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20 juin 2012 3 20 /06 /juin /2012 14:03

(Notas sobre un viaje entre Tarascón y Arles)

Arles-copie-1 

          Cuando el ómnibus entra al pueblo de Tarascón por el camino que viene de Aviñón, miro de inmediato a la izquierda, cuento una, dos, tres casas, y creo reconocer la casa de Tartarín descrita por Alphonse Daudet en su célebre novela  Tartarín de Tarascón, publicado por primera vez en 1872, y que en algún momento de mi infancia leí allá en Cuba.

          (He venido hasta aquí, debo aclarar, con un grupo de artistas a un festival local dedicado a la cultura cubana. Ondean banderas cubanas por todas partes y me creo despertar – más con zozobra que con asombro ­– en algún momento obligatorio de mi niñez).

            Distingo una casa de dos pisos, de postigos verdes y jardín, con las esculturas de dos leones erosionados por la lluvia y el sol, decorada, desde su abandonado silencio, para turistas de paso por el pueblo, como es mi caso ahora.

Fue quizás la nítida presencia del sol quien le dio la idea a Daudet de poblar el jardín de este insigne cazador de un pueblo dormido con diminutas copias de plantas venidas de África: calabazares, algodoneros, matas de mango, cocoteros, platanales, palmeras, etc.  Porque es exótico el sol para alguien que desciende de París al sur, después de meses de cielos cubiertos por el gris o las lloviznas.

            Para los franceses el sur significa (junto a un acento áspero y de simpáticas cadencias) ese sol, la liberación feliz de los abrigos y bufandas, la luz que proyectan al caminar las siluetas en jardines floridos y, también, cierta insistencia en la pereza, en la lentitud del placer o del reposo, cierto abandono vespertino de los apremios de las grandes ciudades.

            A pesar de haber nacido por estos parajes, en Nimes, Alphonse Daudet se burla como un parisino de ciertas torpezas y exageraciones para él típicas de la región y encarnadas en el personaje de Tartarín, un famoso cazador que cada día enarbolaba una gorra diferente y se aburría por la ausencia de fieras y de aventuras.

     Como es sabido Tartarín, ante la desoladora carencia de presas (sobrevive sólo una liebre en toda la región a quien llaman La rápida) se va a África a cazar un león que en realidad es ciego, resulta víctima de sucesivos atracos y estafas, y regresa a su pueblo en un camello y con la piel del león invidente, lo cual hace de él, por  un malentendido, un héroe para una muchedumbre exaltada que le aplaude.

            De no ser por su amigo el escritor Frédéric Mistral (Premio Nobel en 1904), Daudet habría pagado cara la manera de burlarse de la abulia provinciana, y la ceguera colectiva de los admiradores de Tartarín. Se cuenta que a su paso por el pueblo, después de haber publicado el libro, escapó de milagro de un linchamiento colectivo. Bueno, de milagro no, fue Mistral quien intervino para que perdonaran al atolondrado burlador de la región y de ciertas de sus costumbres.

            Y desde entonces los tarasconenses cargan con la molesta celebridad de un libro que no les conviene ni les gusta, y que se ha convertido en símbolo del pueblo en el mundo entero. Más incluso que la leyenda de la Tarrasca, monstruo fabuloso escondido en las aguas del río Rhône y que únicamente pudiera dominar Santa Marta, patrona de Tarascón.

Lo mismo le ocurre al vecino pueblo de Arles, donde viviera y pintara muchos de sus cuadros un tal Vincent Van Gogh, a quien los vecinos, por medio de una carta colectiva, condenaron a la reclusión en un hospital de dementes debido a sus sucesivos escándalos.

            De esta manera las celebridades actuales de Tarascón y de Arles se fundan por las obras de dos forasteros reprobados, por el malentendido entre el artista y sus escandalizados contemporáneos.

            A una docena de kilómetros de Tarascón, cuando uno sale en coche hacia Arles, el paisaje muestra un cielo despejado que sin embargo yo quiero imaginar “muy fino, azul-gris, cálido, casi sin azul definido, centelleante”, como Van Gogh prefería admirar, según escribe en una de sus cartas a su hermano Théo.

Me llama la atención la inclinación por el viento de los cipreses, las flores de lavandas, los lirios, y el particular amarillo de sombreros de paja, campos de trigo recién sembrados y los girasoles. El amarillo que ya pertenece sólo a Van Gogh, y que, según Lezama Lima, en la persecución de la luz, asocia la idea de pureza y el azufre, infernal tósigo del diabólico Asmodeo

Tengo ante mí, por unas horas, el panorama en lontananza de algo que antes conocí en los cuadros.  Y nace la sospecha de que el vagabundo vio en la naturaleza las afinidades con su espíritu para llevarla a sus telas, lo cual, me digo, limita toda especulación sobre la libre imaginación del artista.

Nada nuevo añado al decir que la expresión de Van Gogh es original no por la invención de algo irreal a la mirada, sino por  la asociación de colores, por la suma de capas de pinturas de colores contrastantes, y cierta arbitrariedad del espacio.

            Al entrar al antiguo hospital donde lo internaron seis semanas encuentro el lugar exacto desde el cual el paciente Vincent concibiera su cuadro El Jardín del Hospital Hôtel-Dieu. Me paro unos minutos. No dejo de mirar. Tal y como ocurre, según los especialistas, con el dibujo del cuarto de hotel que ocupó un tiempo allí en Arles, percibo, con el tardío regocijo de un aficionado, una intencional asimetría entre el árbol de la izquierda, el sendero hasta el estanque y las nenúfares. Una de las sutilezas, se dice, de su pintura: la azarosa disposición de colores y líneas, en otras palabras: pintar como le da la gana, poner las cosas en el sitio caprichoso de sus delirios.

            Busco por la ciudad el sitio del famoso cuadro Terraza del café por la noche que él pintara en septiembre de 1888. Al doblar de un callejón empedrado aparece todo el amarillo del toldo gigantesco que para despejar dudas y atraer al turista exhibe inscrito el nombre del pintor.

                  En una carta a su hermana Wilhelmina Van Gogh le dice sobre este cuadro:

He aquí un cuadro nocturno sin negro, sólo con un bello azul y violeta, y verde y en este ambiente la plaza iluminada se colorea de un azufre pálido, de un verde limón. Me divierte mucho pintar la noche en este lugar. En otra época se dibujaba y se pintaba el cuadro por el día según el dibujo. Pero yo creo que es mejor pintar las cosas de manera inmediata. Es verdad que en la oscuridad yo puedo confundir un azul con un verde, el lila azulado con un lila rosado debido a que no se distingue bien la calidad del tono. Pero es la única manera de salir de la negra noche convencional con una pobre luz pálida blanquecina cuando basta con una simple vela  para obtener los más ricos amarillos y naranjas.  

            No es de noche, son las doce del día. Me siento a mirar el café imaginando esa noche de 1888, tratando de ver la mirada de Vincent que en el lienzo evita las sombras y sin saberlo, quizás sin saberlo, pinta la primera de sus célebres noches estrelladas.

           Como estoy con amigos pienso en los otros. En los amigos de aquel allá que se nombra Cuba. Pido una ensalada de lechugas, tomates y queso, y la acompaño con una copa de vino rosado. Pero todo es amarillo, claro. Toda la plaza se ilumina como si nunca pudiera ser allí de noche, o fuera otra noche salvada a la oscuridad del mundo.

            Y veo la estatua de un hombre con sombrero que parece proteger del tiempo, desde su estatura de mármol, todos los alrededores. Me confundo. Me digo que es Vincent, el vilipendiado que llega sin una oreja al Hospital Hôtel-Dieu o, tal vez, su hermano Théo, muerto sólo seis meses después del suicidio del pintor.

            Me acerco y compruebo que en realidad es una estatua de Frédéric Mistral, el olvidado Premio Nobel que escribía sus libros en provenzal y que, como Théo con su hermano, salvara a Alphonse Daudet de la ira de quienes no tuvieron el don de distinguir en su tiempo ciertas extravagancias de los genios.

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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golden age cheese 30/07/2014 15:09

Its exciting to meet characters or places that were described in a story or novel for real. It gives more strength to the visuals or gives us an opportunity to compare the ability of our imagination skills. And the negative part is that these often makes us feel bad when the real ones wont be as beautiful as we thought.

Adrian PONZE 23/10/2012 15:26

Muy bueno, Armando!!

Jenn 20/06/2012 23:05

Bravooooooo! viva Van Gogh y vivan tus emociones que nos regocijan siempre!
abrazos

Aymara 20/06/2012 18:37

Sempre disfruto mucho sus articulos y cronicas por la forma tan natural de su estilo y por las asociaciones que establece con otros momentos y personajes. Quizas los difruto tanto, ademas, por
algunas experiencias comunes, partiendo del hecho de que soy tambien una cubana que vive en el exilio. Saludos y muchas gracias.

Mariela 20/06/2012 16:46

Me parece genial...SUERTUDOOOOOOOOOOOOOO

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