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14 janvier 2013 1 14 /01 /janvier /2013 22:50

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(Notas sobre El mundo aproximado de Orlando Fondevila)

Uno se levanta por la mañana y prepara un café. Es domingo y tiene tiempo de mirar hacia el balcón el verde de las plantas que amenaza con estropear el invierno. Abre el libro, quiero decir, se acerca a él, y poco a poco se va mostrando un mundo (que ya anunciaba el título) en el cual la discreción, la intensidad del tono y de la expresión, nos permiten visitar a alguien a la vez solitario y convencido de su universo a cuestas.

Orlando Fondevilla reúne en El mundo aproximado lo esencial de su poesía escrita en los últimos años y publicada durante su exilio madrileño, lejos de su Cuba natal, de ese territorio espiritual que él prefiere seguir llamando “Patria” a pesar de “la historia madrastra” que pesa “como un pesado enorme de montañas”.

El mundo de Fondevilla se mueve entre dos espacios (los extremos de dos arcos) que él demarca desde el umbral del libro: Cuba y el Exilio, la Patria y España. Un mundo compuesto por otros dos grandes territorios sentimentales: el del poeta aislado que mira, describe y trata de definir su vida, sus amores platónicos, y su escritura. Y otro, el de esa Patria evocada desde una perspectiva en la cual (como en el caso de José Martí) el intimismo, por suerte, se impone a la visión política, tal y como se puede apreciar en el poema “Postdata española”, escrito en el momento preciso de su llegada a España:

Vengo trastabillando de un mundo

de ponientes

y de cosméticos amaneceres

y de mis dolidas y atascadas alas

rabiosas de soledad y silencio.

Frágiles son mis murallas

Tras las que un día pedalee mi espanto.

Fatiga y farsa que es toda vida

a pesar de colgajos y abalorios.

(…)

Vengo y llego y suplico

30 centímetros de tierra en que pararme

dos o tres hilos hacia el fondo

y aunque sea uno sólo hacia lo alto

Allí donde está la mayéutica escondida del alba.

Nada más.

       El título del poema es revelador: una nueva vida comienza, pero una vida como continuación o apunte (como postdata) de una experiencia interrumpida por la violencia del des-tierro: el abandono del origen, de la tierra, y la modesta súplica de un espacio mínimo para empezar de nuevo.

Quizás Fondevila no lo recuerde, pero yo sí. Una tarde, tomándonos un café en su primer viaje a París, él me habló de ese día de la llegada a España. De su primera noche en un hostal y de un gesto que, como un daguerrotipo, vuelve ahora tras la lectura del poema: la contemplación de una maleta abierta con escasas pertenencias sobre la cama pagada de prestado, y una pregunta dramáticamente lógica en esas circunstancias: ¿y ahora cómo voy a hacer aquí?

Raúl Rivero, con la perspicacia que lo caracteriza, en su prólogo “Apuntes sobre las sombras calladas”, describe con justeza a Fondevilla como una “isla itinerante y sin fronteras”. Leyendo estos poemas uno constata entonces que a Orlando le bastaba saber, como a Nabokov, que un escritor en el exilio lleva su país consigo mismo, y que la escritura y Cuba serían para siempre sus más fieles compañías.

Algo que sorprende en este lenguaje poético es que no admite dudas ni las especulaciones que éstas suelen engendrar en imágenes que confronten la realidad y sus deseos, lo que se observa y lo abandonado. Y no hay dudas porque una buena parte de estos poemas sitúan al hombre y su representación a partir de convicciones estéticas o morales. “Lo Bueno” y “Lo Malo”, titula el poeta su personal declaración de principios según los cuales, lo peor de un hombre es “aplaudir con otras manos”.

El crítico José Olivio  Jiménez en su ensayo “De José Martí a César Vallejo: anticipos y afinidades” de su libro Poetas contemporáneos de España y América, demuestra las maneras de las que se vale un poeta de la estatura de César Vallejo (para mí entre los tres más grandes de la lengua española en el siglo XX) para apropiarse y modelar, con su expresión propia, la herencia del imaginario martiano.

A pesar de “mentalidades alejadas en el tiempo y el espacio”, anota el crítico, existen puntos comunes en las maneras en que miran y representan el mundo Martí y Vallejo, esto demuestra, según Olivio Jiménez, “la profunda unidad del espíritu humano”.

Y me refiero a este ensayo porque Fondevila en El mundo aproximado confiesa sus deudas tanto con Martí como con Vallejo y Neruda. En el caso de los dos últimos esto se aprecia de manera explícita: dos poemas (“Recados para dos” y “Dos recados y un deseo post-mortem”) así lo reconocen.

La presencia de Martí en la escritura de Fondevila no es tampoco un secreto disimulado.  Martí para él es un modelo orgulloso que se muestra como estandarte, tanto en el lenguaje como en la visión de este otro poeta cubano exilado en España que confirma: “Es bueno/acunarse cada noche con los Versos Sencillos/para amanecer bostezando su cándida miel,/su premonición de gran cadena de sueltos eslabones,/su fe de metales trashumantes/sin fanfarria y sin inviernos”(“Lo bueno”). La única explicación para estas afinidades elegidas sería, como propone Olivio Jiménez en los casos de Martí y Vallejo, constatar el reclamo por una común y profunda unidad de ambos espíritus.

Siempre he dudado de la validez de clasificar a los escritores por generación o estilos. La lectura de estos poemas viene a reconfortar este riesgo personal. Como una piedra ardiente vendrían las imágenes de Fondevila a desvelar a los críticos nuestros que echan mano a las fechas de nacimiento, a no sé qué experiencia colectiva, al mimetismo aproximado de las imágenes y de ciertas cadencias fonéticas. Una de las ventajas del exilio es ésa: a la errancia geográfica la acompaña otra manera de apropiarse del mundo por la conciencia y las palabras. La poesía de Fondevila cumple de manera ejemplar con estos involuntarios designios.

Aunque son varios los poemas que no pueden olvidarse de este libro (“Diálogos difuntos”, “Manifiesto cursi por una quimera”, “Sermón del rey”, “Me confundo, Maestro”, son algunos ejemplos), yo tomo el riesgo de afirmar, con un café humeando una mañana de domingo, que un poema como “Los gorriones” merece un puesto digno en cualquier recuento crítico de la poesía cubana contemporánea:

Los gorriones traspasan los rotos minutos de la tarde

Recitan el retórico ritual convenido

Dispuestos al cambio del universo.

Nada esperan porque se tienen a sí mismos

Son dueños plenarios de su canto

De la ucronía de su pico

De la alegría del árbol que desconocen

Porque es su árbol

Dueños de la ubicua risa del instinto demolido

De las guirnaldas indistintas del carmín y de la ausencia.

Los gorriones son la fiesta del ala que bulle o que calla.

Su fiesta es su siempre fiesta de la labor o del sueño.

Los gorriones son la perfección de Dios, y su encanto.

 

Publicado en Revista Hispano-Cubana, Madrid, No. 43, Abril-Octubre 2012, p. 192-195.

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Tania 16/01/2013 14:07

Me gusto mucho tu comentario, fue un placer leerlo. Y toda la razón el poema "Los gorriones" es divino. Un beso

Melisa 15/01/2013 09:48

Me gusto ucho la manera en que comentaste el libro, es una critica amena. Gracias y Felicidades.

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