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21 avril 2012 6 21 /04 /avril /2012 01:53

 

SALINGER-copie-2.jpg        Miro con detenimiento, una y otra vez, la imagen de Salinger, sorprendido a la salida de un supermercado, cerrando el puño de su mano derecha contra la ventanilla de un auto desde el cual alguien le saca una foto.

Raro ese Salinger, oculto de la fama durante casi medio siglo en New Hampshire, como uno de los niños en el centeno que su protagonista Holden Caulfield evoca en el relato de tres días de su vida de fugitivo.

Miro la foto, repito, y leo con un retraso que casi se asemeja al olvido, un artículo sobre los escritores de culto (“Un secreto de dioses”) publicado en El país el 14 de enero pasado.

Pero, ¿qué cosa es un escritor de culto?, nos preguntamos los dos, la periodista argentina Leila Guerrero y yo. Al  leerlo me doy cuenta que mis gustos y mis criterios de selección, al responder a esta pregunta, han cambiado mucho en estos últimos años.

-Debe ser el exilio, respondo a mi conciencia vaga, para no buscar complicadas causas a mi cambio de gusto. Me digo ahora que las referencias, por ejemplo, y los juicios de valor, en mí, ya no son los mismos de cuando vendía libros en la Plaza de Armas de La Habana, o nadaba a solas en la costa habanera a la caída de repetitivos atardeceres.

Algo permanece, creo,  queda como un rezago de una época que comienza a decir adiós sin compasión: la fascinación por el acto de leer y leer, el atractivo del libro como objeto burgués que se acumula y se exhibe por las paredes de nuestras casas. Pero también algo aleja de mis gustos de aquel que desembarcó en Francia: ya quiero catar, disfrutar y en último caso, juzgar, a una literatura mundo.

La razones supongo provienen de haber cambiado el orden de mis exigencias. Me interesan de un libro, su voz, la incitación a la reflexión, y la audacia compositiva con la cual el autor adecua el contenido de lo que cuenta.

Cada vez me incitan menos el testimonio y el realismo, la urgencia desnuda del yo, la denuncia o la reivindicación explícita de convicciones. El nacionalismo y las nociones de identidad, gritadas para cerrar una frontera real o del espíritu, reducen y se limitan a quienes piensan en efímeros ombligos.

En cuanto a los escritores, prefiero a ese Salinger escondido que agrede a quien desea sacarlo de su refugio, a Le Clézio lejos del ruido y las fotos en Nuevo México, a Milán Kundera rechazando las entrevistas y las apariciones públicas, a Marguerite Yourcenar en la isla de Monts Déserts, escribiendo una de mis frases preferidas:

Mis primeras patrias han sido los libros.

Me doy cuenta, ahora al escribir, que asocio la extrañeza del libro a la figura esquiva de un escritor fugitivo y distante que precisamente por estas razones termina convirtiéndose en un emblema.

Si pienso que un gran libro es aquél que te obliga a volver a él y, una y otra vez para descubrir nuevas sugerencias de su escritura, un escritor de culto es ése que descubrimos con otros elegidos que no conocemos, y con el cual compartimos una leal complicidad de apreciaciones sobre todo lo que nos rodea.

Para responder a esa tarea tan personal como disímil de definir a un escritor de culto, Leila Guerrero cita nombres y pide opiniones a críticos, editores y escritores. Los nombres de escritores contemporáneos que cita son varios: Enrique Vila-Matas, Alan Pauls, Yuri Herrera, Rafael Gumucio, Jorge Herralde, Pilar Reyes, Elena Ramírez, Manuel Borrás...Más adelante agrega otros que ella y sus entrevistados van considerando indispensables en esa selecta lista y de los que menciono sólo los de expresión española: Daniel Sada, Antonio di Benedetto, Sergio Pitol, Julio Ramón Ribeyro, César Aira, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Virgilio Piñera y, por supuesto, Roberto Bolaños, el mito más reciente de la literatura latinoamericana.

La suma de dones que enumera Leila Guerrero para ser un escritor de culto incluye la necesaria veneración de los lectores, la comunión alrededor de un libro que exprese los dilemas de una época o de una generación, las estrategias editoriales que promueven y venden a este maldito misterioso que deja de serlo al convertirse, muchas veces y tarde, en un best seller .

Entre las descripciones de este tipo de escritor, reproduzco más abajo la del crítico Christopher Domínguez Michael, por considerarla la más completa o, en todo caso, la más cercana a mis preferencias:

Es un escritor ajeno al gran público que frecuentemente termina por conquistarlo. Kafka fue de culto, como Joyce, escritores-para-escritores que acabaron por imponerse en las academias y las universidades. Dostoievski fue de culto unos diez años y hacia 1910 era patrimonio de la humanidad. Pero quizá ya no haya autores de culto confiables, es decir, que puedan permanecer escondidos. Hoy todo se publica, de todo se oye hablar y nada permanece en lo oscuro.

Tendremos que aceptar con la resignación de ser testigos del puente de dos siglos, que algo ha cambiado en esos escritores que dejamos entrar al jardín privado de nuestras lecturas. Yo sigo prefiriendo a los casi desconocidos, o a los que se aplaudieron tarde. A esos que, como Salinger en la foto del supermercado de New Hampshire, prefieren que los dejen en paz los premios y las estatuas, una vez que han escrito esos libros que de alguna manera son también nuestras más fieles patrias.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Carlos 23/04/2012

oye, pero esto lo escribiste tu? que interesante, y que bonito!!!! me ha encantado!!!! de verdad. mándame siempre estas cosas!

Lorena 24/04/2012

Bueno el problema aqui es donde metes lo cubano en todo eso, porque de no hablas para nada de cubanos ahi, excepto Virgilio Pinera y no eres tu quien lo cita.

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