Si en París la llovizna es casi un signo de identidad de la ciudad, es raro que llueva en mayo, y dos días seguidos, en Niza, la capital de la Rivera Francesa. Y sin embargo ha llovido, el 21 y el 22 de mayo, en Niza.
Dos días esos en que la facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad y el catedrático Fabrice Parisot organizaron en la biblioteca universitaria un coloquio sobre la capital de Cuba: Escribir /Describir La Habana, se llamaba el encuentro. Y fueron invitados para este paseo imaginario por La Habana, entre otros conferencistas, los escritores cubanos Abilio Estévez, Leonardo Padura y Amir Valle.
En Niza, a unos minutos de Italia y de Mónaco, frente al mar, con un extenso paseo donde uno tiene siempre la impresión de que le van a caer en la cabeza algunos de los puñados de aviones que sobrevuelan la playa cada cinco minutos con dirección al aeropuerto que, en el barrio Arenas, le gana unos kilómetros al mar, estaba lloviendo y se hablaba, al mismo tiempo, de La Habana.
Y cito a París también porque, en un hecho inhabitual, la célebre École Normale Supérieure le rindió un día de homenaje a Abilio Estévez. Organizado por Audrey Aubou, un grupo de amigos, estudiantes y catedráticos se fueron a la calle Ulm (la misma de Raymond Aron, Sartre, Althuser, y de muchas otras celebridades galas) para celebrar la obra de uno de los más importantes escritores cubanos contemporáneos.
¿Por qué escribo? tituló Abilio las palabras que leyó al inaugurar el homenaje, antes de sucederse la presentación de lecturas críticas sobre su obra. Como dato curioso del programa, la actriz cubana Linnet Hernández Valdés presentó al final la pieza Santa Cecilia de La Habana.
“Cuando vivía en Cuba soñaba con visitar tres ciudades: Venecia, Nueva York y París. Y ya lo he logrado. Pero de todas, París ha sido siempre la más generosa conmigo”, dijo Abilio.
Vale recordar que sólo tres escritores cubanos han ganado el Premio a la Mejor Novela extranjera publicada en Francia: Alejo Carpentier en 1956 con Los pasos perdidos, Reinaldo Arenas en 1969 con El mundo alucinante y Abilio Estévez en el 2000 con Tuyo es el reino, publicada como todas sus novelas, por la editorial Grasset.
Se puede inferir de este homenaje el reconocimiento a una escritura y a una voz muy personales, valoradas por la riqueza de su lenguaje y de sus referencias, por un universo ficticio que se apropia a la vez con refinamiento y de manera obsesiva, de muchos emblemas del imaginario cubano, y también de la presencia de las culturas europeas y norteamericanas en la cubana.
La Habana nuestra de cada día nombró a su conferencia, en el coloquio consagrada a La Habana en Niza, Leonardo Padura (que como se sabe, vive en Cuba), mientras que Amir Valle (exilado en Berlín) se refirió a La isla viajera: la isla novelada desde el exilio en su intervención, antes de responder, en un panel integrado por ambos y Abilio Estévez, a las preguntas de los participantes sobre la relación de sus libros, con La Habana.
En los últimos años La Habana que se convierte en una referencia curiosa para el extranjero, es, en la mayoría de los casos, la ciudad agonizante de la crisis económica de los años noventa, la de eso que se ha llamado Período Especial.
Sin embargo, me parece que predominan dos maneras de apropiarse de esta misma Habana. Una que describe de forma realista la debacle y otra que, o imagina a manera de evasión, o se vuelve al pasado para evocar o a exaltar los esplendores de una época republicana anterior a 1959.
Es curioso y enriquecedor, me digo yo, cómo te ven o te miran los otros. Me atrevo a asegurar que los lectores, críticos y editores, han pasado poco a poco el momento de la moda exótica del inicio de esta literatura cubana, editada, vendida y hasta premiada en muchos lugares del mundo.
Quizás los testimonios ya no dan para más o detrás de la anécdota se quiera ahora apreciar otros valores que vayan más allá de esas primeras capas del erotismo y la exuberancia. En literatura el tiempo también es sabio, y después del atractivo de lo insólito, le toca su lugar a la impresión de justicia que impone la calidad duradera de escrituras más trabajadas.
Olvido decir que, al final del segundo día del coloquio de Niza, el martes 22 de mayo, la ciudad quiso recobrar (uno de sus puntos en común con La Habana) la nitidez soleada de su cielo, y dejó de llover.
Al caminar por El Paseo de los ingleses el sol irradiaba sobre el azul turquesa de las aguas del Mediterráneo y hacía casi invisibles, por su resplandor, el vaivén de los aviones que sobrevuelan allá en lo alto la Bahía de los Ángeles.
Como era domingo de elecciones me fui temprano a caminar para ver a la gente y adivinar algún indicio, en los rostros o en la prisa, de la manera en que
toman los parisinos eso de elegir un presidente.
Miro con detenimiento, una y otra vez, la imagen de Salinger, sorprendido a la salida de
un supermercado, cerrando el puño de su mano derecha contra la ventanilla de un auto desde el cual alguien le saca una foto.
Me despierto en medio de la madrugada. No sé si no puedo o si no quiero
dormir. No duerno, en fin, esa es la única certeza de que estoy vivo antes de encender la luz. Y escucho entonces en la radio la voz de George Steiner, uno de los pocos grandes hombres que van
quedando vivos en nuestro mundo de agitados y efímeros buscadores de aplausos de unos días.
Han sido días intensos estos últimos. De veras. Intensos en la frustrada tranquilidad que
persigue con fervor mi anonimato.