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16 août 2010 1 16 /08 /août /2010 09:55

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       Que un hombre cuente cómo durante su primer viaje al extranjero decidió quemar su pasaporte y desaparecer con algunas pocas pertenencias (un cepillo de dientes, un álbum de fotos y un ejemplar de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand) sin rumbo fijo, ya es un tema intrigante para una novela, ¿no es cierto?

         Si a lo anterior añadimos que se trata de un historiador literario de 60 años (“Miope, cojo, feo sin exageración y colosalmente escéptico”) que decide no volver a Cuba de donde salió a Madrid para participar en un simposio sobre José Martí (al que ha dedicado años de estudio y a quien termina detestando); la inquietante historia despierta curiosidad en el lector.

Y si se declara que el narrador es Abilio Estévez, las expectativas son mayores. Quienes han seguido la obra de este escritor se preguntaban qué contaría Abilio después de anunciar el fin de historias exclusivamente insulares.

         Con la novela El navegante dormido (2008) Abilio había terminado un trío de novelas que cuentan historias con escenarios en Cuba. Tuyo es el reino (1997) y Los palacios distantes (2002) habían precedido a El bailarin, y permitieron, en su conjunto, conocer y valorar al creador de un universo inconfundible.

Un universo, el de Abilio, tejido por la coincidencia de personajes errantes en espacios cerrados donde se espera una catástrofe. De un imaginario que exalta el arte, las maneras y la memoria de una Cuba republicana anterior a la revolución de 1959. De una narración a veces desesperadamente lenta por las confesiones aisladas de sus protagonistas, por las referencias culturales que, como únicas y fieles compañías, salvan o alivian la existencia de seres aterrados por el miedo y el deseo de huir. Un universo alrededor del cual levita una imagen, una frontera, un paisaje o un testimonio (siempre imaginario) que acompaña como resignación o esperanza a la banalidad y a la miseria.

Y es así como en El bailarín ruso de Montecarlo, Abilio se arriesga a imaginar el destino de este Constantino Augusto de Moreas a primera vista irresponsable, poco a poco convincente para un  lector piadoso que acepta sus argumentos para vivir así: casi sin dinero, en una pensión barcelonesa que al final (por su amistad con la dueña) no tiene que pagar, y con dos sueños: vivir de una vez sin ser vigilado (es decir identificar la felicidad con el olvido ajeno) y llegar un día a Mónaco y ver al bailarín de su adolescencia, al culpable de su fuga a la Barcelona que imaginaban en un campo de caña en Cuba.

Abilio no elije las peripecias factuales del emigrante que huye y trata de entrar en el nuevo mundo al que llega para vivir (materialmente) mejor. No es para nada la nostalgia el sentimiento que predomina en el viejo investigador que puede imaginar hasta el olor de imposibles jazmines en “la inexplicable geografía del destierro”.

Lo que le interesa describir a Abilio es más bien el movimiento estático de la conciencia de Constantino que sólo aspira al olvido y a (re)crear el posible hallazgo de la figura del bailarín adolescente: el único consuelo a su vida sin epopeyas, el mejor ejemplo visual (para él, miope y cojo) del domino total del equilibrio, la mejor metáfora del hombre que, como el pájaro, sueña con poder un día volar.

Para no ser demasiado extenso, termino con la mención de una paradoja, el señalamiento de la repetición de un recurso que se supera, y la proposición de una clave que marca todas las invenciones literarias de Abilio.

Como en sus anteriores tres novelas, el miedo es el estado subjetivo dominante en El bailarín ruso de Montecarlo, como se puede apreciar en este pasaje:


Estoy en la cama. Tengo miedo. ¿Por qué? A pesar que lo ignoro, intentaré una explicación: dejando a un lado mis sesenta años y mis muchas lecturas, he vivido en Cuba (ya se sabe). Esta circunstancia, en sí misma, no es buena o mala; sencillamente no vale la pena que se le juzgue. Lo que sí se puede advertir es que carezco de experiencia. Dicho de otro modo: no sé vivir. No ya en Cuba, en ningún sitio.


La gran paradoja radica ahora en que la decisión de Constantino deja de ser contemplativa y decide irse de viaje con Patti-Bazán, la envejecida gorda propietaria del hotel, a pesar de los riesgos que implica atravesar las fronteras sin papeles y sin dinero.

El miedo, se insinúa entonces, ha quedado definitivamente atrás, en la isla de la cual se ha escapado.

Abilio repite en algunos gestos de Constantino la decisión de comenzar de nuevo, de seguir la imagen y la profecía de alguien conocido tanto tiempo atrás que se convierte en imaginario, del Victorio de Los palacios distantes que tira las llaves del acueducto donde trabaja, abandona la pocilga a punto de derrumbarse en la que vive, y sale en busca de un palacio  que según El Moro (un aviador encontrado en su infancia), cada persona posee en algún sitio.

Este recurso, al igual que el miedo, se supera como repetición de lo imposible, precisamente al atravesarse las fronteras y seguir camino a Mónaco, al intentar ver y encontrar al bailarín imaginario.

La clave para tratar de comprender el comportamiento de Constantino, y todo el libro, se encuentra en la Primera Parte, Libro 3, de  Memorias de ultratumba del romántico Chateaubriand.

Allí, en un breve fragmento llamado “Fantasma del amor”, Chateaubriand describe cómo él imaginaba de joven a una mujer a quién, de tanto creer real, no sabía cómo complacer. El contraste y la frustración, que le convencían de su invención entonces, venía al despertarse y verse, “pobre”, “pequeño”, “oscuro”, “sin gloria”, “sin belleza”, “sin talento”…

Perseguir lo que se imagina, nos insinúa Abilio, no sólo es una compensación a la pequeñez de ser mortales, es la manera más duradera de superar contratiempos que como el miedo, o la falta de libertad, nos impone algo tan ajeno e involuntario como la Historia.

 

Abilio.jpg

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Luisito 23/09/2010 22:14


Una verdadera critica, elegante, seria, profunda, para un escritor unico como Abilio. Muchas Gracias y continua asi Armando. Estamos muy orgullosos de ti.


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