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14 février 2011 1 14 /02 /février /2011 21:23

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(Notas sobre la libertad y la esclavitud aceptada)

 

 

Nunca olvidaré el momento en que mi razón supo en La Habana que yo no conocía la libertad.

Fue cuando una argentina (se llamaba Doris y era de Misiones) encendió un cigarro Malboro.

La manera de encenderlo y después de llevarlo al aire con las primeras volutas saliendo de sus dedos entrecruzados, describió en el vestíbulo del hotel Riviera la forma visual de mi vergüenza.

“Yo quiero poseer ese gesto”, me dije con descubridor entusiasmo de esclavo.

Me di cuenta, también, que no entendía la libertad, por desconocida, pero el Malboro ardiendo me mostró que podía verla y hasta suponerla.

Entonces no había leído ese pasaje en el cual Reinaldo Arenas, viajando en tren por los Estados Unidos, relata cómo vio un gesto para él inimitable. El de un muchacho americano lanzando un balón a un cesto.

La conclusión de Arenas era descorazonadora: quién ha nacido y crecido en el totalitarismo nunca podrá lanzar un balón con tanta ignorada indiferencia.

Es decir que ni los que aceptan o se quedan, ni los que nos rebelamos con los pies del totalitarismo, podremos disfrutar de esa normalidad congénita. Algo nos iguala en nuestro desencanto: el haber crecido sabiendo que  nos vigilan y nos prohíben todo.

Pero quiero suponer que algo nos diferencia; los matices de nuestra resignación, las opciones de nuestra réplica. Y esto me ha obligado a tratar de responder a esta pregunta:

Qué origen tiene la servidumbre voluntaria? O lo que es lo mismo:

¿Por qué ciertos pueblos dan la apariencia de aceptar con resignación y como destino, el poder omnipresente de un tirano?

En un libro escrito a los 18 años y publicado en 1576,  Étienne de La Boétie, el gran amigo de Montaigne, dice no poder comprender, anoto, por qué razón tantos hombres, ciudades y países soportan a un tirano cuyo único poder depende precisamente de ellos, de su resignación o de su rebeldía: “Los tiranos son grandes porque nosotros estamos de rodillas”, escribe La Boétie.

El amigo de Montaigne parte de un principio: “El poder no es divino, viene de la servidumbre de los hombres”. La falta de libertad es antinatural y logra imponerse, entreteniendo al pueblo, dando algunas gratuidades, honorando a los adulones cortesanos, imponiendo en fin, la tiranía…por la costumbre.

“La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”, escribe La Boétie, “uno no añora nunca lo que nunca ha conocido”, concluye.

La voluntad acostumbrada a obedecer, no cuestiona a la rutina, no desafía al tirano.

Más que precursor de una concepción revolucionaria, Discurso sobre la servidumbre voluntaria puede considerarse un antecedente de la desobediencia civil, que siglos después desarrollaran Henry David Thoreau y Gandhi, entre otros.

Y fue Santo Thomas de Aquino en su Suma Teológica quien resolvió el dilema de la eterna obediencia divina: la ley injusta no es ley, la desobediencia no puede en esos casos producir efectos negativos superiores a la propia ley. Es decir, que lo injusto justifica la rebelión o, al menos, el desacuerdo.

El mes de enero del 2011 no es el comienzo de una década, sino también de una ola de protestas contra las tiranías de varios países árabes. Primero en Túnez y después en Egipto. Y cada vez que alguien decide saber cómo hacer para encender un cigarro como lo hizo aquella argentina para mí en el hotel Riviera de la Habana de los 90, me vuelvo politólogo y leo, reflexiono y asocio. Trato más bien de explicarme tres cosas: el cómo y por qué ocurrió, y su posible relación, por supuesto, con el caso de Cuba.

Desde Timothy Garton Ash, hasta Moisés Naim, Mark Thompson, Thomas L. Friedman, Manuel Castels y Mario Vargas Llosa, por sólo citar algunos, todo el mundo coincide en lo inédito del carácter y la manifestación de estas protestas.

Estamos en presencia, parece ser, de un nuevo tipo de revolución.

Los políticos y respetados pensadores e intelectuales, autores de graves discursos y gruesos tratados, y directores de institutos y academias…una vez más se equivocaron.

Y se equivocaron por dos razones; 1 por subestimar la rabia contenida y los deseos de modernidad de los jóvenes árabes (que por supuesto son como todos los humanos), y  2 también por la falta de modelo de referencia al cual agarrarse.

Nos damos cuenta ahora que el apoyo de los EU y de Occidente a tiranos corruptos como Ben Ali y Moubarak para frenar al fundamentalismo islámico, terminó siendo un error que obvió a quienes nacidos o crecidos en plena globalización, aspiran a las ventajas y a la dignidad de ser libres.

Ahí están los teléfonos móviles, internet, Facebook y Twiter citándose como soportes de la comunicación inmediata, de una sociabilidad que se trasmite de manera instantánea y global.

Y aunque la palabra revolución es la que menos me excita de todo el diccionario, hay que reconocer que estas revoluciones de los países árabes son sumamente atractivas, como el jazmín, o el humo que salía de las manos de la argentina: no están estructuradas alrededor de una personalidad, una ideología, ni un partido, no gritan consignas militantes ni contra el Occidente, no matan aún cuando mueren los manifestantes, no destruyen…

Un principio parece coincidir en estas nuevas rebeldías, la libertad de sus espíritus. Ser libres, así de simple, decir NO sin violencia física. Un único objetivo une a estas personas durante 18 días en una plaza pública: echar fuera al tirano.

Cabe preguntarse entonces, ¿qué ha cambiado desde Étienne de La Boétie y la turista argentina en el hotel habanero? Quiero pensar que en lo esencial nada: ser libre es natural, y acostumbrarse a no serlo es una silenciosa aberración que un buen día se interrumpe por la ira.

¿Y por qué no en Cuba?, me preguntan siempre, estudiantes, amigos, desconocidos, malintencionados y enemigos. En estos días más, claro, cuando dos tiranos han salido corriendo. Y la respuesta, me decía antes de leer  a La Boétie, necesita la escritura de un mamotreto.

La respuesta a la pregunta de por qué en Cuba no sucede lo mismo que en Túnez y en Egipto se complica, creo, en sus detalles, pero no en lo esencial: no hemos aprendido a decir BASTA al mismo tiempo y en múltiples espacios.

La manera en que los cubanos tratamos de ser libres no ha perturbado lo suficiente la siesta de la corte. Acatamos por pereza e indiferencia, o por sobrestimar el poder de la represión. Disentimos en espacios reducidos. O nos vamos a otro país, como yo, a tratar de encender un cigarro como lo hizo aquella argentina (se llamaba Doris y era de Misiones), un atardecer de enero en el vestíbulo del hotel Riviera de La Habana.

 

 

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

gabriel 28/03/2011 19:08


El problema en Cuba no es falta de inconformismo, ni falta de valor. El problema es falta de fe.

El régimen ha logrado convencer a casi todos los cubanos de que cualquier gesto de rebeldía es completamente inútil. Por eso los cubanos no protestan en público. Porque están convencidos de que
sería completamente inútil.

Esos mismos cubanos cuando tienen fe muestran un valor insuperable. Por eso se echan al mar arriesgándose a que le coman los tiburones. Porque saben que pueden alcanzar Florida.

La buena noticia es que hay una minoría de cubanos que sí tienen fe, y esa fe es contagiosa como un virus.

El día que se reunan cincuenta cubanos para protestar, habrá otros cien que se convenzan de que el cambio es posible. Y cuando se reunan cien, esos convencerán de la posibilidad del cambio a
doscientos.

Es una dinámica autocatalítica: el producto de la reacción acelera la propia reacción. Y cuando tenemos cinéticas autocatalíticas el resultado es reacciones con aceleraciones exponenciales.

Por eso el momento de las revoluciones es impredecible. Se desencadenan por alteraciones aparentemente insignificantes en el entorno.

Un portavoz del gobierno se equivoca al leer un papel y cae el Muro de Berlín. Unos locos le abuchean a Ceaucescu cuando está dando un discurso y una semana más tarde lo fusilan.

Cuba cambiará gracias a un hecho aparentemente insignificante que se amplificará fuera de control.

Sucederá en cualquier momento.


Abel 17/03/2011 14:21


Hay que tener un universo muy reducido...un horizonte increiblemente limitado para que el gesto de alguien encendiendo un cigarro Malboro nos diga que no somos libres. El problema de los cubanos es
que esa misma limitacion os acompaña toda la vida, por eso sois los eternos inadaptados donde quiera que esteis y siempre terminais en la clasica nostalgia del arroz con frijoles.


JosEvelio Rodríguez-Abreu 16/02/2011 15:31


Sr.Armando es un excelente llamado a la reflexión individual y colectiva.!!Inolvidable!!
Muchas gracias.


Marta 16/02/2011 10:07


Gracias Armando...el titulo de tu articulo lo explica todo...hasta cuando, no?
Espero puedan leerte en Cuba.


David Lago Gonzalez 15/02/2011 16:37


Muy buen título el de La Servidumbre Voluntaria, y muy buen texto. Es cierto, ninguna persona que no haya pasado por eso puede entender ni captar esos fugaces momentos que tienen que ver con una
libertad orgánica que no conocimos nosotros.


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