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20 juillet 2014 7 20 /07 /juillet /2014 11:00
VIDAS AJENAS QUE PUDIERON SER LA MIA (II)

UNA PAREJA FELIZ

     Me he ido a correr a la pista del Campo de Sport de Santa Clara y de vuelta me pongo a conversar con un señor a quien un amigo le ha dicho que vengo de Francia. Me pregunta así, sin tener la certeza de ser yo: “Usted es el señor que vive en París, ¿no?”

     Se llama Félix, es un negro alto y aparentemente fornido, aunque ya muestra las canas de una edad avanzada. Trabaja de sereno en una de esas empresas oxidadas de transporte de camiones soviéticos que parecen haber permanecido dormidas e inmóviles desde la época de mi infancia. Me evoca las imágenes para él inalcanzables, Félix, de un programa que ha visto en la televisión: la torre Eiffel, los Campos Elíseos, los puentes y jardines del castillo de Versalles. Más que a través de su voz es en sus ojos donde creo distinguir la sencilla añoranza que busca la aprobación de alguien que tiene, según él, la suerte de poder tocar a diario esos paisajes.

      Algo le digo para complacerle de lo que supone inalcanzable y maravilloso a la vez, es decir, le hablo de París. Como creo no volverlo a ver, no insisto, como hago de costumbre, sobre los rigores de la vida en una ciudad excesivamente cara e inundada de gente estresada y desagradable. Lo dejo allí, soñando con el testimonio de un parisino, que al ser de Santa Clara, pudo haber sido él. De todas formas no nos volveremos a ver.

     Pero me equivoco y lo veo otro día y otro. Bajo ese sol implacable del mediodía, viene tirando de una carretilla repleta de trastos. Lleva una camiseta sudada y un sombrero Félix, pero me reconoce a pesar de la luz que a mí me encandila y me hace entrecerrar los ojos. “Es que no me alcanza el dinero de mi salario de sereno de la base de camiones, y me escapo a veces a hacer otros trabajos”, me explica.

    La tercera vez es la definitiva. Félix está en medio de una temprana penumbra balanceándose en un sillón junto a su esposa en la acera, esperando que vuelva la electricidad en la ciudad a oscuras. Casi tropezamos G. y yo, de paseantes, con Félix que me reconoce, me presenta a su esposa y se queda atónito, supongo que por la presencia inesperada de G. a mi lado: “Es la jeba francesa”, le aclaro, "ha llegado ayer de París". Y se apresuran a buscarnos dos sillas del interior de la casa para que nos quedemos a conversar.

     Ellos, por supuesto, quieren oír hablar del mundo. Sobre todo ahora que descubren el español impecable de G., y tienen delante un ejemplar original y no la copia de francés apócrifo que soy yo a sus ojos. Yo, y sospecho que G. también, quiero que me hablen de ellos, de ese arte para mí ahora indescifrable de la sobrevida en la isla.

    Como signo de buen gusto la conversación y las frases alternan sus sujetos: preguntas y respuestas saltan de un lado a otro. 

     Mi asombro y el asombro de G. al escuchar detalles de sus vidas, no están a la altura de las sorpresas de la pareja. No por lo la ilusión del imaginario mundo tocado con sus manos, sino por lo contrario. A G. le ha dado por contarles, así como si nada, nuestros trajines cotidianos en París: las horas de trabajo, el correcorre, y la suma de facturas por la casa y los impuestos.

     A medida que avanza la narración va cambiando el semblante de Elena que se inclina, se inclina hacia delante, incrédula y curiosa, se abalanza con su sillón para acercarse a G. como si estando tan cerca de su cara pudiera penetrar en ese mundo inexplicable de estrés y tensiones:

   -Yo no sabía que eso era así -se le escapa-, qué cosa más grande ésa, aquí no es igual, la verdad…

   Tiene razón Elena: ella ha estado a salvo de nuestras agonías, pero no haberlas conocido (ella no lo sospechará nunca) le ha impedido también la libertad de intentar cambiar su vida, o de fracasar.

     Elena trabaja de secretaria en una empresa que al instante mi crueldad crítica supone anticuada, con la cadencia del bordoneo de  las máquinas de escribir, el polvo acumulado en fotos desteñidas de héroes de la patria, y las mímicas repetitivas de empleados de una película de Jerry Lewis.

   Nos cuenta Elena que cada mediodía vuelve a casa para almorzar – ya no hay comedores obreros, aclara – y que termina de trabajar a eso de las cuatro de la tarde. Por la noche ven los dos algún programa de televisión ­– si hay electricidad, pienso yo – y los fines de semana hasta pueden que nos lleven a la playa.

    No comprendo eso de los viajes a la playa, y Félix y Elena me lo aclaran: “Si chico, la empresa mía, como es de transporte, a veces organiza viajes los domingos a la playa para los trabajadores. Mira, la semana que viene vamos a Rancho Luna”.

    Están vestidos los dos como muchas personas modestas en Cuba. Con ropa limpia pero a la vez inventada, hecha con algún retazo prehistórico de tela, retocada aquí, zurcida allá, pero pulcra. Ese es uno de los misterios de la pobreza cubana: su limpieza, casi su buen olor. Y sonríen Elena  y Félix, dejan ver a la luz de la luna quizás la única blancura que poseen a la luz natural que los ilumina: la de sus dientes.

     Detrás de los dos se ven las maderas usadas de su casa. Pequeña y de tan inclinada a punto de caer, de lado, la casa. Tienen hijos, nos dicen, para ya se han ido a hacer sus vidas. Con lo poco que me han dicho ellos y lo que sé de Cuba, imagino sus vidas desde la infancia que no debió estar lejos de la mía, y la vida de ahora. Gracias al resplandor de las luces de algún carro que pasa, lo veo mejor, me los imagino como en ese cuadro intrigante (Pilluelos) de Juana Borrero.

     En las vidas de Félix y Elena no han existido los más mínimos proyectos personales, me digo. Es la condena indirecta de ver pasar los años dictados por una Historia ajena. Parecen felices porque no han conocido otras latitudes ni les han dejado elegir. Porque hasta les han negado las zozobras simples de tratar de ser libres: tener que trabajar para pagar una casa, pero también para no tener que aceptar ir con un pelotón de colegas a la playa cuando lo decida una empresa. ¿Qué hubiera sido de ellos, me pregunto, si hubieran nacido en Estocolmo, en Tegucigalpa o en Sídney?

     Días después, al pasar G. y yo en un confortable autobús refrigerado que nos lleva a los cayos de la costa norte, vemos a Elena abriendo la puerta de su casa y suponemos que son las doce del mediodía. Antes de irme y por no tener tiempo, les envié a su casa  a Félix y  a Elena lo que me quedaba de esos regalos compasivos que uno lleva consigo cuando va de viaje a otro mundo: un llavero con la torre Eiffel, algún paquete de cuchillas de afeitar desechables, creo.

     Tiempo después de mi regreso llamé a mi madre. Le pedí que, por favor, le llevara a Elena y a Félix algo del dinero que le había enviado a ella. Fue entonces cuando tuve la noticia: Félix ha tenido un accidente cerebral, está en una silla de ruedas y nunca más volverá a caminar ni a hablar.

     “Elena cuando vino a buscar el dinero - me cuenta ahora mi madre al teléfono- , me pidió que le diera las gracias por la ayuda, a mi hijo, el muchacho de Francia”.

Foto: Vivian Maier

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Jose R. CANCIO-RODRIGUEZ 23/07/2014 10:41

Ahora estoy de vacaciones, en el mes de Agosto, comenzare a preparar mi ultimo examen de la extensa Licenciatura en Medicina y Cirugía, Medicina Preventiva y Salud Publica, será el 3 de Setiembre, entonces leo con detenimiento tu magnifica crónica, no puedo esconder "mi piel carne de gallina"

Luis 20/07/2014 14:48

What a touching, strong, sad, happy, and beautiful story Sr. Zamora. Your blog brought into my home and heart the realities of Cuba. God bless you and yours.

Luis 20/07/2014 14:47

What a touching, strong, sad, happy, and beautiful story Sr. Zamora. Your blog brought into my home and heart the realities of Cuba. God bless you and yours.

Grey 20/07/2014 13:59

Genial. Preciosa crónica. Gracias x compartirla.

Héctor 20/07/2014 12:42

¡Me encanta, Armando! Esta frase es para enmarcar: "ella ha estado a salvo de nuestras agonías, pero no haberlas conocido (ella no lo sospechará nunca) le ha impedido también la libertad de intentar cambiar su vida, o de fracasar."

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