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8 janvier 2017 7 08 /01 /janvier /2017 07:30
CONFLUENCIAS O LA EXPERIENCIA DE ESCRIBIRSE A SI MISMO (II)

La ingestión y la expulsión

En lo que se refiere a la experiencia metafórica del sujeto, en la noche de Confluencias hay un gesto de integración al cuerpo que guarda semejanzas con la acción del banquete. El banquete de Lezama no se basa en un muestrario al sol de sus ingredientes sino que transcurre al interior del cuerpo. Esta inversión lleva implícita una relectura de la estética barroca gongorina. Relectura que Lezama marca con una autoreferencialidad que lo iguala a Góngora a quien él considera un “respirante carbunclo, lince de diamante, grave como la mariposa que no está

El proceso de intercambio entre el cuerpo que escribe y el cuerpo de la noche que cumple una función de inversión en el descenso, está relacionado en “Confluencias” con la descripción metafórica de una intimidad digestiva.

La fusión del sujeto con la noche aparece como una incorporación involutiva que Durand identifica con el complejo de Jonás. Lezama desea hacer difícil el acceso a las que él considera claves de su corpus de ideas sobre la escritura, incluso en un texto autobiográfico como es el caso de Confluencias.

Este deseo también se debe a la totalidad que según él debe concentrase en la palabra. La palabra es concebida como un hallazgo —a la manera en que procede el arte de la Alquimia— donde se concentran el micro y el macrocosmos, lo estelar y el cuerpo y el espíritu del sujeto. Esta concentración se materializa de la misma manera que la ingestión de alimentos y el objetivo es igualar la acción física a la producción y reproducción de la expresión; “una digestión metamorfósica y un procesional espermático”. Lezama dice partir de referencias que pertenecen a tres pensamientos filosóficos: el tao, Pascal y San Agustín. Del tao él toma uno de los principios de Yang Zhu sobre el papel central del cuerpo del hombre y la realización pasiva del sujeto en la ignorancia del mundo material . De Pascal la idea sobre la fragilidad de la condición humana que él aborda en sus relaciones con la razón y la fe cristiana. Mientras que de San Agustín, Lezama prefiere referirse a la palabra divina que habita en cada hombre que puede desmentir incluso las enseñanzas exteriores que vienen de un Maestro; la verdad reside en nosotros y no en las palabras ajenas aunque esas palabras sean las de un Maestro.

Dos aspectos tienen en común estas tres referencias;

a) la importancia del cuerpo propio como espacio donde residen y se realizan tanto las transformaciones espirituales o éticas, como la realización expresiva del hombre, y

b) la insistencia de una tensión ambivalente entre el interior y el exterior de la corporeidad del hombre que se inclina a favor de esta corporeidad.

Esta inclinación Lezama la traslada a la descripción de su propia experiencia al aludir a la ingestión hacia el interior del cuerpo como metáfora de la asimilación de esos hypotextos transpuestos de manera intertextual por él. La imagen, función operatoria de la escritura lezamiana, logra su unicidad en el vientre, centro del cuerpo.

Es en el interior del hombre donde a la manera en que se cocían los productos en el “Huevo Filosófico” se elabora la palabra que por la unidad que encarna y su representación Lezama considera universal.

La actividad de la escritura se asemeja a la creación del homunculus que de acuerdo a lo expuesto por Paracelso en su De natura rerum se lograba a partir de la esperma humana. Este detalle de la esperma vincula la tesis delirante de Paracelso con ese logos spermatikos de San Agustín a quien Lezama dice citar . Las bases filosóficas y simbólicas, así como el espacio corporal elegido para su exposición hacen del banquete lezamiano un acto intencionalmente alternativo del banquete gongorino. Por otra parte el complejo de Jonás alcanza una doble lectura en ese banquete nocturno e interno: Lezama es sumergido en la noche, y la noche desciende hacia él y hacia su vientre, se sumerge en él.

La casa: el rincón y el archivo

La casa es el principal símbolo de la intimidad en el descenso de la noche en “Confluencias”. La casa vuelve a aparecer con su doble significación: real y metafórica. Las tres casas reales en las que vivió Lezama aparecen en este ensayo: la casa donde él naciera situada en el Campamento Militar de Columbia en el cual su padre era Coronel del ejército republicano, la casa de los abuelos de Prado 9, y la casa de Trocadero 162 donde él viviera hasta su muerte.

El carácter metafórico que adquieren estas casas en la evocación del texto radica en que si bien ellas son en todos los casos refugios del cuerpo, de dichos refugios se desprenden motivos de poemas de Lezama o un símbolo espacial adonde llega el sujeto después de una experiencia nocturna.

La particularidad de la casa en Confluencias reside por una parte en que Lezama revela la existencia del despacho de su padre que funciona como el rincón al que se refieren Bachelard y Durand. En un pasaje del texto habla de la casa donde el nació y la remembranza sirve para esclarecer imágenes presentes en poemas que ya Lezama ha escrito al abordar su experiencia como escritor, o la casa de la abuela de Prado 9 que en el imaginario lezamiano es considerada la casa de la naturaleza:

Yo veía en la casa grande del Campamento, la llegada del invierno. La cocina, el comedor y los dormitorios se utilizaban más en sus diferencias, su silencio sonaba más hacia dentro, la conversación se hacía más susurrante. Mi abuela nos visitaba con más frecuencia. Los preparativos para la visita eran muy extensos y cuidados, parecía que nos iba a acompañar por todo el invierno, pero ya al día siguiente en el desayuno, la oíamos decir: no me gusta abandonar mi casa de Prado, usando la palabra con que una reina se refiere a que un castillo ha sido abandonado o al referirnos a una vecina decimos que tiene sus hijos abandonados

Es en esta primera casa donde Lezama desde su refugio de niño ve muchas de las que después serían imágenes de sus poemas.

En la descripción de la experiencia de su cuerpo, es la casa del nacimiento el espacio donde se fundan a partir de la mirada, los paradigmas visuales y conceptuales implicados en el trabajo de la escritura del poema. Se trata en este caso de fundamentos basados a la vez en el aspecto somá- tico y en una ética derivada también de la corporeidad. En el arquetipo de la casa lezamiana de Confluencias existen dos espacios interiores —el despacho del padre en la casa del campamento de Columbia y el último cuarto de la casa de Prado donde la abuela conserva “un escaparate titánico”— que adquieren una doble perspectiva de intimidad que más que refugio hace de ellos espacios ambivalentes para el cuerpo del sujeto Lezama; espacios a la vez de transgresión y de memoria ancestral y norma cercanos a la significación simbólica de “el Archivo” a la manera en que lo enuncia Foucault y lo adapta Roberto González Echevarría a la historia literaria de América Latina. En ambos casos se trata de referentes y generadores de la escritura lezamiana.

En Confluencias al Lezama retornar sobre los motivos claves de su escritura, insiste acerca del papel generador de la figura del padre a través del espacio simbólico que éste ocupa en la primera casa. El cuarto del padre juega el mismo papel que el segundo piso de la casa barroca de Leibniz según Deleuze: “pieza clausurada, pieza privada » :

La casa ofrecía no tan solo esa esperada metamorfosis, sino una continuada maravilla oculta. El cuarto de estudio del coronel. Mesas con planos y diseños, panoplias, títulos, condecoraciones, esferas armilares, proyecciones de Mercator. Estaba más allá del cuarto dormitorio de mis padres, que nosotros nunca traspasamos. Ese más allá era el cuarto de estudio, donde el coronel pasaba gran parte de la tarde y de la noche. Si alguna vez penetrábamos en esa pieza, por alguna puerta furtivamente abierta, retrocedíamos corriendo, asustados, como quien penetra en una atmósfera que lo refracta. Entrábamos lentamente, mirando a un ángulo, a una sombra, a un mueble gimiente, y salíamos corriendo, disparados como flechas. […] De esa pieza, desván, biblioteca, descanso para lo errante, iría desovillando la magia que he percibido siempre en toda morada del hombre, como el resguardo de un caracol que ofrece sus laberintos defensivos a la embestida de la marina nocturna.

En Confluencias se pueden citar al menos dos símbolos claves indistintamente del imaginario del orfismo y de la Alquimia: el huevo, y el dragón. En Lezama ambos símbolos aparecen asociados a esta pieza del padre —en el caso del Dragón— o a esa especie de archivo mítico que es el album de fotos de su madre muerta —en el caso del huevo—: “Del recuerdo del cuarto misterioso, más allá de las columnas, en el Campamento, surgiría mi concepto sobre la cultura china: la biblioteca como dragón”. Con la idea de asociar el cuarto del padre al Dragón y a la biblioteca, Lezama quiere dotar al espacio que ocupaba su padre muerto, de una simbología que rebase el estatuto de refugio que posee la casa. En su memoria el lugar del padre es como la figura corporal evocada; generador de la escritura por ser su función de biblioteca, la privilegiada entre todas las otras. La tarea de escribir comienza para el niño Lezama también en la transgresión del espacio paterno donde se acaparan los libros. En el Dictionnaire mytho-hermétique de Antoine-Joseph Pernety, aparece que el Dragón sin alas —al que también se refiriera Nicolas Flamel— puede representar en la alquimia la esperma masculina . Es con esta significación que lo utiliza Lezama a la hora de nombrar el cuarto-biblioteca de su padre:

Los procesos alquímicos empiezan a trasladarse al mismo cuerpo humano. El dragón es el mercurio. Es semen y sangre. Viene del riñón y se conserva en el hígado. El tigre es plomo. Es hálito y fuerza corporal. Sale del espíritu y es conservado por los pulmones, se dice en el libro clásico de la cultura china.

La casa es también un símbolo femenino con el sentido de refugio, de madre, de protección y seno materno; la habitación secreta y aislada de la casa —“más allá del cuarto dormitorio de mis padres”, aclara Lezama— posee, por pertenecer al Padre, una filiación sexual masculina. El lugar donde se conservan los libros es —por transposición simbólica de las figuras del dragón y el Padre— también el lugar donde se refugia el semen que crea al sujeto Lezama. El archivo más que una acumulación de textos abarca todo un proceso mediante el cual se escriben textos. Visto en el contexto de la literatura latinoamericana es, según Roberto González Echevarría : un mito moderno basado en una forma antigua, una forma del comienzo. El mito moderno revela la relación entre el conocimiento y el poder como la contienen todas las ficciones anteriores acerca de América Latina, el andamiaje ideológico que sustenta la legitimidad del poder desde las crónicas hasta las novelas actuales.

En este sentido Lezama sigue la estrategia de toda una tradición literaria. Los lugares y documentos íntimos y secretos de sus ancestros guardan como un archivo la materia de las imágenes y Lezama funge de archivista-escritor que, al final de su vida, da a conocer el contenido de esos secretos.

El retorno de la escritura: la mano

La mano de Lezama como órgano de la escritura es el principal símbolo del cuerpo en el regreso a la luz de su experiencia corporal. La interpretación de la experiencia corporal de Lezama expuesta en Confluencias se apoya en los símbolos de la noche y de la mano a partir de los cuales Lezama establece dos zonas de representación sin abandonar el papel director de la centralidad del cuerpo del sujeto agente.

La intención de Lezama es de establecer un vínculo entre la temporalidad de su cuerpo progresando a la vez de manera física —por la distancia lógica existente entre el momento de la elocución y el de la niñez— y creativa —por el esclarecimiento de categorías claves de su sistema poético—, y un exterior representado de manera simbólica por la noche y la memoria biográfica. En esta intención es la mano la que actúa como mediador entre el espíritu y el cuerpo del sujeto y ese exterior que puede denominarse indistintamente; objeto, naturaleza, mundo.

Confluencias se puede considerar el texto que expone una ontología de la imagen poética lezamiana al situar en el cuerpo del sujeto —en su mano— en su espíritu —en su memoria— y en sus sentidos —tacto, vista, oído— la base tipológica de estas imágenes además de argumentar la coincidencia entre, la intención del acto de escribir, y las funciones y valores de las imágenes que este acto concibe.

El objetivo no es de describir los dos ejes simbólicos que se delinean a partir de la noche y la mano, sino interiorizar cómo funciona y se concibe de manera interna —es decir en el dinamismo consciente de Lezama— dicha representación simbólica. El objetivo es más bien explicitar el mecanismo mediante el cual Lezama, al escribir, somete a su cuerpo a una experiencia que lo define, y a la vez, al caracterizar dicha experiencia en Confluencias, le atribuye a la mano y a sus gestos al escribir, las funciones de identidad de esa misma experiencia.

Este mecanismo consiste en un intercambio de funciones entre el cuerpo propio y el espacio y el tiempo donde transcurre la experiencia de la escritura de ese sujeto, en la pérdida momentánea del papel rector de ese sujeto agente como eje de la acción y el cambio de su definición basado ahora en su condición de carne.

La intención de Lezama es alejar al cuerpo —a su cuerpo— de toda referenciabilidad anecdótica: si la anécdota ocupa el centro de la experiencia corporal de Confluencias, la acción escrita mediante la cual ella se textualiza representa al cuerpo —a la mano— en fusión e intercambio con el exterior de ese texto. Sólo que en esta última etapa de su creación ese exterior no es contextual ni siquiera natural, sino abstracto o simbólico como es el caso de la noche.

La particularidad de la mano de Confluencias consiste en su doble función de puente y de complemento. La corporeidad del sujeto que se mira escribir y escribe se visualiza al igual que el texto, por la carne o tejido que les es común. Referirse al cuerpo de Lezama no es sólo referirse al cuerpo del sujeto ni a los signos de este cuerpo que podrían hallarse en la forma antropomorfa del texto. Es sobre todo reconocer que este cuerpo personal, por un movimiento tautológico de su consciencia presente en el gesto de concebir un poema, es blanco de dos efectos que describen su estatuto identitario y la simbólica de su exteriorización.

Es la piel —junto con la mano— la otra parte de los cuerpos de Lezama y de la noche que se intercambian entre sí. Si la mano ejecuta la acción de escribir, es la piel quien por analogía puede asimilarse a la superficie de la hoja escrita. La mano como prolongación más allá del espacio del cuerpo y la piel como capa de lo visible de ese cuerpo. Al cambiar su piel por la de la noche —y viceversa— Lezama sólo hace acentuar los grados de reversibilidad de su cuerpo como carne.

La noche me regalaba una piel, debía ser la piel de la noche. Y yo dando vueltas en esa inmensa piel, mientras yo giraba se extendía hasta las muscíneas de los comienzos […] La inmensa piel de la noche me dejaba innumerables sentidos para innumerables comprobaciones. El perro que durante el día había pasado muchas veces por mi lado sin casi haberme fijado en él, ahora, durante la noche, está a mi lado como adormecido, y es entonces cuando lo miro con la mayor fijeza. Compruebo el fruncimiento de su piel, cómo mueve el rabo y las patas queriendo apartar moscas inexistentes. Ladra dormido y enseña los dientes colérico. En la noche tiene enemigos invisibles que continúan fastidiándolo. Sus reacciones coléricas anteriores no dependen del homólogo de sus motivaciones diurnas. No depende en la noche de motivaciones, sino, sin saberlo, está engendrando inumerables motivaciones en la piel de la noche que me cubre.

Sin embargo la mano y la piel de Lezama están de vuelta del descenso, ellas completan con el cuerpo del sujeto al cual ellas pertenecen, el equlibrio entre los dos regímenes de las imágenes. La mano y la piel de Lezama están del lado de acá, del lado diurno. A estos símbolos del cuerpo se unen las categorías de la escritura propiamente lezamiana; acto, sobrenaturaleza, imagen, vivencia oblicua, así como la argumentación de la génesis de muchas imágenes de un ensayo —“Las eras imaginarias: la biblioteca como Dragón”— de al menos tres de sus poemas —“Rapsodia para un mulo”, “Oda a Julián del Casal”, y “Pensamientos en La Habana”— que constituyen el regreso como corpus ideológico o poema de la inmersión metafórica en la noche con la que él quiere ilustrar su experiencia.

Foto : Iván Cañas, 1969

Publicado en : file:///C:/Users/AEI/Downloads/11._Confluencias.pdf

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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