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15 juin 2014 7 15 /06 /juin /2014 13:39
UN ANIMAL SATISFECHO EN EL ESPEJO

        Me estoy mirando anudarme la corbata. Es tan temprana la mañana que todos duermen sin que se vea aún llegar el amanecer tras la ventana ni ante los ojos abiertos. En uno de esos instantes en el cual la punta afilada (como de lanza) de la corbata tiene dificultad para penetrar el cuadrado de tela que la espera para formar el nudo, me he quedado pensando un momento en Fernando Pessoa.

          Muchas veces me sorprendo pensando en Pessoa. Entonces me pongo a leer El libro del desasosiego. Una y otra vez. Me he comprado la edición española más completa en una librería de Jaén, en Andalucía, la edición de 2013, traducida por un tal Perfecto Cuadrado que, con ese nombre, uno duda si existe o si es otra invención del insigne portugués. El librero al escuchar mi acento, y la respuesta que siempre repito - parafraseando a Borges - como un acto de fe: “Soy cubano”, empezó a hablarme de La Habana.

-Prefiero Lisboa, le respondo con una forzada sonrisa para que pase por broma, y corro a un café a leerme este inquietante diario que Pessoa atribuyera a un supuesto Bernardo Soares.

Ahora, al terminar de anudarme la corbata, en un gesto que disimule mi vergüenza, abro el Libro del desasosiego por la misma página que lo hice aquella mañana en Andalucía. Se trata del pasaje en el cual Pessoa comenta una frase de su heterónimo Caeiro:

Eu Sou do Tamanho do que Vejo

(Soy del tamaño de lo que veo)

Pessoa disfruta en unas líneas del hallazgo de esta pretensión y llega a anotar, exaltado, que esa frase está destinada a reconstruir consteladamente el universo. Contemplar para poseer. Concebir la inmensidad desde la resignada calma de lo que podemos percibir; todo un alivio para la pequeñez humana, o una pretenciosa grandeza del espíritu, conformarnos y a la vez admirar esa posibilidad: E tornam-nos pobres porque a nossa única riqueza é ver. (Y hacernos pobres porque nuestra única riqueza es ver).

Encontrarme esta dichosa frase justo ahora, cuando me he mirado ante el espejo enlazar la corbata, y nada presagia aún las luces del alba más allá del balcón, viene a aumentar las dudas de mis remordimientos, de esta decisión forzada de aparentar el ejercicio de ser un hombre de acción. El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad, escribe Pessoa en el fragmento 303 de su diario sobre el desasosiego. Lo que estorba la acción, precisa, es el pensamiento con sensibilidad.

Ante el espejo y a punto de estar satisfecho de otro amanecer a todas luces banal, me pregunto entonces si pensar en Pessoa sin venir al caso es un remordimiento, una pausa, o una mentira piadosa, por no haber intentado con más insistencia escribir también a mi manera mi insignificante mundo.

En realidad Pessoa siempre me ha provocado un dilema. Sospecho. Mi profesor de Historia del Arte, Juan Ramón González, me regaló un tarde en la Universidad Central de Santa Clara un ejemplar de la Oda Marítima cuando yo preparaba mi tesina sobre la poesía de Luis Rogelio Nogueras, y desde entonces comenzó esta relación inquietante con el portugués.

Pasé tardes en la biblioteca de Santa Clara, frente al Parque Vidal, leyendo una y otra vez a Álvaro de Campos. Otra tarde calurosa de 2002, pero esta vez en Madrid, dejé mis lecturas en la biblioteca nacional, y me fui a Lisboa en guagua para tratar de comprender ciertas conjeturas.

Dudo sin embargo que la afinidad de mi admiración hacia él sea correspondida: cuando pienso en Pessoa admiro una lealtad ajena que creo haber yo mismo traicionado por miedo.

En Pessoa el miedo se convierte en una Estética de la indiferencia (428), en una resignada soledad para mejor ver y escribir, a escondidas. El mayor dominio de sí mismo es la indiferencia. Una indiferencia, aclaro, a sus propios deseos más mundanos, para respetar en sí mismo un espacio que puede ser una aldea o un imperio. Y poder escribir con el equilibrio del mayor sosiego posible: La impaciencia es siempre una grosería. No para mí. Para mí el miedo es la causa de un constante desasosiego por obedecer a reglas que me paralizan ante el espejo.

No creo que la distancia de estos inconvenientes provocados por la cautela, y de los cuales me arrepiento, refuten mi defensa de una afinidad profunda con Pessoa.

Harold Bloom en su célebre The Western Canon consagra parte de un capítulo a descifrar la lectura que hace Pessoa de Whitman. Cita el pasaje de un ensayo de la portuguesa Maria Irene Ramalho de Sousa Santos: Pessoa en vez de fusionar en su consciencia el yo y el Yo Real, desplaza con sus heterónimos actitudes esenciales del ser, se desdobla, se multiplica.

Es posible que ahora, al mirar al espejo y escribir mi encuentro con Pessoa, esté reconociendo mi incapacidad a separarme del mundo, la impericia para trascender la simulación cotidiana. O lo que es lo mismo, la falta de fuerzas para defender lo esencial de una vocación a pesar de coincidir con él en una anticuada voluntad de irreverencia que sólo puede explicar el orgullo.

En su ensayo Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo Octavio Paz, al mencionar el carácter del portugués y su arte de pasar inadvertido en sociedad, habla de desgano, de una modestia parecida al desdén. Como si mirar al mundo para poseerlo y escribirlo fuera un acto suficiente que a la vez completa ese desdén protector: La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida, se puede leer en el fragmento 116 del Libro del desasosiego.

Pessoa aceptó un modesto puesto de traductor de cartas comerciales (era bilingüe por su infancia en Sudáfrica) que le permitiría quedarse varios días a escribir en casa. ¿En qué casa? Al final ni siquiera tenía casa Pessoa. Fue siempre de un lado para otro. Solo. Vivía más bien en casa de los otros, de su abuela y dos tías. A la muerte de su abuela heredó un dinero que perdió enseguida; le dio por comprar una imprenta que no funcionó. Más tarde vivió con su madre, viuda e inválida. En cada casa prestada acomodó a sus caprichos una habitación con un amplio ventanal para mantener la dignidad del tedio.

A cada casa arrastraba un enorme baúl que al final heredó su hermana. En ese baúl se conservaba el espejo oculto de Pessoa: sus manuscritos inéditos.

A Pessoa el miedo le impide adaptarse. Mi destino es la decadencia, escribe. A desdoblarse en dos, tres poetas, para no mirar su propio rostro: El hombre no debe poder ver su propia cara (…) El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres (466). Mirar el firmamento o la luz universal del sol desde el Mirador de San Pedro de Alcántara con el metro setenta de estatura y los sesenta y un kilos de peso en que consisto físicamente, ofrece como consuelo la posesión por el espíritu de algo ajeno e inmenso. Pero eso no basta, es nada más que una constancia, el resto, el desasosiego, tiene que dejarse escrito.

LA TRAGEDIA DEL ESPEJO

Los antiguos apenas si se veían a sí mismos. Hoy nos vemos en todas las posiciones. De ahí nuestro pavor y nuestro hastío de nosotros mismos. Todo hombre necesita, para poder vivir y amar, idealizarse a sí mismo (y, al final, a aquellos a quienes ame). Nos amamos por eso. Desde el momento en que me veo y me comparo a un ideal, no muy elevado, más bien bajo, de belleza humana, desisto de la vida real y del amor.

II

Al atardecer del 16 de agosto del 2002 fui a casa de Pessoa a visitarlo. Estaba cerrada y esperé, sentado en una pequeña plaza no lejos de un Cementerio Inglés, que se despertara de su siesta el guardián del museo. No había nadie en la calle. En el museo tampoco: yo era el único visitante. El guardián y yo, semidormido él, asombrado yo, mirándonos, como dos heterónimos de Fernando que quizás nos vigilara detrás de algún espejo.

De todas formas Lisboa parece siempre desolada y luminosa, como si fuera eternamente domingo y te hablara a ti solo la ciudad al oído y no a los otros despistados transeúntes. He caminado largo rato antes de llegar aquí. Sombras indecisas llama Octavio Paz a la presencia en la ciudad de Álvaro de Campos, Ricardo Reis y del propio Pessoa. Siempre que he vuelto me ha sorprendido esa lenta suma de siluetas que se desplazan dejando enormes espacios vacíos que con una simple mirada el espectador puede abarcar.

        Ya dentro de la casa tampoco había nada en la habitación donde escribía Pessoa: justo un escritorio desnudo en su madera oscura y un par de espejuelos de miope con los que pretendía contemplar al mundo más allá de la muerte. Según su amigo y biógrafo João Gaspar Simões, antes de morir las últimas palabras de Pessoa fueron: Dá-me os óculos (Dame los lentes).

El guardián de la casa de Pessoa, al despedirse, repitió el bostezo con el que me abrió la puerta. Salí. Fue entonces que vi ante mí el nombre de un salón de té: Santa Clara. En ese lugar, justo ante la puerta de la última casa donde viviera el escritor, aparecía ante mis ojos el nombre de la ciudad de mi infancia y mis estudios. Imaginé a Pessoa, con sus gafas de miope, deseando terminar otra página que nadie entonces leería, al tiempo que miraba por la ventana hacia abajo (toda la literatura de Pessoa parece ser escrita mirando desde una ventana) a la acera de enfrente el cartel que dice: Salo du cha Santa Clara. Esperando que fueran las cinco él, el más británico de los lisboetas, para bajar a tomar el té mientras garabateaba hojas para el baúl que abriría su hermana.

Me siento no lejos, en una mesa libre, a mirarlo escribir, o a leer medio siglo después lo que él escribe, en la biblioteca que en ese momento invade con sus anticuados anaqueles el espacio del Salo du cha Santa Clara. Recuerdo entonces, con una taza de té en las manos, que en su biografía sobre Borges, Emir Rodríguez Monegal conjetura sobre un probable encuentro de Borges con Pessoa en el café A Brasileira del barrio de Chiado. El lugar que toma su nombre del café importado de Brasil era el escondite público donde la farándula de la ciudad organizaba las tertulias literarias de la época.

Durante el invierno de 1924, cuando el argentino esperaba con su familia el barco que los llevaría de regreso a Buenos Aires, António Ferro editor de la revista Orpheu, donde publicara Pessoa, pudo haberlos presentado: está probado que Ferro y Borges se conocieron en ese momento y se dieron cita varias veces en A Brasileira.

Salgo a caminar con el sol más apagado, pero sin dejar de ver mi sombra en las aceras empedradas por diminutas rocas calizas. Tan estrechas las aceras que te obligan a cerrarte contra los muros de las iglesias y los edificios cuando se acercan los autos. Si no ves el azur de las aguas no importa, lo sientes al respirar la brisa que viene de allá abajo hasta las calles empinadas y las siete colinas, o en el olor a bacalao o sardina con aceite y ajo que sale de las cocinas. Como si ese testigo a la vez apacible y poderoso viniera aquí a sumarse a la tranquilidad provinciana que me recuerda a veces la ciudad donde estudiara, para completar la ausencia que siempre le reproché a Santa Clara: el mar.

Me siento a leer en el café A Brasileira a la espera, me digo, de uno de esos sortilegios del azar o de la cosmología que tanto fascinaran al esotérico Pessoa. Se cuenta que en una época Pessoa conoció las tesis más delirantes de la teosofía, y hasta vino a conocerlo a Lisboa el inglés Aleister Crowley, uno de los ocultistas más reputados de su tiempo.

El café está decorado con espejos cóncavos en los que puedo verme, como en casa cuando me anudo la corbata. Y veo también venir al camarero –espigado y mestizo, ágil como un bailarín sobre el tablado de un muelle- a preguntarme qué deseo.

Le pido en español un café con leche y un pastel de nata. Como el librero de Jaén el camarero de Lisboa se interesa por mi acento. Me resigno a repetirle sin fervor la misma frase: “Soy Cubano”.

-¿Cubano? ¡Qué sorpresa! Mi padre estuvo en la guerra de Angola…y me ha dicho siempre que los cubanos tienen fama de ser muy aguerridos soldados.

Termino de anudarme la corbata. He perdido, supongo, mucho tiempo ante el espejo, pero la ciudad parece aún sin despertar. Preparo los libros que utilizaré en mis clases de hoy en la universidad. Y me dispongo a salir cuando escucho, de tres golpes secos, que alguien llama a la puerta.

Lisboa-París, Primavera del 2014

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

unidad del sueño 28/02/2017 12:46

Me ha gustado mucho el post que has subido a la web, es una forma original y distinta de escribir que me ha mantenido en vilo, me encanta!

Margarita 17/06/2014 10:01

un placer leerlo,Armandito, gracias inmensas! a ti y a los cuatro o cinco Pessoas.

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