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31 mars 2012 6 31 /03 /mars /2012 19:03

Dios-Diablo.jpg           Han sido días intensos estos últimos. De veras. Intensos en la frustrada tranquilidad que persigue con fervor mi anonimato.

Tengo sobre mi mesa varios programas de exposiciones por ver y una breve lista de libros recientes que me gustaría hojear. En el museo de Orsay se muestran desnudos de Degas. En el Grand Palais se pueden ver más desnudos (lujosos, célebres y burgueses) del fotógrafo Helmut Newton que yo no conocía. En el Louvre, me dice una publicidad que salta a la vista en todas partes, se exhibe restaurado la “Santa Ana” de Leonardo da Vinci.

Al menos quisiera correr a comprar dos libros. Uno de Jacob Burckhardt sobre el renacimiento en Italia, y otro libro de un profesor africano de la universidad de Princeton, Kwame Anthony Appiah; un erudito estudio sobre las revoluciones morales.

Pero es tanto el trabajo en la semana que me vería obligado a correr por el metro y la calle los sábados, algo que casi me prohíbo por el exceso de gente planificada para hacer lo mismo y a la vez, como en toda gran ciudad que se respete.

Llego al aula y una estudiante me dice que ha visto en Le Monde a un hombre que grita y le golpean antes de la misa del Papa en Santiago de Cuba. Y toda la realidad que evito o me despierta a veces en la noche, aparece de nuevo como una condenación imparable.

(Ahora sabemos que el hombre se llama Andrés Carrión Álvarez, y anda preso por una estación de policía con el insólito nombre de Versalles).

Y me doy cuenta que el deambular del Papa y varios demonios me interrumpen cualquier plan estético en estos días. Ese programa de cura del alma con el cual trato de alejarme en vano de lo que me molesta u olvido.

Como ya se sabe 13 años después de Juan Pablo II, otro Papa (muy inferior en carisma y en milagros alcanzados) le dio por pasar por La Habana al regreso de México.

Y en Francia, país donde me ha tocado vivir, primero por la libreta de la vida, y después por elección de la costumbre, un fanático mató judíos y soldados en nombre de un Ala violento que hicieron olvidar durante un tiempo las revoluciones de las primaveras árabes.

¿Y Siria? De Siria no, de Siria no me atrevo a hablar. Ni siquiera a mirar las fotos de masacres diarias que, como yo, contemplan sin hacer nada, ante la tele y los periódicos, los dueños de este mundo, mientras el presidente Bashar Al-Assad y su esposa Asma bajan música de internet o se van de compras, como revelan los mensajes de sus correos electrónicos dados a conocer por el diario inglés de izquierda The Guardien.

 De ahora en adelante cuando alguien me hable de coraje, de circunstancias y factores objetivos y subjetivos, de moderación y otros argumentos para  medir las dosis del valor humano, me limitaré a ver las fotos y las imágenes de esos sirios que van con sus cuerpos contra las bombas y las balas.

Contrario a mis ocios preferidos en estos días, Dios y los demonios me saltan desde las pantallas sin que yo pueda evitar sus existencias.

¿Qué hacía el Papa en Cuba? Un editorial de El país lo explica bien: defender los intereses de la iglesia para tratar, dicen, de ser un intermediario en las reformas del comunismo cubano.

Nadie olvida, claro, algunos detalles. El cardenal Jaime Ortega intercedió hace un tiempo en la liberación de prisioneros políticos. Y hace unos días estuvo de acuerdo con el desalojo de la iglesia de la Caridad donde se metieron a protestar 13 opositores. A nadie debe sorprender entonces que el Papa ni se molestara a recibir a los disidentes.

¿Es ingenuidad, ignorancia u oportunismo de la cobardía creer que los cambios de Cuba podrían acelerarse con la visita casi turística de un Papa? Me parece que hay un poco de todo eso. Un cóctel de pasiones irresponsables y esa eterna costumbre insular de esperar que los otros se ocupen de los problemas nuestros.

A cada cual le dejaron estos días en los cuales se habló de Cuba en los diarios de todo el mundo, lo que cada cual elija: no sé si se pueda estar bien con Dios y con el diablo. Aplaudir las dos o tres frases sutiles del Papa (que condenó el embargo de Estados Unidos) sobre los presos y los cambios, sobre las familias separadas y otras comedidas etcéteras.

Mi miedo atroz a la acción y a las represalias no puede impedir que me quede con la imagen de ese señor que dicen se llama Andrés, golpeado por un camillero de la Cruz Roja. Me imagino a Andrés, allá en su Versalles santiaguero, no en éste de jardines y del Petit Trianon de María Antonieta que hace pocos domingos recorrí con G. recordando a Stefan Zweig. Me lo imagino a Andrés, pero no puedo adivinar que desesperación pasó por su cabeza al irse a entregar a gritos contra el comunismo ante las cámaras del mundo.

Y me quedo también, por borrosos recuerdos de mi vida en la isla que he querido olvidar durante más de 15 años, con los ecos que nunca escucharé de la conversación sobre Steve Jobs, entre el escritor Orlando Luis Pardo Lazo y su novia Silvia, en una estación de policía del brujero pueblo de Reglas.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Mariela 02/04/2012

Me gusto mucho. Y nos hace creer que stamos en Paris y en Cuba a la vez. Un beso

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