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9 août 2015 7 09 /08 /août /2015 21:44
LA CASA DE LEZAMA ESTA CERRADA

Como la tarde en que fui por primera vez a la casa de Pessoa en Lisboa, me encuentro cerrada la casa de Lezama Lima en la calle Trocadero, número 162. Ahora es un museo la casa de Lezama. Con dos tarjas de bronce. Una con letras doradas y otra con una campana donde se puede leer que es Monumento Nacional. La hicieron un museo 100 años después del nacimiento del escritor y 34 años más tarde de haberse muerto encerrado en vida aquí con su soledad, resignado a una oficial orden de silencio, entre las cuatro húmedas paredes de un túnel sombrío.

Es la hora de la tarde en que el sol descompone los objetos ante los ojos llorosos de tanto centelleo, y el estilo de la siesta cesa el andar de los transeúntes, cierra las persianas, y apaga los jadeos con su muerte momentánea. De un golpe se paraliza todo ante el imperio de una luz afilada que como un cuchillo se desliza por la piel resbalosa, seca la garganta, y fija tus pies derretidos; te inmoviliza atolondrado sin recordar ni siquiera los puntos cardinales del lugar donde estás o hacia el cual podrías fugarte.

G., aturdida y con la sombrilla del dibujo de Sosa Bravo tempranamente deshecha como la quilla de un velero en pleno desierto, pierde por un momento su compostura, pero no su lucidez puesta en función de proteger su piel de vulnerable transparencia, y me grita airada:

-¡Salgamos huyendo de este sol infernal hacia otra parte!

Una vez visité la casa de Lezama Lima. Pero fue de noche. Recuerdo. Una noche de 1988. Entonces no había llegado aún el pomposo rescate de su memoria y la casa estaba casi al abandono. En la penumbra apenas iluminada por una única lámpara, se apreciaba la dispersión de unos muebles amontonados y se podía respirar el escozor del polvo humedecido que ahora imagino borrar con un velo de cera muchos detalles de las paredes del salón, del rostro de los invitados, y de los dos dormitorios que recorrería casi a ciegas.

No podría precisar por qué me di cita allí con un grupo de escritores que parecían salidos de una selva oscura, tal vez porque toda la isla entonces se me figuraba un círculo del infierno a la deriva. Una muchacha mulata y achinada con trenzas como racimos de uvas, sacó de su bolso una llave de forja atada a una cuerda color herrumbre de la cual pendía un pedazo de madera con la inscripción Ongietorriak, y nos invitó a entrar.

Nos sentamos donde pudimos tratando de formar un círculo que terminó siendo una elipse. Un muchacho más bien pequeño, agitado, y cuya imagen desde entonces identifico en mi memoria con El Pífano, a golpe de vozarrón de actor - y después de obedecer a una orden dada con un movimiento de las trenzas de la mulata asiática-, comenzó a lanzar sus poemas como uvas al centro de los visitantes.

El Pífano pasaba una a una las hojas bien encuadernadas, ponía énfasis o gemía, pero cada asistente aprobaba a su manera –asintiendo con la cabeza, mirando al techo, tocándole las tetas o la entrepierna a su más cercano espectador, etc-, imágenes de elefantes voladores, mariposas, espejos, flautas de encantadores, correos nocturnos, pájaros y flechas en el cielo, silbidos de trenes y novias, muchas novias poseídas en el bosque o en lechos de nubes.

Más tarde, al final de la ceremonia improvisada, supe que el lector había traído el manuscrito ese mismo día en el tren de Santa Clara para tratar de entregarlo en la fecha límite al jurado del Premio David que terminaría por ganar.

Creo que hubo una pausa entre dos poemas, y que hasta se bebió algún brebaje de hierbas que imitaran al té. Lo que sí estoy seguro es de haber ido al baño, de haber preguntado en qué lugar podía deshacerme de los restos de la pócima. Estoy seguro porque me vi encerrado ante un inodoro para mí minúsculo si lo comparaba – como hice curioso y malintencionado – con las enormes posaderas del barroco poeta.

Fue entonces, mientras me figuraba a un Lezama sentado para depositar sus desechos al tiempo que leía a Góngora en aquel austero espacio, que ocurrió el olvido colectivo. Quizás por no conocerme bien ninguno de los invitados, se olvidaron de mí y desaparecieron. Supongo que cerró la chica de trenzas de uvas la puerta tras de sí de un portazo que no llegué a oír al yo tirar al unísono la cadena del agua: ¡me había quedado solo y encerrado en el retrete de la casa del Maestro!

Empujé la puerta como pude y me fui a la sala sin darme prisa por salir de aquella caverna. De todas formas si la cerradura había sido condenada desde el exterior me veía obligado a tardar mi presencia hasta encontrar otra salida. En esto estaba, sentado en la mecedora que supuse era la de Lezama, sin que pudiera impedirme pensar en el casi medio siglo que él había vivido y escrito en ese lugar.

Aparte del crujir de la madera al mecer el sillón y la luz del farol de la acera que entraba por una rendija hasta mis manos, sólo las escenas evocadas en sus libros me hicieron compañía por unos minutos antes de encender la luz. En esa época ya había leído buena parte de la obra del Maestro, pero no conocía aún las cartas desesperadas que él enviaría a su hermana desde ese lugar al final de su vida, por la simple razón que no han sido publicadas en Cuba. Sin embargo me conocía de memoria las páginas del poemario póstumo Fragmentos a su imán escrito al mismo tiempo que las cartas, poemas en los cuales se respira la desolación de sus últimos años y que termina con un poema fechado el día de mis doce años.

Ni en mis más remotas fabulaciones podría haber imaginado quedarme prisionero una madrugada en esa casa. Y mucho menos que años después en París, al descubrir en un café del Marais una litografía de Rancillac en la que aparece Lezama fumándose un tabaco; me decidiera a pasar seis años en la Sorbona haciendo una tesis de doctorado sobre él.

No puedo precisar ahora el tiempo que estuve encerrado en la casa, pero sí lo que hice además de balancearme en el sillón. Me di cuenta que tenía la oportunidad única no sólo de recorrer la casa a solas, sino también de ver los libros y objetos que sobrevivían allí a su muerte. Para mi decepción no quedaba casi nada. Sólo llegué a distinguir los volúmenes de una Enciclopedia Británica en español y algunos otros títulos que pienso eran irrelevantes porque no los retuve en mi memoria.

Si estoy seguro de haber dado al menos con tres libros que llamaron mi atención. Uno era un ejemplar de la Sylvie de Gérard de Nerval que poseía el valor de la firma de Lezama en la primera página,  otro era una edición de Alianza Editorial de Les lauriers sont coupés la novela de Edouard Dujardin que Lezama le había pedido en una carta a Julio Cortázar, y un ejemplar de Esferaimagen la edición de Tusquets de 1970 en la cual figuran los ensayos “Sierpe de Don Luis de Góngora” y “Las imágenes posibles”, y a manera de prólogo, un poema de José Agustín Goytisolo y otro, radiante,  de Heberto Padilla.

Fue allí, de pie, en la sala de la casa de Lezama que descubrí, en el ejemplar que le pertenecía, un poema que en ese momento para mi candidez solemne alcanzó una dimensión de disculpa y de homenaje.

LEZAMA EN SU CASA DE LA CALLE TROCADERO

Hace algún tiempo

Como un muchacho enfurecido frente a sus manos atareadas

En poner trampas

Para que nadie se acercara,

Nadie sino el más hondo,

Nadie sino el que tiene

Un corazón en el pico del aura,

Me detuve en la puerta de su casa

Para gritar que no

Para advertirle

Que la refriega contra usted ya había comenzado.

Usted observaba todo.

Imagino que no dejaba usted de fumar grandes cigarros,

Que continuaba usted escribiendo

Entre los grandes humos.

¿Y qué pude hacer yo,

Si en su casa de vidrios de colores

Hasta el cielo de Cuba lo apoyaba?

Nada encontré sin embargo de los numerosos bibelots que se cuenta se dispersaban por cada rincón de la casa. Se conservaba un desorden que era más bien el caos abandonado de los objetos muertos. Nada de esculturas de jade, de ceniceros o abalorios de cristal de Murano, estatuillas, sonajeros, ni esculturas ni cuadros. Cuadro sí, sólo uno: en el centro del salón el retrato de Lezama hecho por Jorge Arche, esa variante del otro José nacional. Una de las dos caras del espejo reversible de las letras cubanas, la del siglo XIX Martí, la del XX, Lezama. Dos retratos que hablan con las manos los de Arche, en el corazón uno, el de Martí, entrecruzadas en el pecho, el otro, las manos de Lezama.

Fue ya con los tres libros en mi mochila y la decepción de no poder apreciar ningún otro cuadro ni objetos de valor, que me puse a caminar por la casa. No puedo precisar ahora lo de los 26 metros de largo que Lezama afirmaba recorrer como ejercicio y que tal vez fueran más bien 26 pasos. Lo cierto es que en uno de esos paseos de ir y venir hasta la cocina y el patio, me vi ante un circular espejo convexo de apariencia veneciano que deformó el tamaño de mi mano al intentar tocarlo y, al fondo, detrás de mi cara falseada, pude apreciar la silueta de alguien que no podía ser yo por estar envuelta en algo blanco que supuse una sábana:

-Ya me despertaron los otros con los poemitas y ahora este otro con sus trasteos…¿Te puedes largar de una vez para que yo pueda descansar? Yo tengo una copia de la llave de la casa.

Quien me hablaba en medio de mi miedosa sorpresa, era un mancebo de silueta muy parecida en tamaño a la de El Pífano, pero no de color cobrizo, sino con un desordenado pelo rubio y una piel nívea apenas alterada por la falta de luz. Una especie de ángel despeinado parecía en medio de la noche aquel Tadzio inesperado. Los ojos tan claros saltaban con su verdor desde la lobreguez del cuartucho donde al parecer dormitaba sobre un camastro en medio de una atmósfera cubierta por cortinas de un humo que, ahora en mi evocaciones, quiero suponer eran provocados por algún tabaco encendido y no debido al polvo.

Debí balbucear algo como reacción, porque respondió al principio muy molesto. Me contó, en los escasos instantes que duró su compañía hasta la sala, que estaba durmiendo allí gracias a unos amigos de la mulata achinada. Había venido de provincia con una beca a estudiar letras, dijo, antes de comentar algo así como que, en esta isla hay más poetas que habitantes y yo prefiero irme a escribir allende los mares.

Mientras encontraba otro sitio donde vivir en La Habana y preparaba los papeles que le faltaban para irse definitivamente a vivir a Venecia adonde lo habían invitado, le pidieron como tarea hacer el inventario de la casa. Más bien de lo que queda en ella después de tantos robos, musitó de nuevo de mal humor, al mismo tiempo que este Tadzio del Caribe, que sabe Dios por donde ande ahora, me tiraba la puerta en la cara, o más bien a mis espaldas.

Estoy de nuevo desamparado ante la puerta cerrada de la casa de Lezama, pero ahora no es de madrugada sino la parte más intensa de la tarde cubana. El resplandor de la luz calcina de nuevo mis ojos y me impide ver por un momento adónde ha ido G. a refugiarse de la hostilidad del sol.

Al fin la veo de lejos en el Prado, como un remedo de un óleo de Víctor Manuel, con su coloreada sombrilla hecha jirones sobre la cabeza, sentaba bajo los árboles que plantara un día de 1929 su compatriota Jean Claude Forestier, y que parecen no poder con las sombras de sus ramas calmar su sofocación tropical.

-Oye chico, si estás buscando donde meterte con la yuma esa…te tengo ahí enfrente un cuarto con aire acondicionado casi regalado. Brother, yo no creo que vayas a meter a la yuma en el museo ese, ¿no?

Al darme vuelta para ver quién habla veo la piel agrietada del rostro de una mujer parada a mi lado, con un short y en chancletas plásticas. Me mira de manera incisiva a la espera de una respuesta, convencida de haber encontrado un potencial cliente por habernos seguido los pasos a G. y a mí hasta la casa cerrada. Mientras se abanica con un cartón que sostiene con una mano, la mujer repite la misma pregunta, hace, una, dos, tres veces la misma proposición de un improvisado alquiler. Con la otra mano libre, a manera de visera, se protege de los rayos del sol que caen sobre su cara y un pelo teñido de un rubio descolorido.

Me resigno a la idea de aceptar todas las treguas a estas alturas de la tarde. Me voy a buscar a G.  que está mirando, estática y aturdida, a un mar que imagino violeta, para bajar por ese río arbolado del Paseo del Prado, convencido que a estas horas, en esta parte del mundo, hasta los dioses se resignan a abandonarlo todo por la paz de una siesta.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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2 août 2015 7 02 /08 /août /2015 11:35
MARIANAO LA PATRIA DE ARENA

He dicho que soy habanero y, más, que soy marianense. No es lo mismo ser habanero que marianense. Las cosas cambian cuando hay un río de por medio (…) Claro, nacer y vivir siempre más allá del Almendares, en Marianao, significaba lo mismo que vivir “en las afueras” (…) Al contrario de otras ciudades, “las afueras” de La Habana siempre poseyeron una aureola de delicias.

Abilio Estévez

(Inventario secreto de La Habana)

I

Marianao en mi memoria de niño es el balneario donde los veranos esperaban verme llegar mis padres después de haber salido de la cárcel. Al final de mi vida en la isla regresé a otro Marianao, menos idílico. A un Marianao convertido en mi refugio. Un escondite que pudiera protegerme de los imponderables de una vida en provincia en época de crisis. Que consolara, con su cercanía al mar y a La Habana de turistas, mi ilusión desesperada de fugarme al mundo.

Mi padre con sus bigotes engomados, su pelo teñido, y una camisa a cuadros de cuyo bolsillo colgaba siempre un lapicero, me esperaba satisfecho en la puerta de la casa del reparto Quemados, con regalos que eran siempre los mismos: una caja de 24 refrescos de botella y un cake enorme comprado en la cafetería Ampudia. Mi madre me llevaba con ella durante tres meses, puntualmente a las 7 de la mañana, a la playa donde trabajaba de cocinera.

Ése era sin saberlo el mejor de los regalos de mi madre; no perderme de vista desde los ventanales del restaurante del Casino Español, prepararme, por ejemplo, una pizza de queso y una jarra de aluminio desbordada por la espuma de malta helada, antes de gritarme que el almuerzo estaba listo, que saliera del agua, que dejara de jugar con otros niños en la arena.

Tratábamos todos, disimulando no darnos cuenta, recuperar los dos años perdidos por la condena de haber comprado ellos un pedazo de carne de res en el mercado negro. Presos políticos mis padres por comprar carne. Con una P enorme colgada en las espaldas de sus uniformes carcelarios color mostaza, para distinguirlos del resto de los reos. La vergüenza escondida de la sociedad y de la familia que debía redimir con el silencio o las simulaciones el manchado honor revolucionario.

  • Tienes que ser siempre el mejor en la escuela.

Ésa era la orden que me repetía mi madre cada vez que nos despedíamos de mis vacaciones marianenses, sin que yo comprendiera la causa real de ese forzado destino de excelencia, hasta su confesión a mis veintitrés años, una vez terminada mi licenciatura de letras en la universidad: “Ahora que ya no te me vas a traumatizar, te lo digo de una vez: tus padres han sido presidiarios, y tú no puedes pagar por la condena que ya ellos cumplieron”.

No estoy muy seguro de no haberme traumatizado por la tardía primicia, porque desde que la recibí nacieron en mí dos obsesiones: huir de aquel lugar que tenía que ser infernal por engendrar tales atrocidades, y no olvidar mientras viviera mi condena a los culpables del ultraje.

Casi sin reconocerlos a la vuelta de la prisión de Nuevo Amanecer ella, y de La Cabaña él; nos veíamos mis padres y yo hasta el último día del mes de agosto en que regresaba con mi tía Mercedes a Santa Clara. Nunca hasta hoy logré dejar de llamarlos por sus nombres. Eran mi madre y mi padre estivales, pero siempre llamaría Pancha a mi mamá y Tato a mi padre, en un resignado acuerdo común al cual nos habituamos todos.

Para mis amigos de Santa Clara yo era el habanero desterrado en provincia, para los de La Habana, el provinciano de paso. Contribuyendo a estas paradojas de mi identidad geográfica, en cada sitio me sentía forastero, en cada ciudad de paso apostaba por el equipo de béisbol contrario, lo cual, por supuesto, acentuaba mis soledades.

Yo contaba uno a uno los nueve meses que me separaban de mis padres, de la playa, y de Marianao. Enumeraba con parsimonia en un cuaderno escolar los lugares de la capital mencionados en la escuela, o los que yo había descubierto a solas en un desmenuzado libro de historia que perteneciera a mi tío político ya muerto. Tomaba notas de nombres de sitios y museos. Me hacía en fin un programa de visitas que provocaba - recuerdo bien ­- las burlas de mi padre. Y me preguntaba, sin recibir muchas respuestas, dónde podía conocer más detalles de los presidentes y de la época republicana que antecedió a la revolución de 1959, de quienes sólo se decían horrores en la escuela, y de los cuales se hablaba hasta con presunción en la amarillenta reliquia de mi tío.

A veces en tren, casi siempre en autobús y en dos ocasiones hasta en avión, yo dejaba atrás en junio la tranquilidad de Santa Clara para irme a La Habana, quiero decir, a Marianao.

Cierro los ojos y me veo sosteniendo con un temblor la mano de mi tía Mercedes al detenerse el autobús Leyland en la terminal de ómnibus de La Habana. Invadida sin tregua por un bullicioso hormigueo de personas que parecen dirigirse a gritos a todas direcciones a la vez, y de empleados con gorras y camisas de uniforme en algún momento del pasado blancas que vociferan los números de la lista de espera para múltiples destinaciones, con andenes cubiertos por capas de kerosene y a los que llegan o se van sin receso ómnibus que rugen bajo espesas cortinas de humo; la estación de La Habana era la prueba de la llegada del niño que fui a un nuevo mundo.

Una vez recuperadas las maletas de ropa y las cajas de cartón atadas con cuerdas - en las cuales transportábamos las cuotas de nuestra libreta de racionamiento -, atravesábamos mi tía Mercedes y yo aquella multitud gritona hasta la cola de los viejos coches americanos pintados de amarillo, que fungían como taxis, y a los que llamaban entonces máquinas de alquiler.

Varias filas de espera en forma de carriles separados por despintados tubos metálicos, obligaban a los viajeros a hacer cola según el destino de sus viajes. Una vez elegido el carril marcado con el cartel de “Marianao y Playa”, avanzábamos arrastrando como podíamos nuestro equipaje hacia el final de aquel brumoso túnel que se iluminaba de repente con la luz del día, y con el amarillo móvil de los coches, anunciándose así el comienzo de otro viaje.

La inmensidad de la ciudad aparecía de repente ante mis ojos. Acostumbrado a deslizarme del lado de la sombra de sobrias aceras, a atravesar estrechas calles adoquinadas, y a saludar incluso (por conocerlos) a los escasos transeúntes que me salen al paso, ver, al llegar a La Habana, la ciudad atiborrada de siluetas desconocidas, me provocaba una zozobra que nunca me ha abandonado del todo. El miedo a perderme entre tantas avenidas, parques, edificios y molotes de transeúntes, me hacían sentir en territorio hostil hasta no ver aparecer a lo lejos la pancarta metálica con el nombre de la barriada de Marianao.

De la misma manera  que había aprendido de memoria la lista sucesiva de pueblos de la Carretera Central que atravesaba la Leyland inglesa desde la salida de Santa Clara, trataba de identificar los símbolos de la ciudad que recordaba del año anterior, en los esfuerzos vanos de mi miedo por tratar de situarme en la ciudad dibujada a la carrera a través de la ventanilla de una máquina de alquiler dentro de la cual se apretujaban unos cuantos pasajeros.

Volver me procuraba la falsa impresión de recuperar un lugar de origen del cual sin embargo me desagradaban ciertas costumbres: la suciedad de las calles, el hacinamiento de personas en las casas, las horas de transporte en ómnibus de los cuales colgaban como racimos de plátanos los viajeros, la entonación en la forma de hablar de los habaneros, cierta obsesión por los objetos y la ropa supuestamente de moda y, en fin, la costumbre de comer de prisa, sin horarios, y lo que apareciera a la vista o estuviera a mano.

Alegraban sin embargo hasta la costumbre al paso de los días, el saber la recompensa de la cercanía del mar para un niño que vivía en una ciudad sin costas, y percibir las contornos casi siempre borrosas de mis padres, que repetirían al unísono y durante toda mi estancia cuanto yo había cambiado en un año, y me llevarían a los cines y al parque de diversiones Coney Island  varias veces por semana.

Algo del olor del mar que imagino violeta al respirar su salitre, me causa desde entonces la sensación de haber llegado a una remota casa desaparecida. Breves arremetidas  de la misma brisa que se incrusta en las paredes hasta roerlas a mordidas de sal, ha dejado sus cicatrices de aire en mi memoria y erige las fronteras de un sitio que recorrí descalzo y con los pies mojados en algunos recuerdos, y que no debió dejar de pertenecerme.

La paz insinuaba su llegada al pasar el taxi por el puente del río Almendares, el límite de agua entre Marianao y la otra Habana. No lejos imaginaba a mi mamá con un bolso ya listo con toallas y bañadores que pronto, mañana mismo, se cubrirían, por sus incesantes idas y vueltas a la playa, de infinitos puñados de arena.

II

Escribo sobre esta patria de arena para comprender la discrepancia amable entre cierta lejanía y la pertenencia, la extrañeza que no he cesado de sentir cada vez que evoco a Marianao. Esa afección incompleta por una identidad perdida, que camina a mi lado mientras regreso al cabo de 16 años de haberme ido a Francia.

III

Son apenas las 8 de la mañana y le he pedido al taxi que me deje ante la biblioteca de Marianao. Sé que si subo las escaleras y busco en el anaquel de la izquierda al llegar al segundo piso – ¿habrá cambiado aquí el orden de las cosas?, ¿habrán desaparecido algunos volúmenes? - encontraré los tomos de una enciclopedia de tapas marrones, y al hojearla podré admirar una colección de grabados de la ciudad de Brujas.

Desde una de esas mesas del segundo piso escribía todas las tardes cartas desesperadas a mi familia en Miami. Le rogaba, bajo un calor capaz de atomizar a un elefante – los ventiladores soviéticos no funcionaban por falta de electricidad – a una novia argentina de venir a buscarme, a un amigo suizo de invitarme a Ginebra, a viejos compañeros de clase de llevarme con ellos a Estocolmo…No entro, claro. Porque si uno no debe volver a los sitios donde ha sido feliz, menos aún podrá  reconciliarse con el escenario de sus más grandes angustias.

Tengo cita a las 11 con mi hermana Teresita en la casa de Quemados, pero quiero recorrer antes a solas y sin prisa la barriada.

Bajo con el impulso de la brisa mañanera la calle 100 como hice tantas veces a finales de siglo en mi bicicleta china. Disfruto compartir con mi memoria la tentación de saber que ese descenso conduce al mar. Sé que al final de la bajada está el obelisco erguido hacia el cielo, la escuela de pintura San Alejandro, y la puerta del Campamento de Columbia en el cual naciera José Lezama Lima y del cual huyera en un avión Batista. Doblando a la derecha, frente a Columbia, está la Maternidad Obrera donde nací, y al volver a doblar - esta vez a la izquierda ­- en el semáforo que corta cuatro vías, se extiende majestuosa la avenida 31 que muere o renace, allá abajo, en las orillas de las playas de Marianao.

Mirando alrededor trato de conservar la misma curiosidad de niño ante la presencia de palacetes, mansiones y chalés que milagrosamente se conservan en perfecto estado a ambos lados de la calle. Bajar desde 100 y 51 puede impresionar a un espectador no advertido por la proliferación de viviendas insólitas y hasta anticuadas. Tomo fotos de ellas. Me extasió igual que antes o más, porque ahora, de vuelta, conozco el valor de las casas en el mundo, y los originales europeos que inspiraron esas copias.

En 45 y 100 la luz matinal cae sobre el torreón circular y las almenas de la casa que hace esquina. Justo enfrente permanece intacta una casa con arcadas a ambos lados de un arco de herradura que precede a la puerta. Sostienen al arco dos imitaciones de columnas con capiteles corintios y breves entablamentos sobre los cuales se erigen dos farolas.

Como islotes parecen ésta y otras casas ignorar la suciedad y las destrucciones que las rodean. Uno está tentado a creer que el mismo mago generoso que las depositara en estos paisajes hace mucho tiempo, las protege con un golpe de vara mágica de la desidia reinante.

Al igual que de niño, cuando al volver de la playa pasaba por aquí con mi madre, o de la mano de mi padre los domingos en que íbamos a visitar a mi abuela, guardo mi mayor asombro para el castillo en miniatura de la esquina de 100 y 41. Una casa de familia en forma de fortaleza que no citarán nunca los manuales de arquitectura porque (y no deja de ser académicamente cierto) esta reproducción falsamente feudal y ecléctica en pleno siglo XX, por añadidura, en esta comarca soleada del Nuevo Mundo, se considera por los jueces del arte un ejemplo de mal gusto.

Compuesta de un muro acastillado, con una escalera que debe fungir en la imaginación como puente levadizo, de un césped que por su descuido intenta parecer el fondo de un foso seco, una torre con garitones y otra hasta con aspilleras ovales; el caserón acentúa su anacronismo con la presencia de ventanas en forma de arcos elípticos y con vitrales.

A Rafael Rodríguez Altunaga, historiador y diplomático en países latinoamericanos y europeos de varios gobiernos republicanos, se le ocurrió diseñar de esta manera su casa en la década de los 30. Hombre culto, bibliófilo, y apasionado coleccionista de arte, tirado al olvido por la historiografía marxista a pesar de ser el autor de varios libros capitales sobre Trinidad, su ciudad natal, y la región central de Cuba; Altunaga debió considerar reconfortante para su sensibilidad vivir entre los muros grises de la réplica de un castillo.

Si para esos hombres de antaño  retener en piedras del trópico las reminiscencias de sus viajes por tierras foráneas era un ejercicio de forzada nostalgia, a los ojos de un curioso y muchas décadas más tarde,  las piedras edificadas aparecen como emblemas de un linaje desaparecido y de países a él, desgraciadamente, vedados.

Me agrada inventarme entonces que venir a contemplar estas mansiones cuando yo era niño, o en la época en que preparaba mis viajes en balsa para irme de Cuba, era mi manera de viajar a otras latitudes que arquitectos de una época próspera y pudientes propietarios, habían puesto en mi camino como presagio de mi vida futura en otros parajes.

IV

Vuelvo sobre mis pasos. Subo todo 100 y llego hasta 43 – la sede del Partido Comunista del municipio cubre con sus jardines cuidados todo el ángulo de esta esquina - para ir a ver la casa que me dejara mi tía Olga antes de irse con mi padre a Miami.

La casa de mi tía está a solamente unos pasos de la que perteneciera al antiguo ministro de cultura Abel Prieto, promovido ahora a asesor personal de Raúl Castro. Suntuosa como merece ser la casa de un ministro -  y más si se rodea de desolación como es el cao -, con sus dos plantas, no puede pasar inadvertida la vivienda de la familia del melenudo escritor devenido alto funcionario de la dictadura.

Algo cambia en las viviendas de estas avenidas interiores que difieren de la conservada prosperidad de las casonas de la calle 100. Aquí alternan discretos solares interiores protegidos por enredaderas o algarrobos, con inesperados palacetes tan grandes como media manzana.

Me paro ante el número 10011 de la avenida 43, y tal y como me ocurrirá decenas de veces durante este viaje, me aterra el deterioro de la casa de mi tía. Más que el testimonio del tiempo transcurrido, me duele la degradación de todo lo que no pudo cambiar o conservarse con los años. Es como si, en un instante visual, viajáramos de los palacios del poder comunista y de la morada de Prieto, a la covacha de uno de sus siervos condenado a preservar su desdicha.

Las capas de colores arcaicos salen a luz como serpentinas desteñidas pasadas por las aguas de infinidad de temporales, bajo la descascarada pintura de la fachada. El techo del portal, a primera vista, parece decorado por la paleta de un pintor tenebroso  que intentara representar – con matices negruzcos y grises deslucidos – los torbellinos de un ciclón que, mirándolo bien, son en realidad las manchas de la lluvia acumulada en paredes sin resistencia a los falsos maquillajes.

Ahora viven aquí una prima mía y sus dos hijas a las que visitaré unos días más tarde. La primera vez no me atrevo a dar un paso hacia la reja y teniendo en cuenta que la familia ha podado el frondoso árbol de vencedor de Olga y sus raíces han sido cubiertas por una capa de cemento; mi contemplación debe interrumpirse a causa del sol de agosto que ya me golpea con fuerzas en la cabeza y los hombros.

Sigo bajando por toda la calle 43 en busca de la casa de mi hermana y el inventario visual es unánime y lúgubre: imposible ver el más mínimo orden en centenas de metros a la redonda. Es curiosa la miseria bajo el sol, me digo. Brilla con luz propia esta miseria, resplandece y prospera sin tener la más mínima posibilidad de disimularse y termina, casi, siendo fastuosa en su decrepitud.

Los montones de basuras y desechos se acumulan en tambuchos destapados para regocijo de moscas y roedores que se divierten, como en casa propia, a la vista de todos. Las aceras están cuarteadas al igual que el asfalto de la calle, y ambos conservan los mismos baches agigantados que mis recuerdos de obligado ciclista no olvidan. Aquí un hueco lleno de agua por el aguacero de anoche, allá las estrías de una grieta de la cual ­– ¡tierra fértil la cubana! – sobresalen los retoños de todo tipo de hierbajo que las aguas albañales o riegan o no han logrado asfixiar.

Recorriendo el panorama que me rodea, uno creería en este caso, no en el mago invisible de la calle 100, sino en la existencia de la malévola disciplina de un guardián empeñado en proteger y reproducir con esmero toda ruina. O peor aún, uno se convence en lo nocivo de las cadencias de la costumbre, porque las personas que viven rodeados por estos paisajes de abandono durante medio siglo, creen normal tal estado de cosas. Quizás en mi caso fuera, antes, la vida en una ciudad apacible de provincia, y ahora, la experiencia de vivir en el mundo, lo que explica el escozor que me provoca esta prueba de dejadez colectiva.

Mi desesperación aumenta cuando al percatarme de la presencia de un nuevo edificio de apartamentos, compruebo que se ha incorporado  - durante los años de mi ausencia en que fue construido – al deslucido deterioro que lo rodea. Justo en la esquina de 110 y 43 se erige este inmueble de bloques grisáceos y manchados de humedad, desde los cuales brotan hiedras espontáneas que cubren las escaleras y los aleros, sin que un observador consiga determinar ni su centro ni sus puertas de acceso.

Ya no existe el edificio de General Lee de la esquina de 114 y 43, donde trabajaron mis padres cuando se levantaba allí un  asilo de ancianos regido por monjas españolas. Sé que se desplomó de un golpe a finales de siglo, y saberlo le evita a mi espíritu la melodramática reacción por la desaparición. En su lugar se extiende, resguardado por el tambaleante muro de antaño, un descampado de malezas y escombros en el cual tratan de levantar edificios de apartamentos que, viendo la lentitud de las obras, uno augura disponibles para dentro de algunas décadas.

A pesar de la temprana hora y de lo tenue de esa luz que aún no diluye los colores hasta desdibujarlos, se me atasca la nariz mientras camino con ese polvo mezclado con residuos de humo de coches y camiones, y toso a cada paso. Una nube de una arenilla transparente se adhiere a mis ojos y a mi cuerpo. El sabor espeso de escombro se humedece con mi saliva, hace pastosa a la arenilla, y cierra la garganta. Escupo. Hago pausas. Desamparado ante el olvido de esas sucias incomodidades antes cotidianas, me obligo a tomar sorbos de agua cada vez que debo interrogar las manecillas de mi reloj también cubierto de gotas de arena, y retomo mi caminata.

 

 

V

Mi hermana es la última habitante de una casa que ha logrado poco a poco ampliar con el dinero enviado por la familia de Miami. La minúscula casa actualmente cuenta con tres plantas y una terraza que espera su balaustrada. Ella es la postrera y solitaria heredera del territorio familiar de mis vacaciones de niño. Está sentada, como en aquel poema que Virgilio Piñera dedicara a su hermana, en su trono del dolor.  Pancha moriría en Santa Clara meses después de mi visita. Su padre Tato nunca volvió de un viaje a Miami. Su marido Pedro se fue con otra mujer. La hija Anaysis se escapó de Venezuela para vivir en Miami. El hijo Pedro Luis ahora toca piano en un club nocturno de Shanghái. Alberto, el otro hermano, huyó en un barco en 1980 y anda por Kentucky, y Mandy, el hermano menor, se casó con una turista francesa que conoció cuando vendía libros en la Plaza de Armas.

La transformada casa es en realidad una eterna e inacabada obra en construcción. Uno no sabe con certeza si la vivienda está irguiéndose o derrumbándose. Si amenaza con crecer o se hace pedazos. El tiempo que demoran en llegar los materiales nuevos hace que, al añadirse a los más envejecidos por la espera, se superpongan y no correspondan ni en colores, ni en formas, ni en estilo, a los anteriores. A veces con ladrillos, otras con bloques o manchas de cemento, las paredes y muros puestos a coincidir en el mismo espacio producen un marcado contraste. Mi hermana parada, ante la misma puerta donde mi papá enarbolaba los refrescos y el cake de la cafetería Ampudia, se asemeja a la capitana de una averiada nave a la deriva.

Hablamos. Nos contamos como podemos tanto tiempo de ausencias. Para cumplir la promesa hecha a mi padre, no he olvidado comprarle en una tienda en dólares de los alrededores, lo que se regala en Cuba en casos como éste: café, aceite, jabones, latas de conserva, algunas cervezas. Le doy algo de dinero. Me pregunta con insistencia por sus sobrinos que, al ser franceses, supongo sean muy exóticos a sus ojos. Sé que vendré varias veces antes de volver a Francia como le prometo. Que reuniré una tarde a lo que queda de nuestra familia en La Habana, como un brindis por los que se fueron o ya no viven, sospechando, sin decirlo, que quizás este rencuentro tampoco pueda repetirse en el futuro.

Está sola mi hermana, rodeada de nombres de fugitivos o de fantasmas de muertos, de imágenes de su vida de antes, de la esperanza de una llamada por teléfono, de la llegada de algún dinero para comer, o añadirle otro ladrillo a la pared que falta.

Nos vimos poco de niño mi hermana y yo, recordamos. En ocasiones fuimos juntos a la playa. Como aquel día en que por no saber nadar casi se ahoga, y al correr yo tras los gritos de la multitud, pude verla desvanecida y rodeada de intrusos, acostado su cuerpo con los brazos abiertos, en forma de cruz, sobre la arena.

Después de la detención y la cárcel de nuestros padres, a mí me tocó la suerte de irme a vivir con la tía acomodada de provincia, a ella, vagar por La Habana de casa en casa de familia, hacer colectas de jabas de comida entre los vecinos para llevarlas los domingos de visita a la prisión. Cuando arreció el hambre en los años noventa, yo pude escapar a Francia mientras ella se resignó a decir adiós a sus hijos, a su padre, y a casi toda la familia. “Para orgullo de la familia tú fuiste el primero en estudiar en la universidad”, repite. Ella fue enfermera una vez, antes de volverse loca y tratar de suicidarse. Después ha sido muchas cosas mi hermana, que me confiesa, cabizbaja, a manera de despedida y con beso:

  • Ahora mi oficio es esperar noticias…Mandy.

 

 

 

 

 

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19 juillet 2015 7 19 /07 /juillet /2015 16:35
VIDAS AJENAS QUE PUDIERON SER LA MIA (III)

MANOLITO SE QUIERE IR

Manolito me recuerda que un día lo salvamos A. y yo de ahogarse en una piscina. Más bien A., con su parsimonia de discreta karateca devenida dentista, logró salvarle la vida al niño mascota de mi familia. Mi entretenimiento adormecido por el sopor, no reaccionó ante la presencia de una silueta que cayó como una piedra rubia al fondo turbio de una piscina pública. A. lo sacó por los pelos, y desde entonces él le ha quedado eternamente agradecido. A. ahora en Miami, con una monótona vida de marido e hijos, difícilmente memorice esa historia épica de salvavidas en una provincia cubana.

Mi madre Pancha cuidaba varios niños del barrio y lavaba ropa de vecinos cuando yo estudiaba letras en la universidad de Santa Clara. Uno de esos niños era Manolito, el más apegado, el que volvía a casa y llamaba Mamá a Pancha. Lo llevábamos de viaje a nuestras modestas vacaciones de verano a una casa prestada en el balneario La Boca, cerca de Trinidad.

Me doy cuenta, al recordarme él lo de la piscina, y yo, que fui quien le mostró por primera vez el mar en La Boca, que guardamos ambos una relación acuática. Una relación de imágenes acuosa que en el transcurso de mi estancia en Cuba se convertirá en interoceánica; para Manolito yo encarno el modelo de un triunfo deseado: “Cuando pienso en ti siempre me digo que lograste mi sueño de cruzar el charco”, declara.

Lo veo y no lo reconozco, lo cual es natural. Pero me sorprende que en la imagen real que aparece ante mis ojos, este Manolito no corresponda en nada a lo que hubiera supuesto. Viste short y sandalias y tiene el pelo largo y atado en un moño que cae en sus espaldas. Conserva su piel lechosa tan vulnerable y exótica en el trópico que la cubre con mangas y pañuelos. Sigue siendo casi tan pequeño como en la época en que casi se ahoga pero, al caminar, lo antecede esa ligera barriga que en Cuba se exhibe como muestra de prosperidad.

Me está esperando en la terminal de ómnibus de Santa Clara adonde he llegado desde La Habana. Camina a su lado un hombre que mi madre - pudiendo ser pretenciosa al final de su vida- llama su chofer particular. Un señor afable que después sabré tiene un cáncer en la garganta, antiguo funcionario diligente obligado en sus últimos años a alquilar su coche Lada, tan desvencijado como todo lo que se conserva del imperio soviético.

En los días que siguen sabré que no estudió Manolito, que trabajó de chofer un tiempo y ahora pinta y vende camisetas con la esfinge del Che Guevara a ingenuos turistas que pululan por la ciudad alrededor de la tumba del fracasado guerrero argentino.

Cumplo con Manolito esos deberes habituales de un emigrante de vuelta: compro un paquete de cervezas, le regalo unas sandalias que le traje de Francia, lo invito a tomar un Mojito…Y me presenta a su novia Julieta, a todas luces una de las tantas inteligencias perdidas en esa isla del despilfarro de talentos. Ella ha estudiado economía (en un diccionario cubano esta última palabra debe traducirse por “ciencia ficción”) en la universidad, y ahora se aburre en una oxidada oficina donde gana lo que ganan los cubanos diplomados, unos 15 dólares al mes.

-Tú sabes que eres como el hermano que no tuve, me afirma Manolito con una helada cerveza Heineken en la mano, dándole vida a nuestra licuada relación de parentesco.

El postizo hijo de mi mamá salvado de las aguas tiene que confesarme algo: “Quiero irme de este país de mierda”. No sé bien qué respondo. Él me explica sus planes. No es arriesgado Manolito. Me cuenta que lo suyo es Europa (“si fuera negro o prieto como tú ya me hubiera ido”, aclara), que su madre tiene amigos allá, por ejemplo en Portugal, donde hasta le ofrecen un trabajo de sereno pagado a 3000 euros al mes.

Pienso que, como no ha sido aplicado en sus estudios, Manolito pone un cero de más a su salario futuro. Porque recuerdo mi conversación con una linda camarera lisbonense que me confesaba en el remoto verano del 2002 ganar 300 euros al mes por ocho horas de trabajo de lunes a sábado.

Le digo eso y mucho más, ante la mirada atenta de su novia y de esa ceguera acústica de muchos otros compatriotas cuando hablas de la dureza del mundo allende los mares. No sólo no quiere oírme sino que me lanza al rostro eso de, “ya no te acuerdas que tú pensabas igual cuando vivías aquí”.

Me da tiempo, entre dos paseos por el Parque Vidal, volver a situarme por un instante del otro lado, de imaginar mi vida de Manolito en Santa Clara. No es errado que él pretenda estar en mi lugar, me digo, lo que ocurre es que mi lugar, a sus ojos, es un apócrifo edén idealizado en el cual florecen para su fantasía todo de lo que él carece.

Nos vimos varias veces más y no puedo precisar muy bien ahora en qué momento nos despedidos Manolito y yo.

Mi madre me contó algo por teléfono que él me confirmaría después en un correo. Manolito ha dado algunos pasos en su pretensión de cruzar el charco: trabaja con su novia en un cayo, en un hotel para turistas de la costa norte. Allí vende artesanías, caracoles y camisetas del Che Guevara a extranjeros de paso. Me lo imagino protegiéndose del sol con una sombrilla que sostiene su novia Julieta, mientras mira al horizonte y sueña, Manolito, con ser un próspero guardián nocturno, por ejemplo, en Portugal.

Ilust: Gastón Orellana, Bronx VIII (1989)

 

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28 juin 2015 7 28 /06 /juin /2015 20:08
EL ULTIMO SUICIDIO DE ANGEL ESCOBAR

A Luis Rogelio Noqueras no pude conocerlo. Leí la noticia de su muerte cuando ya había comenzado a escribir mi tesina sobre su poesía. Desde Cabeza de zanahoria, su primer poemario, sus juegos apócrifos revelaban un estilo personal y una sincera pasión por la literatura. Juegos-homenajes muchas veces dedicados a conocidos suicidas como Gérard de Nerval o César Pavesse.

A Raúl Hernández Novás lo veía caminando por 23 como el viento que sólo sabe arrastrar su alma sobre el polvo, llevando siempre consigo la timidez de su mutismo, y la mirada que muchas veces encontré a la deriva por los pasillos de la Casa de las Américas. Una mañana de sábado un amigo me dio a noticia de su pistoletazo.

La nota de Raúl Rivero era breve y también mencionaba a Hernández Novás. Otro poeta cubano, Ángel Escobar, también se suicidó en La Habana a principios de este año.

Yo conocía varios libros de Ángel Escobar cuando una tarde lo vi conversando con dos muchachas en la acera del teatro Mella. O mejor, ellas hablaban con él, porque quise creer que en el silencio de su mirada guardaba el fragmento de una distancia no compartida. A Escobar lo reconocí por la foto de la antología Usted es la culpable, y aunque ya mencionaba algunos de sus versos, ésa sería la primera y la última vez que lo viera.

Desde muy joven Escobar ganó algunos de los premios que se necesitan ganar en Cuba para publicar. El David con Viejas palabras de uso (1977) y el Uneac con Epílogo famoso (1985). Además fue finalista del premio de la crítica de 1988 con La vida pública.

Poco a poco su escritura había ido escapando de esas contradicciones no siempre advertidas que se crean entre la hojarasca circunstancial de una sociedad como la cubana, y la insistencia de un cuestionamiento que buscaba (cada vez con menos afirmaciones) intentos de respuestas salvadoras.

Porque desde el principio la pregunta de sus poemas se fue haciendo más intimista a medida que se perdía (¿o se encontraba?) en un hermetismo de múltiples confluencias. Hay en los textos más logrados de Escobar el intento de un grito, el recorrido circular de una voz que se apoya muchas veces en el contraste de los sentidos.

No sé qué habrá en esos rincones se cierran. Es que hasta los olores se ocultan: los tapan en lo oscuro. Me vuelvo y sólo veo una espalda corriendo otra cortina (…) Se avistan sólo líneas, cartones, sólo mapas. No se oyen los paisajes. Lo espeso ha recalentado la escalera. ¿Quién va a poner la mano? De otra forma, si estuvieras arriba oirías mis vértebras.

Un sincero cuestionamiento surge de esos estados de autoreflexión, en giros que abarcan la explicación de una experiencia o el retroceso hacia un estado de inconsciencia donde la muerte (casi el regodeo satisfecho de su búsqueda) culmina el anterior furor y a la vez marca el comienzo de una nueva recurrencia. El propio cuerpo entonces deviene centro de la poesía de Escobar. Las preguntas terminan o dejan de tomar del entorno físico los elementos de la referencia. Quizás se ha perdido la credibilidad de la espera. Se trata en ese caso de afirmar una imposibilidad o adelantar un final:

Ahora son los cuchillos. No hay juego.

Ni juramento que no haya sido el juego y el juramento que ahora signa mi muerte.

(El escogido)

En Cuéntame lo que me pasa (Zaragoza, 1992) , Ángel Escobar reunió un grupo de textos que merecerían un comentario más detenido. Las voces coinciden, el delirio se expande, el relato de una historia se trunca por una suma de imágenes. En Informe, por ejemplo, Pascual Saga, se presenta como el autor de El escogido. Las confesiones del personaje forman parte de un informe médico. Escobar repite a lo largo del libro ese agónico caos que caracteriza su última escritura. Un caos cuyo ciclo ya venía agudizándose desde Abuso de confianza (1992).

De paso por París, un amigo que conocía personalmente a Ángel Escobar, cuando supo la noticia del suicidio del poeta sólo atinó a preguntar: ¿Otra vez? Quienes alguna vez habían estado cerca de Escobar, sabían de sus múltiples intentos, de su proximidad con la muerte en los últimos años, quizás como una prolongación de esos cuestionamientos circulares que no lo abandonaban.

Sin ser un fundador hay en los libros de Escobar mucho de ese subjetivismo-límite que marca diversas zonas de la poesía escrita en Cuba en los últimos años.

En la última página de Cuéntame lo que me pasa, Ángel Escobar menciona a Nogueras: en sólo una línea lo nombra “fantasma”. Antes había construido en varios relatos (¿relatos?) del libro sus propios heterónimos. Él viene a ser ahora para nosotros el otro reverso de esas fabulaciones interminables.

Porque si para algo puede servir la poesía es para detener la longitud del tiempo. Aquella tarde quise descubrir en el silencio de su mirada una distancia que sólo a él pertenecía. Voy a seguir imaginando hoy que Ángel Escobar sigue ahí, en una acera del Vedado, a la espera de una hora para entrar al teatro, mientras creemos escucha a dos muchachas a quienes un último suicidio no podrá evitar que les escriba un poema.

(Publicado en Trazos de Cuba, París, No. 17, septiembre de 1997)

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21 juin 2015 7 21 /06 /juin /2015 10:10
BUENOS AIRES COMO UNA BOCA NO BESADA

Más significativo es que todo argentino o extranjero asimilado no pueda allegarse a un recién venido sin formularle, al principio, en su transcurso o al final de la conversación, la pregunta: ¿Qué le parece Buenos Aires?...Buenos Aires es como un gigantesco Narciso que, tímido como casi todos los gigantes, no osara contemplarse en las aguas leonadas del enorme río que se dilata a sus plantas.

Arturo Cancela, Historia funambulesca del profesor Landormy

 

 

Acabo de llegar y me he ido a sentar al café Macedonio Fernández de la Biblioteca Nacional. Espero allí que alguien me diga exactamente dónde estoy porque nada de lo que veo me parece ajeno.

El taxi me ha llevado desde el aeropuerto a casa del abogado que me alquila aquí en Recoleta un apartamento. Dejo las maletas. Doy una vuelta a la manzana y, ante mí, la sombra de la biblioteca me ampara y orienta como una bandera.

(Me equivoco, claro. No es la legendaria biblioteca de la calle México en San Telmo donde Borges imagina que entrega un poemario a Lugones, sino la construida sobre las ruinas de la casa presidencial de Perón y Evita, devastada por la revolución del 1955).

Llamo a mis amigas mientras leo un periódico abandonado bajo una luz que quiero sea de oro.

Lucía y su sonrisa son las primeras en llegar, y lo que haremos en unos minutos – caminar por las amplias aceras iluminadas, comer empanadas y beber cerveza en el jardín de la casa de su mamá Victoria con su hermana Vicky - me parece haberlo hecho durante todos los años que en Cuba añoré vivir aquí.

Al igual que en el aeropuerto saltan a mi paso esos gestos familiares que mi memoria afectiva ha perdido en París: cierta agitación en el más mínimo movimiento. El ruido. Las frases extensas de los taxistas que repiten las mismas observaciones (“este país es un desastre”, “¿usted es cubano? Ah, ya está cambiando aquello ahora, ¿no?”, “¿vive en París?…bueno ese es otro mundo…París”…), la familiaridad de obviar las extensas introducciones, y tocar y besar (una sola vez y no dos como en Francia), como si la persona que te recibe o habla tratara de atenuar esa exaltada paradoja argentina: la de creerse a la vez en el mejor y en el peor de los mundos posibles.

De noche camino con Vicky por su barrio como hicimos hace veinte años por las calles sin luz de Santa Clara. Me muestra el balcón blanco del cual partiera entonces, con dieciocho años, a perderse con tres amigas hasta el tren en ruinas donde la conocí y la rescaté de una programada peregrinación a la estatua del Che.

Con el tiempo ha cambiado cierto orden de las cosas en nuestras vidas. Ella ha regresado de su vida de varios años en Madrid y Barcelona. Yo sólo he vuelto una sola vez a Cuba, que ya no es un destino, porque no me quedan ganas de repetir un viaje a un origen trastocado por la eternidad de una pesadilla y por el nacimiento de mis hijos en París.

“La sombra que vemos extenderse a la izquierda es el muro del cementerio de la Recoleta”, me indica Vicky. Las luces de neón y de los coches que se suceden sobre la avenida 9 de julio, dejan  reconocer a los lejos la silueta del obelisco tantas veces visto en las tarjetas postales.

Recuerdo una atrevida ocurrencia de André Malraux: “Buenos Aires, la capital de un imperio imaginario”. Y sonrío, claro, con aire de turista satisfecho. Sonrío imperturbable porque a la vez todo me parece familiar, como si tocara los peces antes vistos a través de una pecera, o besara al fin una distante boca imaginada desde la platea de un cine de La Habana.

La culpa es de Borges

Iba a escribir que la vida en Cuba es la responsable de haber vivido inventándome paraísos, y me doy cuenta de la banalidad de la frase; todos nos inventamos otro sitio donde quiera que estemos. Lo que sucede es que en Cuba esos paraísos no son sólo perdidos como los evocados por Proust al hablar del pasado, sino imposibles de alcanzar, porque se mencionan como una utopía ante el viacrucis de la vida cotidiana.

A los doce años mi padrastro Joaquín me construyó mi primera biblioteca y los libros sin darme cuenta me aliviaron esos círculos del infierno que ordenan la vida en la isla, para meterme en una especie de purgatorio del cual no creo pueda salir ahora: el de practicar el ejercicio de ignorar cuanto pueda la realidad, fingiendo.

A falta de imaginarlos por no poder tocarlos, los leía, los paraísos. Fueron otras islas los libros, con sus vidas, sus nieves y estufas, sus olores y músicas; mi vida ficticia con otras personas que compartían el secreto conmigo de desear escapar algún día hacia ellos, es decir, hacia al mundo.

Cuando empezaron a ser serias, mis lecturas se dividieron en dos: Borges y los otros. Sin tenerlo muy claro, dos eran también los lugares ideales para pasear con mi entretenimiento a cuestas: Buenos Aires y Brujas. La culpa del primero era de Borges, la de Brujas, de una enciclopedia descubierta un atardecer de agosto en la biblioteca del barrio de Marianao.

A falta de poder viajar a la Europa entonces actual, teníamos, mis amigos y yo,  de la literatura preferida en español, los libros editados por Casa de las Américas y, más tarde, las películas del Festival de Cine Latinoamericano. En ambos casos Argentina y lo argentino eran los ídolos de mi grupo de amigos. Hay algo pegajoso en lo argentino que viene de su paradoja esencial: puede ser meloso como un tango o intelectivo como una disertación de Macedonio en El café del Once.

La Europa que hubiésemos querido no existía en La Habana. Nos llegaba Europa recalentada y describiendo un triángulo que pasaba por el sur, porque a lo único que teníamos derecho del viejo continente, era a la obediente versión bolchevique de los países del este.

A los más lectores de mi grupo nos fascinaba cometer el ingenuo acto sedicioso de tratar de leer a Borges. El mismo del cual no se hablaba ni publicaba una línea en Cuba. El proscrito de los balances. O el vilipendiado.

Por eso fuimos todos a la presentación de la antología en 1987 (un año después de la muerte de Borges; el totalitarismo cubano siempre ha sido puntual en los obituarios) presentada y prologada por un tal Roberto Fernández Retamar (que según Neruda lo había perseguido por París y La Habana “asiduamente con adulación”) que confesaba, ante nuestro rabioso estupor, que había visitado a Borges hacía años en su casa de Maipú y Charcas.

Junto a Borges en nuestras lecturas estaban los otros: Marechal, Macedonio, Tuñón, Gelman, Sábato, Martínez Estrada, etc. Sin mencionar a Cortázar. Porque en un ataque inexplicable de compromiso político en alguien que había emigrado a Francia huyéndole a Perón, terminó convirtiéndose en portavoz del castrismo en la última parte de su vida, algo que no le perdonamos los cubanos.

Desde que conseguimos, no recuerdo cómo, las Obras Completas de Emecé, mis amigos y yo no diríamos más Buenos Aires, sino Borges.

Adán en Buenos Aires

Desde los taxis voy reconociendo algunos nombres de lecturas, pero no atino a situarme en una ciudad donde se circula a la italiana: a toda velocidad y con incesantes zigzags entre el desfile de coches y autobuses.

Las sensación de estar perdido, tan buscada por un turista básico, sabemos que puede llegar al ridículo. Como cuando pregunto a un chofer si estamos lejos de la calle Corrientes y éste, descuidando la dirección del taxi se vira hacia mí y me responde: “Estamos en la calle Corrientes…señor”.

Me pongo la corbata y asisto a citas en universidades privadas donde tengo estudiantes, en la calle Paraguay, en Palermo, en la Universidad Católica de Puerto Madero. Esas son las obligaciones que me han traído aquí con el billete pagado.

(A estas alturas de mi viaje todavía ignoro que  no podré ir a comer un asado a San Isidro, que no estaré en la Universidad de Rosario, ni atravesaré el Río de la Plata para ir a conocer Montevideo y tomar un café con Tania, ni abrazar en Córdoba a mi amigo el escritor Marcial Gala, como había previsto).

Porque a la ansiedad por recorrer lugares, comer carne, comprar libros, se une la de saludar a personas que no veo desde que me fui de la isla. Muchos argentinos sin apenas darse cuenta me ayudaron en Cuba, regalándome libros, invitándome a comer, enviándome casetes de música o simplemente mensajes que, como mapas en botellas tiradas al mar en el cual remaban sobre los tiburones los balseros, mantenían en mí la esperanza de poder huir un día, esperanza que ahora, veinte años después, no podemos dejar de celebrar.

Claribel, a quien no veo hace veinte años, me dice por teléfono que viene a buscarme en taxi y me temo no poder reconocerla. Me lleva al Palacio Ortiz Basualdo que es la sede de la embajada de Francia en Buenos Aires: “Ah, si es francés tiene derecho a entrar”, me comenta en francés a la entrada el portero que ha pedido que me identifique, al ver mi pasaporte. En el interior Claribel que parece conocer a todo el mundo en Buenos Aires –o todo el mundo conocerla a ella- me presenta a decenas de personas y me toma una foto con el mismísimo embajador francés.

Claribel me presenta también a otra cubana en el Palacio Duhau Park Hyatt. Se llama Ani Mestre, es poeta y periodista. Su padre fue una figura prominente de la radio en Cuba antes de la revolución. Me regala Ani sus libros. Me pone en contacto con otras universidades. Al igual que Claribel parece conocer a toda la élite culta y a los políticos más mencionados de la ciudad. Me doy cuenta que, como ha ocurrido con Claribel,  rencuentro a una remota amiga hablando con Ani. Quizás se trate de este instinto mío de compensar la decepción que me provoca el contacto con la Cuba actual con algún símbolo o persona que encarne un pasado que no conocí y que idealizo.

¿Cuándo fue la última vez que vi a Claribel en Cuba? “”Fue en La Habana, me dice, recuerdo que por tu culpa se quemaron unos frijoles en casa de J.A”. Pasar de aquellos frijoles quemados a las copas de champán en palacios franceses en Recoleta,  merece creer en la fe de la existencia de algún que otro benévolo Dios.

Llamo por teléfono a Juan Carlos y nos sorprenden nuestras voces respectivas: nunca nos vimos en Cuba y somos amigos gracias a las redes virtuales de internet. Nos damos cita, para continuar con los asombros de mi curiosidad, en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Me imagino, mientras caminamos hacia Puerto Madero, la vida de Juan Carlos en esta parte del mundo. Me sorprende que haya estado viviendo ya en Argentina cuando “el Corralito”, como si él y yo no hubiéramos sobrevivido a ese invento llamado Especial del Período de hambre y carencias a que nos condenó el castrismo al caerse el comunismo europeo.

Parece feliz Juan Carlos. Es algo tan raro la felicidad que para no olvidarlo necesitamos verla ante nosotros como si no debiera ser la primera de las misiones de cada cual. Y quizás sea feliz Juan Carlos, como se respira en su apariencia, por haberse encontrado así mismo en un lugar donde escribe, da clases de periodismo, y ha logrado traer a vivir a su hijo de Cuba.

Porque tengo cita en la Universidad Católica, nos comemos a la carrera un bife de chorizo, y nos bebemos una botella de vino tinto argentino, como si hubiésemos sido amigos Juan Carlos y yo, desde hace siglos en La Habana, París, o en Buenos Aires.

A Karel debí haberlo conocido en Santa Clara, la ciudad donde ambos vivimos en Cuba y en cuya universidad estudiamos, pero no: al igual que a Juan Carlos lo conozco de Facebook. Podemos vernos, al fin, y Karel me lleva en su coche por la noche porteña hasta el apartamento que alquilo en la avenida Las Heras. Antes hemos estado en el Museo de Artes Decorativas de Recoleta, en la presentación que hizo Claribel de un libro de dos historiadores sobre la platería de los gauchos. Karel, que habla con la misma pasión de su pasado en Santa Clara que de una democracia en Cuba que ya yo hasta dudo que tengamos vida para poder conocer, parece llevar a todas partes un optimismo criollo que hace tiempo me ha abandonado.

Entro a una, dos, tres librerías. La mejor, me dice G. desde París, está a unos pasos de mi apartamento: La librería del Norte de Las Heras. Voy varias veces. Me atiende un chico chileno que se llama David -¿hay chilenos que emigran a Argentina?, pregunto. “Los estudios son muy caros allá, me dice”-  y escribe poesía. “Tuve en Santiago una profesora cubana extraordinaria”, me cuenta, “se llama Damaris Calderón”.

Le digo que sí, que claro, que  conozco a Damaris, es amiga de amigos. Una vez hasta la invité a un Festival de Poesía en el hotel Pasacaballos de Cienfuegos. Pero yo estaba entonces más enfrascado en tratar de nadar por primera vez una hora sin pausa en la piscina del hotel, que en pasar agotadoras jornadas de lecturas con mis colegas poetas, le cuento.

Compro libros de autores argentinos. También libros de Chesterton en español. Y las traducciones de literatura francesa con las que sobrevivía Virgilio Piñera en los años en que anduvo por Buenos Aires. Encuentro una nueva edición en español del Ferdidurke del polaco Gombrovick que se le atribuye en buena parte al cubano.

Camino por Florida. Me hago al fin un maletín de cuero a un precio casi irrisorio si imagino que es auténtico: le pago en euros al dueño que ha acudido al llamado de la vendedora. Los pesos argentinos aquí se dilatan entre los dedos a una velocidad espeluznante, en una caída al fondo que como se sabe se llama inflación. Sé que al proponer pagar en efectivo y en euros bajan los precios, porque todos quieren conservar sus ahorros en dólares o en euros.

Epílogo con estupor

Una vez casi vivo en Argentina y ahora, al partir, casi muero.  Más bien una y otra vez, de manera metafórica o real, me he ido y he vuelto, a Buenos Aires.

La más cercana oportunidad fue con una chica de Misiones llamada Doris. No pudo ser Doris. No pudieron ser tampoco las otras, ni los amigos generosos que me trataban de sacar de mi respiración artificial en Cuba y un día me mandaron un casete de Charly García donde éste –al igual que yo- gritaba desde mi grabadora todas las mañanas de La Habana Vieja que no quería volverse tan loco.

Durante una de las tantas estaciones de mi hambre habanera, una muchacha espléndida me dejó de regalo, además, un paquete de mate. En pleno Período Especial yo desayunaba aquella caliente hierba amarga tan lejana a nuestras tradiciones que, debido a las circunstancias, casi daba envidia a mis amigos desdichados a causa de la hambruna.

Yo que terminé viviendo en París, hice de Buenos Aires mi versión del Japón que se inventaba Julián del Casal como geografía ideal lejos del monótono agobio de la isla tropical.

En una cena el escritor Jorge Asis, célebre por su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes  y que fuera embajador en la Unesco durante el gobierno de Menem, me pregunta por un París que él conoce tan bien como yo. En una rápida ronda los invitados me ponen al tanto de la política actual en Argentina: Macri, Scioli, Massa, los 3 nombres de probables candidatos a la presidencia aparecen. Digo la verdad: que sólo conozco al primero. Constato también aquí lo que siento desde mi llegada: la inflación y la política son las dos tensiones prioritarias de los porteños, ¿o son una las dos?

Y por supuesto, hablamos de Cuba. Asis quiere saber mi opinión sobre los nuevos cambios ocurridos en Cuba. Le digo lo que pienso. Que habrá cambios cuando yo pueda postularme para ser alcalde en unas elecciones. “Pero algo es mejor que nada”, me responde, y le respondo que sí, que es cierto, que cuando fui a Cuba en 2012 le dije a los cubanos que ahora podían al menos comprar comida en la calle. Pero que si aceptamos eso en lo absoluto, asumimos la misma posición del “Sí, pero…” Es decir: “Sí, es una dictadura, pero…” justificación deshonesta de la mayoría de los intelectuales europeos y latinoamericanos con respecto a la dinastía de los Castros desde hace medio siglo.

Me agrada en fin que al hablar de Cuba y del exilio, de su literatura y a veces hasta de mi vida en París, como buenos porteños me hagan todos la clásica pregunta:

  • ¿Y qué te parece Buenos Aires?
  • Me imagino que La Habana habría podido ser así si no nos hubiera caído la desgracia del 59…

Estoy en el avión que acaba de despegar y creo ver abajo los colores que tanto admirara en su vuelo sobre el Río de la Plata Saint Exupéry, cuando el piloto anuncia que uno de los motores no funciona y que hay que volver al aeropuerto.

Hubo cierto estupor entre los viajeros. Pero una incomprensible certeza me convenció que no, que yo no había venido a Buenos Aires para dormir en el fondo del Río de la Plata, sino para tratar de besar los labios celestes de una mujer a la vez inalcanzable e imaginaria, que nos espera en todos los lugares a donde uno quisiera, una y otra vez, volver.

 

 

 

 

 

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5 avril 2015 7 05 /04 /avril /2015 11:06
COMO SI ESTUVIERA EN LONDRES

Comidos, relajados, y con el buen té haciendo efecto sobre los tejidos de sus cuerpos, sus ánimos volvieron a levantarse. Los caballos alentaban a su alrededor. Gauna encendió una tagarnina, cosa que en él indicaba buen humor.

-Saldría a caminar un rato –dijo Clarke- si no fuera inconcebible hacerlo aquí.

-Salga nomás –le respondió Carlos-. Haga como si estuviera en Londres.

Una risita, y se quedaron tendidos en los aperos, boca arriba.

-Qué cantidad increíble de estrellas –dijo el chico.

-Qué espectáculo, ¿eh?

-Cada uno en su lugar, todas las noches. Lo increíble es que no se mezclen.

-Uno se siente tan empequeñecido mirándolas, tan poca cosa.

-Siempre dicen lo mismo.

-Es que lo obvio es lo único que puede decirse ante la naturaleza.

 

César Aira, La liebre

 

 

La primera vez que vi una inglesa fue un atardecer en Topes de Collantes, esas modestas montañas frígidas del centro de Cuba donde un día a Fulgencio Batista le dio por crear un motel para leprosos, y los Castros envían a descansar ahora a los militares dementes. Llevaba mojado el pelo color rojo amapola (ese color que Antoine Furetière nombrara Ponceau ) la inglesa, por un reciente chapuzón en una de las cascadas del lugar. Me dijo, a modo de presentación, que estaba en Cuba porque hacía en Londres una tesis sobre la literatura cubana.

Yo me había imaginado a las inglesas de otra manera, quizás por culpa de los sombreros y el mentón aristocrático de Virginia Wolff. Tan escasa que siempre ha sido mi cultura anglosajona. Pero no me inhibí por los detalles porque la ropa mojada dejaba ver voluptuosas formas que dudo tuviera la Wolff y que a mí, quizás por fidelidad estética a mis preferencias de entonces, me resultaron muy atractivas.

La conversación me entusiasmó, además de las carnes mojadas insinuadas bajo la ropa, porque yo acababa de terminar mi licenciatura de letras. Entonces, claro, le hablé de Guillermo Cabrera Infante. Y de pronto se jodió el encuentro. Pretextando no recuerdo qué, se fue corriendo, despavorida, la inglesa literata. Fue la primera vez, claro, que me confronté a esa estirpe que ella parecía encarnar. Pero nada presagiaba, en aquella atmósfera casi pastoril, que un día en mi ajetreo cotidiano de sobrevida en Europa, a miles de kilómetros de los helechos y las blancas flores de mariposa de Topes de Collantes, estaría rodeado de gente como aquella escurridiza anglosajona que tienen una clara frontera sobre lo que se debe decir o escribir de la literatura de esa isla donde nací.

Entonces, cuando vagaba con mis amigos por los campos de Cuba para huir del hambre y la decrepitud de La Habana, no imaginaba vivir en Londres, ni en París, ni en Europa, sino en Miami. Así quedaba en paz con mi idioma, porque no me veía hablar inglés con mi familia cubana de la Florida. Esa frustrada aspiración se vio interrumpida, ahora recuerdo, por la breve aparición de una novia argentina que me aseguraba que me ayudaría a irme a vivir a la patria de Borges. También es cierto que en mi cuarto de la casa de mi madre había colgado un mapamundi con banderas y flechas clavadas en varios sitios: pero me daba vértigo al despertar por la madrugada bañado en sudor, ver los nombres de aquellas geografías, e imaginarme un día viviendo varias vidas en otras lenguas bajo la lluvia o los cielos grises que esperan la nieve.

Pensándolo bien ahora, nunca he podido ir a Londres, a pesar de vivir desde casi veinte años casi al frente. Antes por falta de dinero, ahora, por falta de tiempo. Me hubiera gustado ir a ver los Juegos Olímpicos. Londres la única ciudad que ha organizado tres veces las Olimpiadas, la eterna rival de París, que ha perdido con ella la última sede de los Juegos. Tan barato que hubiera sido para mí que la Olimpiada fuera en París. Yo de snob con bermudas, gafas y gorra y una banderita gala poniendo fotos mías en todas partes para que la gente se convenza de que soy un parisino de verdad.

Pero no. El verano de 2012 me dejaron entrar a Cuba, no de profesor de literatura insular, sino de hijo desesperado por despedirse de su madre moribunda. Y ese verano lo único de lo cual se hablaba en Cuba y en sus televisores era de los Juegos Olímpicos. Uno podía sorprender a dos amas de casa desdentadas discutiendo por el resultado de un partido de hockey sobre césped entre la India y el Paquistán, como si se tratara de una telenovela.

- Iremos a menudo ahora a Londres los fines de semana, me ha anunciado esta mañana G.

Parte de su familia vivirá a orillas del Támesis por lo que tendremos un lugar donde parar en Londres. Me estresa hablar inglés y la culpa es del francés. He sufrido tanto con las rrrrr y otros sonidos que tener que ponerme a estudiar inglés de nuevo para no hacer el ridículo a las 5 de la tarde, es peor que las campanadas del Big Ben a la hora de la siesta. Aunque, pensándolo bien, no puede estresarnos la práctica de algo que desconocemos casi por completo. Tan fácil, ¿no?, tan agradable haber leído en español de ingenuo niño en las noches del Caribe aquella historia del perro fantasma de los Baskerville -¡Valgame Dios, este sitio no tiene nada de alegre! -dijo el detective con un estremecimiento, contemplando a su alrededor las melancólicas laderas de las colinas y el enorme lago de niebla que descansaba sobre la gran ciénaga de Grimpen-. Veo unas luces delante de nosotros. ¡Elemental Whatson!

El narrador Borges ante el Aleph de su cuento homónimo dice haber visto, en medio de una extensa enumeración, y entre infinitas imágenes, un laberinto roto que resulta ser Londres. Muchos años más tarde (exactamente 30) de aquel 30 de abril de 1941, en 1971 y esta vez en Londres, no en la calle Garay de Buenos Aires, Borges leyó lo que sigue: Yo tenía, de niño, tres espejos enormes en mi habitación, y sentía por ellos un miedo profundo porque (…) me veía a mí mismo triplicado, y tenía mucho miedo al pensar que tal vez las tres formas comenzaran a moverse por su cuenta.

Ese miedo de Borges, ya lo sabemos, se multiplicó en la escritura de múltiples personajes apócrifos, aunque él sí viajara como sus historias y ensayos, a Londres. No fue el caso, como se sabe, de Des Esseintes el protagonista de A Rebours de Huysmann que, una vez hechas sus maletas, y antes de embarcarse a Londres, entra a una taberna y al encontrarse con unos ingleses a los que ve beber Porto portugués y escucha conversar, decide volver a su casa en las afueras de París porque: Después de todo, ¿por qué ponerse en marcha, cuando uno puede viajar tan ricamente sentado en una silla?

Obviando detenerme en ciertas conjeturas, yo hubiera podido conformarme con imaginarme en Londres o en París, durante las largas noches en que miraba con mis amigos las estrellas sobre la hierba de las montañas de Topes de Collantes. Algo más fuerte que la imaginación debió haberme inducido a atravesar el Atlántico y comenzar una nueva vida.

Lo pienso con convicción esta madrugada en que preparo en París mi equipaje, para viajar por primera vez a Buenos Aires.

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18 janvier 2015 7 18 /01 /janvier /2015 14:34
PARIS: DUELO POR LA LIBERTAD

Miércoles de pólvora

Los miércoles en París los niños no van a la escuela. Muchas personas no trabajan o sólo lo hacen unas horas al día. Poco antes de las 12 comienza en realidad este 7 de enero de 2015 que la ciudad marcará con una piedra negra en su memoria.

Una provocante expectación invade ya los medios editoriales de la ciudad porque esta noche se presenta el libro Soumission de Michel Houellebecq, polémica novela en la cual se cuenta el ascenso al poder en Francia en 2022 de un presidente musulmán.

Estoy escribiendo en casa cuando llega la noticia por las pantallas. Ya es conocido en el mundo entero. Dos encapuchados han matado a tiros a doce personas en la redacción del semanario humorístico Charlie Hebdo, la revista que figura en una fatua islamista por satirizar al profeta Mahoma.

El ruido de sirenas invade la barriada 11 de la ciudad, la primera en la que viví a mi llegada de Cuba. Se extienden las sirenas por todas partes. Los asesinos huyen. Y se sabe que son dos hermanos, franceses de origen argelino. Gritan al huir -cuentan testigos- que son de Al Qaeda Yemen, y se dan a la fuga hacia el norte después de matar en el suelo a un policía herido: Ahmed Merabet es uno de los casi seis millones de musulmanes que viven en Francia. Su muerte es filmada desde la ventana de su casa por un testigo llamado Jordi Mir y da la vuelta al mundo.

Poco a poco se dan a conocer los nombres de las víctimas. Los rostros, las caricaturas. Francia descubre, incrédula, que la redacción entera del semanario ha sido asesinada: una parte de la vida de muchos franceses –fascinantes y asiduos lectores de historietas– reaparece con el rostro de la muerte.

Joachim Roncin, un grafista de la revista de moda Stylist, inventa en un segundo el eslogan que recorrerá el mundo entero: Je suis Charlie. Y todo se interrumpe. Más bien el universo cotidiano que nos rodea adquiere el ritmo de los acontecimientos. Se buscan testigos. Los periodistas corren a la sede de Charlie Hebdo. Alguien que pudo entrar al local de la masacre explica:

-Todo olía a pólvora en ese lugar…

Suena el teléfono. Me llaman amigos de la radio de Miami. Me comunico con el escritor cubano Jacobo Machover que vive en el mismo barrio de Charlie Hebdo. Por la diferencia de horarios con Miami se invierten las jornadas: paso la noche despierto. Salgo a la calle y trato de ejecutar el solitario desafío de recorrer esta noche los lugares del horror, pero mi hija me llama al teléfono, conmovida por el crimen, y decido volver sobre mis pasos e irme a casa.

Jueves de sangre

Termino de dar una clase  de Master muy temprano en la mañana y un colega español me dice a la salida del aula que ha habido otro ataque al sur de París. En Montrouge alguien ha disparado por la espalda a una chica policía y se ha dado a la fuga.

El tráfico del metro está perturbado como esperaba, pero es una sorpresa ver vacíos los pasillos y los trenes. Una de las reglas de las costumbres de esta ciudad - en la cual vivo desde hace casi veinte años-  consiste en seguir haciendo su vida pase lo que pase. Me temo ahora que dos horrores seguidos comiencen a cambiar hoy esta disciplina de la libertad.

Logro con dificultad desplazarme hasta mi casa. Me siguen llamando de Miami. La poetisa cubana Margarita García Alonso, que también vive en Francia, me dice que ha dado mi número a un reportero de Univisión. Hablamos el reportero y yo, pero él, como la mayoría de las personas que no conocen bien París, ha ido a hospedarse a un lugar simbólico de la ciudad turística, en La Défense, la city de los negocios, en el extremo oeste, al otro lado del lugar de la masacre, en la zona donde no pasa nada cuando cierran las bolsas y las oficinas.

Hoy es el día en que busco a mi hijo Joaquim a la escuela que no está lejos de la redacción de Charlie Hebdo, y me aferro a la adopción de esa regla aprendida con la libertad y aparentemente alterada hoy por muchos parisinos; no cambiaré mi programa y haré lo previsto cada jueves al atardecer.

Pero la ciudad sí cambia sus reglas y el parque aledaño a la iglesia Saint Bernard donde Joaquim juega con sus amigos al salir de la escuela ha sido cerrado por precaución. La proximidad de Cherlie Hebdo y esta especie de estupor silencioso que se adueña de los apurados transeúntes parecen imponerse a ciertas costumbres cotidianas.

Sentados en un café llamado Le chat bossu (El Gato Jorobado) cerca de La Bastille,  Joaquim y yo bebemos una limonada y un café con leche. Mi teléfono móvil suena. Nos ponemos de acuerdo el reportero de Univisión y yo para vernos al día siguiente en el lugar exacto donde callera el policía Ahmed Merabet.

Lo más difícil a explicar, a quienes no viven en Francia, sobre la democracia y la sociedad francesas, es la importancia de la laicidad en nuestras vidas, ese intento republicano de respetar y convivir respetando la fe o las convicciones del otro. Y que el respeto absoluto al derecho a expresarse no puede ser limitado por ninguna creencia. ¿Cómo hacerlo un día como hoy en que se asocia la barbarie a los musulmanes?, me pregunto.

Dejo a Joaquim en casa de su mamá y pretendo llegar a pie al lugar de las muertes de ayer, pero los accesos están bloqueados por la policía y los ramos de flores depositados por anónimos. Una muchacha se ha percatado de mis intenciones y me previene:

-Tenga cuidado, hay manchas de sangre por todas partes…

A estas alturas del anochecer, no puedo sospechar que mañana viernes la ola del terror entrará también a un supermercado judío.

Viernes antes del Sabbat

Poco después de la una de la tarde del viernes logro convencer al reportero de Univisión de cambiar de lugar de nuestra cita. Cerca de mi casa se han escuchado disparos porque el mismo terrorista que ayer asesinó a una policía, ha tomado como rehén a un grupo de personas que hacían sus compras en un supermercado Hyper Cacher  de la Puerta de Vincennes. El lugar está concurrido porque faltan unas horas para el sabbat, la celebración judía del fin de semana. Aunque está muy cerca de casa decido irme  a la Puerta de Vincennes en metro, pero no está abierta la estación. Me acerco a pie lo más que puedo desde la Plaza de la Nación y allí espero al equipo de Univisión.

La ciudad aparece invadida por personas que se apresuran en todas direcciones. Las sirenas obligan a levantar la voz al hablar. Cintas instaladas por la policía impiden el paso u obligan a dar vueltas para poder acercarse al lugar del secuestro. Prevalece en las miradas y en los gestos la sensación de un caos. El temor mayor es que un nuevo ataque multiplique la anarquía reinante. Quizás es este caos que se prolonga ya durante tres días el que hace dudar de la eficacia de los servicios franceses en la captura de los culpables.

Me niego otra vez a cambiar mis proyectos, convencido, además, que tardará la solución al caos. He reservado hace tiempo una entrada para ir a ver la exposición de Hokusai en los Campos Elíseos, y no quiero renunciar a ese placer a pesar de la situación. Es allí, ante las estampas y grabados del gran artista japonés, que adivino en los ademanes de los visitantes que algo ha ocurrido más allá de las olas de Hokusai que el museo exhibe.

Varios pelotones de las tropas de élite francesas mataron de manera simultánea a los tres asesinos, poco después de las cinco de la tarde, es decir, antes del comienzo del Sabbat judío.

El duelo de la libertad

La gente sale a las calles. Las avenidas de París comienzan a inundarse de todo tipo de personas que con pancartas de Je suis Charlie, y  cantando La Marsellesa, se dirigen a la Plaza de la República de manera espontánea. Nadie obedece a ninguna consigna y quizás por eso no hay desorden. Los guía el instinto. O esa especie de cultura cívica a la francesa -tan sorprendente para un cubano- que reivindica a viva voz el derecho a la libertad.

Contrario a lo que pueda interpretarse no se trata de una manifestación contra los musulmanes, sino en defensa del derecho de poder decir hasta una blasfemia sin poder ser juzgado o condenado, en una sociedad laica. Un derecho que ellos, los franceses, saben bien que es una herencia del siglo de las luces y que está ahora más en peligro que nunca por la violencia islamista y un sentimiento antisemita que se recrudece. Un derecho que se conquistó con el triunfo de la razón contra el obscurantismo, pero también con las acciones, porque la democracia también es un combate de todos los días.

Algunos medios anuncian que Michel Houellebecq ha cancelado las presentaciones de su novela Soumission. Afectado por la muerte de uno de sus amigos en el atentado a Charlie Hebdo, el economista Bernard Maris, Houellebecq ha ido a refugiarse al campo.

¿Qué va a pasar de ahora en adelante en Francia? En París en estos días se han puesto en juego los valores esenciales de la democracia europea y la violencia islamista puede que abra aún más las puertas a todos los extremismos. Después de la emoción, del terror y la sorpresa, es decir del duelo por la libertad, los políticos y la sociedad civil tendrán que buscar soluciones a este drama. No se puede únicamente clamar con ardor la libertad de expresión si la propia sociedad que lo hace ha visto nacer, educarse y crecer a monstruos capaces de matar cobardemente a civiles indefensos.

Todos los periódicos de Francia lo confirman: más de cuatro millones de personas salieron a manifestar el domingo 11 de enero. París fue ese día otra vez la capital del mundo. Pero nadie duda que esa fecha marca el inicio de una nueva era contra el terrorismo en la cual, más que nunca, serán los ciudadanos quienes obliguen a los políticos a proteger sus libertades.

(Publicado en Café Fuerte: http://cafefuerte.com/opinion/21199-paris-duelo-por-la-libertad/)

 

 

 

 

 

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4 janvier 2015 7 04 /01 /janvier /2015 13:56
ADIOS A ITACA

Jorge Luis Borges en su ensayo “El enigma de Ulises” de 1948 comenta el misterioso pasaje del Infierno de Dante (XXVI 90-142) donde Ulises aparece condenado por falsario: la razón principal, haber mentido a los troyanos con la invención del caballo de madera. Dante le pide a Virgilio hablar con él, y éste se lo concede no sin antes advertirle: “Procura reprimir tu lengua”. A partir del verso 90 Ulises, que en la escena es invisible, cuenta que se separó de Penélope y abandonó de nuevo Ítaca. No pudieron retenerlo ni la mujer, ni la vejez de Laertes, ni la tierra. Quiero decir, ni la isla jónica donde él era el rey.

Se lanzó a navegar de nuevo Ulises con algunos amigos y pretendió alejarse más allá de las columnas de Hércules hasta ser tragado por el mar al querer llegar a una montaña parda que se supone era el Purgatorio. Borges añade “la creencia” de que la ciudad de Lisboa haya sido fundada por Ulises, antes de emprender su viaje fatal. Observación de Borges que tengo la costumbre de celebrar cuando voy a Lisboa, ciudad que repito preferir a todos los otros sitios de este mundo.

Tratando de encontrar la causa de esta condena a Ulises, Borges, en una línea memorable sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer su castigo”. Al elegir quiénes están en el Infierno, Dante se adelanta a la providencia de Dios, y por esta razón, Ulises es un espejo de Dante. Lo cierto es que Ulises, la encarnación del exilado de vuelta, regresó a Ítaca pero después se largó, según Borges y Dante, para morir lejos de su isla natal.

Estoy en el aeropuerto de La Habana. El consuelo de haber podido ver a mi madre antes de su muerte y el alivio de volver a París, sosiegan este trámite final de irme de Cuba por segunda vez. A esta hora de la tarde en la cual en esta isla los mortales y los dioses tienen cita con la siesta para atenuar el sopor del bochorno que te derrite, el aeropuerto es un hormiguero de gente que espera o despide a los pocos que llegan o se van: este debe ser el único aeropuerto del mundo donde se invierte esa proporción porque ver partir a alguien o arribar de otras geografías es vivido como el anhelado espejismo que una multitud no ha podido protagonizar.

He comenzado a beber un Mojito cuando escucho que mencionan mi nombre por los altavoces. Se me atraganta una hoja de hierbabuena en la garganta y me trago de un tirón un cubo de hielo disimulando soportar mi desventura.

Vuelve el miedo de hace una hora y el que me ha acompañado durante todo este viaje. No me dejaban pasar los controles a la entrada argumentando que he cometido el pecado de quedarme, sin pedir permiso,  más de cuatro semanas en el país donde he nacido. Después de dieciséis años de exilio y seis meses de trámites para mi visa, sólo me permitían quedarme cuatro semanas en mi Ítaca natal, y yo ni siquiera lo sabía.

Como el día de mi llegada J.A ha venido al aeropuerto y se angustia conmigo al comprender que mi partida depende de la voluntad de estos guardianes. Saco de nuevo dinero en efectivo con mi tarjeta de crédito. Le doy una parte a J.A para que pueda volver si el chofer del Lada que lo ha traído lo abandona en el aeropuerto por quedarse a acompañarme. Me guardo el resto de los billetes en un bolsillo.

Una observación sacada de mi desesperación convence a los guardianes: desde que me fui de Cuba es la primera vez que vuelvo. No conozco las reglas, por eso no puedo respetarlas. Mi violación viene de la ignorancia, no es premeditado mi despiste.

Varios aduaneros vestidos de militar se turnan escrupulosamente ante un viejo ordenador durante largos minutos, hasta que parecen convencidos de mi impericia de virgen turista nacional:

-Déjalo que se vaya, grita una muchacha vestida de militar a su asistente al ver mis billetes de 20 cuc ante sus ojos, más de un mes de su salario, regalado por el exilado.

Pero me molestan otra vez. Me llaman de nuevo por los altavoces y salgo corriendo. No sólo he dejado abandonado mi Mojito sino que tengo que preguntar una y otra vez adónde debo dirigirme. Doy traspiés, me abro paso, casi grito o susurro. Me aterra no poder largarme en paz una segunda vez de este lugar donde sólo el hastío puede que llegue a superar mi miedo.

Me acusan de traficar relojes. Son varios, uniformadas mujeres y dos hombres, en la aduana. Son varios los agentes, y los relojes, dicen. Me rodean. Me piden que abra mi maleta porque han visto en el scanner que llevo un puñado de relojes de contrabando. Mi estupor llega a decirles que no entiendo de qué hablan mientras abro la maleta.

-Son mis medallas de atleta, las que gané corriendo. Las llevo de regalo para mis hijos. Yo corría con Juantorena…

Les muestro una a una las oxidadas medallas de falsos oro, plata y bronce que mi madre me ha pedido que me lleve a Francia. En medio de mi nerviosismo les lanzo la tontería de haber corrido con Alberto Juantorena, el campeón olímpico y recordista del mundo de 800m, el corredor excepcional que al haberse convertido en un atlético bufón del castrismo es, a los ojos de esos humildes y sumisos custodios alguien a respetar por su confianza política.

-Mira tú, corría con Juantorena, mira tú, con Juantorena…coñóoo

La frase coreada por el mismo grupo hace un instante de apariencia severa, junto a mi forzado sonreír de pánico disimulado, apaciguaron el ambiente y me convirtieron en un héroe añejado a los ojos de la muchedumbre que ponía al corriente de mis méritos a vigilantes colegas apresurados en venir a mirar la escena: “El corría con Juantorena y ahora vive en Francia…mira tú…”

La seriedad de la exigencia había durado el tiempo que dura en el trópico todo rigor público, y el ambiente era, de pronto, festivo. Hasta cierto punto era cierto que mis medallas ganadas contra el tiempo de los cronómetros fungían allí de relojes que retrocedían aquel instante al tiempo de mi vida de atleta. Mirándolo bien, la atmósfera pachanguera más el ritmo de la gestualidad exagerada, las cadencias y la dicción no habían cambiado, ni creo cambien jamás en ese sitio donde esos humildes agentes de la frontera insular compartían ahora con un fugitivo compatriota una retrospectiva celebración.

Tomé un segundo aire y bebí un segundo y último Mojito en La Habana. Me pregunté qué habría sido de J.A allá fuera y de su regreso a su casa del Cerro, como la variante momentánea de un enigma mayor que va a perseguirme toda mi vida: ¿qué argumentos de la fe, qué fuerzas del cuerpo, cuáles resignaciones ayudarán a soportar la tarea cotidiana de vivir en esa atormentada Ítaca donde nacimos?

Recordé que me quedaban créditos en la tarjeta telefónica y me dio tiempo a llamar a mi amigo Marcial Gala a Cienfuegos y  a mi mamá a Santa Clara:

-Ya me voy, todo salió bien en la aduana, ya me voy…

El avión de Air France apareció ante mí como una carabela aérea. Una vez dentro pensé en esas columnas de Hércules para un cubano que evocara infinidad de veces Guillermo Cabrera Infante: una vez pasada la frontera de las Bahamas, el avión no puede dar vuelta atrás, no puede más volver a Cuba.

Pensé en Dante y en Borges, y en el Ulises que ambos inventaron, y hasta en Lisboa. Y  acepté gozoso cualquier pena infligida en mis celestiales destinos después de la muerte, por haberme ido otra vez de mi Ítaca del Caribe, sin tener la certeza de desear o poder volver de nuevo algún día.

Ilust: Ramón Alejandro, El cero de la luna.

 

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21 décembre 2014 7 21 /12 /décembre /2014 12:36
CON EMBARGO O SIN EMBARGO

     Tres fantasmas recorren la existencia de mi identidad en Europa desde que salí  corriendo de Cuba: el embargo de los Estados Unidos al gobierno de La Habana, la indolencia de los cubanos ante la realidad política de su país, y el futuro de Cuba después de la muerte de los Castro.

      Tres las preguntas ante las cuales uno, si es cubano, tiene que responder como en un examen: ¿a favor o en contra del embargo?, ¿por qué no se sublevan los cubanos contra el gobierno?, ¿qué va a pasar en Cuba después de los Castro?

      Tres preguntas como piruetas retóricas basadas en tres hechos (embargo, indiferencia, y depauperación económica con supuestos logros sociales) que, en la mayoría de los casos, sirven de argumentos sutiles para eximir a Castro y su gobierno de lo más evidente: de conservar la más vieja dictadura del continente americano.

     De manera insólita las tres preguntas conservan las tensiones de una evaluación porque su interlocutor (que quizás nunca ha puesto los pies en Cuba) ya tiene él sus respuestas adelantadas: no al embargo, los cubanos están satisfechos con su gobierno, después de Castro será peor porque vendrán los americanos y los bárbaros de Miami.

      El embargo y los zigzags de miedo, simulación u oportunismo de los cubanos, y un futuro gobierno capitalista, justifican a quienes creen o hacen creer que el totalitarismo de la isla se fundamenta por la proximidad agresiva del enemigo del norte, y que su ejemplaridad cívica se aprecia en la aprobación masiva de su pueblo.

       El 17 de diciembre de 2014 pasará a la Historia de Cuba como el día en que Barack Obama y Raúl Castro, en directo y al unísono, anunciaron el fin diplomático de los antagonismos entre los países que ambos presiden.

      Que el embargo norteamericano a Cuba es un fracaso, es tan evidente como el tiempo desmedido que ha sobrevivido la dictadura comunista cubana. Cuba recibe unos 3000 millones de dólares de los emigrados y Estados Unidos es el segundo exportador de productos agrícolas a la isla, por sólo citar dos ejemplos.

       No obstante la eliminación del embargo había sido condicionada a la apertura democrática: elecciones libres, multipartidismo, libertad de expresión, y libre circulación de los cubanos por el mundo. Sólo este último aspecto ha sido, parcialmente, respetado. Eso ha bastado para que Obama decida liberar a espías responsables de la muerte de pilotos civiles, prometa establecer una embajada en La Habana, así como trabajar para la supresión del susodicho embargo.

       En este gesto se ignora por completo a la disidencia interna, a la oposición del exilio, y a las aspiraciones democráticas de un pueblo que no ha podido elegir libremente a su presidente desde hace más de medio siglo. Pero a nadie le importa. Y al cubano de a pie que sufre todos los días la incompetencia de su gobierno nunca lo he visto, por supuesto, estar a favor del embargo. Es decir que el ciudadano medio ha desplazado al embargo la responsabilidad de sus males y su falta de compromiso con la política de su propio país, resultado en parte de la manipulación propagandística del gobierno.

         El gesto simbólico de la paz y el fin de las sanciones del gigante surten más efecto que una lógica interpretación de la realidad: nada cambia en La Habana porque son los mismos seniles dirigentes quienes imponen su voluntad por la fuerza.          A nadie le importa, además, no sólo por la abulia ciudadana y la ausencia de una sociedad civil independiente, sino por el fracaso político de la disidencia y la oposición que comparten con el exilio la falta de visibilidad pública e internacional y, ahora, la traición del supuesto aliado norteamericano.

       A la oposición la han minado las filtraciones de la policía política cubana, las rivalidades internas y, sobre todo, la represión ininterrumpida del régimen que nunca le ha permitido difundir sus programas al resto de la población. Esto sin contar con el despiste asombroso que comparten muchos de sus líderes en cuanto a la política y las relaciones internacionales.

       El reclamo justo por viajar al exterior que debía convertirse en una manera de romper la censura y exponer proyectos, se ha convertido en un ir y venir de turistas políticos que casi nadie conoce en el interior de la isla y que han perdido el encanto de la víctima encerrada, ante los ojos del mundo.

       Si hay alguien que sale mal parado y desorientado  por la secreta maniobra de Obama y Castro, es la disidencia cubana de la isla y la oposición del exilio: ninguno de los dos vio venir el desplante, y habrá que ver hacia donde orientan ahora el naufragio de su orfandad.

        Por su parte  Castro deja de lado a sus ingenuos aliados latinoamericanos y a los utópicos europeos con quienes ha roto el diálogo poco antes de sacar su carta Obama de la manga. La muerte de Chávez, el caos del gobierno de Maduro, y las crisis económica y política de España a cuyo canciller ni siquiera recibió en su viaje a La Habana, fueron las progresivas razones del cambio de estrategia: nadie imaginó que Castro encontrara como puerta de salida a la crisis cubana, al enemigo.

      Contrario a lo que imaginan o fabulan quienes aplauden el abrazo de los otrora enemigos, casi ningún beneficio sacarán los cubanos de a pie de esta tregua. Sí, puede que lleguen más paquetes que reproduzcan las dependencias de la irresponsable pereza. Puede que alguna medicina se pueda comprar con más facilidades y que abunden las Coca Cola en el malecón. Pero no mucho más. Al no haber cambios políticos, seguirá siendo el régimen quien administre y se apropie de las importaciones y los créditos.

        Los cubanos perderán las ventajas de la Ley de ajuste (en parte ya en crisis por la desvergüenza de viajar sin cesar a La Habana siendo refugiados, al año y al día de tener la Green card) y no tendrán adonde irse a quejar para ser acogidos legalmente. Dudo, además, que se modere la restricción a los medios de difusión a los opositores, o que se les permita algún tipo de representación pública o legal.

      Raúl Castro ha jugado la carta del enemigo porque su obsesión es implantar un modelo como el de China o el de Vietnam. Pero esos modelos se sustentan no sólo en el control estricto de las instituciones sino también en la eficacia productiva, y ése es el mal congénito del castrismo: la inoperancia económica. Prometer un vaso de leche a los cubanos tras 52 años de gobierno se convirtió en su momento en un risible símbolo del desastre castrista.

      Para quien tenga dudas y se haga ilusiones con un cambio, basta con leer el discurso del avejentado general ante la Asamblea Nacional cubana, este sábado 20 de diciembre, sólo tres días después del anuncio con Obama.

     No habrá cambios fundamentales en Cuba porque lo esencial de la tragedia cubana es la dictadura y el monopolio represivo del partido comunista. Así de simple. Con embargo o sin embargo, el problema de Cuba son los Castro y su séquito, no los americanos que, como en el célebre chá-chá-chá de los marcianos; “llegaron ya”.

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20 octobre 2014 1 20 /10 /octobre /2014 21:56

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