Samedi 26 mai 2012 6 26 /05 /Mai /2012 11:22

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              Si en París la llovizna es casi un signo de identidad de la ciudad, es raro que llueva en mayo, y dos días seguidos, en Niza, la capital de la Rivera Francesa. Y sin embargo ha llovido, el 21 y el 22 de mayo, en Niza.

            Dos días esos en que la facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad  y el catedrático Fabrice Parisot organizaron en la biblioteca universitaria un coloquio sobre la capital de Cuba: Escribir /Describir La Habana, se llamaba el encuentro. Y fueron invitados para este paseo imaginario por La Habana, entre otros conferencistas, los escritores cubanos Abilio Estévez, Leonardo Padura y Amir Valle.

            En Niza, a unos minutos de Italia y de Mónaco, frente al mar, con un extenso paseo donde uno tiene siempre la impresión de que le van a caer en la cabeza algunos de los puñados de aviones que sobrevuelan la playa cada cinco minutos con dirección al  aeropuerto que, en el barrio Arenas, le gana unos kilómetros al mar, estaba lloviendo y se hablaba, al mismo tiempo, de La Habana.

            Y cito a París también porque, en un hecho inhabitual, la célebre École Normale Supérieure le rindió un día de homenaje a Abilio Estévez. Organizado por Audrey Aubou, un grupo de amigos, estudiantes y catedráticos se fueron a la calle Ulm (la misma de Raymond Aron, Sartre, Althuser, y de muchas otras celebridades galas) para celebrar la obra de uno de los más importantes escritores cubanos contemporáneos.

            ¿Por qué escribo? tituló Abilio las palabras que leyó al inaugurar el homenaje, antes de sucederse la presentación de lecturas críticas sobre su obra. Como dato curioso del programa, la actriz cubana Linnet Hernández Valdés presentó al final la pieza Santa Cecilia de La Habana.

            “Cuando vivía en Cuba soñaba con visitar tres ciudades: Venecia, Nueva York y París. Y ya lo he logrado. Pero de todas, París ha sido siempre la más generosa conmigo”, dijo Abilio.

            Vale recordar que sólo tres escritores cubanos han ganado el Premio a la Mejor Novela extranjera publicada en Francia: Alejo Carpentier en 1956 con Los pasos perdidos, Reinaldo Arenas en 1969 con El mundo alucinante y Abilio Estévez en el 2000 con Tuyo es el reino, publicada como todas sus novelas, por la editorial Grasset.

            Se puede inferir de este homenaje el reconocimiento a una escritura y a una voz muy personales, valoradas  por la riqueza de su lenguaje y de sus referencias, por un universo ficticio que se apropia a la vez con refinamiento y de manera obsesiva, de muchos emblemas del imaginario cubano, y también de la presencia de las culturas europeas y norteamericanas en la cubana.

            La Habana nuestra de cada día  nombró a su conferencia, en el coloquio consagrada a La Habana en Niza, Leonardo Padura (que como se sabe, vive en Cuba), mientras que Amir Valle (exilado en Berlín) se refirió a La isla viajera: la isla novelada desde el exilio en su intervención, antes de responder, en un panel integrado por ambos y Abilio Estévez, a las preguntas de los participantes sobre la relación de sus libros, con La Habana.

            En los últimos años La Habana que se convierte en una referencia curiosa para el extranjero, es, en la mayoría de los casos, la ciudad agonizante de la crisis económica de los años noventa, la de eso que se ha llamado Período Especial.

Sin embargo, me parece que predominan dos maneras de apropiarse de esta misma Habana. Una que describe de forma realista la debacle y otra que, o imagina a manera de evasión, o se vuelve al pasado para evocar o a exaltar los esplendores de una época republicana anterior a 1959.

            Es curioso y enriquecedor, me digo yo, cómo te ven o te miran los otros. Me atrevo a asegurar que los lectores, críticos y editores, han pasado poco a poco el momento de la moda exótica del inicio de esta literatura cubana, editada, vendida y hasta premiada en muchos lugares del mundo.

Quizás los testimonios ya no dan para más o detrás de la anécdota se quiera ahora apreciar otros valores que vayan más allá de esas primeras capas del erotismo y la exuberancia. En literatura el tiempo también es sabio, y después del atractivo de lo insólito, le toca su lugar a la impresión de justicia que impone la calidad duradera de escrituras más trabajadas.

Olvido decir que, al final del segundo día del coloquio de Niza, el martes 22 de mayo, la ciudad quiso recobrar (uno de sus puntos en común con La Habana) la nitidez soleada de su cielo, y dejó de llover.

Al caminar por El Paseo de los ingleses el sol irradiaba sobre el azul turquesa de las aguas del Mediterráneo y hacía casi invisibles, por su resplandor, el vaivén de los aviones que sobrevuelan allá en lo alto la Bahía de los Ángeles.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Dimanche 6 mai 2012 7 06 /05 /Mai /2012 01:04

Simone-de-B.jpg Como era domingo de elecciones me fui temprano a caminar para ver a la gente y adivinar algún indicio, en los rostros o en la prisa, de la manera en que toman los parisinos eso de elegir un presidente.

Al final de la mañana, al doblar una esquina, me encontré, en el número 11 bis de una callejuela llamada Victor Schœlcher, frente a una espléndida puerta art deco y una placa que indica el lugar donde viviera Simone de Beauvoir de 1955, hasta su muerte en 1986.

Me quedé un rato imaginando a la Beauvoir al llegar o al salir de aquel lugar al ir o al regresar de Cuba. La supuse con su sombrero, pálida y bronceada, entusiasta y fatigada, dependiendo de los instantes de su ida o de su vuelta de la isla.

La calle en su exceso es tan breve como silenciosa, y lleva el nombre de unos de los más importantes precursores en Francia de la lucha por la abolición de la esclavitud. Lo que poca gente sabe es que fue precisamente en Cuba donde Victor Schœlcher se escandalizó definitivamente por el sufrimiento que vio padecer a los esclavos en los campos de caña, y decidió dedicar su vida a erradicar esta práctica tan rentable para los negocios como humillante para las personas que la sufrieron.

La gente semidormida yendo a buscar el pan, o a votar por un presidente este domingo, y yo imaginando una discusión imposible entre Schœlcher y Simone sobre las apreciaciones divergentes de los dos y  sus respectivas Cubas: la colonia de España en la primera mitad del siglo XIX, y la Cuba de la revolución de 1959.

Porque, como se sabe, si algo encarna Francia es la pasión política y el dinamismo comprometido de sus intelectuales. Sin embargo esto último parece haber cambiado completamente bajo la era Sarkozy.

En un artículo publicado en Le Monde y titulado “Une planète en recomposition”, Marion Van Renterghem y Thomas Wieder se preguntan las causas de esta deserción y nombran la ausencia contrastante de algunos de estos intelectuales:

 

¿Qué queda de la influencia sobre la política de los intelectuales comprometidos, crema y nata de la excepción francesa nacida de la Ilustración? De los Voltaire, los Zola, los Malraux, los Sartre, los Aron y Camus?  En esta campaña presidencial de 2012, los Edgar Morin, Alain Finkielkraut o “los nuevos filósofos” como André Glucksmann o Bernard Henry Lévy, esos gurús, esos sabios iluminados, representantes de una moral y de valores no han influido en el curso de los acontecimientos.

 

 

            Resulta que durante la campaña electoral francesa de 2007 un grupo de conocidos intelectuales apoyó abiertamente a Nicolas Sarkozy, algo raro, porque como se sabe, la tradición exige que alguien que escriba o dé opiniones públicas debe, al menos, simpatizar con la izquierda.

            Un mundo feliz  tituló Aldous Huxley a su novela crítica contra las utopías. Ese es el título que retomaron estos intelectuales franceses simpatizantes con la derecha (Le Meilleur des mondes) para la revista donde publicaron sus artículos y polémicas, después de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

Fue Daniel Lindenberg quien lanzó desde el 2002 el más conocido de los ataques contra estos intelectuales en su libro Le Rappel à l'ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires. La noción política estadounidense se transforma en Francia en acusación contra ideólogos que defienden la guerra en Afganistán y en Irak y descalifican a la izquierda por su supuesta islamización.

Pues de toda esa gente nombrada también “los sarkozistas de izquierda”, nada se ve en los medios franceses por estos días de elección presidencial. Hasta tal punto se extraña a estos ilustres profetas que la prestigiosa revista Esprit dedica el número de marzo-abril de 2012 a una serie de artículos que tratan de responder a la pregunta de ¿Dónde están los filósofos?

Y unas horas antes de la segunda y decisiva vuelta de la elección presidencial, en Le Monde del 5 de mayo de 2012, el filósofo de extrema izquierda Alain Badiou va más lejos y culpabiliza a los intelectuales del ascenso vertiginoso de la ultraderecha del partido de Marine Le Pen.

Se constata entonces que  ha habido un cambio en Francia, de la admiración a la indiferencia o al rechazo, a la intervención pública de los intelectuales en la vida política. Cuentan que tanto Sarkozy como los medios de difusión han remplazado a estos errados adivinos por especialistas. Es decir que ahora en vez de invitarse a pensadores generalistas como a un filósofo o a un escritor comprometido, se le hace preguntas a alguien formado en un sola disciplina, llámese geopolíticos, historiadores, sociólogos, investigadores sobre el islam, etc.

De hecho, todos los miércoles, durante estos últimos años de mandato, Sarkozy ha compartido su desayuno con alguno de estos expertos contactados previamente por sus consejeros.

Y aunque para nadie informado es una noticia que en los últimos años los intelectuales clarividentes no encarnan como individuos a la conciencia crítica de la sociedad, vale la pena especular sobre las razones de esta desaparición de la escena política. La más inmediata es, por supuesto, la crisis financiera. El fin de la guerra fría, la mundialización y el acceso a la información que procura internet, también contribuyen al debilitamiento público de los iluminados guías.

Tengo que anotar entonces entre mis satisfacciones contemporáneas, eso de no tener que soportar hasta la abulia las chácharas de un grupo de sabelotodo que pronostica próximos cambios y porvenires casi siempre errados o inalcanzables. Es decir una manera encubierta de expresar el deseo por el poder y la ambición de alistarse a una élite reconocida y aplaudida por la tribu.

Me digo entonces que algo bueno tenían que dejarnos la mundialización y esos aparatos, teclas y pantallas que gastan nuestra vista, nuestros oídos y nuestros dedos que los encienden y los hacen andar.

No corremos el riesgo, me parece, de que en el futuro abunden lugares y estatuas que lleven el nombre de nuestros contemporáneos intelectuales, como esas calles francesas que se llaman Victor Schœlcher o Simone de Beauvoir.

Porque si bien entre los más grandes éxitos de la modernidad pueden citarse el de lograr la abolición de la esclavitud, y otorgar un puesto relevante e igualitario a la mujer en el mundo, uno de los más grandes acontecimientos domésticos de la globalización, quizás sea la desaparición (para mí reconfortante) de la figura nacional y regidora del intelectual, a la vez militante y agorero del destino político de pueblos de los que se creyeron ser la encarnación del espíritu crítico.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Samedi 21 avril 2012 6 21 /04 /Avr /2012 01:53

 

SALINGER-copie-2.jpg         Miro con detenimiento, una y otra vez, la imagen de Salinger, sorprendido a la salida de un supermercado, cerrando el puño de su mano derecha contra la ventanilla de un auto desde el cual alguien le saca una foto.

Raro ese Salinger, oculto de la fama durante casi medio siglo en New Hampshire, como uno de los niños en el centeno que su protagonista Holden Caulfield evoca en el relato de tres días de su vida de fugitivo.

Miro la foto, repito, y leo con un retraso que casi se asemeja al olvido, un artículo sobre los escritores de culto (“Un secreto de dioses”) publicado en El país el 14 de enero pasado.

Pero, ¿qué cosa es un escritor de culto?, nos preguntamos los dos, la periodista argentina Leila Guerrero y yo. Al  leerlo me doy cuenta que mis gustos y mis criterios de selección, al responder a esta pregunta, han cambiado mucho en estos últimos años.

-Debe ser el exilio, respondo a mi conciencia vaga, para no buscar complicadas causas a mi cambio de gusto. Me digo ahora que las referencias, por ejemplo, y los juicios de valor, en mí, ya no son los mismos de cuando vendía libros en la Plaza de Armas de La Habana, o nadaba a solas en la costa habanera a la caída de repetitivos atardeceres.

Algo permanece, creo,  queda como un rezago de una época que comienza a decir adiós sin compasión: la fascinación por el acto de leer y leer, el atractivo del libro como objeto burgués que se acumula y se exhibe por las paredes de nuestras casas. Pero también algo aleja de mis gustos de aquel que desembarcó en Francia: ya quiero catar, disfrutar y en último caso, juzgar, a una literatura mundo.

La razones supongo provienen de haber cambiado el orden de mis exigencias. Me interesan de un libro, su voz, la incitación a la reflexión, y la audacia compositiva con la cual el autor adecua el contenido de lo que cuenta.

Cada vez me incitan menos el testimonio y el realismo, la urgencia desnuda del yo, la denuncia o la reivindicación explícita de convicciones. El nacionalismo y las nociones de identidad, gritadas para cerrar una frontera real o del espíritu, reducen y se limitan a quienes piensan en efímeros ombligos.

En cuanto a los escritores, prefiero a ese Salinger escondido que agrede a quien desea sacarlo de su refugio, a Le Clézio lejos del ruido y las fotos en Nuevo México, a Milán Kundera rechazando las entrevistas y las apariciones públicas, a Marguerite Yourcenar en la isla de Monts Déserts, escribiendo una de mis frases preferidas:

Mis primeras patrias han sido los libros.

Me doy cuenta, ahora al escribir, que asocio la extrañeza del libro a la figura esquiva de un escritor fugitivo y distante que precisamente por estas razones termina convirtiéndose en un emblema.

Si pienso que un gran libro es aquél que te obliga a volver a él y, una y otra vez para descubrir nuevas sugerencias de su escritura, un escritor de culto es ése que descubrimos con otros elegidos que no conocemos, y con el cual compartimos una leal complicidad de apreciaciones sobre todo lo que nos rodea.

Para responder a esa tarea tan personal como disímil de definir a un escritor de culto, Leila Guerrero cita nombres y pide opiniones a críticos, editores y escritores. Los nombres de escritores contemporáneos que cita son varios: Enrique Vila-Matas, Alan Pauls, Yuri Herrera, Rafael Gumucio, Jorge Herralde, Pilar Reyes, Elena Ramírez, Manuel Borrás...Más adelante agrega otros que ella y sus entrevistados van considerando indispensables en esa selecta lista y de los que menciono sólo los de expresión española: Daniel Sada, Antonio di Benedetto, Sergio Pitol, Julio Ramón Ribeyro, César Aira, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Virgilio Piñera y, por supuesto, Roberto Bolaños, el mito más reciente de la literatura latinoamericana.

La suma de dones que enumera Leila Guerrero para ser un escritor de culto incluye la necesaria veneración de los lectores, la comunión alrededor de un libro que exprese los dilemas de una época o de una generación, las estrategias editoriales que promueven y venden a este maldito misterioso que deja de serlo al convertirse, muchas veces y tarde, en un best seller .

Entre las descripciones de este tipo de escritor, reproduzco más abajo la del crítico Christopher Domínguez Michael, por considerarla la más completa o, en todo caso, la más cercana a mis preferencias:

Es un escritor ajeno al gran público que frecuentemente termina por conquistarlo. Kafka fue de culto, como Joyce, escritores-para-escritores que acabaron por imponerse en las academias y las universidades. Dostoievski fue de culto unos diez años y hacia 1910 era patrimonio de la humanidad. Pero quizá ya no haya autores de culto confiables, es decir, que puedan permanecer escondidos. Hoy todo se publica, de todo se oye hablar y nada permanece en lo oscuro.

Tendremos que aceptar con la resignación de ser testigos del puente de dos siglos, que algo ha cambiado en esos escritores que dejamos entrar al jardín privado de nuestras lecturas. Yo sigo prefiriendo a los casi desconocidos, o a los que se aplaudieron tarde. A esos que, como Salinger en la foto del supermercado de New Hampshire, prefieren que los dejen en paz los premios y las estatuas, una vez que han escrito esos libros que de alguna manera son también nuestras más fieles patrias.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Mercredi 4 avril 2012 3 04 /04 /Avr /2012 01:09

Steiner.jpg             Me despierto en medio de la madrugada. No sé si no puedo o si no quiero dormir. No duerno, en fin, esa es la única certeza de que estoy vivo antes de encender la luz. Y escucho entonces en la radio la voz de George Steiner, uno de los pocos grandes hombres que van quedando vivos en nuestro mundo de agitados y efímeros buscadores de aplausos de unos días.

Siempre nos lamentamos con exceso por la paulatina extinción de los grandes que no vemos y que comparten con nosotros la suerte o la fatalidad de la época que nos tocó respirar y sobrevivir. Ahí está uno de ellos. Filósofo, ensayista y crítico literario, capaz de hablar cinco lenguas, de leer y analizar en griego y en latín a los clásicos. Extendida su vida y su cuerpo de judío errante entre el París donde nació, Inglaterra, los Estados Unidos, Ginebra…

Aterrado o casi, más bien apenado, me doy cuenta que aquí, en La Balsa de mi exilio, en su biblioteca que se agranda al mismo paso que el tiempo y la distancia de mi salida de Cuba, no tengo un solo libro de George Steiner.

Ni uno solo. Lo he leído de prisa en bibliotecas de París. Quizás (improviso) ha sido citado en alguna de mis conversaciones de café con atractivas estudiantes francesas. Pero tengo que aceptar la evidencia: nada de lo publicado por Steiner está al alcance de mi almohada.

Me queda sólo la opción de escucharle como la solitaria redención de mi descuido.

¿Qué está diciendo Steiner? ¿Qué está diciéndome en esta noche para que yo prepare una taza de café y me siente, riegue las plantas, y después (ahora) viole todas mis reglas y hasta escriba de prisa? Responde a preguntas. Sólo que su manera de responder es una lección de sabio, y por tanto de modesto humanismo. De una inteligencia puesta en función de escuchar y reflexionar, de tratar de comprender.

Una de las ideas más persistentes de Steiner consiste en tratar de explicarse por qué la gran cultura de Occidente no pudo evitar la barbarie. De dónde procede la impotencia del arte ante la Historia.

-Yo no soy un sabio, afirma en francés, más bien me veo como un postino como dicen los italianos, es decir, un cartero, el que lleva el mensaje de los grandes hombres.

El conocimiento debe ponerse en función de la comprensión. Y cita ejemplos Steiner. Nadie sabe cómo uno va a reaccionar ante circunstancias inesperadas de la Historia. Menciona la traición del discípulo  Heidegger a su maestro Husserl. La negación caprichosa del horror estalinista por parte de Sartre. Las preguntas qué el mismo se hiciera en Inglaterra durante la guerra: ¿quién puede afirmar que de llegar los alemanes aquí no habrá traidores?

Nadie puede saber la cuota de miserable que puede llevar en su alma si debe sobrevivir a las circunstancias.

Y esta idea compasiva se complementa con otras dos afirmaciones. La segunda: los que han realmente sufrido, no hablan, no quieren hablar, porque el horror vivido no puede ser ni explicado ni comprendido en su totalidad.

La intelección entonces, su testimonio o su escritura, siempre es impotente ante la dimensión de los hechos.

Cuenta Steiner una anécdota. Un día su amigo Arthur Koestler, autor de la célebre novela El cero y el infinito, le pregunta:

_ ¿Sabes George por qué tus libros no valen nada?

_ No, dime tú, le pregunta a su vez con paciencia Steiner.

_ Porque tú nunca has estado en la cárcel, le afirma categórico Koestler.

Esto, según Steiner, viene a confirmar que un intelectual sin ciertas experiencias límites puede especular, pero no juzgar ni atacar comportamientos que le son ajenos por no haberlos vivido en carne propia.

En Le Transport d'AH, la única novela que ha escrito Steiner, se cuenta la búsqueda y la posterior captura de Adolfo Hitler por un comando judío en plena selva amazónica. El lugar es horripilante porque el paraíso y el infierno se parecen, comenta Steiner. Hitler ha perdido la memoria y el comando judío decide juzgarlo en el mismo lugar donde lo ha descubierto. Sin embargo, de golpe, Hitler pronuncia en su defensa un discurso coherente y hasta brillante.

La elocuencia del mal existe, nos dice Steiner, porque en sus apariencias poco, muy poco separa al mal del bien, porque la cultura puede, incluso, confundir el trasfondo de los argumentos. A lo mejor ésta es la tercera afirmación que nos permite comprender la impotencia de la cultura ante el destino.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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Samedi 31 mars 2012 6 31 /03 /Mars /2012 19:03

Dios-Diablo.jpg           Han sido días intensos estos últimos. De veras. Intensos en la frustrada tranquilidad que persigue con fervor mi anonimato.

Tengo sobre mi mesa varios programas de exposiciones por ver y una breve lista de libros recientes que me gustaría hojear. En el museo de Orsay se muestran desnudos de Degas. En el Grand Palais se pueden ver más desnudos (lujosos, célebres y burgueses) del fotógrafo Helmut Newton que yo no conocía. En el Louvre, me dice una publicidad que salta a la vista en todas partes, se exhibe restaurado la “Santa Ana” de Leonardo da Vinci.

Al menos quisiera correr a comprar dos libros. Uno de Jacob Burckhardt sobre el renacimiento en Italia, y otro libro de un profesor africano de la universidad de Princeton, Kwame Anthony Appiah; un erudito estudio sobre las revoluciones morales.

Pero es tanto el trabajo en la semana que me vería obligado a correr por el metro y la calle los sábados, algo que casi me prohíbo por el exceso de gente planificada para hacer lo mismo y a la vez, como en toda gran ciudad que se respete.

Llego al aula y una estudiante me dice que ha visto en Le Monde a un hombre que grita y le golpean antes de la misa del Papa en Santiago de Cuba. Y toda la realidad que evito o me despierta a veces en la noche, aparece de nuevo como una condenación imparable.

(Ahora sabemos que el hombre se llama Andrés Carrión Álvarez, y anda preso por una estación de policía con el insólito nombre de Versalles).

Y me doy cuenta que el deambular del Papa y varios demonios me interrumpen cualquier plan estético en estos días. Ese programa de cura del alma con el cual trato de alejarme en vano de lo que me molesta u olvido.

Como ya se sabe 13 años después de Juan Pablo II, otro Papa (muy inferior en carisma y en milagros alcanzados) le dio por pasar por La Habana al regreso de México.

Y en Francia, país donde me ha tocado vivir, primero por la libreta de la vida, y después por elección de la costumbre, un fanático mató judíos y soldados en nombre de un Ala violento que hicieron olvidar durante un tiempo las revoluciones de las primaveras árabes.

¿Y Siria? De Siria no, de Siria no me atrevo a hablar. Ni siquiera a mirar las fotos de masacres diarias que, como yo, contemplan sin hacer nada, ante la tele y los periódicos, los dueños de este mundo, mientras el presidente Bashar Al-Assad y su esposa Asma bajan música de internet o se van de compras, como revelan los mensajes de sus correos electrónicos dados a conocer por el diario inglés de izquierda The Guardien.

 De ahora en adelante cuando alguien me hable de coraje, de circunstancias y factores objetivos y subjetivos, de moderación y otros argumentos para  medir las dosis del valor humano, me limitaré a ver las fotos y las imágenes de esos sirios que van con sus cuerpos contra las bombas y las balas.

Contrario a mis ocios preferidos en estos días, Dios y los demonios me saltan desde las pantallas sin que yo pueda evitar sus existencias.

¿Qué hacía el Papa en Cuba? Un editorial de El país lo explica bien: defender los intereses de la iglesia para tratar, dicen, de ser un intermediario en las reformas del comunismo cubano.

Nadie olvida, claro, algunos detalles. El cardenal Jaime Ortega intercedió hace un tiempo en la liberación de prisioneros políticos. Y hace unos días estuvo de acuerdo con el desalojo de la iglesia de la Caridad donde se metieron a protestar 13 opositores. A nadie debe sorprender entonces que el Papa ni se molestara a recibir a los disidentes.

¿Es ingenuidad, ignorancia u oportunismo de la cobardía creer que los cambios de Cuba podrían acelerarse con la visita casi turística de un Papa? Me parece que hay un poco de todo eso. Un cóctel de pasiones irresponsables y esa eterna costumbre insular de esperar que los otros se ocupen de los problemas nuestros.

A cada cual le dejaron estos días en los cuales se habló de Cuba en los diarios de todo el mundo, lo que cada cual elija: no sé si se pueda estar bien con Dios y con el diablo. Aplaudir las dos o tres frases sutiles del Papa (que condenó el embargo de Estados Unidos) sobre los presos y los cambios, sobre las familias separadas y otras comedidas etcéteras.

Mi miedo atroz a la acción y a las represalias no puede impedir que me quede con la imagen de ese señor que dicen se llama Andrés, golpeado por un camillero de la Cruz Roja. Me imagino a Andrés, allá en su Versalles santiaguero, no en éste de jardines y del Petit Trianon de María Antonieta que hace pocos domingos recorrí con G. recordando a Stefan Zweig. Me lo imagino a Andrés, pero no puedo adivinar que desesperación pasó por su cabeza al irse a entregar a gritos contra el comunismo ante las cámaras del mundo.

Y me quedo también, por borrosos recuerdos de mi vida en la isla que he querido olvidar durante más de 15 años, con los ecos que nunca escucharé de la conversación sobre Steve Jobs, entre el escritor Orlando Luis Pardo Lazo y su novia Silvia, en una estación de policía del brujero pueblo de Reglas.

Par Armando VALDES-ZAMORA
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