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21 juin 2015 7 21 /06 /juin /2015 10:10
BUENOS AIRES COMO UNA BOCA NO BESADA

Más significativo es que todo argentino o extranjero asimilado no pueda allegarse a un recién venido sin formularle, al principio, en su transcurso o al final de la conversación, la pregunta: ¿Qué le parece Buenos Aires?...Buenos Aires es como un gigantesco Narciso que, tímido como casi todos los gigantes, no osara contemplarse en las aguas leonadas del enorme río que se dilata a sus plantas.

Arturo Cancela, Historia funambulesca del profesor Landormy

 

 

Acabo de llegar y me he ido a sentar al café Macedonio Fernández de la Biblioteca Nacional. Espero allí que alguien me diga exactamente dónde estoy porque nada de lo que veo me parece ajeno.

El taxi me ha llevado desde el aeropuerto a casa del abogado que me alquila aquí en Recoleta un apartamento. Dejo las maletas. Doy una vuelta a la manzana y, ante mí, la sombra de la biblioteca me ampara y orienta como una bandera.

(Me equivoco, claro. No es la legendaria biblioteca de la calle México en San Telmo donde Borges imagina que entrega un poemario a Lugones, sino la construida sobre las ruinas de la casa presidencial de Perón y Evita, devastada por la revolución del 1955).

Llamo a mis amigas mientras leo un periódico abandonado bajo una luz que quiero sea de oro.

Lucía y su sonrisa son las primeras en llegar, y lo que haremos en unos minutos – caminar por las amplias aceras iluminadas, comer empanadas y beber cerveza en el jardín de la casa de su mamá Victoria con su hermana Vicky - me parece haberlo hecho durante todos los años que en Cuba añoré vivir aquí.

Al igual que en el aeropuerto saltan a mi paso esos gestos familiares que mi memoria afectiva ha perdido en París: cierta agitación en el más mínimo movimiento. El ruido. Las frases extensas de los taxistas que repiten las mismas observaciones (“este país es un desastre”, “¿usted es cubano? Ah, ya está cambiando aquello ahora, ¿no?”, “¿vive en París?…bueno ese es otro mundo…París”…), la familiaridad de obviar las extensas introducciones, y tocar y besar (una sola vez y no dos como en Francia), como si la persona que te recibe o habla tratara de atenuar esa exaltada paradoja argentina: la de creerse a la vez en el mejor y en el peor de los mundos posibles.

De noche camino con Vicky por su barrio como hicimos hace veinte años por las calles sin luz de Santa Clara. Me muestra el balcón blanco del cual partiera entonces, con dieciocho años, a perderse con tres amigas hasta el tren en ruinas donde la conocí y la rescaté de una programada peregrinación a la estatua del Che.

Con el tiempo ha cambiado cierto orden de las cosas en nuestras vidas. Ella ha regresado de su vida de varios años en Madrid y Barcelona. Yo sólo he vuelto una sola vez a Cuba, que ya no es un destino, porque no me quedan ganas de repetir un viaje a un origen trastocado por la eternidad de una pesadilla y por el nacimiento de mis hijos en París.

“La sombra que vemos extenderse a la izquierda es el muro del cementerio de la Recoleta”, me indica Vicky. Las luces de neón y de los coches que se suceden sobre la avenida 9 de julio, dejan  reconocer a los lejos la silueta del obelisco tantas veces visto en las tarjetas postales.

Recuerdo una atrevida ocurrencia de André Malraux: “Buenos Aires, la capital de un imperio imaginario”. Y sonrío, claro, con aire de turista satisfecho. Sonrío imperturbable porque a la vez todo me parece familiar, como si tocara los peces antes vistos a través de una pecera, o besara al fin una distante boca imaginada desde la platea de un cine de La Habana.

La culpa es de Borges

Iba a escribir que la vida en Cuba es la responsable de haber vivido inventándome paraísos, y me doy cuenta de la banalidad de la frase; todos nos inventamos otro sitio donde quiera que estemos. Lo que sucede es que en Cuba esos paraísos no son sólo perdidos como los evocados por Proust al hablar del pasado, sino imposibles de alcanzar, porque se mencionan como una utopía ante el viacrucis de la vida cotidiana.

A los doce años mi padrastro Joaquín me construyó mi primera biblioteca y los libros sin darme cuenta me aliviaron esos círculos del infierno que ordenan la vida en la isla, para meterme en una especie de purgatorio del cual no creo pueda salir ahora: el de practicar el ejercicio de ignorar cuanto pueda la realidad, fingiendo.

A falta de imaginarlos por no poder tocarlos, los leía, los paraísos. Fueron otras islas los libros, con sus vidas, sus nieves y estufas, sus olores y músicas; mi vida ficticia con otras personas que compartían el secreto conmigo de desear escapar algún día hacia ellos, es decir, hacia al mundo.

Cuando empezaron a ser serias, mis lecturas se dividieron en dos: Borges y los otros. Sin tenerlo muy claro, dos eran también los lugares ideales para pasear con mi entretenimiento a cuestas: Buenos Aires y Brujas. La culpa del primero era de Borges, la de Brujas, de una enciclopedia descubierta un atardecer de agosto en la biblioteca del barrio de Marianao.

A falta de poder viajar a la Europa entonces actual, teníamos, mis amigos y yo,  de la literatura preferida en español, los libros editados por Casa de las Américas y, más tarde, las películas del Festival de Cine Latinoamericano. En ambos casos Argentina y lo argentino eran los ídolos de mi grupo de amigos. Hay algo pegajoso en lo argentino que viene de su paradoja esencial: puede ser meloso como un tango o intelectivo como una disertación de Macedonio en El café del Once.

La Europa que hubiésemos querido no existía en La Habana. Nos llegaba Europa recalentada y describiendo un triángulo que pasaba por el sur, porque a lo único que teníamos derecho del viejo continente, era a la obediente versión bolchevique de los países del este.

A los más lectores de mi grupo nos fascinaba cometer el ingenuo acto sedicioso de tratar de leer a Borges. El mismo del cual no se hablaba ni publicaba una línea en Cuba. El proscrito de los balances. O el vilipendiado.

Por eso fuimos todos a la presentación de la antología en 1987 (un año después de la muerte de Borges; el totalitarismo cubano siempre ha sido puntual en los obituarios) presentada y prologada por un tal Roberto Fernández Retamar (que según Neruda lo había perseguido por París y La Habana “asiduamente con adulación”) que confesaba, ante nuestro rabioso estupor, que había visitado a Borges hacía años en su casa de Maipú y Charcas.

Junto a Borges en nuestras lecturas estaban los otros: Marechal, Macedonio, Tuñón, Gelman, Sábato, Martínez Estrada, etc. Sin mencionar a Cortázar. Porque en un ataque inexplicable de compromiso político en alguien que había emigrado a Francia huyéndole a Perón, terminó convirtiéndose en portavoz del castrismo en la última parte de su vida, algo que no le perdonamos los cubanos.

Desde que conseguimos, no recuerdo cómo, las Obras Completas de Emecé, mis amigos y yo no diríamos más Buenos Aires, sino Borges.

Adán en Buenos Aires

Desde los taxis voy reconociendo algunos nombres de lecturas, pero no atino a situarme en una ciudad donde se circula a la italiana: a toda velocidad y con incesantes zigzags entre el desfile de coches y autobuses.

Las sensación de estar perdido, tan buscada por un turista básico, sabemos que puede llegar al ridículo. Como cuando pregunto a un chofer si estamos lejos de la calle Corrientes y éste, descuidando la dirección del taxi se vira hacia mí y me responde: “Estamos en la calle Corrientes…señor”.

Me pongo la corbata y asisto a citas en universidades privadas donde tengo estudiantes, en la calle Paraguay, en Palermo, en la Universidad Católica de Puerto Madero. Esas son las obligaciones que me han traído aquí con el billete pagado.

(A estas alturas de mi viaje todavía ignoro que  no podré ir a comer un asado a San Isidro, que no estaré en la Universidad de Rosario, ni atravesaré el Río de la Plata para ir a conocer Montevideo y tomar un café con Tania, ni abrazar en Córdoba a mi amigo el escritor Marcial Gala, como había previsto).

Porque a la ansiedad por recorrer lugares, comer carne, comprar libros, se une la de saludar a personas que no veo desde que me fui de la isla. Muchos argentinos sin apenas darse cuenta me ayudaron en Cuba, regalándome libros, invitándome a comer, enviándome casetes de música o simplemente mensajes que, como mapas en botellas tiradas al mar en el cual remaban sobre los tiburones los balseros, mantenían en mí la esperanza de poder huir un día, esperanza que ahora, veinte años después, no podemos dejar de celebrar.

Claribel, a quien no veo hace veinte años, me dice por teléfono que viene a buscarme en taxi y me temo no poder reconocerla. Me lleva al Palacio Ortiz Basualdo que es la sede de la embajada de Francia en Buenos Aires: “Ah, si es francés tiene derecho a entrar”, me comenta en francés a la entrada el portero que ha pedido que me identifique, al ver mi pasaporte. En el interior Claribel que parece conocer a todo el mundo en Buenos Aires –o todo el mundo conocerla a ella- me presenta a decenas de personas y me toma una foto con el mismísimo embajador francés.

Claribel me presenta también a otra cubana en el Palacio Duhau Park Hyatt. Se llama Ani Mestre, es poeta y periodista. Su padre fue una figura prominente de la radio en Cuba antes de la revolución. Me regala Ani sus libros. Me pone en contacto con otras universidades. Al igual que Claribel parece conocer a toda la élite culta y a los políticos más mencionados de la ciudad. Me doy cuenta que, como ha ocurrido con Claribel,  rencuentro a una remota amiga hablando con Ani. Quizás se trate de este instinto mío de compensar la decepción que me provoca el contacto con la Cuba actual con algún símbolo o persona que encarne un pasado que no conocí y que idealizo.

¿Cuándo fue la última vez que vi a Claribel en Cuba? “”Fue en La Habana, me dice, recuerdo que por tu culpa se quemaron unos frijoles en casa de J.A”. Pasar de aquellos frijoles quemados a las copas de champán en palacios franceses en Recoleta,  merece creer en la fe de la existencia de algún que otro benévolo Dios.

Llamo por teléfono a Juan Carlos y nos sorprenden nuestras voces respectivas: nunca nos vimos en Cuba y somos amigos gracias a las redes virtuales de internet. Nos damos cita, para continuar con los asombros de mi curiosidad, en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Me imagino, mientras caminamos hacia Puerto Madero, la vida de Juan Carlos en esta parte del mundo. Me sorprende que haya estado viviendo ya en Argentina cuando “el Corralito”, como si él y yo no hubiéramos sobrevivido a ese invento llamado Especial del Período de hambre y carencias a que nos condenó el castrismo al caerse el comunismo europeo.

Parece feliz Juan Carlos. Es algo tan raro la felicidad que para no olvidarlo necesitamos verla ante nosotros como si no debiera ser la primera de las misiones de cada cual. Y quizás sea feliz Juan Carlos, como se respira en su apariencia, por haberse encontrado así mismo en un lugar donde escribe, da clases de periodismo, y ha logrado traer a vivir a su hijo de Cuba.

Porque tengo cita en la Universidad Católica, nos comemos a la carrera un bife de chorizo, y nos bebemos una botella de vino tinto argentino, como si hubiésemos sido amigos Juan Carlos y yo, desde hace siglos en La Habana, París, o en Buenos Aires.

A Karel debí haberlo conocido en Santa Clara, la ciudad donde ambos vivimos en Cuba y en cuya universidad estudiamos, pero no: al igual que a Juan Carlos lo conozco de Facebook. Podemos vernos, al fin, y Karel me lleva en su coche por la noche porteña hasta el apartamento que alquilo en la avenida Las Heras. Antes hemos estado en el Museo de Artes Decorativas de Recoleta, en la presentación que hizo Claribel de un libro de dos historiadores sobre la platería de los gauchos. Karel, que habla con la misma pasión de su pasado en Santa Clara que de una democracia en Cuba que ya yo hasta dudo que tengamos vida para poder conocer, parece llevar a todas partes un optimismo criollo que hace tiempo me ha abandonado.

Entro a una, dos, tres librerías. La mejor, me dice G. desde París, está a unos pasos de mi apartamento: La librería del Norte de Las Heras. Voy varias veces. Me atiende un chico chileno que se llama David -¿hay chilenos que emigran a Argentina?, pregunto. “Los estudios son muy caros allá, me dice”-  y escribe poesía. “Tuve en Santiago una profesora cubana extraordinaria”, me cuenta, “se llama Damaris Calderón”.

Le digo que sí, que claro, que  conozco a Damaris, es amiga de amigos. Una vez hasta la invité a un Festival de Poesía en el hotel Pasacaballos de Cienfuegos. Pero yo estaba entonces más enfrascado en tratar de nadar por primera vez una hora sin pausa en la piscina del hotel, que en pasar agotadoras jornadas de lecturas con mis colegas poetas, le cuento.

Compro libros de autores argentinos. También libros de Chesterton en español. Y las traducciones de literatura francesa con las que sobrevivía Virgilio Piñera en los años en que anduvo por Buenos Aires. Encuentro una nueva edición en español del Ferdidurke del polaco Gombrovick que se le atribuye en buena parte al cubano.

Camino por Florida. Me hago al fin un maletín de cuero a un precio casi irrisorio si imagino que es auténtico: le pago en euros al dueño que ha acudido al llamado de la vendedora. Los pesos argentinos aquí se dilatan entre los dedos a una velocidad espeluznante, en una caída al fondo que como se sabe se llama inflación. Sé que al proponer pagar en efectivo y en euros bajan los precios, porque todos quieren conservar sus ahorros en dólares o en euros.

Epílogo con estupor

Una vez casi vivo en Argentina y ahora, al partir, casi muero.  Más bien una y otra vez, de manera metafórica o real, me he ido y he vuelto, a Buenos Aires.

La más cercana oportunidad fue con una chica de Misiones llamada Doris. No pudo ser Doris. No pudieron ser tampoco las otras, ni los amigos generosos que me trataban de sacar de mi respiración artificial en Cuba y un día me mandaron un casete de Charly García donde éste –al igual que yo- gritaba desde mi grabadora todas las mañanas de La Habana Vieja que no quería volverse tan loco.

Durante una de las tantas estaciones de mi hambre habanera, una muchacha espléndida me dejó de regalo, además, un paquete de mate. En pleno Período Especial yo desayunaba aquella caliente hierba amarga tan lejana a nuestras tradiciones que, debido a las circunstancias, casi daba envidia a mis amigos desdichados a causa de la hambruna.

Yo que terminé viviendo en París, hice de Buenos Aires mi versión del Japón que se inventaba Julián del Casal como geografía ideal lejos del monótono agobio de la isla tropical.

En una cena el escritor Jorge Asis, célebre por su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes  y que fuera embajador en la Unesco durante el gobierno de Menem, me pregunta por un París que él conoce tan bien como yo. En una rápida ronda los invitados me ponen al tanto de la política actual en Argentina: Macri, Scioli, Massa, los 3 nombres de probables candidatos a la presidencia aparecen. Digo la verdad: que sólo conozco al primero. Constato también aquí lo que siento desde mi llegada: la inflación y la política son las dos tensiones prioritarias de los porteños, ¿o son una las dos?

Y por supuesto, hablamos de Cuba. Asis quiere saber mi opinión sobre los nuevos cambios ocurridos en Cuba. Le digo lo que pienso. Que habrá cambios cuando yo pueda postularme para ser alcalde en unas elecciones. “Pero algo es mejor que nada”, me responde, y le respondo que sí, que es cierto, que cuando fui a Cuba en 2012 le dije a los cubanos que ahora podían al menos comprar comida en la calle. Pero que si aceptamos eso en lo absoluto, asumimos la misma posición del “Sí, pero…” Es decir: “Sí, es una dictadura, pero…” justificación deshonesta de la mayoría de los intelectuales europeos y latinoamericanos con respecto a la dinastía de los Castros desde hace medio siglo.

Me agrada en fin que al hablar de Cuba y del exilio, de su literatura y a veces hasta de mi vida en París, como buenos porteños me hagan todos la clásica pregunta:

  • ¿Y qué te parece Buenos Aires?
  • Me imagino que La Habana habría podido ser así si no nos hubiera caído la desgracia del 59…

Estoy en el avión que acaba de despegar y creo ver abajo los colores que tanto admirara en su vuelo sobre el Río de la Plata Saint Exupéry, cuando el piloto anuncia que uno de los motores no funciona y que hay que volver al aeropuerto.

Hubo cierto estupor entre los viajeros. Pero una incomprensible certeza me convenció que no, que yo no había venido a Buenos Aires para dormir en el fondo del Río de la Plata, sino para tratar de besar los labios celestes de una mujer a la vez inalcanzable e imaginaria, que nos espera en todos los lugares a donde uno quisiera, una y otra vez, volver.

 

 

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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