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28 juin 2015 7 28 /06 /juin /2015 20:08
EL ULTIMO SUICIDIO DE ANGEL ESCOBAR

A Luis Rogelio Noqueras no pude conocerlo. Leí la noticia de su muerte cuando ya había comenzado a escribir mi tesina sobre su poesía. Desde Cabeza de zanahoria, su primer poemario, sus juegos apócrifos revelaban un estilo personal y una sincera pasión por la literatura. Juegos-homenajes muchas veces dedicados a conocidos suicidas como Gérard de Nerval o César Pavesse.

A Raúl Hernández Novás lo veía caminando por 23 como el viento que sólo sabe arrastrar su alma sobre el polvo, llevando siempre consigo la timidez de su mutismo, y la mirada que muchas veces encontré a la deriva por los pasillos de la Casa de las Américas. Una mañana de sábado un amigo me dio a noticia de su pistoletazo.

La nota de Raúl Rivero era breve y también mencionaba a Hernández Novás. Otro poeta cubano, Ángel Escobar, también se suicidó en La Habana a principios de este año.

Yo conocía varios libros de Ángel Escobar cuando una tarde lo vi conversando con dos muchachas en la acera del teatro Mella. O mejor, ellas hablaban con él, porque quise creer que en el silencio de su mirada guardaba el fragmento de una distancia no compartida. A Escobar lo reconocí por la foto de la antología Usted es la culpable, y aunque ya mencionaba algunos de sus versos, ésa sería la primera y la última vez que lo viera.

Desde muy joven Escobar ganó algunos de los premios que se necesitan ganar en Cuba para publicar. El David con Viejas palabras de uso (1977) y el Uneac con Epílogo famoso (1985). Además fue finalista del premio de la crítica de 1988 con La vida pública.

Poco a poco su escritura había ido escapando de esas contradicciones no siempre advertidas que se crean entre la hojarasca circunstancial de una sociedad como la cubana, y la insistencia de un cuestionamiento que buscaba (cada vez con menos afirmaciones) intentos de respuestas salvadoras.

Porque desde el principio la pregunta de sus poemas se fue haciendo más intimista a medida que se perdía (¿o se encontraba?) en un hermetismo de múltiples confluencias. Hay en los textos más logrados de Escobar el intento de un grito, el recorrido circular de una voz que se apoya muchas veces en el contraste de los sentidos.

No sé qué habrá en esos rincones se cierran. Es que hasta los olores se ocultan: los tapan en lo oscuro. Me vuelvo y sólo veo una espalda corriendo otra cortina (…) Se avistan sólo líneas, cartones, sólo mapas. No se oyen los paisajes. Lo espeso ha recalentado la escalera. ¿Quién va a poner la mano? De otra forma, si estuvieras arriba oirías mis vértebras.

Un sincero cuestionamiento surge de esos estados de autoreflexión, en giros que abarcan la explicación de una experiencia o el retroceso hacia un estado de inconsciencia donde la muerte (casi el regodeo satisfecho de su búsqueda) culmina el anterior furor y a la vez marca el comienzo de una nueva recurrencia. El propio cuerpo entonces deviene centro de la poesía de Escobar. Las preguntas terminan o dejan de tomar del entorno físico los elementos de la referencia. Quizás se ha perdido la credibilidad de la espera. Se trata en ese caso de afirmar una imposibilidad o adelantar un final:

Ahora son los cuchillos. No hay juego.

Ni juramento que no haya sido el juego y el juramento que ahora signa mi muerte.

(El escogido)

En Cuéntame lo que me pasa (Zaragoza, 1992) , Ángel Escobar reunió un grupo de textos que merecerían un comentario más detenido. Las voces coinciden, el delirio se expande, el relato de una historia se trunca por una suma de imágenes. En Informe, por ejemplo, Pascual Saga, se presenta como el autor de El escogido. Las confesiones del personaje forman parte de un informe médico. Escobar repite a lo largo del libro ese agónico caos que caracteriza su última escritura. Un caos cuyo ciclo ya venía agudizándose desde Abuso de confianza (1992).

De paso por París, un amigo que conocía personalmente a Ángel Escobar, cuando supo la noticia del suicidio del poeta sólo atinó a preguntar: ¿Otra vez? Quienes alguna vez habían estado cerca de Escobar, sabían de sus múltiples intentos, de su proximidad con la muerte en los últimos años, quizás como una prolongación de esos cuestionamientos circulares que no lo abandonaban.

Sin ser un fundador hay en los libros de Escobar mucho de ese subjetivismo-límite que marca diversas zonas de la poesía escrita en Cuba en los últimos años.

En la última página de Cuéntame lo que me pasa, Ángel Escobar menciona a Nogueras: en sólo una línea lo nombra “fantasma”. Antes había construido en varios relatos (¿relatos?) del libro sus propios heterónimos. Él viene a ser ahora para nosotros el otro reverso de esas fabulaciones interminables.

Porque si para algo puede servir la poesía es para detener la longitud del tiempo. Aquella tarde quise descubrir en el silencio de su mirada una distancia que sólo a él pertenecía. Voy a seguir imaginando hoy que Ángel Escobar sigue ahí, en una acera del Vedado, a la espera de una hora para entrar al teatro, mientras creemos escucha a dos muchachas a quienes un último suicidio no podrá evitar que les escriba un poema.

(Publicado en Trazos de Cuba, París, No. 17, septiembre de 1997)

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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