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11 juillet 2012 3 11 /07 /juillet /2012 23:10

            (Notas sobre una exposición de arte naïf  en París)

Tadanori-Yokoo.1-copie-1.jpg

              Una tarde de verano, hace ya algunos años, pude visitar la casa donde vivió el escritor Pierre Loti en Rochefort, pequeña ciudad de la costa atlántica francesa. Famosa esta casa por su decoración exótica porque Loti, entre otras excentricidades, hizo construir un salón renacentista y otros inspirados en culturas árabes y orientales, y hasta reprodujo una mosqué en el interior. Pero lo que más me llamó entonces la atención fue la habitación donde dormía el escritor.

            Después de marearme con olores a inciensos y elixires, caminando entre alfombras, bisutería, ornamentos de marquetería otomana, columnas palmiformes y fasciculadas, cenefas, frisos, paredes enlosadas con mosaicos, ánforas, azucareros, pañuelos de seda, colgantes, lámparas, pendientes, teteras, faroles, albarelos, azulejos, especieros, tinteros, baúles, cajas octogonales, espejos de cerámica, y un largo etcétera; me encontré a solas en el dormitorio de Loti.

            El marinero y escritor que adoraba el Oriente conocido en sus incontables viajes, y que a fuerza de retocar  su casa natal la transformó en un museo viviente,  prefería al dormir el sosiego de una cama de pulcras sábanas níveas y sin nada, absolutamente nada, en las paredes y en el resto del minúsculo espacio.

            Y hablo de Loti porque al entrar a la exposición Histoires de voir de arte naïf organizada por la fundación Cartier en París, lo primero que veo es un cuadro que confundo con el retrato de Loti que hiciera el aduanero Rousseau. Varias cerillas (o fósforos, como decimos en Cuba) dispersas de manera caótica sobre el retrato, entre los dedos, en las comisuras de los labios, dentro de las orejas, tras los hombros, dentro de la nariz del personaje, y hasta en la boca del gato que acompaña al escritor, delatan la tomadura de pelo del pintor japonés Tadanori Yokoo.

            Retomar el cuadro de Rousseau implica más que un homenaje, la pertenencia a una tradición. Yokoo acepta así su identidad estética como pintor naïf, pero marcando, por la burla que altera el modelo, sus distancias risueñas con quien se considera un maestro en el género.

Lo naïf se muestra a la vista al asumir la proximidad con Rousseau. Sin embargo, al alterar con humor el cuadro original, Yokoo aumenta la irreverencia de este arte. Su originalidad reside en que esta irrespetuosidad ahora no es inconsciente. Si su representación de Loti se puede asociar a la pintura ingenua, el gesto intelectual implícito en su apropiación,  añade un grado de sugerencia al retrato sin que éste pierda, eso sí, la frescura con la cual se identifica a este arte.

            El primero de los actos ingenuos consiste en representar lo que uno ve tal y como se presenta a la vista. Es evidente que existen dos maneras de concebir lo que se ha dado en llamar arte ingenuo,  primitivo o autodidacta: la primera y más pura, la que expone (porque no quiere o no puede) lo que ve de manera inmediata, o tal como se percibe en  imágenes ilógicas que muchas veces se identifican con el sueño o los recuerdos.

Y otra manera que posee ciertas connotaciones mágicas o mitológicas, que lo mismo puede percibirse en una pintura  haitiana que en una escultura serba. El vudú y las tradiciones folclóricas de Europa oriental, pueden ser algunas de las fuentes y de las referencias en estos casos.

Existe sin embargo un tipo de pintura como la del brasileño Aurelino Dos Santos que trata de ilustrar sus visiones de hombre alienado. (A Dos Santos, incluso, se le considera un esquizofrénico). Lo ingenuo aquí, trato de convencerme, se debe a la falta de pretensiones técnicas, a la presencia directa de imágenes confusas y entretejidas, a la despreocupación por las formas. Dos Santos que, dicen, apenas habla con su entorno, lanza sobre la tela su manera de percibir la realidad y las figuras de sus delirios, su forma visual de expresarse.

El aspecto narrativo, la fábula que se cuenta en muchas pinturas ingenuas, se limita a una sucesión de secuencias  geométricas y  multicolores en medio de atmósferas más de pesadillas que de sueños. El cuento se vuelve hermético y se asocia entonces, en un gesto crítico fácil, al desorden mental del pintor. En todo caso uno no se cansa, como espectador, de tratar de penetrar en la textura del cuadro, en sus cadenas de intimidantes sugerencias.

El carácter imaginativo, típica de la pintura naïve, aquí no se acompaña de un hilarante gesto intelectual como en el cuadro de Yokoo, ni transcribe de manera fabulosa la naturaleza. Dos Santos pinta sin técnicas aprendidas, su “perspectiva” no es “renacentista”, sino más bien una singular perspectiva mental propia a su visión introvertida del mundo.

Otro brasileño sin embargo, sí trata de  recuperar por la pintura la abandonada atmósfera rural del pueblo donde vivió toda su vida antes de irse a la ciudad. Se trata de Neves Torres. Alentado por su hijo, Torres rememora los campos cultivados y sus solitarios días de pesca al borde de un estanque, por cierto, que aparece como decoro junto a él…debajo del agua. Como si  esta inversión lógica de los planos de representación (tierra-agua) coincidiera con el tiempo irreversible de su vida en el campo y contrastara para siempre con su próspera, pero menos imaginativa, vida en la ciudad.

Un pez de pie, mostrado de lado, y estrechado por una serpiente, es una escultura que sorprende al más indiferente de los espectadores. Se trata de dos figuras de más de un metro de roble negro extraído del río Kolubara, que se unen gracias a los insólitos brazos de la serpiente.

 El autor, Dragiša Stanisavljević,es un campesino serbio que nunca ha salido, desde su nacimiento en 1921, de su pueblo, Jabučje, donde siempre ha vivido sin electricidad ni agua corriente. Según he podido leer, en las mitologías locales serbas, los animales representan valores y vicios humanos y al acercarse los hombres a alguna victoria, se personifican  frente a frente y de perfil.

Stanisavljević dice reproducir en madera de la región las leyendas que escuchara de niño y que siguen compartiendo sus vivencias cotidianas. Y me digo que el arte ingenuo (en Quebec, leo, lo nombran arte indisciplinado), no pretende aprovecharse de ninguna ganancia cultural ajena porque privilegia una espontaneidad  natural que neutraliza la distancia de las influencias y de todos los complejos.

              Un artista ingenuo asume el asombro hasta el punto de confundirlo con su representación de la belleza y de la sabiduría, sin necesidad, por ejemplo, de fijar las fronteras entre la pasión exótica y la privacidad del sueño, como hacía Pierre Loti, allá, en su fabulosa casa de Rochefort, al cerrar cada noche, la puerta de su cuarto.

Ilust: Tadanori Yokoo.

 


 

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Beatriz 15/07/2012 14:54

Muy bueno, como siempre.

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