17 août 2014 7 17 /08 /août /2014 22:42
EL IMPERIO DEL RUIDO

        Es sabido que en la novela The Sound and the Fury de Faulkner se retoma un verso del Macbeth de Shakespeare para estructurar el relato principal: la vida es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia sin significado alguno. La idiotez se relaciona con el ruido y con el descontrol del espíritu, con la falta de mesura, con el exceso, y como resultado, con la falta de sentido que esto produce. Una interpretación posible asocia el ruido y la ira con la inocencia o con la ingenuidad; quien hace bulla y se encoleriza fácilmente no es capaz ni de pecar ni de poner en peligro el orden de las cosas ni sus significados.

La mejor prueba de que no estamos solos suele ser ruidosa porque la soledad sin una cierta calma silenciosa puede ser inconcebible. Cuestión de gusto y de carácter, supongo. Pero no creo que se pueda justificar con consistencia una prolongada dosis de ruido no elegido. Hay una distancia entre el sonido y el ruido, y esa distancia depende de la elección de cada individuo. Elegir el ruido como compañía permanente, imagino, es el acto de una vocación colectiva, la búsqueda de una forzada compañía, o el gesto de marcar por el bullicio una presencia y un territorio disputado. La estridencia de este acto marca de violencia una manera de comunicación con el otro que comparte o acepta, se somete o desaparece.

Elegir el silencio durante una buena parte del día es un beneficioso ejercicio espiritual quizás heredado de una tradición intelectual mística que en el imaginario español tiene su emblema más clásico en San Juan de la Cruz: el silencio permite al alma alcanzar tres virtudes; la esperanza, la fe y la caridad.

Pensar en Cuba o tratar de escribirla ahora con un mínimo de suspicacia, puede perturbar al testigo por la algarabía que rodea su misión si no toma distancia y comprende que, precisamente esa trifulca del ambiente, tiene que formar parte de su observación: Cuba sin el ruido no existe. Cuba es un sonido, pero también es un ruido.

El agobio constante del bullicio, de la palabra gritada, de la gestualidad histriónica, de la repetición en fin de constantes mensajes sin sentidos que con intención o por ignorancia saltan de los altoparlantes, las calles o los balcones hasta los oídos, van formando parte del paisaje cubano como el sol. Esa confusión que al principio el visitante puede considerar parte de una jovialidad excitante, se convierte enseguida en un martilleo sin receso que te impide quedarte solo hasta contigo mismo.

Uno está tentado a evocar el enfado del matemático Charles Babbage contra el ruido de los músicos callejeros de Londres que lo llevó a proponer un decreto que condenara la bulla. Lo cierto es que si Babbage fracasó en su intento de crear el primer modelo de ordenador en 1834 tampoco tuvo éxito en enfrentarse al ruido: los músicos londinenses casi lo enloquecen al decidir venir a tocar todas las noches bajo la ventana de su casa. Moraleja: nada se puede contra quienes prefieren el ruido. Peor aún. Es irreconciliable la frontera entre ambos excesos. Silencio y ruido con aceite y vinagre, ambos no pueden escucharse.

Debo constatar que si antes me parecía nunca poder estar solo en Cuba por la presencia constante de chivatos y de ojos de mirones en los más insólitos lugares y circunstancias, durante mi viaje a la isla una bulla unánime se me ha pegado a los oídos como el zumbido de un mosquito insomne. Al igual que la vigilia, esta manera de querer llenar un vacío o una soledad, este reparto impuesto de la cadencia del bullicio que perturba cualquier momento de comunión con la lectura o la tranquilidad, va a acompañar fielmente al visitante.

         A todas partes y a toda la hora, la isla parece sumergida en las aguas ruidosas de los gritos, el ritmo repetitivo de la música de reguetón, los cláxones de los automóviles envueltos en capas negruzcas de humo, el timbre de las bicicletas, los diálogos y riñas de alguna telenovela, o, durante este mes de agosto de 2012, bajo la algarabía de las gradas de repletos estadios londinenses que la televisión reproduce si se trata de un deporte donde algún cubano gana una medalla olímpica.

        Sin embargo, al escribir sobre el ruido insular, me encuentro con una idea del escritor francés Le Clézio: la literatura no es cuestión de ideas, sino de ruido, un ruido del lenguaje que puede retumbar, escribir es escuchar el ruido del mundo.

      Esta idea hasta cierto punto desacredita mi diatriba contra el ruido, o subvierte su intención: ¿cómo escribir contra las perturbaciones acústicas y por el respeto del silencio, si el acto mismo de hacerlo con palabras infiere una irrupción sonora? Si a esto añadimos que el ruido parece formar parte de la idiosincrasia nacional cubana, puedo llegar a dudar de la justeza de mi crítica al bullicio de mis compatriotas.

     Quizás simplemente escriba estas páginas para explicarme mi propio desconcierto más que para describir o juzgar el agobio producido por mi rencuentro con mi ensordecedora patria.

II

        Estoy tratando de dormir una siesta. A medida que pasan los días tratar de huir de la fatiga del calor y del ruido se ha convertido para G. y para mí en el objetivo defensivo de este viaje. Y a veces hasta lo conseguimos pasando tardes echados en la cama con tapones en las orejas.

Pero esta tarde se oyen los gritos del pregón de un vendedor ambulante de yogurt casero:

          -Yogul, Yogul, llevo yogullllllllllllllllllllllll !!!!

    Supongo que es la gritería quien me despierta. Pero aún aturdido mi reacción es inmediata: me tiro de la cama y salgo disparado en persecución del vendedor. Hace una semana que busco sin éxito un yogurt y la alegría por esta aparición vespertina hace olvidar la molestia de la siesta interrumpida.

      Me veo corriendo, en short y descalzo, con un billete en la mano, y me doy cuenta que los dieciséis años de exilio parecen haber pasado en vano. Un instinto ancestral ha vuelto para recordarme que en alguna estación de mi pasado corrí en busca de comida, que mi cuerpo sabe de esas batallas alienantes por llegar antes que otros hambrientos al vendedor de lo que sea.

     Esta es la única vez durante mi viaje que un alboroto me procuraba una real satisfacción. Puedo asegurarlo ahora cuando rememoro el deleite que me procuró saborear un vaso de yogurt tras varios días de forzada abstinencia láctica.

III

      Supongo que conseguir hacer de él todo un arte, necesita un talento innato para el ruido, sin contar cierta voluntad probada a lo largo del tiempo; una extrovertida insistencia del espíritu que en realidad quiere ser visto más que oído: a latazo limpio, a trompetazo, a nalgada, a desatino y bronca sin horarios ni contenciones. No creo que se haya logrado llegar a ese punto de irrupción sonora en la vida de los otros sin cierto placer por un alboroto que te resalta y te distingue de los demás.

      Basta con caminar, hablar, o compartir el mismo espacio con mis compatriotas para comprobar esa vocación. Si usted camina por el centro de una ciudad cubana la bulla le persigue por enérgicos altavoces que, entre música y discurso (nunca comercial, sino político disfrazado de patriótico) le impone algún que otro estribillo de salsa o reguetón.

       Los cubanos al hacer ruido ejercen hasta el infinito eso que el alemán Konrand Lorenz, refiriéndose a varias especies, llamara la espontaneidad de la agresión. Es tan natural la embriaguez colectiva en medio del bullicio que el más mero reclamo de paz o de condena es considerado una sobrenatural traición a tu identidad: no es posible, al parecer, que habiendo nacido en la misma isla que los chillones uno reclame el derecho a la paz sonora:

-No te hagas el fino m’hijito…, fue la respuesta a mi protesta durante mucho tiempo.

       Hay un momento, es verdad, en que parece desmentirse mi argumentación sobre la totalidad del ruido. Me refiero a un fragmento de la tarde. A ese momento alrededor de las 2 y media y que puede durar hasta las 4 en que la isla parece detenida en una suma de lentos cabezazos y ronquidos. El aplastante calor lo justifica. La caída en vertical del sol ordena la pausa. No se escucha ni el paso de las moscas bajo el aletear de los ventiladores. Los choferes y carretoneros paran sus vehículos y cambian el timón y los látigos por pencas y abanicos que no paran de girar. El hielo se derrite de prisa. Los animales (perros, gatos, vacas y caballos) beben o se tiran bajo la sombra de los portales y las palmas. Es la hora de la siesta, la hora en la que hasta los dioses más fieles o traviesos parecen a su vez buscar en la modorra un poco de sosiego.

      Pero no conservo en mi memoria ninguna referencia a la actividad progresiva y frenética que sigue al tórrido letargo de la siesta, a esa hora de la cual, según José Lezama Lima, se sale con los sentidos iluminados como de una resurrección. Porque si nada parece igualar al estruendo del final de las mañanas cubanas, el anochecer parece superarlo tal vez por el brío recuperado en la siesta, como si en un juego secreto se apostara a escondidas para ver a qué horas se ejerce mejor el espectacular arte nacional de hacer ruido.

Es cierto, no es una invención, si con algo marcamos al mundo (sin contar con el humo de los habanos) es con la música. Y hace tiempo yo me pregunto por qué ese alboroto de trombones y güiros servido con una suma interminable de coros que gritan hasta donde puedan soportar cada amígdala estribillos de una extrema simplicidad, en el mejor de los casos, o de una vulgaridad chocante para quien se detenga a hacer la traducción sexual de los mismos; nunca me ha parecido a la altura de otra música cubana que podemos llamar clásica. Alguna frontera discutible debe dividir, me digo, a la música del ruido. Si algunas diferencias pueden nombrarse entre la mayor parte de la música escuchada en Cuba en el último medio siglo, y otra a la vez popular y clásica, son sin dudas la calidad de las letras y las dosis y el revuelo de la bulla.

Algo que me convence de la autenticidad de este arte de hacer ruido, es la gestualidad que lo acompaña: no hay bulla criolla sin movimiento. Los gestos voluntarios y generalizados van y vienen de par con el alboroto. Un grito en Cuba no hace acto de aparición sin su correspondiente estridencia corporal. Esta participación del manoteo en plena turbulencia chillona está tan presente en nuestras vidas que sólo vemos su vulgaridad cuando nos situamos lejos de esos disturbios cotidianos.

Esa sincronía aparatosa entre ruido y aspaviento denuncia una complicidad del lenguaje y los sentidos del cuerpo de los escandalosos, como si el ruido fuera una natural onomatopeya, la regla y no la excepción de la comunicación en la sociabilidad cubana contemporánea. El más discreto cuerpo cubano parece ya listo a reaccionar con regocijo o resignada obediencia al ruido. He aquí uno de los misterios de la indumentaria acústica actual de lo cubano: ¿el ruido es voluntario o impuesto, intencional o espontáneo?

Con el tiempo he llegado a creer que en Cuba el ruido y su producción sostenida sin consenso, forman parte de una estrategia del poder para dispersar el interés por las cuestiones esenciales. A falta de pan, circo. De todas maneras es mucho más fácil propagar el circo que ser eficaces productores de pan. Disgregar en el programado alboroto colectivo las individualidades, castra a las personas el tiempo y el espacio para reflexionar o exponer un descontento.

El silencio y la soledad son siempre sospechosos en una sociedad totalitaria, porque son sinónimos de una libertad que escapa al inventario riguroso de los individuos. Aprovechar esa tendencia natural a la dispersión extrovertida por el baile y otras manifestaciones del bullicio (celebración de efemérides patrias, distribuir camiones de ron a granel, organizar precarios carnavales, obligar a asistir a desfiles donde se prometen al final auténticos aquelarres, etc), facilita el monopolio de la intimidad, y separa y estigmatiza a quien prefiera la introspección, la duda o la disidencia.

IV

Irme con G. a la piscina del hotel Los Caneyes en las afueras de Santa Clara nos pareció la mejor de algunas de las ideas para escapar unas horas a nuestros dos comunes enemigos: el calor y el ruido. Basta pasar la entrada una vez haber pagado la correspondiente cuota que te obliga a consumir un pedazo de pollo con papas fritas, cuando nos recibe un coro ensordecedor que las bocinas del bar propaga, una música estridente que mi incultura no puede clasificar. Alrededor del serpentino trazado de la piscina se pueden ver a grupos de personas en bañadores, todas con un vaso plástico con algún alcohol en las manos, saltando, ejercitando pasillos de un baile, a la vez que canturrean a toda voz el estribillo de una canción que deben conocer de memoria porque yo apenas puedo adivinar algunas palabras sin llegar a completar una sola frase.

Encontramos abrigo G. y yo para el sol bajo unos acogedores parasoles, pero no podemos, como es de suponer, escondernos del ruido que, una vez más, es recibido con euforia por una multitud de compatriotas que uno no sabe cómo hacen para pagar una entrada que corresponde al salario de un mes de un cubano.

Las decenas de bañistas parecen ponerse de acuerdo y en una sorprendente coreografía dan efusivos manotazos (con la mano libre que no sostiene el vaso de ron) sobre todo lo que esté a su alcance, en un concurso de bulla cuyo objetivo es ser más ruidoso que su exaltado prójimo y que llega a su paroxismo cuando se repite, una, dos, tres, cuatro, innumerables veces el mismo estribillo para mí incomprensible que sale de los altavoces.

En un abrir y cerrar de ojos desaparece G. Ha salido corriendo: “La yuma (me dice gritando un muchacho de vientre prominente, cadena de oro al cuello y bermudas anchas y de colorines) se fue pa’allá pa’ la salida”, vocifera. Me encuentro a G. refugiada en el hall del hotel, la única de las cabañas, imitación todas de bohío de indígenas, con un aire acondicionado que la aérea y protege del ruido ambiente.

Como no quiero perder mi dinero y acabamos de llegar, no me queda más remedio que volver a la piscina a ver si convenzo al disc-jockey de moderar la música. Atravieso el bar y allí está, entusiasmado por su visible éxito entre los bañistas, sonriente y bailando hasta el delirio al son de otro desatinado estribillo que tampoco adivino.

Me ve acercármele lo más posible y le pido, como puedo; gritando sus oídos y con gestos que, por favor, que si puede bajar un poco el volumen el audio. Supongo, claro, que no puede discernir lo que le digo, porque se vira hacia una chica que no he visto y que baila sola más cerca del equipo de audio y le grita:

          -Mamita, por fa, métele hasta el fondo que el socito quiere la música alta pa’vacilar con la yuma...

V

Supongo que debe ser excesiva, en medio de tanto ruidoso malentendido, mi pasión por el silencio. Dejando de lado el para mí imposible misticismo de San Juan de la Cruz creo exagerar mi preferencia por eso que George Steiner nombra el silencio de los libros. Si escribir es un acto ruidoso, la paz de la lectura es un pacto silencioso. Pretendo ir más lejos; cuando digo silencio hablo de la propiedad individual de lo más íntimo, del derecho a poder dejar pasar las multitudes.

Reconozco que algo injusto tiene que haber en mi manera de escribir sobre lo que considero un arte desatinado. No puede ser, me digo, que una mayoría tan propagada de mis compatriotas no tenga derecho a revindicar con loables razones su sincera pasión por el ruido, su capacidad de parecer odiar al silencio y al mismo tiempo combatirlo con maniático frenesí.

Ahora cuando quiero relatar lo vivido durante seis semanas de vista en Cuba no puedo, como bien aconseja Le Clézio, pasar por alto al ruido. Escribir es tal vez mi única manera de integrarme a esa sinfonía para mí desagradable, aun cuando siga pensando que algo torpe, repetitivo y manipulador se esconde detrás de la propagación intencional del ruido, que algo trascendente para el espíritu se le escapa a ese permanente arte de la bullería del cual sólo he podido estar a salvo yéndome de Cuba o escribiendo ahora mi regreso.

Ilust: La Llegada de Asbel Gómez Dumpierre

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9 août 2014 6 09 /08 /août /2014 18:58
LA SIESTA DE LOS DIOSES

I

         Salgo a caminar a medianoche mientras mi madre duerme. Permanezco antes un rato bajo el agua de la ducha. Salgo desnudo del baño y me paro en el portal que da al jardín para respirar el aroma de las albahacas. Me visto y me pongo unas sandalias, me agrada rencontrar esta ligereza de ropas después de un fastidioso inverno parisino.

       Espero que los vecinos también se acuesten con las luces apagadas, que el sopor del día obligue al reposo y a escuchar el cantar de los grillos entre las plantas de jardines silvestres, o de las ramas de los árboles iluminados por el cielo. Cada paso es doble, el de una sombra a tu lado y el tuyo entrando en la noche.

       En París cuando pensaba en Cuba me veía caminando por sus noches. Al lado más bucólico de mi memoria le hubiera gustado verme en las playas, corriendo por la arena, entrando al agua cálida del atardecer. Pero no. Tratándose de Cuba, en el principio de cada una de mis evocaciones, aparece la patria de la noche.

Como en un desfile resplandecen en la espesura de la obscuridad los rostros y los cuerpos de otros que imagino buscan sin saberlo la misma explicación que yo por los sentidos. Al igual que en mis visiones de exilio no deambulo a solas tampoco esta noche. Pasan por la calle siluetas que caminan cabizbajas, miran al horizonte o a un firmamento desconocido. Vagabundean en zigzags estos fantasmas desalentados que van, vienen, o simplemente giran aprovechando el momento de paz del frescor nocturno. Hombres, a veces mujeres; todos sombras. Quizás, me digo, son algunos de los que se han ido a otros mundos cuando yo estaba en Francia y me salen al paso a saludarme.

       Trato de remediar así, caminando en la noche, esta especie de malentendido que tengo con la isla: como una piel o un soplido no puedo remediarme a abandonarla, como un enemigo no acepto sus dones ni me apiado de sus calamidades. A veces llego a condenar el destino del nacer que nos une a los dos hasta en mis más públicas identidades: “Soy cubano”, esa respuesta incesante que provoca preguntas y respuestas que uno aprende a anticipar con malestar y resignación.

En La Habana me dejo ir por la avenida de Rancho Boyeros hacia la calle 23. Antes atravieso, por un costado, la Plaza de la Revolución. Centinelas furtivos me salen al paso detrás de las columnas de edificios públicos. Imagino la disciplinada soledad de esos militares nocturnos que por sus edades supongo quisieran estar en otra parte a esas horas.

La Biblioteca Nacional está cerrada al público. Aunque lo sé no puedo dejar de venir una y otra vez hasta sus puertas. Una madrugada me acerco a la entrada y me pongo a conversar con el guardián. No sé por qué recuerdo a Reinaldo Arenas. No sé por qué me imagino que ese guardián es el propio Reinaldo Arenas, ahora portero rencarnado en el lugar donde tanto leyera y escribiera. Un intento de hablar con nuestros muertos preferidos.

Y hasta me da por pensar en la permanencia de los lugares y los objetos más allá de la muerte de los hombres: por aquí caminó un día un tal, en este cenicero, dejaba las cenizas de su tabaco, un más cual…No sabremos explicar la razón por la que nos vamos o morimos, pero los sitios y los objetos permanecen intactos o en ruinas, como si para bien o para mal no pudieran irse.

En Cienfuegos me deslizo por el Prado hasta el Malecón. Llego al final. Entro, incluso, en La Casa Verde, cuyos jardines son ahora un centro nocturno. Recorro las habitaciones, toco las teselas de los mosaicos de sus paredes para contarle al regreso a Darío, me voy hasta el fondo donde permanece intacta la piscina natural junto a la cual atracaban los yates. Le digo a un barman que conozco al dueño del lugar: “Darío vive en París”, le aclaro, y él me mira igual que se mira a un demente.

Pero esta madrugada camino por Santa Clara y mi madre está durmiendo como si yo no hubiera nacido todavía.

II

La farola que ilumina la aureola del diminuto mausoleo deja ver también la silueta de una mujer apoyada a la baranda de El Puente de la Cruz. Casi sin darme cuenta, dejándome llevar por la memoria de mi cuerpo adolescente, he seguido el camino que termina frente a la entrada del antiguo Hospital Psiquiátrico. He doblado a la derecha por la carretera de Camajuaní, con rumbo al centro de la ciudad, y pasando delante del monumento al tren blindado que rememora la presencia de tres días del Che Guevara en la ciudad, veo, en el otro extremo de El puente de la Cruz, justo a un lado de la escultura de la cruz que le da nombre, a una mujer que mira hacia el río con un vestido al parecer dorado.

(El probable hechizo romántico de la escena pierde todo su esplendor, aclaro, cuando se sabe del estado nauseabundo de las aguas de ese río Cubanicay: hay que ser irresponsable o no tener olfato para acercarse con candor, inspiración o fe, a esas aguas podridas por los residuos albañales).

Ella también me ve, supongo, porque se separa de la baranda, más por mi presencia que por el hedor del agua, y mira hacia esa parte espesa de la noche de donde yo voy saliendo, y desde la cual las farolas que no están rotas interrumpen por momentos la penumbra desde sus columnas estriadas. La acera es estrecha y ella está parada al lado de la farola que ilumina la cruz de piedra, en el sitio donde comienza el semicírculo de balaustres que protege el pedestal de la escultura. Es evidente que pasaré a unos centímetros de ella, por lo que deja de inclinarse sobre la baranda, gira, y se para de frente a mí, casi cortándome el paso.

           - Todo el mundo me dice Ary…pero a mi mamá se le ocurrió llamarme Aretusa.

Creo que antes de esto le dije Buenas Noches, ella respondió, y le pedí disculpas por casi rozar su cuerpo antes de seguir mi camino. Me pidió fuego, y yo que únicamente fumo tabaco en París para complacer al estereotipo que tienen los franceses de un cubano, llevaba conmigo una fosforera con la efigie grabada de la torre Eiffel que ella puede distinguir bajo la luz de la farola.

Parece que le caigo bien a Aretusa, o que al menos no le causo el temor lógico que inspiran las circunstancias, porque con esa candidez que apresura los preámbulos, me cuenta porque está en esos parajes tan tarde en la noche. Su padre quiere que se case con un viejo español que cada vez que viene a Cuba cargado de regalos se dedica a cortejarla. Ha venido a estas horas a tirarle un tributo a Ochún, la Virgen de la Caridad, la diosa de los ríos, dice casi apenada. Trato de ponerla cómoda recordándole que yo soy cubano, y hasta le cito una anécdota que en ese instante me viene a la mente:

- Una madrugada en París me fui a acompañar a una amiga a tirar una brujería al Sena, justo detrás de la catedral de Notre Dame.

(Por un momento la siento ausente. Deja de hablar y supongo que trata de situarse en ese más allá desconocido que en este instante se llama París. Ni por su cabeza le puede pasar a esta Aretusa de Santa Clara, por citar un ejemplo, que sólo un loco o un despistado se le ocurriría sumergirse en las aguas del Sena tan oscuras como las del Cubanicay).

La situación es para mí inconcebible. Nunca hubiera imaginado que alguien por las geografías de mi infancia convocaría un día a los dioses para quedarse en la isla. Aprendí con mi tía Mercedes y con mi madre que los dioses de Cuba viven en el monte, en el mar y en los ríos, y que es allí donde uno acude a ofrendar, rezar y pedir, pero aun así no salgo de mi asombro. Es ella ahora quien trata de calmar mi desconcierto: “No sé si quisiera vivir aquí toda la vida, pero de lo que si estoy segura es de que no quiero irme a vivir con alguien que no me gusta”.

Aretusa fue bailarina y ahora es profesora en la escuela que, a unos metros de donde hablamos, ocupa el magnífico edificio restaurado que antes fuera el Hospital Psiquiátrico. Me dice que sabe de lo que habla pues una vez estuvo enamorada de un pintor que se fue a México y del cual no ha tenido nunca más noticias. No saber de su pintor errante le impide fingir para salir del país con el viejo, pienso yo, y más tarde tratar de unirse con el otro en alguna parte del mundo.

Lleva meses pidiéndole a cuanto dios exista en el panteón nacional, pero no ha podido quitarse de arriba ni a su padre ni al español. “Los dioses también mueren porque están hechos a semejanza de los hombres”, se me ocurre decirle a Aretusa recordando un pasaje de La rama dorada de Frazer, y me provoca un sobresalto mi incómodo racionalismo. “Sí, pero los de aquí parecen que se fueron o están dormidos, yo nunca he tenido la más mínima señal de sus existencias, ni para encontrar a mi pintor, ni para poder huir ahora”.

En la leve cortina de luz amarillenta (mezcla del humo del cigarro y de la luz del farol cortada por la sombra de la cruz de piedra) que caía sobre los hombros de Aretusa, pude percibir la lluvia. Comenzaba a llover como suele hacerlo de noche y en el verano tropical: de un golpe y con fuertes goterones. Sin tener lugar donde guarecernos, se apresuró la despedida. Anotamos, creo, en un papel las direcciones y los números de teléfono. Tomamos, en fin, rumbos diferentes al partir.

Debo haber errado mucho por la ciudad porque, si bien las imágenes de los lugares que recorrí antes de caer en el charco inundado de agua donde casi me ahogo, son confusas, lo cierto es que cierta luz comenzaba a descender del cielo al acercarme al barrio de la casa de mi madre.

Sentía al deambular por la ciudad, ahora completamente vacía de transeúntes, voces que no se distinguían bajo el sonido de las ráfagas de agua. Coros de voces y, a la vez, de vez en cuando, una voz más grave que las otras que me advertía algo, que me ordenaba o se enaltecía mientras más caminaba sin rumbo dentro de la noche, como si yo estuviera obligado a cumplir con el regalo de una promesa.

Trataba de encontrar una explicación, sacudido por las trombas de agua, no sólo al encuentro y a mi conversación con Aretusa, sino también a su gesto de dejar en manos de dioses criollos la solución a sus problemas. Yo, que había crecido, entre humos, yerbas y ofrendas a esos mismos dioses, me limité con el tiempo a dejar en un escondido rincón de mi apartamento en París, muestras de palos mágicos y dos muñecas mestizas a las que a veces ponía flores. Quizás con la distancia y el tiempo de mi exilio, al igual que Aretusa, había comenzado a dudar de las virtudes de ciertos hechizos ante esa especie de muralla transparente que inmoviliza a la isla y la separa desde hace más de medio siglo del resto del mundo.

III

Al caer en el hueco traté de chapolear y alcancé a dar dos o tres brazadas hasta llegar a la barrera de fango que formaba una rústica orilla. Haciendo gárgaras de agua lodosa, en un arrebato de orgullo inexplicable en medio de tanta zozobra, hasta alabé mis virtudes de nadador.

Al salir, con la impresión de estar despierto, vi alrededor mío que el aguacero había inundado las calles, las aceras, los jardines y los portales. Seguía sin verse un alma en los alrededores. Y a pesar de la niebla de agua, reconocí el lugar al escuchar el sonido de la bocina de un tren. Estaba por suerte a un lado de la línea de un crucero no lejos del Hospital Psiquiátrico. En alguna de las tantas construcciones interrumpidas por aquellos arrabales, supongo, se habían olvidado de cubrir ese atascadero inundado no lejos de la acera.

  Llego al fin a casa y veo una luz encendida y la sombra de mi madre sentada en la cama rezando con un rosario en una mano y un tabaco en la otra:

-En esta isla los santos siempre están durmiendo, me dice al verme, hay que sacudirlos para que se despierten.

Le respondo que he ido a dar una vuelta y me ha sorprendido una tempestad, cuando se percata que tengo la ropa empapada. Veo la bocanada de humo subir hasta el techo antes de escapar por alguna rendija de la ventana hacia el jardín donde supongo se mezcle con la fragancia persistente de las albahacas.

        Un olor a agua a colonia parece humedecer el espesor azuloso del humo en su cuarto. Preparo un café en la cocina. Me doy cuenta que no he dormido en toda la noche, y que el rezo balbuceante desde la cama con un tabaco en la boca, sólo se detendrá con la próxima llegada del amanecer.

      Es entonces que busco en los bolsillos de mi short la fosforera para encender el tabaco apagado de mi madre: “Ya ni esto sirve en este país”, balbucea con evidente fastidio, “estos tabacos se apagan en un dos por tres y la ceniza se cae enseguida”. Para mi extrañeza no es la fosforera lo que saco del bolsillo mojado, sino un grueso y húmedo palo de canela.

     No puedo encender el tabaco y es evidente que he perdido mi fosforera. Afuera sigue lloviendo y el olor a albahaca mojada del jardín ha terminado por ocupar toda la casa. Lo siento también cuando, agotado por la somnolencia, y al mismo tiempo que busco una explicación a ese palo de canela que sigo cerrando en una mano, me quedo dormido en el sillón del portal.

Ilust: La Siesta (1946) de Mario Carreño

 

 

 

 

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20 juillet 2014 7 20 /07 /juillet /2014 11:00
VIDAS AJENAS QUE PUDIERON SER LA MIA (II)

UNA PAREJA FELIZ

     Me he ido a correr a la pista del Campo de Sport de Santa Clara y de vuelta me pongo a conversar con un señor a quien un amigo le ha dicho que vengo de Francia. Me pregunta así, sin tener la certeza de ser yo: “Usted es el señor que vive en París, ¿no?”

     Se llama Félix, es un negro alto y aparentemente fornido, aunque ya muestra las canas de una edad avanzada. Trabaja de sereno en una de esas empresas oxidadas de transporte de camiones soviéticos que parecen haber permanecido dormidas e inmóviles desde la época de mi infancia. Me evoca las imágenes para él inalcanzables, Félix, de un programa que ha visto en la televisión: la torre Eiffel, los Campos Elíseos, los puentes y jardines del castillo de Versalles. Más que a través de su voz es en sus ojos donde creo distinguir la sencilla añoranza que busca la aprobación de alguien que tiene, según él, la suerte de poder tocar a diario esos paisajes.

      Algo le digo para complacerle de lo que supone inalcanzable y maravilloso a la vez, es decir, le hablo de París. Como creo no volverlo a ver, no insisto, como hago de costumbre, sobre los rigores de la vida en una ciudad excesivamente cara e inundada de gente estresada y desagradable. Lo dejo allí, soñando con el testimonio de un parisino, que al ser de Santa Clara, pudo haber sido él. De todas formas no nos volveremos a ver.

     Pero me equivoco y lo veo otro día y otro. Bajo ese sol implacable del mediodía, viene tirando de una carretilla repleta de trastos. Lleva una camiseta sudada y un sombrero Félix, pero me reconoce a pesar de la luz que a mí me encandila y me hace entrecerrar los ojos. “Es que no me alcanza el dinero de mi salario de sereno de la base de camiones, y me escapo a veces a hacer otros trabajos”, me explica.

    La tercera vez es la definitiva. Félix está en medio de una temprana penumbra balanceándose en un sillón junto a su esposa en la acera, esperando que vuelva la electricidad en la ciudad a oscuras. Casi tropezamos G. y yo, de paseantes, con Félix que me reconoce, me presenta a su esposa y se queda atónito, supongo que por la presencia inesperada de G. a mi lado: “Es la jeba francesa”, le aclaro, "ha llegado ayer de París". Y se apresuran a buscarnos dos sillas del interior de la casa para que nos quedemos a conversar.

     Ellos, por supuesto, quieren oír hablar del mundo. Sobre todo ahora que descubren el español impecable de G., y tienen delante un ejemplar original y no la copia de francés apócrifo que soy yo a sus ojos. Yo, y sospecho que G. también, quiero que me hablen de ellos, de ese arte para mí ahora indescifrable de la sobrevida en la isla.

    Como signo de buen gusto la conversación y las frases alternan sus sujetos: preguntas y respuestas saltan de un lado a otro. 

     Mi asombro y el asombro de G. al escuchar detalles de sus vidas, no están a la altura de las sorpresas de la pareja. No por lo la ilusión del imaginario mundo tocado con sus manos, sino por lo contrario. A G. le ha dado por contarles, así como si nada, nuestros trajines cotidianos en París: las horas de trabajo, el correcorre, y la suma de facturas por la casa y los impuestos.

     A medida que avanza la narración va cambiando el semblante de Elena que se inclina, se inclina hacia delante, incrédula y curiosa, se abalanza con su sillón para acercarse a G. como si estando tan cerca de su cara pudiera penetrar en ese mundo inexplicable de estrés y tensiones:

   -Yo no sabía que eso era así -se le escapa-, qué cosa más grande ésa, aquí no es igual, la verdad…

   Tiene razón Elena: ella ha estado a salvo de nuestras agonías, pero no haberlas conocido (ella no lo sospechará nunca) le ha impedido también la libertad de intentar cambiar su vida, o de fracasar.

     Elena trabaja de secretaria en una empresa que al instante mi crueldad crítica supone anticuada, con la cadencia del bordoneo de  las máquinas de escribir, el polvo acumulado en fotos desteñidas de héroes de la patria, y las mímicas repetitivas de empleados de una película de Jerry Lewis.

   Nos cuenta Elena que cada mediodía vuelve a casa para almorzar – ya no hay comedores obreros, aclara – y que termina de trabajar a eso de las cuatro de la tarde. Por la noche ven los dos algún programa de televisión ­– si hay electricidad, pienso yo – y los fines de semana hasta pueden que nos lleven a la playa.

    No comprendo eso de los viajes a la playa, y Félix y Elena me lo aclaran: “Si chico, la empresa mía, como es de transporte, a veces organiza viajes los domingos a la playa para los trabajadores. Mira, la semana que viene vamos a Rancho Luna”.

    Están vestidos los dos como muchas personas modestas en Cuba. Con ropa limpia pero a la vez inventada, hecha con algún retazo prehistórico de tela, retocada aquí, zurcida allá, pero pulcra. Ese es uno de los misterios de la pobreza cubana: su limpieza, casi su buen olor. Y sonríen Elena  y Félix, dejan ver a la luz de la luna quizás la única blancura que poseen a la luz natural que los ilumina: la de sus dientes.

     Detrás de los dos se ven las maderas usadas de su casa. Pequeña y de tan inclinada a punto de caer, de lado, la casa. Tienen hijos, nos dicen, para ya se han ido a hacer sus vidas. Con lo poco que me han dicho ellos y lo que sé de Cuba, imagino sus vidas desde la infancia que no debió estar lejos de la mía, y la vida de ahora. Gracias al resplandor de las luces de algún carro que pasa, lo veo mejor, me los imagino como en ese cuadro intrigante (Pilluelos) de Juana Borrero.

     En las vidas de Félix y Elena no han existido los más mínimos proyectos personales, me digo. Es la condena indirecta de ver pasar los años dictados por una Historia ajena. Parecen felices porque no han conocido otras latitudes ni les han dejado elegir. Porque hasta les han negado las zozobras simples de tratar de ser libres: tener que trabajar para pagar una casa, pero también para no tener que aceptar ir con un pelotón de colegas a la playa cuando lo decida una empresa. ¿Qué hubiera sido de ellos, me pregunto, si hubieran nacido en Estocolmo, en Tegucigalpa o en Sídney?

     Días después, al pasar G. y yo en un confortable autobús refrigerado que nos lleva a los cayos de la costa norte, vemos a Elena abriendo la puerta de su casa y suponemos que son las doce del mediodía. Antes de irme y por no tener tiempo, les envié a su casa  a Félix y  a Elena lo que me quedaba de esos regalos compasivos que uno lleva consigo cuando va de viaje a otro mundo: un llavero con la torre Eiffel, algún paquete de cuchillas de afeitar desechables, creo.

     Tiempo después de mi regreso llamé a mi madre. Le pedí que, por favor, le llevara a Elena y a Félix algo del dinero que le había enviado a ella. Fue entonces cuando tuve la noticia: Félix ha tenido un accidente cerebral, está en una silla de ruedas y nunca más volverá a caminar ni a hablar.

     “Elena cuando vino a buscar el dinero - me cuenta ahora mi madre al teléfono- , me pidió que le diera las gracias por la ayuda, a mi hijo, el muchacho de Francia”.

Foto: Vivian Maier

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12 juillet 2014 6 12 /07 /juillet /2014 10:19
LA INSIGNIFICANCIA VERSION MILAN KUNDERA

Dos ideas y una duda sirven de fundamento y estructuran La fête de l’insignifiance la breve novela que, como un divertimento de sus 85 años, acaba de publicar en Francia, después de aparecer en italiano, el escritor checo Milán Kundera.

La insignificancia predomina entre los espíritus humanos, lo trivial es mucho más representativo y útil para las personas que la inteligencia y la brillantez. Es inútil ser brillante. No sirve para gran cosa en sociedad porque una persona brillante inquieta. Alguien superficial calma el espíritu, por mimetismo, de un interlocutor cauteloso de las reglas sociales, y por lo tanto, normal. Hemos llegado, sugiere Kundera, al reiterado reino de lo insignificante en su estado más puro, es decir en su repetición como norma. En un pasaje, al final del libro, el personaje de Ramón diserta sobre el tema ante D’Ardelo:

La insignificancia, mi amigo, es la esencia de la existencia. Ella está con nosotros en todas partes y siempre. Está presente ahí donde nadie quiere verla: en los horrores, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Esto exige a menudo mucho coraje para reconocerla en condiciones también dramáticas y por llamarla por su nombre. Incluso aun cuando se trate sólo de reconocerla, hay que amarla a la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí, en este parque, delante de nosotros, mire amigo mío, ella está presente en toda su evidencia, con toda su inocencia, con toda su belleza. Sí, su belleza. Como usted mismo ha dicho: la animación perfecta…y completamente inútil, los niños que ríen…sin saber por qué, acaso no es bello? Respire D’Ardelo, mi amigo, respire esta insignificancia que nos rodea, ella es la clave de la sabiduría, ella es la clave del buen humor.

A esta primera idea se une otra: ya no se comprenden las bromas, el humor ha dejado de formar parte del carácter de los hombres, asociar la ingeniosidad a la reflexión no forma parte ya de los espíritus contemporáneos. Nadie sabe distinguir una broma de la seriedad. La risa como ruptura sutil de la linealidad ha dado paso en el mundo actual a la gravedad de lo correcto como postura a respetar. “Las bromas se han convertido en algo peligroso”, opina el personaje de Calibán recordando una anécdota de Stalin que sirve de eje para representar con sorna a figuras del imperio soviético. Stalin, Kalinine y Khrouchtchev personajes de una sátira insertada como anécdota, intervienen de manera fantástica en la historia que acontece en el París actual. Una broma de Stalin, incomprendida por sus fieles colaboradores, puede alterar su significado al ser re-interpretada más de medio siglo después: Stalin, vestido de cazador de perdices, y Kalinine irrumpen en el parque de Luxemburgo, en el centro de París, ante los ojos de Ramón, de D’Ardelo y de los paseantes que no saben si condenar, silbar o aplaudir la presencia anacrónica del bigotudo que dispara sobre las estatuas de María de Medicis y de Valentina de Milan.

La duda sobre la significación del ombligo como nuevo centro de seducción femenina, completa esta celebración de lo intrascendente, y ocupa las primeras páginas del libro. Si la seducción femenina no se ubica ni en los senos, ni en las nalgas, ni en los muslos, sino en el ombligo exhibido al aire por las mujeres en pleno verano, ¿cómo interpretarlo?: Pero cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en el medio del cuerpo, en el ombligo?, se interroga el narrador.

El nuevo cambio de centro de fascinación elimina toda individualidad, la gloria de lo único: el ombligo es un llamado a un ejercicio de repetición colectiva. Además la mirada a ese exhibido hueco en el centro del cuerpo remplaza la admiración por la belleza o la voluptuosidad de la mujer.

La fête de l’insignifiance es una novela de hombres. De la amistad entre cuatro hombres (Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán) contada por un narrador, evidentemente masculino, que acentúa un rasgo singular de la historia: para tratar de definir traumas que tienen que ver con el nuevo centro de erotismo, las relaciones con personajes femeninos y con las madres se alternan: la primera vez que Alain se fascinó por el misterio del ombligo fue el día en que el vio a su madre por última vez, anota el narrador.

Esto hace que las mujeres en el libro funcionen como referencia de comportamientos masculinos, de deseos y aprehensiones, aun cuando la ruptura que provoca la burla tampoco las excluye: Mariana, una joven camarera portuguesa, es la única persona que puede comunicarse con Calibán cuando éste finge sólo saber hablar paquistaní, La Franck, al declamar en público, se convierte en la atracción de la fiesta central del libro, la fallecida madre de Alain le habla al oído con frecuencia a su hijo que se confiesa ser un notable especialista en pedir disculpas, etc. Estas situaciones son descritas, como acostumbra Kundera, a través de rupturas insólitas de la lógica, base de una cierta extrañeza que en otras circunstancias perseguirían un efecto cómico.

Tal y como lo ha expuesto en sus libros teóricos, Kundera pretende que situar a sus personajes ante conflictos existenciales, permite confrontar la historia narrada a diferentes ángulos de percepción. Sin embargo, rindiéndose ante la evidencia de lo inútil que resulta hallar un lugar coherente para el ser humano en el mundo, el humor pasa ahora a jugar un rol de observador divertido de un desorden (y de una ligereza) irremediables, que anulan la eficacia de la risa.

Vale preguntarse, ¿de qué manera encontrar una solución para actuar en el mundo si, por una parte, la única resistencia válida es no tomar al mundo en serio y por otra, las bromas han perdido su poder? Para Kundera el único consuelo consiste en elogiar la insignificancia, en participar resignados en sus festejos. La condescendencia de participar a su manera en la trivialidad nos obliga a abandonar la tentativa individual de desacralizar nuestra presencia en el mundo, o a guardar para nosotros mismos el ejercicio del humor: lo cómico se limita a un espacio tan íntimo que termina en un reciento privado, en la soledad de lo secreto.

La aceptación de esta derrota no incita ni siquiera, me digo, a las piruetas divertidas de la ironía o la sátira. El puesto de simple espectador o de simulado participante, piensa Kundera, es la mejor prueba del fracaso del humor. En este gesto creo percibir, sin embargo, una sutil reivindicación de la diferencia: el libro, la fiesta escrita, la novela, son la prueba de esta precaria venganza. Hasta cierto punto se repite aquí una de las ganancias de la pasada modernidad: la del poder omnipresente del sujeto.

La renuncia sugerida por Kundera es, hasta cierto punto, la posición cómoda de una inteligencia de 85 años que presencia impotente el espectáculo de un mundo nuevo. Es más en esta resentida postura intelectual, que en la dudosa profundidad filosófica de la trama contada, o en la identidad reconocible de la composición, donde deben detectarse los signos envejecidos de una de las más relevantes estéticas literarias del siglo XX.

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15 juin 2014 7 15 /06 /juin /2014 13:39
UN ANIMAL SATISFECHO EN EL ESPEJO

        Me estoy mirando anudarme la corbata. Es tan temprana la mañana que todos duermen sin que se vea aún llegar el amanecer tras la ventana ni ante los ojos abiertos. En uno de esos instantes en el cual la punta afilada (como de lanza) de la corbata tiene dificultad para penetrar el cuadrado de tela que la espera para formar el nudo, me he quedado pensando un momento en Fernando Pessoa.

          Muchas veces me sorprendo pensando en Pessoa. Entonces me pongo a leer El libro del desasosiego. Una y otra vez. Me he comprado la edición española más completa en una librería de Jaén, en Andalucía, la edición de 2013, traducida por un tal Perfecto Cuadrado que, con ese nombre, uno duda si existe o si es otra invención del insigne portugués. El librero al escuchar mi acento, y la respuesta que siempre repito - parafraseando a Borges - como un acto de fe: “Soy cubano”, empezó a hablarme de La Habana.

-Prefiero Lisboa, le respondo con una forzada sonrisa para que pase por broma, y corro a un café a leerme este inquietante diario que Pessoa atribuyera a un supuesto Bernardo Soares.

Ahora, al terminar de anudarme la corbata, en un gesto que disimule mi vergüenza, abro el Libro del desasosiego por la misma página que lo hice aquella mañana en Andalucía. Se trata del pasaje en el cual Pessoa comenta una frase de su heterónimo Caeiro:

Eu Sou do Tamanho do que Vejo

(Soy del tamaño de lo que veo)

Pessoa disfruta en unas líneas del hallazgo de esta pretensión y llega a anotar, exaltado, que esa frase está destinada a reconstruir consteladamente el universo. Contemplar para poseer. Concebir la inmensidad desde la resignada calma de lo que podemos percibir; todo un alivio para la pequeñez humana, o una pretenciosa grandeza del espíritu, conformarnos y a la vez admirar esa posibilidad: E tornam-nos pobres porque a nossa única riqueza é ver. (Y hacernos pobres porque nuestra única riqueza es ver).

Encontrarme esta dichosa frase justo ahora, cuando me he mirado ante el espejo enlazar la corbata, y nada presagia aún las luces del alba más allá del balcón, viene a aumentar las dudas de mis remordimientos, de esta decisión forzada de aparentar el ejercicio de ser un hombre de acción. El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad, escribe Pessoa en el fragmento 303 de su diario sobre el desasosiego. Lo que estorba la acción, precisa, es el pensamiento con sensibilidad.

Ante el espejo y a punto de estar satisfecho de otro amanecer a todas luces banal, me pregunto entonces si pensar en Pessoa sin venir al caso es un remordimiento, una pausa, o una mentira piadosa, por no haber intentado con más insistencia escribir también a mi manera mi insignificante mundo.

En realidad Pessoa siempre me ha provocado un dilema. Sospecho. Mi profesor de Historia del Arte, Juan Ramón González, me regaló un tarde en la Universidad Central de Santa Clara un ejemplar de la Oda Marítima cuando yo preparaba mi tesina sobre la poesía de Luis Rogelio Nogueras, y desde entonces comenzó esta relación inquietante con el portugués.

Pasé tardes en la biblioteca de Santa Clara, frente al Parque Vidal, leyendo una y otra vez a Álvaro de Campos. Otra tarde calurosa de 2002, pero esta vez en Madrid, dejé mis lecturas en la biblioteca nacional, y me fui a Lisboa en guagua para tratar de comprender ciertas conjeturas.

Dudo sin embargo que la afinidad de mi admiración hacia él sea correspondida: cuando pienso en Pessoa admiro una lealtad ajena que creo haber yo mismo traicionado por miedo.

En Pessoa el miedo se convierte en una Estética de la indiferencia (428), en una resignada soledad para mejor ver y escribir, a escondidas. El mayor dominio de sí mismo es la indiferencia. Una indiferencia, aclaro, a sus propios deseos más mundanos, para respetar en sí mismo un espacio que puede ser una aldea o un imperio. Y poder escribir con el equilibrio del mayor sosiego posible: La impaciencia es siempre una grosería. No para mí. Para mí el miedo es la causa de un constante desasosiego por obedecer a reglas que me paralizan ante el espejo.

No creo que la distancia de estos inconvenientes provocados por la cautela, y de los cuales me arrepiento, refuten mi defensa de una afinidad profunda con Pessoa.

Harold Bloom en su célebre The Western Canon consagra parte de un capítulo a descifrar la lectura que hace Pessoa de Whitman. Cita el pasaje de un ensayo de la portuguesa Maria Irene Ramalho de Sousa Santos: Pessoa en vez de fusionar en su consciencia el yo y el Yo Real, desplaza con sus heterónimos actitudes esenciales del ser, se desdobla, se multiplica.

Es posible que ahora, al mirar al espejo y escribir mi encuentro con Pessoa, esté reconociendo mi incapacidad a separarme del mundo, la impericia para trascender la simulación cotidiana. O lo que es lo mismo, la falta de fuerzas para defender lo esencial de una vocación a pesar de coincidir con él en una anticuada voluntad de irreverencia que sólo puede explicar el orgullo.

En su ensayo Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo Octavio Paz, al mencionar el carácter del portugués y su arte de pasar inadvertido en sociedad, habla de desgano, de una modestia parecida al desdén. Como si mirar al mundo para poseerlo y escribirlo fuera un acto suficiente que a la vez completa ese desdén protector: La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida, se puede leer en el fragmento 116 del Libro del desasosiego.

Pessoa aceptó un modesto puesto de traductor de cartas comerciales (era bilingüe por su infancia en Sudáfrica) que le permitiría quedarse varios días a escribir en casa. ¿En qué casa? Al final ni siquiera tenía casa Pessoa. Fue siempre de un lado para otro. Solo. Vivía más bien en casa de los otros, de su abuela y dos tías. A la muerte de su abuela heredó un dinero que perdió enseguida; le dio por comprar una imprenta que no funcionó. Más tarde vivió con su madre, viuda e inválida. En cada casa prestada acomodó a sus caprichos una habitación con un amplio ventanal para mantener la dignidad del tedio.

A cada casa arrastraba un enorme baúl que al final heredó su hermana. En ese baúl se conservaba el espejo oculto de Pessoa: sus manuscritos inéditos.

A Pessoa el miedo le impide adaptarse. Mi destino es la decadencia, escribe. A desdoblarse en dos, tres poetas, para no mirar su propio rostro: El hombre no debe poder ver su propia cara (…) El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres (466). Mirar el firmamento o la luz universal del sol desde el Mirador de San Pedro de Alcántara con el metro setenta de estatura y los sesenta y un kilos de peso en que consisto físicamente, ofrece como consuelo la posesión por el espíritu de algo ajeno e inmenso. Pero eso no basta, es nada más que una constancia, el resto, el desasosiego, tiene que dejarse escrito.

LA TRAGEDIA DEL ESPEJO

Los antiguos apenas si se veían a sí mismos. Hoy nos vemos en todas las posiciones. De ahí nuestro pavor y nuestro hastío de nosotros mismos. Todo hombre necesita, para poder vivir y amar, idealizarse a sí mismo (y, al final, a aquellos a quienes ame). Nos amamos por eso. Desde el momento en que me veo y me comparo a un ideal, no muy elevado, más bien bajo, de belleza humana, desisto de la vida real y del amor.

II

Al atardecer del 16 de agosto del 2002 fui a casa de Pessoa a visitarlo. Estaba cerrada y esperé, sentado en una pequeña plaza no lejos de un Cementerio Inglés, que se despertara de su siesta el guardián del museo. No había nadie en la calle. En el museo tampoco: yo era el único visitante. El guardián y yo, semidormido él, asombrado yo, mirándonos, como dos heterónimos de Fernando que quizás nos vigilara detrás de algún espejo.

De todas formas Lisboa parece siempre desolada y luminosa, como si fuera eternamente domingo y te hablara a ti solo la ciudad al oído y no a los otros despistados transeúntes. He caminado largo rato antes de llegar aquí. Sombras indecisas llama Octavio Paz a la presencia en la ciudad de Álvaro de Campos, Ricardo Reis y del propio Pessoa. Siempre que he vuelto me ha sorprendido esa lenta suma de siluetas que se desplazan dejando enormes espacios vacíos que con una simple mirada el espectador puede abarcar.

        Ya dentro de la casa tampoco había nada en la habitación donde escribía Pessoa: justo un escritorio desnudo en su madera oscura y un par de espejuelos de miope con los que pretendía contemplar al mundo más allá de la muerte. Según su amigo y biógrafo João Gaspar Simões, antes de morir las últimas palabras de Pessoa fueron: Dá-me os óculos (Dame los lentes).

El guardián de la casa de Pessoa, al despedirse, repitió el bostezo con el que me abrió la puerta. Salí. Fue entonces que vi ante mí el nombre de un salón de té: Santa Clara. En ese lugar, justo ante la puerta de la última casa donde viviera el escritor, aparecía ante mis ojos el nombre de la ciudad de mi infancia y mis estudios. Imaginé a Pessoa, con sus gafas de miope, deseando terminar otra página que nadie entonces leería, al tiempo que miraba por la ventana hacia abajo (toda la literatura de Pessoa parece ser escrita mirando desde una ventana) a la acera de enfrente el cartel que dice: Salo du cha Santa Clara. Esperando que fueran las cinco él, el más británico de los lisboetas, para bajar a tomar el té mientras garabateaba hojas para el baúl que abriría su hermana.

Me siento no lejos, en una mesa libre, a mirarlo escribir, o a leer medio siglo después lo que él escribe, en la biblioteca que en ese momento invade con sus anticuados anaqueles el espacio del Salo du cha Santa Clara. Recuerdo entonces, con una taza de té en las manos, que en su biografía sobre Borges, Emir Rodríguez Monegal conjetura sobre un probable encuentro de Borges con Pessoa en el café A Brasileira del barrio de Chiado. El lugar que toma su nombre del café importado de Brasil era el escondite público donde la farándula de la ciudad organizaba las tertulias literarias de la época.

Durante el invierno de 1924, cuando el argentino esperaba con su familia el barco que los llevaría de regreso a Buenos Aires, António Ferro editor de la revista Orpheu, donde publicara Pessoa, pudo haberlos presentado: está probado que Ferro y Borges se conocieron en ese momento y se dieron cita varias veces en A Brasileira.

Salgo a caminar con el sol más apagado, pero sin dejar de ver mi sombra en las aceras empedradas por diminutas rocas calizas. Tan estrechas las aceras que te obligan a cerrarte contra los muros de las iglesias y los edificios cuando se acercan los autos. Si no ves el azur de las aguas no importa, lo sientes al respirar la brisa que viene de allá abajo hasta las calles empinadas y las siete colinas, o en el olor a bacalao o sardina con aceite y ajo que sale de las cocinas. Como si ese testigo a la vez apacible y poderoso viniera aquí a sumarse a la tranquilidad provinciana que me recuerda a veces la ciudad donde estudiara, para completar la ausencia que siempre le reproché a Santa Clara: el mar.

Me siento a leer en el café A Brasileira a la espera, me digo, de uno de esos sortilegios del azar o de la cosmología que tanto fascinaran al esotérico Pessoa. Se cuenta que en una época Pessoa conoció las tesis más delirantes de la teosofía, y hasta vino a conocerlo a Lisboa el inglés Aleister Crowley, uno de los ocultistas más reputados de su tiempo.

El café está decorado con espejos cóncavos en los que puedo verme, como en casa cuando me anudo la corbata. Y veo también venir al camarero –espigado y mestizo, ágil como un bailarín sobre el tablado de un muelle- a preguntarme qué deseo.

Le pido en español un café con leche y un pastel de nata. Como el librero de Jaén el camarero de Lisboa se interesa por mi acento. Me resigno a repetirle sin fervor la misma frase: “Soy Cubano”.

-¿Cubano? ¡Qué sorpresa! Mi padre estuvo en la guerra de Angola…y me ha dicho siempre que los cubanos tienen fama de ser muy aguerridos soldados.

Termino de anudarme la corbata. He perdido, supongo, mucho tiempo ante el espejo, pero la ciudad parece aún sin despertar. Preparo los libros que utilizaré en mis clases de hoy en la universidad. Y me dispongo a salir cuando escucho, de tres golpes secos, que alguien llama a la puerta.

Lisboa-París, Primavera del 2014

 

 

 

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1 juin 2014 7 01 /06 /juin /2014 17:39
BREVE DISERTACION SOBRE LA TRAICION

  En la historia de Cuba hay un momento en el que aparece insinuada la condena a la traición. Se trata de una nota breve en la cual José Martí compara este acto, tan inesperado como repulsivo, con la apostasía y ciertas tradiciones culturales:

¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad a la apostasía?

   Martí escribe esta nota a Carlos de Castro y de Castro (premonitorio y desgraciado apellido para la historia de Cuba), por haberse aliado, voluntario, al ocupante español. Estas palabras le costaron a Martí seis años de presidio y a este Castro doble, un desprecio histórico.

   Se alude así a remotas fuentes y condenas de la traición, interpretada ésta como un cambio o la renegación de una creencia religiosa. En la etimología griega la apostasía es el abandono de la polis o de una política local, su condena puede ser la exclusión (como el ostracismo) por un tiempo de diez años, y el despojo de derechos ciudadanos a quien se sospeche de traición política. En la tradición árabe la condena por apostasía es la muerte por decapitación. En el Infierno Dante sitúa a los traidores en el noveno y congelado círculo, el peor de todos, en el cual aparece Dele o Lucifer con sus tres cabezas. Con el único verso en latín de la Divina Comedia (tomado del poeta franco-italiano Venance Fortunat) introduce así Dante el Canto XXXIV:

Vexilla regis prodeunt inferni

Judas, es, por supuesto, el más conocido de todo los traidores, el que más sufre en el Infierno dantesco, aunque, como se sabe, Dante lo sitúa junto a Bruto y a Casio, cómplice este último de su cuñado asesino de Julio César. Traicionar a la Iglesia y al imperio, los dos poderes supremos; el espiritual y el temporal, merece el peor de los castigos posibles aplicados además de manera infinita en ese lugar de castigo eterno para los malos como lo define Borges en La duración del infierno (1932).

Sentarse a la mesa de la víctima para más tarde renunciar a un acuerdo sin prevenirla. Delatar o apuñalar por la espalda a alguien que confía y no sospecha, son los gestos vergonzosos de la traición. Porque es precisamente la sorpresa de una acción inexplicable lo que define su carácter.

   En la condenación enunciada por Martí aparece de manera implícita la definición de este acto. La radical condena a muerte sólo difiere en sus variantes según las culturas. Pero en todos los casos, la traición como desvío de un compromiso moral nunca es perdonada.

Ha existido siempre, eso sí, una mención a la traición para juzgar por el aborrecimiento una acción contraria a nuestra voluntad. No creo valga la pena detenerse, por ejemplo, en el distorsionado empleo del término de traición dado por el actual gobierno de La Habana a quienes simulan una forzada lealtad por miedo o precaución, y más tarde abandonan posiciones oficiales en diferentes circunstancias. Al no haber opciones previas, en el espacio totalitario, la persona se ve obligada a aceptar las reglas que éste impone y, abandonarlas, cuando se presenta la oportunidad de expresarse sin la vigilancia que le ha perseguido siempre. Más que de traición puede hablarse entonces de liberación. Los ejemplos abundan: deportistas, artistas, militares o agentes, y hasta políticos, han dado el paso de la fuga, y han sido condenados como suele hacerlo el gobierno cubano: con la oficial condena oral, o con la fingida indiferencia del silencio. Al no poder ejecutarlo como los griegos, el gobierno se limita a proscribirlos, a la derogación de los registros, récords y antologías, en fin; a cerrarles para siempre las puertas de la polis.

    Lo cierto es que nunca estamos a salvo de ese acto invisible. La traición, como desvío del alma, es ciega para la mayoría. Un cambio premeditado, es la traición, una deslealtad que abusa de una confianza. Un puñal de la sombra, en lenguaje de trasnochado bolero, o puñalada trapera, como decimos popularmente en Cuba.

El traidor es siempre un personaje ambivalente, porque no posee una propia decisión: no se atreve a decir que no, y acepta decir que sí a sabiendas del engaño que prepara. Un sí de doble miedo: falso hacia ti y obediente hacia el enemigo a quien se va a aliar sin que lo sospeches ni lo esperes. De un traidor sólo ves esa falsa mitad de su apariencia, la mitad de su cara. En el dibujo animado cubano Elpidio Valdés, el traidor cubano en la guerra contra los españoles al que condenara Martí, se llama, precisamente Mediacara: entre su barba y su pelo largo poco se puede ver de su figura y sus ojos.

El traidor no posee la ligereza irresponsable de un simulador, en su afirmación lleva escondida una convicción falseada por oportunismo, por rencor, o por miedo. Supongo que es el tiempo quien me ha llevado a identificar al traidor más con un cobarde que con un oportunista o un envidioso.

El oportunismo por alcanzar algo que no se posee, o, peor, por no perder un estatuto cómodo, incita también a la villanía del traidor. Por otra parte, el resentimiento es uno de los más torcidos vicios del espíritu quizás porque al ser recóndita y lejana la causa que lo produce, aparece de manera repentina en una acción inesperada, como la traición.

Sin embargo no siempre el envidioso es un traidor. Por ejemplo Dante le reserva a la envidia un lugar en el Purgatorio (Canto XIV) mientras que la traición se merece el peor lugar del Infierno. La envidia muchas veces explica el rencor: algo no poseído, un escalón añorado que alguien ha conquistado y que por esta razón se convierte en rival sin apenas sospecharlo, puede convertirlo en blanco de la traición del envidioso.

Para ser crítico consigo mismo, he llegado a pensar que cada uno es culpable de la traición sufrida, debido a nuestra ingenuidad, a nuestro propio error de apreciación, a nuestra carencia de profundidad al analizar el espíritu ajeno, al confiar por mimetismo o afecto en quien hemos elegido erróneamente.

El final de los traidores, sin embargo, es siempre el mismo: el suicidio, la ejecución pública o, en el mejor de los casos: el desprecio. En Inglaterra y en Francia se descuartizaba públicamente a los traidores. Hanged, drawn and quartered se llamó a este suplicio en Inglaterra a partir de 1351. Ya en Roma, en el 258, San Hipólito por su fe católica había sido martirizado de esta manera, tomada, al parecer, del primer imperio persa. La idea no es sólo mostrar un ejemplo público que sirva de escarmiento sino también impedir la resurrección completa del cuerpo del traidor después de su muerte.

La voluntad de los hombres siempre ha sido que el traidor no tenga ni vida ni sosiego, ni siquiera más allá de su muerte, o de sus suplicios en el infierno. Que su condena sea eterna.

 

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20 avril 2014 7 20 /04 /avril /2014 10:44
AMISTADES MILAGROSAS

      Hoy atravieso La Habana para ir conocer a Orlando Luis Pardo Lazo en la Plaza de Armas. Y a Silvia, mi amiga virtual de Facebook que un día me mandara a París una caja de tabacos desde la mata de mangos en la que capta un internet robado a los vecinos.

     (Silvia con sus gatos. A solas. Después, cuando Orlando se vaya volando a Miami el mismo día que morirá Chávez, y no pare hasta las nieves y el aburrimiento de Alaska. Silvia ahora: en una foto, casi desnuda, abrazada a un gato con desolación felina. Abandonada al calor solitario de su casa de la mata de mangos. Tomando fotos y más fotos, hasta de su propio sueño, entre las ruinas).

    Vamos G. y yo, sudorosos, con un retraso nada europeo a la cita.

    La mañana cumple la disciplina aquí de estar soleada, y el almendrón ruge por la Avenida de los Presidentes ese humo negro que me hace apiadarme, como un ecologista del primer mundo, de los pulmones de mis compatriotas.

    Bajamos, al fin, después de muchas paradas, en el hotel Sevilla. El hotel que administran los franceses, me dice G., que está loca por llevar una vida más confortable en este viaje al trópico para consuelo de su piel vulnerable y, como buena francesa, se imagina protegida y cómoda en un hotel galo que en La Habana se llama Sevilla.

    Subimos  a pie hasta la estatua de Martí. Echamos a andar por el mismo trayecto que haré todos los días después del regreso de G. a París, como si navegáramos por un río, Obispo abajo y hacia el mar, siguiendo la dirección del dedo de la estatua del Apóstol.

    Quizás con más colores chillones de una ropa con decorados brillantes y estrechas tallas que parecen venir de caribeños templos del reguetón; la calle es la misma que transitaba con la zozobra de no saber si vendería algún libro con que pagarme el almuerzo a finales de mi siglo XX habanero. El mismo boulevard con bullicio de vendedores ambulantes que supongo poseídos de mis mismas antiguas angustias.

    Es la primera vez que voy a ver a alguien con quien sólo he hablado a través de la pantalla de un ordenador. Son ambos, ignorándolo, la prueba virtual de la existencia de un afinidad desconocida entre la Cuba real y otra que ya es imaginaria para mí, al cabo de tanta ausencia.

    Si a estas alturas la realidad no fuera para mí mucha más evidente que la fantasía, me dijera que es un milagro que estemos aquí, reunidos, del otro lado de esa frontera de cristal que nos ha separado desde que nos conocimos.

    Están allí, sentados y con gafas de sol, Orlando y Silvia, en uno de los bancos con respaldar enrejado que contornan los árboles de la Plaza de Armas y la estatua del Padre de la Patria. Son los dos iguales a las fotos. O las fotos son iguales a ellos. Orlando me recuerda mi remota indumentaria habanera: pelo largo, pantalones anchos, una mochila de libros, y un filo de sudor por todo el cuerpo.

     (Al final de la tarde Orlando me confesará, ante la evidente llegada de un aguacero, que está agotado, que no ha dormido toda la noche escribiendo sobre la muerte de Payá para Diario de Cuba. Y nos invitará a G. y a mí a darnos cita de nuevo dentro de algunos días para pasar una tarde en la playa Guanabo. No podremos vernos esa vez y Orlando, por teléfono, me contará como los perseguidores de siempre le robaron la cámara y la ropa dejada en la arena antes de entrar al agua).

     Uno termina por aceptar que es valiente este Orlando, quizás, me digo, por oposición virtuosa al miedo disfrazado de indiferencia que adormece la isla. Le disculpa uno hasta ese ego enorme fotografiado en cada gesto suyo. Our man in Havana, Orlando, el que grita o escribe la rabia que necesitamos saber o leer de la isla de la cual huimos por cobardes aspirantes al confort. El mismo que registra cada día ese cansancio de los fantasmas que Lezama creía percibir en la ciudad.

     A esta hora de la mañana avanzada, el ruido de maracas y guitarras de cantantes sudados animan por una propina los tragos de turistas o nacionales prósperos, obliga a alzar la voz y a entrecerrar los ojos ante la caída vertical del sol: hablar gritando; mirar cubriéndose de los rayos de luz. El agobio del calor y del ruido ajeno, dos taras de las cuales uno no puede librarse en la isla.

    Por eso nos vamos de allí: es el pretexto que argumento.

    Caminamos los cuatro por la calle Oficios. Remplazamos los pasos de nuestras sandalias sobre los suecos adoquines de madera de la Plaza por el asalto empedrado. Me parece más seguro hablar así, caminando con el más virulento disidente de la ciudad, que exponerme de manera estática a alguna foto enarbolada como prueba en la aduana el día de mi partida.

    Sócrates más que Pascal, aunque, no sé ahora por qué, recuerdo que en algún momento nos referimos a Jorge Mañach.

    Buscamos un café. Pasamos por la Lonja del Comercio y seguimos más allá del convento de Santa Clara. Reconocí un lugar, abierto y sin ecos, frente al mar, en el Muelle de Luz. Venía a este lugar. Me sentaba en el muro frente al mar a ver salir la lanchita de Regla y Casablanca, a finales de los años 80, como un abandonado Humphret Bogard del Caribe.

    En realidad venía a un lugar llamado La Casa del Joven Creador a leer poemas, a escuchar trovadores, a veladas que terminaban en alcohólicas y nada bucólicas peregrinaciones al mar de una de las bahías más contaminadas del mundo.

    El café está casi vacío pero se deja oír el trasiego de camareros que aguardan a los clientes. Después de pedir algo de tomar y antes de comenzar a intercambiar algunos regalos, me di cuenta que nos sentamos en el sitio exacto al que aludo en el primer poema (“Exilio”) de un libro mío que en ese mismo momento estaba dedicando a Orlando y a Silvia. Leemos el poema. Más bien es Orlando quien lo lee, entre risas, jugo de naranja doble (G. no bebe nada que no esté hervido y no se desprecia algo ya pagado con divisas) y alguna que otra cerveza.

Los labios con perfume de naranja y un caracol rodando acallan por momentos la música del piano en un café del puerto.

(Las teclas del piano imitan el zigzag de un cangrejo sobre los acantilados el día en que me fui. Las teclas imitan mi naturaleza abandonada).

      Sospecho que a los ojos de Orlando y Silvia soy el testigo de un mundo ansiado e imaginario; la frontera violada del horizonte de la cual se vuelve del futuro con una flor, un libro, un olor a perfume, o fotos de viajes y de niños a salvo. No saben que a mis ojos ellos dos encarnan el tiempo que no quise vivir en el mismo lugar que nacimos, la prueba de una conquista o de un reproche. Todos alrededor de la mesa – salvo G. que con su sombrero a lo Karen Blixen por la sabana de Kenia anda como de visita con un guía por el zoológico – pudimos haber jugado el rol del otro. No ha sido así por elección o destino, por la Historia o el azar.

    Si no fuera melodramático nos contentaríamos con afirmar en un quejido que nos une o nos separa Cuba. Esa casualidad. Esa misión. Ese milagro fatal. Esa cicatriz que nos mira desde el espejo todos los días como una adicción y que no podemos ni siquiera cerrar, ignorar, ni despedir como a un amigo. Pero sí, es retórico y de mal gusto: patria, destino, identidad. Es mejor entonces no mencionarlo, ni decirlo, ni escribirlo. Seguir de largo, Cuba, seguir de largo.

    En realidad nos reúnen en este café del puerto, la curiosidad y el consuelo.

    Frente a nosotros el mar no huele a mar sino a restos de petróleo flotando a la deriva en forma de negruzcos goterones. Imposible quitar del aire, de los muros y vigas del muelle, de los caracoles, de los peces a punto de hacer sus testamentos, de los cangrejos mareados de tantos zigzags, las máculas malolientes de querosene. Hasta los pájaros que sobrevuelan parecen tener las plumas manchadas, como esas pieles quemadas de los transeúntes, perseguidos sin descanso por el polvo arenoso de los edificios en ruinas y las humaredas de los carros destartalados.

    Es entonces cuando pensé en tomarnos una foto. Así, los tres náufragos apócrifos frente al mar y la sirena de la lanchita de Regla y Casablanca. G., es la fotógrafa, por supuesto. Y aparece un militar. Uno de esos policías que por el aspecto tan lamentable – sudado y desteñido uniforme de una talla que no le pertenece, desgarbado y errático – uno no sabe si infunde compasión o miedo. Se acerca a nosotros y nos pide que nos alejemos unos metros del lugar por no sé qué ridícula razón, que en el fondo es un pretexto de su complejo para resaltar su risible autoridad.

    Por unos escasos segundos mi piedad es derrotada por la precaución de mi miedo: me imaginé detenido a causa del acto heroico de utilizar mi visa humanitaria para tomarme un jugo de naranja con el más irreverente de los escritores locales.

    Orlando y Silvia, tan acostumbrados a vivir con la incertidumbre que les obliga a dormir en casas diferentes cada dos o tres días, ni siquiera se inmutaron. Por sus sonrisas comprendí con vergüenza que en sus casos la cautela ha desaparecido junto al miedo, porque se han ido a vivir a una región donde ya cualquier peligro es indiferente.

    No pasó nada: ahí está la serie de fotos que muestro como prueba de mi precaria osadía.

    Caminamos de regreso por Obispo, subimos la ruidosa muchedumbre a contra corriente y con el mar ahora a la espalda. Una momentánea indolencia que imagino contagiosa se apoderó de nosotros. Reíamos no sé por qué. Pasamos frente al edificio donde días más tarde me dirán que están las oficinas de la editorial Letras Cubanas.

    A medida que ascendíamos por la estrecha callejuela hacia el claro del Parque Central, la estatua de Martí se borraba tras los nubarrones. A la altura de la calle Habana se desató un aguacero como suele ocurrir en La Habana: de un golpe de gigantescos goterones sobre la cabeza, las paredes descascaradas, la gente que corre a la búsqueda de las estrechas aceras. Todo lo cubre en un instante la grisura del cielo y la opaca agua de lluvia. Navegamos en vez de caminar por el río desbordado en que se convirtió la calle y la pestilente mezcla de lluvia y residuos albañales.

    Nos dispersamos. Nos perdimos de vista. Nos fuimos G. y yo a acampar a los espaciosos portales del Gran Teatro. Me entretuve un tiempo observando las siluetas descoloridas de fugitivos de la lluvia. Empapadas y errantes. Un muchacho mulato, erguido, y con espejuelos de pasta se nos acercó. Hablamos un buen rato de la literatura publicada en Cuba, de una literatura ahora para mí casi desconocida. Me dijo que se llamaba Ahmel Echevarría y que era escritor.

    Creo haber visto correr bajo el diluvio a un perro vagabundo con unas hojas de papel entre los dientes. Al ritmo de las palabras – conversadas o evocadas – al reguardo del portal del Gran Teatro, se fue atenuando la lluvia. Pero no tuve más noticias de Orlando y Silvia.

    Varios días después, antes de volver a París, me di cita con Silvia a la entrada de la facultad de estomatología de Carlos III, donde ella sacaba muelas como práctica de sus estudios de postgrado. Me entregó otros habanos de regalo. Nos despedimos como supongo que uno se despide cada vez en Cuba: ignorando la existencia de un después.

    Antes de comenzar a bajar las empinadas escalinatas de la facultad, me volví un momento a preguntarle por qué no había tenido noticias de ella ni de Orlando desde hacía varios días, a pesar de haberlos llamado a sus teléfonos móviles:

    -Estábamos presos desde el sábado, nos vinieron a buscar a la casa.

    Bajé de dos en dos los escalones y corrí a tomar un almendrón para escapar de aquel lugar posiblemente vigilado. Apretujé en los bolsillos de mi short los euros que le había llevado de regalo a Silvia. Se los mandé semanas después desde París con una turista de paso.

    No podría saber hasta qué punto es cierto eso de que no se debe volver al lugar donde uno ha sido feliz. Lo que sí puedo asegurar es que es imposible regresar, en paz y sin sobresaltos, al sitio del cual uno se ha escapado alguna vez, horrorizado.

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6 avril 2014 7 06 /04 /avril /2014 13:08
 
Un puerco con alas
 
         El 31 de diciembre de 1990 atravesé el Prado de la ciudad de Cienfuegos con un puerco asado sobre los hombros. No iba solo, por supuesto. Me ayudaba a llevar la bandeja con el cochón sacrificado un grupo de futuros comensales. Como se sabe, en Cuba suelen asarse los cerdos en panaderías del estado, cuando no se dispone de un jardín donde la ceremonia del embalsamiento del cochino es todo un espectáculo público ante los vecinos del barrio.
        Mis amigos y yo no teníamos jardín. Pero Amir Valle, por irse a La Habana a festejar en familia, nos dejaba prestado el apartamento que le habían destinado como periodista de la emisora de radio local. Y eso le bastaba al entusiasmo del grupo: algunos artistas, bellas muchachas amantes de las letras, y un personaje, Evelio Capote, escritor y miembro de la sociedad teosófica de la ciudad, que nos prometía hacernos escuchar  a Pavarotti cantando algún aria de Puccini a las doce de la noche: hora exacta en que El Dictador Bueno pronunciaba por radio y televisión un extenso discurso para festejar su victoria sobre El Dictador Malo.
          Se avecinaban nuevos tiempos. En eso mis amigos de la época y yo no nos equivocábamos. No. Era el final de una era. En otra parte del mundo el comunismo comenzaba su final. En otras geografías. En Cuba el hambriento Período Especial abría un nuevo tiempo, sí, pero peor que el anterior. En eso sí nos equivocábamos todos. No nos tocaba en la isla aún la libertad de comer puerco con ópera italiana, pero lo creíamos. Y es tan hermoso creer, tan entusiasta. Con el tiempo la carne de aquel cochino asado y las arias de Puccini en voz de Pavarotti más que una celebración lo veríamos como una despedida:
Nessun dorma! Nessun dorma!
       Cantamos (más bien vociferamos), nos besamos y nos manoseamos, nos mordimos y lamimos en una orgía improvisada con Pavarotti aquella noche vieja que se pretendía nueva, mientras los otros escuchaban o simulaban escuchar por altavoces otro discurso más de El Dictador Bueno. Nos excitamos y gemimos tanto que protestaron los vecinos, dieron la alerta los encargados de vigilar al barrio, y hasta vino la policía: Pavarotti apuercado se volvía subversivo por culpa de nuestro indisciplinado jolgorio.
        Con desafinados gritos de adioses, de entusiasmo o de duelo, el grupo se dispersó, aquella noche y toda la vida, como si el puerco hubiera tenido alas que nos condujeran por el mundo o al cielo: Rey se fue secando hasta la muerte por un cáncer, a Laura la he visto caminar con un parasol multicolor por Miami Beach, Carlos vive en Ginebra, Arturo en Norwich, Roly como Amir en Berlín, Marlene desapareció en Londres, Gida se fue a España, donde muriera a finales del siglo, de una rara enfermedad, el entusiasta Evelio, a quien para consolarme imagino conversando con la Blavatsky en algún lugar celeste de la eternidad.
      Cada uno se fue a comer chicharrones y a escuchar la música elegida adonde le dio la gana al destino.
 
Los errores de los otros: Sartre y sus secuelas
 
      A finales del año 1999 Bernard Henry Lévi publicó un pretencioso libro; Le siècle de Sartre se llama. En uno de los últimos capítulos titulado “Acerca del error en la vida de un intelectual” se analizan los más célebres errores del filósofo Sartre: el apoyo a Mao y al comunismo, a la URSS, y la admiración por Fidel Castro.
       El libro suscita múltiples debates por una gran paradoja no resuelta aún en la cultura de Francia: la muerte de Sartre cierra el ciclo de la presencia y de la influencia de los intelectuales franceses en la vida pública, y de una cierta idea de la hegemonía cultural de los galos en el mundo. Pero al mismo tiempo los desaciertos políticos de Sartre, la pasión de sus errores, en contradicción evidente con la Historia, ridiculizan hasta la decadencia el papel del intelectual en la sociedad civil de las democracias modernas. Nadie habla de Sartre en Francia, su legado es, en el mejor de los casos, una sarcástica sonrisa cuando se pronuncia su nombre.
        (Sartre: la passion de l’erreur se titula un polémico artículo de Claude Imbert publicado en la revista Le Point sobre este libro. Un título, para mí, emblemático).
         Quizás haya sido el también francés Jean François Revel, quien mejor definiera el fundamento de este error de los intelectuales comprometidos. Desde 1976 en su libro La tentation totalitaire  Revel se refiere a la prueba por el futuro, algo inherente al pensamiento utópico: el divorcio entre la intención y los actos. Es decir: se exige y se obtiene que se nos juzgue por las intenciones y no por los actos.
      Esto diferencia al comunismo del nazismo como estados totalitarios: al primero se le puede justificar por sus supuestos objetivos teóricos…al segundo no, como si, en una hipócrita gimnasia del espíritu, lo primordial de la realidad fueran las causas y no los efectos.
       Repitiendo esta premisa como un catecismo, y enarbolando la insensata comparación de que “en otras partes el capitalismo es peor”, cierran los ojos las tropas de intelectuales que defienden o ignoran, al totalitarismo de izquierda.
 
Una pasión cubana: equivocarnos
 
       Los ejemplos anteriores y la observación de Revel  ayudan a comprender el otro lado del espejo de la historia cubana de los últimos 55 años. El lado externo de la defensa ciega de un fracaso evidente, la desconcertante y sistemática apología de un proyecto que ha provocado la ruina y la desorientación de un país. Como si Cuba y los cubanos tuvieran que servir de venganza a frustraciones ajenas, o como si el orden de una postura correcta exigiera un discurso que contradiga le realidad de una nación pero no la falsa idea de una redención.
      Lo curioso es que los cubanos hemos sido coherentes con esa equivocación. Del lado del espejo cubano (llámese del interior o de los que andamos por el mundo, oficialistas, indiferentes, disidentes, exilados, quedaditos, o inmigrantes), a esa errática insistencia se ha respondido con la misma intensidad en sentido adverso: todos nos hemos equivocado con pasión acerca de la historia y el destino de Cuba.
        Repito: en lo que respecta al país donde nacimos los cubanos practicamos con vehemencia una inexplicable pasión por el error.
     La manera de organizar y renovar al estado totalitario, la creciente despolitización de los cubanos, las limitaciones de una oposición casi invisible en la isla y sin una relevante representatividad internacional en el exilio, son, a mi parecer, las causas de la irracional permanencia de la dictadura cubana en el poder, es decir, del fracaso de nuestros juicios, de la lógica y de nuestra experiencia.
       Describir por pasos estas prácticas que se establecen entre el poder y el cuerpo social, permite comprender mejor la génesis de los desaciertos de nuestra visión política.
      Hannah Arendt considera que son dos las prácticas que componen el movimiento totalitario: la propaganda y la organización. Del primero no es necesario extenderse en el caso de Cuba. La repetición, el dominio de los medios y el adoctrinamiento son demasiado evidentes con el paso del tiempo. La organización tampoco ha cambiado: el motivo ficticio o la ficción central que traduce las mentiras de la propaganda sigue siendo el mismo: el llamado bloqueo de los Estados Unidos, la cercanía de un enemigo que impide la diversidad política ante el peligro de la pérdida de la soberanía.
       Sin embargo negar las últimas reformas introducidas por Raúl Castro significa también negar lo que Foucault denomina las estrategias del poder: los pequeños negocios privados, la compra y venta de casas y coches, la telefonía móvil y la posibilidad de viajar al extranjero.
     Esto demuestra que, contrario a lo que pudiera pensarse, sí existe una capacidad de creación que hace cambios a la rigidez política esencial del régimen.
     Nuestra pasión sistemática por el error nos hace aceptar esas reformas sólo como concesiones o, por su contrario, como cambios reales. Se trata en realidad de un eterno ejercicio de adaptación que respeta el principio temporal del poder en Cuba: ganar tiempo sin dejar de producir relaciones de dominación sobre los individuos.
      La despolitización es el logro inverso al adoctrinamiento, pero su dosis de irresponsabilidad cívica facilita los objetivos del poder: ser apolítico en el totalitarismo es el disfraz del miedo o de la colaboración inofensiva, de la obediencia, o de la pasiva complicidad.
    El italiano Roberto Esposito ha estudiado este fenómeno, pero en el contexto de la actual democracia europea. En el caso de Cuba la indiferencia política actúa como un mecanismo de banalización del poder que facilita el dominio de éste sobre las personas: Lo de Yo no meto en política, esa frase que tanto dicen muchos cubanos, es otro logro de la inercia práctica al que se condena al individuo por la coerción de un discurso represivo.
     Una manera de completar ese lema de los neutrales sería: “Yo no me meto en política porque sino la política se mete conmigo”, sin saber que de todas formas, esa aberrante identificación entre política y poder es una marca de la subordinación involuntaria al totalitarismo. Hasta fuera de Cuba la precavida despolitización del individuo es una prueba de la dependencia y el resultado del ejercicio del poder de la dictadura sobre sus cuerpos y sus expresiones.
      Las reformas en la política de emigración del gobierno de Raúl Castro, que permite la entrada y salida de los disidentes más conocidos, neutraliza la relevancia en el espacio público local y en el internacional de estos disidentes. Los viajes de los disidentes –no de todos, pero casi: les excepciones como la del Dr. Oscar Biscet sirven de asterisco para que no se olvide quién sigue mandando- por el mundo,  desarticula uno de los argumentos de las víctimas a los ojos de quienes miran al gobierno de La Habana.
       Romper las líneas de las reglas por irregulares sorpresas es una de las normas discontinuas de la política hacia el exterior del totalitarismo cubano.
       La aparente tolerancia hace creer en una apertura de la sociedad civil y hasta cierto punto lo es. Pero no se debe olvidar que es gracias a las nuevas tecnologías que estos opositores se conocen. Y la dictadura nunca ha cedido en uno de sus principios medulares: el control absoluto de los medios de difusión. Regular internet es capital, como antes lo fue neutralizar la televisión de Miami. Esto propaga la paradoja de los contestatarios cubanos: son conocidos fuera de Cuba pero poco o nada dentro.
     La experiencia indica que en un sistema totalitario, donde no se admite la existencia de una oposición, ésta debe convertirse en una fuerza política a través de una organización y del apoyo de una parte del pueblo.
      Y este ha sido otro error: la sociedad civil autónoma al considerarse siempre como opositora, se integra a la disidencia, sin llegar a ser partido político. Entre otras cosas porque ése no es su objetivo. Nadie ocupa entonces ese espacio. Las escasas tentativas fracasan por ser exiguas o poco visibles para los ciudadanos que las conocen y saben el poder de dominación total que tienen sobre ellos los mecanismos represivos.
        Me repito: en este carnaval de desaciertos en el cual divagamos hace más de medio siglo todos los cubanos, el pragmatismo raulista, variante más reciente de la capacidad de adaptación del estado - de su fortuna diría Maquiavelo- , y el control total del espacio público, de las instituciones y de los medios, neutralizan toda posibilidad de transición incluso hacia un estado autoritario.
     En todo imaginario político el secreto constituye uno de los principios de la acción. En el totalitarismo al secreto se añade la propaganda y el control de la información y de la opinión pública. Anticipar y adaptarse se unen a este secreto para corregir los errores de un sistema inoperante en el plano económico.
      La gran paradoja de Cuba es que ha sido el poder totalitario quien, contra todos los pronósticos y obituarios apócrifos, ha sabido desarticular, por sus movimientos estratégicos, las consecuencias de nuestra monumental suma de errores, de nuestra inexplicable pasión por la equivocación.
 
La fiesta como naufragio
 
    La más grande fiesta de la literatura cubana se termina por un naufragio colectivo y es el argumento central de El color del verano, la novela póstuma de Reinaldo Arenas. Es conocido el argumento: para festejar en julio de 1999 los 40 años del castrismo se organiza un carnaval en el malecón de La Habana. Para la ocasión se dan cita artistas e intelectuales vivos o muertos: a algunos se les resucita para la ocasión.
      El caos comienza desde el principio cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda decide tirarse al agua para huir de la isla. Se organizan entonces dos grupos de escritores, los de la isla y los del exilio que, desde ambas orillas, tratan de ganar para su causa a la célebre fugitiva.
     La apoteosis de enfrentamientos, diatribas y vituperios llegó a su éxtasis cuando los insulares decidieron desprender la isla de su plataforma insular y navegar a la deriva hasta que ésta “se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros”.
      Se da la curiosa paradoja de que el libro, terminado de escribir en el 1990 y publicado en 1991 en Miami, después del suicidio de su autor, podría interpretarse como una distopía  o una novela de anticipación. Lo cierto es que Arenas acierta y se equivoca a la vez. Acierta en la previsión del festejo de la efeméride, pero se equivoca en la duración del régimen: el castrismo ha sobrevivido a más de medio siglo. Salva, sin embargo, a Arenas del error; el empleo de la sátira y el desenlace trágico que destina a la isla y sus habitantes. Como si, para no equivocarnos, neguemos de un golpe de borrón y cuenta nueva, el espacio, el tiempo y la Historia de la isla.
     En todo caso esta pasión nacional ha terminado por cancelar o alejar hasta lo indefinido nuestro mayor deseo: volver, o ver, una Cuba democrática. El año próximo en La Habana, la adaptación criolla del estribillo de la canción del seder judío, ya ha dejado de ser el lema de nuestros 31 de diciembre, como ha explicado Gustavo Pérez Firmat.
    La pasión, como escribía Virgilio Piñera acerca del insomnio: es una cosa muy persistente. El error, en nuestros pronósticos y apreciaciones políticas de la realidad, una acción constante y torpe.
    Haga la prueba: Eche una simple mirada a la actualidad internacional, de Cuba, o del exilio cubano, y podrá confirmar este vehemente padecimiento de nuestro espíritu práctico.
 
Ilust: Les Boules, Topor.
 
 
 
 

 

 

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30 mars 2014 7 30 /03 /mars /2014 18:47

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Nabokov en las primeras páginas de su libro Cosas transparentes sugiere que el pasado no sería tan atractivo si se pudiera conocer con certeza lo que ocurrirá en el futuro, si fuera, como las cosas, algo que se puede contemplar entre las manos. Es más seguro acomodar lo ocurrido, como una manera de que siga viviendo siempre: a lo que no elegimos podemos aplicarle al menos el esfuerzo y el ejercicio del olvido, la forzosa negación de la memoria. Va más lejos Nabokov cuando expone la tesis de su libro: existe una transparencia en cada cosa, en cada piedra, a través de la cual se puede ver brillar el pasado.

Llega entonces la noticia de la muerte de la pintora Gina Pellón, mientras leo en el metro este libro de Nabokov. Es la muerte quien llega, pero en realidad es breve esta llegada de la muerte, porque hace semanas que Gina está en el hospital y el diagnóstico era ya bastante delicado. Y sobre todo, porque en medio del anochecer de la primavera, veo saltar cintas de colores. Los rostros de los viajeros del metro se hacen multicolores como la ropa que llevan, sus siluetas policromas andan tras ellos al salir de la estación. El orden de las líneas y los contornos que me rodean y se deslizan ante mis pasos, giran imprecisos a medida que marcho hacia mi casa.

Me pregunto si estoy viviendo ahora el futuro de mi llegada al exilio, si este es el después del adiós a Cuba. Si acaso necesitamos siempre  un golpe que nos pare la realidad que nos ciega el paso del tiempo. Comprendo entonces algo más de lo evidente, que ya va siendo tan extenso mi pasado en París que las personas que me recibieron al yo llegar pueden morir. Que la perspectiva de desaparecer idealiza ese pasado en su momento angustioso de llegar de fugitivo a un país desconocido, sabiendo que no se puede volver atrás.

Pero me consuela la transparencia de las cosas a la cual se refiere Nabokov. Me doy cuenta cuando llego a casa, que los colores esparcidos por toda la ciudad, evocan los cuadros de Gina Pellón, que quedan como piedras luminosas en los retratos de sus damas floridas, y a la espera de algo que termina siendo nuestra propia mirada: enciendo un tabaco, y mientras me balanceo en mi sillón, me pongo a contemplar los cuadros de Gina que decoran desde hace unas semanas mi escritorio.

II

Fue Lázaro Jordana quien me llevó a conocer a Gina Pellón a finales de 1996. Lázaro había llegado a Francia casi una década antes, después de haber pasado 6 años en la cárcel como preso político, y dirigía la revista Trazos de Cuba. Era en casa de Gina donde se daba cita la mayoría del exilio cultural cubano en París, buena parte del cual publicaba en la revista.

Llegar a casa de Gina provocaba siempre la sorpresa y el consuelo de entrar a un fragmento de la isla de Cuba en pleno París. No sólo como pintora de imágenes que encandilan los párpados y remplazaban el cielo casi siempre gris de la ciudad, sino también como minuciosa coleccionista; todo lo que rodeaba al visitante lo fascinaba. Gina atesoraba esculturas, medallas, mapas, cuadros, diarios, manuscritos, cartas, ediciones príncipes, enciclopedias, que, en su mayoría tenían que ver con la historia y la cultura cubanas. Alrededor de su escritorio y en su luminoso taller, uno podía respirar, ver y tocar toda esta paciente colección que ella, además, te brindaba como hacía con todo: de manera generosa porque tú también, para ella, formabas parte de esa Cuba a la deriva que un día, en sus anhelos, regresaría a una isla real libre de dictaduras.

Poco tiempo después de ese primer encuentro, Gina nos propuso hacer tertulias literarias las tardes de un domingo al mes. Yo llegaba siempre con algo de adelanto, y aprovechaba esas visitas durante las cuales leíamos poemas, artículos o ensayos, para consultar algún libro que necesitaba para mi tesis de doctorado sobre José Lezama Lima. Fue en una de esas visitas que le pedí a Gina que ilustrara con uno de sus cuadros la edición española de mi novela Las vacaciones de Hegel invitación que aceptó con entusiasmo.

Al publicarse mi libro llamé a Gina que me pidió que le llevara 10 ejemplares. Así lo hice, y después de conversar un rato, se levantó un momento y volvió con unos billetes en las manos: ¡Gina me obligó a aceptar el dinero por los ejemplares de un libro al cual ella había ofrecido la imagen de uno de sus cuadros! Y cuento esto porque soy testigo de haberla visto hacer y enviar cheques a múltiples publicaciones cubanas del exilio para ayudar a financiar las ediciones. Fue para mí un privilegio haber podido estar cerca de una persona tan excepcional como Gina que en el apogeo de sus éxitos, se imponía con bondad el deber de ayudar a los demás sin siquiera mencionarlo más tarde. Pero lamento a la vez no haberla prevenido de la rapacidad, el oportunismo y la villanía de la cual sería víctima también su benevolencia: esa es otra historia que un día se esclarecerá, y que forma parte de la leyenda negra que acompaña a muchos cubanos nacidos y deformados a la sombra del castrismo.

Hablar con Gina, escucharla o verla trabajar, te obligaba a la admiración y te ponía al mismo tiempo ante un compromiso. “Todos los días hay que añadir algo a la obra”, me aconsejaba. “Eso es lo que quedará de nosotros. No te preocupes por el resto”. Una tarde, admirando sus éxitos, le hice un comentario al respecto. Ella se viró hacia mí y me dijo una frase en francés que me parece todavía escuchar:

-Le chapeau est arrivé quand je n’avais plus de tête. (El sombrero llegó cuando ya yo no tenía cabeza).

Era el trabajo sin respiro, una fe absoluta en la creación y un talento natural que tardó en reconocerse, lo que le permitió a Gina llegar a triunfar en la pintura. Durante años no había sido así, y ella siempre abordaba con orgullo ese tema que la engrandecía a los ojos de todos.

El verano pasado la llamé para saludarla. Para contarle que me habían dejado volver a Cuba a ver mi madre inválida, que había caminado por el Prado de su querido Cienfuegos. Me repitió lo que era para ella algo constante desde hacía décadas, que en verano nunca viajaba porque tenía que aprovechar la luz de París en esa estación. Esa luz que entraba por el ventanal acristalado de su taller, esa luz metamorfoseada por sus manos en una libertad de matices que permiten reconocer para siempre el estilo de sus obras.

Como en otros veranos nos pusimos de acuerdo para ir a visitarla con mi hija Ariane. Al llegar a su casa Gina me pidió que la ayudara con unos cuadros de gran formato que estaba preparando para enviar a Miami, a la galería de Cernuda. A pesar de caminar con un bastón, estaba allí, pintando aún esas damas elegantes, esos pájaros que traspasaban cielos inauditos, sin saber, ambos, que ese sería su último verano en esa ciudad luz que había elegido para crear y vivir.

III

            He retomado la lectura del libro Cosas transparentes  de Nabokov y me detengo en una frase: cuando nos concentramos en un objeto material, sea cual fuere su situación, el acto mismo de la atención puede provocar nuestra caída involuntaria en la historia de ese objeto.

            Pienso en esta frase esta mañana al estar de vuelta de casa de Gina adonde he ido a buscar los libros sobre Cuba que ella me legara antes de morir.

            Mucho se ha escrito sobre su pintura. Mucho se ha hablado de la fuerza de los colores de sus cuadros y de su filiación con el grupo COBRA. En mi casa puedo ver, a través de 4 de sus cuadros que me rodean ahora cada vez que escribo, la evolución de sus tres etapas esenciales. Ese camino inesperado a través del cual el artista se abre paso desde un pasado que va dejando atrás y un futuro que será su voz definitiva. Puedo, sin ni siquiera haberlo previsto y siguiendo a Nabokov, participar en la historia de los personajes de esos cuadros de Gina Pellón, ver a través de ellos la transparencia de su alma a lo largo de su extenso y feliz exilio en París.

            Y me doy cuenta de que sólo la libertad total puede explicar tanta destreza, tanta luminosidad irrespetuosa e inventiva. Que esa libertad conquistada le permitió a Gina abrirse al mundo y abrir las puertas de su casa sin egoísmos ni prejuicios a esa otra libertad, la de Cuba, que ella tanto deseaba. Que la práctica de esa vocación de total libertad es lo que va a quedar en nuestra memoria de una obra única que seguirá creciendo con el paso del tiempo.

Foto: Ariane VALDES-PICAULT

Publicado en: http://conexos.org/2014/03/30/gina-pellon-todos-los-colores-de-la-libertad/




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23 mars 2014 7 23 /03 /mars /2014 19:45

Argentina-Salon-del-Libro.jpg

La literatura argentina debía estar de fiesta esta primavera en Francia: Argentina es el país invitado al Salón del libro de París. Se trata de una de las más vitales literaturas de la lengua, la argentina. Eso nadie lo duda. El país de Borges, de Sábato, de Cortázar y tantos otros, es una referencia para cualquier lector de lengua española en el mundo.

Pero la fiesta se ha aguado, se ha agitado, por la polémica, más bien por la política.  

Siguiendo esa tradición a la vez nefasta, insistente e inexplicable de la historia argentina, la política ha venido a meter sus narices también en la literatura. (¿O acaso no ha sido siempre así en este país, y la inteligente manipulación de puestos públicos a intelectuales bajo el kirchnerismo sólo ha acentuado aún más esta dañina alianza que ha jodido el talento de muchos escritores latinoamericanos desde la época de la revolución cubana?)

 

Parecería que la sombra de Julio Cortázar, a quien se le dedica la fiesta por los 100 años de su nacimiento, y cuya insistencia por el compromiso político de los escritores ya nadie quiere mencionar por ridícula, sobrevolara el salón y el espíritu de sus compatriotas.

La razón, ahora, de tanto ajetreo, es el gesto oportunista y populachero de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que decidió hacer el viaje a París con los escritores elegidos. Del Calafete al palacete del Eliseo, Cristina y sus colaboradores se cuidaron de escoger bien a sus letrados compañeros de vuelo a las orillas del Sena.

Y aquí se insinúa el primer capítulo de la polémica: ¿quién eligió a los escritores del equipo nacional de literatura argentina? Sabemos, claro, que estas elecciones son como las antologías: no son todos los que están ni están todos los que son. El problema no es ése. El problema consiste en que en un país donde se respira el aire de la política, quiero decir del peronismo, perdón el populismo, en todas las esferas de la vida cotidiana, y sobre todo en la sociedad civil y en los medios de comunicación, los escritores que se pegan a la comparsa oficial, se ganan viajes como el parisino que ha costado esta vez 850.000 euros. Esto, obvio, hace que quienes se enfrenten a los mandatos de Cristina, sufran las consecuencias no pudiéndose tomar la foto ante la torre Eiffel.

Al menos esto quisieron demostrar las primeras voces de protesta. Resumamos:

Primer Acto: Polémica sobre la composición de la lista de 45 escritores y sobre los que no figuran en la misma. Entre los ausentes más notables se citan a Alain Pauls, Rodrigo Fresan, Martín Caparrós, Jorge Asis, Pola Olaixarac, Edgardo Cozarinsky y Marcelo Cohen. Se sugiere, se dice, o se critica, que es por un sectarismo kirchnerista que han sido excluidos.

Segundo Acto: El escritor Ricardo Piglia, a pesar de figurar en la lista oficial, anuncia por intermedio de su agente, en el diario Clarín que no asistirá a la fiesta gala.

No se hace esperar en El País la crítica de Bertrand Morisset, director del salón parisino:

Piglia aceptó la invitación y exigió condiciones desmesuradas para venir a París. La política de la silla vacía es una cobardía. Si el señor Piglia quiere criticar a los Kirchner, que venga a París y lo haga. Aquí no se censura a nadie. Había aceptado venir pero puso unas condiciones dignas de una estrella del rock. El señor Piglia es deshonesto, ha insultado al Salón del Libro, a sus editores de Gallimard y al público francés.

El escándalo ya tenía su capitán. Porque para muchos, el autor de Respiración artificial constituye el más importante escritor argentino vivo. Sin embargo, me gustaría saber si Piglia sabe que en París (casi) nadie sabe quién es él. Si lo supiera, conjeturo, no jugaría a ser la vedette por falta de público en la platea.

II

Una tarde de un verano de esos en los cuales uno no viaja porque no tiene dinero, me llamaron para dar un curso particular a una muchacha que preparaba un concurso. Pagaban bien. Me dieron la dirección: no lejos del parque Luxembourg, en el Quartier Latin, la céntrica y otrora zona literaria de París.

Al buscar en el interfono el apellido que traía anotado, salté hacia atrás, no por un corrientazo, sino por la sorpresa que explica esta anécdota: VARGAS-LLOSA, se podía leer, justo al lado del apellido de la estudiante.

La puerta la abrió una rubia con un mini short de jeans. A la luz del día soleado se unía el bronceado húmedo de su piel atada a unas extensas piernas desnudas. Por supuesto que no pude contenerme, y antes de empezar mi curso le pregunté por el vecino de la puerta de enfrente: no sabía quién era.

Con paciencia pedagógica le expliqué. Le dije el nombre (se llama Mario), le repetí que era un gran escritor. Y cuando no podía más utilicé la táctica con la que acostumbro sacudir a mis interlocutores franceses: comparar lo que uno quiere que comprendan con algo que ellos consideran sagrado o majestuoso:

-Él es para los latinoamericanos una especie de Víctor Hugo contemporáneo, y puede que un día hasta gane el Premio Nobel de literatura.

Funcionó. La chica me pidió disculpas por su ignorancia. Y fue entonces que se dio cuenta que sí, que conocía al Sr., que es canoso, muy educado cada vez que me ve en el pasillo, y mire, con un acento español como el suyo al hablar francés.

Para la clase siguiente le traje de regalo a mi alumna un ejemplar de la traducción francesa de La guerra del fin del mundo, y le sugerí que le pidiera a su vecino que se lo dedicara. Poco tiempo después, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Nobel, ella tuvo la gentileza de enviarme un mensaje: Merci beaucoup

¿Y a qué viene esta anécdota? Pues sirve para ilustrar que, contrario a lo que las distantes vanidades suponen, en Francia, después de la reputación con que han contado Borges, Cortázar y Octavio Paz, la ignorancia de la obra de los escritores latinoamericanos, goza de muy buena y lamentable salud.

III

El gesto de Pliglia resulta contraproducente por varias razones. Por haber aceptado al inicio la invitación, por exigir gastos complementarios a su desplazamiento y estancia, por esperar al aumento de tensiones y así lograr ser el centro de atención del escándalo, y por las lamentables explicaciones ofrecidas: “causas literarias”, adujo, con sospechosa y nada convincente vaguedad.

Quienes admiran ciertas zonas de su obra pero conocen también a la precavida persona campeona política de la neutralidad (la misma que va de la universidad de Princeton a la Casa de las Américas de La Habana, elogia a Chávez después de ganar el premio Rómulo Gallegos, sabe de antemano que será Premio Planeta 1997 antes del veredicto del jurado, y otro sinfín de histriónicas tribulaciones), no les sorprende ahora este gesto tras el cual debe leerse el interés personal de no verse asociado a una presidenta y a un gobierno que ya han visto pasar la efervescencia popular de sus mejores días.

En todo caso es evidente que el comportamiento de Piglia, lejos de interpretarse como un gesto de independencia ante el gobierno de su país, resulta no sólo una torpe prueba de ingratitud sino también un sigiloso desvío político hacia una región más artificial que indefinida: el propio Piglia ha tenido una activa participación en los medios argentinos desde que decidió volver de su apacible vida norteamericana.

Ingenuos los que piensan que los intelectuales pueden salir ilesos en medio de las marejadas del populismo, lamentable que un gran escritor se comporte públicamente como un indeciso y timorato ciudadano.

La grandeza de la literatura argentina no se merecía en Francia todo este vulgar quilombo

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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