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19 février 2016 5 19 /02 /février /2016 21:48
PARA ENTENDER A LEZAMA LIMA

(50 años después de Paradiso)

París, 19 de diciembre de 2000

A la salida del metro Saint Paul, en el Marais, uno de los barrios más antiguos de París, debía caminar varias calles hasta llegar a la plaza de Vosges donde me esperaba una amiga. Conocía la plaza porque en ella sobrevive a los turistas la casa de Víctor Hugo, un lugar por donde prefería merodear, de madrugada, en mis primeras caminatas desacertadas al llegar de Cuba con la novela Oppiano Licario bajo el brazo.

Érica Durante compartía con éxito varias paradojas: ser siciliana, preparar una tesis en la Sorbona sobre Dante, Valéry y Borges, y además, tener un novio español. Por teléfono le había comentado que ese día me fumaría un tabaco Montecristo durante nuestra cita y ella, apresurada, había encontrado una buena estratagema para calmar los celos —infundados— de su novio; debía llevarle un tabaco de regalo al peninsular.

Yo, que para avanzar mi novela Las vacaciones de Hegel me inventaba tener que ver a menudo el perfil griego de Érica, acepté la exigencia. Lo que no tuve tiempo de explicarle a mi amiga siciliana es que mi Montecristo consumido era un homenaje al día en que se cumplían los 90 años del nacimiento de José Lezama Lima.

Como aprendí rápido que a las mujeres en Europa les agrada creer que lo dirigen todo, y como yo estaba entretenido tomando notas de su perfil, dejé que Érica eligiera el café donde yo le echaría humo al cumpleaños de Lezama. Y fue, de paso frente a un café del barrio, cuando ocurrió la maravilla.

Una foto en la que aparece Lezama fumándose un tabaco de ceniza azulada, ilustraba el affiche de una exposición sobre la historia de ese vicio insular. De más está decir que mi modelo siciliana, ante mi estupor, convenció al barman de regalarnos la imagen. Y desde entonces este coloreado Lezama fumador se burla de mí todos los días, desde lo alto de mi escritorio. Yo quise apropiarme de esta vivencia oblicua a mi manera. Y encontré en la experiencia dos signos enviados desde sus siestas celestes por El Maestro: tenía que escribir de una vez una tesis sobre él en la Sorbona, y comenzar a organizar como pudiera, un homenaje a sus 100 futuros años.

Cienfuegos, primavera, 1990

Una tarde de otoño, en la biblioteca de Cienfuegos, la ciudad más independiente de Cuba, al entrar a devolver la novela Paradiso  Mitsy, una espléndida muchacha de apenas 17 años; comenzó mi pasión por José Lezama Lima. En aquel lugar yo era un bibliotecario que cumplía la condena del servicio social al que estaba obligado todo graduado universitario en aquella isla. En la facultad de letras de la Universidad Central de Santa Clara yo había tenido mi primera cercanía con Lezama. Pero había salido de él corriendo, asustado, para refugiarme en la poesía calmada, como todo mediodía criollo, de Eliseo Diego. Lo incomprensible que resultaba Paradiso provocó que al hacerme descubrir los profesores Juan Ramón González y Arnaldo Toledo, y la escritora Berta Caluff, la poesía de Diego, encontrara así la manera de evitar a Lezama y llenar el espacio de la pregunta sobre “Orígenes” en algún examen, me decía. Hubo, claro, otras múltiples pasiones que me unieron a aquella ciudad de Cienfuegos, donde las 24 horas del día me acosaba con placer el olor del mar. Pero descubrir así, cuando menos me lo imaginaba, que una adolescente podía leer a Lezama y entregar de vuelta, como si fuera una banal tarea escolar, un libro como Paradiso, desafió por partida doble a mi orgullo y a mi capacidad intelectual. Aquella muchacha con su gesto despreocupado y aquel bibliotecario aburrido, unieron sus circunstancias para tratar de encontrar a Lezama, a la escritura, y al hombre que todos afirmaban encarna, en el siglo XX literario nuestro, la más universal de las cubanías. Me di cuenta que había hallado un curioso atisbo para aventurarme por otra vía en ese universo trastocado de Lezama: me propuse releer Cercanía a Lezama Lima de Carlos Espinosa y El ingenuo culpable de Reinaldo González. No me equivoqué al suponer que ver al ser humano, a través de la memoria de otros que le habían conocido, podía persuadirme de abandonar mis prejuicios al leerle.

Primera lección: para leer a Lezama hay que olvidar todo lo que culturalmente nos antecedió. Él se ocupará de poner las cosas en su lugar, es decir, en otro lugar, el suyo. Y comienza, desde la primera bocanada, la pertenencia a un clan o a otro. Eres miembro para siempre de los coléricos que lo detestan, o comienzas a formar parte de quienes lo adoran, sin poder terminar nunca de explicar por qué. Esto no es una simple construcción binaria, que se sepa. Todo aspirante a lector de Lezama, ha vivido una de las dos reacciones. Nadie sigue de largo sin lanzar un asombro ante la rareza risueña de su dificultad

La Habana, otoño, 1992

Bajo ese sol tan eterno como irrespirable de La Habana, muchas tardes, me iba a la costa de la antigua playa de Marianao a leer a Lezama Lima. Yo esperaba la llegada de algo que según los días y mis humores tomaba la forma de enunciados diversos, cuando en realidad se trataba siempre de lo mismo: escapar de Cuba. Y mientras esto llegaba me leía a Lezama. Anotaba en cuadernos sus citas, subrayaba de amarillo sus versos y diatribas. Me iba incluso a su casa, recuerdo, a deambular entre las paredes entonces vacías donde respiraba su escritura. Localizaba los libros que le pertenecieron en la Biblioteca Nacional (recuerdo aquel, de Nerval, que él había firmado), y hasta transcribía pasajes enteros de Paradiso.

A mano, como si fuera más fácil con mi mano alcanzarlo, preguntarle, en fin, entenderlo. Me veo, por ejemplo, en la costa, sentado sobre los espacios que un puñado de arena deja entre dos filosos arrecifes y un salado charco breve, leyendo las “Eras imaginarias” de La cantidad hechizada. Con una crema hecha de cerveza y mantequilla para protegerme del sol, trataba de perforar esa dificultad alocada de asociar a los etruscos con los aztecas, a José Martí con Pascal, a Descartes con una pagoda China. Mi asombro había pasado a ser devoción. Y como toda devoción devora la distancia crítica, yo repetía, me empapaba, en suma; me dejaba llevar. Hasta adaptaba al contexto de la escasez y de las fugas cotidianas por el mar a fragmentos de ideas de Lezama. Recuerdo una: “Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos el pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas”

Y era clarividente: todo lo habíamos perdido en aquel verano del 92, desde la luz eléctrica hasta el arroz y las siestas. Ah, no tenía a muchos con quienes compartir este viaje. Mis amigos literatos se habían ido y los que quedaban ya se alistaban para ser acólitos en capillas recién abiertas por clásicos locales. Recuerdo, se hablaba de “novísimos”, de Julián del Casal y se ponía de actualidad Virgilio Piñera. Y si bien es cierto que la película “Fresa y chocolate” devolvió por un tiempo a Lezama al dominio público, la imagen que se dio de él no pasó de una foto y de un pasaje – ”el banquete”- de Paradiso.

Por suerte encontré a unos pintores febriles por el alcohol artesanal y la intención de no pensar en las carencias, con quienes me iba a Topes de Collantes, a bañarme en las cascadas y a recitar a coro “Muerte de Narciso”. La conclusión es simple: en aquellos habaneros años 90 yo seguía a Lezama. Como muchísimos críticos, repetía el itinerario que él había trazado: “Sistema poético del mundo”, “Eras imaginarias”, “vivencia oblicua”, y así, toda la embriaguez abrumadora con la que él pierde a un lector inofensivo.

 Segunda lección: una vez dentro, después de un primer viaje y de haber aceptado sus reglas, hay que darle otra vuelta a Lezama. No se le puede obedecer del todo. No se le puede dejar todos los mapas. Hay que reflexionar, en suma, dudar de la ejecución de lo que él nos quiere hacer creer. Pero a esa conclusión llegué mucho después, durante mis años de vagabundeo por las bibliotecas de París.

Lezama y un nuevo siglo

Un día en París, hastiado de buscar “lo que quiere decir cada cosa”, se me ocurrió detenerme a estudiar las formas. Y hablando de formas (más bien leyendo) elegí al cuerpo. Quise abandonar la idea tan romántica como perezosa y mal intencionada del Lezama espiritual, encarnación de la utopía de la fundación de un mito insular y todas esas cosas que sólo toman en cuenta las intenciones del Lezama muy joven. Quise saber qué había sido de la idea de querer crear, al escribir, un cuerpo, una sobrenaturaleza, una sustancia ajena e independiente que sobreviva al tiempo. Un cuerpo compuesto por imágenes de culturas diversas y elementos sin conexión lógica con ellos.

Cuando Lezama dice que quiere crear un cuerpo que a la vez sea escrito y eterno está adaptando a su proyecto estético la idea cristiana del nacimiento asexual y de la resurrección. Nada nuevo. Lo nuevo sin embargo son las asociaciones con las cuales Lezama escribe ese cuerpo. De nada sirve tratar siempre de encontrar el cierre a sus metáforas, la significación recóndita: nunca se encontrará del todo.

Mi teoría de buscar el cuerpo inmerso en los poemas de Lezama (el insular, el barroco, el de “Las eras imaginarias”, y el del propio Lezama, al final de su vida), me permitió concentrarme más en el texto y en las contradicciones o no de éste con la conciencia de Lezama, con su intención. En esos aciertos o disimetrías salió la confirmación de mi tesis: el cuerpo es la principal forma en la escritura de Lezama. El cuerpo de un sujeto (ideal, como es José Martí, metafórico, como lo es Narciso, o el propio, como el de Fragmentos a su imán) se puede construir y descifrar en sus poemas, ensayos, incluso en sus diarios y apuntes.

Pero esa fue mi idea, otras, infinitas, pueden imaginarse para leerle y llegar a otras conclusiones no menos sorprendentes y enriquecedoras. Contrario a lo que se ha repetido, Lezama no inventa sus citas, él las transforma. Las altera y las superpone a otras que su imaginación decide asociar. Lezama juega con el lector y sabe de antemano que sólo algunos persistentes avanzarán en el desciframiento de sus códigos.

Un solo ejemplo. En su ensayo “Preludio a las eras imaginarias” de su último libro de ensayos La cantidad hechizada, Lezama menciona a un tal Euforión. A fuerza de busca, encontré en su poema “Danza de la jerigonza”, que cierra el libro La fijeza de 1949 lo siguiente: “De noche, Puck al piano y Euforión se precipita en el barranco/ con los puercos.

También en su libro Analecta del reloj de 1953 en su ensayo “Sobre Paul Valéry”, escrito en 1945, Lezama se refiere a este Euforión. Si buscamos en Wikipedia vemos que Euforión fue un poeta griego… y que no aparece nada de barrancos ni de saltos en su vida. La respuesta me la dio una ensayista alemana: el Euforión al que se refiere Lezama aquí es el hijo de Fausto y Helena que en el Fausto de Goethe, trata de volar (como Ícaro) lanzándose desde un barranco y se mata. La cita no es falsa, pero da una vuelta y regresa, además, ¡con unos criollos puercos en el barranco!

Tercera Lección: busca con paciencia a partir de su lenguaje y de sus referencias y habrá siempre sorpresas como la que acabo de mencionar. Al final, la imagen se abre a otras culturas, a otros símbolos, y una parte de la cultura universal entra a la nuestra insular y a la del lector que ha buscado con paciencia, en La Habana, en Tampa o en Montevideo, aunque acepte con regocijante resignación que tratar de entender a El Maestro, es imposible y fascinante.

Publicado en: http://scholarcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1106&context=surcosur

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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