(Palabras a los intelectuales)
JANOS TROPICALES
(La jauría del otro lado)
Una vez cerrada la puerta que nunca abrieron a quienes no fueran miembros de la cofradía, se han ido marchando despacio hacia el otro lado de los banquetes y las nevadas. Muy despacio y con
sonrisas en todas las direcciones de la máscara, se han ido deslizando para preparar mejor las coronas y el césped de los recibimientos como héroes.
No tardarán de nuevo en sacar una vez más a gritos de abajo del agua las espadas oxidadas y el nuevo orden de las letras y las balas que ellos aprendieron a instaurar cuando el Tirano les daba de
comer a sus uñas limadas.
Ahora reniegan sus presencias de bufones en la corte o las transforman ante los agoreros que presagian la senectud de las estrellas fugaces. Repiten paso a paso hacia el protagonismo todo lo que
aprendieron en palacio donde fueron monaguillos elegidos al puesto más cercano de las ostras: la intriga de salón y las citas copiadas a un anónimo, la alianza firmada con el rigor del aire de un
susurro en los oídos, y también el grito de no dejar hablar en la gordura a quienes contradicen sus modales y sus órdenes.
Llegan por discretas legiones las metamorfosis de estos perros y la jauría se engrandece con sus ladridos, esperando los anuncios de volver a la corte una vez pasada las borrascas para ocupar de
nuevo el lugar del centinela frente al foso de los laureles.
Son reconocidos al instante por sus víctimas y detractores fugitivos: llevan en sus manos una llave de cera y el veneno borgiano de sus lenguas.
Están aquí o allá apareciendo como si no hubiera pasado nada en el reino de los delatores ni existieran esos náufragos errantes que ellos despreciaron con la otra mitad de la cara sonriente
vuelta hacia la aprobación y los premios del Tirano. Se invitan a la mesa de comensales condenados que creían haber logrado no verlos nunca más, y al final de la cena dan lecciones sobre el
coraje de vivir en otras latitudes de las playas.
Pero el tiempo es la sorpresa más puntual de todos estos aprendices tropicales de Jano y de sus descendientes, adeptos y consortes. Y no saben a la hora de extender los mapas de ceniza
conquistados por sus ansias de acallar al prójimo que se cruce en sus ascensos que Tiberino, el hijo único de Juno y de Camisé, murió ahogado en las mismas aguas inundadas que antes gobernara.
SIMPLE CONTRIBUCION AL ESTUDIO DE LA VENGANZA LIRICA
para Armando de Armas
Cómo me hubiera gustado poder beber en esa copa protegida de los golpes y de los escrutinios por la sombra verdeolivo.
Cómo me hubiera gustado acariciar los hombros de un amigo que conocía los horarios de los aplausos hacia el avión.
Cuántas veces me aproximé a las rejas y los guardianes de la buena suerte no vieron la rabia con las que mis manos pedían alejarme para siempre del hedor de los lobos.
(Oh guardianes que conozco y nuevos adictos de la intriga, confieso que hasta traté de copiar odas a las obedientes furias de guerreros de salón, himnos de patria sitiada por los enemigos
del discurso, pero me fue imposible convencer de mi fidelidad a los fieles)
Cómo me hubiera gustado partir esta manzana dándole la mitad a los pajaritos en vías de extinción como las mariposas y los gatos que en su precipitada huida de las piedras me impedían la
influencia de Baudelaire.
Ah, poderosos amigos al borde de piscinas con chin-chin de himnos y limones, cuánto hubiera dado por poder seguirles en sus simulaciones hasta el editor de los manuales y repetir arrodillado esas
sentencias que jurábamos a solas incinerar hasta la resurrección del mármol de la fama.
Ah, imprescindibles clásicos de un futuro postergado cada año, cuánto entusiasmo hubiera dedicado a la lista de los viajes, a esas veladas gloriosas de la entrega de honorarios después de
abundantes alcoholes y confusos giros en las camas de los jueces.
Por eso no me arrepiento:
Amigos que humedecían el alba con la fidelidad de las lenguas en los informes,
aspirantes a viajes de mendigo, vanidosos, policías, segur(osos) del rito de la vigilia de la patria contra el enemigo, tristes puntuales a la hora de la azada en el jardín con afinados
alaridos.
No me arrepiento de mi lejana contribución a las venganzas.
De encerrar con llave mi nombre en las maletas y aceptar después que aún espero que pase el aguacero.
Pacientemente espero.
Por eso (oh sincera manía de la memoria y los rencores!)
hiervo mis cuchillos oxidados, me escondo del suicidio, soplo el humo de la bala y la pistola que no tengo.
Y me siento otra vez a esperar por los periódicos para vengarme del informe, de la reunión y el brindis de las estrellas rojas, deshojando una rosa con la carcajada de algo repetido, tocando
desde lejos los hombros del censor y del poeta
cuando se confundan los silbidos del ángel,
el ardor de las rodillas en el pecho y los pies golpeen las nalgas,
y llegue la hora de los mameyes en los diccionarios
y el cambio de casaca deba comprenderse
como un diálogo democrático contra la violencia.
Tomado del poemario Imaginarias de un velero sugerido, Verbum, 2010.
Ilust: Velero sugerido de Jenny Alfonso Relova
Parece ser que la vecina de los bajos tiene novio. He mirado su vida,
sólo con los recesos de ausencias paralelas, durante los últimos años. Es esbelta, trigueña, pero con la piel muy blanca, de nalgas puntiagudas y breves, de piernas extensas y con miopes
espejuelos redondos como los de alguna que otra francesa de una película de Godard.
ccio brutto de Via Merulana (1957) del 