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4 janvier 2015 7 04 /01 /janvier /2015 13:56
ADIOS A ITACA

Jorge Luis Borges en su ensayo “El enigma de Ulises” de 1948 comenta el misterioso pasaje del Infierno de Dante (XXVI 90-142) donde Ulises aparece condenado por falsario: la razón principal, haber mentido a los troyanos con la invención del caballo de madera. Dante le pide a Virgilio hablar con él, y éste se lo concede no sin antes advertirle: “Procura reprimir tu lengua”. A partir del verso 90 Ulises, que en la escena es invisible, cuenta que se separó de Penélope y abandonó de nuevo Ítaca. No pudieron retenerlo ni la mujer, ni la vejez de Laertes, ni la tierra. Quiero decir, ni la isla jónica donde él era el rey.

Se lanzó a navegar de nuevo Ulises con algunos amigos y pretendió alejarse más allá de las columnas de Hércules hasta ser tragado por el mar al querer llegar a una montaña parda que se supone era el Purgatorio. Borges añade “la creencia” de que la ciudad de Lisboa haya sido fundada por Ulises, antes de emprender su viaje fatal. Observación de Borges que tengo la costumbre de celebrar cuando voy a Lisboa, ciudad que repito preferir a todos los otros sitios de este mundo.

Tratando de encontrar la causa de esta condena a Ulises, Borges, en una línea memorable sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer su castigo”. Al elegir quiénes están en el Infierno, Dante se adelanta a la providencia de Dios, y por esta razón, Ulises es un espejo de Dante. Lo cierto es que Ulises, la encarnación del exilado de vuelta, regresó a Ítaca pero después se largó, según Borges y Dante, para morir lejos de su isla natal.

Estoy en el aeropuerto de La Habana. El consuelo de haber podido ver a mi madre antes de su muerte y el alivio de volver a París, sosiegan este trámite final de irme de Cuba por segunda vez. A esta hora de la tarde en la cual en esta isla los mortales y los dioses tienen cita con la siesta para atenuar el sopor del bochorno que te derrite, el aeropuerto es un hormiguero de gente que espera o despide a los pocos que llegan o se van: este debe ser el único aeropuerto del mundo donde se invierte esa proporción porque ver partir a alguien o arribar de otras geografías es vivido como el anhelado espejismo que una multitud no ha podido protagonizar.

He comenzado a beber un Mojito cuando escucho que mencionan mi nombre por los altavoces. Se me atraganta una hoja de hierbabuena en la garganta y me trago de un tirón un cubo de hielo disimulando soportar mi desventura.

Vuelve el miedo de hace una hora y el que me ha acompañado durante todo este viaje. No me dejaban pasar los controles a la entrada argumentando que he cometido el pecado de quedarme, sin pedir permiso,  más de cuatro semanas en el país donde he nacido. Después de dieciséis años de exilio y seis meses de trámites para mi visa, sólo me permitían quedarme cuatro semanas en mi Ítaca natal, y yo ni siquiera lo sabía.

Como el día de mi llegada J.A ha venido al aeropuerto y se angustia conmigo al comprender que mi partida depende de la voluntad de estos guardianes. Saco de nuevo dinero en efectivo con mi tarjeta de crédito. Le doy una parte a J.A para que pueda volver si el chofer del Lada que lo ha traído lo abandona en el aeropuerto por quedarse a acompañarme. Me guardo el resto de los billetes en un bolsillo.

Una observación sacada de mi desesperación convence a los guardianes: desde que me fui de Cuba es la primera vez que vuelvo. No conozco las reglas, por eso no puedo respetarlas. Mi violación viene de la ignorancia, no es premeditado mi despiste.

Varios aduaneros vestidos de militar se turnan escrupulosamente ante un viejo ordenador durante largos minutos, hasta que parecen convencidos de mi impericia de virgen turista nacional:

-Déjalo que se vaya, grita una muchacha vestida de militar a su asistente al ver mis billetes de 20 cuc ante sus ojos, más de un mes de su salario, regalado por el exilado.

Pero me molestan otra vez. Me llaman de nuevo por los altavoces y salgo corriendo. No sólo he dejado abandonado mi Mojito sino que tengo que preguntar una y otra vez adónde debo dirigirme. Doy traspiés, me abro paso, casi grito o susurro. Me aterra no poder largarme en paz una segunda vez de este lugar donde sólo el hastío puede que llegue a superar mi miedo.

Me acusan de traficar relojes. Son varios, uniformadas mujeres y dos hombres, en la aduana. Son varios los agentes, y los relojes, dicen. Me rodean. Me piden que abra mi maleta porque han visto en el scanner que llevo un puñado de relojes de contrabando. Mi estupor llega a decirles que no entiendo de qué hablan mientras abro la maleta.

-Son mis medallas de atleta, las que gané corriendo. Las llevo de regalo para mis hijos. Yo corría con Juantorena…

Les muestro una a una las oxidadas medallas de falsos oro, plata y bronce que mi madre me ha pedido que me lleve a Francia. En medio de mi nerviosismo les lanzo la tontería de haber corrido con Alberto Juantorena, el campeón olímpico y recordista del mundo de 800m, el corredor excepcional que al haberse convertido en un atlético bufón del castrismo es, a los ojos de esos humildes y sumisos custodios alguien a respetar por su confianza política.

-Mira tú, corría con Juantorena, mira tú, con Juantorena…coñóoo

La frase coreada por el mismo grupo hace un instante de apariencia severa, junto a mi forzado sonreír de pánico disimulado, apaciguaron el ambiente y me convirtieron en un héroe añejado a los ojos de la muchedumbre que ponía al corriente de mis méritos a vigilantes colegas apresurados en venir a mirar la escena: “El corría con Juantorena y ahora vive en Francia…mira tú…”

La seriedad de la exigencia había durado el tiempo que dura en el trópico todo rigor público, y el ambiente era, de pronto, festivo. Hasta cierto punto era cierto que mis medallas ganadas contra el tiempo de los cronómetros fungían allí de relojes que retrocedían aquel instante al tiempo de mi vida de atleta. Mirándolo bien, la atmósfera pachanguera más el ritmo de la gestualidad exagerada, las cadencias y la dicción no habían cambiado, ni creo cambien jamás en ese sitio donde esos humildes agentes de la frontera insular compartían ahora con un fugitivo compatriota una retrospectiva celebración.

Tomé un segundo aire y bebí un segundo y último Mojito en La Habana. Me pregunté qué habría sido de J.A allá fuera y de su regreso a su casa del Cerro, como la variante momentánea de un enigma mayor que va a perseguirme toda mi vida: ¿qué argumentos de la fe, qué fuerzas del cuerpo, cuáles resignaciones ayudarán a soportar la tarea cotidiana de vivir en esa atormentada Ítaca donde nacimos?

Recordé que me quedaban créditos en la tarjeta telefónica y me dio tiempo a llamar a mi amigo Marcial Gala a Cienfuegos y  a mi mamá a Santa Clara:

-Ya me voy, todo salió bien en la aduana, ya me voy…

El avión de Air France apareció ante mí como una carabela aérea. Una vez dentro pensé en esas columnas de Hércules para un cubano que evocara infinidad de veces Guillermo Cabrera Infante: una vez pasada la frontera de las Bahamas, el avión no puede dar vuelta atrás, no puede más volver a Cuba.

Pensé en Dante y en Borges, y en el Ulises que ambos inventaron, y hasta en Lisboa. Y  acepté gozoso cualquier pena infligida en mis celestiales destinos después de la muerte, por haberme ido otra vez de mi Ítaca del Caribe, sin tener la certeza de desear o poder volver de nuevo algún día.

Ilust: Ramón Alejandro, El cero de la luna.

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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