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7 janvier 2017 6 07 /01 /janvier /2017 14:18
CONFLUENCIAS O LA EXPERIENCIA DE ESCRIBIRSE A SI MISMO (I)

Escribirse a sí mismo

La mirada de Lezama a su propio cuerpo rebasa un nivel descriptivo. Lezama somete el comentario visual de su gordura, de su apetito y gusto por los tabacos, de su inmovilidad y de su asma, a una interpretación metafórica con el objetivo de adaptarlos a su visión del mundo. La escritura es para él un intermediario entre su cuerpo y la naturaleza. Ella es portadora de la imagen que trata de remediar la finitud causada por la existencia del tiempo, que él identifica con la pérdida de la verdadera naturaleza inicial, la existente antes de la aparición del pecado.

Es a través de la mirada a la escritura como experiencia que Lezama configura su visión sobre los tres espacios donde actúan sus sujetos poéticos; la isla, el continente americano y su casa, su ciudad y cuerpo propios. Es a través de la escritura que él pretende crear un tiempo imaginario como alternativa primero, al carácter secundario de la Historia insular y americana con respecto al Occidente, a la imposibilidad de viajar y, más tarde a las reglas sociales a través de la cuales el Poder lo reprime al final de su vida.

En Lezama la escritura como experiencia del cuerpo aparece representada:

a) como tema o,

b) como acto o práctica del sujeto.

Como tema el hecho de escribir es igualado al hecho de vivir. La escritura encarna la vida de su procreador y es el principal resultado de su acción. El espacio y el tiempo del cuerpo del sujeto están puestos en función de producir por la escritura otro espacio y otro tiempo paralelos. Las ideas de resistencia estoica y de salvación romántica por el espíritu y la naturaleza están en las bases de esta manera de concebir los temas de su escritura. Según Lezama; “La resistencia asegura que todas las ruedas están girando, que el ojo nos ve, que la potencia es un poder delegado dejado caer en nosotros, que ella es el no yo, las cosas, coincidiendo con el yo más oscuro, con las piedras dejadas en nuestras aguas” .

La escritura para Lezama, considerada como acto o práctica del sujeto al describirse aparece asociada a la progresión temporal de este cuerpo. La escritura nace, crece y envejece como actividad esencial de un cuerpo que pasa también por ese mismo proceso :

Yo empecé a escribir poesía a mis 15 ó 16 años. La Muerte de Narciso lo escribí a los 22 años, se publicó años después, pero es un poema que corresponde a mi adolescencia. Yo sentí en mí, desde mi niñez, algo muy peculiar que tal vez me decidiría a llamar poesía. Yo escuchaba los relatos que hacían mi abuela, mis tíos, mi madre y después los entrelazaba con nuevas ocurrencias mías. Así yo podía vivir en el pasado, acercarlo hasta el presente que nos rodeaba. Igual me pasaba con algunas palabras, terminando por relacionarlas con hechos, acontecimientos personales o históricos. Oía una palabra, de inmediato me surgía el acompañamiento labial, después del ritmo respirante, el gesto del índice al trazar el contorno de la palabra, la brisa que hacía cabalgar la sílaba, los olores que nombraban la mañana o se salvaban en la noche, siempre que surgía esa sucesión en la infinitud, precisaba que estaba dentro de la poesía. Pero en un instante surge el muro, la ruptura de las sucesiones, es una tregua, un aviso para el comienzo de otro poema. Me fue concedido saber que la niñez era un estado repetible por tantes, por eso decidí prolongarla, hacer poesía. Más viejo significa más sabio, más sabios que somos más niños. Viejo sabio niño era el nombre de Laotsé.

De manera consciente Lezama realiza una asociación entre la edad del cuerpo, la percepción sensorial de este cuerpo y la creación del poema. La asociación sirve de base al simbolismo corporal de su experiencia estética. Sin embargo en esta entrevista al final de su vida al relacionar de forma testimonial su edad física con la evolución de su expresión se constata un desplazamiento hacia su cuerpo que descentra de manera inconsciente su deseo de fundamentar un sistema de ideas y una expresión alrededor de la forma y el cuerpo insulares.

En su ensayo Confluencias escrito en 1968, Lezama trata el tema de la escritura como experiencia de su cuerpo. En el corpus del pensamiento lezamiano “Confluencias” es el modelo de exposición del proceso de autoexperiencia corporal que se exterioriza en la escritura. La acción que representa el hecho de escribir en este caso asume una función que P. Ricoeur nombra la imputabilidad.

Esta palabra, dice Ricoeur, sugiere la idea de una cuenta que rinde el sujeto por actos que él mismo se imputa. La designación de sí mismo identifica al sujeto con la posibilidad de ser capaz de la acción. Lezama reconoce una doble presencia corporal en la escritura; como referencia visual de una imagen y como presencia de sí mismo al momento de escribir. Con respecto al primero de estos aspectos él escribe:

Recorría con excesiva lentitud cada una de la piezas de la casa. Marchaba despaciosamente de la sala al traspatio y allí veía colgados los cubrecamas que iba a inaugurar el invierno. Alguien se acercaba y con largos ramajes comenzaba a golpear los paños. El polvo golpeado se trocaba en un chisporroteo que agrandaba o desaparecía los rostros que asomaban en el paño hasta que el ramaje los borraba. Me gustaba en los neblinosos días invernales contemplar esos rostros que sólo mi imago proyectaba, que después desaparecerían como estornudando por el polvillo.

La evocación presente en el texto está en función de describir el proceso de la escritura desde la adolescencia. El cuerpo de Lezama aparece ahora no sólo en su proceso de transformación temporal paralela a la evolución de la escritura, sino fusionado a la actividad que ésta representa:

La palabra en los instantes de su hipóstasis, el cuerpo entero detrás de una palabra, una sílaba, un fruncimiento de los labios o una irregularidad inopinada de las cejas. El residuo de lo estelar que había en cada palabra se convertía en un momentáneo espejo. Una arenilla que dejaba letras, indicaciones. Una palabra solitaria que se hacía oracional. El verbo era una mano excesiva en su transpiración, un adjetivo era un perfil o una mirada de frente, los ojos sobre los ojos, con la tensión de la oreja alzada del gamo. Cada palabra era para mí la presencia innumerable de la fijeza de la mano nocturna.

Esta última metáfora se puede proponer como el tema de Confluencias. La acción de fijar la palabra elegida por la mano en la noche permite a Lezama disertar de manera autobiográfica sobre su propia manera de concebir la creación.

En este texto escrito dos años después del éxito de la novela Paradiso Lezama trata de esbozar una poética final de su escritura y en dicha enunciación confluyen —como lo indica el título— elementos claves de su estética. La particularidad de este ensayo con respecto a los que le precedieron sobre ese mismo tema es el aspecto testimonial que lo caracteriza, aunque se trate de un testimonio cuyo lenguaje recurre como todo el lenguaje lezamiano a las metáforas y a las imágenes para evocar la vida del sujeto paralelamente a la gestación de su escritura.

La confluencia de aspectos que integran el imaginario lezamiano se organiza alrededor del sujeto agente que en este caso se encarna en la primera persona del singular. Este último aspecto se ilustra a través de la más importante figura del cuerpo lezamiano —la mano— y de la imagen de la noche, el tiempo donde según Lezama transcurre la producción del poema:

La noche se ha reducido a un punto, que va creciendo de nuevo hasta volver a ser la noche. La reducción —que compruebo— es una mano. La situación de la mano dentro de la noche, me da un tiempo. El tiempo donde eso puede ocurrir. La noche era para mí el territorio donde se podía reconocer la mano. Yo me decía, no puede estar como en espera de la mano, no necesita de mi comprobación [...] No solamente esperaba la otra mano, sino también la otra palabra que está formando en nosotros un continuo hecho y deshecho por instantes.

El régimen nocturno de la escritura: el descenso

Para Pietro Citati en su libro La lumière de la nuit el surgimiento de la poesía está relacionado con la aparición en la isla de Délos de Apolón, rey de la luz engendrado del aire y la de su hermano Hermes, en cambio, concebido en una gruta solitaria y sombría, mensajero de Zeus y guía de las sombras en el descenso al Hades.

Tomando como base una perspectiva antropológica para abordar las estructuras del imaginario como términos de contenidos dinámicos heredados de Gaston Bachelard, Gilbert Durand prefiere referirse a un régimen nocturno y a un régimen diurno de la imagen. El régimen según él puede considerarse como una colectividad de imágenes reunidas alrededor de una estructura general de relativa autonomía.

Durand divide en dos grupos a los símbolos nocturnos :

a) un grupo constituido por la inversión del valor atribuido al tiempo. En este grupo el espíritu desarrolla su actividad en el seno mismo de la noche y es marcado espacialmente por la caída o el descenso y,

b) un grupo basado en la investigación y el descubrimiento de un valor constante que puede resumirse en una síntesis. En estas imágenes la noche aparece como promesa y antesala de la aurora y marca los mitos y los símbolos de una dialéctica del regreso.

De la oposición de estas relaciones bipolares se puede concluir que el análisis textual de Confluencias se puede estructurar alrededor de dos ejes de significaciones. El primero formado a partir de las imágenes nocturnas que integran la actividad simbólica de la noche, y un segundo alrededor de la corporeidad de Lezama representada por la mano como sinécdoque de su cuerpo y, a la vez, metonimia de la escritura.

La noche

En el caso de Confluencias el principal símbolo de la inversión en el descenso es la noche. La noche como espacialidad nocturna ambivalente, como metáfora de exterioridad y de interioridad, de altitud y de profundidad. Dicha ambivalencia hace que la noche sea representada a través de una estrategia discursiva que Durand nombra doble negación: por lo negativo se destruye el efecto de una primera negatividad con el objetivo de reconstituir lo positivo. Si descender significa abandonar la luz diurna y codearse con la muerte y con realidades descritas por algunos vocablos intermediarios o derivados de la noche, el objetivo es de remontar el tiempo, regresar a un origen y ascender después con más lucidez para las síntesis. “De niño esperaba siempre la noche con innegable terror”, recuerda Lezama, y a pesar de lo terrible de la noche en su memoria, ella le permite regresar a su primera edad y a la génesis de su escritura. “La espera y llegada de la mano iniciaba la cadena verbal, o en el interminable desarrollo se encontraba la mano nocturna”, añade él más adelante.

Lezama elije la noche como tiempo durante el cual transcurre su creación de un cuerpo metafórico, para inscribirse en un larga tradición del pensamiento occidental que en el corpus de su poética tiene dos puntos de referencia concretos; San Juan de la Cruz y Stéphane Mallarmé y en la mitología la leyenda de Orfeo.

En sus ensayos “Sierpe de Don Luis de Góngora”, “Cumplimiento de Mallarmé”, “Nuevo Mallarmé” e “Introducción a los vasos órficos”, están expuestos los comentarios a estas referencias. En su ensayo “Sierpe de Don Luis de Góngora” la alusión a “la noche oscura” de San Juan de la Cruz le sirve de complemento a lo que él considera el exceso de luz de la poesía de Góngora.

Con respecto a Mallarmé, Lezama comenta su concepto de l’explication orphique de la terre. La noche en este caso se vincula a la búsqueda de una expresión abierta a una polisemia que explote las tensiones entre las correspondencias del significante y el significado asociación que la acerca también a ciertas zonas del hermetismo.

Del mito griego de Orfeo, Lezama recrea, como en el caso del mito de Narciso, el fracaso que para la experiencia cognitiva provoca la mirada, la división de dos planos de representación entre la subida a la luz y el descenso a la penumbra, y todas las sugerencias que desde el punto de vista conceptual y retórico se derivan de esa transición entre lo evidente y lo sugerido, el Aquí y el Allá, el Mismo y el Otro, lo visible e invisible, etc., bases de la racionalidad alternativa de la estética lezamiana. La atribución a la figura de Hermes de la encarnación de ciertos símbolos relacionados con la noche, Lezama la retoma pero en una versión que asocia esta divinidad con el rey Thoth de Egipto y los orígenes de la filosofía hermética, base de la Alquimia. Desde el punto de vista semántico Lezama integra lo “hermético” a su poética en la acepción más difundida de; “impenetrable, cerrado, aun tratándose de cosas materiales”. Hermes es considerado en algunas versiones de la alquimia como un ser humano; un viejo rey considerado el primer sabio de la humanidad.

Es evidente que los aspectos de la Alquimia que a Lezama le interesan se relacionan con su escritura y con su propia experiencia. En primer lugar la Alquimia se considera un arte de transformación de la materia, es decir de metamorfosis en aras de lograr o el metal perfecto, el oro, la piedra filosofal o el homunculus, un ser humano articial.

Esta idea de búsqueda secreta, de evolución y cambio de productos iniciales para lograr una unidad material que reúna sus analogías en el isomorfismo de un cuerpo, se encuentra en la base de la escritura del cuerpo de Lezama. Además tanto para el orfismo como para el hermetismo alquímico, el final del descenso a la noche y lo oscuro, son el día, el metal precioso, la piedra filosofal, el Ars Magna; cuerpos o espacios identificados por sus pertenecias a un régimen diurno de las imágenes.

Al incoporar a su cuerpo como sujeto a esta tradición, Lezama exige un lugar en dicha tradición y a la vez añade su propia versión a este imaginario occidental a través de la exposición de las categorías sobre las cuales se articula el discurso de su sistema poético: vivencia oblicua, sobrenaturaleza, acto, respiración, resistencia, etc.

Desde el punto de vista conceptual y figurativo, el símbolo de la noche estructura sus significaciones a través de una relación de implicación recíproca que a primera vista la sitúa en oposición con el día. A partir de esta relación de confrontación entre ambos, se derivan una serie de vocablos intermediarios que recíprocamente contribuyen a la antítesis de esos dos términos: alba/crepúsculo, Luz/oscuridad, etc. En la escritura de Lezama subyace una racionalidad que pretende alcanzar una unidad corporal de dicha experiencia. La experiencia en sí se constituye a través de una progresión lógica del cuerpo que incluye nacimiento, vida y muerte. Si en la escritura de Lezama en general se describe dicha progresión, o con el matiz de finalidad propio a una teleología ideológica, o en aras de un poema-cuerpo, al narrar la manera en que ha concebido sus textos, es el propio cuerpo el que constituye el sujeto de esta progresión y el modelo isomórfico.

En Confluencias la noche se asocia a dos experiencias del cuerpo: la escritura y la muerte. Dos ejemplos de esta asociación entre descensomuerte, son el de Andresito, y el otro ejemplo aparece cuando Lezama se refiere a su madre muerta.

Por el desusado aumento de las colecciones de retratos, percibía que iba de lo cenital y ardido, de las maneras del splendor formae, a lo oscuro y sumergido. A la muerte de mi madre su cuaderno de retratos aumentó mi colección, en la de ella predominaban los descendidos al sombrío Hades, y en la mía mis contemporáneos, gozosos aún en la región de la luz.

La cadena simbólica que se representa por; Eros-Cronos-Thánatos, describe de manera general el itinerario vital de un cuerpo. La noche como símbolo de la inversión en el descenso aparece de manera ambivalente: es un espacio de reposo tras la vida que conserva ciertos signos escatológicos. Lezama comienza su ensayo precisando los detalles de este movimiento de la noche marcado por uno de los signos arquetípicos de todo descenso: la lentitud. Desde esta primera descripción Lezama crea un campo de intersubjetividad entre su cuerpo y el de la noche que se pone “al alcance” de sus “pies” y penetra en su cuarto y en su sueño, los dos espacios —real e imaginario— donde actúa de manera íntima su corporeidad:

Yo veía a la noche como si algo se hubiera caído sobre la tierra, un descendimiento. Su lentitud me impedía compararla con algo que descendía por una escalera, por ejemplo. Una marea sobre otra marea, y así incesantemente, hasta ponerse al alcance de mis pies. Unía la caíde de la noche con la única extensión del mar […] Lejana y habladora, maestra de sus pausas, la noche penetraba en el cuarto donde yo dormía y sentía cómo se extendía por mi sueño. Apoyaba la cabeza en un oleaje que llegaba hasta mí en un fruncimiento de una levedad inapresable. Sentirme como apoyado en un humo, en un cordel, entre dos nubes. La noche me regalaba una piel, debía ser la piel de la noche. Yyo dando vueltas en esa inmensa piel, que mientras yo giraba se extendía hasta las muscíneas de los comienzos.

En Confluencias la noche es un cuerpo que actúa, por la mano, como complemento de la mano y del cuerpo de Lezama. Es el descenso de la noche y la comprobación de su presencia como continuidad del cuerpo propio, lo que permite al sujeto pasar del miedo inicial a la penumbra, a la seguridad que facilita el acto de la escritura.

Foto : Iván Cañas, 1970

Publicado en Letral, Num 4  : file:///C:/Users/AEI/Downloads/11._Confluencias.pdf

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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