Samedi 28 janvier 2012 6 28 /01 /Jan /2012 15:36

(Palabras a los intelectuales)

Jenny-copie-1.jpg

 

 

 

JANOS TROPICALES
(La jauría del otro lado)


Una vez cerrada la puerta que nunca abrieron a quienes no fueran miembros de la cofradía, se han ido marchando despacio hacia el otro lado de los banquetes y las nevadas. Muy despacio y con sonrisas en todas las direcciones de la máscara, se han ido deslizando para preparar mejor las coronas y el césped de los recibimientos como héroes.

No tardarán de nuevo en sacar una vez más a gritos de abajo del agua las espadas oxidadas y el nuevo orden de las letras y las balas que ellos aprendieron a instaurar cuando el Tirano les daba de comer a sus uñas limadas.

Ahora reniegan sus presencias de bufones en la corte o las transforman ante los agoreros que presagian la senectud de las estrellas fugaces. Repiten paso a paso hacia el protagonismo todo lo que aprendieron en palacio donde fueron monaguillos elegidos al puesto más cercano de las ostras: la intriga de salón y las citas copiadas a un anónimo, la alianza firmada con el rigor del aire de un susurro en los oídos, y también el grito de no dejar hablar en la gordura a quienes contradicen sus modales y sus órdenes.

Llegan por discretas legiones las metamorfosis de estos perros y la jauría se engrandece con sus ladridos, esperando los anuncios de volver a la corte una vez pasada las borrascas para ocupar de nuevo el lugar del centinela frente al foso de los laureles.

Son reconocidos al instante por sus víctimas y detractores fugitivos: llevan en sus manos una llave de cera y el veneno borgiano de sus lenguas.

Están aquí o allá apareciendo como si no hubiera pasado nada en el reino de los delatores ni existieran esos náufragos errantes que ellos despreciaron con la otra mitad de la cara sonriente vuelta hacia la aprobación y los premios del Tirano. Se invitan a la mesa de comensales condenados que creían haber logrado no verlos nunca más, y al final de la cena dan lecciones sobre el coraje de vivir en otras latitudes de las playas.

Pero el tiempo es la sorpresa más puntual de todos estos aprendices tropicales de Jano y de sus descendientes, adeptos y consortes. Y no saben a la hora de extender los mapas de ceniza conquistados por sus ansias de acallar al prójimo que se cruce en sus ascensos que Tiberino, el hijo único de Juno y de Camisé, murió ahogado en las mismas aguas inundadas que antes gobernara.

 

 

SIMPLE CONTRIBUCION AL ESTUDIO DE LA VENGANZA LIRICA

                                                                       para Armando de Armas

Cómo me hubiera gustado poder beber en esa copa protegida de los golpes y de los escrutinios por la sombra verdeolivo.
Cómo me hubiera gustado acariciar los hombros de un amigo que conocía los horarios de los aplausos hacia el avión.
Cuántas veces me aproximé a las rejas y los guardianes de la buena suerte no vieron la rabia con las que mis manos pedían alejarme para siempre del hedor de los lobos.

 (Oh guardianes que conozco y nuevos adictos de la intriga, confieso que hasta traté de copiar odas a las obedientes furias de guerreros de salón, himnos de patria sitiada por los enemigos del discurso, pero me fue imposible convencer de mi fidelidad a los fieles)

Cómo me hubiera gustado partir esta manzana dándole la mitad a los pajaritos en vías de extinción como las mariposas y los gatos que en su precipitada huida de las piedras me impedían la influencia de Baudelaire.
Ah, poderosos amigos al borde de piscinas con chin-chin de himnos y limones, cuánto hubiera dado por poder seguirles en sus simulaciones hasta el editor de los manuales y repetir arrodillado esas sentencias que jurábamos a solas incinerar hasta la resurrección del mármol de la fama.
Ah, imprescindibles clásicos de un futuro postergado cada año, cuánto entusiasmo hubiera dedicado a la lista de los viajes, a esas veladas gloriosas de la entrega de honorarios después de abundantes alcoholes y confusos giros en las camas de los jueces.
Por eso no me arrepiento:
Amigos que humedecían el alba con la fidelidad de las lenguas en los informes,
aspirantes a viajes de mendigo, vanidosos, policías, segur(osos) del rito de la vigilia de la patria contra el enemigo, tristes puntuales a la hora de la azada en el jardín con afinados alaridos.
No me arrepiento de mi lejana contribución a las venganzas.
De encerrar con llave mi nombre en las maletas y aceptar después que aún espero que pase el aguacero.
Pacientemente espero.
Por eso (oh sincera manía de la memoria y los rencores!)
hiervo mis cuchillos oxidados, me escondo del suicidio, soplo el humo de la bala y la pistola que no tengo.
Y me siento otra vez a esperar por los periódicos para vengarme del informe, de la reunión y el brindis de las estrellas rojas, deshojando una rosa con la carcajada de algo repetido, tocando desde lejos los hombros del censor y del poeta
cuando se confundan los silbidos del ángel,
el ardor de las rodillas en el pecho y los pies golpeen las nalgas,
y llegue la hora de los mameyes en los diccionarios
y el cambio de casaca deba comprenderse
como un diálogo democrático contra la violencia.

 

Tomado del poemario Imaginarias de un velero sugerido, Verbum, 2010.

                                                                        Ilust: Velero sugerido de Jenny Alfonso Relova

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Samedi 21 janvier 2012 6 21 /01 /Jan /2012 16:45

          Gina-copie-2.jpg Parece ser que la vecina de los bajos tiene novio. He mirado su vida, sólo con los recesos de ausencias paralelas, durante los últimos años. Es esbelta, trigueña, pero con la piel muy blanca, de nalgas puntiagudas y breves, de piernas extensas y con miopes espejuelos redondos como los de alguna que otra francesa de una película de Godard.

También su bañera se parece a esos receptáculos de agua que veía en Cuba en sofocados cines. Y en verano, al salir del agua, se sienta y tira a rodar una de sus piernas elásticas sobre el marco de la ventana, mientras se seca, por supuesto desnuda, con una mano, y sostiene el teléfono con el cual habla, supongo a una amiga, con la otra.

Yo la veo casi siempre en blanco y negro a la vecina. Aunque le gusta cocinar, eso sí, entonces el humo, los ajís, los tomates y la mostaza, los peces y las pastas, me la van dibujando lentamente  en olorosos colores allá, en un piso más bajo que el mío, a través de las plantas que pretenden transformar en selva mi balcón diminuto, y con el sonido de alguna que otra ópera que decora el silencio de mi salón mientras escribo.

            Se llama Laure, por supuesto, aunque yo la nombraba Caroline. (Desde que descubrí que Caroline viene etimológicamente de la palabra carne, nombro en Francia Caroline a todas las muchachas apetecibles). Y digo por supuesto porque, qué mejor nombre para una desconocida que uno vigila sin querer durante tanto tiempo detrás de las cortinas, ¿no?

            Me llevó cuatro años saber cómo se llama mi vecina. Un ciclo olímpico. La vuelta de un año bisiesto, por cierto, este 2012 que comienza apenas. El cuarto sol de los mayas que amenazan sin sospecharlo desde su pasado memorable, y por adelantado, las próximas navidades y anuncian el fin del mundo.

El año de los mayas y de Londres, y de un siglo en que nació allá en Cárdenas, nuestro Virgilio Piñera.

Antes tan lejana para mí Londres, y ahora así, al cruzar de la mancha de agua del canal. Puedo superar incluso por la realidad de un desplazamiento la imaginación de Huysman cuando en A rebours inventa un viaje ficticio a la isla anglosajona. Puedo hacer como el atolondrado Mallarmé que corrió con su esposa y una desbaratada maleta a perfeccionar su inglés de profesor de liceo. Casi como me contaba Juan Arcocha que había visto a Piñera de paso por París, desvalido e inquieto, repitiéndole a él, a Carlos Franqui y a Cabrera Infante: “Yo no me puedo quedarme a vivir ahora en París, yo ya pasé mucho trabajo en Buenos Aires, a mi edad no puedo vivir lejos de Cuba…”

Le propongo a G. pasar un week-end en Londres la primavera próxima y me responde desde la transparencia de su piel que deja a la vista sus venas azules: “No me gusta Londres, mejor vamos a otra parte…”

¿Estoy rodeado de gente así o formo ya parte de ellos? Gente que puede darse el bendito lujo de decirte “No, a Londres de nuevo no, por favor…siempre llueve y la gente es demasiado blanca, bajo los paraguas…”. Y descubro con preocupación que viajar a una isla parece ser que me fascina de forma inconsciente.  E improviso: no hay mayor torcido castigo que volver al lugar del crimen del cual huiste…una idea inglesa, por cierto, la primera vez que la vi fue utilizada por Sherlock Holmes.

Casi tan cercanos ahora, repito, la apocalipsis maya, los Juegos Olímpicos y el siglo de Virgilio Piñera, como mi vecina Laure tomándose un mojito.

Pude hablarle al fin en un café no lejos del Museo de cera de París a Laure. Estaba sentada con una amiga (en los cafés de París siempre hay dos muchachas compartiendo sus solitarios diálogos) y bebía un mojito. Hice como en las películas y le dije al barman que yo les pagaba otro trago, a esas dos que están allí: la trigueña y la rubia, va por mí el próximo mojito, sonreí como un imbécil haciéndoles, desde lejos, un gesto generoso a las dos que me ignoraban.

Hablamos poco Laure y yo. No se me olvidó  (¡ni loco que estuviera yo!) decirle que era cubano. Sólo lo necesario hablamos para saber que se llama Laure y acercarse así más ella a Petrarca que al marqués de Sade. Le hablé de su visual pasión culinaria y le mencioné mis plantas, allá, en el balcón del tercer  piso de enfrente. Y aunque no entré en detalles sobre el mármol de su bañadera, sí le dije que en algún momento la mencionaba en las notas de mi diario íntimo: Caroline piernas largas prepara un pato a la naranja escuchando yo el Nessun Dorma de Puccini…o cosas así.

En el año que termina recorrí con G. la isla de Sicilia, volví a Madrid, a mostrarle a mi hija el Museo del Prado, murió en Santa Clara mi padrastro Joaquím y, por cierto, mis hijos Ariane y Joaquim fueron de vacaciones, con sus madres y sus amigos,…a Córcega y a Londres.

Leí casi todo Kundera, descubrí tarde (como debe ser) al italiano Gadda, releí con esnobismo retrógrado pasajes de El Gatopardo, Romy me trajo de mis amigos de La Habana una caja de tabacos y un agonizante libro de cuentos , supe que Deleuze había escrito un libro sobre Kafka, adelanté poco los varios libros que escribo, al fin me hice con todo lo que publicara Calvert Casey, y brindé como un homenaje a mi madre con el agua bendita de la iglesia que se levanta en Siracusa en honor a los ojos de la torturada Santa Lucía.

Sospecho que la vecina de los bajos (quiero decir Laure, no Caroline) tiene novio. Entra, raramente y casi a oscuras, a la cocina. Prepara uno de sus platos que supongo deliciosos, y sale a la carrera de casa. No creo que duerma casi nunca allá abajo. Apenas le veo tomar su baño a la caída del atardecer como antes. Su bañera permanece seca, y aunque no he descubierto el perfil de su supuesto amante, una noche tomaba el metro en dirección contraria a la mía: en vez de ir al centro, hacia el Louvre, se dirigía al castillo de Vincennes.

Mi madre está muy enferma allá en Santa Clara. Le hablo de los quince años que hace no nos vemos, y me dice que por causa de una trombosis los médicos le prohíben viajar a París como ambos quisiéramos.

“¿Vas a volver a Cuba”?, me pregunta G., que ya se ve con un mojito viajando por una isla del trópico en compañía de un folklórico nativo de guía turístico.

Me gustaría responderle (con variantes de sol) lo que ella me dijo cuando le propuse ir a Londres. Pero recuerdo esa maldita costumbre mía de volver con insistencia a visitar las islas durante mis vacaciones, y sólo atino a decirle que esta noche, de nuevo, voy a llamar por teléfono a mi mamá a Santa Clara.

En periódicos de varios países veo la misma foto de un hombre junto a una bandera de Cuba. Leo, una, dos, innumerables veces, y me resigno a aceptar que es cierto, que ha muerto en una huelga de hambre.

Ilust: Gina Pellón, Oro de la noche, 2010.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Samedi 31 décembre 2011 6 31 /12 /Déc /2011 19:04

(Notas sobre Carlo Emilio Gadda)

            Severo Sarduy, en una conocida reseña al publicarse Paradiso en París, incluye esta frase sobre Lezama Lima: “Hay que compararlo obviamente con Proust y con Gadda”.  El “Proust del Caribe” repiten desde entonces los cronistas y los perezosos, cuando se cita el nombre del escritor cubano en Francia.

¿Y quién es ese Gadda?, se pregunta uno. Lezama no lo conocía tampoco. Al menos eso le dice a Sarduy: “Usted habla de Gadda y lo desconozco totalmente”, y aclara, “y no por el prurito americano de no tener influencias, pues de sobra sabemos que lo que uno desconoce puede penetrar también en su obra”.

Acabo (al fin) de leer la novela Quer PasticciaGADDA.jpgccio brutto de Via Merulana (1957) del  italiano Carlo Emilio Gadda. Más bien de intentarlo. La leo primero en francés. Germano, un amigo napolitano, acepta con visible compasión leerme pasajes de café en café, para tratar de retener algo de esa catedral de palabras en la que se funda la reputación de este “Joyce italiano”, gritan los gacetilleros. Después, por suerte, puedo consultar la traducción español de Juan Ramón Masoliver publicada en 1965, y me siento más cómodo, claro. Lo cual  quiere decir, tratándose de Gadda, que limito los estragos de mi impotencia.

 En El zafarrancho aquel de vía Merulana  una trama policíaca sirve de pretexto a Gadda para explorar hasta el infinito las posibilidades lingüísticas de la lengua italiana, para emprender, digamos, una batalla sin fin entre la expresión y el universo de la Roma de finales de la década del 20. Varios dialectos se superponen en los discursos de sus personajes insólitos (el detective Francesco Ingravallo o don Cicco, el principal ) en una ansiedad sin pánico que, como escribe François Wahl en el prólogo de la edición francesa, forma parte del propio estilo de Gadda.

Cristophe Misleschi en su libro Gadda contra Gadda : la escritura como campo de batalla sintetiza a mi parecer lo esencial de la intención de Gadda. Su singularidad, dice, reside en el hecho de hacer de un lugar común todo un sistema, pero no un sistema de pensamiento, sino más bien un sistema de escritura: una máquina de producir relatos.

Leer a Gadda es entonces un desafío que saldo con retraso en este 2011 que termina. He intentado (sin éxito) obviar las comparaciones con Lezama. Son visibles las similitudes que indujeron a Sarduy a citarlos juntos. Pero también son evidentes las diferencias (como se apresura a decirle Lezama a Sarduy en una segunda carta) en la tentativa común de crear, en el mismo tiempo de una modernidad compartida, una manera diferente de apropiarse del mundo. Es decir, el intento de dejar, a la manera de un nacimiento, la prueba material de algo (llámese cultura, ritmo, habla, naturaleza) que, de ignorarlo, condena nuestra incultura o nos aconseja, al menos, la tarea de leerlos.

  

 

 

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Samedi 24 décembre 2011 6 24 /12 /Déc /2011 13:59

             Marx-Navidada

              

             La noche de Navidad del año 2003 yo la pasé en París leyendo, a solas, la poesía de Mallarmé en un apartamento espléndido, pero con un sólo mueble: un sillón Maurice de 1900, comprado en el mercado de purgas de Montreuil.

            Yo era famoso por esos días en París entre mis 4 o 5 amigos, porque unos meses atrás había salido publicada la edición francesa de mi novela Las vacaciones de Hegel. Pero ni siquiera esa gloria de algunos días entre 4 gatos, me salvaba de la solitaria madrugada mallarmeana.

            Poco después de las 12 de la noche alguien tocó a la puerta. Para mi sorpresa era Milena (una española bailarina de flamenco, hija de padres argentinos exilados) que llegaba como una bondadosa Cenicienta a acompañarme.

            Le regalé algo a Milena que no recuerdo (si no lo recuerdo es, seguro, porque improvisé el regalo de algo en un falso viaje al baño o a la cocina), y ella me ofreció una escultura, dijo, robada en una iglesia de Florencia.

            Como no tenía muebles, repito, Milena y yo dormimos (¿dormimos?) como Marlon Brando y Maria Schneider en El último tango en París, sobre la madera del parqué del salón, cubiertos del frío y sin la calefacción que yo no podía pagar, con  una sábana azul que le había comprado esa mañana a un comerciante paquistaní.

            En otra ocasión, a riesgo de quedarme una nueva Navidad a solas y sin ninguna bailarina que me sorprendiera leyendo a Mallarmé (Milena se fue entonces a bailar a Japón y ahora anda por Valencia), me invitó a cenar una familia de católicos libaneses.

           Durante los años que siguieron, mi amigo el escritor Juan Arcocha y yo firmamos un pacto contra nuestras mutuas soledades: cenaríamos en su casa cada 24 de diciembre el mismo repetido menú; carne de puerco, arroz congrí, plátanos maduros fritos, acompañados, eso sí, por festivas copas de champán, como buenos cubanos afrancesados que se respeten.

Casi gritábamos Juan y yo, recuerdo, como dobles de Rastignac, animados por nuestra resignada victoria de exilados, cuando al chocar las copas veíamos desde su balcón las luces navideñas de un París resplandeciente.

            Las Navidades en la Ciudad Luz son (como se supone) extraordinarias. Excepto si uno no tiene familia por estas geografías. No hay visa para entrar ese día en ninguna familia francesa, se los aseguro yo, sentado en mi sillón Maurice, y con un libro de poesía hermética en la mano.

 Durante los años de treguas entre mis divorcios y mis separaciones, por supuesto que pasé mis Navidades con las familias francesas de las madres de mis dos hijos. De Poitiers a Fontainebleau y a Córcega, fui testigo (y soporté)  costumbres y detalles que según Juan Arcoha me permitirían escribir una deleitosa novela sobre el tema: las festividades familiares francesas espiadas desde el interior por un invitado cubano…

            (Me consta que sobreviven en mi biblioteca unos cuantos cuadernos de notas y Diarios, que algún día serán ésa y otras novelas).

Como nací después del 1959, en Cuba siempre viví en medio de la confusión de las costumbres culinarias de esa fecha célebre: mi madre me contaba cómo debían haber sido las Navidades según sus reminiscencias de experta cocinera, en los años 50, de un antiguo asilo de monjas españolas en Marianao.

Cenábamos, entonces, como se acepta una mala metáfora: se remplazaba (en una estéril aproximación perdedora) con lo que tuviéramos a mano lo que debía haber sido el modelo criollo de una Navidad española. Así del puerco entero que creo haber visto asado sobre alguna mesa de mi infancia, habíamos pasado a perniles y fragmentos discretos de esa carne sazonada con ingredientes de repuesto, y hasta las caseras barras de maní fingían ser turrones de  Alicante.

En Francia también busqué en vano los sabores de la Navidad española contada por la memoria gustativa de mi madre. Y me fui acostumbrando a aceptar otros platos ese día, un poco por respeto, y también por curiosidad de mi nuevo paladar liberado.

Desde que Juan Arcocha decidió irse a tomar champán a las estrellas que ebrios tratábamos de ver desde su balcón, mi hija Ariane llega puntualmente de provincia en tren a París, para pasar con su papá la Navidad en mi casa.

Como cada uno de los últimos años hemos comprado para la cena la carne y las yucas, los plátanos y los frijoles, en el mercado de un vietnamita casado con una mulata de Guadalupe. Ya sabemos que por unos días escucharemos danzones y boleros, y responderé a sus preguntas sobre la familia y la isla que casi no conoce.  A cambio de resistir la melancolía de su padre, se probará ella como una adolescente satisfecha ropa de moda en las tiendas de la calle Rivoli, nos iremos juntos a contemplar las manzanas luminosas escondidas en los árboles de los Campos Elíseos, y la obligaré a verme tirar al anochecer, y a escondidas, una supersticiosa moneda a las aguas del Sena.

Me doy cuenta, en suma, que no puedo precisar si he pasado 15 Navidades fuera de Cuba o si, teniendo en cuenta cómo fueron en la isla mis arbolitos y guirnaldas, mis cenas y mis frustrados placeres de estas fechas, son 15 y francesas, en realidad, las únicas verdaderas Navidades que he conocido en este mundo.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Jeudi 15 décembre 2011 4 15 /12 /Déc /2011 01:37

(Notas sobre una exposición de Diane Arbus)

           Le parece curioso a G. que al caminar con ella por el museo Jeu de paume (en pleno Jardín de las Tulerias) rodeados de las fotos de Diana Arbus, yo no manifieste ninguna extrañeza.

          Diane-Arbus.jpg Por supuesto que aprecio la desnudez ingenua conque los modelos asumen la presencia de la cámara y su reverso: la habilidad de la artista para crear máscaras de los rostros burgueses tomados a contra luz y desde ángulos inesperados, la textura del rostro y los poses de travestis, la ridícula indumentaria, la forma de hacer trascendente lo cotidiano…en fin.

            Pero me doy cuenta que me son familiares esas fotos en blanco y negro. Aparecen en ellas (como se sabe) retratos de niños, vagabundos, fanáticos, padres, enfermos mentales, solitarios que decoraron las calles y los parque, los desfiles y las fiestas, los teatros de mala muerte y sus camerinos,  barberías y funerarias.

            Se muestran mirando de frente a la cámara decenas de absurdas Miss, artistas como Marcel Duchamp, o escritores como Jorge Luis Borges, personajes venidos a menos en el interior de las casas y en salones de la sociedad norteamericana de los años 60 y 70. Cierta “minoría tranquila”, decía Arbus, es decir, la parte diferente y más ignorada de toda sociedad.

            Diane Arbus los atrapa a todos, aislados o en conjunto, y los lanza después al espectador como se lanza una pelota contra un muro, casi siempre oscuro, casi siempre con los detalles artesanales del propio revelado de sus manos.

            (Jeu de Paume quiere en realidad decir, Juego de palma. De la palma de las manos. Aquí en este mismo salón construido por Napoleón III, se jugó este juego que antecedió a la pelota vasca y al tenis, antes, claro, de ser un extenso salón de exposiciones).

            No sólo me son cercanas esas imágenes, me explico, porque son en blanco y negro. No. Es que en esta banalidad sublimada reconozco los rolos de una vecina, al barbero del barrio, a la aspirante a burguesa, o a la que fue burguesa y denuncia su fracaso por sus atuendos de los años 50. Y hasta el rictus ridículo de quien manifiesta a favor de la guerra de Vietnam se asemeja en su torpeza tonta a quienes en mi infancia nos obligaban a desfilar por lo contrario.

            Me doy cuenta, además, que no se trata ni siquiera de la memoria de mi infancia en Cuba quien se reconoce en las fotos. Es la memoria contada por mis padres. Sus vestidos sobrevividos. Los objetos que en su momento fueron traídos con orgullo de Estados Unidos. Los trazos de lo que antecedió a la revolución del 59. Lo que quedaba de antes en sus cuentos, o en las fotos de almuerzos familiares que me mostraron en álbumes enarbolados como pruebas de un tiempo mejor, de otra existencia.

            Es como si por no poder del todo explicar la melancólica complicidad que me inspiran, con mi tía y mis abuelos, con mis padres cortando el pastel de cumpleaños de mis hermanos mayores, compartiera entonces estas fotos, sonriendo a solas.

          Quiero decir que las posturas y las decoraciones de aquellas fotos de familia (y ahora éstas que están ante mí en París),  ilustran a la vez la cara oculta de una sociedad que Arbus quiso salvar del olvido, y el letargo repetido de nuestras vidas en Cuba.

      “Una fotografía es un secreto sobre un secreto”, escribió la fotógrafa en uno de sus tantos cuadernos. Y añadió: “Más ella le dice, menos usted sabe de ella”.

        El 26 de julio de 1971 Diane Arbus, en su casa de Greenwich Village, Nueva York, tragó un puñado de barbitúricos y se cortó las venas.  Tenía 48 años.

Foto: Autoretrato, Diane Arbus embarazada.

 

 

 

 

 


 

 

Par Armando VALDES-ZAMORA
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