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24 janvier 2010 7 24 /01 /janvier /2010 22:57

En Francia aprendí que yo era negro. No era que en Cuba fuera blanco, la verdad. Más bien esa manera cubana de decir moreno: trigueño, color cartucho, color botella de cerveza.

En todo caso, como muchos cubanos, alguna brujería, una oración y un huevo a Elegguá tirado en las cuatro esquinas los lunes, eran lo que resumían mi pasión supersticiosa y externa por lo africano.

            Y resulta que en París, donde todo el mundo viene de todas partes, me han dicho y he sentido, que también soy negro.

No hablo por supuesto del físico (desde que me rasuro el cráneo para embarajar la desaparición del pelo, me creen originario de Martinica o Guadalupe), sino por mis afinidades, por mi comportamiento, por ese ritmo, esa cadencia a la que se refería Antonio Benítez Rojo en su libro La isla que se repite al tratar de definir al cubano y al caribeño.

            Es con los que vienen de los antiguos países comunistas y con los negros con los extranjeros que mejor me llevo en Francia.

Cuando estoy perdido y no encuentro una dirección, la salida del metro, la entrada de un cine, siempre le pregunto a un negro. Eso no falla. Basta con mirarnos. O sonreír. Basta con que dos amigos, uno de Guadalupe y otro de Camerún, que trabajan conmigo en la universidad, me detengan en un pasillo cuando estreso más de lo debido:

-No te olvides de donde venimos, me dicen. Y en ese regreso cómplice a la calma original, vuelvo a ser yo, mi cuerpo recupera la lentitud que necesita.

En muchos pueblos de las provincias cubanas viven o vivieron haitianos o sus descendientes. El prototipo de haitiano que recuerdo en mi infancia es el de un negro con un acento tan raro como incomprensible (ahora sé que era francés o el dialecto haitiano), un enorme machete que llamamos paraguayo, y leyendas sobre ocultas hechicerías con animales sacrificados, como es propio de la religión vudú.

            Yo no tenía pensado escribir ahora sobre Haití por dos razones. Se ha escrito, mostrado y hablado demasiado en los últimos días debido al seísmo. Y también porque duele tratar de ordenar unas palabras cuando lo que prevalece son la tristeza y la incomprensión.

            Pero muchas personas me han hablado en estos días, en París, sobre la cercanía geográfica con Cuba: “es cerca de su casa”, me dicen, con esa amable condescendencia con la que se aproxima lo que se sospecha y no se conoce bien, con cierta amabilidad con el exilado.

            Recuerdo que en Cuba se afirma que si vamos al extremo oriental de la isla podemos ver, a lo lejos, las luces de un faro de Haití: menuda paradoja, ver otra isla calma el terror de estar solos en medio del agua.

En todo caso no pude ir a ver las luces de Haití ni desde Maisí ni desde Juaco, que es de donde mejor se ven, según me han comentado.

Y trato de explicarme por qué necesité el exilio y tanto tiempo para sentirme tan cerca de los negros y ahora de los haitianos. O más. Por qué se necesita algo tan horrible para pensar en esa porción de isla, para mostrarse uno humano con un cheque, para que los políticos y las potencias, de nuevo, armen el circo macabro de los protagonismos.

            Yo he preferido releer en estos días las leyendas haitianas. En ellas muchas veces los niños mueren de hambre ante la impotencia de sus padres, y resucitan en forma de frutas con el mismo alegre colorido de un cuadro de art naïf.

            Y me doy cuenta que de alguna manera todos nos sentimos responsables cuando nos apuramos, en el momento de la desgracia, a ser conmovidos contribuyentes para aliviar un dolor que, en mis pronósticos más pesimistas, dejará, en unos días, de ser noticia.

Que hasta apoyarme en la metáfora de la resurrección de frutos para argumentar de manera simplista que Haití renacerá y no sé cuantas sandeces, forma parte de la terapia colectiva que exorciza el peor de los remordimientos; el olvido.

Y mirando las imágenes del desastre, deseando convencerme que son sinceros mis estremecimientos, me imagino la cara que pondría el haitiano de mi barrio si me oyera hablarle en su idioma, como sólo puedo hacer ahora, 20 años después de verlo por las tardes afilar su machete paraguayo recostado a un taburete, y de esta manera tratar de comprender la indulgencia casi pírrica que proclama el vudú como comportamiento ante la fatalidad del destino.

“Los pueblos no mueren”, ha declarado el presidente de Haití ante el desastre. Me gustaría creer que tampoco se olvidan.

Que más allá del sentimentalismo hipócrita con el que buscamos la absolución de nuestros propios demonios cotidianos, dejemos de mirar a Haití como algo ajeno que nos purifica o nos realza con nuestra gentileza, y no como una variante más de lo somos quienes venimos de esa parte del mundo: el resultado de un cóctel catastrófico de indulgencia, corrupción, vacíos nacionalismos revolucionarios, oportunismo, mala administración, etc.

Si algún día en Cuba puedo al fin ir a Maisí o a Juaco y miro hacia el este, me gustaría ver al menos una fogata iluminada por un pariente lejano del viejo de mi barrio.

Quizás mi incredulidad necesite de esas visiones para aceptar que de veras no vamos a olvidar a los haitianos.

                       

           

           

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Zoé Valdés 09/02/2010 16:33


A mí también me ha costado trabajo escribir, tengo amigos allí, y todo lo que hago me parece inútil. Tu texto es precioso, necesario.


Eva 31/01/2010 15:10


...ay "Almando",qué bien escribes, qué verdades tan grandes y tan duras!
Este es de todos mi artículo preferido.
Queremos más!


Isis Hernandez/ Isis Martin 30/01/2010 16:25


.......humano tu articulo! sera que somos generacionalmente iguales?????? sera que la mejor memoria de nuestro pais se quedo en un decada que afortunadamente compartimos???,no lo se mi Stendall
santaclareno pero siento cada una de tus palabras como si fueran saliendo de mis labios y de mi corazon al mismo tiempo.........yo tambien me he preguntado pq la catastrofe me ha enfrentado a ver a
mis vecinos haitianos-geograficamente hablando-como seres humanos.Hasta el dia de hoy ni siquiera note la luz de su faro!

gracias por estos escritos que me sientan-literalmente- frente a mi misma,te quiero mucho muchachito trigueno,color cartucho de de mi aula universitaria.que suerte tenerte!


Deya 27/01/2010 23:01


Muy buen blog.
Me gusta mucho el estilo.
Un saludo de blogger a blogger!
Te enlazo en mi blogroll.

Deya


Jenny 26/01/2010 23:00


Siempre tan tan atinado...continuo refrescando mis imagenes y creando otras a partir de tus escritos. Con la admiracion de siempre y soñando que el olvido no sea mas que una pesadilla, comparto tu
vision.
Gracias


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