va a pasar de ahora en adelante en Francia? En París en estos días se han puesto en juego los valores esenciales de la democracia europea y la violencia islamista puede que abra aún más las puertas a todos los extremismos. Después de la emoción, del terror y la sorpresa, es decir del duelo por la libertad, los políticos y la sociedad civil tendrán que buscar soluciones a este drama. No se puede únicamente clamar con ardor la libertad de expresión si la propia sociedad que lo hace ha visto nacer, educarse y crecer a monstruos capaces de matar cobardemente a civiles indefensos.

Todos los periódicos de Francia lo confirman: más de cuatro millones de personas salieron a manifestar el domingo 11 de enero. París fue ese día otra vez la capital del mundo. Pero nadie duda que esa fecha marca el inicio de una nueva era contra el terrorismo en la cual, más que nunca, serán los ciudadanos quienes obliguen a los políticos a proteger sus libertades.

(Publicado en Café Fuerte: http://cafefuerte.com/opinion/21199-paris-duelo-por-la-libertad/)

 

 

 

 

 

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
4 janvier 2015 7 04 /01 /janvier /2015 13:56
ADIOS A ITACA

Jorge Luis Borges en su ensayo “El enigma de Ulises” de 1948 comenta el misterioso pasaje del Infierno de Dante (XXVI 90-142) donde Ulises aparece condenado por falsario: la razón principal, haber mentido a los troyanos con la invención del caballo de madera. Dante le pide a Virgilio hablar con él, y éste se lo concede no sin antes advertirle: “Procura reprimir tu lengua”. A partir del verso 90 Ulises, que en la escena es invisible, cuenta que se separó de Penélope y abandonó de nuevo Ítaca. No pudieron retenerlo ni la mujer, ni la vejez de Laertes, ni la tierra. Quiero decir, ni la isla jónica donde él era el rey.

Se lanzó a navegar de nuevo Ulises con algunos amigos y pretendió alejarse más allá de las columnas de Hércules hasta ser tragado por el mar al querer llegar a una montaña parda que se supone era el Purgatorio. Borges añade “la creencia” de que la ciudad de Lisboa haya sido fundada por Ulises, antes de emprender su viaje fatal. Observación de Borges que tengo la costumbre de celebrar cuando voy a Lisboa, ciudad que repito preferir a todos los otros sitios de este mundo.

Tratando de encontrar la causa de esta condena a Ulises, Borges, en una línea memorable sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer su castigo”. Al elegir quiénes están en el Infierno, Dante se adelanta a la providencia de Dios, y por esta razón, Ulises es un espejo de Dante. Lo cierto es que Ulises, la encarnación del exilado de vuelta, regresó a Ítaca pero después se largó, según Borges y Dante, para morir lejos de su isla natal.

Estoy en el aeropuerto de La Habana. El consuelo de haber podido ver a mi madre antes de su muerte y el alivio de volver a París, sosiegan este trámite final de irme de Cuba por segunda vez. A esta hora de la tarde en la cual en esta isla los mortales y los dioses tienen cita con la siesta para atenuar el sopor del bochorno que te derrite, el aeropuerto es un hormiguero de gente que espera o despide a los pocos que llegan o se van: este debe ser el único aeropuerto del mundo donde se invierte esa proporción porque ver partir a alguien o arribar de otras geografías es vivido como el anhelado espejismo que una multitud no ha podido protagonizar.

He comenzado a beber un Mojito cuando escucho que mencionan mi nombre por los altavoces. Se me atraganta una hoja de hierbabuena en la garganta y me trago de un tirón un cubo de hielo disimulando soportar mi desventura.

Vuelve el miedo de hace una hora y el que me ha acompañado durante todo este viaje. No me dejaban pasar los controles a la entrada argumentando que he cometido el pecado de quedarme, sin pedir permiso,  más de cuatro semanas en el país donde he nacido. Después de dieciséis años de exilio y seis meses de trámites para mi visa, sólo me permitían quedarme cuatro semanas en mi Ítaca natal, y yo ni siquiera lo sabía.

Como el día de mi llegada J.A ha venido al aeropuerto y se angustia conmigo al comprender que mi partida depende de la voluntad de estos guardianes. Saco de nuevo dinero en efectivo con mi tarjeta de crédito. Le doy una parte a J.A para que pueda volver si el chofer del Lada que lo ha traído lo abandona en el aeropuerto por quedarse a acompañarme. Me guardo el resto de los billetes en un bolsillo.

Una observación sacada de mi desesperación convence a los guardianes: desde que me fui de Cuba es la primera vez que vuelvo. No conozco las reglas, por eso no puedo respetarlas. Mi violación viene de la ignorancia, no es premeditado mi despiste.

Varios aduaneros vestidos de militar se turnan escrupulosamente ante un viejo ordenador durante largos minutos, hasta que parecen convencidos de mi impericia de virgen turista nacional:

-Déjalo que se vaya, grita una muchacha vestida de militar a su asistente al ver mis billetes de 20 cuc ante sus ojos, más de un mes de su salario, regalado por el exilado.

Pero me molestan otra vez. Me llaman de nuevo por los altavoces y salgo corriendo. No sólo he dejado abandonado mi Mojito sino que tengo que preguntar una y otra vez adónde debo dirigirme. Doy traspiés, me abro paso, casi grito o susurro. Me aterra no poder largarme en paz una segunda vez de este lugar donde sólo el hastío puede que llegue a superar mi miedo.

Me acusan de traficar relojes. Son varios, uniformadas mujeres y dos hombres, en la aduana. Son varios los agentes, y los relojes, dicen. Me rodean. Me piden que abra mi maleta porque han visto en el scanner que llevo un puñado de relojes de contrabando. Mi estupor llega a decirles que no entiendo de qué hablan mientras abro la maleta.

-Son mis medallas de atleta, las que gané corriendo. Las llevo de regalo para mis hijos. Yo corría con Juantorena…

Les muestro una a una las oxidadas medallas de falsos oro, plata y bronce que mi madre me ha pedido que me lleve a Francia. En medio de mi nerviosismo les lanzo la tontería de haber corrido con Alberto Juantorena, el campeón olímpico y recordista del mundo de 800m, el corredor excepcional que al haberse convertido en un atlético bufón del castrismo es, a los ojos de esos humildes y sumisos custodios alguien a respetar por su confianza política.

-Mira tú, corría con Juantorena, mira tú, con Juantorena…coñóoo

La frase coreada por el mismo grupo hace un instante de apariencia severa, junto a mi forzado sonreír de pánico disimulado, apaciguaron el ambiente y me convirtieron en un héroe añejado a los ojos de la muchedumbre que ponía al corriente de mis méritos a vigilantes colegas apresurados en venir a mirar la escena: “El corría con Juantorena y ahora vive en Francia…mira tú…”

La seriedad de la exigencia había durado el tiempo que dura en el trópico todo rigor público, y el ambiente era, de pronto, festivo. Hasta cierto punto era cierto que mis medallas ganadas contra el tiempo de los cronómetros fungían allí de relojes que retrocedían aquel instante al tiempo de mi vida de atleta. Mirándolo bien, la atmósfera pachanguera más el ritmo de la gestualidad exagerada, las cadencias y la dicción no habían cambiado, ni creo cambien jamás en ese sitio donde esos humildes agentes de la frontera insular compartían ahora con un fugitivo compatriota una retrospectiva celebración.

Tomé un segundo aire y bebí un segundo y último Mojito en La Habana. Me pregunté qué habría sido de J.A allá fuera y de su regreso a su casa del Cerro, como la variante momentánea de un enigma mayor que va a perseguirme toda mi vida: ¿qué argumentos de la fe, qué fuerzas del cuerpo, cuáles resignaciones ayudarán a soportar la tarea cotidiana de vivir en esa atormentada Ítaca donde nacimos?

Recordé que me quedaban créditos en la tarjeta telefónica y me dio tiempo a llamar a mi amigo Marcial Gala a Cienfuegos y  a mi mamá a Santa Clara:

-Ya me voy, todo salió bien en la aduana, ya me voy…

El avión de Air France apareció ante mí como una carabela aérea. Una vez dentro pensé en esas columnas de Hércules para un cubano que evocara infinidad de veces Guillermo Cabrera Infante: una vez pasada la frontera de las Bahamas, el avión no puede dar vuelta atrás, no puede más volver a Cuba.

Pensé en Dante y en Borges, y en el Ulises que ambos inventaron, y hasta en Lisboa. Y  acepté gozoso cualquier pena infligida en mis celestiales destinos después de la muerte, por haberme ido otra vez de mi Ítaca del Caribe, sin tener la certeza de desear o poder volver de nuevo algún día.

Ilust: Ramón Alejandro, El cero de la luna.

 

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
21 décembre 2014 7 21 /12 /décembre /2014 12:36
CON EMBARGO O SIN EMBARGO

     Tres fantasmas recorren la existencia de mi identidad en Europa desde que salí  corriendo de Cuba: el embargo de los Estados Unidos al gobierno de La Habana, la indolencia de los cubanos ante la realidad política de su país, y el futuro de Cuba después de la muerte de los Castro.

      Tres las preguntas ante las cuales uno, si es cubano, tiene que responder como en un examen: ¿a favor o en contra del embargo?, ¿por qué no se sublevan los cubanos contra el gobierno?, ¿qué va a pasar en Cuba después de los Castro?

      Tres preguntas como piruetas retóricas basadas en tres hechos (embargo, indiferencia, y depauperación económica con supuestos logros sociales) que, en la mayoría de los casos, sirven de argumentos sutiles para eximir a Castro y su gobierno de lo más evidente: de conservar la más vieja dictadura del continente americano.

     De manera insólita las tres preguntas conservan las tensiones de una evaluación porque su interlocutor (que quizás nunca ha puesto los pies en Cuba) ya tiene él sus respuestas adelantadas: no al embargo, los cubanos están satisfechos con su gobierno, después de Castro será peor porque vendrán los americanos y los bárbaros de Miami.

      El embargo y los zigzags de miedo, simulación u oportunismo de los cubanos, y un futuro gobierno capitalista, justifican a quienes creen o hacen creer que el totalitarismo de la isla se fundamenta por la proximidad agresiva del enemigo del norte, y que su ejemplaridad cívica se aprecia en la aprobación masiva de su pueblo.

       El 17 de diciembre de 2014 pasará a la Historia de Cuba como el día en que Barack Obama y Raúl Castro, en directo y al unísono, anunciaron el fin diplomático de los antagonismos entre los países que ambos presiden.

      Que el embargo norteamericano a Cuba es un fracaso, es tan evidente como el tiempo desmedido que ha sobrevivido la dictadura comunista cubana. Cuba recibe unos 3000 millones de dólares de los emigrados y Estados Unidos es el segundo exportador de productos agrícolas a la isla, por sólo citar dos ejemplos.

       No obstante la eliminación del embargo había sido condicionada a la apertura democrática: elecciones libres, multipartidismo, libertad de expresión, y libre circulación de los cubanos por el mundo. Sólo este último aspecto ha sido, parcialmente, respetado. Eso ha bastado para que Obama decida liberar a espías responsables de la muerte de pilotos civiles, prometa establecer una embajada en La Habana, así como trabajar para la supresión del susodicho embargo.

       En este gesto se ignora por completo a la disidencia interna, a la oposición del exilio, y a las aspiraciones democráticas de un pueblo que no ha podido elegir libremente a su presidente desde hace más de medio siglo. Pero a nadie le importa. Y al cubano de a pie que sufre todos los días la incompetencia de su gobierno nunca lo he visto, por supuesto, estar a favor del embargo. Es decir que el ciudadano medio ha desplazado al embargo la responsabilidad de sus males y su falta de compromiso con la política de su propio país, resultado en parte de la manipulación propagandística del gobierno.

         El gesto simbólico de la paz y el fin de las sanciones del gigante surten más efecto que una lógica interpretación de la realidad: nada cambia en La Habana porque son los mismos seniles dirigentes quienes imponen su voluntad por la fuerza.          A nadie le importa, además, no sólo por la abulia ciudadana y la ausencia de una sociedad civil independiente, sino por el fracaso político de la disidencia y la oposición que comparten con el exilio la falta de visibilidad pública e internacional y, ahora, la traición del supuesto aliado norteamericano.

       A la oposición la han minado las filtraciones de la policía política cubana, las rivalidades internas y, sobre todo, la represión ininterrumpida del régimen que nunca le ha permitido difundir sus programas al resto de la población. Esto sin contar con el despiste asombroso que comparten muchos de sus líderes en cuanto a la política y las relaciones internacionales.

       El reclamo justo por viajar al exterior que debía convertirse en una manera de romper la censura y exponer proyectos, se ha convertido en un ir y venir de turistas políticos que casi nadie conoce en el interior de la isla y que han perdido el encanto de la víctima encerrada, ante los ojos del mundo.

       Si hay alguien que sale mal parado y desorientado  por la secreta maniobra de Obama y Castro, es la disidencia cubana de la isla y la oposición del exilio: ninguno de los dos vio venir el desplante, y habrá que ver hacia donde orientan ahora el naufragio de su orfandad.

        Por su parte  Castro deja de lado a sus ingenuos aliados latinoamericanos y a los utópicos europeos con quienes ha roto el diálogo poco antes de sacar su carta Obama de la manga. La muerte de Chávez, el caos del gobierno de Maduro, y las crisis económica y política de España a cuyo canciller ni siquiera recibió en su viaje a La Habana, fueron las progresivas razones del cambio de estrategia: nadie imaginó que Castro encontrara como puerta de salida a la crisis cubana, al enemigo.

      Contrario a lo que imaginan o fabulan quienes aplauden el abrazo de los otrora enemigos, casi ningún beneficio sacarán los cubanos de a pie de esta tregua. Sí, puede que lleguen más paquetes que reproduzcan las dependencias de la irresponsable pereza. Puede que alguna medicina se pueda comprar con más facilidades y que abunden las Coca Cola en el malecón. Pero no mucho más. Al no haber cambios políticos, seguirá siendo el régimen quien administre y se apropie de las importaciones y los créditos.

        Los cubanos perderán las ventajas de la Ley de ajuste (en parte ya en crisis por la desvergüenza de viajar sin cesar a La Habana siendo refugiados, al año y al día de tener la Green card) y no tendrán adonde irse a quejar para ser acogidos legalmente. Dudo, además, que se modere la restricción a los medios de difusión a los opositores, o que se les permita algún tipo de representación pública o legal.

      Raúl Castro ha jugado la carta del enemigo porque su obsesión es implantar un modelo como el de China o el de Vietnam. Pero esos modelos se sustentan no sólo en el control estricto de las instituciones sino también en la eficacia productiva, y ése es el mal congénito del castrismo: la inoperancia económica. Prometer un vaso de leche a los cubanos tras 52 años de gobierno se convirtió en su momento en un risible símbolo del desastre castrista.

      Para quien tenga dudas y se haga ilusiones con un cambio, basta con leer el discurso del avejentado general ante la Asamblea Nacional cubana, este sábado 20 de diciembre, sólo tres días después del anuncio con Obama.

     No habrá cambios fundamentales en Cuba porque lo esencial de la tragedia cubana es la dictadura y el monopolio represivo del partido comunista. Así de simple. Con embargo o sin embargo, el problema de Cuba son los Castro y su séquito, no los americanos que, como en el célebre chá-chá-chá de los marcianos; “llegaron ya”.

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
20 octobre 2014 1 20 /10 /octobre /2014 21:56

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
18 octobre 2014 6 18 /10 /octobre /2014 12:26
UNA LECTURA DE LA SATIRA EN CUBA :  INDAGACION DEL CHOTEO DE JORGE MAÑACH

I

En el cuadro José Francisco del pintor español Víctor Patricio Landaluze que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de La Habana, un negro esclavo que trabaja de criado en una suntuosa casa, besa los labios de la estatua de una mujer blanca y aristocrática, al abrigo de miradas indiscretas, excepto, claro está, de la mirada del pintor y de la nuestra. Este cuadro del siglo XIX se puede considerar una representación visual del choteo cubano. Para que esto se acepte, claro está, es necesario deslindar la doble visión que nos impone Landaluze y que corresponde a dos aspectos de dicho choteo. La primera se deduce del atrevimiento ingenuo del esclavo que viola las reglas propias de su condición, y se iguala a escondidas al inaccesible universo social y carnal de sus amos. La segunda, la del pintor y la del espectador que nosotros somos, juzga con una burla el acto del parejero José Francisco.

Lo que define al choteo, a la manera en que lo expone el cubano Jorge Mañach en 1928, está implícito en esos dos gestos simultáneos del cuadro: igualarse a alguien de autoridad superior, desacralizar con humor los emblemas de esa autoridad y juzgar, incluso, a quien lo haga sin poseer los atributos sociales que supuestamente le corresponden. Chotear es de esta manera sinónimo de desvirtuar la representación seria de un sujeto y de su discurso.

La visión que nos propone Landaluze tiene en común con la de Mañach el hecho de tomar distancia, de pretender mencionar o corregir un defecto más que describir una curiosidad. Ambos puntos de vista se apoyan en visiones personales : Landaluze es un militar español que ha estudiado pintura en Francia, para él los personajes de la sociedad cubana son sobre todo pintorescos, extrovertidos e irreverentes ; su visión es la del poder colonial, la de un europeo de paso, a pesar de terminar su vida enterrado en Guanabacoa. La visión de Mañach es la de un insular de regreso, a pesar de morir exilado en otra isla, Puerto Rico.

Para Mañach, alumno de un colegio español, estudiante en Harvard y en París, el cubano es un ser socialmente incompleto. El mejor ejemplo es el del choteo, « fenómeno psicosocial » que él considera lamentable. El choteo es la prueba de la levedad del carácter del ser cubano en los primeros años de la república, del desequilibrio de su sociabilidad. El esclavo José Francisco de Landaluze que besa la escultura del ama blanca, es para Mañach el cubano independiente que tira una trompetilla a un orador público y que debe cambiar « con el advenimiento gradual de nuestra madurez, con la alteración paulatina de nuestro clima social ».

Partiendo de considerar al choteo como el rasgo definidor de la sátira en el imaginario cubano, el objetivo de este trabajo es analizar los aspectos expuestos en la Indagación…que, según Mañach, caracterizan a esta sátira. No se trata aquí – como se puede inferir del título –de remontarse a los orígenes del género en Cuba, ni de describir un itinerario del mismo hasta la actualidad, sino de exponer los hipotéticos aspectos de un discurso satírico a partir de las ideas que Mañach desarrolla, y de especular sobre su presencia en ciertas zonas de la literatura y el arte cubano contemporáneos.

II

       El pensamiento de Mañach está marcado por una intención didáctica y ética. En un artículo publicado en la revista Bohemia Mañach confiesa escribir « para higiene del espíritu cubano ». En su libro Historia y estilo de 1944 él extiende este objetivo a toda la nación cubana al reconocer que su trabajo de análisis histórico se propone ser « una incitación para el ejercicio cada vez más pleno del deber en que todos los cubanos estamos de crearnos la nación que nos falta ».

Al hablar de higiene Mañach aplica a la salud espiritual del cuerpo cubano un término médico con una doble significación ; la conservación de la salud y la prevención de enfermedades. Para Mañach tanto el espíritu del sujeto cubano como el del espacio social republicano que este sujeto habita, están enfermos por ser incompletos. De esta manera la acción de reflexionar y de escribir es doblemente intelectual – en su intención y en su práctica- y constituye un deber ante la carencia de un orden social como lo es la nación. En la reflexión y la escritura de estos ensayos subyace ante todo la racionalidad de una moral y el papel de educador de las masas del intelectual que Mañach asume ser. Sin embargo, vale aclarar que en la historia del pensamiento cubano la posición de Mañach se define y se particulariza por una paradoja : la de pretender construir un modelo de ser colectivo señalando los errores de un presente y de una realidad inmediata, y no citando potenciales virtudes ni buscando en el pasado las bases o las reservas de una mitología autóctona.

Es en las páginas finales de su ensayo que Mañach expone lo que se puede considerar un modelo de sujeto histórico ideal para la república cubana. Dicho modelo debe evitar, dice Mañach, que la « gracia » típica del cubano « degenere » en choteo. La fórmula para lograr esto la compone una operación aritmética de adición de « virtudes » en aras de disminuir o anular las causas del choteo. Entre las virtudes materiales, psicólogicas y morales a añadirse al comportamiento del cubano se pueden citar ; el ser más ricos, refinados, normativos, numerosos, receptivos al orden de la jerarquía. Todo esto hará, dice él, que el entusiasmo sea « auténtico » y la alegría « apetecible » provocando la desaparición de las condiciones de vida del mencionado choteo. La descripción de la sátira cubana que aparece en Indagación del choteo alterna con el rechazo, la denuncia o la corrección de un error.

Partiendo de considerar a la sátira como una forma literaria cuyo discurso utiliza registros que abarcan la ironía, la alusión, la parodia y sobre todo la burla de un paradigma determinado, se pueden precisar los índices que componen la tipología del choteo como variante típicamente cubana de la sátira, según aparecen expuestos en Indagación del choteo.

Para Mañach el choteo es una actitud psíquica, un rasgo del carácter y un « hábito de irrespetuosidad » que se explicita a través de la burla y que persigue como objetivo oponerse a todo orden, jerarquía, autoridad o poder. La sistematización de esta costumbre de « no tomar nada en serio » lleva implícita una afirmación del yo de parte de los más oprimidos de la sociedad, piensa él, que ven en la práctica de este ejercicio desacralizador un signo de independencia.

La independencia del sujeto que expresa el vituperio del choteo, se puede resumir a través de un deseo de no ser molestado por un sujeto-Otro, a la vez emblema de la autoridad y blanco de la burla. « Alguien ha dicho que el ideal de los españoles se puede expresar con esa frase castiza : hacer su real gana », escribe Mañach, antes de concluir con una idea clave sobre el carácter de los cubanos : « De los españoles hemos heredado, quizás, ese espíritu ; pero en nosotros asume una forma menos díscola y activa. El cubano generalmente se contenta con que no lo molesten. La libertad en abstracto le tiene sin cuidado, con tal que no llegue a afectar su personal albedrío ».

El choteo es en fin para Mañach, sinónimo de libertinaje, holganza, improvisación y hedonismo tropical. Aunque este texto haya sido ensencialemente considerado un ensayo de psicología social, Mañach no se limita a describir el fenómeno sino que especula también sobre las causas de esta sátira que son según él, la naturaleza insular y la Historia :

[…] debe afirmarse […] que hay en la idiosincrasia cubana rasgos peculiares que, originados unas veces y acusados por el clima o por las circunstancias sociales en que hemos venido desenvolviéndonos, tienden a facilitar esa perversión de la burla que llamamos choteo.

En lo que respecta al primer aspecto, el independentismo que sugiere la insularidad, Mañach continúa una idea fundadora del imaginario cubano enunciada por Félix Varela en el siglo XIX y desarrollada desde entonces por innombrables ideólogos de la cultura cubana : el estatuto geográfico de isla determina la independencia y la diferencia de su imaginario, su conciencia de isla. Sin embargo lo que le interesa a Mañach es condenar los efectos para él nefastos que esta diferencia puede engendrar. « Cuba se ve obligada al descubrimiento de su propia insularidad » escribe en su ya citado libro Historia y estilo, antes de añadir : « Tiene, a la vez, la conciencia de su insularidad y de su debilidad ». Mañach es el pedagogo de esta debilidad. Esta debilidad se puede resumir por la falta de armonía y de equilibrio de la expresión cultural de « la idea nacional » que fundara el patriciado cubano desde finales del siglo XVIII. La levedad del espíritu que revela el choteo fragiliza la solidez del ser nacional y pervierte, incluso, la dosis adecuada de humor y de alegría que el carácter humano necesita para ser feliz.

Con respecto al segundo aspecto, la Historia es para Mañach sobre todo una historia del espíritu, la genitora de una sucesión de estilos que organizan la expresión de dicho espíritu. Es la inmadurez de la república cubana y la juventud de su independencia de España, quien facilita, según él, las condiciones de la degradación de la sátira en su versión choteo. Esta inmadurez Mañach la identifica, desde el punto de vista histórico, con la ausencia de serios desafíos colectivos. En una reedición de 1955 de este ensayo Mañach añade lo siguiente : « Pero, afortunadamente, hablamos de una época ya casi enteramente pasada. Así como el choteo ha sido el resultado de un ambiente, también lo ha sido de un determinado período que ya toca a su fin –el período que pudiéramos llamar de improvisación en nuestra vida nacional ». La fórmula choteo versus orden aparece implícita en este razonamiento. Sin embargo –y he aquí otra contradicción de su pensamiento- junto a la educación, son las revoluciones que él viviera, la de 1933 contra Machado y la de 1959 contra Batista, quienes contribuyen según él a disminuir los grados de hilaridad negativa en el carácter del cubano. Un ejemplo de esto es que el triunfo de la revolución del 59 lo motiva a un exaltado artículo en la revista Bohemia, y el entusiasmo por lo que ocurría en Cuba entonces, lo lleva incluso a integrar el jurado del primer premio literario organizado por la Casa de las Américas en 1960.

En toda exposición didáctica de Mañach subyace la presencia de un sujeto letrado que actúa como mediador entre modelos culturales extranjeros y el sujeto cubano medio o popular, republicano. Es este sujeto letrado quien debe contribuir a crear « el espíritu clásico dentro del afán moderno » en el seno de « la patria ». Mañach como encarnación criolla de este sujeto rector, configura su visión clásica a partir de su propia experiencia vital, de su pertenecia en diferentes momentos a las culturas cubana, española, norteamericana y, en menor medida, francesa. Estas pertenecias el propio Mañach las conceptualiza a partir de la expresión de esas culturas, es decir de sus idiomas :

Lo español es lo rotundo, lo categórico, lo de una sola pieza…El inglés es lengua de la voluntad práctica…es una buena influencia. Nos acostumbra a rebajar el énfasis heredado, a ser más directos, concisos, sustantivos…El francés es la lengua de la inteligencia…disciplina de claridad, de orden, de elegancia : en una palabra, de sentido sereno y clásico de la vida.

Este análisis sintético de Mañach es un ejemplo de la importancia que él concedía a la expresión como representación de una cultura, a la comunicación como medio de visualizar y relacionar la identidad de una nación, a la palabra. En la conciencia ecléptica de Mañach el discurso desacralizador del choteo cubano no puede permanecer como símbolo del carácter cubano, porque se sitúa, con su ligereza, en las antípodas de la afirmación de la gravedad clásica que debe poseer toda nación seria.

En un lúcido estudio sobre Mañach que data de 1971, Andrés Valdespino anota dos consecuencias paradójicas de « esa encrucijada de culturas » en Mañach : « su marcada tendencia al equilibrio, a rehuir posiciones extremas », y su « personalidad contradictoria y, hasta cierto punto, trágica ». « La tragedia íntima de Mañach », anota Valdespino, « era sentirse a veces extraño en su propio ambiente ». Es este extrañado Mañach el que critica al choteo por sus excesos irrespetuosos. Quien condena la falta de espíritu crítico y la burla de lo autoritario, es el Mañach que vuelve de centros universitarios europeos y norteamericanos, mientras que el Mañach ciudadano ocupa, como ningún otro intelectual republicano la escena visible del espacio público nacional.

En el plano político, Mañach participa con otros intelectuales en 1923 en « La Protesta de los trece », milita en la lucha contra el dictador Gerardo Machado como miembro fundador del partido ABC, llega a ocupar, entre otros cargos, el de senador en 1940, dos veces es ministro, en 1934 en el gobierno de Carlos Mendieta y, la segunda vez, en el gobierno del primer Batista, en 1944. En el plano cultural basta mencionar brevemente su papel en el grupo « Minorista », en la fundación de la vanguardista Revista de Avance, su creación de la llamada Universidad del Aire, programas de radio con fines educativos, su puesto de profesor titular de Filosofía en la Universidad de La Habana, en fin, sus múltiples libros de ensayos y sus más de dos mil artículos publicados en numerosas revistas cubanas. Sin embargo, Mañach fue, también, aunque se olvide señalarlo, un recurrente exilado. Tres veces sale de Cuba por razones políticas, en marzo de 1935, en 1952 huye de la represión batistiana y, por último, en 1961, al proclamarse el carácter comunista de la revolución cubana, se va a impartir cursos a la Universidad de Río Piedra, en Puerto Rico, donde muere pocos meses después.

Estos aspectos de la sociabilidad de Mañach sirven para explicar otros ángulos de la inconfordidad contradictoria de su discurso sobre los vicios del choteo. Sus idas y venidas de Cuba al extranjero acrecientan sus deseos de que el espíritu del cubano siga los cánones de las grandes naciones que él conoce para que su humor se limite a « una jovialidad de buena ley ». Su esfuerzo comunicativo lo lleva a ocupar todos los espacios posibles de difusión que van apareciendo en Cuba ; la prensa, la radio, la televisión, etc. Sin embargo, « como buen liberal Mañach intenta ubicarse entre el conservadurismo de derecha y el radicalismo de izquierda ; y en ese contexto critica los particularismos que, según él, mucho daño pueden hacer a la constitución de nuestra nación […] ». Estas idas y venidas del hombre Mañach, repito, explican también la curiosa ambivalencia de su condenación del choteo. A las críticas ya citadas más arriba, Mañach añade la aceptación de ciertos rasgos positivos en el desarreglo persistente del humor cubano : « la familiaridad », « el desintéres », « la melancolía », « el pudor » escondido, en resumen, escribe, la « mezcla peculiar de virtudes y defectos ».

Mucho se ha insistido sobre el aporte de este texto a los estudios de la cultura cubana. Como texto canónico de la interpretación de la sátira en Cuba, vale la pena precisar las bases teóricas sobre las cuales él estructura su análisis. La crítica se pone de acuerdo para reconocer en este texto como ensayo filosófico o psicosociológico. Mañach desde el inicio de su Indagación…confiesa emplear tres métodos para su análisis ; el etimológico, el empírico y el lógico. Sin embargo al insistir en su interés por concentrarse en las « menudas concreciones » de la sociedad, « en sus pequeños módulos vitales », Mañach menciona los elementos constitutivos de un método fenomenológico. Pero la fenomenología de Mañach viene de una reelectura de Hegel y sobre todo de Husserl, llegada a él a través del filósofo español Ortega y Gasset.

Si en el contexto cultural cubano de los primeros años de la república, dos libros de Fernando Ortiz, Entre cubanos. Psicología tropical de 1911 y sobre todo, La decadencia cubana de 1924, son claros antecedentes de las reflexiones de Mañach sobre el choteo, es esencialmente el libro España invertebrada de Ortega quien funciona de modelo para que él escriba su Indagación…« Desde hace más de treinta años Ortega y Gasset es una de mis grandes devociones de lector », confiesa Mañach en su ensayo Imagen de Ortega y Gasset, escrito como homenaje al español un año después de la muerte de éste.Conceptos claves de la filosofía de Ortega, como « la razón vital » o « la razón histórica », la noción de « relación » que para Mañach es la más importante de Ortega, aparecen de una manera u de otra en el imaginario y en la prosa del cubano así como en su predominante perspetiva historicista. Es evidente, sin embargo, que Mañach no renovó sus puntos de vista fenomenológicos con la adopción de los postulados que introdujera en esta escuela filósofica el francés Maurice Merleau-Ponty a partir de su libro Phénoménologie de la perception de 1945, en el cual el cuerpo del sujeto se convierte en eje de su presencia en el mundo.

Mañach no sería nunca un filósofo del cuerpo, sino del espíritu. De un espíritu práctico, vale señalar. Un pragmatismo –heredado de sus lecturas del filósofo norteamericano John Dewey- que persigue infundir en el pueblo y en su conciencia los valores culturales que puedan transformarlo. Sin olvidar que en dicha transformación, como hemos visto, Mañach incluye la supresión de la sátira, o al menos, de los excesos de sus dosis de burla.

Mario Parajón, en una breve semblanza de su vida y de su obra, alude a un aspecto de la herencia de la estética de Mañach que yo considero capital : « haber desarrollado su vocación de hombre íntimo que invita a los demás a tener también una intimidad ». Pienso que si aceptamos esta ganancia del ser nacional cubano, la crítica del choteo de Mañach puede interpretarse como una reacción contra lo irrespetuosamente extrovertido de ese ser, contra el exceso de burla de la autoridad, contra la falta de intimidad del ego.

Para terminar intentaré dar respuesta a dos dudas para que este breve análisis vaya más allá de una lectura histórica de la sátira en Cuba, según el punto de vista de Mañach. La primera duda se refiere a la vigencia de la indagación de Mañach en el imaginario cubano contemporáneo, y, la segunda, sobre la presencia o no del choteo como variante de la sátira, en algunas zonas de la literatura y el arte cubanos más recientes.

III

           En un libro sobre la historia de Cuba que parece más bien una guía para turistas, el espeléologo y capitán cubano Antonio Núñez Jiménez escribe en un castellano de dudosa calidad, sobre Mañach y el choteo : « Mañach, con la limitación que entrañaba su posición de clase burguesa, en definitiva al servicio del capitalismo y de su sostén, bordea alguna de las esencias sociales y políticas del choteo, pero no llega a desentrañar la explicación de sus verdaderos alcances […] En realidad el choteo se explayó sistemáticamente contra el orden social aquí establecido, es decir, contra la sociedad burguesa y la prueba de esto es cómo el choteo va finiquitando a medidad que las ideas del marxismo-leninismo van sustituyendo, a partir de la década del 30, aquella arma del pueblo. Ya ante el heroico drama del Moncada, del « Granma » y de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, el cubano no chotea. En Girón ya el choteo es un elemento fósil de la sociología cubana ». Es curiosa esta antitésis: tanto Mañach, como un ideólogo menor del poder revolucionario, coinciden en la oposición al choteo, el primero desde un letrado elitismo ortegano, el segundo desde una ramplona ortodoxia marxista.

        Aún suponiendo que esta opinión de Nuñez Jiménez haya envejecido – el libro en cuestión data de 1984- y que la falta de méritos intelectuales del autor anule el valor de lo que en el mismo aparece, el tiempo y los hechos prueban que ni Mañach ni el choteo han tenido una buena aceptación bibliográfica en la historiografía oficial cubana. Apresuro dos razones : Mañach por ser un exilado, y el choteo por basarse en la burla de la autoridad y del orden, por la sensación de libre albedrío que lo acompaña siempre. Esto no significa, claro está, que ni la influencia del pensamiento de Mañach entre los más jovénes intelectuales cubanos no exista, ni que el choteo haya dejado de ser la más representativa forma de la sátira en los imaginarios artistíco y popular cubanos. Si hacemos como Mañach y nos limitamos fenomenológicamente a los hechos en sí, es decir, en el caso del imaginario artístico, a la literatura y al arte, y en el caso del segundo, al lenguaje y a un género oral muy en boga en Cuba, el chiste ; tenemos que reconocer que la sátira en forma de choteo, no sólo no ha desaparecido de la sociabilidad y del arte cubano de dentro y de fuera de la isla, sino que se ha convertido en una forma de expresión típica. La autoridad omnipresente y el deseo de libertad, entendida ésta como ruptura de un orden impuesto, son los blancos de dicha sátira.

       Para terminar sólo me limito aquí a mencionar, sin describir ni analizar, algunos ejemplos. En el caso de la literatura cubana del exilio, basta con citar el choteo a la autoridad literaria presente en Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y en El color del verano de Reinaldo Arenas, para ilustrar la afirmación precedente. Por su parte, tanto la estructura como el lenguaje de Mea Cuba, también de Cabrera Infante, el más completo libro de textos políticos cubanos de las últimas décadas ; se articula alrededor de una sátira con muchos puntos de contacto con el choteo. Otros casos de humor sátirico, con muchos puntos de contacto con el choteo, son evidentes en las recientes escrituras de los también exiliados Enrico del Risco y Ramón Fernández Larrea.

       Termino con algunos ejemplos procedentes de Cuba donde aparece el choteo dirigido en ambos casos a ridiculizar tanto la figura del Dictador, como su retórica política.

En un pasaje de su ensayo « Libertad con minúscula y el choteo de los jueces en el cine de Gutiérrez Alea », Aída Beaupied establece un paralelo entre las ideas de Mañach sobre el choteo y una escena de la película Guantanamera de Gutiérrez Alea. La última película que Alea dirigiera, termina con el discurso del personaje simbólicamente llamado Adolfo, en el cementerio de Colón de La Habana. « […] Adolfo termina choteado por un aguacero que le moja el papel y empaña la tinta de su discurso. Con la lluvia surge además una ventolera que no sólo le arrebata el papel de las manos, sino que lanza al piso la escalera que había usado para subirse al pedestal mientras el público, corriendo, se aleja dejándolo solo. La única persona que queda en el cementerio es una niñita que ya había aparecido varias veces para anunciar la muerte ». Beaupied cree ver aquí una metáfora del final de un dictador, de su representatividad teatral, de su voz y de su retórica escrita, desaparecidos por un aguacero al tiempo que una voz en off cuenta una leyenda afrocubana sobre la muerte. Añado otro ejemplo del conocido filme Fresa y chocolate, también de Alea. Diego el homosexual, pone un disco de Maria Callas y pregunta en voz alta que cuándo Cuba dará una voz como esa, sí, afirma ante un David perplejo, porque ¿hasta cuándo vamos a seguir con María Remolá ? María Remolá, yo aclaro, es una cantante menor de ópera que dominó durante décadas la escena lírica cubana. En ambos casos, la burla a la figura del Dictador, a su omnipresencia y a su discurso, es evidente, aunque no tanto, claro, que como en Alicia en el pueblo de Maravillas del director Daniel Díaz Torres y guión de Jesús Díaz. En este filme un pueblo inaccesible de donde además nadie puede escapar, es gobernado por el director de un sanatorio que a la vez constituye una encarnación del diablo. Alegoría, parodia, sátira y choteo llevan al extremo la burla a la autoridad del dictador.

Nada mejor, creo, para terminar con esta urgente especulación del choteo cubano actual, que referirse a un cuento de Pepito, sin dudas el personaje más popular de Cuba. A fuerza de querer criticar o ignorar la voz autoritaria del discurso oficial, el mejor ejemplo de choteo de las últimas décadas, en el interior de Cuba, terminó por ser casi mudo, es decir, escogió la oralidad en voz baja, el susurro, la falta de prueba escrita por temor a la delación. Es un imprudente Pepito quien mejor lo encarna.

Pepito es un niño que, como niño, dice lo que piensa sin reflexionar y lo que él piensa y dice equivale, casi siempre, a un comentario sobre lo que acontece en ese momento en el país. Un día, cuenta la voz popular, la maestra de Pepito quiere evaluar la cultura política de su alumnos delante de un inspector que viene a visitarla. Para esto le muestra a los niños un retrato de George Busch y les pregunta si saben quién es. Ningún alumno responde y ante tal situación ella sólo atina a dar algunas pistas : -Por culpa de ese hombre estamos bloqueados, pasamos hambre, no tenemos luz eléctrica todo el día, no somos más ricos y prósperos...Pepito la interrumpe para ayudarla delante del inspector y grita : -Maestra ya sé quien es, lo que pasa es que así, como está en la foto, afeitado, sin barba, con corbata y sin uniforme verde olivo no lo reconocía, seguro que antes de llevarlo al hospital lo pusieron así...

Un estudio de las formas que adopta el humor satírico en el imaginario cubano contemporáneo, permitiría determinar mejor la continuidad o la ruptura con los postulados de Mañach y de su Indagación del choteo y, sobre todo, precisar la probable existencia de una tipología de la sátira en el arte y la sociedad cubana con muchos puntos en común con el choteo que Mañach describiera.

 

Publicado en : América, No. 37, Sorbonne Nouvelle, 2008, p. 53-62

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
14 septembre 2014 7 14 /09 /septembre /2014 11:16
LAS CATEDRALES DE MARCIAL GALA

        Cada uno recuerda algo diferente de una ciudad. Con nosotros o en una estación ajena, la ciudad envejece y cambia: no nos espera. Peor, como a los muertos no le importamos gran cosa, estamos de paso y ella permanece. No conozco muchas maneras de hurgar en la ciudad nuestra ausencia. Ninguno de nuestros caprichos edulcorados permanece, hasta sus ruinas se derrumban o se maquillan. Supongo que existen formas de evocar una ciudad (el arte local justifica su existencia con estas misiones), repito, pero yo, por limitaciones de mi inteligencia y mis afinidades, he preferido constatar la manera en la cual se escribe la ciudad, cómo se proyecta una fotografía contada de su espíritu; la permanencia escrita de su tiempo.

        Ando buscando a Marcial Gala por Cienfuegos. En la céntrica librería del boulevard me dan el teléfono de la Uneac. Es conocido Marcial, el más premiado escritor de la ciudad. Me alegra este reconocimiento que confirma la vanidad de mis intuiciones: estuve siempre convencido que él poseía una mirada muy personal para transcribir el caos cotidiano que, a fuerza de dispersas lecturas de años y de eso que Cyril Connolly llamara calidad de espíritu, ha tratado de hacer, a su manera y con sus medios, universal.

El presidente de la Uneac sigue siendo el mismo Orlandito de siempre. Me habla con afecto (escribo esto y me doy cuenta que a lo mejor espero o deseo que me hable de otra manera), como si hubiera sido ayer y no hace 20 años nuestra última conversación. Me dice que pase cuando pueda por la Uneac, esa misma tarde si quiero. Me da el teléfono de casa de Marcial.

El tiempo que viví en esa ciudad y en la memoria que me idealizo de ella, Marcial se fue convirtiendo en la otra mitad que yo hubiera querido ser, por ignorancia y pereza, por descuido o tal vez por hipocresía. Marcial como una conciencia malévola que anota y mira, y viceversa, pero pagando el precio, eso sí, de haberse quedado sin conocer esos paisajes del renacimiento que él imagina y anhela. Es más fácil, me parece, dejar a los otros esa misión imposible de respirar o imaginar en libros una realidad que ya uno no puede soportar. Algo de Marcial consuela la supuesta vida que mi voluntad y mis ambiciones me impidieron asumir, al punto de temer de que mi afecto por él sea una forma de completar una parte de mí que disimulo u oculto.

Marcial lleva a cuestas, allí, en ese Cienfuegos de una belleza desconsolada, tres condenas que no le han impedido el triunfo de su mayor superstición: ser escritor. En una cultura hipócritamente racista, es negro, vive en provincias, y es un solitario que mira al poder desde las gradas de su nocturno estadio irreal donde deambulan visiones, olores, voces, y pesadillas que él ha tratado de ordenar por escrito, hasta ir tejiendo, con paciencia, una mitología subterránea de la ciudad.

         Nos damos cita en el Hotel La Unión, al final del boulevard y justo antes de llegar al Parque Martí. Nos sentamos frente a la piscina ovalada de ese neoclásico hotel restaurado, ante dos blancos leones de piedra que sirven de guardianes a la entrada del agua adonde G. ha preferido, con discreción francesa, ir a bañarse mientras él y yo hablamos. Es justo decir que el momento supera las profecías que hubiera añorado en mi exilio. Me gusta el contraste entre el lujo postizo del sitio y la eterna displicencia de Marcial que parece haberse bajado al instante de una guagua de los años 90, la época hambrienta en que hacíamos largas colas para desayunar lo que apareciera no lejos de ese mismo lugar.

Acaso en la amistad el egoísmo toma una pausa y nos concede no sólo vernos en el espejo sino también preguntar por el otro. Durante años de exilio he tratado de seguir lo que ha escrito Marcial con la satisfacción y la intriga de enterarme que ha logrado sobrevivir y publicar, ganar premios, y tener la aprobación de quienes ya no pueden ignorarlo. Y sin darnos cuenta estamos festejando el triunfo por un libro que aún no ha sido publicado. Marcial me cuenta que acaba de ganar el premio Alejo Carpentier con la novela La catedral de los negros. Que ha ido a Santo Domingo y pronto estará en la Feria del libro de Guadalajara. Además le han dado una casa propia y dirige una tertulia literaria llamada El relajo con orden.

Tratándose de Marcial ni siquiera cometo el esfuerzo de indagar cómo ha perdurado su fe en medio de tantas incertidumbres. Porque tiene que ser la fe y el mundo ficticio que cabe en su enigmática sonrisa lo que le ha permitido seguir de largo en medio de esas batallas materiales por la supervivencia que transita todo cubano: un día soy testigo de haber vito a Marcial, lo juro, vendiendo chicle en la Manzana de Gómez de La Habana, otra tarde, estaba de pie con un mango en sus manos y a la venta frente al teatro Terry de Cienfuegos.

Basta con verlo caminar por la ciudad a Marcial con su gorra de pelotero de béisbol -como haríamos unas horas después hasta tomarnos juntos una foto al lado de la estatua de Benny Moré en el Prado-, con seguir la parsimonia de sus respuestas a angustias que podrían resultar irreales por pertenecerme a mí, al fugitivo que ahora vuelve intentando conservar cierta amistosa lealtad. Hay personas así, que poseen el don de atravesar silbando un campo minado mientras uno se queda quieto bajo una piedra, susurra una tregua a los dioses, o espera que al menos un globo, un barco, o una nave espacial lo lleve urgente a otro sitio.

Después de haber leído casi todo lo que ha escrito, estoy convencido que a Marcial le da lo mismo vivir donde le ha tocado o en otro sitio. De todas formas no hay remedio, piensa. Su inteligencia es lo suficientemente aguda para darse cuenta que la literatura no cambia al mundo, y que la fidelidad a la tarea de escribidor que él mismo se ha encomendado, no lo puede obligar a simular: en cada cuento, poema o novela de Marcial se registra la fatalidad de la existencia humana, la añoranza por algo que la realidad, o la súbita aparición de Dios, de cadáveres y moribundos, de alcohólicos y drogadictos, o de fantasmas; vaticinan imposibles.

En el lamento mordaz de la escritura de Marcial subyace la melancolía de un narrador o de un testigo que acepta con sorna el desastre, el naufragio de toda salvación, la victoria injusta de la viveza del mal. Escribo bien viveza del mal porque en sus historias son los rufianes quienes salen ganando con sus perfidias, los que se llevan la mejor parte en la tensión constante que se establece entre sus acciones y el amargo lirismo de un protagonista impotente ante la perversidad.

En el cuento “Perro Mundo” que abre el volumen Es muy temprano, una pareja que duerme en el cementerio es testigo de un asesinato narrado con lujos de detalles. Instantes después de tal escena macabra, y de comprobar que la víctima moribunda les pide ayuda, la narración se interrumpe y a la vez termina con un sorprendente diálogo de dos líneas:

¿Le revisaste los bolsillos?

No, dijo ella, ¿sabes?: en todo este jodido mundo no hay un tipo como tú.

En “Hojas de almendro” un muchacho se va de viaje por la isla con dos turistas suecas pero no sabe bien si es realidad o un sueño, al final la policía lo despierta en la habitación de un hotel y la duda persiste. En “Carlos, la Tirri y yo levitando” el narrador comete un crimen pasional y al llegar la policía, es decir, la realidad, logra al fin alcanzar su objetivo: “Cuando llegó la policía ya yo estaba levitando”. En “Clara y los gorriones”, dedicado a Juan Francisco Pulido, joven escritor cienfueguero que se suicidara en Minnesota, se invierte la estrategia, se comienza por un entierro, se describe después el suicidio, para terminar con una imagen en boca de su madre que esclarece el título: “Cuando era pequeño, dejábamos abiertas las ventanas para que entraran los gorriones y él sonreía mirándolos” (…)

No hay compensaciones porque no hay equilibrio en la dramaturgia de Marcial: la balanza se inclina siempre hacia la depravación y la maldad. La narración llega en estos casos a una frontera que los personajes violan con lágrimas, indiferencia u homicidios, en sucesivos círculos que se alternan sin que el lector pueda adivinar la pausa del vértigo, de la risa, o del desenlace.

Lograr partir de una anécdota y explotar al máximo lo contado lleva a Marcial a transgredir lo real, a no fijarse límites racionales al contar las acciones de sus personajes, y esto, unido a la aparición de lo insólito de manera natural y sin previo aviso, crea un dilema en el lector que puede sorprenderse, reír, o dudar al mismo tiempo. En un cuento con un título premonitorio como Tres meses antes de la muerte de Pilar, la protagonista se deja seducir en la playa por alguien que dice ser el intérprete del actor Jack Nicholson de visita en Cuba a quien, hacia el final del cuento, se describe durmiendo en una habitación de hotel.

A pesar de su título el cuento Tres meses antes de la muerte de Pilar termina con una frase tomada del habla cubana (no ir del “todo mal”) que el narrador reproduce de Pilar, la que a su vez ignora su próxima muerte a manos de un antiguo amante llamado Remigio:

Días después, justo antes de que a Remigio le anunciaran la libertad condicional, Pilar empezaría una relación tumultuosa con un camarero llamado Felipe, con el cual no le iría del todo mal.

La provocación que se atenuaba por la risa ante la presencia de un Jack Nicholson dormido y descrito como un enorme cetáceo que va a morir a la playa, alterna con el estupor ante la ingenua apreciación de Pilar cuya asesinato atroz el lector ya conoce en detalles: Remigio “le cortará la cabeza y la pondrá encima de la almohada” como en El padrino, “único libro que Remigio ha leído hasta el final”.

La entrada de lo que pudiéramos llamar fantástico en narraciones que aparentan por sus códigos ser en un inicio realistas en la escritura de Marcial se realiza por la ambición (como extremo del deseo) de incorporar sorpresivamente al relato al mismo tiempo supersticiones populares cubanas, íconos como Jack Nicholson, o referencias, y personajes de la cultura universal que intervienen con naturalidad en el relato de la vida cotidiana de personajes contemporáneos al autor.

Marcial, en un gesto más provocador que estético ha titulado con tremendismo a su trilogía de novelas: Cienfuegos capital del mundo.

Cienfuegos capital del mundo

Conocí a Marcial Gala gracias a Jorge Luis Borges. Yo dirigía el departamento de literatura de la Biblioteca Provincial de Cienfuegos cuando una tarde, el entonces director de la biblioteca, entró sudado y airado a la sala para denunciar, con grandes gestos de sus manos y una voz engolada, a un usuario llamado Marcial Gala por no haber devuelto, desde hacía varias semanas, el único ejemplar de las Obras Completas de Borges que poseía el recinto.

Como Borges murió en 1986 y la escena que cuento sucedió en 1990, se supone que ya en Cuba estaba permitido mencionar el nombre del escritor durante décadas silenciado. Hasta en la Casa de las Américas Retamar había presentado la edición de una antología de Borges en una irreal tarde en que, en un gesto borgeano, citaba anécdotas de su visita al apartamento del escritor en Buenos Aires con carácter retrospectivo: el censor esperó el tiempo de la muerte para volver del pasado con una flor del célebre escritor.

Marcial entró a la biblioteca con el libro de Borges en las manos no como una flor, sino como una deuda. No el libro desenterrado por Retamar sino el verde editado por Emecé. Me dijo que escribía y no sé cómo me las arreglé para que el sudoroso jefe lo perdonara, y Marcial volviera sin contratiempos cada día a leer a un lugar en el cual ha escrito casi todos sus libros.

Fue poco después de conocernos que Marcial se dispuso a publicar su primer libro, Enemigo de los ángeles en la editorial local Mecenas y me pidió que yo le escribiera un prólogo. Así lo hice respetando una norma que en mí no ha cambiado: que fuera breve, apenas dos páginas. A Marcial le gustó tanto el texto que no sólo lo leímos varias veces, sino que nos reíamos de la provocadora exageración de sus dones de escritor que yo describía citando fuentes supuestamente cultas para molestar un poco el provincianismo ambiente.

Él vivía en las afueras de Cienfuegos y yo en un albergue en ruinas cerca de un poblado llamado Caonao, pero teníamos la costumbre de ponernos de acuerdo para ir a comprar lo que encontráramos de comer por el centro de la ciudad, antes o después de yo comenzar mi trabajo en la biblioteca. Fue así como un atardecer en el cual habíamos dado con una cafetería donde podíamos comer algo, y justo en el momento en que yo tragaba un boniato, Marcial, algo taciturno, me comunicó la noticia: le habían aconsejado que su libro saliera sin mi prólogo.

Aunque me atraganté con el boniato y casi me asfixio (Marcial me dio varios manotazos en la caja torácica más o menos con la misma frecuencia que palmó sus hombros un funcionario local para erradicar mi prólogo) entendí lo que quería decirme, porque yo había pasado ya una noche preso por la seguridad del estado y comenzaba a ser persona non grata en ciertos círculos culturales de la ciudad. Le dije que no se preocupara, tosí y engullí al fin el boniato y con él mi prólogo, ayudado, eso sí, por un vaso de agua. “Lo importante es que tú publiques tu primer libro y no mi prólogo que nada añade a tus cuentos”, fundamenté aliviado por el boniato desaparecido de mi garganta y mi prólogo del libro de Marcial.

No mencionar nunca más esta experiencia no sólo salvó nuestra amistad, sino que protegía su libro y alejaba su persona de esas invisibles zonas de turbulencia que pueden provocar la muerte civil de cualquier escritor en Cuba.

Marcial y yo desde el principio hablamos de libros, mujeres, y del mundo. Es justo reconocer que a Marcial le encantaban mis novias y a mi sus cuentos. Pero siempre terminábamos hablando del más allá, es decir, del mundo. Él entraba a la sala de literatura y si yo estaba ocupado atendiendo a alguien, se sentaba a hojear una enciclopedia para esperar que yo terminara. Como Marcial sospechaba que los dioses no me habían dotado del mismo poder de resistencia que él para soportar vivir en Cuba con su providencial indiferencia, retomábamos cada vez el tema de otros países, otros escritores, otros paisajes y climas que nos refrescara el agobio del calor y la forzada disciplina de no tener qué comer.

Si la memoria no me traiciona, a Marcial le fascinaba el renacimiento italiano y Francia, aunque su descubrimiento aquella época de Faulkner le daría un punto de vista y una libertad para la composición a la cual él sigue siendo fiel hasta ahora.

-Este es mi papá en la torre Eiffel.

Así me dijo un día Marcial mostrándome una foto donde aparecía un hombre mulato con la silueta detrás del célebre monumento parisino. Ese día, supongo, hablamos de París, sin sospechar que tiempo después yo pasaría casi a diario frente a esa misma torre.

Un día en París alguien me trajo desde Cienfuegos un libro de Marcial. Se trataba de la novela Sentada en su verde limón editada en 2004 por el escritor Rogelio Riverón, un amigo común a quien yo conocí en la Central Nuclear y que vivió con nosotros dos una parte de nuestras aventuras cienfuegueras hasta llegar a ser, para mi sorpresa, director de la Editorial Letras Cubanas.

La novela cuenta la historia del saxofonista Harris que después de haber sido célebre en el mundo entero, termina en Cienfuegos, “tocando en un bar de mala muerte para un público constituido en mayor parte por aficionados de los más diversos países” que acuden a la ciudad para escucharlo. Cienfuegos deviene así capital turística del mundo del jazz gracias a un drogadicto norteamericano.

A Harris le gusta leer las cartas que le enviara John Lennon (que compartía con el saxofonista entre otras cosas la aversión por los fantasmas) a Kirenia, su musa de la vejez que aspira a ser poeta y termina suicidándose, y al pintor Ricardo, el narrador de la historia. A estos tres personajes los reúne el mismo sombrío círculo vicioso de la frustración que se atenúa en breves pausas con drogas de todo tipo:

Ese primer día cuando regresó, Harris y yo habíamos estado sentados en el piso fumando marihuana y leyendo una carta de John Lennon. Harris insistía en que Lennon estaba vivo, escondido en alguna isla del Caribe. Llevaba una vida solitaria para que los espectros no pudieran detectarlo. Yo le decía a Harris que no, que estaba muerto y Harris se cagaba en mi madre como mejor, tremendo y único argumento que demostraba a las claras que Lennon seguía vivo. Entonces yo fui a la cocina y cogí un cuchillo. ¡La tuya negro de mierda!, le grité. ¡John Lennon está muerto por mis cojones! Harris me abracó con sus brazos de oso y me quitó el cuchillo con facilidad.

No comas mierda, me dijo, John está vivo.

Cuando Kirenia llegó, aún me tenía abracado, así que ella puco pensar que practicábamos la sodomía, pero no dijo nada. Prefirió sonreír, Buenas, me dio un cariñoso manotazo y besó a Harris en los labios. ¿Quiere marihuana la profesora?, preguntó Harris. Sí, dijo ella, por lo que preparamos otro pito y nos lo fumamos democráticamente entre los tres.

He leído varias veces la novela. Su estructura como la historia son intencionalmente caóticas, y todo caos obliga a la relectura. Uno se pierde un poco en tanto laberinto. He comentado la novela con Marcial. Y paseando ahora con él por esos lugares que describe como el paseo del Prado o el café El Palatino, he llegado a pensar que en ese intento por inscribir a Cienfuegos en el mapa del mundo, Marcial aprovechó para hacerse un exorcismo de años de peregrinaje callejero. Lejos de intentar recrear de manera realista las vivencias de ciertos arquetipos de personajes marginales, Marcial modela la anécdota con asociaciones en las que aparecen sueños, cartas, confesiones y una constante evocación a un mundo que sirve como ficticia referencia de escape y consuelo.

De esos peregrinajes Marcial ha traído un repertorio de personajes, ha supuesto sus destinos circulares, y ha reproducido de ellos también el habla. Tanto en la descripción de cada situación como en la intervención del narrador o en los diálogos, aparece el argot callejero en toda su intensidad. Si por momentos la estructura de la historia parece descosida, es por la intención de hacer más inmediato lo que se lee: Marcial no pule el lenguaje aunque sí la sintaxis. Se leen como violentos cortes sus frases insertadas sin que se detecte un artificio.

Arquitecto de formación Marcial recrea en La catedral de los negros, la segunda novela de su trilogía, la inusitada idea de la construcción de una catedral evangelista en Punta Gótica, un barrio marginal de Cienfuegos. Una catedral que siga el modelo de la iglesia del Santo Sacramento de Oklahoma. Apoyado en otra tríada de personajes (Berta, El Gringo y Prince) el libro cuenta la llegada de una familia de negros evangelistas desde la ciudad de Camagüey y su instalación en ese barrio cienfueguero.

A uno lo asalta la pregunta, ¿qué pretende Marcial con esta novela? Dos ideas me vienen a la mente: lo imposible y lo interrumpido, lo insólito y lo inacabado. O, la manera en que está condenada al fracaso en nuestros tiempos un monumento que en otra época fuera el símbolo de una espiritualidad colectiva, de una forma de presencia humana en la naturaleza como fue el caso de las catedrales; debido a la degradación del espíritu humano.

Marcial en este caso proyecta incorporar la ciudad al centro del mundo a través de la metáfora de una torre gigantesca construida por religiosos afrocubanos. Si por una parte la conocida frase de José Lezama Lima que sirve de epígrafe al libro (“Cuba tiene sus catedrales en el futuro”) sugiere una posibilidad postergada de realización, en el libro de Marcial la empresa aparece como una ilusión descabellada de antemano.

Además del título, lo que más sorprende al lector de La catedral de los negros es su forma. Esa es la más curiosa ganancia de la novela. El libro se lee como las sucesivas respuestas de los personajes a un interrogatorio realizado por un sujeto que podría ser el propio lector. Una especie de novela a dos manos, como especula querer escribir un personaje (Araceli) con su amante (Berta). Al tiempo que se lee se organiza la narración que el escritor se ocuparía sólo de transcribir. De esta manera cada personaje cuenta su propia vivencia y su versión de los hechos, mientras que otra parte de su presencia en la historia es completa por los otros testimonios o monólogos.

A partir de este coro de voces se modela el argumento: la familia de un pastor evangelista llega al barrio, sus tres hijos provocan reacciones diversas en la comunidad. Uno logra integrarse al caos, la chica antes de ser una célebre pintora en Italia deviene musa de El Gringo, el homicida de la novela que hace fortuna vendiendo la carne de sus víctimas antes de escapar a los Estados Unidos y morir por inyección letal, y el otro, Prince, el poeta maldito sólo interviene en las últimas páginas cuando ya el lector está al tanto de su parricidio.

Un fragmento de la novela elegido para su promoción ilustra bien el tono del libro:

El 27 de febrero del 2007, empezó el aparecido a atormentarme. La primera vez que lo vi, sentado en la entrada de la cuartería miraba hacia delante muy concentrado, como si esperara algo. Supe que estaba muerto porque tenía los ojos en blanco y estaba desnudo. Eran casi las seis de la tarde, hora en la cual los muchachos juegan futbol y la calle está llena de adultos que regresan del trabajo o van a sus negocios. Nadie se daba cuenta. Sólo yo lo percibí, muy fuerte de cuerpo, tenía tatuado un escorpión en el hombro derecho y una serpiente alrededor del ombligo, era alto y hubiera sido bonito si una herida de bordes abiertos no le cruzara el cuello de un lado a otro. Se señaló la herida con el índice de la mano derecha y los ojos llenos de lágrimas. Yo eché a correr.

Ese día no comí.

- Se me apareció un muerto en cueros- le dije a mi madre.

- Tú siempre con tus bromas- dijo ella- deberías meterte a humorista.

- En serio.

- Pues tráelo para que cocine, tú no sabes hacer nada y yo ya estoy cansada de la peste a manteca.

         Marcial ha dicho en alguna ocasión que su libro es una novela sobre el mal, en otra que se trata de narrar la iniciación literaria de un joven, Prince. Ambas intenciones se cruzan y se tocan, al igual que el eclecticismo de las religiones católica, evangelista, y los cultos afrocubans. Más que de la beat generation a la que se puede asociar el lenguaje y ciertos ambientes de su escritura, la imaginación literaria de Marcial debe mucho a ciertas libertades de la perspectiva estilística de Faulkner. Pero Marcial no se apropia de esas libertades para celebrar el festín de una realidad tan exuberante que ha perdido, por demasiado ingenua, su atractivo con el tiempo, como es el caso del realismo mágico. A él le interesa que trascienda en el relato la percepción simple de una primera capa, es decir el subconsciente colectivo de una cultura y de sus comportamientos.

        Si en Sentada en su verde limón Marcial pretendía ubicar a Cienfuegos en el centro del mundo a través de la presencia de un genial músico vagabundo y sugería en el título completar por la imagen de una poetisa suicida (pájara pinta) una canción infantil, en La catedral de los negros la misma tentativa se representa a través del fracaso de un proyecto demencial que toma como referencia uno de los símbolos de la cultura occidental: la catedral.

        (Marcial anticipa la inmediata asociación de su metáfora con una realidad cienfueguera: el fracaso de la construcción del reactor nuclear de la central de Juraguá. Y se apresura, en una novela policíaca publicada en España –Monasterio, Atmósfera literaria, 2013–, a referirse a este lugar por haber vivido y trabajado allí en un puesto de asesor literario que yo inaugurara en 1987).

       Subyace, sin dudas, en su proyecto estético, una doble lectura. Marcial sabe no sólo que la literatura no cambia la vida sino también que una escritura con un mínimo de honestidad y que se pretenda duradera no tiene ninguna validez si respeta ciertos límites. O peor aún, si recrea una faceta previsible de un imaginario como el cubano, desgastado por estereotipos que insisten en representar el lado exótico y supuestamente único de su cotidianidad.

    En un breve ensayo dedicado a Chesterton, Borges trata de definir la forma que predominó en la escritura del inglés. Hacia el final del texto Borges cita dos parábolas. La primera es “Ante la ley”, comentada por Kafka en El proceso. Un hombre pide ser admitido por la ley y un guardián le dice que debe esperar ante una puerta advirtiéndole que existen muchas otras. El hombre moribundo y agotado de tanto esperar pregunta al guardián cómo es posible que durante tanto tiempo nadie haya intentado entrar, y el guardián le responde que esa entrada era sólo para él pero que ahora tiene que cerrarla. La otra se encuentra en el célebre Pilgrim’s Progress de John Bunyan. El guardián de un castillo custodiado por una multitud de guerreros sostiene en sus manos un libro para escribir el nombre de quien se atreva tomar el castillo. Un hombre le pide que anote su nombre y acto seguido se abre camino con su espada y logra entrar al castillo.

    Borges termina escribiendo: “Chesterton dedicó su vida a escribir la segunda de las parábolas, pero algo en él propendió a escribir la primera”. Conjeturo que a Marcial le ha ocurrido exactamente lo contrario.

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article
17 août 2014 7 17 /08 /août /2014 22:42
EL IMPERIO DEL RUIDO

        Es sabido que en la novela The Sound and the Fury de Faulkner se retoma un verso del Macbeth de Shakespeare para estructurar el relato principal: la vida es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia sin significado alguno. La idiotez se relaciona con el ruido y con el descontrol del espíritu, con la falta de mesura, con el exceso, y como resultado, con la falta de sentido que esto produce. Una interpretación posible asocia el ruido y la ira con la inocencia o con la ingenuidad; quien hace bulla y se encoleriza fácilmente no es capaz ni de pecar ni de poner en peligro el orden de las cosas ni sus significados.

La mejor prueba de que no estamos solos suele ser ruidosa porque la soledad sin una cierta calma silenciosa puede ser inconcebible. Cuestión de gusto y de carácter, supongo. Pero no creo que se pueda justificar con consistencia una prolongada dosis de ruido no elegido. Hay una distancia entre el sonido y el ruido, y esa distancia depende de la elección de cada individuo. Elegir el ruido como compañía permanente, imagino, es el acto de una vocación colectiva, la búsqueda de una forzada compañía, o el gesto de marcar por el bullicio una presencia y un territorio disputado. La estridencia de este acto marca de violencia una manera de comunicación con el otro que comparte o acepta, se somete o desaparece.

Elegir el silencio durante una buena parte del día es un beneficioso ejercicio espiritual quizás heredado de una tradición intelectual mística que en el imaginario español tiene su emblema más clásico en San Juan de la Cruz: el silencio permite al alma alcanzar tres virtudes; la esperanza, la fe y la caridad.

Pensar en Cuba o tratar de escribirla ahora con un mínimo de suspicacia, puede perturbar al testigo por la algarabía que rodea su misión si no toma distancia y comprende que, precisamente esa trifulca del ambiente, tiene que formar parte de su observación: Cuba sin el ruido no existe. Cuba es un sonido, pero también es un ruido.

El agobio constante del bullicio, de la palabra gritada, de la gestualidad histriónica, de la repetición en fin de constantes mensajes sin sentidos que con intención o por ignorancia saltan de los altoparlantes, las calles o los balcones hasta los oídos, van formando parte del paisaje cubano como el sol. Esa confusión que al principio el visitante puede considerar parte de una jovialidad excitante, se convierte enseguida en un martilleo sin receso que te impide quedarte solo hasta contigo mismo.

Uno está tentado a evocar el enfado del matemático Charles Babbage contra el ruido de los músicos callejeros de Londres que lo llevó a proponer un decreto que condenara la bulla. Lo cierto es que si Babbage fracasó en su intento de crear el primer modelo de ordenador en 1834 tampoco tuvo éxito en enfrentarse al ruido: los músicos londinenses casi lo enloquecen al decidir venir a tocar todas las noches bajo la ventana de su casa. Moraleja: nada se puede contra quienes prefieren el ruido. Peor aún. Es irreconciliable la frontera entre ambos excesos. Silencio y ruido con aceite y vinagre, ambos no pueden escucharse.

Debo constatar que si antes me parecía nunca poder estar solo en Cuba por la presencia constante de chivatos y de ojos de mirones en los más insólitos lugares y circunstancias, durante mi viaje a la isla una bulla unánime se me ha pegado a los oídos como el zumbido de un mosquito insomne. Al igual que la vigilia, esta manera de querer llenar un vacío o una soledad, este reparto impuesto de la cadencia del bullicio que perturba cualquier momento de comunión con la lectura o la tranquilidad, va a acompañar fielmente al visitante.

         A todas partes y a toda la hora, la isla parece sumergida en las aguas ruidosas de los gritos, el ritmo repetitivo de la música de reguetón, los cláxones de los automóviles envueltos en capas negruzcas de humo, el timbre de las bicicletas, los diálogos y riñas de alguna telenovela, o, durante este mes de agosto de 2012, bajo la algarabía de las gradas de repletos estadios londinenses que la televisión reproduce si se trata de un deporte donde algún cubano gana una medalla olímpica.

        Sin embargo, al escribir sobre el ruido insular, me encuentro con una idea del escritor francés Le Clézio: la literatura no es cuestión de ideas, sino de ruido, un ruido del lenguaje que puede retumbar, escribir es escuchar el ruido del mundo.

      Esta idea hasta cierto punto desacredita mi diatriba contra el ruido, o subvierte su intención: ¿cómo escribir contra las perturbaciones acústicas y por el respeto del silencio, si el acto mismo de hacerlo con palabras infiere una irrupción sonora? Si a esto añadimos que el ruido parece formar parte de la idiosincrasia nacional cubana, puedo llegar a dudar de la justeza de mi crítica al bullicio de mis compatriotas.

     Quizás simplemente escriba estas páginas para explicarme mi propio desconcierto más que para describir o juzgar el agobio producido por mi rencuentro con mi ensordecedora patria.

II

        Estoy tratando de dormir una siesta. A medida que pasan los días tratar de huir de la fatiga del calor y del ruido se ha convertido para G. y para mí en el objetivo defensivo de este viaje. Y a veces hasta lo conseguimos pasando tardes echados en la cama con tapones en las orejas.

Pero esta tarde se oyen los gritos del pregón de un vendedor ambulante de yogurt casero:

          -Yogul, Yogul, llevo yogullllllllllllllllllllllll !!!!

    Supongo que es la gritería quien me despierta. Pero aún aturdido mi reacción es inmediata: me tiro de la cama y salgo disparado en persecución del vendedor. Hace una semana que busco sin éxito un yogurt y la alegría por esta aparición vespertina hace olvidar la molestia de la siesta interrumpida.

      Me veo corriendo, en short y descalzo, con un billete en la mano, y me doy cuenta que los dieciséis años de exilio parecen haber pasado en vano. Un instinto ancestral ha vuelto para recordarme que en alguna estación de mi pasado corrí en busca de comida, que mi cuerpo sabe de esas batallas alienantes por llegar antes que otros hambrientos al vendedor de lo que sea.

     Esta es la única vez durante mi viaje que un alboroto me procuraba una real satisfacción. Puedo asegurarlo ahora cuando rememoro el deleite que me procuró saborear un vaso de yogurt tras varios días de forzada abstinencia láctica.

III

      Supongo que conseguir hacer de él todo un arte, necesita un talento innato para el ruido, sin contar cierta voluntad probada a lo largo del tiempo; una extrovertida insistencia del espíritu que en realidad quiere ser visto más que oído: a latazo limpio, a trompetazo, a nalgada, a desatino y bronca sin horarios ni contenciones. No creo que se haya logrado llegar a ese punto de irrupción sonora en la vida de los otros sin cierto placer por un alboroto que te resalta y te distingue de los demás.

      Basta con caminar, hablar, o compartir el mismo espacio con mis compatriotas para comprobar esa vocación. Si usted camina por el centro de una ciudad cubana la bulla le persigue por enérgicos altavoces que, entre música y discurso (nunca comercial, sino político disfrazado de patriótico) le impone algún que otro estribillo de salsa o reguetón.

       Los cubanos al hacer ruido ejercen hasta el infinito eso que el alemán Konrand Lorenz, refiriéndose a varias especies, llamara la espontaneidad de la agresión. Es tan natural la embriaguez colectiva en medio del bullicio que el más mero reclamo de paz o de condena es considerado una sobrenatural traición a tu identidad: no es posible, al parecer, que habiendo nacido en la misma isla que los chillones uno reclame el derecho a la paz sonora:

-No te hagas el fino m’hijito…, fue la respuesta a mi protesta durante mucho tiempo.

       Hay un momento, es verdad, en que parece desmentirse mi argumentación sobre la totalidad del ruido. Me refiero a un fragmento de la tarde. A ese momento alrededor de las 2 y media y que puede durar hasta las 4 en que la isla parece detenida en una suma de lentos cabezazos y ronquidos. El aplastante calor lo justifica. La caída en vertical del sol ordena la pausa. No se escucha ni el paso de las moscas bajo el aletear de los ventiladores. Los choferes y carretoneros paran sus vehículos y cambian el timón y los látigos por pencas y abanicos que no paran de girar. El hielo se derrite de prisa. Los animales (perros, gatos, vacas y caballos) beben o se tiran bajo la sombra de los portales y las palmas. Es la hora de la siesta, la hora en la que hasta los dioses más fieles o traviesos parecen a su vez buscar en la modorra un poco de sosiego.

      Pero no conservo en mi memoria ninguna referencia a la actividad progresiva y frenética que sigue al tórrido letargo de la siesta, a esa hora de la cual, según José Lezama Lima, se sale con los sentidos iluminados como de una resurrección. Porque si nada parece igualar al estruendo del final de las mañanas cubanas, el anochecer parece superarlo tal vez por el brío recuperado en la siesta, como si en un juego secreto se apostara a escondidas para ver a qué horas se ejerce mejor el espectacular arte nacional de hacer ruido.

Es cierto, no es una invención, si con algo marcamos al mundo (sin contar con el humo de los habanos) es con la música. Y hace tiempo yo me pregunto por qué ese alboroto de trombones y güiros servido con una suma interminable de coros que gritan hasta donde puedan soportar cada amígdala estribillos de una extrema simplicidad, en el mejor de los casos, o de una vulgaridad chocante para quien se detenga a hacer la traducción sexual de los mismos; nunca me ha parecido a la altura de otra música cubana que podemos llamar clásica. Alguna frontera discutible debe dividir, me digo, a la música del ruido. Si algunas diferencias pueden nombrarse entre la mayor parte de la música escuchada en Cuba en el último medio siglo, y otra a la vez popular y clásica, son sin dudas la calidad de las letras y las dosis y el revuelo de la bulla.

Algo que me convence de la autenticidad de este arte de hacer ruido, es la gestualidad que lo acompaña: no hay bulla criolla sin movimiento. Los gestos voluntarios y generalizados van y vienen de par con el alboroto. Un grito en Cuba no hace acto de aparición sin su correspondiente estridencia corporal. Esta participación del manoteo en plena turbulencia chillona está tan presente en nuestras vidas que sólo vemos su vulgaridad cuando nos situamos lejos de esos disturbios cotidianos.

Esa sincronía aparatosa entre ruido y aspaviento denuncia una complicidad del lenguaje y los sentidos del cuerpo de los escandalosos, como si el ruido fuera una natural onomatopeya, la regla y no la excepción de la comunicación en la sociabilidad cubana contemporánea. El más discreto cuerpo cubano parece ya listo a reaccionar con regocijo o resignada obediencia al ruido. He aquí uno de los misterios de la indumentaria acústica actual de lo cubano: ¿el ruido es voluntario o impuesto, intencional o espontáneo?

Con el tiempo he llegado a creer que en Cuba el ruido y su producción sostenida sin consenso, forman parte de una estrategia del poder para dispersar el interés por las cuestiones esenciales. A falta de pan, circo. De todas maneras es mucho más fácil propagar el circo que ser eficaces productores de pan. Disgregar en el programado alboroto colectivo las individualidades, castra a las personas el tiempo y el espacio para reflexionar o exponer un descontento.

El silencio y la soledad son siempre sospechosos en una sociedad totalitaria, porque son sinónimos de una libertad que escapa al inventario riguroso de los individuos. Aprovechar esa tendencia natural a la dispersión extrovertida por el baile y otras manifestaciones del bullicio (celebración de efemérides patrias, distribuir camiones de ron a granel, organizar precarios carnavales, obligar a asistir a desfiles donde se prometen al final auténticos aquelarres, etc), facilita el monopolio de la intimidad, y separa y estigmatiza a quien prefiera la introspección, la duda o la disidencia.

IV

Irme con G. a la piscina del hotel Los Caneyes en las afueras de Santa Clara nos pareció la mejor de algunas de las ideas para escapar unas horas a nuestros dos comunes enemigos: el calor y el ruido. Basta pasar la entrada una vez haber pagado la correspondiente cuota que te obliga a consumir un pedazo de pollo con papas fritas, cuando nos recibe un coro ensordecedor que las bocinas del bar propaga, una música estridente que mi incultura no puede clasificar. Alrededor del serpentino trazado de la piscina se pueden ver a grupos de personas en bañadores, todas con un vaso plástico con algún alcohol en las manos, saltando, ejercitando pasillos de un baile, a la vez que canturrean a toda voz el estribillo de una canción que deben conocer de memoria porque yo apenas puedo adivinar algunas palabras sin llegar a completar una sola frase.

Encontramos abrigo G. y yo para el sol bajo unos acogedores parasoles, pero no podemos, como es de suponer, escondernos del ruido que, una vez más, es recibido con euforia por una multitud de compatriotas que uno no sabe cómo hacen para pagar una entrada que corresponde al salario de un mes de un cubano.

Las decenas de bañistas parecen ponerse de acuerdo y en una sorprendente coreografía dan efusivos manotazos (con la mano libre que no sostiene el vaso de ron) sobre todo lo que esté a su alcance, en un concurso de bulla cuyo objetivo es ser más ruidoso que su exaltado prójimo y que llega a su paroxismo cuando se repite, una, dos, tres, cuatro, innumerables veces el mismo estribillo para mí incomprensible que sale de los altavoces.

En un abrir y cerrar de ojos desaparece G. Ha salido corriendo: “La yuma (me dice gritando un muchacho de vientre prominente, cadena de oro al cuello y bermudas anchas y de colorines) se fue pa’allá pa’ la salida”, vocifera. Me encuentro a G. refugiada en el hall del hotel, la única de las cabañas, imitación todas de bohío de indígenas, con un aire acondicionado que la aérea y protege del ruido ambiente.

Como no quiero perder mi dinero y acabamos de llegar, no me queda más remedio que volver a la piscina a ver si convenzo al disc-jockey de moderar la música. Atravieso el bar y allí está, entusiasmado por su visible éxito entre los bañistas, sonriente y bailando hasta el delirio al son de otro desatinado estribillo que tampoco adivino.

Me ve acercármele lo más posible y le pido, como puedo; gritando sus oídos y con gestos que, por favor, que si puede bajar un poco el volumen el audio. Supongo, claro, que no puede discernir lo que le digo, porque se vira hacia una chica que no he visto y que baila sola más cerca del equipo de audio y le grita:

          -Mamita, por fa, métele hasta el fondo que el socito quiere la música alta pa’vacilar con la yuma...

V

Supongo que debe ser excesiva, en medio de tanto ruidoso malentendido, mi pasión por el silencio. Dejando de lado el para mí imposible misticismo de San Juan de la Cruz creo exagerar mi preferencia por eso que George Steiner nombra el silencio de los libros. Si escribir es un acto ruidoso, la paz de la lectura es un pacto silencioso. Pretendo ir más lejos; cuando digo silencio hablo de la propiedad individual de lo más íntimo, del derecho a poder dejar pasar las multitudes.

Reconozco que algo injusto tiene que haber en mi manera de escribir sobre lo que considero un arte desatinado. No puede ser, me digo, que una mayoría tan propagada de mis compatriotas no tenga derecho a revindicar con loables razones su sincera pasión por el ruido, su capacidad de parecer odiar al silencio y al mismo tiempo combatirlo con maniático frenesí.

Ahora cuando quiero relatar lo vivido durante seis semanas de vista en Cuba no puedo, como bien aconseja Le Clézio, pasar por alto al ruido. Escribir es tal vez mi única manera de integrarme a esa sinfonía para mí desagradable, aun cuando siga pensando que algo torpe, repetitivo y manipulador se esconde detrás de la propagación intencional del ruido, que algo trascendente para el espíritu se le escapa a ese permanente arte de la bullería del cual sólo he podido estar a salvo yéndome de Cuba o escribiendo ahora mi regreso.

Ilust: La Llegada de Asbel Gómez Dumpierre

Partager cet article

Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article

Présentation

  • : La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • : Comentarios sobre la literatura y la actualidad cubanas e internacionales
  • Contact

Liens