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9 août 2014 6 09 /08 /août /2014 18:58
LA SIESTA DE LOS DIOSES

I

         Salgo a caminar a medianoche mientras mi madre duerme. Permanezco antes un rato bajo el agua de la ducha. Salgo desnudo del baño y me paro en el portal que da al jardín para respirar el aroma de las albahacas. Me visto y me pongo unas sandalias, me agrada rencontrar esta ligereza de ropas después de un fastidioso inverno parisino.

       Espero que los vecinos también se acuesten con las luces apagadas, que el sopor del día obligue al reposo y a escuchar el cantar de los grillos entre las plantas de jardines silvestres, o de las ramas de los árboles iluminados por el cielo. Cada paso es doble, el de una sombra a tu lado y el tuyo entrando en la noche.

       En París cuando pensaba en Cuba me veía caminando por sus noches. Al lado más bucólico de mi memoria le hubiera gustado verme en las playas, corriendo por la arena, entrando al agua cálida del atardecer. Pero no. Tratándose de Cuba, en el principio de cada una de mis evocaciones, aparece la patria de la noche.

Como en un desfile resplandecen en la espesura de la obscuridad los rostros y los cuerpos de otros que imagino buscan sin saberlo la misma explicación que yo por los sentidos. Al igual que en mis visiones de exilio no deambulo a solas tampoco esta noche. Pasan por la calle siluetas que caminan cabizbajas, miran al horizonte o a un firmamento desconocido. Vagabundean en zigzags estos fantasmas desalentados que van, vienen, o simplemente giran aprovechando el momento de paz del frescor nocturno. Hombres, a veces mujeres; todos sombras. Quizás, me digo, son algunos de los que se han ido a otros mundos cuando yo estaba en Francia y me salen al paso a saludarme.

       Trato de remediar así, caminando en la noche, esta especie de malentendido que tengo con la isla: como una piel o un soplido no puedo remediarme a abandonarla, como un enemigo no acepto sus dones ni me apiado de sus calamidades. A veces llego a condenar el destino del nacer que nos une a los dos hasta en mis más públicas identidades: “Soy cubano”, esa respuesta incesante que provoca preguntas y respuestas que uno aprende a anticipar con malestar y resignación.

En La Habana me dejo ir por la avenida de Rancho Boyeros hacia la calle 23. Antes atravieso, por un costado, la Plaza de la Revolución. Centinelas furtivos me salen al paso detrás de las columnas de edificios públicos. Imagino la disciplinada soledad de esos militares nocturnos que por sus edades supongo quisieran estar en otra parte a esas horas.

La Biblioteca Nacional está cerrada al público. Aunque lo sé no puedo dejar de venir una y otra vez hasta sus puertas. Una madrugada me acerco a la entrada y me pongo a conversar con el guardián. No sé por qué recuerdo a Reinaldo Arenas. No sé por qué me imagino que ese guardián es el propio Reinaldo Arenas, ahora portero rencarnado en el lugar donde tanto leyera y escribiera. Un intento de hablar con nuestros muertos preferidos.

Y hasta me da por pensar en la permanencia de los lugares y los objetos más allá de la muerte de los hombres: por aquí caminó un día un tal, en este cenicero, dejaba las cenizas de su tabaco, un más cual…No sabremos explicar la razón por la que nos vamos o morimos, pero los sitios y los objetos permanecen intactos o en ruinas, como si para bien o para mal no pudieran irse.

En Cienfuegos me deslizo por el Prado hasta el Malecón. Llego al final. Entro, incluso, en La Casa Verde, cuyos jardines son ahora un centro nocturno. Recorro las habitaciones, toco las teselas de los mosaicos de sus paredes para contarle al regreso a Darío, me voy hasta el fondo donde permanece intacta la piscina natural junto a la cual atracaban los yates. Le digo a un barman que conozco al dueño del lugar: “Darío vive en París”, le aclaro, y él me mira igual que se mira a un demente.

Pero esta madrugada camino por Santa Clara y mi madre está durmiendo como si yo no hubiera nacido todavía.

II

La farola que ilumina la aureola del diminuto mausoleo deja ver también la silueta de una mujer apoyada a la baranda de El Puente de la Cruz. Casi sin darme cuenta, dejándome llevar por la memoria de mi cuerpo adolescente, he seguido el camino que termina frente a la entrada del antiguo Hospital Psiquiátrico. He doblado a la derecha por la carretera de Camajuaní, con rumbo al centro de la ciudad, y pasando delante del monumento al tren blindado que rememora la presencia de tres días del Che Guevara en la ciudad, veo, en el otro extremo de El puente de la Cruz, justo a un lado de la escultura de la cruz que le da nombre, a una mujer que mira hacia el río con un vestido al parecer dorado.

(El probable hechizo romántico de la escena pierde todo su esplendor, aclaro, cuando se sabe del estado nauseabundo de las aguas de ese río Cubanicay: hay que ser irresponsable o no tener olfato para acercarse con candor, inspiración o fe, a esas aguas podridas por los residuos albañales).

Ella también me ve, supongo, porque se separa de la baranda, más por mi presencia que por el hedor del agua, y mira hacia esa parte espesa de la noche de donde yo voy saliendo, y desde la cual las farolas que no están rotas interrumpen por momentos la penumbra desde sus columnas estriadas. La acera es estrecha y ella está parada al lado de la farola que ilumina la cruz de piedra, en el sitio donde comienza el semicírculo de balaustres que protege el pedestal de la escultura. Es evidente que pasaré a unos centímetros de ella, por lo que deja de inclinarse sobre la baranda, gira, y se para de frente a mí, casi cortándome el paso.

           - Todo el mundo me dice Ary…pero a mi mamá se le ocurrió llamarme Aretusa.

Creo que antes de esto le dije Buenas Noches, ella respondió, y le pedí disculpas por casi rozar su cuerpo antes de seguir mi camino. Me pidió fuego, y yo que únicamente fumo tabaco en París para complacer al estereotipo que tienen los franceses de un cubano, llevaba conmigo una fosforera con la efigie grabada de la torre Eiffel que ella puede distinguir bajo la luz de la farola.

Parece que le caigo bien a Aretusa, o que al menos no le causo el temor lógico que inspiran las circunstancias, porque con esa candidez que apresura los preámbulos, me cuenta porque está en esos parajes tan tarde en la noche. Su padre quiere que se case con un viejo español que cada vez que viene a Cuba cargado de regalos se dedica a cortejarla. Ha venido a estas horas a tirarle un tributo a Ochún, la Virgen de la Caridad, la diosa de los ríos, dice casi apenada. Trato de ponerla cómoda recordándole que yo soy cubano, y hasta le cito una anécdota que en ese instante me viene a la mente:

- Una madrugada en París me fui a acompañar a una amiga a tirar una brujería al Sena, justo detrás de la catedral de Notre Dame.

(Por un momento la siento ausente. Deja de hablar y supongo que trata de situarse en ese más allá desconocido que en este instante se llama París. Ni por su cabeza le puede pasar a esta Aretusa de Santa Clara, por citar un ejemplo, que sólo un loco o un despistado se le ocurriría sumergirse en las aguas del Sena tan oscuras como las del Cubanicay).

La situación es para mí inconcebible. Nunca hubiera imaginado que alguien por las geografías de mi infancia convocaría un día a los dioses para quedarse en la isla. Aprendí con mi tía Mercedes y con mi madre que los dioses de Cuba viven en el monte, en el mar y en los ríos, y que es allí donde uno acude a ofrendar, rezar y pedir, pero aun así no salgo de mi asombro. Es ella ahora quien trata de calmar mi desconcierto: “No sé si quisiera vivir aquí toda la vida, pero de lo que si estoy segura es de que no quiero irme a vivir con alguien que no me gusta”.

Aretusa fue bailarina y ahora es profesora en la escuela que, a unos metros de donde hablamos, ocupa el magnífico edificio restaurado que antes fuera el Hospital Psiquiátrico. Me dice que sabe de lo que habla pues una vez estuvo enamorada de un pintor que se fue a México y del cual no ha tenido nunca más noticias. No saber de su pintor errante le impide fingir para salir del país con el viejo, pienso yo, y más tarde tratar de unirse con el otro en alguna parte del mundo.

Lleva meses pidiéndole a cuanto dios exista en el panteón nacional, pero no ha podido quitarse de arriba ni a su padre ni al español. “Los dioses también mueren porque están hechos a semejanza de los hombres”, se me ocurre decirle a Aretusa recordando un pasaje de La rama dorada de Frazer, y me provoca un sobresalto mi incómodo racionalismo. “Sí, pero los de aquí parecen que se fueron o están dormidos, yo nunca he tenido la más mínima señal de sus existencias, ni para encontrar a mi pintor, ni para poder huir ahora”.

En la leve cortina de luz amarillenta (mezcla del humo del cigarro y de la luz del farol cortada por la sombra de la cruz de piedra) que caía sobre los hombros de Aretusa, pude percibir la lluvia. Comenzaba a llover como suele hacerlo de noche y en el verano tropical: de un golpe y con fuertes goterones. Sin tener lugar donde guarecernos, se apresuró la despedida. Anotamos, creo, en un papel las direcciones y los números de teléfono. Tomamos, en fin, rumbos diferentes al partir.

Debo haber errado mucho por la ciudad porque, si bien las imágenes de los lugares que recorrí antes de caer en el charco inundado de agua donde casi me ahogo, son confusas, lo cierto es que cierta luz comenzaba a descender del cielo al acercarme al barrio de la casa de mi madre.

Sentía al deambular por la ciudad, ahora completamente vacía de transeúntes, voces que no se distinguían bajo el sonido de las ráfagas de agua. Coros de voces y, a la vez, de vez en cuando, una voz más grave que las otras que me advertía algo, que me ordenaba o se enaltecía mientras más caminaba sin rumbo dentro de la noche, como si yo estuviera obligado a cumplir con el regalo de una promesa.

Trataba de encontrar una explicación, sacudido por las trombas de agua, no sólo al encuentro y a mi conversación con Aretusa, sino también a su gesto de dejar en manos de dioses criollos la solución a sus problemas. Yo, que había crecido, entre humos, yerbas y ofrendas a esos mismos dioses, me limité con el tiempo a dejar en un escondido rincón de mi apartamento en París, muestras de palos mágicos y dos muñecas mestizas a las que a veces ponía flores. Quizás con la distancia y el tiempo de mi exilio, al igual que Aretusa, había comenzado a dudar de las virtudes de ciertos hechizos ante esa especie de muralla transparente que inmoviliza a la isla y la separa desde hace más de medio siglo del resto del mundo.

III

Al caer en el hueco traté de chapolear y alcancé a dar dos o tres brazadas hasta llegar a la barrera de fango que formaba una rústica orilla. Haciendo gárgaras de agua lodosa, en un arrebato de orgullo inexplicable en medio de tanta zozobra, hasta alabé mis virtudes de nadador.

Al salir, con la impresión de estar despierto, vi alrededor mío que el aguacero había inundado las calles, las aceras, los jardines y los portales. Seguía sin verse un alma en los alrededores. Y a pesar de la niebla de agua, reconocí el lugar al escuchar el sonido de la bocina de un tren. Estaba por suerte a un lado de la línea de un crucero no lejos del Hospital Psiquiátrico. En alguna de las tantas construcciones interrumpidas por aquellos arrabales, supongo, se habían olvidado de cubrir ese atascadero inundado no lejos de la acera.

  Llego al fin a casa y veo una luz encendida y la sombra de mi madre sentada en la cama rezando con un rosario en una mano y un tabaco en la otra:

-En esta isla los santos siempre están durmiendo, me dice al verme, hay que sacudirlos para que se despierten.

Le respondo que he ido a dar una vuelta y me ha sorprendido una tempestad, cuando se percata que tengo la ropa empapada. Veo la bocanada de humo subir hasta el techo antes de escapar por alguna rendija de la ventana hacia el jardín donde supongo se mezcle con la fragancia persistente de las albahacas.

        Un olor a agua a colonia parece humedecer el espesor azuloso del humo en su cuarto. Preparo un café en la cocina. Me doy cuenta que no he dormido en toda la noche, y que el rezo balbuceante desde la cama con un tabaco en la boca, sólo se detendrá con la próxima llegada del amanecer.

      Es entonces que busco en los bolsillos de mi short la fosforera para encender el tabaco apagado de mi madre: “Ya ni esto sirve en este país”, balbucea con evidente fastidio, “estos tabacos se apagan en un dos por tres y la ceniza se cae enseguida”. Para mi extrañeza no es la fosforera lo que saco del bolsillo mojado, sino un grueso y húmedo palo de canela.

     No puedo encender el tabaco y es evidente que he perdido mi fosforera. Afuera sigue lloviendo y el olor a albahaca mojada del jardín ha terminado por ocupar toda la casa. Lo siento también cuando, agotado por la somnolencia, y al mismo tiempo que busco una explicación a ese palo de canela que sigo cerrando en una mano, me quedo dormido en el sillón del portal.

Ilust: La Siesta (1946) de Mario Carreño

 

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Jose Ramon CANCIO-RODRIGUEZ 16/08/2014 19:36

Interesante cronica, me senti en mi Santa Clara , CUBA natal. Me parece bien comentarte algo, cuando trabajaba como representante de un espectaculo musical, en el polo turistico de Varadero, Matanzas, todos los extrangeros me comentaban de ser "un cubano no cubano" al no beber ron ni fumar tabaco, adicciones a las que jamas sucumbi... Desearioa de que te sirva de algo mi critica

Juan Carlos 11/08/2014 08:04

Muy bueno, lo acabo de leer, lo comparto;

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