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1 juin 2014 7 01 /06 /juin /2014 17:39
BREVE DISERTACION SOBRE LA TRAICION

  En la historia de Cuba hay un momento en el que aparece insinuada la condena a la traición. Se trata de una nota breve en la cual José Martí compara este acto, tan inesperado como repulsivo, con la apostasía y ciertas tradiciones culturales:

¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad a la apostasía?

   Martí escribe esta nota a Carlos de Castro y de Castro (premonitorio y desgraciado apellido para la historia de Cuba), por haberse aliado, voluntario, al ocupante español. Estas palabras le costaron a Martí seis años de presidio y a este Castro doble, un desprecio histórico.

   Se alude así a remotas fuentes y condenas de la traición, interpretada ésta como un cambio o la renegación de una creencia religiosa. En la etimología griega la apostasía es el abandono de la polis o de una política local, su condena puede ser la exclusión (como el ostracismo) por un tiempo de diez años, y el despojo de derechos ciudadanos a quien se sospeche de traición política. En la tradición árabe la condena por apostasía es la muerte por decapitación. En el Infierno Dante sitúa a los traidores en el noveno y congelado círculo, el peor de todos, en el cual aparece Dele o Lucifer con sus tres cabezas. Con el único verso en latín de la Divina Comedia (tomado del poeta franco-italiano Venance Fortunat) introduce así Dante el Canto XXXIV:

Vexilla regis prodeunt inferni

Judas, es, por supuesto, el más conocido de todo los traidores, el que más sufre en el Infierno dantesco, aunque, como se sabe, Dante lo sitúa junto a Bruto y a Casio, cómplice este último de su cuñado asesino de Julio César. Traicionar a la Iglesia y al imperio, los dos poderes supremos; el espiritual y el temporal, merece el peor de los castigos posibles aplicados además de manera infinita en ese lugar de castigo eterno para los malos como lo define Borges en La duración del infierno (1932).

Sentarse a la mesa de la víctima para más tarde renunciar a un acuerdo sin prevenirla. Delatar o apuñalar por la espalda a alguien que confía y no sospecha, son los gestos vergonzosos de la traición. Porque es precisamente la sorpresa de una acción inexplicable lo que define su carácter.

   En la condenación enunciada por Martí aparece de manera implícita la definición de este acto. La radical condena a muerte sólo difiere en sus variantes según las culturas. Pero en todos los casos, la traición como desvío de un compromiso moral nunca es perdonada.

Ha existido siempre, eso sí, una mención a la traición para juzgar por el aborrecimiento una acción contraria a nuestra voluntad. No creo valga la pena detenerse, por ejemplo, en el distorsionado empleo del término de traición dado por el actual gobierno de La Habana a quienes simulan una forzada lealtad por miedo o precaución, y más tarde abandonan posiciones oficiales en diferentes circunstancias. Al no haber opciones previas, en el espacio totalitario, la persona se ve obligada a aceptar las reglas que éste impone y, abandonarlas, cuando se presenta la oportunidad de expresarse sin la vigilancia que le ha perseguido siempre. Más que de traición puede hablarse entonces de liberación. Los ejemplos abundan: deportistas, artistas, militares o agentes, y hasta políticos, han dado el paso de la fuga, y han sido condenados como suele hacerlo el gobierno cubano: con la oficial condena oral, o con la fingida indiferencia del silencio. Al no poder ejecutarlo como los griegos, el gobierno se limita a proscribirlos, a la derogación de los registros, récords y antologías, en fin; a cerrarles para siempre las puertas de la polis.

    Lo cierto es que nunca estamos a salvo de ese acto invisible. La traición, como desvío del alma, es ciega para la mayoría. Un cambio premeditado, es la traición, una deslealtad que abusa de una confianza. Un puñal de la sombra, en lenguaje de trasnochado bolero, o puñalada trapera, como decimos popularmente en Cuba.

El traidor es siempre un personaje ambivalente, porque no posee una propia decisión: no se atreve a decir que no, y acepta decir que sí a sabiendas del engaño que prepara. Un sí de doble miedo: falso hacia ti y obediente hacia el enemigo a quien se va a aliar sin que lo sospeches ni lo esperes. De un traidor sólo ves esa falsa mitad de su apariencia, la mitad de su cara. En el dibujo animado cubano Elpidio Valdés, el traidor cubano en la guerra contra los españoles al que condenara Martí, se llama, precisamente Mediacara: entre su barba y su pelo largo poco se puede ver de su figura y sus ojos.

El traidor no posee la ligereza irresponsable de un simulador, en su afirmación lleva escondida una convicción falseada por oportunismo, por rencor, o por miedo. Supongo que es el tiempo quien me ha llevado a identificar al traidor más con un cobarde que con un oportunista o un envidioso.

El oportunismo por alcanzar algo que no se posee, o, peor, por no perder un estatuto cómodo, incita también a la villanía del traidor. Por otra parte, el resentimiento es uno de los más torcidos vicios del espíritu quizás porque al ser recóndita y lejana la causa que lo produce, aparece de manera repentina en una acción inesperada, como la traición.

Sin embargo no siempre el envidioso es un traidor. Por ejemplo Dante le reserva a la envidia un lugar en el Purgatorio (Canto XIV) mientras que la traición se merece el peor lugar del Infierno. La envidia muchas veces explica el rencor: algo no poseído, un escalón añorado que alguien ha conquistado y que por esta razón se convierte en rival sin apenas sospecharlo, puede convertirlo en blanco de la traición del envidioso.

Para ser crítico consigo mismo, he llegado a pensar que cada uno es culpable de la traición sufrida, debido a nuestra ingenuidad, a nuestro propio error de apreciación, a nuestra carencia de profundidad al analizar el espíritu ajeno, al confiar por mimetismo o afecto en quien hemos elegido erróneamente.

El final de los traidores, sin embargo, es siempre el mismo: el suicidio, la ejecución pública o, en el mejor de los casos: el desprecio. En Inglaterra y en Francia se descuartizaba públicamente a los traidores. Hanged, drawn and quartered se llamó a este suplicio en Inglaterra a partir de 1351. Ya en Roma, en el 258, San Hipólito por su fe católica había sido martirizado de esta manera, tomada, al parecer, del primer imperio persa. La idea no es sólo mostrar un ejemplo público que sirva de escarmiento sino también impedir la resurrección completa del cuerpo del traidor después de su muerte.

La voluntad de los hombres siempre ha sido que el traidor no tenga ni vida ni sosiego, ni siquiera más allá de su muerte, o de sus suplicios en el infierno. Que su condena sea eterna.

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Carlos 05/06/2014 22:56

Efectivamente querido Armando, efectivamente. Buen art'iculo, bueno. Aprender a no traicionar, NO traicionar....pero que bien eso de "confiar por mimetismo..o afecto a quien hemos elegido err'oneamente" que agudeza la tuya!!!! un abrazo.

Roberto 02/06/2014 21:57

Buen ensayo !

aubes 02/06/2014 13:40

oui e n effet cela remue des expériences récentes et fort désagréables....
A bientôt
bises
françoise

Wilfredo 02/06/2014 08:24

Muy buen articulo!

Margo 02/06/2014 07:47

qué bien escrito, Armandito, qué pautado y con esa emocion tan fuerte. es verdad, por haberme sucedido y no hace tanto tiempo sé las interrogantes que vienen con el sujeto..." Para ser crítico consigo mismo, he llegado a pensar que cada uno es culpable de la traición sufrida, debido a nuestra ingenuidad, a nuestro propio error de apreciación, a nuestra carencia de profundidad al analizar el espíritu ajeno, al confiar por mimetismo o afecto en quien hemos elegido erróneamente." QUE VERGUENZA provoca PASAR POR Esa de haber estado liado a tal inmundicia!

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