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9 août 2015 7 09 /08 /août /2015 21:44
LA CASA DE LEZAMA ESTA CERRADA

Como la tarde en que fui por primera vez a la casa de Pessoa en Lisboa, me encuentro cerrada la casa de Lezama Lima en la calle Trocadero, número 162. Ahora es un museo la casa de Lezama. Con dos tarjas de bronce. Una con letras doradas y otra con una campana donde se puede leer que es Monumento Nacional. La hicieron un museo 100 años después del nacimiento del escritor y 34 años más tarde de haberse muerto encerrado en vida aquí con su soledad, resignado a una oficial orden de silencio, entre las cuatro húmedas paredes de un túnel sombrío.

Es la hora de la tarde en que el sol descompone los objetos ante los ojos llorosos de tanto centelleo, y el estilo de la siesta cesa el andar de los transeúntes, cierra las persianas, y apaga los jadeos con su muerte momentánea. De un golpe se paraliza todo ante el imperio de una luz afilada que como un cuchillo se desliza por la piel resbalosa, seca la garganta, y fija tus pies derretidos; te inmoviliza atolondrado sin recordar ni siquiera los puntos cardinales del lugar donde estás o hacia el cual podrías fugarte.

G., aturdida y con la sombrilla del dibujo de Sosa Bravo tempranamente deshecha como la quilla de un velero en pleno desierto, pierde por un momento su compostura, pero no su lucidez puesta en función de proteger su piel de vulnerable transparencia, y me grita airada:

-¡Salgamos huyendo de este sol infernal hacia otra parte!

Una vez visité la casa de Lezama Lima. Pero fue de noche. Recuerdo. Una noche de 1988. Entonces no había llegado aún el pomposo rescate de su memoria y la casa estaba casi al abandono. En la penumbra apenas iluminada por una única lámpara, se apreciaba la dispersión de unos muebles amontonados y se podía respirar el escozor del polvo humedecido que ahora imagino borrar con un velo de cera muchos detalles de las paredes del salón, del rostro de los invitados, y de los dos dormitorios que recorrería casi a ciegas.

No podría precisar por qué me di cita allí con un grupo de escritores que parecían salidos de una selva oscura, tal vez porque toda la isla entonces se me figuraba un círculo del infierno a la deriva. Una muchacha mulata y achinada con trenzas como racimos de uvas, sacó de su bolso una llave de forja atada a una cuerda color herrumbre de la cual pendía un pedazo de madera con la inscripción Ongietorriak, y nos invitó a entrar.

Nos sentamos donde pudimos tratando de formar un círculo que terminó siendo una elipse. Un muchacho más bien pequeño, agitado, y cuya imagen desde entonces identifico en mi memoria con El Pífano, a golpe de vozarrón de actor - y después de obedecer a una orden dada con un movimiento de las trenzas de la mulata asiática-, comenzó a lanzar sus poemas como uvas al centro de los visitantes.

El Pífano pasaba una a una las hojas bien encuadernadas, ponía énfasis o gemía, pero cada asistente aprobaba a su manera –asintiendo con la cabeza, mirando al techo, tocándole las tetas o la entrepierna a su más cercano espectador, etc-, imágenes de elefantes voladores, mariposas, espejos, flautas de encantadores, correos nocturnos, pájaros y flechas en el cielo, silbidos de trenes y novias, muchas novias poseídas en el bosque o en lechos de nubes.

Más tarde, al final de la ceremonia improvisada, supe que el lector había traído el manuscrito ese mismo día en el tren de Santa Clara para tratar de entregarlo en la fecha límite al jurado del Premio David que terminaría por ganar.

Creo que hubo una pausa entre dos poemas, y que hasta se bebió algún brebaje de hierbas que imitaran al té. Lo que sí estoy seguro es de haber ido al baño, de haber preguntado en qué lugar podía deshacerme de los restos de la pócima. Estoy seguro porque me vi encerrado ante un inodoro para mí minúsculo si lo comparaba – como hice curioso y malintencionado – con las enormes posaderas del barroco poeta.

Fue entonces, mientras me figuraba a un Lezama sentado para depositar sus desechos al tiempo que leía a Góngora en aquel austero espacio, que ocurrió el olvido colectivo. Quizás por no conocerme bien ninguno de los invitados, se olvidaron de mí y desaparecieron. Supongo que cerró la chica de trenzas de uvas la puerta tras de sí de un portazo que no llegué a oír al yo tirar al unísono la cadena del agua: ¡me había quedado solo y encerrado en el retrete de la casa del Maestro!

Empujé la puerta como pude y me fui a la sala sin darme prisa por salir de aquella caverna. De todas formas si la cerradura había sido condenada desde el exterior me veía obligado a tardar mi presencia hasta encontrar otra salida. En esto estaba, sentado en la mecedora que supuse era la de Lezama, sin que pudiera impedirme pensar en el casi medio siglo que él había vivido y escrito en ese lugar.

Aparte del crujir de la madera al mecer el sillón y la luz del farol de la acera que entraba por una rendija hasta mis manos, sólo las escenas evocadas en sus libros me hicieron compañía por unos minutos antes de encender la luz. En esa época ya había leído buena parte de la obra del Maestro, pero no conocía aún las cartas desesperadas que él enviaría a su hermana desde ese lugar al final de su vida, por la simple razón que no han sido publicadas en Cuba. Sin embargo me conocía de memoria las páginas del poemario póstumo Fragmentos a su imán escrito al mismo tiempo que las cartas, poemas en los cuales se respira la desolación de sus últimos años y que termina con un poema fechado el día de mis doce años.

Ni en mis más remotas fabulaciones podría haber imaginado quedarme prisionero una madrugada en esa casa. Y mucho menos que años después en París, al descubrir en un café del Marais una litografía de Rancillac en la que aparece Lezama fumándose un tabaco; me decidiera a pasar seis años en la Sorbona haciendo una tesis de doctorado sobre él.

No puedo precisar ahora el tiempo que estuve encerrado en la casa, pero sí lo que hice además de balancearme en el sillón. Me di cuenta que tenía la oportunidad única no sólo de recorrer la casa a solas, sino también de ver los libros y objetos que sobrevivían allí a su muerte. Para mi decepción no quedaba casi nada. Sólo llegué a distinguir los volúmenes de una Enciclopedia Británica en español y algunos otros títulos que pienso eran irrelevantes porque no los retuve en mi memoria.

Si estoy seguro de haber dado al menos con tres libros que llamaron mi atención. Uno era un ejemplar de la Sylvie de Gérard de Nerval que poseía el valor de la firma de Lezama en la primera página,  otro era una edición de Alianza Editorial de Les lauriers sont coupés la novela de Edouard Dujardin que Lezama le había pedido en una carta a Julio Cortázar, y un ejemplar de Esferaimagen la edición de Tusquets de 1970 en la cual figuran los ensayos “Sierpe de Don Luis de Góngora” y “Las imágenes posibles”, y a manera de prólogo, un poema de José Agustín Goytisolo y otro, radiante,  de Heberto Padilla.

Fue allí, de pie, en la sala de la casa de Lezama que descubrí, en el ejemplar que le pertenecía, un poema que en ese momento para mi candidez solemne alcanzó una dimensión de disculpa y de homenaje.

LEZAMA EN SU CASA DE LA CALLE TROCADERO

Hace algún tiempo

Como un muchacho enfurecido frente a sus manos atareadas

En poner trampas

Para que nadie se acercara,

Nadie sino el más hondo,

Nadie sino el que tiene

Un corazón en el pico del aura,

Me detuve en la puerta de su casa

Para gritar que no

Para advertirle

Que la refriega contra usted ya había comenzado.

Usted observaba todo.

Imagino que no dejaba usted de fumar grandes cigarros,

Que continuaba usted escribiendo

Entre los grandes humos.

¿Y qué pude hacer yo,

Si en su casa de vidrios de colores

Hasta el cielo de Cuba lo apoyaba?

Nada encontré sin embargo de los numerosos bibelots que se cuenta se dispersaban por cada rincón de la casa. Se conservaba un desorden que era más bien el caos abandonado de los objetos muertos. Nada de esculturas de jade, de ceniceros o abalorios de cristal de Murano, estatuillas, sonajeros, ni esculturas ni cuadros. Cuadro sí, sólo uno: en el centro del salón el retrato de Lezama hecho por Jorge Arche, esa variante del otro José nacional. Una de las dos caras del espejo reversible de las letras cubanas, la del siglo XIX Martí, la del XX, Lezama. Dos retratos que hablan con las manos los de Arche, en el corazón uno, el de Martí, entrecruzadas en el pecho, el otro, las manos de Lezama.

Fue ya con los tres libros en mi mochila y la decepción de no poder apreciar ningún otro cuadro ni objetos de valor, que me puse a caminar por la casa. No puedo precisar ahora lo de los 26 metros de largo que Lezama afirmaba recorrer como ejercicio y que tal vez fueran más bien 26 pasos. Lo cierto es que en uno de esos paseos de ir y venir hasta la cocina y el patio, me vi ante un circular espejo convexo de apariencia veneciano que deformó el tamaño de mi mano al intentar tocarlo y, al fondo, detrás de mi cara falseada, pude apreciar la silueta de alguien que no podía ser yo por estar envuelta en algo blanco que supuse una sábana:

-Ya me despertaron los otros con los poemitas y ahora este otro con sus trasteos…¿Te puedes largar de una vez para que yo pueda descansar? Yo tengo una copia de la llave de la casa.

Quien me hablaba en medio de mi miedosa sorpresa, era un mancebo de silueta muy parecida en tamaño a la de El Pífano, pero no de color cobrizo, sino con un desordenado pelo rubio y una piel nívea apenas alterada por la falta de luz. Una especie de ángel despeinado parecía en medio de la noche aquel Tadzio inesperado. Los ojos tan claros saltaban con su verdor desde la lobreguez del cuartucho donde al parecer dormitaba sobre un camastro en medio de una atmósfera cubierta por cortinas de un humo que, ahora en mi evocaciones, quiero suponer eran provocados por algún tabaco encendido y no debido al polvo.

Debí balbucear algo como reacción, porque respondió al principio muy molesto. Me contó, en los escasos instantes que duró su compañía hasta la sala, que estaba durmiendo allí gracias a unos amigos de la mulata achinada. Había venido de provincia con una beca a estudiar letras, dijo, antes de comentar algo así como que, en esta isla hay más poetas que habitantes y yo prefiero irme a escribir allende los mares.

Mientras encontraba otro sitio donde vivir en La Habana y preparaba los papeles que le faltaban para irse definitivamente a vivir a Venecia adonde lo habían invitado, le pidieron como tarea hacer el inventario de la casa. Más bien de lo que queda en ella después de tantos robos, musitó de nuevo de mal humor, al mismo tiempo que este Tadzio del Caribe, que sabe Dios por donde ande ahora, me tiraba la puerta en la cara, o más bien a mis espaldas.

Estoy de nuevo desamparado ante la puerta cerrada de la casa de Lezama, pero ahora no es de madrugada sino la parte más intensa de la tarde cubana. El resplandor de la luz calcina de nuevo mis ojos y me impide ver por un momento adónde ha ido G. a refugiarse de la hostilidad del sol.

Al fin la veo de lejos en el Prado, como un remedo de un óleo de Víctor Manuel, con su coloreada sombrilla hecha jirones sobre la cabeza, sentaba bajo los árboles que plantara un día de 1929 su compatriota Jean Claude Forestier, y que parecen no poder con las sombras de sus ramas calmar su sofocación tropical.

-Oye chico, si estás buscando donde meterte con la yuma esa…te tengo ahí enfrente un cuarto con aire acondicionado casi regalado. Brother, yo no creo que vayas a meter a la yuma en el museo ese, ¿no?

Al darme vuelta para ver quién habla veo la piel agrietada del rostro de una mujer parada a mi lado, con un short y en chancletas plásticas. Me mira de manera incisiva a la espera de una respuesta, convencida de haber encontrado un potencial cliente por habernos seguido los pasos a G. y a mí hasta la casa cerrada. Mientras se abanica con un cartón que sostiene con una mano, la mujer repite la misma pregunta, hace, una, dos, tres veces la misma proposición de un improvisado alquiler. Con la otra mano libre, a manera de visera, se protege de los rayos del sol que caen sobre su cara y un pelo teñido de un rubio descolorido.

Me resigno a la idea de aceptar todas las treguas a estas alturas de la tarde. Me voy a buscar a G.  que está mirando, estática y aturdida, a un mar que imagino violeta, para bajar por ese río arbolado del Paseo del Prado, convencido que a estas horas, en esta parte del mundo, hasta los dioses se resignan a abandonarlo todo por la paz de una siesta.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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ERNESTO 29/08/2015 16:21

!!!! MUY BUENO !!!

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