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17 août 2014 7 17 /08 /août /2014 22:42
EL IMPERIO DEL RUIDO

        Es sabido que en la novela The Sound and the Fury de Faulkner se retoma un verso del Macbeth de Shakespeare para estructurar el relato principal: la vida es un cuento relatado por un idiota lleno de ruido y furia sin significado alguno. La idiotez se relaciona con el ruido y con el descontrol del espíritu, con la falta de mesura, con el exceso, y como resultado, con la falta de sentido que esto produce. Una interpretación posible asocia el ruido y la ira con la inocencia o con la ingenuidad; quien hace bulla y se encoleriza fácilmente no es capaz ni de pecar ni de poner en peligro el orden de las cosas ni sus significados.

La mejor prueba de que no estamos solos suele ser ruidosa porque la soledad sin una cierta calma silenciosa puede ser inconcebible. Cuestión de gusto y de carácter, supongo. Pero no creo que se pueda justificar con consistencia una prolongada dosis de ruido no elegido. Hay una distancia entre el sonido y el ruido, y esa distancia depende de la elección de cada individuo. Elegir el ruido como compañía permanente, imagino, es el acto de una vocación colectiva, la búsqueda de una forzada compañía, o el gesto de marcar por el bullicio una presencia y un territorio disputado. La estridencia de este acto marca de violencia una manera de comunicación con el otro que comparte o acepta, se somete o desaparece.

Elegir el silencio durante una buena parte del día es un beneficioso ejercicio espiritual quizás heredado de una tradición intelectual mística que en el imaginario español tiene su emblema más clásico en San Juan de la Cruz: el silencio permite al alma alcanzar tres virtudes; la esperanza, la fe y la caridad.

Pensar en Cuba o tratar de escribirla ahora con un mínimo de suspicacia, puede perturbar al testigo por la algarabía que rodea su misión si no toma distancia y comprende que, precisamente esa trifulca del ambiente, tiene que formar parte de su observación: Cuba sin el ruido no existe. Cuba es un sonido, pero también es un ruido.

El agobio constante del bullicio, de la palabra gritada, de la gestualidad histriónica, de la repetición en fin de constantes mensajes sin sentidos que con intención o por ignorancia saltan de los altoparlantes, las calles o los balcones hasta los oídos, van formando parte del paisaje cubano como el sol. Esa confusión que al principio el visitante puede considerar parte de una jovialidad excitante, se convierte enseguida en un martilleo sin receso que te impide quedarte solo hasta contigo mismo.

Uno está tentado a evocar el enfado del matemático Charles Babbage contra el ruido de los músicos callejeros de Londres que lo llevó a proponer un decreto que condenara la bulla. Lo cierto es que si Babbage fracasó en su intento de crear el primer modelo de ordenador en 1834 tampoco tuvo éxito en enfrentarse al ruido: los músicos londinenses casi lo enloquecen al decidir venir a tocar todas las noches bajo la ventana de su casa. Moraleja: nada se puede contra quienes prefieren el ruido. Peor aún. Es irreconciliable la frontera entre ambos excesos. Silencio y ruido con aceite y vinagre, ambos no pueden escucharse.

Debo constatar que si antes me parecía nunca poder estar solo en Cuba por la presencia constante de chivatos y de ojos de mirones en los más insólitos lugares y circunstancias, durante mi viaje a la isla una bulla unánime se me ha pegado a los oídos como el zumbido de un mosquito insomne. Al igual que la vigilia, esta manera de querer llenar un vacío o una soledad, este reparto impuesto de la cadencia del bullicio que perturba cualquier momento de comunión con la lectura o la tranquilidad, va a acompañar fielmente al visitante.

         A todas partes y a toda la hora, la isla parece sumergida en las aguas ruidosas de los gritos, el ritmo repetitivo de la música de reguetón, los cláxones de los automóviles envueltos en capas negruzcas de humo, el timbre de las bicicletas, los diálogos y riñas de alguna telenovela, o, durante este mes de agosto de 2012, bajo la algarabía de las gradas de repletos estadios londinenses que la televisión reproduce si se trata de un deporte donde algún cubano gana una medalla olímpica.

        Sin embargo, al escribir sobre el ruido insular, me encuentro con una idea del escritor francés Le Clézio: la literatura no es cuestión de ideas, sino de ruido, un ruido del lenguaje que puede retumbar, escribir es escuchar el ruido del mundo.

      Esta idea hasta cierto punto desacredita mi diatriba contra el ruido, o subvierte su intención: ¿cómo escribir contra las perturbaciones acústicas y por el respeto del silencio, si el acto mismo de hacerlo con palabras infiere una irrupción sonora? Si a esto añadimos que el ruido parece formar parte de la idiosincrasia nacional cubana, puedo llegar a dudar de la justeza de mi crítica al bullicio de mis compatriotas.

     Quizás simplemente escriba estas páginas para explicarme mi propio desconcierto más que para describir o juzgar el agobio producido por mi rencuentro con mi ensordecedora patria.

II

        Estoy tratando de dormir una siesta. A medida que pasan los días tratar de huir de la fatiga del calor y del ruido se ha convertido para G. y para mí en el objetivo defensivo de este viaje. Y a veces hasta lo conseguimos pasando tardes echados en la cama con tapones en las orejas.

Pero esta tarde se oyen los gritos del pregón de un vendedor ambulante de yogurt casero:

          -Yogul, Yogul, llevo yogullllllllllllllllllllllll !!!!

    Supongo que es la gritería quien me despierta. Pero aún aturdido mi reacción es inmediata: me tiro de la cama y salgo disparado en persecución del vendedor. Hace una semana que busco sin éxito un yogurt y la alegría por esta aparición vespertina hace olvidar la molestia de la siesta interrumpida.

      Me veo corriendo, en short y descalzo, con un billete en la mano, y me doy cuenta que los dieciséis años de exilio parecen haber pasado en vano. Un instinto ancestral ha vuelto para recordarme que en alguna estación de mi pasado corrí en busca de comida, que mi cuerpo sabe de esas batallas alienantes por llegar antes que otros hambrientos al vendedor de lo que sea.

     Esta es la única vez durante mi viaje que un alboroto me procuraba una real satisfacción. Puedo asegurarlo ahora cuando rememoro el deleite que me procuró saborear un vaso de yogurt tras varios días de forzada abstinencia láctica.

III

      Supongo que conseguir hacer de él todo un arte, necesita un talento innato para el ruido, sin contar cierta voluntad probada a lo largo del tiempo; una extrovertida insistencia del espíritu que en realidad quiere ser visto más que oído: a latazo limpio, a trompetazo, a nalgada, a desatino y bronca sin horarios ni contenciones. No creo que se haya logrado llegar a ese punto de irrupción sonora en la vida de los otros sin cierto placer por un alboroto que te resalta y te distingue de los demás.

      Basta con caminar, hablar, o compartir el mismo espacio con mis compatriotas para comprobar esa vocación. Si usted camina por el centro de una ciudad cubana la bulla le persigue por enérgicos altavoces que, entre música y discurso (nunca comercial, sino político disfrazado de patriótico) le impone algún que otro estribillo de salsa o reguetón.

       Los cubanos al hacer ruido ejercen hasta el infinito eso que el alemán Konrand Lorenz, refiriéndose a varias especies, llamara la espontaneidad de la agresión. Es tan natural la embriaguez colectiva en medio del bullicio que el más mero reclamo de paz o de condena es considerado una sobrenatural traición a tu identidad: no es posible, al parecer, que habiendo nacido en la misma isla que los chillones uno reclame el derecho a la paz sonora:

-No te hagas el fino m’hijito…, fue la respuesta a mi protesta durante mucho tiempo.

       Hay un momento, es verdad, en que parece desmentirse mi argumentación sobre la totalidad del ruido. Me refiero a un fragmento de la tarde. A ese momento alrededor de las 2 y media y que puede durar hasta las 4 en que la isla parece detenida en una suma de lentos cabezazos y ronquidos. El aplastante calor lo justifica. La caída en vertical del sol ordena la pausa. No se escucha ni el paso de las moscas bajo el aletear de los ventiladores. Los choferes y carretoneros paran sus vehículos y cambian el timón y los látigos por pencas y abanicos que no paran de girar. El hielo se derrite de prisa. Los animales (perros, gatos, vacas y caballos) beben o se tiran bajo la sombra de los portales y las palmas. Es la hora de la siesta, la hora en la que hasta los dioses más fieles o traviesos parecen a su vez buscar en la modorra un poco de sosiego.

      Pero no conservo en mi memoria ninguna referencia a la actividad progresiva y frenética que sigue al tórrido letargo de la siesta, a esa hora de la cual, según José Lezama Lima, se sale con los sentidos iluminados como de una resurrección. Porque si nada parece igualar al estruendo del final de las mañanas cubanas, el anochecer parece superarlo tal vez por el brío recuperado en la siesta, como si en un juego secreto se apostara a escondidas para ver a qué horas se ejerce mejor el espectacular arte nacional de hacer ruido.

Es cierto, no es una invención, si con algo marcamos al mundo (sin contar con el humo de los habanos) es con la música. Y hace tiempo yo me pregunto por qué ese alboroto de trombones y güiros servido con una suma interminable de coros que gritan hasta donde puedan soportar cada amígdala estribillos de una extrema simplicidad, en el mejor de los casos, o de una vulgaridad chocante para quien se detenga a hacer la traducción sexual de los mismos; nunca me ha parecido a la altura de otra música cubana que podemos llamar clásica. Alguna frontera discutible debe dividir, me digo, a la música del ruido. Si algunas diferencias pueden nombrarse entre la mayor parte de la música escuchada en Cuba en el último medio siglo, y otra a la vez popular y clásica, son sin dudas la calidad de las letras y las dosis y el revuelo de la bulla.

Algo que me convence de la autenticidad de este arte de hacer ruido, es la gestualidad que lo acompaña: no hay bulla criolla sin movimiento. Los gestos voluntarios y generalizados van y vienen de par con el alboroto. Un grito en Cuba no hace acto de aparición sin su correspondiente estridencia corporal. Esta participación del manoteo en plena turbulencia chillona está tan presente en nuestras vidas que sólo vemos su vulgaridad cuando nos situamos lejos de esos disturbios cotidianos.

Esa sincronía aparatosa entre ruido y aspaviento denuncia una complicidad del lenguaje y los sentidos del cuerpo de los escandalosos, como si el ruido fuera una natural onomatopeya, la regla y no la excepción de la comunicación en la sociabilidad cubana contemporánea. El más discreto cuerpo cubano parece ya listo a reaccionar con regocijo o resignada obediencia al ruido. He aquí uno de los misterios de la indumentaria acústica actual de lo cubano: ¿el ruido es voluntario o impuesto, intencional o espontáneo?

Con el tiempo he llegado a creer que en Cuba el ruido y su producción sostenida sin consenso, forman parte de una estrategia del poder para dispersar el interés por las cuestiones esenciales. A falta de pan, circo. De todas maneras es mucho más fácil propagar el circo que ser eficaces productores de pan. Disgregar en el programado alboroto colectivo las individualidades, castra a las personas el tiempo y el espacio para reflexionar o exponer un descontento.

El silencio y la soledad son siempre sospechosos en una sociedad totalitaria, porque son sinónimos de una libertad que escapa al inventario riguroso de los individuos. Aprovechar esa tendencia natural a la dispersión extrovertida por el baile y otras manifestaciones del bullicio (celebración de efemérides patrias, distribuir camiones de ron a granel, organizar precarios carnavales, obligar a asistir a desfiles donde se prometen al final auténticos aquelarres, etc), facilita el monopolio de la intimidad, y separa y estigmatiza a quien prefiera la introspección, la duda o la disidencia.

IV

Irme con G. a la piscina del hotel Los Caneyes en las afueras de Santa Clara nos pareció la mejor de algunas de las ideas para escapar unas horas a nuestros dos comunes enemigos: el calor y el ruido. Basta pasar la entrada una vez haber pagado la correspondiente cuota que te obliga a consumir un pedazo de pollo con papas fritas, cuando nos recibe un coro ensordecedor que las bocinas del bar propaga, una música estridente que mi incultura no puede clasificar. Alrededor del serpentino trazado de la piscina se pueden ver a grupos de personas en bañadores, todas con un vaso plástico con algún alcohol en las manos, saltando, ejercitando pasillos de un baile, a la vez que canturrean a toda voz el estribillo de una canción que deben conocer de memoria porque yo apenas puedo adivinar algunas palabras sin llegar a completar una sola frase.

Encontramos abrigo G. y yo para el sol bajo unos acogedores parasoles, pero no podemos, como es de suponer, escondernos del ruido que, una vez más, es recibido con euforia por una multitud de compatriotas que uno no sabe cómo hacen para pagar una entrada que corresponde al salario de un mes de un cubano.

Las decenas de bañistas parecen ponerse de acuerdo y en una sorprendente coreografía dan efusivos manotazos (con la mano libre que no sostiene el vaso de ron) sobre todo lo que esté a su alcance, en un concurso de bulla cuyo objetivo es ser más ruidoso que su exaltado prójimo y que llega a su paroxismo cuando se repite, una, dos, tres, cuatro, innumerables veces el mismo estribillo para mí incomprensible que sale de los altavoces.

En un abrir y cerrar de ojos desaparece G. Ha salido corriendo: “La yuma (me dice gritando un muchacho de vientre prominente, cadena de oro al cuello y bermudas anchas y de colorines) se fue pa’allá pa’ la salida”, vocifera. Me encuentro a G. refugiada en el hall del hotel, la única de las cabañas, imitación todas de bohío de indígenas, con un aire acondicionado que la aérea y protege del ruido ambiente.

Como no quiero perder mi dinero y acabamos de llegar, no me queda más remedio que volver a la piscina a ver si convenzo al disc-jockey de moderar la música. Atravieso el bar y allí está, entusiasmado por su visible éxito entre los bañistas, sonriente y bailando hasta el delirio al son de otro desatinado estribillo que tampoco adivino.

Me ve acercármele lo más posible y le pido, como puedo; gritando sus oídos y con gestos que, por favor, que si puede bajar un poco el volumen el audio. Supongo, claro, que no puede discernir lo que le digo, porque se vira hacia una chica que no he visto y que baila sola más cerca del equipo de audio y le grita:

          -Mamita, por fa, métele hasta el fondo que el socito quiere la música alta pa’vacilar con la yuma...

V

Supongo que debe ser excesiva, en medio de tanto ruidoso malentendido, mi pasión por el silencio. Dejando de lado el para mí imposible misticismo de San Juan de la Cruz creo exagerar mi preferencia por eso que George Steiner nombra el silencio de los libros. Si escribir es un acto ruidoso, la paz de la lectura es un pacto silencioso. Pretendo ir más lejos; cuando digo silencio hablo de la propiedad individual de lo más íntimo, del derecho a poder dejar pasar las multitudes.

Reconozco que algo injusto tiene que haber en mi manera de escribir sobre lo que considero un arte desatinado. No puede ser, me digo, que una mayoría tan propagada de mis compatriotas no tenga derecho a revindicar con loables razones su sincera pasión por el ruido, su capacidad de parecer odiar al silencio y al mismo tiempo combatirlo con maniático frenesí.

Ahora cuando quiero relatar lo vivido durante seis semanas de vista en Cuba no puedo, como bien aconseja Le Clézio, pasar por alto al ruido. Escribir es tal vez mi única manera de integrarme a esa sinfonía para mí desagradable, aun cuando siga pensando que algo torpe, repetitivo y manipulador se esconde detrás de la propagación intencional del ruido, que algo trascendente para el espíritu se le escapa a ese permanente arte de la bullería del cual sólo he podido estar a salvo yéndome de Cuba o escribiendo ahora mi regreso.

Ilust: La Llegada de Asbel Gómez Dumpierre

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Maikel Mendez 15/10/2014 07:37

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Milady 21/08/2014 20:23

Muy bueno, una vez alguien me dijo que yo no parecia cubana, le pregunte porque' y me contesto' .... es que tu hablas tan bajito.

Angel 21/08/2014 20:05

Muy bueno; los escritores hacemos falsos ruidos para no sentirnos solos....

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