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27 juin 2016 1 27 /06 /juin /2016 20:20
CROACIA 2 – ESPAÑA 1 Y ELECCIONES EL DOMINGO

Es mi primer viaje a Ciudad Real y ando merodeando por el centro para ver dónde puedo cenar. Por todas partes se asegura que es la región del Quijote, algo trascendente a cuatro siglos del nacimiento de Cervantes. La tarde soleada se extiende tanto que es mi hora de estar a la mesa y la luz inunda los cafés donde los pueblerinos en short y sandalias beben cervezas y comen tapas como aperitivo.

Doy vueltas alrededor del ayuntamiento y me voy hasta la catedral de Santa María del Prado (una tarja asegura que la virgen apareció aquí en la remota fecha del 25 de mayo de 1088) y a mi regreso descubro, en una plazoleta, la escultura de Dulcinea del Toboso. Pido a un transeúnte que, como yo, la está escrutando, que me haga una foto, abrazándola.

En la ciudad parece domingo aunque sea martes, quizás porque es un ritual diario de sus habitantes, en esta época del año, el venir ligeros de ropa y pulcros, a pasear con amigos y la familia por el centro.

Tomo una calle lateral y me salen al paso grupos de chicos envueltos en banderas españolas. Tardaré unos minutos en enterarme que esta noche juega en la Eurocopa de Francia, la selección de fútbol con el equipo de Croacia. Tardaré el tiempo de encontrar un cafetín con aire acondicionado y televisor, donde grupos de aficionados menos fervientes, quizás, como yo, del calor, han venido a beber delante de un televisor que transmite el partido.

Como no sé qué hacer, me siento y pido lo primero que pide uno en España cuando llega a un sitio similar:

  • Una caña por favor…

Elijo una vez más comer croquetas de jamón ibérico y no pierdo la costumbre de recordar a mi madre, devota de la cocina española, que bajo el bochorno del trópico en Cuba, nos elaboraba platos propios del frío invernal de las llanuras castellanas. Pido vino. Me ha dicho un colega profesor que es reputada la uva de la región exportada a Italia. El camarero me asegura la calidad de un Paso a Paso Crianza que resulta muy agradable al paladar.

Y mientras tanto en la pantalla el fútbol. Felices los espectadores a mi lado, porque gana España a Croacia 1 a 0. Pido queso manchego y otra copa de vino. Comento que está bueno ese vino local. De vez en cuando echo un vistazo el fútbol, quizás porque me agrada la satisfacción sonriente de los jubilados comensales que en parejas festejan ya la victoria segura de la selección.

Salgo y me vuelvo a andar por la ciudad. Regreso a la catedral. Quiero fotografiar la iluminación artificial sobre sus muros en los cuales se reflejan siluetas de niños y niñas que corretean e ignoran el litigio paralelo de su equipo de fútbol contra los croatas.

Mañana trabajo. Vienen a buscarme temprano. Por eso ya estoy sentado en una butaca de la recepción del hotel en la que decido quedarme un rato antes de subir a la habitación. Un clamor colectivo y desafinado me advierte que algo ha ocurrido de inesperado o feliz en el partido de fútbol. Y así es. España ha fallado un penalti y Croacia además ha logrado igualar el juego: 1 gol por bando.

La tensión es evidente entre los españoles sentados alrededor mío y con la mirada fija en la pantalla del televisor del hotel. Ya no se escuchan elogios como hace un rato. Al contrario. Contrariados, algunos hombres lanzan improperios contra, por ejemplo, Sergio Ramos, el capitán de un equipo al que muchas veces su destreza ha llevado a la victoria. No sé por qué, yo, tan mal conocedor de este deporte, presiento lo peor.

Llega lo peor para mis anfitriones. Es el minuto 87 y un croata se escapa y anota el segundo gol, a todas luces, enemigo. Lejos del silencio sepulcral que espero, se escuchan gritos agresivos. Maldiciones. Condenas. Del equipo aplaudido en el café donde he cenado se pasa ahora a la certeza (“Lo sabía”, dice un señor calvo, con chaleco y camisa blanca sin mangas, que golpea a patadas una mesa baja ante la perplejidad de su esposa, “Lo sabía”…) de que los jugadores son unos fracasados, el portero un inútil y el entrenador un “atorrante”.

No pasa nada que cambie el destino del juego en los minutos que faltan. Sin darme cuenta yo, que hasta olvidada la celebración de la susodicha Eurocopa en el país donde vivo, he sido testigo de la derrota de uno de los orgullos de España, su equipo de fútbol. Exagerados y agoreros, como deben ser los periodistas deportivos que se respeten, leeré esa misma noche en uno de los cintillos que comentan la debacle que el penalti fallado cambia el destino futbolístico de Europa.

Los ingleses y todos los europeos pensarán lo contrario sólo dos días después. Como si no hubiera pausa en el verano que comienza por el anuncio de noticias inquietantes, 51% de los británicos no quieren que Inglaterra siga en la Unión Europea. Extraña la Europa de estos días, con una Francia inundada por las aguas de torrenciales lluvias, huelgas, manifestaciones y amenazas de atentados.

Tal vez sea porque España no ha sido eliminada de la Eurocopa. O porque lo del paro y las zozobras de la vida cotidiana de un español no encuentran pausas en los últimos tiempos, pero ni la salida inglesa de la Unión, ni la humillación croata, tardan demasiado en las expectativas de los españoles:

  • Este domingo hay de nuevo elecciones…Y todo indica que seguiremos otro tiempo sin gobierno…

Esto me responden a quienes les comento,  como espectador de paso, lo del fútbol y el Brexit. Ya en el aeropuerto de París, de vuelta, me entero que en España no ha ocurrido lo peor: el ascenso de Podemos, esa caricatura pasada de moda de lo peor del comunismo, no confirma los pronósticos y sólo es tercero en las elecciones. Ahora falta ver qué hace el equipo español de fútbol en la Eurocopa.

Por los tiempos que corren en Europa todo pronóstico es arriesgado.

 

Published by Armando VALDES-ZAMORA
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12 juin 2016 7 12 /06 /juin /2016 15:26
ANTE EL BARRANCO DE NIVARIA TEJERA

"Todo acontece en esta isla como un rechazo".

Nivaria Tejera

(Buscar otro nombre al amor)

Bifurcaciones

Este invierno de 2016 ha fallecido en París la cubana Nivaria Tejera. Deja una obra singular esta escritora, como su vida. Una obra que incluye la poesía y la novela, que entremezcla y confunde géneros a través de una escritura y un universo ficticio extremadamente personales.

Por momentos desigual, es cierto, pero original y, sobre todo, auténtica, la obra de Nivaria. Su vida, sus libros y su personalidad, aparecen marcadas por la extrañeza. Poseía todo Nivaria para ser ignorada, para no dejarla entrar al baile de los aplausos públicos y las medallas. Estoy seguro le costó esfuerzos lo que aceptó alguna vez. Intentó hacer lo que otros consideran debe hacer un literato público: participó en concursos, envío manuscritos, se dejó homenajear, y todos esos consuelos evidentemente ajenos a las espirales de su espíritu, quizás formaran parte, sin saberlo, de las respuestas que buscaba al propio ejercicio de la literatura, de sus compensaciones.

Pero en ella era más fuerte y leal el instinto de apartarse y escribir lo que nombrara “su deriva caótica”, a través de “lo intuitivamente percibido” que origina “tentadoras bifurcaciones”. Caos e intuición. Bifurcaciones. Un caos incesante reina en sus páginas. Un ojo, un oído, y sobre todo, una consciencia asocia percepciones tan dispares como indescifrables.

Ahora sabemos que la ruptura de su visión de la realidad se origina en la confrontación de una niña con la Historia. En la perplejidad de un testigo que memoriza y registra fragmentos de imágenes de una guerra en la cual las principales víctimas son su propio padre, la niña absorta y angustiada, y la ruptura de un orden que impone una dispersión, a la larga, irreversible.

Cierto aislamiento que practico está sustancialmente ligado a aquella supervivencia impuesta y tan a menudo son una misma exigencia. Hay una animalidad en la soledad como hay una animalidad en la locura, citando a Foucault

Así explica Nivaria en una entrevista a la poetisa Belkis Cuza Malé, las correspondencias entre el traumatismo infantil de la guerra y la alienación de su existencia. Es en su novela El Barranco donde Nivaria comienza a narrar esta ruptura que aparecerá con el tiempo como una nefasta profecía nacida de sus relaciones con la historia política de su época.

Aunque en el año 1954 José Lezama Lima había publicado en la revista Orígenes el capítulo IX, la novela fue publicada primero en Francia en 1958, y más tarde en Cuba, el 15 de mayo de 1959.

Una novela dentro de la infancia

El Barranco es la narración, en forma de fragmentos, de una niña (Chibita) que vive en un pueblo de islas Canarias (La Laguna) cuando arrestan a su padre republicano en plena guerra civil. La novela es auto-ficción porque en ella Nivaria rememora sus años en esta isla española en la cual viviera hasta 1944. Pero no es (no puede ser) un relato de niño ni infantil, sino el resultado del gesto de un adulto que vuelve sobre los hechos más traumáticos de su infancia.

El libro no recoge memorias escritas desde la vejez como despedida, sino lo contrario: un acto de iniciación a la narrativa por un lado, un punto de partida que se funda y explica en un traumatismo de la infancia.

De ahí que El Barranco comparta una dualidad fundadora: la existencial y la poética. Lo contado podría explicar a la vez la práctica social del escritor y su estética, funciona como la génesis de toda una obra y la patria de una errancia que Nivaria siempre asociaría a la fuga de tres dictaduras: la de Franco, la de Batista y la de Castro.

Siguiendo una idea de Alexandre Gefen, El Barranco sería una novela dentro de la infancia. Dos hechos impiden que existan dudas de la autenticidad de esta escritura y de esta categorización genérica. El primero es evidente; se trata de la intensa novela de una niña que pudiera funcionar (a pesar de su ausencia de datación) como un diario íntimo. La segunda es la escena del relato. No se trata de novelar aquí ni una infancia formadora, ni de evocar un paraíso perdido, sino de ver, sentir y escuchar, desde el interior de la inocencia, una guerra:

Hoy empezó la guerra. Tal vez hace muchos días. Yo no entiendo bien cuándo empiezan a suceder las cosas. De pronto se mueven a mi alrededor y parecen personas que conocía desde antes. Para mí, que no sé pensar, la guerra empezó hoy frente a la casa del abuelo.

El dramatismo de lo narrado suprime la distancia crítica o la lejanía del sujeto. Aunque el contenido del relato sea la narración de la infancia, la memoria aludida no es una memoria feliz.

El espacio es un terreno conflictivo en El Barranco, suprime todo idilio y provoca una disimetría entre el sujeto y el mundo, una temprana ruptura que explica tanto la existencia misma del libro como el registro de esa mirada retrospectiva a través de la escritura del adulto. Este procedimiento se asemeja en cierto modo al empleado por Stendhal en Vie de Henry Brulard (1835-1836): el tiempo de lo narrado es inmediato y no reconstituido de manera artificial.

La tragedia se cuenta desde lo más íntimo y auténtico sin tener que adivinar quién la escribe. Ese signo de intimidad terminará siendo el privilegio de una escritura y una visión del mundo expuestas en libros posteriores a El Barranco.

Pocos se han detenido a interpretar la significación del título de esta primera novela de Nivaria. La referencia al barranco aparece relacionada siempre en el texto con el lugar inhóspito donde se encuentra la cárcel del padre.

La única forma de expresarnos entre nosotros es el silencio. Es desesperante estar inmóviles dentro de la casa mientras sigue lloviendo y siguen también los fúsiles arañando las ventanas y continúa a lo lejos ese ruido que puede ser el corazón de papá cayendo al barranco

(…)

El corazón de papá que estaba allí recostado ya no está, ya no está. Nos van a encontrar, corramos, corramos. En el barranco tenemos que escondernos. Allí está el hoyo, el guardián, la neblina. Nos haremos los muertos. Ven, más al fondo, más, más al fondo.

La imagen del barranco aparece como una percepción espacial que antecede a la imagen mental. La desolación de la niña ante este vacío revela también un traumatismo psíquico y una ruptura con la realidad por la carencia del padre que se representa por esta figura de espacio, no lejana a la caverna y sus simbologías: un lugar profundo y confinado que recuerda un retorno al origen maternal, un antro primordial. Un lugar paradójico de caída y de refugio que parece condenado a abrirse e imponerse ante la conciencia de la escritora hasta el final de sus días.

Por otra parte, el lector de El Barranco no pone en dudas la autenticidad de los hechos por la autoridad de quien habla. Al ser una niña quien se expresa en un monólogo que pretende ser lo que Gérard Genette llama discurso inmediato, el balbuceo y la confusión que impide nombrar u opinar como un adulto, suprimen toda sospecha. El discurso no aparece organizado por un autor que describe una consciencia, sino por la propia consciencia descrita, anterior a todo discurso lógico, como explicaba Édouard Dujardin el iniciador de ese recurso con Les lauriers son coupés publicado en 1887.

Es precisamente ese punto de vista de la narración la principal sorpresa y hallazgo de este libro. Apropiándose de las dos ganancias expresivas del monólogo interior, es decir, de la atención a los detalles que atraen a la percepción humana y la reproducción de pensamientos, imágenes e impresiones de la conciencia; se contrastan la inocencia y la violencia. La idea de escuchar en la voz de una niña el relato de la guerra que no delata la presencia del adulto que escribe, distingue e inscribe en la historia escrita del imaginario cubano el título de El Barranco.

El testimonio en primera persona suprime la distancia entre la voz del adulto escritor y la de su infancia. Hay en estas confesiones une fidelidad al movimiento mismo de la anamnesis, se pasa de la autobiografía a la encuesta de sí mismo. La fecundidad de la introspección se infiere del acto mismo asumido: yo, que fui esa niña, soy la única en poder conocerme y lo que descubro en mí y en mi conciencia, al escribir, importa también a los demás.

El texto aparece como una identidad narrativa, el lugar donde se entrecruzan la Historia y la ficción, la consciencia y la realidad, una realidad en lo adelante siempre agresiva y ajena, a la cual, la autora, nunca más podrá describir de manera realista.

El Barranco marca la imaginación literaria cubana por estas revelaciones. Pero lo decisivo en su trascendencia (en una lista personal he puesto a El Barranco entre los 20 mejores libros cubanos del siglo XX), es el empleo del lenguaje en este libro.

Hay una voz inconfundible en El Barranco. Una áspera extrañeza salta de sus páginas cuando uno avanza en su lectura. Una extrañeza que se escucha como la sorprendente voz de una niña a la vez lúcida y desgarrada. Se me ocurre que es esta voz y su dicción lo que crea un estilo en sí, la que acompaña, desnuda y despiadada, cada fragmento o fresco que registra el desconsuelo de la niña que no puede escapar a las circunstancias ni salvarse con su padre:

Hoy he venido con papá a conocer el mar del puerto. El mar respirando en el muelle ancho. (Fíjate cómo rueda hasta allá. Si nosotros pensamos hasta allá, también rodaremos. Papá, has de sentirte en el muelle ancho y libre como él. Por eso me vestí de lino, para estar contenta, y dije de venir al mar.)

(…)

Papá, ha sido una buena tarde porque tú estás libre.

Así comienza el capítulo 8 de El Barranco. La narración intercala un monólogo dirigido al padre. El mar es la libertad que se puede alcanzar, junto al padre, por el pensamiento. La felicidad, nos dice la niña, depende de la libertad. Se puede afirmar que los libros de Nivaria se generaron a partir de la alternancia de imágenes como ésta y la del barranco, en las cuales la felicidad real es sólo una tregua, o la imaginación de algo inalcanzable, como el mar.

La forma de las sensaciones

Contrario a lo que ha afirmado cierta crítica apresurada, nada prueba que Nivaria Tejera haya leído o conocido el Nouveau roman francés durante la escritura de El Barranco. No importa si a veces uno debe contradecir hasta al propio escritor. En una entrevista que le hiciera el poeta y editor Pío Serrano para la revista Encuentro, Nivaria afirma que; « al llegar a París en el 54, recogí y asimilé, con la óptica intuitiva que la cultura me procuraba, algunas experiencias de la narrativa francesa contemporánea, en particular el nouveau roman ».

Si nos limitamos a cómodas referencias cronológicas, basta recordar que después de haber vivido desde 1944 en Cienfuegos, Nivaria se muda a La Habana en 1949. Tras la publicación de varios poemarios (Luces y piedras de 1949, Luz y lágrima en 1951 y La gruta en 1952), es la muerte de su padre en Cienfuegos en 1956 el hecho decisivo que la motiva a publicar la novela.

La publicación del capítulo IX – el libro posee sólo tres más, es decir XII - en Orígenes se produce el mismo año (1954) en que Nivaria parte con el poeta y pintor Fayad Jamís a París. En ese momento, es cierto, ya Nathalie Sarraute ha publicado su clásico Tropismes (1939) que Nivaria reconoce haber leído unas seis veces seguidas en su momento. Pero nada permite asegurar que sea antes de terminar El Barranco cuyo manuscrito ella lleva en París a Claude Couffon en 1955 o 1956, fecha que el propio Couffon no puede precisar.

Otro detalle importante: la calificación de nouveau roman aparece teóricamente explicada sólo en 1963, fecha en que se publica el ensayo Pour un nouveau roman de Alain Robbe-Grillet, uno de los principales representantes de esta escuela literaria, junto a Nathalie Sarraute, Claude Simon y Michel Butor.

Visto de manera general, la escritura de El Barranco se integra genéricamente a una tradición modernista de la literatura que busca romper con el realismo. El empleo del monólogo y de un lenguaje cercano a las asociaciones poéticas, acentúa ese efecto, en este caso típico en los relatos de infancia.

La argentina Sylvia Molloy en su libro Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, asocia, sin embargo, la fragmentación de un libro como Cuadernos de infancia de Norah Lange con la vanguardia europea. No creo que éste sea el caso de Nivaria Tejera en su primer libro porque sus influencias parecen bastante confusas y opacas en la época. La curiosidad de su juventud, la relación con Jamís, y la amistad con los poetas Heberto Padilla, Luis Marré, Pedro de Oráa, Rolando Escardó y el surrealista José Álvarez Baragaño, más el contacto habanero con el grupo Orígenes, dan algunas pistas, pero pocas precisiones sobre las fuentes de sus lecturas.

Sorprende que (al igual que ocurre con Severo Sarduy) mucho se especule de manera superficial sobre la naturaleza de los contactos con la lengua francesa y su literatura, a la hora de exponer los ciclos narrativos posteriores de Nivaria Tejera. Porque no basta con la experiencia vital en otro espacio lingüístico para asociar ese momento de manera definitiva a la asimilación de une estética.

Es eso que Philippe Lejeune ha nombrado como una ideología autobiográfica lo que subyace en este texto inicial de Nivaria Tejera, lo emparenta con la poesía anterior de la autora, pero lo hace diferente a los libros que seguirá escribiendo ella hasta su muerte. Es de notar, sin embargo, que al insistir en describir estados e intuiciones más que hechos y tramas en las obras escritas más tarde, no hay una ruptura total con la forma en que se narra la mirada de una niña en El Barranco.

La voz de El Barranco sorprende por la auténtica lejanía del adulto que escribe, pero esta separación no dispersa su identidad como personaje del relato. Hay en esta estrategia de lejanía una proximidad a la poesía que no debe asimilarse a la dispersión de la identidad de los personajes como ocurre en el nouveau roman.

Es evidente que en esa intención permanente, desde el inicio de su obra narrativa, de dar prioridad a las percepciones y a una voz diluida en un texto sin cronologías y con personajes también imprecisos? subyacen las marcas que han llevado a la crítica a identificarla con el nouveau roman.

Lo cierto es que, cada vez que uno lee a Nivaria Tejera, cree verla como una niña que despierta demasiado temprano al mundo, desconcertada y nerviosa, lanzando palabras e imágenes como si mirara hacia un sitio imposible de alcanzar, para no caer o ir a esconderse, al barranco invisible que la acosó durante toda su vida.

Un café de Saint Germain y una calle de Santa Cruz de Tenerife

Sentados en un café de Saint Germain des Pres, a principios de siglo, un grupo de amigos acompañaba a Nivaria después de un homenaje que se le hiciera en la Maison de l’Amérique latine. Aproveché la ocasión ese día para hablar una vez más con ella. El timbre de un teléfono interrumpió nuestro diálogo, y Hanton, el pintor español que viviera con la escritora una buena parte de su vida, le dio una noticia que no pude escuchar.

Fue entonces que Nivaria se dio vuelta hacia mí para hacerme un reproche:

- Mira, nunca has escrito nada sobre El Barranco como me habías prometido, y ahora mismo me están diciendo que acaban de ponerle mi nombre a una calle de Tenerife, ¿qué te parece?

Yo le había contado a Nivaria que tuve mis primeras noticias de ella cuando me ganaba la vida como bibliotecario en Cienfuegos, la ciudad de Cuba donde ella naciera. En una tarde de sudorosa abulia había descubierto sus libros en la llamada Sala de libros raros, el único espacio con aire acondicionado de la Biblioteca Provincial. Allí se alineaban y protegían sus libros por pertenecer al patrimonio de la cultura local. Me inicié en su lectura de tregua en tregua, en los paréntesis en que me refugiaba del calor, y soñaba con escaparme a vivir a otras geografías donde, según se decía en las notas biográficas, vivían ahora Nivaria e infinidad de otros autores insulares.

Supe después que Nivaria llevaba a cuestas ese tipo de carácter a la vez huidizo, desorientado y mordaz que uno identifica enseguida con resignación en ciertas personas talentosas que deambulan por regiones paralelas a la realidad. Por eso había tomado mis medidas antes de ir a conocerla personalmente.

Unos meses antes de nuestra conversación en el café de Saint Germain, un amigo común, el escritor Juan Arcocha, nos había presentado al mediodía de un domingo. Juan le había hablado de mí como de un admirador llegado hacía poco de Cuba. Nivaria nos invitó a almorzar a su casa y me hizo un regalo: el dossier con la crítica publicada, a lo largo de muchos años, sobre El Barranco. Le prometí entonces que escribiría algo acerca de la novela. Pero los agobios que me provocó la escritura de mi tesis sobre Lezama en la Sorbona y otros accidentes, me impidieron cumplir en aquella época con lo prometido.

La calle Nivaria existe, se puede recorrer o ver en un mapa. Se extiende poco más de cien metros al centro de Santa Cruz de Tenerife. Al igual que otra calle en Madrid que lleva el nombre de su padre Saturnino Tejera. Las palabras anteriores, cumplen, por mi parte, la promesa que le hiciera a Nivara en París, aquella tarde de domingo en que almorzamos juntos en su casa. La cuenta está saldada.

Publicado en: https://conexos.org/2016/06/09/10408/

(Foto): Nivaria Tejera, Fayad Jamís y Luis Marré en La Habana (ca. 1953)

Tomado de: Margarita García Alonso: https://margaritagarciaalonso.wordpress.com/2010/09/04/luis-marre-y-fayad/

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11 juin 2016 6 11 /06 /juin /2016 12:06
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22 mai 2016 7 22 /05 /mai /2016 20:57
BOXEADOR CUBANO YUNIER DORTICOS CONQUISTA PARIS

En la noche del viernes 20 de mayo, aniversario de la proclamación de la república cubana, el boxeador cubano Yunier Dorticós ha ganado por nocaut en París, el combate por el título mundial WBA en la división crucero.

Dorticós pasa a integrar así el prestigioso grupo de boxeadores cubanos campeones del mundo del boxeo profesional. Como decenas de otros boxeadores de la isla, Yunier salió de Cuba para tratar de hacer una carrera profesional desde Miami, ciudad donde reside. Pero su camino no ha sido fácil, como lo puede hacer creer su record: 21 victorias en 21 combates y 20 nocauts.

Quienes siguen el boxeo profesional saben que la llegada de los cubanos a este mercado en los últimos años, lejos de crear expectativas ha dado origen a toda una serie de dificultades para los atletas. Varias han sido las razones. Muchas veces el estilo de la escuela cubana de boxeo se ha citado como poco atractivo para peleas televisadas que deben propiciar grandes ganancias. En otras ocasiones las decisiones perjudican a los cubanos de manera inconcebible si se tiene en cuenta lo ocurrido en el ring. El principal inconveniente para los cubanos es no ocupar posiciones de poder entre los promotores y televisoras, esencialmente en mano de norteamericanos y de mexicanos.

Los cubanos que han salido de Cuba para buscar el reconocimiento y la fortuna que se creen merecer, no podían imaginar que más difíciles que sus rivales, iba a ser este universo de promoción, acuerdos, cálculos y estrategias comerciales.

Yunier Dorticos ha sido víctima de una cierta indiferencia de este mundo que lo ha llevado a pasar muchos períodos de tiempo sin poder combatir. Incluso la prensa cubana del exilio ha criticado o puesto en duda su preparación y su carrera. Pero la eficacia de su boxeo y su pegada no podían seguir siendo ignorados. A gritos pedía Dorticós una ocasión para mostrar su valor. Y ese día llegó y fue el viernes 20 de mayo. El cubano se enfrentaría al francés de origen congolés Yuri Kalenca, en París.

El combate

Contrario a lo que muchos podrían pensar después de la feroz rivalidad mostrada en el pesaje, el combate comenzó de manera muy serena. Sobre todo por parte del cubano. Tanto Dorticós como su equipo encabezado por su entrenador Eric “El Tigre” Castaños, estaban convencidos que había que ganar por nocaut. Si Yunier ha llegado hasta aquí es sobre todo por eso, su espectacular pegada no ha dejado que los jueces decidan. Según el puntaje de Canal + de la televisión francesa, Kalenga gana el primer round.

Los estilos son completamente diferentes. Kalenga (alías “El Toro”) es más bajo y musculoso. Su boxeo es rudimentario pero salvaje, se basa en su fuerza física, en su decisión de tirar y avanzar sin tregua, y hasta esta noche nunca ha sido noqueado. Dorticós reúne en su estilo varios elementos de valor. Es alto, de golpes técnicos, de movimientos elegantes en la media y la larga distancia, y con una mano derecha demoledora. En su noche de gloria mostró tener también un gran poder de asimilación y un mentón resistente.

El momento espectacular de la noche llega en el segundo round. Con varios uppercut repetidos durante seis segundos Dorticós logra tirar a Kalenga. El combate parecía no ser el mismo en lo adelante ante el estupor general del público que esperaba esa noche un campeonato del mundo que Francia no posee desde el 2007 fecha en que Brahim Asloum, campeón olímpico en Sidney 2000, ganara el título en los moscas contra el argentino Juan Carlos Reveco.

Sin embargo el nocaut de Dorticós no llega en ese momento ni en los rounds que se suceden. Por un momento los espectadores recobran la esperanza del milagro: Kalenga ataca y el cubano parece dar muestras de una peligrosa fatiga. La pelea se equilibra porque Kalenga parece recuperado.

Al round 10 llegan parejos: increíblemente los jueces dan empate a estas alturas. Pero Dorticós sabe que esa noche se juega su carrera y la gloria y saca un segundo aire que sorprende a todos. Este espíritu guerrero, esta decisión en medio de la fatiga extrema, quizás sea, más allá de la victoria que se acerca, la principal carta que muestra Dorticós al mundo del boxeo esta noche memorable del 20 de mayo: ya nadie duda que posee ese extra de los grandes.

El cubano se percata que el francés se ha sentido una de sus derechas y lo persigue casi sin aliento por todo el ring hasta que el árbitro le para la pelea a un Kalenga a la deriva que estaba Ko de pie.

El mundo a sus pies

Dorticós gano el día que había que ganar y de la manera que había que hacerlo. Los franceses adoran las historias de héroes nacionales con lejanos orígenes modestos. A sus ojos Francia aparece así como el lugar del reconocimiento a un talento y una voluntad ajenas, salvadas por la nación.

Kalenga tenía que ser el héroe de esa velada del 20 de mayo, en la cual el Canal + francés decidía retransmitir de nuevo combates de boxeo profesional, con todo el riesgo que eso implica en un país en el cual la pasión por este deporte ha decaído mucho en los últimos años. Kalenga el congolés huérfano desde los 9 años, que será ciudadano francés dentro de unas semanas y canta emocionado la Marsellesa antes de comenzar sus peleas; poseía todos los atributos para ser el protagonista de la noche.

Lo que ignoran los franceses es que Dorticós también ha ido tejiendo con sus puños su leyenda desde que se fue de Cuba. Sólo que un exilado es un ciudadano muchas veces anónimo, sin el apoyo oficial de un estado ni de sus mecanismos publicitarios, sin público. Rodeado de un equipo de amigos y apoyado por Caribe Promotion, a Dorticós no le importó llegar a un terreno adverso donde la única posibilidad que le daba el destino era noquear. Y lo hizo.

Los medios franceses han sido unánimes con el talento y la imagen de Yunier Dorticós. Sus declaraciones a la prensa después de la pelea y sus lágrimas por el cinturón mundial, han sido aplaudidas en Francia sin límites, a pesar de ser hasta este día completamente desconocido para el público francés.

Esta noche del sábado 21 de mayo en Moscú en la misma división crucero de Dorticós, el ruso Denis Lebelev ha noqueado al argentino Víctor Emilio Ramírez, para unificar dos títulos mundiales. No hay pretextos ahora para que el ruso evite, como ha hecho antes, al cubano.

Ya nadie tiene la más absoluta duda de que Yunier Dorticós merece la unificación de títulos porque con su clase ha conquistado en París los aplausos y la admiración de los aficionados y conocedores de este deporte.

Published by Armando VALDES-ZAMORA
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7 mai 2016 6 07 /05 /mai /2016 17:50
SOBRE UN SUEÑO CONTADO A BAUDELAIRE

Una tarde de verano, en el Jardín de las Tuileries, vi pasar un cortejo de soldados a caballo que conducían a un hombre a pie, encadenado, y vestido también con uniforme militar.

“Van a ejecutar e ese general”, se oía al pasar, como era mi caso, en medio de un multitud que, intimidada quizás por la procesión militar, prefería guardar silencio o murmurar entre sí.

Apenas llegada la comitiva al estante circular de donde provenían los graznidos de patos, el pelotón de soldados giraron hacia la derecha al grito de una orden, y siguieron rumbo al muro de la terraza que separa el jardín del Sena. Fue entonces que comenzó a oírse un canto fúnebre entonado por el propio general.

Sin embargo, en vez de seguir con la vista al cortejo, la atención de muchos de los curiosos se desvío en dirección a la Plaza Luis XIV, a un costado del Louvre, de donde se veía venir galopando la silueta de un caballo desbocado y sin jinete que cada vez se acercaba más a la muchedumbre.

Casi nadie recordaría haber visto el momento en que un soldado entregaba un fusil al general prisionero después de haberle liberado las manos. Acto seguido, y después de apuntar unos segundos hacia la sombra de la estatua de Luis XIV de donde venía el caballo, se oyó una detonación acompañada de unos relinchos que antecedieron la caída del animal, muerto, a escasos metros de la fuente de la que volaron espantados decenas de patos.

Una parte de la multitud, confundida, corría a refugiarse tras las alineadas ramas blancas de  moreras, mientras que otra, estática, presenciaba con asombro la escena: el general levantando el fusil aún humeante saludaba a la concurrencia en señal de victoria.

El olor a pólvora pasaba flotando entre  los espectadores hacia el río, impulsado por una breve brisa que siguió a un momentáneo silencio.

_ Como ordena la tradición, gritó el verdugo para que lo escucharan todos, cuando un general es condenado a muerte y su caballo aparece en medio de la ejecución, y éste lo mata, el general salva su vida.

_Y entonces… intentó preguntar el general al verdugo antes de ser decapitado de un certero golpe de hacha, y ver el público rodar su cabeza  hasta a unos pasos de los ojos abiertos del caballo fusilado, y de mis zapatos salpicados de sangre.

 

Foto: Ariane Valdés-Picault

Publicado en : http://neoclubpress.com/sobre-un-sueno-contado-a-baudelaire-0541372.html

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24 avril 2016 7 24 /04 /avril /2016 12:54
 ARQUEOLOGIA DE LA FOTO DE UNA DINASTIA

El control y el miedo forman parte del poder totalitario. Uno y otro van de la mano, se vigilan, no pueden distanciarse porque ambos se pertenecen. El miedo engendra el control, y el control infunde el miedo, es su objetivo segundo después de informar, de inmovilizar la realidad para congelarla, porque ese es su objetivo más intenso: que nada ni nadie logre escapar con otros símbolos del ruedo de la repetición de lemas rancios.

El control abarca todos los sentidos, aunque la vista que vigila es su aliado más evidente. Gobernar es ver y ser visto con las intenciones del poder, es decir, no dejarse ver de otra manera que la suya propia, con sus mensajes reiterados desde lo alto.

Una de las sensaciones más difíciles de describir es la provocada por el control permanente, una de las evidentes es exhibir  las pruebas de cómo el poder quiere ser visto, porque esas imágenes él las fabrica con ese fin; para ser difundidas entre la masa obediente y ante el mundo.

La foto que ilustra estas palabras es elocuente, es un claro mensaje congelado para el pueblo de Cuba.

Fue tomada en La Habana, el último día del séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba. La imagen instantánea muestra la familia del poder en Cuba. Su temporalidad es relativa: es de un hoy que prolonga un letargo y ordena un futuro inmóvil. El paso del tiempo deteriora la apreciación inicial de la escena, aunque los protagonistas de la tríade parezcan ignorar sus tres cuerpos envejecidos que suman casi 3 siglos de años vividos.

Ya el líder de la familia no se puede parar. Está vestido con la parte superior de eso que los españoles llaman chándal y los cubanos llamamos mono, de la marca Adidas. El uso de esta indumentaria estrafalaria y ridícula en un senil jefe de estado jubilado prueba la desconexión del poder cubano con el mundo. La fallida lejanía con las más simples reglas de la elegancia.

Ha envejecido tanto el Dictador que lo reconoce: su discurso parece una despedida ante la proximidad de sus 90 años  y los 57 cumplidos del reinado local llamado “revolución”. Tenía casi 33 cuando llegó al trono, y hasta esa edad de Cristo contribuyó al mito. Ahora reconoce que su cuerpo es mortal, pero sigue creyendo que la otra parte de su cuerpo, el estado, es eterno.

La otra parte de su cuerpo, su prolongación, es el hermano que lo sostiene por una mano. Ese gesto de árbitro de boxeo decretando al ganador, que tanta confusión provocara en la foto de Raúl Castro con Obama, ahora parece más ridículo, porque el supuesto vencedor está sentado, con los brazos abiertos en cruz tal un Cristo rendido a la fatiga y con la mueca que quiere ser una sonrisa, porque el otro brazo lo levanta uno de los súbditos más fieles e ineficaces del reino, José Ramón Manchado Ventura.

Se ven en la escena o se insinúan otros personajes que, como segundones al fin, tienen que mostrar permanente exaltación hacia sus mayorales: sin ellos no fueran nadie, y sus amos pueden mandarlos al olvido con un simple gesto.

A la sombra y detrás del Comandante otrora Jefe, la silueta del canciller Bruno Rodríguez – el mismo que esperara a Obama con un paraguas en la escalerilla del Air Force One y que el día previo a esta foto catalogara de “agresión” la visita del presidente americano a Cuba –. Más alejada la sombra de la principal figura decorativa del castrismo, un tal Miguel Díaz Canel a quien, para disimular, los Castros han nombrado vicepresidente primero. También una mujer en trance, histriónica, a la izquierda de Castro 2; una camarada del partido, ya mayor que, como en una cadena espiritista, estira los brazos y cierra los ojos, sin poder precisarse si llora de sufrimiento o se regocija.

Faltan por mencionar dos personas – olvidemos al intruso secuaz que cumple su misión y mira detrás cómo Bruno Rodríguez fracasa en el intento por tomar la mano del rey que sostiene Machado Ventura – y fijémonos en el jefe de los guardaespaldas, el nieto preferido de Castro 2, “El Cangrejo”, el mismo que ridiculizara la televisión francesa por el apego insensato a su abuelo durante su viaje a París.

“El Cangrejo” mira hacia nosotros con una mezcla de arrogancia  e ironía. Seguro de sí, del relevo asegurado de los Castros que a él, sin dudas el menos sagaz de los herederos, le han dado como misión, proteger sus cuerpos como garantía de su propia existencia en la cima del reinado.

En la familia real cubana y en su dinastía todo está muy bien organizado para la permanencia temporal de su espíritu, de su casta al frente de la isla. Pero todo orden impone jerarquías, y no hay que pecar de ingenuos y dejar en manos de imbéciles la administración de las decisiones del estado y la gestión de la fortuna familiar. 

Por esa razón el autor de la foto que vemos pudo haber sido Alex Castro. Es él quien se ocupa de la imagen oficial de la corte, y sobre todo de su padre Fidel. Se le reserva la misión práctica de ofrecer las únicas fotos del soberano cuando esté recibe a los visitantes extranjeros que en programadas peregrinaciones acuden a Punto Cero, la residencia mucho tiempo secreta del Comandante en Jefe. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, “El Cangrejo” y Alex, cumplen las tareas, complementarias de incapaces; cuidar los cuerpos y sus radiografías públicas, como escrupulosos subalternos del clan.

Faltarán en la foto, por supuesto, los más conocidos candidatos a la corona de la familia. Antonio Castro, el hijo médico de Castro 1, el más exuberante por el exceso de sus lujos y sus vacaciones en yate privado por el Mediterráneo. Y los dos más sobresalientes hijos de Raúl: Mariela – esposa de un italiano devenido empresario en Sicilia –, y el coronel Alejandro Castro Espín, más conocido por “El Tuerto” ­– por el estrabismo de un ojo ­­–, favorito en todas las encuestas a la corona de su padre. No se puede predecir si un rey tuerto sea un mal presagio; tratándose de un militar es más bien un signo de presteza adelantada al disparo de una bala contra el enemigo.

Unir a los tres Castros de padres diferentes, sería demasiado evidente y agitaría rivalidades riesgosas. Además, la foto no es para el futuro, sino para enviar un mensaje de eternidad presente, de permanencia del espíritu dominante aún después de la muerte de esas siluetas seniles que se sostienen apenas entre sí para no caer  o tropezar. Un mensaje, eso sí, de preferencia nacional y doméstica: nada cambiará para los ciervos de la isla, seguiremos aquí presentes, en los cuerpos jóvenes de nuestros hijos herederos que nos miran desde la grada, nos cuidan las espaldas y nos toman en foto.

Falta preguntar ahora a las multitudes de analistas, politólogos, especialistas y otros que han difundido o aceptado de manera ingenua u oportunista que está ocurriendo una apertura y un cambio en Cuba, ¿qué les parece esta foto?, ¿cómo la interpretan?.

En una especie de censura por omisión, casi ningún medio le ha dado cobertura privilegiada a tanta indecente confirmación de inmovilismo. Están en juego muchas cosas y hay que tratar de pasar por alto la tomadura de pelo persistente aplicada durante más de medio siglo por los Castros, hasta a sus más relevantes colaboradores en el extranjero.

Olvidé indicar que esta foto tiene sonido. Mientras transcurre la inmortal escena, se escuchan ininterrumpidos aplausos y gritos de ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!. Aparentemente desconsolados, los asistentes, miembros todos del único partido autorizado en Cuba, lloran y gritan la despedida anunciada del abuelo de la dinastía. Tómese esta breve histeria contenida como el anuncio del futuro funeral.

El poder absoluto tiene el don intemporal de repetirse, ese es su principal argumento, y también, el más persistente de sus riesgos.

Foto: Ismael Francisco, Cubadebate

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17 avril 2016 7 17 /04 /avril /2016 13:41
CEMENTERIO PĖRE LACHAISE

Y ahora que las torres son todas las torres abolidas y aparentemente corre la libertad de la brisa junto a ese río, los gatos han vuelto a sus espacios de gritos afinados y el gris de las tumbas tiene flores cuando te sientas en la hierba a leer de cerca para abreviar el viaje.

Falta el resplandor de la luz en las columnas de la mañana, el delirio de escaparse por el mar con la ira del esclavo y las velas parpadean desde su soledad apagada.

Ahora que los mapas fueron alcanzados y el aullido de los lobos de Jim Morrison desciende tras las inscripciones del mármol sin escuchar la canción a una mujer perdida.

Ahora que los mapas se despliegan bajo los zapatos marcando con mis dedos los nombres perseguidos por la espera y ese río y todos los ríos dicen ser el Sena, sabemos que la locura ha muerto de serenos aplausos a las estatuas que borran con el sueño las palomas de las plazas.

 

Estoy sobre los mapas elegidos con rabia y tengo miedo que no me duela más el hambre.

 

Y el placer de no olvidar el miedo me hace caminar entre las tumbas dibujando en la tarde las siluetas que me faltan:

Julián del Casal rompiendo con José Martí las cenizas de un arco iris al subir las escaleras de la casa de Victor Hugo. Lezama Lima dejando una rosa también calcinada por la nieve sobre la lápida negra donde Marcel Proust repite que los únicos paraísos son los paraísos perdidos.

 

Ya sabemos que París no existe más allá de los muros de este cementerio. Porque si no qué puedo agregar a la ilusión de imaginarlo después de recorrer las tumbas de solitarios aferrados a la muerte.

 

París no existe porque ha dejado de ser imaginario.

Foto: Orlando Luis Pardo Lazo

 

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8 avril 2016 5 08 /04 /avril /2016 18:51
CUBA DESPUES DE LA OBAMANIA

Ya fue. Ya ocurrió. Sí, es cierto que Obama, el presidente de los Estados Unidos estuvo de visita en Cuba. Como también es cierto que The Rollings Stones cantaron en La Habana. Para alguien (más bien para un cubano) que hubiera caído en un extenso coma, como Christiane, la protagonista de la película Good Bye Lenin, por ejemplo, lo ocurrido en los últimos días en Cuba puede ser la alucinación que confirme las secuelas de su ausencia. Pero no, es real, tan real que el desconcierto ha dado paso a la moda. La razón a la fiesta, la intelección al baile.

Mucho se ha escrito sobre esa semana. Mucho se ha hablado de los cuatro o cinco Obamas que estuvieron en La Habana. El Obama que no fue recibido por Raúl Castro en el aeropuerto. El Obama que escribió en twitter al llegar la desafortunada frase de “Qué Bolá Cuba”, se fue al “Paladar” y jugó dominó en la televisión cubana. Del otro (sobre todo de éste) el más memorable (¿no?): el Obama que se dirigió en directo a los cubanos y habló de democracia, de derechos humanos, del respeto a la opinión ajena. Y del Obama de los cubanos. El que llegó a presidente, a pesar de sus orígenes, en el país del enemigo que se harta de haber eliminado el racismo y nunca ha dado la oportunidad a nadie de remplazar al presidente. El que se esperaba como un Mesías ( 3 Papas habían pasado la prueba sin que nada cambiara para los cubanos) para ver la luz al final de un túnel que cavaron los Castros hace más de medio siglo.

Y para poner la tapa al pomo, también llegó el Obama (“Al hermano Obama”), del Dictador jubilado, de Fidel Castro. Ése, claro, tampoco podía faltar a la fiesta…para aguarla. Para dar la versión de la visita de la minoría retrógrada que se resiste a la evidencia. Esa evidencia que saltó a los ojos de todos durante la conferencia de prensa de Obama y Castro 2: el ridículo del general que no sabe disimular el autoritarismo con el que su familia ha dirigido esa finca de luces apagadas llamada Cuba.

La fiesta duró unos días, y ahora ¿qué queda de tanta hipócrita euforia, en el país que se presenta como víctima del gigante americano y ostenta dos records difíciles de ocultar: el ser el país que más ayuda externa ha recibido del mundo en el siglo XX, y el de no cambiar de apellido de presidente durante más de medio siglo?

Las razones del viaje de Obama

Obama fue a Cuba porque no había nacido aun cuando triunfó la revolución cubana. Porque creció con ella y, quizás sin darse cuenta, con su falsa luz de igualdad hacia las minorías y una larga lista de etcéteras que ha sido la estafa ideológica más grande del continente americano en el siglo XX.

Obama fue a Cuba porque la democracia le termina su mandato, no le interesa la herencia política que deja a su partido, y él y su ego quieren pasar a la historia como los primeros en bajarse del avión de Air Force One en La Habana. Esa Habana que el americano medio cree congelada como un daiquirí en la época de Hemingay, lejos de la guerra de Viet Nam y todo lo que vino después…11 de septiembre y decadencia posterior incluidos.

Se trata de un acuerdo apenas disimulado: hacemos las paces y no corres peligro del proceso judicial que mereces en una democracia que te sacaría del poder. Hacemos las paces y yo (es decir los Estados Unidos de América) dejamos huérfanos a los retrasados populistas que siguen hablando del embargo y el enemigo del norte, en toda América Latina. Ya no más “Yankee go home”. Obama puede darse incluso el lujo de llegar a Argentina el tristemente célebre día de los 40 años de la dictadura de Videla, cómplice amigo de los Castros, por cierto, como demuestran documentos desclasificados de la época y múltiples investigaciones.

El actual socialismo latinoamericano (Venezuela, Argentina, Bolivia) se cae no sólo por la levedad gastada de sus argumentos, la exigente cultura política de sus ciudadanos, sino también por el cambio de táctica del enemigo imperialista, y la pérdida de ese falso faro en penumbras que fue la revolución cubana.

La orfandad de los Maduros, los Correa, los Ortega y los Morales, merecía más espacio en los artículos críticos de la dorada semana de Cuba. Los Castros, mucho más animales políticos que sus engañados discípulos, han dejado a estos con las consignas que ellos desde hace tiempo no llevan a la práctica, abandonados a sus suertes, desorientados.

Obama se fue: ¿Y ahora qué?

La inmovilidad política de Cuba y el cálculo temporal de su vida, es una de las pasiones más erradas de los especialistas de América Latina. El pragmatismo del régimen cubano, la represión a la oposición y sus errores en Cuba y en el exilio, los intereses de ciertas potencias extranjeras en la isla, y, sobre todo, la inercia cívica del pueblo cubano; han hecho que Cuba no haya vivido la transición hacia la democracia pronosticada desde la caída del Muro de Berlín.

Igual dilema surge ante la pregunta recurrente de estos días: “¿Qué va a pasar en Cuba después de Obama?” La respuesta ha ido llegando poco a poco. Además de la errática, pero esperada columna de Fidel Castro en Granma, han aparecido en la prensa oficial los escribanos de servicio criticando lo dicho o ignorado por Obama, se sigue reprimiendo a quienes se manifiesten y, sobre todo, los cubanos siguen votando con los pies y huyendo de Cuba por cualquier vía.

No se puede negar que ciertas oportunidades surgen ahora para el cubano de a pie con la susodicha “apertura”. Pero son remiendos de sobrevida que no cambian lo esencial del régimen; su dirección política, causa de la ruina material del país.

La transición hacia una Cuba democrática sólo puede venir del interior de la isla. Esta verdad evidente fue capital en el discurso de Obama en La Habana. Es la reacción civil de los cubanos lo único que puede impedir el escenario ideado por el castrismo y por los cómodos estrategas extranjeros: la de continuar la dinastía después de la muerte de los hermanos Castros, en este caso dirigida por el coronel Alejandro Castro Espín, favorito al trono.

La visita de Obama a Cuba puede provocar a largo plazo dos situaciones antagónicas. La primera y más probable, la de legitimar el régimen y facilitar la transición ideada por éste con un heredero Castro de nuevo en el poder. La segunda, la más incierta e ingenua, sostenida por quienes no quieren remordimientos de conciencia al apoyar la política de Obama hacia Cuba; la de un cambio político exigido por la sociedad civil cubana, una vez restablecido el contacto con el antiguo enemigo y con el mundo.

 

https://www.youtube.com/watch?v=Sv3C3TfYFyk

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19 février 2016 5 19 /02 /février /2016 21:48
PARA ENTENDER A LEZAMA LIMA

(50 años después de Paradiso)

París, 19 de diciembre de 2000

A la salida del metro Saint Paul, en el Marais, uno de los barrios más antiguos de París, debía caminar varias calles hasta llegar a la plaza de Vosges donde me esperaba una amiga. Conocía la plaza porque en ella sobrevive a los turistas la casa de Víctor Hugo, un lugar por donde prefería merodear, de madrugada, en mis primeras caminatas desacertadas al llegar de Cuba con la novela Oppiano Licario bajo el brazo.

Érica Durante compartía con éxito varias paradojas: ser siciliana, preparar una tesis en la Sorbona sobre Dante, Valéry y Borges, y además, tener un novio español. Por teléfono le había comentado que ese día me fumaría un tabaco Montecristo durante nuestra cita y ella, apresurada, había encontrado una buena estratagema para calmar los celos —infundados— de su novio; debía llevarle un tabaco de regalo al peninsular.

Yo, que para avanzar mi novela Las vacaciones de Hegel me inventaba tener que ver a menudo el perfil griego de Érica, acepté la exigencia. Lo que no tuve tiempo de explicarle a mi amiga siciliana es que mi Montecristo consumido era un homenaje al día en que se cumplían los 90 años del nacimiento de José Lezama Lima.

Como aprendí rápido que a las mujeres en Europa les agrada creer que lo dirigen todo, y como yo estaba entretenido tomando notas de su perfil, dejé que Érica eligiera el café donde yo le echaría humo al cumpleaños de Lezama. Y fue, de paso frente a un café del barrio, cuando ocurrió la maravilla.

Una foto en la que aparece Lezama fumándose un tabaco de ceniza azulada, ilustraba el affiche de una exposición sobre la historia de ese vicio insular. De más está decir que mi modelo siciliana, ante mi estupor, convenció al barman de regalarnos la imagen. Y desde entonces este coloreado Lezama fumador se burla de mí todos los días, desde lo alto de mi escritorio. Yo quise apropiarme de esta vivencia oblicua a mi manera. Y encontré en la experiencia dos signos enviados desde sus siestas celestes por El Maestro: tenía que escribir de una vez una tesis sobre él en la Sorbona, y comenzar a organizar como pudiera, un homenaje a sus 100 futuros años.

Cienfuegos, primavera, 1990

Una tarde de otoño, en la biblioteca de Cienfuegos, la ciudad más independiente de Cuba, al entrar a devolver la novela Paradiso  Mitsy, una espléndida muchacha de apenas 17 años; comenzó mi pasión por José Lezama Lima. En aquel lugar yo era un bibliotecario que cumplía la condena del servicio social al que estaba obligado todo graduado universitario en aquella isla. En la facultad de letras de la Universidad Central de Santa Clara yo había tenido mi primera cercanía con Lezama. Pero había salido de él corriendo, asustado, para refugiarme en la poesía calmada, como todo mediodía criollo, de Eliseo Diego. Lo incomprensible que resultaba Paradiso provocó que al hacerme descubrir los profesores Juan Ramón González y Arnaldo Toledo, y la escritora Berta Caluff, la poesía de Diego, encontrara así la manera de evitar a Lezama y llenar el espacio de la pregunta sobre “Orígenes” en algún examen, me decía. Hubo, claro, otras múltiples pasiones que me unieron a aquella ciudad de Cienfuegos, donde las 24 horas del día me acosaba con placer el olor del mar. Pero descubrir así, cuando menos me lo imaginaba, que una adolescente podía leer a Lezama y entregar de vuelta, como si fuera una banal tarea escolar, un libro como Paradiso, desafió por partida doble a mi orgullo y a mi capacidad intelectual. Aquella muchacha con su gesto despreocupado y aquel bibliotecario aburrido, unieron sus circunstancias para tratar de encontrar a Lezama, a la escritura, y al hombre que todos afirmaban encarna, en el siglo XX literario nuestro, la más universal de las cubanías. Me di cuenta que había hallado un curioso atisbo para aventurarme por otra vía en ese universo trastocado de Lezama: me propuse releer Cercanía a Lezama Lima de Carlos Espinosa y El ingenuo culpable de Reinaldo González. No me equivoqué al suponer que ver al ser humano, a través de la memoria de otros que le habían conocido, podía persuadirme de abandonar mis prejuicios al leerle.

Primera lección: para leer a Lezama hay que olvidar todo lo que culturalmente nos antecedió. Él se ocupará de poner las cosas en su lugar, es decir, en otro lugar, el suyo. Y comienza, desde la primera bocanada, la pertenencia a un clan o a otro. Eres miembro para siempre de los coléricos que lo detestan, o comienzas a formar parte de quienes lo adoran, sin poder terminar nunca de explicar por qué. Esto no es una simple construcción binaria, que se sepa. Todo aspirante a lector de Lezama, ha vivido una de las dos reacciones. Nadie sigue de largo sin lanzar un asombro ante la rareza risueña de su dificultad

La Habana, otoño, 1992

Bajo ese sol tan eterno como irrespirable de La Habana, muchas tardes, me iba a la costa de la antigua playa de Marianao a leer a Lezama Lima. Yo esperaba la llegada de algo que según los días y mis humores tomaba la forma de enunciados diversos, cuando en realidad se trataba siempre de lo mismo: escapar de Cuba. Y mientras esto llegaba me leía a Lezama. Anotaba en cuadernos sus citas, subrayaba de amarillo sus versos y diatribas. Me iba incluso a su casa, recuerdo, a deambular entre las paredes entonces vacías donde respiraba su escritura. Localizaba los libros que le pertenecieron en la Biblioteca Nacional (recuerdo aquel, de Nerval, que él había firmado), y hasta transcribía pasajes enteros de Paradiso.

A mano, como si fuera más fácil con mi mano alcanzarlo, preguntarle, en fin, entenderlo. Me veo, por ejemplo, en la costa, sentado sobre los espacios que un puñado de arena deja entre dos filosos arrecifes y un salado charco breve, leyendo las “Eras imaginarias” de La cantidad hechizada. Con una crema hecha de cerveza y mantequilla para protegerme del sol, trataba de perforar esa dificultad alocada de asociar a los etruscos con los aztecas, a José Martí con Pascal, a Descartes con una pagoda China. Mi asombro había pasado a ser devoción. Y como toda devoción devora la distancia crítica, yo repetía, me empapaba, en suma; me dejaba llevar. Hasta adaptaba al contexto de la escasez y de las fugas cotidianas por el mar a fragmentos de ideas de Lezama. Recuerdo una: “Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos el pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas”

Y era clarividente: todo lo habíamos perdido en aquel verano del 92, desde la luz eléctrica hasta el arroz y las siestas. Ah, no tenía a muchos con quienes compartir este viaje. Mis amigos literatos se habían ido y los que quedaban ya se alistaban para ser acólitos en capillas recién abiertas por clásicos locales. Recuerdo, se hablaba de “novísimos”, de Julián del Casal y se ponía de actualidad Virgilio Piñera. Y si bien es cierto que la película “Fresa y chocolate” devolvió por un tiempo a Lezama al dominio público, la imagen que se dio de él no pasó de una foto y de un pasaje – ”el banquete”- de Paradiso.

Por suerte encontré a unos pintores febriles por el alcohol artesanal y la intención de no pensar en las carencias, con quienes me iba a Topes de Collantes, a bañarme en las cascadas y a recitar a coro “Muerte de Narciso”. La conclusión es simple: en aquellos habaneros años 90 yo seguía a Lezama. Como muchísimos críticos, repetía el itinerario que él había trazado: “Sistema poético del mundo”, “Eras imaginarias”, “vivencia oblicua”, y así, toda la embriaguez abrumadora con la que él pierde a un lector inofensivo.

 Segunda lección: una vez dentro, después de un primer viaje y de haber aceptado sus reglas, hay que darle otra vuelta a Lezama. No se le puede obedecer del todo. No se le puede dejar todos los mapas. Hay que reflexionar, en suma, dudar de la ejecución de lo que él nos quiere hacer creer. Pero a esa conclusión llegué mucho después, durante mis años de vagabundeo por las bibliotecas de París.

Lezama y un nuevo siglo

Un día en París, hastiado de buscar “lo que quiere decir cada cosa”, se me ocurrió detenerme a estudiar las formas. Y hablando de formas (más bien leyendo) elegí al cuerpo. Quise abandonar la idea tan romántica como perezosa y mal intencionada del Lezama espiritual, encarnación de la utopía de la fundación de un mito insular y todas esas cosas que sólo toman en cuenta las intenciones del Lezama muy joven. Quise saber qué había sido de la idea de querer crear, al escribir, un cuerpo, una sobrenaturaleza, una sustancia ajena e independiente que sobreviva al tiempo. Un cuerpo compuesto por imágenes de culturas diversas y elementos sin conexión lógica con ellos.

Cuando Lezama dice que quiere crear un cuerpo que a la vez sea escrito y eterno está adaptando a su proyecto estético la idea cristiana del nacimiento asexual y de la resurrección. Nada nuevo. Lo nuevo sin embargo son las asociaciones con las cuales Lezama escribe ese cuerpo. De nada sirve tratar siempre de encontrar el cierre a sus metáforas, la significación recóndita: nunca se encontrará del todo.

Mi teoría de buscar el cuerpo inmerso en los poemas de Lezama (el insular, el barroco, el de “Las eras imaginarias”, y el del propio Lezama, al final de su vida), me permitió concentrarme más en el texto y en las contradicciones o no de éste con la conciencia de Lezama, con su intención. En esos aciertos o disimetrías salió la confirmación de mi tesis: el cuerpo es la principal forma en la escritura de Lezama. El cuerpo de un sujeto (ideal, como es José Martí, metafórico, como lo es Narciso, o el propio, como el de Fragmentos a su imán) se puede construir y descifrar en sus poemas, ensayos, incluso en sus diarios y apuntes.

Pero esa fue mi idea, otras, infinitas, pueden imaginarse para leerle y llegar a otras conclusiones no menos sorprendentes y enriquecedoras. Contrario a lo que se ha repetido, Lezama no inventa sus citas, él las transforma. Las altera y las superpone a otras que su imaginación decide asociar. Lezama juega con el lector y sabe de antemano que sólo algunos persistentes avanzarán en el desciframiento de sus códigos.

Un solo ejemplo. En su ensayo “Preludio a las eras imaginarias” de su último libro de ensayos La cantidad hechizada, Lezama menciona a un tal Euforión. A fuerza de busca, encontré en su poema “Danza de la jerigonza”, que cierra el libro La fijeza de 1949 lo siguiente: “De noche, Puck al piano y Euforión se precipita en el barranco/ con los puercos.

También en su libro Analecta del reloj de 1953 en su ensayo “Sobre Paul Valéry”, escrito en 1945, Lezama se refiere a este Euforión. Si buscamos en Wikipedia vemos que Euforión fue un poeta griego… y que no aparece nada de barrancos ni de saltos en su vida. La respuesta me la dio una ensayista alemana: el Euforión al que se refiere Lezama aquí es el hijo de Fausto y Helena que en el Fausto de Goethe, trata de volar (como Ícaro) lanzándose desde un barranco y se mata. La cita no es falsa, pero da una vuelta y regresa, además, ¡con unos criollos puercos en el barranco!

Tercera Lección: busca con paciencia a partir de su lenguaje y de sus referencias y habrá siempre sorpresas como la que acabo de mencionar. Al final, la imagen se abre a otras culturas, a otros símbolos, y una parte de la cultura universal entra a la nuestra insular y a la del lector que ha buscado con paciencia, en La Habana, en Tampa o en Montevideo, aunque acepte con regocijante resignación que tratar de entender a El Maestro, es imposible y fascinante.

Publicado en: http://scholarcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1106&context=surcosur

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17 janvier 2016 7 17 /01 /janvier /2016 09:21
WIFREDO LAM: L'IMAGINAIRE DE LA CARAÏBE
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