Quantcast
Samedi 8 juin 2013 6 08 /06 /Juin /2013 12:29

Magritte.png           

           La arena de las playas desaparece de noche. La roban aventureros de la madrugada para cimentar paredes de hoteles y residencias de lujo. En Marruecos y en Sierra Leona, pero también en Jamaica y Barbados. Playas desnudas ante la inmensidad del mar. Hasta las orillas del sagrado Ganges indio son saqueadas. Con arena de otras islas o del desierto se construyen otras islas artificiales en Dubái, leo en Le Monde mientras viajo en el metro.

            Cuando llueve suelo perderme. Quizás la lluvia perturba mi visión de los nombres de las calles y los números de las casas cubiertos por el agua. Ayer por la tarde me he perdido en el norte de la ciudad. No sabía cómo encontrar la dirección donde presentaban unos muchachos de Estrasburgo la traducción francesa de una novela de Alberto Laiseca. Llevaba conmigo mi enorme paraguas azul marino, y a pesar de sentirme seguro con él bajo el agua sin tener que zigzaguear para protegerme; me he perdido.

         Viví alguna vez por esta parte de la ciudad. Hasta llegué a tener para mí solo un gran apartamento, y aunque no supiera bien cómo iba a pagarlo, organizaba de vez en cuando fiestas. Desde mi habitación tenía el privilegio de ver un extenso jardín de la casa de los bajos. Frente a mi ventana una colegiala  se desnudaba con la indiferencia y la credulidad de sus años al llegar de clase. Un día entró a mi aula: había crecido y ya era algo más que una adolescente. Aún recuerdo su asombro el día en que, durante una pausa, le dije la dirección exacta de la casa donde ella vivía. El tiempo en que creció esa muchacha me alejé de estos barrios donde ayer me he extraviado.

            Caminando bajo la lluvia recuerdo que a esta misma hora está anunciado un discurso de Mario Vargas Llosa en la sala Descartes de La Sorbona. Me imagino que el lugar está repleto de gente que veo con frecuencia aunque quiera evitar: profesores de cuellos estirados que miran de reojo si son vistos por otros colegas que como ellos ejecutan el mismo ejercicio de vigilarse a escondidas. Periodistas. Esnobistas que buscan la foto al lado de la celebridad que no han leído. Y hasta de estudiantes ávidos de pedir el autógrafo al premio Nobel mencionado en clase por profesores de rígidos acentos castellanos.

La primera vez que vi a Vargas Llosa fue en la Maison de l’Amérique Latine.  Un lugar de un curioso lujo ése. Lo mismo vez a embajadores bebiendo champán que a desaliñados con imágenes del Che Guevara. Uno de los tantos guerrilleros latinoamericanos de salón que pululan por París agredió verbalmente esa tarde a Vargas Llosa. Por lo que ya se sabe, claro: su militancia por el liberalismo, su antigua candidatura de derecha a la presidencia de Perú, y todas esas cosas.

Pero eso fue antes del Nobel, seguro que ahora ya no ocurre. Y seguro también (apuesto lo que sea) que él hablará de Flaubert. En Francia Mario (como lo llaman los íntimos que alguna vez he frecuentado) siempre habla de Sartre y de Flaubert. Quién iba a decirlo, ¿no?, Vargas Llosa que vivió años en el anonimato de esta ciudad -como cuenta en sus memorias El pez en el agua- ahora recibido bajo un aguacero de aplausos por medio mundo.

Yo no he leído a Alberto Laiseca. Pero hoy me dio por ir a escuchar qué se dice de él y no sentarme a aplaudir en la Descartes. Huele por toda la ciudad a lluvia sucia de una agotada primavera. Voy hasta una esquina deslizándome con cuidado bajo el alero del techo del metro, que en esa parte de la ciudad sale a la superficie, y cuando intento preguntarle la dirección que busco a una muchacha espigada que mira a todos los puntos cardinales, nos reímos ambos: tiene entre sus manos un mapa de la ciudad.

Volví sobre mis pasos y comencé a caminar en dirección contraria hacia uno de los canales del Sena. Fue entonces que apareció ante mí la imagen del poema “El anciano mendigo de Cumberland” de Wordsworth. Un viejo con sombrero pedía limosna sentado en una esquina. Sobre su mano extendida sólo caían gotas de lluvia, pero era la única parte de su cuerpo que se mojaba; el resto estaba protegido por el frontón de un pórtico.

Harold Bloom, que ha comentado el poema de Wordsworth, cree ver en la imagen del mendigo una revelación de las cosas esenciales de la vida. En el poema el viejo pordiosero, sentado en una colina, deja caer de su mano de manera inconsciente migajas de pan que unos pajaritos tratan de atrapar.

Hace tiempo aprendí que cuando se está perdido es mejor preguntar las direcciones a personas que no siguen el ritmo de los horarios que impone la ciudad. El anciano me respondió algo que al principio no entendí. Después sí. Después pude descifrar lo que me decía y le di las gracias. Llegué a una bifurcación y pude distinguir el nombre de la calle que buscaba: quai Valmy, la prolongación, supongo, de un antiguo atracadero.

Me volví antes de cruzar la calle, y a pesar de la cortina de agua pude ver la silueta del mendigo en la misma posición; parecía una isla, sin que cayera pan de sus manos ni se acercara ningún pájaro.

El número 200 no existe. Lo digo ahora después de recorrer toda la calle paralela al Sena. Tuve que volver sobre mis pasos porque los números se sucedían de forma creciente. Llegué ante el 205 que es donde comienza en realidad el llamado quai Valmy. Sentí arreciar los golpes de los goterones sobre mi paraguas. Alguna que otra ráfaga traía con el aire hasta mis manos la humedad de la lluvia. No es como en invierno que uno tiene guantes, nada protege las manos del agua de estas lluvias sin estación precisa. Con dificultad saqué el cuaderno para comprobar que había anotado bien el 200 y no el 205.

Sin embargo me percaté que estaba ante la puerta de cristal de una especie de viejo almacén convertido en centro cultural. Me acerqué y pude distinguir, a los lejos, las siluetas de un grupo de personas reunidas alrededor de una mesa ovalada. Miré el reloj. Como temía, si aquel era el lugar de la presentación, había llegado con más de una hora de retraso. Preferí no molestar.

De vuelta, y sin darme cuenta, atravesé el canal, y busqué la entrada del metro más próximo en la acera opuesta al mendigo. Seguía lloviendo. Un muchacho rodando sobre una patineta pasó por mi lado. Llevaba consigo un libro cerrado bajo el brazo, y una de sus piernas empujaba con ímpetu el artefacto mientras se agarraba al manubrio con su mano derecha.  

Al salir hacia lo alto, por encima de la ciudad, y describir una parábola el vagón del metro donde viajaba, pude ver a través de los cristales de la ventanilla empañados por el agua, al muchacho de la patineta que se detenía ante el mendigo quizás preguntándole la dirección de alguna calle que el aguacero le había borrado. Visto desde lo alto el agua cubría toda la avenida y las dos siluetas parecían de lejos dos gotas de arena en medio de un océano.

Esta mañana el corresponsal de El País cuenta que el discurso de Vargas Llosa se perturbó anoche por desperfectos técnicos del micrófono de la Sorbona. Al parecer el orador tuvo que dirigirse al auditorio a viva voz. Por un momento imaginé al escritor, leyendo su arenga  de pie y sin micrófono, ensordecido también por el ruido del diluvio que a esas horas debía caer sobre la sala Descartes, mientras él citaba a Sartre y a Flaubert, sintiéndose, a pesar de todo, como un pez en el agua.

Ilust: Ximo Gascon, Homenaje a Magritte: http://d-soul.tumblr.com

 

 

Par Armando VALDES-ZAMORA
Ecrire un commentaire - Voir les 3 commentaires
Mercredi 5 juin 2013 3 05 /06 /Juin /2013 11:41

Peinture-Chat-noir.jpg

LES CHORISTES

En el edificio de enfrente, a las tres o tres y media de la madrugada, cada noche se ponía a cantar. Yo la oía:

-Debout, les damnés de la terre …Debout, les forçats de la faim…

Es Madame Gaceñiga, la soprano políglota del barrio. Probablemente, la única soprano loca de la ciudad: un privilegio, un lujo, una exquisitez.

Madame Gaceñiga tiene más o menos años, nadie lo sabe bien. Y vive, por supuesto, en la más absoluta soledad. Su contacto con el resto del planeta se realiza a través de los gatos. Decenas, cientos, acaso miles de gatos. Políglotas en su mayoría también como ella. Y como ella, insomnes y operáticos hasta la enfermedad. Es decir, Madame Gaceñiga no vive sola en absoluto. Al contrario: tal vez sea el ser más acompañado del barrio, la ciudad, y hasta de nuestra desvelada nación.

-Arise, ye workers from your slumber…Arise, ye prisoners of want…

Hace años que a Madame Gaceñiga le ha dado por perfeccionar las notas iniciales de “La Internacional”. Como es sabido, se trata de un arreglo musical de Pierre Degeyter (su compositor favorito, por lo demás), quien al parecer llegó a ser incluso su amante, en 1930 o 1932, siendo él mismo ya un anciano y ella una solterona republicana de paso por París para estudiar el bel chant.

Hace décadas que, según dicen, con un fémur humano (acaso del propio Pierre Degeyter), la madame dirige a su coro de felices felinos (todos machos pero castrados) desde la medianoche hasta el amanecer. Hace décadas que (y esto nos consta a cada uno de sus vecinos) la madame sacrifica a uno de sus vocales tras la velada: tal vez al que peor desafine. Al parecer, de eso se alimenta ella en su ostracismo. Y también del resto de su tropita coral. Los huesos remanentes son lanzados entonces desde una ventana hacia el tambuche plástico de la esquina, aunque casi ninguno acierta, y así se va creando un cementerio fósil que nadie se atreve a limpiar por miedo a que Madama Gaceñiga sea bruja.

-De pé, ó vítimas da forme…De pé, famélicos da terra…

Este holocausto, por supuesto, implica forzosamente cierta reposición. De ahí que los vecinos ya no dejan salir nunca a sus gatos machos sobrevivientes. Aunque en los consejillos de vecinos se ha valorado denunciarla a alguna instancia paramédica o parapolicial, la naturaleza ideológica de la canción ensayada por la madame, así como su relación afectiva con un ícono de la izquierda internacional de la talla de Pierre Degeyter, han votado a favor de Gaceñiga. De hecho, todas las escuelas y empresas del barrio se llaman desde hace décadas “Pierre Degeyter”, y en sus respectivos murales florece la biografía del músico plagiada de una enciclopedia digital.

-Ontwaakt verworpenen der Aarde Ontwaakt verdoemd in hong’ren sfeer

En lo personal, he preferido aliarme a nuestra soprano local. Supongo que no sea muy elegante hacerle una guerrita fría a quien tiene más o menos cien años. Así que, noche tras noche, a las tres o tres y media de la madrugada, cuando desde el edificio de enfrente ella y sus pupilos se ponen a ensayar otra vez, en la penumbra muda de mi apartamento yo comienzo, también, y sin la menor ironía o parodia, a tararear las notas iniciales de “La Internacional”.

Sé que no afino especialmente y que Madame Gaceñiga enloquecería de rabia si me escuchara entonar: imagino incluso su fémur humano chocando toc-toc-toc contra mi occipital. Sé que mis amigos dicen que yo lo hago para paliar mis persistentes temporadas de insomnio. Pero no es así. En absoluto.

Resulta que siempre me han fascinado las posibilidades creativas y clandestinas de los idiomas extraños. Creo que en cualquier otra lengua, que no sea la natal, es posible narrar ciertas sutilezas secretas que, en este caso, se escapan del universo físico de nuestro idioma español. Asumo que esto no tiene mucho que ver con la tan manoseada libertad de expresión, sino en todo caso con la inexpresión. Sé que no puedo transmitir del todo mi idea. En fin, no sé. Mejor óiganme interpretar estos floreos de Madame Gaceñiga a ver si, mal que bien, me ayudan a mostrar lo que les quisiera directamente decir:

-Debout, les damnés de la terre …Debout, les forçats de la faim…

-Arise, ye workers from your slumber…Arise, ye prisoners of want…

-De pé, ó vítimas da forme…De pé, famélicos da terra…

-Ontwaakt verworpenen der Aarde Ontwaakt verdoemd in hong’ren sfeer

Tomado del libro Boring Home, Premio Franz Kafka, Garamond, Praga, 2009.

Ilust. couleuretarabesque.artblog.fr

Par Armando VALDES-ZAMORA
Ecrire un commentaire - Voir les 1 commentaires
Samedi 25 mai 2013 6 25 /05 /Mai /2013 07:37

 

Montoto-Otono.jpg

Me fui de regreso a Cuba también para comer frutas. A tratar de recordar el sabor de la pulpa de los mameyes. Fuera de Cuba sólo he podido comer mamey en Miami. Cada vez que aterrizo en el aeropuerto de Miami mi padre me saluda de la misma manera: “Ya te compré los mameyes, chico”…Y al llegar a su casa mi tía me abre la puerta con el ruido de fondo de la batidora. Porque los que conocen el mamey saben que su batido es el mejor del mundo…al menos eso piensan muchos cubanos.

Según Lezama Lima el mamey “atolondra al extranjero, brindándole por el color un infierno cordialísimo”. Para mí volver a probar el néctar del mamey sería una de las pruebas de haber vuelto a casa. La casa original, no la de enfrente. Pocas horas después de llegar se confirmó por mil razones que yo era un extranjero atolondrado en mi propia casa, pero más por la búsqueda de su recuerdo que por poder saborearlo: habían desaparecido de momento las cordialidades del infierno.

El mamey se convirtió así en la piedra filosofal de mi paladar durante el viaje. Ante su ausencia fui dejando instrucciones para su búsqueda y captura a cuanta persona cruzara en mi camino. ¡Si ven mameyes, avísenme!,  supliqué  a familiares y a vecinos, a choferes de coches de alquiler y a vendedores ambulantes, a grupos de jugadores de dominó en los portales, y a un jabado que se dedica a llenar fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara.

“La patria es un plato de comida. Yo me como mi país todos los días”, le gustaba repetir al escritor habanero Eliseo Alberto Diego desde México. Para visitar bien un país hay que comérselo, me digo yo. Al menos intentarlo. Es decir, comerse un país también es un ejercicio que nos ayuda a asimilarlo mejor. Un acto casi de consciente canibalismo turístico.

Comerse a su país es una de las pocas soluciones que uno tiene para volver a él y a las edades perdidas en otras geografías.

Lo supe tarde. Tal vez porque en La Habana perdí mi paladar en los años noventa. Supongo que el café mezclado con chícharos, los caldos de cáscara de plátano, el picadillo de soya, un brebaje llamado cerelá, y otras invenciones gastronómicas de la época, masacraron sin piedad mis papilas gustativas. Casi de manera irreversible, lo confieso. Son testigos unas cuantas francesas que descubren con estupor mi incapacidad para catar ingredientes y especies.

Lo supe tarde, repito, eso de comer para conocer. Y casi a la vez, en Lisboa y en Venecia. No en París, donde la cocina, apresurada y cara, escamotea los detalles de lo auténtico, escribió Stendhal, al llegar a la capital francesa desde Grenoble, y antes de irse a vivir a Italia. Fue en Lisboa, almorzando bacalao con una botella de vino verde, y en Venecia, al cenar una pastas al dente con un aromático pesto en un pequeño restaurante llamado Archimboldo, que descubrí esas maneras deleitosas de poseer invisibles maneras de vivir.

Como era de esperar las frutas que fui a buscar a Cuba en mi regreso fueron las que me inventé en la lejanía de las bufandas y de los sabores congelados de los supermercados de Europa. Las frutas y las playas son las venganzas leves de nuestro torpe nacionalismo cuando se suele hablar de orígenes y emblemas. Ante la ausencia de monumentos y de lujos refinados tenemos que echar mano al sol, es decir, a la naturaleza, y al ritmo de ciertas sonoridades.

Me levanto al amanecer. El aire acondicionado con su ruido protege el sueño de G. de mis sigilos de desnudo felino hacia la ducha. Paso por el jardín de este apartamento que alquilamos en Nuevo Vedado. En short y sandalias salgo a la calle. Único momento, lo sabe mi pasado, de pausa fresca antes que aparezca el sol de agosto. Voy con una jaba bajo el brazo en busca de frutas para G. que en París anunciaba a sus amigas pasar su próximo verano en una hamaca a la sombra de un cocotero.

Subo la calle Tulipán y atravieso la avenida de Rancho Boyeros. Veo despiertos a pulcros ancianos que arrastran sus pies y los cuerpos ajados como sus ropas por los años bajo el sol. Me pierdo y paso delante del dormido Ministerio de la Agricultura. Pregunto a una señora que, estática en una esquina, mira (supongo) al cielo, ¿dónde está el mercado?, y al doblar a la derecha percibo la cola de jubilados que espera la hora de apertura.

Junto a la entrada cerrada una señora vende bolsas plásticas a un peso y se asombra que no compre ninguna. Abren la verja de alambres, pero nadie corre como esperaba yo: dentro no hay frutas que puedan desaparecer, ni hortalizas, ni carnes; ya han desaparecido antes. Y no hay mucho dinero tampoco. Las siluetas cansadas de los viejos son más bien una procesión que viene formalmente a observar si en los kioscos queda algo que comprar.

El mercado lo forman casetas con techos bajos que protegen de la luz hasta no dejarla pasar, y tablones que, a modo de mostradores, dejan ver las piernas velludas de los vendedores en short, junto a montículos de mercancías amontonadas por el suelo.

De nada sirve que me miren con desconcierto al repetir que busco frutas. Lo que veo a mi alrededor me parecen piezas en miniatura de un verde negruzco. Esparcidas por cajones agrietados se pueden ver, descoloridas y enanas, algunas frutas que se parecen a las que busco: mangos, plátanos y guayabas. No hay más. No hay naranjas. Imposible beber un jugo con su zumo en el desayuno. “En verano no hay lechugas ni tomates”, me responde un vendedor joven entre dos coplas de reggaetón que se escuchan desde alguna parte: “eso es de invierno”…

Ante mi evidente decepción un vendedor me llama (al decirme “amigo” me percato que ha descubierto que vengo del extranjero), y me muestra perniles de carne que después sabré son de puerco; cortados y expuestos sobre una bandeja de madera que parece mojada y sobre la cual revolotean moscas.

Cuando voy a pagar las pocas frutas que elegí, el vendedor y un anciano que está en la cola miran golosos el puñado de pesos cubanos que saco del bolsillo: quizás unos 10 euros que es el equivalente de la jubilación de quienes me rodean.

Al caminar de vuelta junto a algunos transeúntes despierta el sol: veo mi sombra sobre la acera. La misma sombra que G., leyendo sentada en el jardín, se cubre con un sombrero. Persuadida G. que, si bien no ha dormido en la hamaca del cocotero imaginado en París, le llevo las frutas tropicales que supone ella desbordan mi bolso mañanero.

A falta de otras frutas comemos mangos y guayabas. Durante interminables desayunos comemos mango y guayabas en todas sus variantes. Son exquisitos, decimos en Cienfuegos, en Trinidad, en Viñales y en Santa Clara, al despertarnos. “Crecen silvestres y los vende la gente en la calle”, me aclara sobre la invasión de mangos un señor en Trinidad a quien he ido a preguntarle si sabe de mameyes.

No bastaba a mis caprichos el placer de tomar un cuchillo en un amanecer adelantado por el calor, y pelar un mango sentado en un portal donde ves aún gotas de rocío y escuchas cantar los gallos. Faltaban los mameyes. Y cuando vimos G. y yo unas piñas en el mercado del estadio Sandino de Santa Clara, el regocijo del hallazgo en unos segundos se convirtió en broma: parecían de juguete de tan minúsculas e incoloras.

Cuando menos lo esperaba apareció el mamey. De vuelta de haber ido a correr al Campo de Sport, el muchacho que llena fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara me llama. Días antes le he llevado un paquete de fosforeras de regalo que G. me trajo de Francia, después de habérselas pedido para él por teléfono.

“Ya esto no es el psiquiátrico, chico, ahora es una escuela de ballet”, me aclara mientras busca para mí, dice, “un regalo”: “Aquí tienes un mamey”, y me lo muestra con una sonrisa y una aclaración: “Bueno está un poco pasado, sabes, como tu andabas dando vuelta por toda la isla se maduró demasiado”.

En la cocina de mi madre preparo el batido con hielo en una batidora que de usada y descompuesta produce un ruido tan infernal como el de una locomotora que ruge a lo lejos. Le doy antes a probar una rodaja del mamey a G.: “No me gusta el sabor, parece podrido”, me responde: “prefiero los mangos”.

Termino de hacer el batido. Por supuesto que hace calor y me voy al portal a tomarlo congelado. Mi madre me pregunta desde su silla de ruedas cómo ha quedado:

-Está buenísimo, le comento. De todas formas en París no existen los mameyes.

Ilust: Otoño de Arturo Montoto

Par Armando VALDES-ZAMORA
Ecrire un commentaire - Voir les 7 commentaires
Dimanche 19 mai 2013 7 19 /05 /Mai /2013 08:06

Calle-Arguelles.jpg

 

TE GUSTARIA ESCRIBIR COMO LOS GRANDES

Claro, te gustaría escribir como lo hacen los grandes,

pero para eso debiste  haber tenido experiencias muy distintas,

debiste haber conocido el verdadero París

y no un bar de la calle Argüelles de Cienfuegos

que ni siquiera se llama París,

se llama La Lonja y allí sirven un mejunje de porquería

que ni siquiera es ajenjo,

es puro matarrata o chispa de tren como lo llaman los sabios.

Hasta las mujeres que amaste están marcadas por no ser de París.

Así, es muy difícil solazarse en el verso

como lo logran los grandes,

así sólo te queda adentrarte en tu pequeña verdad

como en una cueva donde entras sin linterna

y  donde no siempre sales ileso,

en un túnel al final del cual no está Notre Dame

sino la funeraria de Cienfuegos

 y si la suerte te acompaña

 saldrá en un periódico de circulación nacional:

Ayer murió el escritor.

¿Y quién es ese? preguntará más de uno

Y tú, ya muerto,  te deslizaras sobre la niebla

                                 de la noche insular  y sus jardines invisibles

y pensarás en lo fatal de no haber nacido en París,

lugar donde como sauces se alzan los poetas

y  los que se creen poetas que es casi lo mismo.

SI A VALLEJO LE HUBIERAN DADO EL NOBEL

 Si un segundo antes de morir de inanición

a Vallejo le hubieran dado el Nobel todo sería distinto

Vallejo premio Nobel diría en los libros de historia,

y de seguro a Van Gogh la vida le hubiera reservado algo agradable

justo antes de que se cortara la oreja

justo antes que se perdiera en ajenjo de tanto ser olvidado,

quizás algún marchand compraría alguna de sus obras,

o alguna muchacha de las que pasean por las orillas del Sena

se hubiera detenido un segundo a admirar su cara de atormentado,

de bueno para nada,

todo eso para garantizar el futuro premio Nobel de Vallejo.

Porque si Vallejo fuera premio Nobel

se podría meditar con más calma,

ya no fuera tan precisa la convicción

de que la vida es una mierda.

Siendo Vallejo premio Nobel

tú y yo también seríamos un poco premio Nobel

aunque no nos postularan,

aunque nadie diga se merece un Nobel:

 un país de premios nobeles,

un país de bebedores de ajenjo y desorejados.

Vamos a cantarle una nana a la noche.

Vamos a cantarla junto a Van Gogh y Vallejo.

Y los que nunca jamás seremos premios nobeles,

ni de contra: Porque para ser premio Nobel

no basta con morir en París con aguacero.

Ilust: Calle Argüelles.

 

Marcial Gala es un escritor cubano que vive en la ciudad de Cienfuegos. Su novela La catedral de los negros ganó el premio Alejo Carpentier de 2012 y  acaba de publicarse en La Habana.

 

 


Par Armando VALDES-ZAMORA
Ecrire un commentaire - Voir les 1 commentaires
Samedi 4 mai 2013 6 04 /05 /Mai /2013 21:16

Cortes-2-copie-1.gif

El verdadero autor de la célebre Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es Hernán Cortés y no Bernal Díaz del Castillo. Ésta es la tesis del historiador y antropólogo francés Christian Duverger expuesta en su libro Cortés et son double (Crónica de la eternidad en la traducción al español que publica en México la editorial Taurus).

La tesis, por supuesto, ha sorprendido y escandalizado a medio mundo. Quiero decir a los dos mundos: al viejo (Europa, más bien España, porque a los franceses les encanta este tipo de debate) y al nuevo (América Latina, bueno, más bien México, lo cual puede entenderse). Y no es para menos: de un soplido Duverger hace borrón e Historia nueva de la autoría de una de las escrituras clásicas del castellano, de la historia colonial e, incluso, de la literatura hispánica. El Otro deja de identificarse con ese “hijo de la chingada” que, en opinión de Octavio Paz, configura lo ajeno en la psicología social de los mexicanos.

 Tanto por el tema como por su composición y su lenguaje,  puedo afirmar que Cortés et son double es un libro exquisito. Me ha permitido además (digámoslo con honestidad: me ha obligado a) leer de otra manera la Historia verdadera, y a familiarizarme con cronistas, hechos  y personajes de la época de la conquista.

Hace unos años en una librería de Barcelona me enteré que el Lazarillo de Tormes ni era anónimo ni se le atribuía sólo a Diego Hurtado de Mendoza. Según una tesis de Rosa Navarro Guzmán, el autor del Lazarillo es Alfonso de Valdés, erasmista y secretario de cartas latinas de Carlos V. Cito este ejemplo porque, como escribe Roger Chartier en una reseña publicada en Le Monde, no se trata, en el caso de Duverger, de restituir un libro a un autor desposeído, o encontrar al escritor de un texto anónimo, sino de atribuir la Historia verdadera a alguien ya famoso.

Bernal Díaz del Castillo existió, pero no pudo, ni por su incultura ni por su imposible presencia en todas las epopeyas de Cortés, haber escrito ese libro clásico, nos explica Duverger. Cortés et son double se estructura alrededor de temas: la figura de Bernal Díaz del Castillo, los manuscritos de la Historia verdadera, y no sólo la personalidad de Cortés, sino también su relación conflictiva con el rey Carlos V de España, quien prohíbe en vida de Cortés la difusión de sus Cartas y ordena quemarlas en plazas públicas en 1527. “Más me cuesta defenderme del fiscal de vuestra Majestad que ganar las tierras de mis enemigos”, le escribe Cortés a Carlos V, quien, por cierto, nunca habló castellano en España, sino francés…

Sorprende de manera agradable el estilo elegido por Duverger: un simulacro de novela policíaca que muestra pruebas al lector hasta proponerle descubrir al culpable, quiero decir, al auténtico creador de esa escritura fundacional.  

Eso sí, se trata de una novela policíaca histórica y auténtica. Quien escribe sobre el estatuto de un libro clásico es en realidad un investigador, un académico, y no un crítico literario ni un periodista. Esto a la vez desarticula ciertos gestos coléricos de los fustigadores del libro, y fundamenta el rigor de los diez años de investigación que antecedieron la tesis que se expone.

Celoso de conservar un ritmo creciente en la narración, Duverger consagra, repito, la primera parte de su relato crítico a la figura de Bernal Díaz para demostrar lo que él denomina dos imposibilidades en el cronista. La imposibilidad de tener la suficiente cultura para manejar las citas y referencias literarias del texto (sólo 12 de los 540 soldados de Cortés sabían leer y escribir y el nombre de Díaz ni siquiera aparece en los archivos de los expedicionarios,) y la imposibilidad de recordar medio siglo después acontecimientos contados por un hombre de 84 años.

En su prólogo a la edición de 2005 del Colegio de México, el especialista José Antonio Barbón Rodríguez resalta estas incoherencias que aparecen asociadas: Bernal mintió sobre su presencia en la expedición de Juan de Grijalva lo que supone desconfiar también de otros aspectos de su personalidad como, escribe, los alardes de conocimientos de un simple soldado. Esta lúcida prueba de suspicacia de Barbón, podría acrecentarse con la tesis de Duverger que, de aceptarse, agregaría más méritos a la composición apócrifa de Cortés.

Además de la pereza intelectual que representa no indagar a fondo las incongruencias en torno a la persona de Bernal, es más agradable aceptar que un simple soldado trasciende como testigo ocular de una epopeya ilustrada sin los atributos de la jerarquía. Este gesto, además, hace recaer en los otros (en Cortés), el papel nefasto de lo que muchos consideran un genocidio.

En opinión de Duverger, entre 1543 y 1546, Cortés, impedido por la corona de escribir y publicar, dicta por el día al eclesiástico López de Gómara sus memorias, y por las noches y a escondidas concibe el relato anónimo de un soldado testigo imposible de todas sus hazañas, es decir, la Historia Verdadera. El estilo de sus famosas Cartas de relación a Carlos V, los dos años de formación pasados en la Universidad de Salamanca, y las reuniones de un cenáculo literario para notables de la ciudad de Valladolid que Cortés animara al final de su vida, justifican la erudición de la prosa del libro.

La parte menos convincente de Cortés et son double es sin dudas la que especula sobre la súbita aparición del manuscrito de Valladolid en Guatemala donde aún se conserva. (Un manuscrito –todos lo admiten–  abarrotado de inquietantes borrones y adiciones). Duverger lo explica como una historia entre hijos: los tres hijos de Cortés desembarcan en México para recuperar las posesiones de su difunto padre y llevan con ellos el manuscrito. Ante el fracaso de sus proyectos, trasladan el texto a Guatemala y va a dar a manos de Bernal Díaz, el último sobreviviente de una parte de la remota epopeya. Un hijo de Bernal adapta el texto para dar la autoría a su padre y hacer valer así sus méritos para conservar como herencia su encomienda.

Sin embargo se necesitan sólidos argumentos para contradecir las conclusiones a las que llega el análisis genético de Duverger. No son sospechosas sólo las añadiduras y tachaduras del texto original, sino también sus anacronismos y contradicciones: la más convincente, la de un pasaje del libro de Gómara que nunca se publicaría en la edición definitiva. Sólo Cortés, secreto conocedor de los dos textos, habría podido conocer este pasaje del original dictado en Valladolid a su amanuense y condenado por la Inquisición en 1552.

Duverger sabe que le falta una pieza para completar su teoría: la rehabilitación de la figura de Cortés. No basta con destituir al falso soldado para poner sus nuevas cartas en la mesa de la Historia del continente, hay que demostrar que el culto escribidor es también un humanista intelectual del Renacimiento.

La fascinación de Cortés por los aztecas, dice el antropólogo francés, lo llevó a concebir un mestizaje para proteger la cultura mexicana del proyecto de exterminio y evangelización de la conquista. Esta hipótesis desarticula muchos lugares comunes repetidos maliciosamente por los historiadores, y viene a confirmar una idea de Octavio Paz expuesta en su ensayo El laberinto de la soledad: “La tradición española que heredamos los hispanoamericanos es la que en España ha sido vista con desconfianza o desdén”.

 

 


Par Armando VALDES-ZAMORA
Ecrire un commentaire - Voir les 2 commentaires

Présentation

Images Aléatoires

  • Ensayos por el centenario de Lezama
  • Rev. Encuentro
  • Univ. Strasbourg
  • Nouvelle donne
  • Univ. Sorbonne Nouvelle (2)
  • Cyclocosmia
Créer un blog gratuit sur over-blog.com - Contact - C.G.U. - Rémunération en droits d'auteur - Signaler un abus - Articles les plus commentés