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20 avril 2014 7 20 /04 /avril /2014 10:44
AMISTADES MILAGROSAS

      Hoy atravieso La Habana para ir conocer a Orlando Luis Pardo Lazo en la Plaza de Armas. Y a Silvia, mi amiga virtual de Facebook que un día me mandara a París una caja de tabacos desde la mata de mangos en la que capta un internet robado a los vecinos.

     (Silvia con sus gatos. A solas. Después, cuando Orlando se vaya volando a Miami el mismo día que morirá Chávez, y no pare hasta las nieves y el aburrimiento de Alaska. Silvia ahora: en una foto, casi desnuda, abrazada a un gato con desolación felina. Abandonada al calor solitario de su casa de la mata de mangos. Tomando fotos y más fotos, hasta de su propio sueño, entre las ruinas).

    Vamos G. y yo, sudorosos, con un retraso nada europeo a la cita.

    La mañana cumple la disciplina aquí de estar soleada, y el almendrón ruge por la Avenida de los Presidentes ese humo negro que me hace apiadarme, como un ecologista del primer mundo, de los pulmones de mis compatriotas.

    Bajamos, al fin, después de muchas paradas, en el hotel Sevilla. El hotel que administran los franceses, me dice G., que está loca por llevar una vida más confortable en este viaje al trópico para consuelo de su piel vulnerable y, como buena francesa, se imagina protegida y cómoda en un hotel galo que en La Habana se llama Sevilla.

    Subimos  a pie hasta la estatua de Martí. Echamos a andar por el mismo trayecto que haré todos los días después del regreso de G. a París, como si navegáramos por un río, Obispo abajo y hacia el mar, siguiendo la dirección del dedo de la estatua del Apóstol.

    Quizás con más colores chillones de una ropa con decorados brillantes y estrechas tallas que parecen venir de caribeños templos del reguetón; la calle es la misma que transitaba con la zozobra de no saber si vendería algún libro con que pagarme el almuerzo a finales de mi siglo XX habanero. El mismo boulevard con bullicio de vendedores ambulantes que supongo poseídos de mis mismas antiguas angustias.

    Es la primera vez que voy a ver a alguien con quien sólo he hablado a través de la pantalla de un ordenador. Son ambos, ignorándolo, la prueba virtual de la existencia de un afinidad desconocida entre la Cuba real y otra que ya es imaginaria para mí, al cabo de tanta ausencia.

    Si a estas alturas la realidad no fuera para mí mucha más evidente que la fantasía, me dijera que es un milagro que estemos aquí, reunidos, del otro lado de esa frontera de cristal que nos ha separado desde que nos conocimos.

    Están allí, sentados y con gafas de sol, Orlando y Silvia, en uno de los bancos con respaldar enrejado que contornan los árboles de la Plaza de Armas y la estatua del Padre de la Patria. Son los dos iguales a las fotos. O las fotos son iguales a ellos. Orlando me recuerda mi remota indumentaria habanera: pelo largo, pantalones anchos, una mochila de libros, y un filo de sudor por todo el cuerpo.

     (Al final de la tarde Orlando me confesará, ante la evidente llegada de un aguacero, que está agotado, que no ha dormido toda la noche escribiendo sobre la muerte de Payá para Diario de Cuba. Y nos invitará a G. y a mí a darnos cita de nuevo dentro de algunos días para pasar una tarde en la playa Guanabo. No podremos vernos esa vez y Orlando, por teléfono, me contará como los perseguidores de siempre le robaron la cámara y la ropa dejada en la arena antes de entrar al agua).

     Uno termina por aceptar que es valiente este Orlando, quizás, me digo, por oposición virtuosa al miedo disfrazado de indiferencia que adormece la isla. Le disculpa uno hasta ese ego enorme fotografiado en cada gesto suyo. Our man in Havana, Orlando, el que grita o escribe la rabia que necesitamos saber o leer de la isla de la cual huimos por cobardes aspirantes al confort. El mismo que registra cada día ese cansancio de los fantasmas que Lezama creía percibir en la ciudad.

     A esta hora de la mañana avanzada, el ruido de maracas y guitarras de cantantes sudados animan por una propina los tragos de turistas o nacionales prósperos, obliga a alzar la voz y a entrecerrar los ojos ante la caída vertical del sol: hablar gritando; mirar cubriéndose de los rayos de luz. El agobio del calor y del ruido ajeno, dos taras de las cuales uno no puede librarse en la isla.

    Por eso nos vamos de allí: es el pretexto que argumento.

    Caminamos los cuatro por la calle Oficios. Remplazamos los pasos de nuestras sandalias sobre los suecos adoquines de madera de la Plaza por el asalto empedrado. Me parece más seguro hablar así, caminando con el más virulento disidente de la ciudad, que exponerme de manera estática a alguna foto enarbolada como prueba en la aduana el día de mi partida.

    Sócrates más que Pascal, aunque, no sé ahora por qué, recuerdo que en algún momento nos referimos a Jorge Mañach.

    Buscamos un café. Pasamos por la Lonja del Comercio y seguimos más allá del convento de Santa Clara. Reconocí un lugar, abierto y sin ecos, frente al mar, en el Muelle de Luz. Venía a este lugar. Me sentaba en el muro frente al mar a ver salir la lanchita de Regla y Casablanca, a finales de los años 80, como un abandonado Humphret Bogard del Caribe.

    En realidad venía a un lugar llamado La Casa del Joven Creador a leer poemas, a escuchar trovadores, a veladas que terminaban en alcohólicas y nada bucólicas peregrinaciones al mar de una de las bahías más contaminadas del mundo.

    El café está casi vacío pero se deja oír el trasiego de camareros que aguardan a los clientes. Después de pedir algo de tomar y antes de comenzar a intercambiar algunos regalos, me di cuenta que nos sentamos en el sitio exacto al que aludo en el primer poema (“Exilio”) de un libro mío que en ese mismo momento estaba dedicando a Orlando y a Silvia. Leemos el poema. Más bien es Orlando quien lo lee, entre risas, jugo de naranja doble (G. no bebe nada que no esté hervido y no se desprecia algo ya pagado con divisas) y alguna que otra cerveza.

Los labios con perfume de naranja y un caracol rodando acallan por momentos la música del piano en un café del puerto.

(Las teclas del piano imitan el zigzag de un cangrejo sobre los acantilados el día en que me fui. Las teclas imitan mi naturaleza abandonada).

      Sospecho que a los ojos de Orlando y Silvia soy el testigo de un mundo ansiado e imaginario; la frontera violada del horizonte de la cual se vuelve del futuro con una flor, un libro, un olor a perfume, o fotos de viajes y de niños a salvo. No saben que a mis ojos ellos dos encarnan el tiempo que no quise vivir en el mismo lugar que nacimos, la prueba de una conquista o de un reproche. Todos alrededor de la mesa – salvo G. que con su sombrero a lo Karen Blixen por la sabana de Kenia anda como de visita con un guía por el zoológico – pudimos haber jugado el rol del otro. No ha sido así por elección o destino, por la Historia o el azar.

    Si no fuera melodramático nos contentaríamos con afirmar en un quejido que nos une o nos separa Cuba. Esa casualidad. Esa misión. Ese milagro fatal. Esa cicatriz que nos mira desde el espejo todos los días como una adicción y que no podemos ni siquiera cerrar, ignorar, ni despedir como a un amigo. Pero sí, es retórico y de mal gusto: patria, destino, identidad. Es mejor entonces no mencionarlo, ni decirlo, ni escribirlo. Seguir de largo, Cuba, seguir de largo.

    En realidad nos reúnen en este café del puerto, la curiosidad y el consuelo.

    Frente a nosotros el mar no huele a mar sino a restos de petróleo flotando a la deriva en forma de negruzcos goterones. Imposible quitar del aire, de los muros y vigas del muelle, de los caracoles, de los peces a punto de hacer sus testamentos, de los cangrejos mareados de tantos zigzags, las máculas malolientes de querosene. Hasta los pájaros que sobrevuelan parecen tener las plumas manchadas, como esas pieles quemadas de los transeúntes, perseguidos sin descanso por el polvo arenoso de los edificios en ruinas y las humaredas de los carros destartalados.

    Es entonces cuando pensé en tomarnos una foto. Así, los tres náufragos apócrifos frente al mar y la sirena de la lanchita de Regla y Casablanca. G., es la fotógrafa, por supuesto. Y aparece un militar. Uno de esos policías que por el aspecto tan lamentable – sudado y desteñido uniforme de una talla que no le pertenece, desgarbado y errático – uno no sabe si infunde compasión o miedo. Se acerca a nosotros y nos pide que nos alejemos unos metros del lugar por no sé qué ridícula razón, que en el fondo es un pretexto de su complejo para resaltar su risible autoridad.

    Por unos escasos segundos mi piedad es derrotada por la precaución de mi miedo: me imaginé detenido a causa del acto heroico de utilizar mi visa humanitaria para tomarme un jugo de naranja con el más irreverente de los escritores locales.

    Orlando y Silvia, tan acostumbrados a vivir con la incertidumbre que les obliga a dormir en casas diferentes cada dos o tres días, ni siquiera se inmutaron. Por sus sonrisas comprendí con vergüenza que en sus casos la cautela ha desaparecido junto al miedo, porque se han ido a vivir a una región donde ya cualquier peligro es indiferente.

    No pasó nada: ahí está la serie de fotos que muestro como prueba de mi precaria osadía.

    Caminamos de regreso por Obispo, subimos la ruidosa muchedumbre a contra corriente y con el mar ahora a la espalda. Una momentánea indolencia que imagino contagiosa se apoderó de nosotros. Reíamos no sé por qué. Pasamos frente al edificio donde días más tarde me dirán que están las oficinas de la editorial Letras Cubanas.

    A medida que ascendíamos por la estrecha callejuela hacia el claro del Parque Central, la estatua de Martí se borraba tras los nubarrones. A la altura de la calle Habana se desató un aguacero como suele ocurrir en La Habana: de un golpe de gigantescos goterones sobre la cabeza, las paredes descascaradas, la gente que corre a la búsqueda de las estrechas aceras. Todo lo cubre en un instante la grisura del cielo y la opaca agua de lluvia. Navegamos en vez de caminar por el río desbordado en que se convirtió la calle y la pestilente mezcla de lluvia y residuos albañales.

    Nos dispersamos. Nos perdimos de vista. Nos fuimos G. y yo a acampar a los espaciosos portales del Gran Teatro. Me entretuve un tiempo observando las siluetas descoloridas de fugitivos de la lluvia. Empapadas y errantes. Un muchacho mulato, erguido, y con espejuelos de pasta se nos acercó. Hablamos un buen rato de la literatura publicada en Cuba, de una literatura ahora para mí casi desconocida. Me dijo que se llamaba Ahmel Echevarría y que era escritor.

    Creo haber visto correr bajo el diluvio a un perro vagabundo con unas hojas de papel entre los dientes. Al ritmo de las palabras – conversadas o evocadas – al reguardo del portal del Gran Teatro, se fue atenuando la lluvia. Pero no tuve más noticias de Orlando y Silvia.

    Varios días después, antes de volver a París, me di cita con Silvia a la entrada de la facultad de estomatología de Carlos III, donde ella sacaba muelas como práctica de sus estudios de postgrado. Me entregó otros habanos de regalo. Nos despedimos como supongo que uno se despide cada vez en Cuba: ignorando la existencia de un después.

    Antes de comenzar a bajar las empinadas escalinatas de la facultad, me volví un momento a preguntarle por qué no había tenido noticias de ella ni de Orlando desde hacía varios días, a pesar de haberlos llamado a sus teléfonos móviles:

    -Estábamos presos desde el sábado, nos vinieron a buscar a la casa.

    Bajé de dos en dos los escalones y corrí a tomar un almendrón para escapar de aquel lugar posiblemente vigilado. Apretujé en los bolsillos de mi short los euros que le había llevado de regalo a Silvia. Se los mandé semanas después desde París con una turista de paso.

    No podría saber hasta qué punto es cierto eso de que no se debe volver al lugar donde uno ha sido feliz. Lo que sí puedo asegurar es que es imposible regresar, en paz y sin sobresaltos, al sitio del cual uno se ha escapado alguna vez, horrorizado.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

perfumes equivalencia 03/10/2016 11:24

Y porque se les apresó a ambos? No entiendo que podrían haber hecho como para que las autoridades llegaran a esa conclusión final

OLPL 20/04/2014 21:43

Un verano de muerte, como todos sabemos.

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