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22 mai 2016 7 22 /05 /mai /2016 20:57
BOXEADOR CUBANO YUNIER DORTICOS CONQUISTA PARIS

En la noche del viernes 20 de mayo, aniversario de la proclamación de la república cubana, el boxeador cubano Yunier Dorticós ha ganado por nocaut en París, el combate por el título mundial WBA en la división crucero.

Dorticós pasa a integrar así el prestigioso grupo de boxeadores cubanos campeones del mundo del boxeo profesional. Como decenas de otros boxeadores de la isla, Yunier salió de Cuba para tratar de hacer una carrera profesional desde Miami, ciudad donde reside. Pero su camino no ha sido fácil, como lo puede hacer creer su record: 21 victorias en 21 combates y 20 nocauts.

Quienes siguen el boxeo profesional saben que la llegada de los cubanos a este mercado en los últimos años, lejos de crear expectativas ha dado origen a toda una serie de dificultades para los atletas. Varias han sido las razones. Muchas veces el estilo de la escuela cubana de boxeo se ha citado como poco atractivo para peleas televisadas que deben propiciar grandes ganancias. En otras ocasiones las decisiones perjudican a los cubanos de manera inconcebible si se tiene en cuenta lo ocurrido en el ring. El principal inconveniente para los cubanos es no ocupar posiciones de poder entre los promotores y televisoras, esencialmente en mano de norteamericanos y de mexicanos.

Los cubanos que han salido de Cuba para buscar el reconocimiento y la fortuna que se creen merecer, no podían imaginar que más difíciles que sus rivales, iba a ser este universo de promoción, acuerdos, cálculos y estrategias comerciales.

Yunier Dorticos ha sido víctima de una cierta indiferencia de este mundo que lo ha llevado a pasar muchos períodos de tiempo sin poder combatir. Incluso la prensa cubana del exilio ha criticado o puesto en duda su preparación y su carrera. Pero la eficacia de su boxeo y su pegada no podían seguir siendo ignorados. A gritos pedía Dorticós una ocasión para mostrar su valor. Y ese día llegó y fue el viernes 20 de mayo. El cubano se enfrentaría al francés de origen congolés Yuri Kalenca, en París.

El combate

Contrario a lo que muchos podrían pensar después de la feroz rivalidad mostrada en el pesaje, el combate comenzó de manera muy serena. Sobre todo por parte del cubano. Tanto Dorticós como su equipo encabezado por su entrenador Eric “El Tigre” Castaños, estaban convencidos que había que ganar por nocaut. Si Yunier ha llegado hasta aquí es sobre todo por eso, su espectacular pegada no ha dejado que los jueces decidan. Según el puntaje de Canal + de la televisión francesa, Kalenga gana el primer round.

Los estilos son completamente diferentes. Kalenga (alías “El Toro”) es más bajo y musculoso. Su boxeo es rudimentario pero salvaje, se basa en su fuerza física, en su decisión de tirar y avanzar sin tregua, y hasta esta noche nunca ha sido noqueado. Dorticós reúne en su estilo varios elementos de valor. Es alto, de golpes técnicos, de movimientos elegantes en la media y la larga distancia, y con una mano derecha demoledora. En su noche de gloria mostró tener también un gran poder de asimilación y un mentón resistente.

El momento espectacular de la noche llega en el segundo round. Con varios uppercut repetidos durante seis segundos Dorticós logra tirar a Kalenga. El combate parecía no ser el mismo en lo adelante ante el estupor general del público que esperaba esa noche un campeonato del mundo que Francia no posee desde el 2007 fecha en que Brahim Asloum, campeón olímpico en Sidney 2000, ganara el título en los moscas contra el argentino Juan Carlos Reveco.

Sin embargo el nocaut de Dorticós no llega en ese momento ni en los rounds que se suceden. Por un momento los espectadores recobran la esperanza del milagro: Kalenga ataca y el cubano parece dar muestras de una peligrosa fatiga. La pelea se equilibra porque Kalenga parece recuperado.

Al round 10 llegan parejos: increíblemente los jueces dan empate a estas alturas. Pero Dorticós sabe que esa noche se juega su carrera y la gloria y saca un segundo aire que sorprende a todos. Este espíritu guerrero, esta decisión en medio de la fatiga extrema, quizás sea, más allá de la victoria que se acerca, la principal carta que muestra Dorticós al mundo del boxeo esta noche memorable del 20 de mayo: ya nadie duda que posee ese extra de los grandes.

El cubano se percata que el francés se ha sentido una de sus derechas y lo persigue casi sin aliento por todo el ring hasta que el árbitro le para la pelea a un Kalenga a la deriva que estaba Ko de pie.

El mundo a sus pies

Dorticós gano el día que había que ganar y de la manera que había que hacerlo. Los franceses adoran las historias de héroes nacionales con lejanos orígenes modestos. A sus ojos Francia aparece así como el lugar del reconocimiento a un talento y una voluntad ajenas, salvadas por la nación.

Kalenga tenía que ser el héroe de esa velada del 20 de mayo, en la cual el Canal + francés decidía retransmitir de nuevo combates de boxeo profesional, con todo el riesgo que eso implica en un país en el cual la pasión por este deporte ha decaído mucho en los últimos años. Kalenga el congolés huérfano desde los 9 años, que será ciudadano francés dentro de unas semanas y canta emocionado la Marsellesa antes de comenzar sus peleas; poseía todos los atributos para ser el protagonista de la noche.

Lo que ignoran los franceses es que Dorticós también ha ido tejiendo con sus puños su leyenda desde que se fue de Cuba. Sólo que un exilado es un ciudadano muchas veces anónimo, sin el apoyo oficial de un estado ni de sus mecanismos publicitarios, sin público. Rodeado de un equipo de amigos y apoyado por Caribe Promotion, a Dorticós no le importó llegar a un terreno adverso donde la única posibilidad que le daba el destino era noquear. Y lo hizo.

Los medios franceses han sido unánimes con el talento y la imagen de Yunier Dorticós. Sus declaraciones a la prensa después de la pelea y sus lágrimas por el cinturón mundial, han sido aplaudidas en Francia sin límites, a pesar de ser hasta este día completamente desconocido para el público francés.

Esta noche del sábado 21 de mayo en Moscú en la misma división crucero de Dorticós, el ruso Denis Lebelev ha noqueado al argentino Víctor Emilio Ramírez, para unificar dos títulos mundiales. No hay pretextos ahora para que el ruso evite, como ha hecho antes, al cubano.

Ya nadie tiene la más absoluta duda de que Yunier Dorticós merece la unificación de títulos porque con su clase ha conquistado en París los aplausos y la admiración de los aficionados y conocedores de este deporte.

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7 mai 2016 6 07 /05 /mai /2016 17:50
SOBRE UN SUEÑO CONTADO A BAUDELAIRE

Una tarde de verano, en el Jardín de las Tuileries, vi pasar un cortejo de soldados a caballo que conducían a un hombre a pie, encadenado, y vestido también con uniforme militar.

“Van a ejecutar e ese general”, se oía al pasar, como era mi caso, en medio de un multitud que, intimidada quizás por la procesión militar, prefería guardar silencio o murmurar entre sí.

Apenas llegada la comitiva al estante circular de donde provenían los graznidos de patos, el pelotón de soldados giraron hacia la derecha al grito de una orden, y siguieron rumbo al muro de la terraza que separa el jardín del Sena. Fue entonces que comenzó a oírse un canto fúnebre entonado por el propio general.

Sin embargo, en vez de seguir con la vista al cortejo, la atención de muchos de los curiosos se desvío en dirección a la Plaza Luis XIV, a un costado del Louvre, de donde se veía venir galopando la silueta de un caballo desbocado y sin jinete que cada vez se acercaba más a la muchedumbre.

Casi nadie recordaría haber visto el momento en que un soldado entregaba un fusil al general prisionero después de haberle liberado las manos. Acto seguido, y después de apuntar unos segundos hacia la sombra de la estatua de Luis XIV de donde venía el caballo, se oyó una detonación acompañada de unos relinchos que antecedieron la caída del animal, muerto, a escasos metros de la fuente de la que volaron espantados decenas de patos.

Una parte de la multitud, confundida, corría a refugiarse tras las alineadas ramas blancas de  moreras, mientras que otra, estática, presenciaba con asombro la escena: el general levantando el fusil aún humeante saludaba a la concurrencia en señal de victoria.

El olor a pólvora pasaba flotando entre  los espectadores hacia el río, impulsado por una breve brisa que siguió a un momentáneo silencio.

_ Como ordena la tradición, gritó el verdugo para que lo escucharan todos, cuando un general es condenado a muerte y su caballo aparece en medio de la ejecución, y éste lo mata, el general salva su vida.

_Y entonces… intentó preguntar el general al verdugo antes de ser decapitado de un certero golpe de hacha, y ver el público rodar su cabeza  hasta a unos pasos de los ojos abiertos del caballo fusilado, y de mis zapatos salpicados de sangre.

 

Foto: Ariane Valdés-Picault

Publicado en : http://neoclubpress.com/sobre-un-sueno-contado-a-baudelaire-0541372.html

Published by Armando VALDES-ZAMORA
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24 avril 2016 7 24 /04 /avril /2016 12:54
 ARQUEOLOGIA DE LA FOTO DE UNA DINASTIA

El control y el miedo forman parte del poder totalitario. Uno y otro van de la mano, se vigilan, no pueden distanciarse porque ambos se pertenecen. El miedo engendra el control, y el control infunde el miedo, es su objetivo segundo después de informar, de inmovilizar la realidad para congelarla, porque ese es su objetivo más intenso: que nada ni nadie logre escapar con otros símbolos del ruedo de la repetición de lemas rancios.

El control abarca todos los sentidos, aunque la vista que vigila es su aliado más evidente. Gobernar es ver y ser visto con las intenciones del poder, es decir, no dejarse ver de otra manera que la suya propia, con sus mensajes reiterados desde lo alto.

Una de las sensaciones más difíciles de describir es la provocada por el control permanente, una de las evidentes es exhibir  las pruebas de cómo el poder quiere ser visto, porque esas imágenes él las fabrica con ese fin; para ser difundidas entre la masa obediente y ante el mundo.

La foto que ilustra estas palabras es elocuente, es un claro mensaje congelado para el pueblo de Cuba.

Fue tomada en La Habana, el último día del séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba. La imagen instantánea muestra la familia del poder en Cuba. Su temporalidad es relativa: es de un hoy que prolonga un letargo y ordena un futuro inmóvil. El paso del tiempo deteriora la apreciación inicial de la escena, aunque los protagonistas de la tríade parezcan ignorar sus tres cuerpos envejecidos que suman casi 3 siglos de años vividos.

Ya el líder de la familia no se puede parar. Está vestido con la parte superior de eso que los españoles llaman chándal y los cubanos llamamos mono, de la marca Adidas. El uso de esta indumentaria estrafalaria y ridícula en un senil jefe de estado jubilado prueba la desconexión del poder cubano con el mundo. La fallida lejanía con las más simples reglas de la elegancia.

Ha envejecido tanto el Dictador que lo reconoce: su discurso parece una despedida ante la proximidad de sus 90 años  y los 57 cumplidos del reinado local llamado “revolución”. Tenía casi 33 cuando llegó al trono, y hasta esa edad de Cristo contribuyó al mito. Ahora reconoce que su cuerpo es mortal, pero sigue creyendo que la otra parte de su cuerpo, el estado, es eterno.

La otra parte de su cuerpo, su prolongación, es el hermano que lo sostiene por una mano. Ese gesto de árbitro de boxeo decretando al ganador, que tanta confusión provocara en la foto de Raúl Castro con Obama, ahora parece más ridículo, porque el supuesto vencedor está sentado, con los brazos abiertos en cruz tal un Cristo rendido a la fatiga y con la mueca que quiere ser una sonrisa, porque el otro brazo lo levanta uno de los súbditos más fieles e ineficaces del reino, José Ramón Manchado Ventura.

Se ven en la escena o se insinúan otros personajes que, como segundones al fin, tienen que mostrar permanente exaltación hacia sus mayorales: sin ellos no fueran nadie, y sus amos pueden mandarlos al olvido con un simple gesto.

A la sombra y detrás del Comandante otrora Jefe, la silueta del canciller Bruno Rodríguez – el mismo que esperara a Obama con un paraguas en la escalerilla del Air Force One y que el día previo a esta foto catalogara de “agresión” la visita del presidente americano a Cuba –. Más alejada la sombra de la principal figura decorativa del castrismo, un tal Miguel Díaz Canel a quien, para disimular, los Castros han nombrado vicepresidente primero. También una mujer en trance, histriónica, a la izquierda de Castro 2; una camarada del partido, ya mayor que, como en una cadena espiritista, estira los brazos y cierra los ojos, sin poder precisarse si llora de sufrimiento o se regocija.

Faltan por mencionar dos personas – olvidemos al intruso secuaz que cumple su misión y mira detrás cómo Bruno Rodríguez fracasa en el intento por tomar la mano del rey que sostiene Machado Ventura – y fijémonos en el jefe de los guardaespaldas, el nieto preferido de Castro 2, “El Cangrejo”, el mismo que ridiculizara la televisión francesa por el apego insensato a su abuelo durante su viaje a París.

“El Cangrejo” mira hacia nosotros con una mezcla de arrogancia  e ironía. Seguro de sí, del relevo asegurado de los Castros que a él, sin dudas el menos sagaz de los herederos, le han dado como misión, proteger sus cuerpos como garantía de su propia existencia en la cima del reinado.

En la familia real cubana y en su dinastía todo está muy bien organizado para la permanencia temporal de su espíritu, de su casta al frente de la isla. Pero todo orden impone jerarquías, y no hay que pecar de ingenuos y dejar en manos de imbéciles la administración de las decisiones del estado y la gestión de la fortuna familiar. 

Por esa razón el autor de la foto que vemos pudo haber sido Alex Castro. Es él quien se ocupa de la imagen oficial de la corte, y sobre todo de su padre Fidel. Se le reserva la misión práctica de ofrecer las únicas fotos del soberano cuando esté recibe a los visitantes extranjeros que en programadas peregrinaciones acuden a Punto Cero, la residencia mucho tiempo secreta del Comandante en Jefe. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, “El Cangrejo” y Alex, cumplen las tareas, complementarias de incapaces; cuidar los cuerpos y sus radiografías públicas, como escrupulosos subalternos del clan.

Faltarán en la foto, por supuesto, los más conocidos candidatos a la corona de la familia. Antonio Castro, el hijo médico de Castro 1, el más exuberante por el exceso de sus lujos y sus vacaciones en yate privado por el Mediterráneo. Y los dos más sobresalientes hijos de Raúl: Mariela – esposa de un italiano devenido empresario en Sicilia –, y el coronel Alejandro Castro Espín, más conocido por “El Tuerto” ­– por el estrabismo de un ojo ­­–, favorito en todas las encuestas a la corona de su padre. No se puede predecir si un rey tuerto sea un mal presagio; tratándose de un militar es más bien un signo de presteza adelantada al disparo de una bala contra el enemigo.

Unir a los tres Castros de padres diferentes, sería demasiado evidente y agitaría rivalidades riesgosas. Además, la foto no es para el futuro, sino para enviar un mensaje de eternidad presente, de permanencia del espíritu dominante aún después de la muerte de esas siluetas seniles que se sostienen apenas entre sí para no caer  o tropezar. Un mensaje, eso sí, de preferencia nacional y doméstica: nada cambiará para los ciervos de la isla, seguiremos aquí presentes, en los cuerpos jóvenes de nuestros hijos herederos que nos miran desde la grada, nos cuidan las espaldas y nos toman en foto.

Falta preguntar ahora a las multitudes de analistas, politólogos, especialistas y otros que han difundido o aceptado de manera ingenua u oportunista que está ocurriendo una apertura y un cambio en Cuba, ¿qué les parece esta foto?, ¿cómo la interpretan?.

En una especie de censura por omisión, casi ningún medio le ha dado cobertura privilegiada a tanta indecente confirmación de inmovilismo. Están en juego muchas cosas y hay que tratar de pasar por alto la tomadura de pelo persistente aplicada durante más de medio siglo por los Castros, hasta a sus más relevantes colaboradores en el extranjero.

Olvidé indicar que esta foto tiene sonido. Mientras transcurre la inmortal escena, se escuchan ininterrumpidos aplausos y gritos de ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!. Aparentemente desconsolados, los asistentes, miembros todos del único partido autorizado en Cuba, lloran y gritan la despedida anunciada del abuelo de la dinastía. Tómese esta breve histeria contenida como el anuncio del futuro funeral.

El poder absoluto tiene el don intemporal de repetirse, ese es su principal argumento, y también, el más persistente de sus riesgos.

Foto: Ismael Francisco, Cubadebate

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17 avril 2016 7 17 /04 /avril /2016 13:41
CEMENTERIO PĖRE LACHAISE

Y ahora que las torres son todas las torres abolidas y aparentemente corre la libertad de la brisa junto a ese río, los gatos han vuelto a sus espacios de gritos afinados y el gris de las tumbas tiene flores cuando te sientas en la hierba a leer de cerca para abreviar el viaje.

Falta el resplandor de la luz en las columnas de la mañana, el delirio de escaparse por el mar con la ira del esclavo y las velas parpadean desde su soledad apagada.

Ahora que los mapas fueron alcanzados y el aullido de los lobos de Jim Morrison desciende tras las inscripciones del mármol sin escuchar la canción a una mujer perdida.

Ahora que los mapas se despliegan bajo los zapatos marcando con mis dedos los nombres perseguidos por la espera y ese río y todos los ríos dicen ser el Sena, sabemos que la locura ha muerto de serenos aplausos a las estatuas que borran con el sueño las palomas de las plazas.

 

Estoy sobre los mapas elegidos con rabia y tengo miedo que no me duela más el hambre.

 

Y el placer de no olvidar el miedo me hace caminar entre las tumbas dibujando en la tarde las siluetas que me faltan:

Julián del Casal rompiendo con José Martí las cenizas de un arco iris al subir las escaleras de la casa de Victor Hugo. Lezama Lima dejando una rosa también calcinada por la nieve sobre la lápida negra donde Marcel Proust repite que los únicos paraísos son los paraísos perdidos.

 

Ya sabemos que París no existe más allá de los muros de este cementerio. Porque si no qué puedo agregar a la ilusión de imaginarlo después de recorrer las tumbas de solitarios aferrados a la muerte.

 

París no existe porque ha dejado de ser imaginario.

Foto: Orlando Luis Pardo Lazo

 

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8 avril 2016 5 08 /04 /avril /2016 18:51
CUBA DESPUES DE LA OBAMANIA

Ya fue. Ya ocurrió. Sí, es cierto que Obama, el presidente de los Estados Unidos estuvo de visita en Cuba. Como también es cierto que The Rollings Stones cantaron en La Habana. Para alguien (más bien para un cubano) que hubiera caído en un extenso coma, como Christiane, la protagonista de la película Good Bye Lenin, por ejemplo, lo ocurrido en los últimos días en Cuba puede ser la alucinación que confirme las secuelas de su ausencia. Pero no, es real, tan real que el desconcierto ha dado paso a la moda. La razón a la fiesta, la intelección al baile.

Mucho se ha escrito sobre esa semana. Mucho se ha hablado de los cuatro o cinco Obamas que estuvieron en La Habana. El Obama que no fue recibido por Raúl Castro en el aeropuerto. El Obama que escribió en twitter al llegar la desafortunada frase de “Qué Bolá Cuba”, se fue al “Paladar” y jugó dominó en la televisión cubana. Del otro (sobre todo de éste) el más memorable (¿no?): el Obama que se dirigió en directo a los cubanos y habló de democracia, de derechos humanos, del respeto a la opinión ajena. Y del Obama de los cubanos. El que llegó a presidente, a pesar de sus orígenes, en el país del enemigo que se harta de haber eliminado el racismo y nunca ha dado la oportunidad a nadie de remplazar al presidente. El que se esperaba como un Mesías ( 3 Papas habían pasado la prueba sin que nada cambiara para los cubanos) para ver la luz al final de un túnel que cavaron los Castros hace más de medio siglo.

Y para poner la tapa al pomo, también llegó el Obama (“Al hermano Obama”), del Dictador jubilado, de Fidel Castro. Ése, claro, tampoco podía faltar a la fiesta…para aguarla. Para dar la versión de la visita de la minoría retrógrada que se resiste a la evidencia. Esa evidencia que saltó a los ojos de todos durante la conferencia de prensa de Obama y Castro 2: el ridículo del general que no sabe disimular el autoritarismo con el que su familia ha dirigido esa finca de luces apagadas llamada Cuba.

La fiesta duró unos días, y ahora ¿qué queda de tanta hipócrita euforia, en el país que se presenta como víctima del gigante americano y ostenta dos records difíciles de ocultar: el ser el país que más ayuda externa ha recibido del mundo en el siglo XX, y el de no cambiar de apellido de presidente durante más de medio siglo?

Las razones del viaje de Obama

Obama fue a Cuba porque no había nacido aun cuando triunfó la revolución cubana. Porque creció con ella y, quizás sin darse cuenta, con su falsa luz de igualdad hacia las minorías y una larga lista de etcéteras que ha sido la estafa ideológica más grande del continente americano en el siglo XX.

Obama fue a Cuba porque la democracia le termina su mandato, no le interesa la herencia política que deja a su partido, y él y su ego quieren pasar a la historia como los primeros en bajarse del avión de Air Force One en La Habana. Esa Habana que el americano medio cree congelada como un daiquirí en la época de Hemingay, lejos de la guerra de Viet Nam y todo lo que vino después…11 de septiembre y decadencia posterior incluidos.

Se trata de un acuerdo apenas disimulado: hacemos las paces y no corres peligro del proceso judicial que mereces en una democracia que te sacaría del poder. Hacemos las paces y yo (es decir los Estados Unidos de América) dejamos huérfanos a los retrasados populistas que siguen hablando del embargo y el enemigo del norte, en toda América Latina. Ya no más “Yankee go home”. Obama puede darse incluso el lujo de llegar a Argentina el tristemente célebre día de los 40 años de la dictadura de Videla, cómplice amigo de los Castros, por cierto, como demuestran documentos desclasificados de la época y múltiples investigaciones.

El actual socialismo latinoamericano (Venezuela, Argentina, Bolivia) se cae no sólo por la levedad gastada de sus argumentos, la exigente cultura política de sus ciudadanos, sino también por el cambio de táctica del enemigo imperialista, y la pérdida de ese falso faro en penumbras que fue la revolución cubana.

La orfandad de los Maduros, los Correa, los Ortega y los Morales, merecía más espacio en los artículos críticos de la dorada semana de Cuba. Los Castros, mucho más animales políticos que sus engañados discípulos, han dejado a estos con las consignas que ellos desde hace tiempo no llevan a la práctica, abandonados a sus suertes, desorientados.

Obama se fue: ¿Y ahora qué?

La inmovilidad política de Cuba y el cálculo temporal de su vida, es una de las pasiones más erradas de los especialistas de América Latina. El pragmatismo del régimen cubano, la represión a la oposición y sus errores en Cuba y en el exilio, los intereses de ciertas potencias extranjeras en la isla, y, sobre todo, la inercia cívica del pueblo cubano; han hecho que Cuba no haya vivido la transición hacia la democracia pronosticada desde la caída del Muro de Berlín.

Igual dilema surge ante la pregunta recurrente de estos días: “¿Qué va a pasar en Cuba después de Obama?” La respuesta ha ido llegando poco a poco. Además de la errática, pero esperada columna de Fidel Castro en Granma, han aparecido en la prensa oficial los escribanos de servicio criticando lo dicho o ignorado por Obama, se sigue reprimiendo a quienes se manifiesten y, sobre todo, los cubanos siguen votando con los pies y huyendo de Cuba por cualquier vía.

No se puede negar que ciertas oportunidades surgen ahora para el cubano de a pie con la susodicha “apertura”. Pero son remiendos de sobrevida que no cambian lo esencial del régimen; su dirección política, causa de la ruina material del país.

La transición hacia una Cuba democrática sólo puede venir del interior de la isla. Esta verdad evidente fue capital en el discurso de Obama en La Habana. Es la reacción civil de los cubanos lo único que puede impedir el escenario ideado por el castrismo y por los cómodos estrategas extranjeros: la de continuar la dinastía después de la muerte de los hermanos Castros, en este caso dirigida por el coronel Alejandro Castro Espín, favorito al trono.

La visita de Obama a Cuba puede provocar a largo plazo dos situaciones antagónicas. La primera y más probable, la de legitimar el régimen y facilitar la transición ideada por éste con un heredero Castro de nuevo en el poder. La segunda, la más incierta e ingenua, sostenida por quienes no quieren remordimientos de conciencia al apoyar la política de Obama hacia Cuba; la de un cambio político exigido por la sociedad civil cubana, una vez restablecido el contacto con el antiguo enemigo y con el mundo.

 

https://www.youtube.com/watch?v=Sv3C3TfYFyk

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19 février 2016 5 19 /02 /février /2016 21:48
PARA ENTENDER A LEZAMA LIMA

(50 años después de Paradiso)

París, 19 de diciembre de 2000

A la salida del metro Saint Paul, en el Marais, uno de los barrios más antiguos de París, debía caminar varias calles hasta llegar a la plaza de Vosges donde me esperaba una amiga. Conocía la plaza porque en ella sobrevive a los turistas la casa de Víctor Hugo, un lugar por donde prefería merodear, de madrugada, en mis primeras caminatas desacertadas al llegar de Cuba con la novela Oppiano Licario bajo el brazo.

Érica Durante compartía con éxito varias paradojas: ser siciliana, preparar una tesis en la Sorbona sobre Dante, Valéry y Borges, y además, tener un novio español. Por teléfono le había comentado que ese día me fumaría un tabaco Montecristo durante nuestra cita y ella, apresurada, había encontrado una buena estratagema para calmar los celos —infundados— de su novio; debía llevarle un tabaco de regalo al peninsular.

Yo, que para avanzar mi novela Las vacaciones de Hegel me inventaba tener que ver a menudo el perfil griego de Érica, acepté la exigencia. Lo que no tuve tiempo de explicarle a mi amiga siciliana es que mi Montecristo consumido era un homenaje al día en que se cumplían los 90 años del nacimiento de José Lezama Lima.

Como aprendí rápido que a las mujeres en Europa les agrada creer que lo dirigen todo, y como yo estaba entretenido tomando notas de su perfil, dejé que Érica eligiera el café donde yo le echaría humo al cumpleaños de Lezama. Y fue, de paso frente a un café del barrio, cuando ocurrió la maravilla.

Una foto en la que aparece Lezama fumándose un tabaco de ceniza azulada, ilustraba el affiche de una exposición sobre la historia de ese vicio insular. De más está decir que mi modelo siciliana, ante mi estupor, convenció al barman de regalarnos la imagen. Y desde entonces este coloreado Lezama fumador se burla de mí todos los días, desde lo alto de mi escritorio. Yo quise apropiarme de esta vivencia oblicua a mi manera. Y encontré en la experiencia dos signos enviados desde sus siestas celestes por El Maestro: tenía que escribir de una vez una tesis sobre él en la Sorbona, y comenzar a organizar como pudiera, un homenaje a sus 100 futuros años.

Cienfuegos, primavera, 1990

Una tarde de otoño, en la biblioteca de Cienfuegos, la ciudad más independiente de Cuba, al entrar a devolver la novela Paradiso  Mitsy, una espléndida muchacha de apenas 17 años; comenzó mi pasión por José Lezama Lima. En aquel lugar yo era un bibliotecario que cumplía la condena del servicio social al que estaba obligado todo graduado universitario en aquella isla. En la facultad de letras de la Universidad Central de Santa Clara yo había tenido mi primera cercanía con Lezama. Pero había salido de él corriendo, asustado, para refugiarme en la poesía calmada, como todo mediodía criollo, de Eliseo Diego. Lo incomprensible que resultaba Paradiso provocó que al hacerme descubrir los profesores Juan Ramón González y Arnaldo Toledo, y la escritora Berta Caluff, la poesía de Diego, encontrara así la manera de evitar a Lezama y llenar el espacio de la pregunta sobre “Orígenes” en algún examen, me decía. Hubo, claro, otras múltiples pasiones que me unieron a aquella ciudad de Cienfuegos, donde las 24 horas del día me acosaba con placer el olor del mar. Pero descubrir así, cuando menos me lo imaginaba, que una adolescente podía leer a Lezama y entregar de vuelta, como si fuera una banal tarea escolar, un libro como Paradiso, desafió por partida doble a mi orgullo y a mi capacidad intelectual. Aquella muchacha con su gesto despreocupado y aquel bibliotecario aburrido, unieron sus circunstancias para tratar de encontrar a Lezama, a la escritura, y al hombre que todos afirmaban encarna, en el siglo XX literario nuestro, la más universal de las cubanías. Me di cuenta que había hallado un curioso atisbo para aventurarme por otra vía en ese universo trastocado de Lezama: me propuse releer Cercanía a Lezama Lima de Carlos Espinosa y El ingenuo culpable de Reinaldo González. No me equivoqué al suponer que ver al ser humano, a través de la memoria de otros que le habían conocido, podía persuadirme de abandonar mis prejuicios al leerle.

Primera lección: para leer a Lezama hay que olvidar todo lo que culturalmente nos antecedió. Él se ocupará de poner las cosas en su lugar, es decir, en otro lugar, el suyo. Y comienza, desde la primera bocanada, la pertenencia a un clan o a otro. Eres miembro para siempre de los coléricos que lo detestan, o comienzas a formar parte de quienes lo adoran, sin poder terminar nunca de explicar por qué. Esto no es una simple construcción binaria, que se sepa. Todo aspirante a lector de Lezama, ha vivido una de las dos reacciones. Nadie sigue de largo sin lanzar un asombro ante la rareza risueña de su dificultad

La Habana, otoño, 1992

Bajo ese sol tan eterno como irrespirable de La Habana, muchas tardes, me iba a la costa de la antigua playa de Marianao a leer a Lezama Lima. Yo esperaba la llegada de algo que según los días y mis humores tomaba la forma de enunciados diversos, cuando en realidad se trataba siempre de lo mismo: escapar de Cuba. Y mientras esto llegaba me leía a Lezama. Anotaba en cuadernos sus citas, subrayaba de amarillo sus versos y diatribas. Me iba incluso a su casa, recuerdo, a deambular entre las paredes entonces vacías donde respiraba su escritura. Localizaba los libros que le pertenecieron en la Biblioteca Nacional (recuerdo aquel, de Nerval, que él había firmado), y hasta transcribía pasajes enteros de Paradiso.

A mano, como si fuera más fácil con mi mano alcanzarlo, preguntarle, en fin, entenderlo. Me veo, por ejemplo, en la costa, sentado sobre los espacios que un puñado de arena deja entre dos filosos arrecifes y un salado charco breve, leyendo las “Eras imaginarias” de La cantidad hechizada. Con una crema hecha de cerveza y mantequilla para protegerme del sol, trataba de perforar esa dificultad alocada de asociar a los etruscos con los aztecas, a José Martí con Pascal, a Descartes con una pagoda China. Mi asombro había pasado a ser devoción. Y como toda devoción devora la distancia crítica, yo repetía, me empapaba, en suma; me dejaba llevar. Hasta adaptaba al contexto de la escasez y de las fugas cotidianas por el mar a fragmentos de ideas de Lezama. Recuerdo una: “Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos el pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas”

Y era clarividente: todo lo habíamos perdido en aquel verano del 92, desde la luz eléctrica hasta el arroz y las siestas. Ah, no tenía a muchos con quienes compartir este viaje. Mis amigos literatos se habían ido y los que quedaban ya se alistaban para ser acólitos en capillas recién abiertas por clásicos locales. Recuerdo, se hablaba de “novísimos”, de Julián del Casal y se ponía de actualidad Virgilio Piñera. Y si bien es cierto que la película “Fresa y chocolate” devolvió por un tiempo a Lezama al dominio público, la imagen que se dio de él no pasó de una foto y de un pasaje – ”el banquete”- de Paradiso.

Por suerte encontré a unos pintores febriles por el alcohol artesanal y la intención de no pensar en las carencias, con quienes me iba a Topes de Collantes, a bañarme en las cascadas y a recitar a coro “Muerte de Narciso”. La conclusión es simple: en aquellos habaneros años 90 yo seguía a Lezama. Como muchísimos críticos, repetía el itinerario que él había trazado: “Sistema poético del mundo”, “Eras imaginarias”, “vivencia oblicua”, y así, toda la embriaguez abrumadora con la que él pierde a un lector inofensivo.

 Segunda lección: una vez dentro, después de un primer viaje y de haber aceptado sus reglas, hay que darle otra vuelta a Lezama. No se le puede obedecer del todo. No se le puede dejar todos los mapas. Hay que reflexionar, en suma, dudar de la ejecución de lo que él nos quiere hacer creer. Pero a esa conclusión llegué mucho después, durante mis años de vagabundeo por las bibliotecas de París.

Lezama y un nuevo siglo

Un día en París, hastiado de buscar “lo que quiere decir cada cosa”, se me ocurrió detenerme a estudiar las formas. Y hablando de formas (más bien leyendo) elegí al cuerpo. Quise abandonar la idea tan romántica como perezosa y mal intencionada del Lezama espiritual, encarnación de la utopía de la fundación de un mito insular y todas esas cosas que sólo toman en cuenta las intenciones del Lezama muy joven. Quise saber qué había sido de la idea de querer crear, al escribir, un cuerpo, una sobrenaturaleza, una sustancia ajena e independiente que sobreviva al tiempo. Un cuerpo compuesto por imágenes de culturas diversas y elementos sin conexión lógica con ellos.

Cuando Lezama dice que quiere crear un cuerpo que a la vez sea escrito y eterno está adaptando a su proyecto estético la idea cristiana del nacimiento asexual y de la resurrección. Nada nuevo. Lo nuevo sin embargo son las asociaciones con las cuales Lezama escribe ese cuerpo. De nada sirve tratar siempre de encontrar el cierre a sus metáforas, la significación recóndita: nunca se encontrará del todo.

Mi teoría de buscar el cuerpo inmerso en los poemas de Lezama (el insular, el barroco, el de “Las eras imaginarias”, y el del propio Lezama, al final de su vida), me permitió concentrarme más en el texto y en las contradicciones o no de éste con la conciencia de Lezama, con su intención. En esos aciertos o disimetrías salió la confirmación de mi tesis: el cuerpo es la principal forma en la escritura de Lezama. El cuerpo de un sujeto (ideal, como es José Martí, metafórico, como lo es Narciso, o el propio, como el de Fragmentos a su imán) se puede construir y descifrar en sus poemas, ensayos, incluso en sus diarios y apuntes.

Pero esa fue mi idea, otras, infinitas, pueden imaginarse para leerle y llegar a otras conclusiones no menos sorprendentes y enriquecedoras. Contrario a lo que se ha repetido, Lezama no inventa sus citas, él las transforma. Las altera y las superpone a otras que su imaginación decide asociar. Lezama juega con el lector y sabe de antemano que sólo algunos persistentes avanzarán en el desciframiento de sus códigos.

Un solo ejemplo. En su ensayo “Preludio a las eras imaginarias” de su último libro de ensayos La cantidad hechizada, Lezama menciona a un tal Euforión. A fuerza de busca, encontré en su poema “Danza de la jerigonza”, que cierra el libro La fijeza de 1949 lo siguiente: “De noche, Puck al piano y Euforión se precipita en el barranco/ con los puercos.

También en su libro Analecta del reloj de 1953 en su ensayo “Sobre Paul Valéry”, escrito en 1945, Lezama se refiere a este Euforión. Si buscamos en Wikipedia vemos que Euforión fue un poeta griego… y que no aparece nada de barrancos ni de saltos en su vida. La respuesta me la dio una ensayista alemana: el Euforión al que se refiere Lezama aquí es el hijo de Fausto y Helena que en el Fausto de Goethe, trata de volar (como Ícaro) lanzándose desde un barranco y se mata. La cita no es falsa, pero da una vuelta y regresa, además, ¡con unos criollos puercos en el barranco!

Tercera Lección: busca con paciencia a partir de su lenguaje y de sus referencias y habrá siempre sorpresas como la que acabo de mencionar. Al final, la imagen se abre a otras culturas, a otros símbolos, y una parte de la cultura universal entra a la nuestra insular y a la del lector que ha buscado con paciencia, en La Habana, en Tampa o en Montevideo, aunque acepte con regocijante resignación que tratar de entender a El Maestro, es imposible y fascinante.

Publicado en: http://scholarcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1106&context=surcosur

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17 janvier 2016 7 17 /01 /janvier /2016 09:21
WIFREDO LAM: L'IMAGINAIRE DE LA CARAÏBE
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10 janvier 2016 7 10 /01 /janvier /2016 09:41
LOS ARCHIPIELAGOS  DE ABILIO ESTEVEZ

La Historia como azar

Existen dos formas de novelar la Historia. La más conocida y evidente consiste en apropiarse de un personaje o un hecho para recrear de manera fiel o imaginaria lo más trascedente. La biografía, algunas certezas, y no pocas intuiciones, componen entonces el relato de una vida.

Hay algo cercano a lo épico en esta elección y una afinidad que se aprecia en el punto de vista del autor. Los protagonistas, en estos casos, participan en la epopeya o escapan a las eventualidades, pero encarnan en sí mismos una visión en la que es difícil esconder las empatías del escritor. Esto lo ejercieron, con diferencias, en la literatura cubana,  Lino Novas Calvo, Alejo Carpentier y Reinaldo Arenas, entre otros. No importa que se trate de héroes caídos en desgracia, o de trúhanes que deambulen en sentido contrario a las cronologías; en todos estos casos un sujeto es el centro del relato, y sus desgracias o glorias le pertenecen y conservan su unidad por sus acciones.

Tanto lo que Barthes nombrara efectos de lo real como la fabulación, están limitados por la existencia de estos personajes en algún momento de la Historia. La vida de Pedro Blanco Fernández de Traba de Pedro Blanco El Negrero de Novas Calvo, del Cristóbal Colón de El arpa y la sombra y del Fray Servando Teresa de Mier de El Mundo alucinante ; obligan al respeto de ciertas reglas que limitan la escritura de sus biografías noveladas.

Al comenzar a leer Archipiélagos, la más reciente novela de Abilio Estévez, uno se pregunta de inmediato qué relación guarda lo contado con la historia política cubana.

Alrededor de la imagen del asesinato de un adolescente, Archipiélagos rememora los años y los días que antecedieron a la caída del presidente Gerardo Machado,  primer dictador de la historia republicana cubana. Tomando como espacio a la barriada de Marianao, al igual que en dos de sus novelas anteriores (Tuyo es el reino y El año del Calipso), el personaje de José Isabel Masó narra - ya viejo y exilado en Vermont -, la vida de más de una docena de personajes que comparten entre sí dos experiencias comunes: la de vivir en el mismo lugar, y la de intentar sobrevivir a la traumática dictadura machadista y a la revolución de 1933 que obliga a exilarse en Miami al dictador.

Como en toda la narrativa anterior de Estévez, Archipiélagos es una novela de personajes, más que de conflictos o  de sucesivas acciones. Las vivencias y reflexiones existenciales de individuos siempre solitarios y confinados, giran aquí alrededor de la tragedia de una dictadura y la frustración de una república imaginada durante décadas de guerra de independencia contra España.

Una de las intenciones de Estévez se insinúa desde el título mismo del libro. Lo que le interesa narrar aquí son las ficciones fragmentadas – a manera de archipiélagos – de quienes vivieron y fueron  testigos simples y aislados de los últimos días de Machado. El refugio en una fonda de Marianao llamada “La estrella de Occidente” de los principales personajes de la novela que esperan el final de la dictadura, es el centro de reunión, de coincidencias, y de evocaciones de múltiples acciones dispersas.

La Historia provoca el azar de este encuentro de incertidumbres ante un orden tiránico que se deshace y la resignación de aceptar un nuevo comienzo para unos, y para otros el fracaso de sus vidas.

Un archipiélago de personajes

Quien conozca sus libros anteriores sabe que la intensidad de la narrativa de Estévez radica en la manera de estructurar el relato a través de una suma, aparentemente caótica, de monólogos, o de confesiones de individuos obligados a un encierro real o psicológico que se acrecienta a medida que avanzamos en la lectura de sus conflictos.

Lo que Paul Ricoeur llamara la intriga del relato, se origina en las novelas de este escritor en una imagen que funciona como génesis de la transformación de lo real y del libro. El herido Sebastián de Tuyo es el reino, las visiones del payaso Don Fuco y la predestinación del Moro en Los palacios distantes, el bailarín ruso que persigue la conciencia de Constantino Augusto de Moreas en El bailarín ruso de Montecarlo, el jardinero de El año del Calipso y la foto de Jafet ante Valeria mientras escribe El navegante dormido; cumplen esta función de legitimar la existencia misma de la novela.

Ser testigo del asesinato por un disparo de un joven de la misma edad del narrador, fundamenta en Archipiélagos la escritura del libro, y concluye definitivamente en el personaje la edad de su inocencia en un mundo hasta entonces, para él, a salvo de la Historia.

A su vez, en la dramaturgia de Estévez, de manera consciente, cada personaje conserva una relación ambivalente con un doble que lo complementa, lográndose así una alternancia entre la presencia de lo real que se padece y la aspiración de un estado imaginario que el otro ha logrado alcanzar antes de ponerse a salvo y desaparecer para siempre. Un espejeo constante entre el Yo y el Otro, entre sí mismo y su doble, entre el Aquí y el Allá, tratan de atenuar en las historias de Abilio una relación de pasión y miedo con lo ajeno y lo desconocido.

En Archipélagos, al evocar los años machadistas de su adolescencia, José Isabel Masó rinde también un homenaje a la amistad de su amigo Vitaliano que es enviado por su padre a Tampa y que logra de esta manera el sueño del narrador de atravesar el horizonte.

Porque Archipiélagos son también en la novela, los espacios distantes que el narrador imagina para consolarse del encierro insular, la figuración de sus deseos de escapar (“solo en la fuga se esconde el triunfo”) hacia territorios que estén a salvo de las calamidades - geográficas y accidentales - de la isla real en la cual tuvo la mala suerte de haber nacido: “El miedo estaba allí. ¿Estaría también en archipiélagos lejanos?”, se pregunta José Isabel.

Cuba es el punto de partida y el referente constante del imaginario de Estévez y de sus relatos, como si la desesperación de sus personajes de verse condenados a permanecer en la isla, no se atenuara definitivamente con la partida y el anhelado exilio.

Sin embargo, en dos gestos de Archipiélagos – del propio narrador y del coronel Maximino Blanchet –  se percibe la insinuación de una ruptura radical del destino de los personajes en sus relaciones con Cuba: el narrador ha encontrado la felicidad en el exilio, el coronel cosmopolita e infatigable viajero ve terminar de manera humillante su vida en la isla debido a su amistad con el dictador Machado.

El libro concluye con la confesión de un narrador ya anciano que escribe desde Alburg y reconoce que “ahora esta es mi casa, mi lugar de concluir y descansar”. La novela que el lector termina de leer, a pesar de contar hechos ocurridos en la Cuba de la época republicana, es una novela de exilio: la casa, el lugar de la elocución y de la escritura, ha cambiado de lugar ya de manera definitiva porque es evidente que la voz del texto concluirá en este sitio, y no volverá nunca más a su origen, a Cuba.

La lectura sugiere el cierre de una puerta, el desplazamiento definitivo hacia el exterior de la isla del acto creativo, y de la memoria histórica y cultural que ha pretendido rescatarse del olvido.

Mención aparte merece el coronel Maximino Blanchet, que representa en Archipiélagos, de alguna manera, la realización de la conciencia imaginativa de Estévez. Hijo aventurero de una notable familia criolla, Blanchet sí logra viajar por el mundo, estudiar en París, aprender otros idiomas y alcanzar así unos conocimientos y una cultura que le permiten integrar la élite de la sociedad a su regreso a Cuba. De alguna manera este sería un modelo de personaje de la memoria afectiva del autor que describe, sin embargo, su fracaso por desear volver ingenuamente a la isla fatal con un astrolabio comprado en Copenhague y que perteneciera al célebre astrónomo llamado Tycho Brahe, quien a través de la simple observación de las estrellas pretendió descifrar los destinos humanos.

En uno de los momentos de mayor intensidad de Archipiélagos se narra la furtiva visita nocturna a Villa Justina, opulenta residencia abandonada, y a la biblioteca del coronel Blanchet. El objetivo de la comitiva de personajes entre los cuales está el narrador, es subir a la torre donde se esconde el astrolabio que utilizara el coronel para su trabajo de geógrafo en el campamento de Columbia, sede del ejército.

Mientras el coronel, destituido de sus poderes de antaño, aguarda escondido en el sótano de “La estrella de Occidente” el rescate del astrolabio por sus improvisados cómplices, la descripción del pasaje del descenso de la torre y de la caída de este símbolo y de los poderes de su dueño, funcionan como la doble metáfora – espacial y moral – de la impotencia del espíritu cosmopolita ante la barbarie. Pocos días después se cumple el caos pronosticado: la Villa será incendiada por una turba que trata de vengar la complicidad del coronel con el dictador Machado. Como el astrolabio ahora inútil, la nación pierde su rumbo, y se invierten de manera violenta la dirección de su destino.

Marcel Proust en un pasaje de su libro póstumo La Prisonnière  dice percibir un cierto sentimiento de altitud relacionado con la vida espiritual en la prosa de Stendhal. Y cita dos ejemplos. El lugar elevado en que es confinado Julien Sorel, y, sobre todo, el campanario desde el cual el abate Blanes se ocupa de Astrología, y desde el cual mira hacia el mundo el joven Fabricio.

En medio de las incertidumbres de la revolución, el rescate del astrolabio y el olvido al que es condenado en una torre junto a la biblioteca, descritos en las páginas finales de Archipiélagos; se pueden interpretar como un símbolo de decadencia y del fracaso de toda tentativa por salvar a la isla de los demonios de su Historia, de integrarla con serenidad a otros prósperos modelos culturales.

Del otro lado de la Historia

Si la Historia aparece como telón de fondo de la novela, Estévez detiene sin cesar la descripción de la acción para recrear, en todos sus detalles, los universos cerrados e íntimos de individuos en apariencia irrelevantes. Más que la biografía de héroes, son los deseos, angustias y expectativas de estas personas olvidadas quienes le interesan por ser a la vez las víctimas directas de la Historia y los emblemas invisibles de la espiritualidad de una nación.

A ver, ¿qué necesidad hay de morir como un héroe si se puede vivir como un hombre común? Ha habido muchos héroes, sí, ¿y qué han conseguido? ¿No es mejor, mientras se puede, comer tamales y beber cerveza? (…)¿No es mejor echarse luego a dormir una siesta, o templar jovialmente entre la maleza (hasta con una chiva, si se tercia), que acabar con el cráneo tajado en la batalla de Peralejo o en la europea (y no por eso menos salvaje) de Mulhouse? Ni siquiera hay que ir tan lejos con lo del palmar, las cervezas y el singar, que a veces el simple acto de beber un vaso de agua en mitad de la noche vale más que cualquier sacrificio.

Vale la pena preguntarse entonces: ¿Por qué precisamente ese período de la historia de Cuba? O lo que es lo mismo: ¿por qué situar la ficción en la época de Machado? La respuesta habría que buscarla en las intenciones que subyacen en la escritura de este escritor.

Abilio Estévez ha ido construyendo poco a poco una obra minuciosa que indaga a partir de la subjetividad de individuos al margen de las decisiones de la Historia, diversos registros del espíritu nacional cubano. Tres obsesiones parecen acosarlo como escritor y como ser humano. La primera: ¿en qué momento se malogró en Cuba la ilusión de una nación moderna? La segunda: ¿cómo hacer para escapar de una maldición histórica antes recurrente y ahora detenida en el tiempo desde hace más de medio siglo? Y la tercera; ¿hasta qué punto el placer, la memoria y el arte, pueden salvar a un individuo de las contingencias del tiempo que impone la Historia?

Estévez intenta responder a estas preguntas buscando los indicios eventuales (incluyendo, claro,  las revoluciones y las dictaduras) que han impedido a la isla alcanzar el esplendor al que se suponía destinada. En Archipiélagos, a diferencia de otras de sus novelas, no se exaltan los placeres ni los valores de un pasado anterior a la revolución del 1959. Su intención ahora es tratar de descifrar la genealogía del autoritarismo y sus secuelas en la sociedad y en las personas, para especular sobre los demonios de una recurrencia que ha terminado por congelar el tiempo, desamparar a sus ciudadanos, y excluir a la isla de las secuencias de la contemporaneidad.

Lo anterior explica también la densidad de esta voluminosa novela cuya lectura parece exigir al lector dos condiciones indisociables: la vocación de indagar en las bases constitutivas de eso que damos en llamar la identidad cubana; y el conocimiento previo de la obra de Estévez. El uso magistral de la lengua y la exposición de la psicología social a través de situaciones banales, refranes, costumbres y del archivo de su imaginario; vienen a sostener y a fundamentar este enorme esfuerzo intelectual de indagación de lo cubano.

En un singular ensayo titulado L’expérience totalitaire, el búlgaro Tvetan Todorov afirma que ante la la memoria del mal, la única esperanza es la comprensión de que el mal forma parte inseparable del espíritu humano, y termina tarde o temprano por manifestarse de diversas formas, y a través de  comportamientos o de experiencias como las de los totalitarismos.

Léanse entonces estos Archipiélagos de Abilio Estévez como un intento de registrar, con cierta resignación, las experiencias y obsesiones del espíritu cubano para salvarlas  - ¿o condenarlas? – en los inventarios ficticios de su memoria colectiva.

 

Publicado en http://www.diariodecuba.com/de-leer/1452016180_19127.html

 

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9 août 2015 7 09 /08 /août /2015 21:44
LA CASA DE LEZAMA ESTA CERRADA

Como la tarde en que fui por primera vez a la casa de Pessoa en Lisboa, me encuentro cerrada la casa de Lezama Lima en la calle Trocadero, número 162. Ahora es un museo la casa de Lezama. Con dos tarjas de bronce. Una con letras doradas y otra con una campana donde se puede leer que es Monumento Nacional. La hicieron un museo 100 años después del nacimiento del escritor y 34 años más tarde de haberse muerto encerrado en vida aquí con su soledad, resignado a una oficial orden de silencio, entre las cuatro húmedas paredes de un túnel sombrío.

Es la hora de la tarde en que el sol descompone los objetos ante los ojos llorosos de tanto centelleo, y el estilo de la siesta cesa el andar de los transeúntes, cierra las persianas, y apaga los jadeos con su muerte momentánea. De un golpe se paraliza todo ante el imperio de una luz afilada que como un cuchillo se desliza por la piel resbalosa, seca la garganta, y fija tus pies derretidos; te inmoviliza atolondrado sin recordar ni siquiera los puntos cardinales del lugar donde estás o hacia el cual podrías fugarte.

G., aturdida y con la sombrilla del dibujo de Sosa Bravo tempranamente deshecha como la quilla de un velero en pleno desierto, pierde por un momento su compostura, pero no su lucidez puesta en función de proteger su piel de vulnerable transparencia, y me grita airada:

-¡Salgamos huyendo de este sol infernal hacia otra parte!

Una vez visité la casa de Lezama Lima. Pero fue de noche. Recuerdo. Una noche de 1988. Entonces no había llegado aún el pomposo rescate de su memoria y la casa estaba casi al abandono. En la penumbra apenas iluminada por una única lámpara, se apreciaba la dispersión de unos muebles amontonados y se podía respirar el escozor del polvo humedecido que ahora imagino borrar con un velo de cera muchos detalles de las paredes del salón, del rostro de los invitados, y de los dos dormitorios que recorrería casi a ciegas.

No podría precisar por qué me di cita allí con un grupo de escritores que parecían salidos de una selva oscura, tal vez porque toda la isla entonces se me figuraba un círculo del infierno a la deriva. Una muchacha mulata y achinada con trenzas como racimos de uvas, sacó de su bolso una llave de forja atada a una cuerda color herrumbre de la cual pendía un pedazo de madera con la inscripción Ongietorriak, y nos invitó a entrar.

Nos sentamos donde pudimos tratando de formar un círculo que terminó siendo una elipse. Un muchacho más bien pequeño, agitado, y cuya imagen desde entonces identifico en mi memoria con El Pífano, a golpe de vozarrón de actor - y después de obedecer a una orden dada con un movimiento de las trenzas de la mulata asiática-, comenzó a lanzar sus poemas como uvas al centro de los visitantes.

El Pífano pasaba una a una las hojas bien encuadernadas, ponía énfasis o gemía, pero cada asistente aprobaba a su manera –asintiendo con la cabeza, mirando al techo, tocándole las tetas o la entrepierna a su más cercano espectador, etc-, imágenes de elefantes voladores, mariposas, espejos, flautas de encantadores, correos nocturnos, pájaros y flechas en el cielo, silbidos de trenes y novias, muchas novias poseídas en el bosque o en lechos de nubes.

Más tarde, al final de la ceremonia improvisada, supe que el lector había traído el manuscrito ese mismo día en el tren de Santa Clara para tratar de entregarlo en la fecha límite al jurado del Premio David que terminaría por ganar.

Creo que hubo una pausa entre dos poemas, y que hasta se bebió algún brebaje de hierbas que imitaran al té. Lo que sí estoy seguro es de haber ido al baño, de haber preguntado en qué lugar podía deshacerme de los restos de la pócima. Estoy seguro porque me vi encerrado ante un inodoro para mí minúsculo si lo comparaba – como hice curioso y malintencionado – con las enormes posaderas del barroco poeta.

Fue entonces, mientras me figuraba a un Lezama sentado para depositar sus desechos al tiempo que leía a Góngora en aquel austero espacio, que ocurrió el olvido colectivo. Quizás por no conocerme bien ninguno de los invitados, se olvidaron de mí y desaparecieron. Supongo que cerró la chica de trenzas de uvas la puerta tras de sí de un portazo que no llegué a oír al yo tirar al unísono la cadena del agua: ¡me había quedado solo y encerrado en el retrete de la casa del Maestro!

Empujé la puerta como pude y me fui a la sala sin darme prisa por salir de aquella caverna. De todas formas si la cerradura había sido condenada desde el exterior me veía obligado a tardar mi presencia hasta encontrar otra salida. En esto estaba, sentado en la mecedora que supuse era la de Lezama, sin que pudiera impedirme pensar en el casi medio siglo que él había vivido y escrito en ese lugar.

Aparte del crujir de la madera al mecer el sillón y la luz del farol de la acera que entraba por una rendija hasta mis manos, sólo las escenas evocadas en sus libros me hicieron compañía por unos minutos antes de encender la luz. En esa época ya había leído buena parte de la obra del Maestro, pero no conocía aún las cartas desesperadas que él enviaría a su hermana desde ese lugar al final de su vida, por la simple razón que no han sido publicadas en Cuba. Sin embargo me conocía de memoria las páginas del poemario póstumo Fragmentos a su imán escrito al mismo tiempo que las cartas, poemas en los cuales se respira la desolación de sus últimos años y que termina con un poema fechado el día de mis doce años.

Ni en mis más remotas fabulaciones podría haber imaginado quedarme prisionero una madrugada en esa casa. Y mucho menos que años después en París, al descubrir en un café del Marais una litografía de Rancillac en la que aparece Lezama fumándose un tabaco; me decidiera a pasar seis años en la Sorbona haciendo una tesis de doctorado sobre él.

No puedo precisar ahora el tiempo que estuve encerrado en la casa, pero sí lo que hice además de balancearme en el sillón. Me di cuenta que tenía la oportunidad única no sólo de recorrer la casa a solas, sino también de ver los libros y objetos que sobrevivían allí a su muerte. Para mi decepción no quedaba casi nada. Sólo llegué a distinguir los volúmenes de una Enciclopedia Británica en español y algunos otros títulos que pienso eran irrelevantes porque no los retuve en mi memoria.

Si estoy seguro de haber dado al menos con tres libros que llamaron mi atención. Uno era un ejemplar de la Sylvie de Gérard de Nerval que poseía el valor de la firma de Lezama en la primera página,  otro era una edición de Alianza Editorial de Les lauriers sont coupés la novela de Edouard Dujardin que Lezama le había pedido en una carta a Julio Cortázar, y un ejemplar de Esferaimagen la edición de Tusquets de 1970 en la cual figuran los ensayos “Sierpe de Don Luis de Góngora” y “Las imágenes posibles”, y a manera de prólogo, un poema de José Agustín Goytisolo y otro, radiante,  de Heberto Padilla.

Fue allí, de pie, en la sala de la casa de Lezama que descubrí, en el ejemplar que le pertenecía, un poema que en ese momento para mi candidez solemne alcanzó una dimensión de disculpa y de homenaje.

LEZAMA EN SU CASA DE LA CALLE TROCADERO

Hace algún tiempo

Como un muchacho enfurecido frente a sus manos atareadas

En poner trampas

Para que nadie se acercara,

Nadie sino el más hondo,

Nadie sino el que tiene

Un corazón en el pico del aura,

Me detuve en la puerta de su casa

Para gritar que no

Para advertirle

Que la refriega contra usted ya había comenzado.

Usted observaba todo.

Imagino que no dejaba usted de fumar grandes cigarros,

Que continuaba usted escribiendo

Entre los grandes humos.

¿Y qué pude hacer yo,

Si en su casa de vidrios de colores

Hasta el cielo de Cuba lo apoyaba?

Nada encontré sin embargo de los numerosos bibelots que se cuenta se dispersaban por cada rincón de la casa. Se conservaba un desorden que era más bien el caos abandonado de los objetos muertos. Nada de esculturas de jade, de ceniceros o abalorios de cristal de Murano, estatuillas, sonajeros, ni esculturas ni cuadros. Cuadro sí, sólo uno: en el centro del salón el retrato de Lezama hecho por Jorge Arche, esa variante del otro José nacional. Una de las dos caras del espejo reversible de las letras cubanas, la del siglo XIX Martí, la del XX, Lezama. Dos retratos que hablan con las manos los de Arche, en el corazón uno, el de Martí, entrecruzadas en el pecho, el otro, las manos de Lezama.

Fue ya con los tres libros en mi mochila y la decepción de no poder apreciar ningún otro cuadro ni objetos de valor, que me puse a caminar por la casa. No puedo precisar ahora lo de los 26 metros de largo que Lezama afirmaba recorrer como ejercicio y que tal vez fueran más bien 26 pasos. Lo cierto es que en uno de esos paseos de ir y venir hasta la cocina y el patio, me vi ante un circular espejo convexo de apariencia veneciano que deformó el tamaño de mi mano al intentar tocarlo y, al fondo, detrás de mi cara falseada, pude apreciar la silueta de alguien que no podía ser yo por estar envuelta en algo blanco que supuse una sábana:

-Ya me despertaron los otros con los poemitas y ahora este otro con sus trasteos…¿Te puedes largar de una vez para que yo pueda descansar? Yo tengo una copia de la llave de la casa.

Quien me hablaba en medio de mi miedosa sorpresa, era un mancebo de silueta muy parecida en tamaño a la de El Pífano, pero no de color cobrizo, sino con un desordenado pelo rubio y una piel nívea apenas alterada por la falta de luz. Una especie de ángel despeinado parecía en medio de la noche aquel Tadzio inesperado. Los ojos tan claros saltaban con su verdor desde la lobreguez del cuartucho donde al parecer dormitaba sobre un camastro en medio de una atmósfera cubierta por cortinas de un humo que, ahora en mi evocaciones, quiero suponer eran provocados por algún tabaco encendido y no debido al polvo.

Debí balbucear algo como reacción, porque respondió al principio muy molesto. Me contó, en los escasos instantes que duró su compañía hasta la sala, que estaba durmiendo allí gracias a unos amigos de la mulata achinada. Había venido de provincia con una beca a estudiar letras, dijo, antes de comentar algo así como que, en esta isla hay más poetas que habitantes y yo prefiero irme a escribir allende los mares.

Mientras encontraba otro sitio donde vivir en La Habana y preparaba los papeles que le faltaban para irse definitivamente a vivir a Venecia adonde lo habían invitado, le pidieron como tarea hacer el inventario de la casa. Más bien de lo que queda en ella después de tantos robos, musitó de nuevo de mal humor, al mismo tiempo que este Tadzio del Caribe, que sabe Dios por donde ande ahora, me tiraba la puerta en la cara, o más bien a mis espaldas.

Estoy de nuevo desamparado ante la puerta cerrada de la casa de Lezama, pero ahora no es de madrugada sino la parte más intensa de la tarde cubana. El resplandor de la luz calcina de nuevo mis ojos y me impide ver por un momento adónde ha ido G. a refugiarse de la hostilidad del sol.

Al fin la veo de lejos en el Prado, como un remedo de un óleo de Víctor Manuel, con su coloreada sombrilla hecha jirones sobre la cabeza, sentaba bajo los árboles que plantara un día de 1929 su compatriota Jean Claude Forestier, y que parecen no poder con las sombras de sus ramas calmar su sofocación tropical.

-Oye chico, si estás buscando donde meterte con la yuma esa…te tengo ahí enfrente un cuarto con aire acondicionado casi regalado. Brother, yo no creo que vayas a meter a la yuma en el museo ese, ¿no?

Al darme vuelta para ver quién habla veo la piel agrietada del rostro de una mujer parada a mi lado, con un short y en chancletas plásticas. Me mira de manera incisiva a la espera de una respuesta, convencida de haber encontrado un potencial cliente por habernos seguido los pasos a G. y a mí hasta la casa cerrada. Mientras se abanica con un cartón que sostiene con una mano, la mujer repite la misma pregunta, hace, una, dos, tres veces la misma proposición de un improvisado alquiler. Con la otra mano libre, a manera de visera, se protege de los rayos del sol que caen sobre su cara y un pelo teñido de un rubio descolorido.

Me resigno a la idea de aceptar todas las treguas a estas alturas de la tarde. Me voy a buscar a G.  que está mirando, estática y aturdida, a un mar que imagino violeta, para bajar por ese río arbolado del Paseo del Prado, convencido que a estas horas, en esta parte del mundo, hasta los dioses se resignan a abandonarlo todo por la paz de una siesta.

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2 août 2015 7 02 /08 /août /2015 11:35
MARIANAO LA PATRIA DE ARENA

He dicho que soy habanero y, más, que soy marianense. No es lo mismo ser habanero que marianense. Las cosas cambian cuando hay un río de por medio (…) Claro, nacer y vivir siempre más allá del Almendares, en Marianao, significaba lo mismo que vivir “en las afueras” (…) Al contrario de otras ciudades, “las afueras” de La Habana siempre poseyeron una aureola de delicias.

Abilio Estévez

(Inventario secreto de La Habana)

I

Marianao en mi memoria de niño es el balneario donde los veranos esperaban verme llegar mis padres después de haber salido de la cárcel. Al final de mi vida en la isla regresé a otro Marianao, menos idílico. A un Marianao convertido en mi refugio. Un escondite que pudiera protegerme de los imponderables de una vida en provincia en época de crisis. Que consolara, con su cercanía al mar y a La Habana de turistas, mi ilusión desesperada de fugarme al mundo.

Mi padre con sus bigotes engomados, su pelo teñido, y una camisa a cuadros de cuyo bolsillo colgaba siempre un lapicero, me esperaba satisfecho en la puerta de la casa del reparto Quemados, con regalos que eran siempre los mismos: una caja de 24 refrescos de botella y un cake enorme comprado en la cafetería Ampudia. Mi madre me llevaba con ella durante tres meses, puntualmente a las 7 de la mañana, a la playa donde trabajaba de cocinera.

Ése era sin saberlo el mejor de los regalos de mi madre; no perderme de vista desde los ventanales del restaurante del Casino Español, prepararme, por ejemplo, una pizza de queso y una jarra de aluminio desbordada por la espuma de malta helada, antes de gritarme que el almuerzo estaba listo, que saliera del agua, que dejara de jugar con otros niños en la arena.

Tratábamos todos, disimulando no darnos cuenta, recuperar los dos años perdidos por la condena de haber comprado ellos un pedazo de carne de res en el mercado negro. Presos políticos mis padres por comprar carne. Con una P enorme colgada en las espaldas de sus uniformes carcelarios color mostaza, para distinguirlos del resto de los reos. La vergüenza escondida de la sociedad y de la familia que debía redimir con el silencio o las simulaciones el manchado honor revolucionario.

  • Tienes que ser siempre el mejor en la escuela.

Ésa era la orden que me repetía mi madre cada vez que nos despedíamos de mis vacaciones marianenses, sin que yo comprendiera la causa real de ese forzado destino de excelencia, hasta su confesión a mis veintitrés años, una vez terminada mi licenciatura de letras en la universidad: “Ahora que ya no te me vas a traumatizar, te lo digo de una vez: tus padres han sido presidiarios, y tú no puedes pagar por la condena que ya ellos cumplieron”.

No estoy muy seguro de no haberme traumatizado por la tardía primicia, porque desde que la recibí nacieron en mí dos obsesiones: huir de aquel lugar que tenía que ser infernal por engendrar tales atrocidades, y no olvidar mientras viviera mi condena a los culpables del ultraje.

Casi sin reconocerlos a la vuelta de la prisión de Nuevo Amanecer ella, y de La Cabaña él; nos veíamos mis padres y yo hasta el último día del mes de agosto en que regresaba con mi tía Mercedes a Santa Clara. Nunca hasta hoy logré dejar de llamarlos por sus nombres. Eran mi madre y mi padre estivales, pero siempre llamaría Pancha a mi mamá y Tato a mi padre, en un resignado acuerdo común al cual nos habituamos todos.

Para mis amigos de Santa Clara yo era el habanero desterrado en provincia, para los de La Habana, el provinciano de paso. Contribuyendo a estas paradojas de mi identidad geográfica, en cada sitio me sentía forastero, en cada ciudad de paso apostaba por el equipo de béisbol contrario, lo cual, por supuesto, acentuaba mis soledades.

Yo contaba uno a uno los nueve meses que me separaban de mis padres, de la playa, y de Marianao. Enumeraba con parsimonia en un cuaderno escolar los lugares de la capital mencionados en la escuela, o los que yo había descubierto a solas en un desmenuzado libro de historia que perteneciera a mi tío político ya muerto. Tomaba notas de nombres de sitios y museos. Me hacía en fin un programa de visitas que provocaba - recuerdo bien ­- las burlas de mi padre. Y me preguntaba, sin recibir muchas respuestas, dónde podía conocer más detalles de los presidentes y de la época republicana que antecedió a la revolución de 1959, de quienes sólo se decían horrores en la escuela, y de los cuales se hablaba hasta con presunción en la amarillenta reliquia de mi tío.

A veces en tren, casi siempre en autobús y en dos ocasiones hasta en avión, yo dejaba atrás en junio la tranquilidad de Santa Clara para irme a La Habana, quiero decir, a Marianao.

Cierro los ojos y me veo sosteniendo con un temblor la mano de mi tía Mercedes al detenerse el autobús Leyland en la terminal de ómnibus de La Habana. Invadida sin tregua por un bullicioso hormigueo de personas que parecen dirigirse a gritos a todas direcciones a la vez, y de empleados con gorras y camisas de uniforme en algún momento del pasado blancas que vociferan los números de la lista de espera para múltiples destinaciones, con andenes cubiertos por capas de kerosene y a los que llegan o se van sin receso ómnibus que rugen bajo espesas cortinas de humo; la estación de La Habana era la prueba de la llegada del niño que fui a un nuevo mundo.

Una vez recuperadas las maletas de ropa y las cajas de cartón atadas con cuerdas - en las cuales transportábamos las cuotas de nuestra libreta de racionamiento -, atravesábamos mi tía Mercedes y yo aquella multitud gritona hasta la cola de los viejos coches americanos pintados de amarillo, que fungían como taxis, y a los que llamaban entonces máquinas de alquiler.

Varias filas de espera en forma de carriles separados por despintados tubos metálicos, obligaban a los viajeros a hacer cola según el destino de sus viajes. Una vez elegido el carril marcado con el cartel de “Marianao y Playa”, avanzábamos arrastrando como podíamos nuestro equipaje hacia el final de aquel brumoso túnel que se iluminaba de repente con la luz del día, y con el amarillo móvil de los coches, anunciándose así el comienzo de otro viaje.

La inmensidad de la ciudad aparecía de repente ante mis ojos. Acostumbrado a deslizarme del lado de la sombra de sobrias aceras, a atravesar estrechas calles adoquinadas, y a saludar incluso (por conocerlos) a los escasos transeúntes que me salen al paso, ver, al llegar a La Habana, la ciudad atiborrada de siluetas desconocidas, me provocaba una zozobra que nunca me ha abandonado del todo. El miedo a perderme entre tantas avenidas, parques, edificios y molotes de transeúntes, me hacían sentir en territorio hostil hasta no ver aparecer a lo lejos la pancarta metálica con el nombre de la barriada de Marianao.

De la misma manera  que había aprendido de memoria la lista sucesiva de pueblos de la Carretera Central que atravesaba la Leyland inglesa desde la salida de Santa Clara, trataba de identificar los símbolos de la ciudad que recordaba del año anterior, en los esfuerzos vanos de mi miedo por tratar de situarme en la ciudad dibujada a la carrera a través de la ventanilla de una máquina de alquiler dentro de la cual se apretujaban unos cuantos pasajeros.

Volver me procuraba la falsa impresión de recuperar un lugar de origen del cual sin embargo me desagradaban ciertas costumbres: la suciedad de las calles, el hacinamiento de personas en las casas, las horas de transporte en ómnibus de los cuales colgaban como racimos de plátanos los viajeros, la entonación en la forma de hablar de los habaneros, cierta obsesión por los objetos y la ropa supuestamente de moda y, en fin, la costumbre de comer de prisa, sin horarios, y lo que apareciera a la vista o estuviera a mano.

Alegraban sin embargo hasta la costumbre al paso de los días, el saber la recompensa de la cercanía del mar para un niño que vivía en una ciudad sin costas, y percibir las contornos casi siempre borrosas de mis padres, que repetirían al unísono y durante toda mi estancia cuanto yo había cambiado en un año, y me llevarían a los cines y al parque de diversiones Coney Island  varias veces por semana.

Algo del olor del mar que imagino violeta al respirar su salitre, me causa desde entonces la sensación de haber llegado a una remota casa desaparecida. Breves arremetidas  de la misma brisa que se incrusta en las paredes hasta roerlas a mordidas de sal, ha dejado sus cicatrices de aire en mi memoria y erige las fronteras de un sitio que recorrí descalzo y con los pies mojados en algunos recuerdos, y que no debió dejar de pertenecerme.

La paz insinuaba su llegada al pasar el taxi por el puente del río Almendares, el límite de agua entre Marianao y la otra Habana. No lejos imaginaba a mi mamá con un bolso ya listo con toallas y bañadores que pronto, mañana mismo, se cubrirían, por sus incesantes idas y vueltas a la playa, de infinitos puñados de arena.

II

Escribo sobre esta patria de arena para comprender la discrepancia amable entre cierta lejanía y la pertenencia, la extrañeza que no he cesado de sentir cada vez que evoco a Marianao. Esa afección incompleta por una identidad perdida, que camina a mi lado mientras regreso al cabo de 16 años de haberme ido a Francia.

III

Son apenas las 8 de la mañana y le he pedido al taxi que me deje ante la biblioteca de Marianao. Sé que si subo las escaleras y busco en el anaquel de la izquierda al llegar al segundo piso – ¿habrá cambiado aquí el orden de las cosas?, ¿habrán desaparecido algunos volúmenes? - encontraré los tomos de una enciclopedia de tapas marrones, y al hojearla podré admirar una colección de grabados de la ciudad de Brujas.

Desde una de esas mesas del segundo piso escribía todas las tardes cartas desesperadas a mi familia en Miami. Le rogaba, bajo un calor capaz de atomizar a un elefante – los ventiladores soviéticos no funcionaban por falta de electricidad – a una novia argentina de venir a buscarme, a un amigo suizo de invitarme a Ginebra, a viejos compañeros de clase de llevarme con ellos a Estocolmo…No entro, claro. Porque si uno no debe volver a los sitios donde ha sido feliz, menos aún podrá  reconciliarse con el escenario de sus más grandes angustias.

Tengo cita a las 11 con mi hermana Teresita en la casa de Quemados, pero quiero recorrer antes a solas y sin prisa la barriada.

Bajo con el impulso de la brisa mañanera la calle 100 como hice tantas veces a finales de siglo en mi bicicleta china. Disfruto compartir con mi memoria la tentación de saber que ese descenso conduce al mar. Sé que al final de la bajada está el obelisco erguido hacia el cielo, la escuela de pintura San Alejandro, y la puerta del Campamento de Columbia en el cual naciera José Lezama Lima y del cual huyera en un avión Batista. Doblando a la derecha, frente a Columbia, está la Maternidad Obrera donde nací, y al volver a doblar - esta vez a la izquierda ­- en el semáforo que corta cuatro vías, se extiende majestuosa la avenida 31 que muere o renace, allá abajo, en las orillas de las playas de Marianao.

Mirando alrededor trato de conservar la misma curiosidad de niño ante la presencia de palacetes, mansiones y chalés que milagrosamente se conservan en perfecto estado a ambos lados de la calle. Bajar desde 100 y 51 puede impresionar a un espectador no advertido por la proliferación de viviendas insólitas y hasta anticuadas. Tomo fotos de ellas. Me extasió igual que antes o más, porque ahora, de vuelta, conozco el valor de las casas en el mundo, y los originales europeos que inspiraron esas copias.

En 45 y 100 la luz matinal cae sobre el torreón circular y las almenas de la casa que hace esquina. Justo enfrente permanece intacta una casa con arcadas a ambos lados de un arco de herradura que precede a la puerta. Sostienen al arco dos imitaciones de columnas con capiteles corintios y breves entablamentos sobre los cuales se erigen dos farolas.

Como islotes parecen ésta y otras casas ignorar la suciedad y las destrucciones que las rodean. Uno está tentado a creer que el mismo mago generoso que las depositara en estos paisajes hace mucho tiempo, las protege con un golpe de vara mágica de la desidia reinante.

Al igual que de niño, cuando al volver de la playa pasaba por aquí con mi madre, o de la mano de mi padre los domingos en que íbamos a visitar a mi abuela, guardo mi mayor asombro para el castillo en miniatura de la esquina de 100 y 41. Una casa de familia en forma de fortaleza que no citarán nunca los manuales de arquitectura porque (y no deja de ser académicamente cierto) esta reproducción falsamente feudal y ecléctica en pleno siglo XX, por añadidura, en esta comarca soleada del Nuevo Mundo, se considera por los jueces del arte un ejemplo de mal gusto.

Compuesta de un muro acastillado, con una escalera que debe fungir en la imaginación como puente levadizo, de un césped que por su descuido intenta parecer el fondo de un foso seco, una torre con garitones y otra hasta con aspilleras ovales; el caserón acentúa su anacronismo con la presencia de ventanas en forma de arcos elípticos y con vitrales.

A Rafael Rodríguez Altunaga, historiador y diplomático en países latinoamericanos y europeos de varios gobiernos republicanos, se le ocurrió diseñar de esta manera su casa en la década de los 30. Hombre culto, bibliófilo, y apasionado coleccionista de arte, tirado al olvido por la historiografía marxista a pesar de ser el autor de varios libros capitales sobre Trinidad, su ciudad natal, y la región central de Cuba; Altunaga debió considerar reconfortante para su sensibilidad vivir entre los muros grises de la réplica de un castillo.

Si para esos hombres de antaño  retener en piedras del trópico las reminiscencias de sus viajes por tierras foráneas era un ejercicio de forzada nostalgia, a los ojos de un curioso y muchas décadas más tarde,  las piedras edificadas aparecen como emblemas de un linaje desaparecido y de países a él, desgraciadamente, vedados.

Me agrada inventarme entonces que venir a contemplar estas mansiones cuando yo era niño, o en la época en que preparaba mis viajes en balsa para irme de Cuba, era mi manera de viajar a otras latitudes que arquitectos de una época próspera y pudientes propietarios, habían puesto en mi camino como presagio de mi vida futura en otros parajes.

IV

Vuelvo sobre mis pasos. Subo todo 100 y llego hasta 43 – la sede del Partido Comunista del municipio cubre con sus jardines cuidados todo el ángulo de esta esquina - para ir a ver la casa que me dejara mi tía Olga antes de irse con mi padre a Miami.

La casa de mi tía está a solamente unos pasos de la que perteneciera al antiguo ministro de cultura Abel Prieto, promovido ahora a asesor personal de Raúl Castro. Suntuosa como merece ser la casa de un ministro -  y más si se rodea de desolación como es el cao -, con sus dos plantas, no puede pasar inadvertida la vivienda de la familia del melenudo escritor devenido alto funcionario de la dictadura.

Algo cambia en las viviendas de estas avenidas interiores que difieren de la conservada prosperidad de las casonas de la calle 100. Aquí alternan discretos solares interiores protegidos por enredaderas o algarrobos, con inesperados palacetes tan grandes como media manzana.

Me paro ante el número 10011 de la avenida 43, y tal y como me ocurrirá decenas de veces durante este viaje, me aterra el deterioro de la casa de mi tía. Más que el testimonio del tiempo transcurrido, me duele la degradación de todo lo que no pudo cambiar o conservarse con los años. Es como si, en un instante visual, viajáramos de los palacios del poder comunista y de la morada de Prieto, a la covacha de uno de sus siervos condenado a preservar su desdicha.

Las capas de colores arcaicos salen a luz como serpentinas desteñidas pasadas por las aguas de infinidad de temporales, bajo la descascarada pintura de la fachada. El techo del portal, a primera vista, parece decorado por la paleta de un pintor tenebroso  que intentara representar – con matices negruzcos y grises deslucidos – los torbellinos de un ciclón que, mirándolo bien, son en realidad las manchas de la lluvia acumulada en paredes sin resistencia a los falsos maquillajes.

Ahora viven aquí una prima mía y sus dos hijas a las que visitaré unos días más tarde. La primera vez no me atrevo a dar un paso hacia la reja y teniendo en cuenta que la familia ha podado el frondoso árbol de vencedor de Olga y sus raíces han sido cubiertas por una capa de cemento; mi contemplación debe interrumpirse a causa del sol de agosto que ya me golpea con fuerzas en la cabeza y los hombros.

Sigo bajando por toda la calle 43 en busca de la casa de mi hermana y el inventario visual es unánime y lúgubre: imposible ver el más mínimo orden en centenas de metros a la redonda. Es curiosa la miseria bajo el sol, me digo. Brilla con luz propia esta miseria, resplandece y prospera sin tener la más mínima posibilidad de disimularse y termina, casi, siendo fastuosa en su decrepitud.

Los montones de basuras y desechos se acumulan en tambuchos destapados para regocijo de moscas y roedores que se divierten, como en casa propia, a la vista de todos. Las aceras están cuarteadas al igual que el asfalto de la calle, y ambos conservan los mismos baches agigantados que mis recuerdos de obligado ciclista no olvidan. Aquí un hueco lleno de agua por el aguacero de anoche, allá las estrías de una grieta de la cual ­– ¡tierra fértil la cubana! – sobresalen los retoños de todo tipo de hierbajo que las aguas albañales o riegan o no han logrado asfixiar.

Recorriendo el panorama que me rodea, uno creería en este caso, no en el mago invisible de la calle 100, sino en la existencia de la malévola disciplina de un guardián empeñado en proteger y reproducir con esmero toda ruina. O peor aún, uno se convence en lo nocivo de las cadencias de la costumbre, porque las personas que viven rodeados por estos paisajes de abandono durante medio siglo, creen normal tal estado de cosas. Quizás en mi caso fuera, antes, la vida en una ciudad apacible de provincia, y ahora, la experiencia de vivir en el mundo, lo que explica el escozor que me provoca esta prueba de dejadez colectiva.

Mi desesperación aumenta cuando al percatarme de la presencia de un nuevo edificio de apartamentos, compruebo que se ha incorporado  - durante los años de mi ausencia en que fue construido – al deslucido deterioro que lo rodea. Justo en la esquina de 110 y 43 se erige este inmueble de bloques grisáceos y manchados de humedad, desde los cuales brotan hiedras espontáneas que cubren las escaleras y los aleros, sin que un observador consiga determinar ni su centro ni sus puertas de acceso.

Ya no existe el edificio de General Lee de la esquina de 114 y 43, donde trabajaron mis padres cuando se levantaba allí un  asilo de ancianos regido por monjas españolas. Sé que se desplomó de un golpe a finales de siglo, y saberlo le evita a mi espíritu la melodramática reacción por la desaparición. En su lugar se extiende, resguardado por el tambaleante muro de antaño, un descampado de malezas y escombros en el cual tratan de levantar edificios de apartamentos que, viendo la lentitud de las obras, uno augura disponibles para dentro de algunas décadas.

A pesar de la temprana hora y de lo tenue de esa luz que aún no diluye los colores hasta desdibujarlos, se me atasca la nariz mientras camino con ese polvo mezclado con residuos de humo de coches y camiones, y toso a cada paso. Una nube de una arenilla transparente se adhiere a mis ojos y a mi cuerpo. El sabor espeso de escombro se humedece con mi saliva, hace pastosa a la arenilla, y cierra la garganta. Escupo. Hago pausas. Desamparado ante el olvido de esas sucias incomodidades antes cotidianas, me obligo a tomar sorbos de agua cada vez que debo interrogar las manecillas de mi reloj también cubierto de gotas de arena, y retomo mi caminata.

 

 

V

Mi hermana es la última habitante de una casa que ha logrado poco a poco ampliar con el dinero enviado por la familia de Miami. La minúscula casa actualmente cuenta con tres plantas y una terraza que espera su balaustrada. Ella es la postrera y solitaria heredera del territorio familiar de mis vacaciones de niño. Está sentada, como en aquel poema que Virgilio Piñera dedicara a su hermana, en su trono del dolor.  Pancha moriría en Santa Clara meses después de mi visita. Su padre Tato nunca volvió de un viaje a Miami. Su marido Pedro se fue con otra mujer. La hija Anaysis se escapó de Venezuela para vivir en Miami. El hijo Pedro Luis ahora toca piano en un club nocturno de Shanghái. Alberto, el otro hermano, huyó en un barco en 1980 y anda por Kentucky, y Mandy, el hermano menor, se casó con una turista francesa que conoció cuando vendía libros en la Plaza de Armas.

La transformada casa es en realidad una eterna e inacabada obra en construcción. Uno no sabe con certeza si la vivienda está irguiéndose o derrumbándose. Si amenaza con crecer o se hace pedazos. El tiempo que demoran en llegar los materiales nuevos hace que, al añadirse a los más envejecidos por la espera, se superpongan y no correspondan ni en colores, ni en formas, ni en estilo, a los anteriores. A veces con ladrillos, otras con bloques o manchas de cemento, las paredes y muros puestos a coincidir en el mismo espacio producen un marcado contraste. Mi hermana parada, ante la misma puerta donde mi papá enarbolaba los refrescos y el cake de la cafetería Ampudia, se asemeja a la capitana de una averiada nave a la deriva.

Hablamos. Nos contamos como podemos tanto tiempo de ausencias. Para cumplir la promesa hecha a mi padre, no he olvidado comprarle en una tienda en dólares de los alrededores, lo que se regala en Cuba en casos como éste: café, aceite, jabones, latas de conserva, algunas cervezas. Le doy algo de dinero. Me pregunta con insistencia por sus sobrinos que, al ser franceses, supongo sean muy exóticos a sus ojos. Sé que vendré varias veces antes de volver a Francia como le prometo. Que reuniré una tarde a lo que queda de nuestra familia en La Habana, como un brindis por los que se fueron o ya no viven, sospechando, sin decirlo, que quizás este rencuentro tampoco pueda repetirse en el futuro.

Está sola mi hermana, rodeada de nombres de fugitivos o de fantasmas de muertos, de imágenes de su vida de antes, de la esperanza de una llamada por teléfono, de la llegada de algún dinero para comer, o añadirle otro ladrillo a la pared que falta.

Nos vimos poco de niño mi hermana y yo, recordamos. En ocasiones fuimos juntos a la playa. Como aquel día en que por no saber nadar casi se ahoga, y al correr yo tras los gritos de la multitud, pude verla desvanecida y rodeada de intrusos, acostado su cuerpo con los brazos abiertos, en forma de cruz, sobre la arena.

Después de la detención y la cárcel de nuestros padres, a mí me tocó la suerte de irme a vivir con la tía acomodada de provincia, a ella, vagar por La Habana de casa en casa de familia, hacer colectas de jabas de comida entre los vecinos para llevarlas los domingos de visita a la prisión. Cuando arreció el hambre en los años noventa, yo pude escapar a Francia mientras ella se resignó a decir adiós a sus hijos, a su padre, y a casi toda la familia. “Para orgullo de la familia tú fuiste el primero en estudiar en la universidad”, repite. Ella fue enfermera una vez, antes de volverse loca y tratar de suicidarse. Después ha sido muchas cosas mi hermana, que me confiesa, cabizbaja, a manera de despedida y con beso:

  • Ahora mi oficio es esperar noticias…Mandy.

 

 

 

 

 

Published by Armando VALDES-ZAMORA
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