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9 mai 2010 7 09 /05 /mai /2010 09:50

(Notas sobre mi amistad con el escritor Juan Arcocha)

 

            Durante una suma de domingos que alcanzaron años, puntualmente a las cinco de la tarde, mi amigo Juan y yo pasábamos revista a la vida con una botella de whisky de por medio.

Juan me enseñó la elegancia de llegar a la hora exacta. Una elegancia, que como todas las elegancias, se hace antigua y rara en nuestra época de desesperos, vulgaridades y entretenimientos.

Y suponía Juan, sin equivocarse, que muchas veces, adelantado, daba yo vueltas a la manzana de su edificio para otorgarle el placer de sonar el interruptor a la hora justa, y escucharle decir con satisfacción al abrir la puerta:

 Caballero…adelante…

Comenzaba así el ceremonial en el que comentábamos, reíamos, criticábamos o celebrábamos las noticias o chismes más recientes, antes de introducirnos, después del primer trago, en su tema predilecto: Cuba.

Con el tiempo, y ahora con su despedida definitiva, llegué a creer que nuestra amistad se sustentaba en dos necesidades recíprocas: yo representaba para él una Cuba enigmática por desconocida, la que siguió existiendo después de irse definitivamente de La Habana, al final de los años 60.  

Mientras que, para mí, Juan reunía consigo las virtudes y los modales de una Cuba refinada. La de una intimidad respetada, una dicción y un discurso precisos, una manera, en fin, a la vez esencial y ligera de encarnar una vocación: la cubanía.

Conociéndolo bien sé que Juan hubiera preferido resumir todo esto con una frase que me repetía a menudo: “Se puede ser cubano, Armando, y, a la vez, civilizado y cosmopolita”.

Juan no sólo era políglota sino que también había viajado por el mundo entero como intérprete de conferencias internacionales. Y en sus novelas ese trasiego de culturas, religiones, cocinas, olores y supersticiones, se insinúa con rara intensidad, detrás de diálogos, situaciones y tramas aparentemente banales, en las que muchas veces ni siquiera aparece la referencia a Cuba.

En otras ocasiones, no aquí,  quizás me detenga en nuestras elecciones y hallazgos mutuos a lo largo de mis visitas dominicales: los personajes de los libros de Abilio Estévez, la narración fabulada de Ponte sobre la visita de Sartre a La Habana, las presencias de Marcel Proust y de la lengua rusa en la novela Rex de José Manuel Prieto, o la crudeza, que lo obligó a interrumpir su lectura cuando ya estaba muy enfermo, de Boarding Home de Guillermo Rosales…

En cada caso Juan buscaba pruebas de esa necesidad suya de creer universal una identidad como la cubana a través de la escritura o de la propia vida.

Montaigne en su ensayo De la amistad,  al evocar la relación con su amigo Estienne de La Boëtie, insiste en un detalle que él consideraba esencial entre dos amigos: la comunicación. “Es la comunicación lo que alimenta una amistad,” escribió Montaigne. Una comunicación, añade, donde ambos espíritus se complementen hasta el punto de no tener que preocuparse por las imperfecciones.

Para Juan el hecho de poder hablar y entendernos, a pesar de nuestras enormes distancias de edades, de gustos y de vivencias, era la mejor prueba de que una Cuba futura, en la que pudieran coexistir  las rabias y las virtudes, los valores y los defectos de individuos diferentes, era posible.

“Este país es tan imprevisible que cualquier día surge en él un Shakespeare”, me contaba Juan que le había oído decir en Cuba a Virgilio Piñera.

Esa predicción insólita era una sus citas preferidas para ilustrar un hipotético regreso a una Cuba, eso sí, sin dictaduras, donde podría enseñar a otros lo aprendido en las errancias del exilio.

Unos días antes de morir, al llegar a verlo al hospital, ya de vuelta de un coma profundo, Juan me contó uno de sus delirios: veía a Virgilio Piñera montar una y otra vez una escalera de caracol y escuchaba al mismo tiempo una voz que repetía sin cesar la misma frase:

-El no, no existe…

Aunque nunca nos pusimos de acuerdo sobre las modalidades de otra vida en la cual ambos creíamos (él, esotérico y medio budista, yo, católico indisciplinado y negro brujero), quiero aceptar que Juan me estaba dando la última enseñanza de nuestros diálogos. La de poseer una fe ciega en la persistencia, la de intentar completar con lealtad lo que siempre va a faltarnos.

Como si el domingo próximo yo volviera a estar adelantado a nuestra cita, y después de dar  unas cuantas vueltas a la manzana de su barrio parisino, llegara a las 5 en punto y lo escuchara pronunciar nuestra frase mágica al abrirme la puerta:

Caballero…adelante…

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Zoé Valdés 23/05/2010 00:03


Hermoso recordatorio, elegante, fiel.


Eva 10/05/2010 21:05


Simplemente maravilloso! Qué pluma tan fina la suya caballero!


Félix 09/05/2010 18:34


Gracias por escribir con tanta sinceridad y tanto cariño. Siento mucho lo que ha significado esta pérdida para ti. Hay personas que, incluso sin que lo sepan, son para nosotros imprescindibles. Hay
amigos insustituibles, a los que siempre estaremos esperando para hacer un té y conversar y reírnos de la vida. Y siempre llegarán a la hora exacta, incluso desde la imaginación. Un fuerte abrazo.


Armando de Armas 09/05/2010 18:01


Oye, tremendo ese sueño con Virgilio y la escalera de caracol.


Jose Prieto 09/05/2010 17:15


Armando, excelente evocación, llena de fineza y cariño por el amigo. Habla muy bien de ambos, y de esa amistad que describes tan respetuosa, atractiva y llena de sorpresas gratas para los dos. Pena
por Arcocha a quien no conocí. Tengo aquí su libro que me hizo llegar. Que descanse en paz.


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