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25 mai 2013 6 25 /05 /mai /2013 07:37

 

Montoto-Otono.jpg

Me fui de regreso a Cuba también para comer frutas. A tratar de recordar el sabor de la pulpa de los mameyes. Fuera de Cuba sólo he podido comer mamey en Miami. Cada vez que aterrizo en el aeropuerto de Miami mi padre me saluda de la misma manera: “Ya te compré los mameyes, chico”…Y al llegar a su casa mi tía me abre la puerta con el ruido de fondo de la batidora. Porque los que conocen el mamey saben que su batido es el mejor del mundo…al menos eso piensan muchos cubanos.

Según Lezama Lima el mamey “atolondra al extranjero, brindándole por el color un infierno cordialísimo”. Para mí volver a probar el néctar del mamey sería una de las pruebas de haber vuelto a casa. La casa original, no la de enfrente. Pocas horas después de llegar se confirmó por mil razones que yo era un extranjero atolondrado en mi propia casa, pero más por la búsqueda de su recuerdo que por poder saborearlo: habían desaparecido de momento las cordialidades del infierno.

El mamey se convirtió así en la piedra filosofal de mi paladar durante el viaje. Ante su ausencia fui dejando instrucciones para su búsqueda y captura a cuanta persona cruzara en mi camino. ¡Si ven mameyes, avísenme!,  supliqué  a familiares y a vecinos, a choferes de coches de alquiler y a vendedores ambulantes, a grupos de jugadores de dominó en los portales, y a un jabado que se dedica a llenar fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara.

“La patria es un plato de comida. Yo me como mi país todos los días”, le gustaba repetir al escritor habanero Eliseo Alberto Diego desde México. Para visitar bien un país hay que comérselo, me digo yo. Al menos intentarlo. Es decir, comerse un país también es un ejercicio que nos ayuda a asimilarlo mejor. Un acto casi de consciente canibalismo turístico.

Comerse a su país es una de las pocas soluciones que uno tiene para volver a él y a las edades perdidas en otras geografías.

Lo supe tarde. Tal vez porque en La Habana perdí mi paladar en los años noventa. Supongo que el café mezclado con chícharos, los caldos de cáscara de plátano, el picadillo de soya, un brebaje llamado cerelá, y otras invenciones gastronómicas de la época, masacraron sin piedad mis papilas gustativas. Casi de manera irreversible, lo confieso. Son testigos unas cuantas francesas que descubren con estupor mi incapacidad para catar ingredientes y especies.

Lo supe tarde, repito, eso de comer para conocer. Y casi a la vez, en Lisboa y en Venecia. No en París, donde la cocina, apresurada y cara, escamotea los detalles de lo auténtico, escribió Stendhal, al llegar a la capital francesa desde Grenoble, y antes de irse a vivir a Italia. Fue en Lisboa, almorzando bacalao con una botella de vino verde, y en Venecia, al cenar una pastas al dente con un aromático pesto en un pequeño restaurante llamado Archimboldo, que descubrí esas maneras deleitosas de poseer invisibles maneras de vivir.

Como era de esperar las frutas que fui a buscar a Cuba en mi regreso fueron las que me inventé en la lejanía de las bufandas y de los sabores congelados de los supermercados de Europa. Las frutas y las playas son las venganzas leves de nuestro torpe nacionalismo cuando se suele hablar de orígenes y emblemas. Ante la ausencia de monumentos y de lujos refinados tenemos que echar mano al sol, es decir, a la naturaleza, y al ritmo de ciertas sonoridades.

Me levanto al amanecer. El aire acondicionado con su ruido protege el sueño de G. de mis sigilos de desnudo felino hacia la ducha. Paso por el jardín de este apartamento que alquilamos en Nuevo Vedado. En short y sandalias salgo a la calle. Único momento, lo sabe mi pasado, de pausa fresca antes que aparezca el sol de agosto. Voy con una jaba bajo el brazo en busca de frutas para G. que en París anunciaba a sus amigas pasar su próximo verano en una hamaca a la sombra de un cocotero.

Subo la calle Tulipán y atravieso la avenida de Rancho Boyeros. Veo despiertos a pulcros ancianos que arrastran sus pies y los cuerpos ajados como sus ropas por los años bajo el sol. Me pierdo y paso delante del dormido Ministerio de la Agricultura. Pregunto a una señora que, estática en una esquina, mira (supongo) al cielo, ¿dónde está el mercado?, y al doblar a la derecha percibo la cola de jubilados que espera la hora de apertura.

Junto a la entrada cerrada una señora vende bolsas plásticas a un peso y se asombra que no compre ninguna. Abren la verja de alambres, pero nadie corre como esperaba yo: dentro no hay frutas que puedan desaparecer, ni hortalizas, ni carnes; ya han desaparecido antes. Y no hay mucho dinero tampoco. Las siluetas cansadas de los viejos son más bien una procesión que viene formalmente a observar si en los kioscos queda algo que comprar.

El mercado lo forman casetas con techos bajos que protegen de la luz hasta no dejarla pasar, y tablones que, a modo de mostradores, dejan ver las piernas velludas de los vendedores en short, junto a montículos de mercancías amontonadas por el suelo.

De nada sirve que me miren con desconcierto al repetir que busco frutas. Lo que veo a mi alrededor me parecen piezas en miniatura de un verde negruzco. Esparcidas por cajones agrietados se pueden ver, descoloridas y enanas, algunas frutas que se parecen a las que busco: mangos, plátanos y guayabas. No hay más. No hay naranjas. Imposible beber un jugo con su zumo en el desayuno. “En verano no hay lechugas ni tomates”, me responde un vendedor joven entre dos coplas de reggaetón que se escuchan desde alguna parte: “eso es de invierno”…

Ante mi evidente decepción un vendedor me llama (al decirme “amigo” me percato que ha descubierto que vengo del extranjero), y me muestra perniles de carne que después sabré son de puerco; cortados y expuestos sobre una bandeja de madera que parece mojada y sobre la cual revolotean moscas.

Cuando voy a pagar las pocas frutas que elegí, el vendedor y un anciano que está en la cola miran golosos el puñado de pesos cubanos que saco del bolsillo: quizás unos 10 euros que es el equivalente de la jubilación de quienes me rodean.

Al caminar de vuelta junto a algunos transeúntes despierta el sol: veo mi sombra sobre la acera. La misma sombra que G., leyendo sentada en el jardín, se cubre con un sombrero. Persuadida G. que, si bien no ha dormido en la hamaca del cocotero imaginado en París, le llevo las frutas tropicales que supone ella desbordan mi bolso mañanero.

A falta de otras frutas comemos mangos y guayabas. Durante interminables desayunos comemos mango y guayabas en todas sus variantes. Son exquisitos, decimos en Cienfuegos, en Trinidad, en Viñales y en Santa Clara, al despertarnos. “Crecen silvestres y los vende la gente en la calle”, me aclara sobre la invasión de mangos un señor en Trinidad a quien he ido a preguntarle si sabe de mameyes.

No bastaba a mis caprichos el placer de tomar un cuchillo en un amanecer adelantado por el calor, y pelar un mango sentado en un portal donde ves aún gotas de rocío y escuchas cantar los gallos. Faltaban los mameyes. Y cuando vimos G. y yo unas piñas en el mercado del estadio Sandino de Santa Clara, el regocijo del hallazgo en unos segundos se convirtió en broma: parecían de juguete de tan minúsculas e incoloras.

Cuando menos lo esperaba apareció el mamey. De vuelta de haber ido a correr al Campo de Sport, el muchacho que llena fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara me llama. Días antes le he llevado un paquete de fosforeras de regalo que G. me trajo de Francia, después de habérselas pedido para él por teléfono.

“Ya esto no es el psiquiátrico, chico, ahora es una escuela de ballet”, me aclara mientras busca para mí, dice, “un regalo”: “Aquí tienes un mamey”, y me lo muestra con una sonrisa y una aclaración: “Bueno está un poco pasado, sabes, como tu andabas dando vuelta por toda la isla se maduró demasiado”.

En la cocina de mi madre preparo el batido con hielo en una batidora que de usada y descompuesta produce un ruido tan infernal como el de una locomotora que ruge a lo lejos. Le doy antes a probar una rodaja del mamey a G.: “No me gusta el sabor, parece podrido”, me responde: “prefiero los mangos”.

Termino de hacer el batido. Por supuesto que hace calor y me voy al portal a tomarlo congelado. Mi madre me pregunta desde su silla de ruedas cómo ha quedado:

-Está buenísimo, le comento. De todas formas en París no existen los mameyes.

Ilust: Otoño de Arturo Montoto

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

David 14/03/2016 16:40

Tremendo! Ahhh el mamey... que recuerdos... Como se llama el cuadro del articulo? Quien es el pintor? Tienes por casualidad una foto mas grande?

David 14/03/2016 23:06

Es excelente! Magnifico! He leido otra vez el blog y he visto al final el titulo del cuadro y autor. Me gustaria tener algun trabajo de él.
Saludos desde Roma

Armando VALDES-ZAMORA 14/03/2016 19:09

El cuadro es de Montoto, un pintor que vive en Cuba

Tania 25/05/2013 18:21

Leer esto fue como saborear un mamey, se estimulan todos los sentidos, hasta el mal sabor de la realidad cubana. Para mi es la fruta q realza la sensualidad por excelencia. Seguí escribiendo, es un
placer leerte. Besos
Ahhh, no imaginas los recuerdos q surgieron de mi vida dp de la lectura

Edel 25/05/2013 17:25

Gracias hermano ,siempre tan expendido y realista..Hace unos días hice por aquí un comentario sobre la historia triste de mi papa ,que vendía frutas al inicio de esta "locura"y un miliciano se le
acerco en 1963 y le dijo ,que entregara ese carro de frutas ,que lo que se necesitaba era cortar mucha caña.Para desarrollar el país!.Que frutas habría a las que se pudriesen ,con tanta cantidad y
variedad.papa , murió el año pasado y bromeaba con mi hija ,cuando le decía nombre de frutas ,que para ella era algo de de burla.Dime tu: marañón, níspero,canistel...Todo un chiste ,la verdad!!!

Armando Araya 25/05/2013 12:37

Magnifico recorrido a la Isla en tu escrito, Armando. Gracias por el regalo. Un saludo.

José Ramon 25/05/2013 11:53

Esta esquisita, sensual, cargada de lirismo. Tengo que confesarte que me ha saltado las lagrimas...

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