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25 mars 2012 7 25 /03 /mars /2012 08:46

          Jean-Renoir.jpg

           Salió dos días el sol en París y la sorpresa de la luz casi desnuda a transeúntes programados para mostrarse felices cuando se despeja el gris. Ese gris de largos meses. Abrigado  y húmedo, ese gris que hace pegajosa y cabizbaja hasta la enfermiza prisa en las calles y comercios. En los trenes y ómnibus. Y hasta en la cola (tan breve como un rayo de sol invernal) de los cines: la gente congelada durante meses apenas se mueve ni se empuja, de tan grises también sus movimientos.

            Y existe entonces una regla en París que no está escrita en el juego invisible de la ciudad: hay que alegrarse si sale el sol. Y punto. Hay que alegrarse, quitarse la mayor cantidad de ropa hasta tocar el desafío de un refriado. Sonreír y decir: Il fait beau, para conjurar la permanencia del dichoso sol inesperado.

            Después de la tregua, llegando yo como siempre tarde al entusiasmo del sol que se me escapa, me he ido a ver La règle du jeu a uno de mis refugios nocturnos; la Filmoteca del barrio latino, en un callejón breve que lleva el nombre del descubridor de los jeroglíficos egipcios (Champollion) y que desemboca, en la penumbra, sobre la plaza de insomne de la Sorbona.

            Hoy echan esta película de Jean Renoir filmada en 1939, meses antes de la invasión alemana a Polonia. Está lloviendo, entro mojado, casi con el paraguas desplegado, y G. corre a elegirme un puesto que libere el estiramiento de mis piernas y del paraguas sobre algún pasillo.

(Esto es ya una costumbre cinematográfica mía: en tan poco espacio no quiero tener a nadie en alguno de mis costados para alargarme y evitar los calambres, para poseer el privilegio de unos centímetros de más).

Son tan pequeñas estas salas de cine en París, y empato con mi discurso, que G. conoce de memoria, sobre Cuba: chica, allá en Cuba los cines son enormes, ¿sabes?, pero aquí… Vamos a ver la película, dale, deja eso de los gigantescos cines de tu infancia…que ya me lo has contado mil veces, además, replica G.

En Santa Clara tuve una novia (sigue llamándose Yamelys, pero ahora vive en León) que al entrar al cine Camilo Cienfuegos desalojaba a quien ocupara un asiento reservado de manera eterna por su capricho. “Quítate de ahí, que ese es mi puesto”, gritaba al borde de un ataque de nervios aquella mujer, ante la sorpresa corrediza del espectador expulsado.

          ¿Cuento la película? Bueno eso del argumento ya se puede encontrar en cualquier parte, ¿no? Mejor digo que me aturdió esa película, la verdad. La regla del juego, debe llamarse en español.

 ¿Que qué te aturdió?, me pregunta G., y le respondo lo de la rapidez teatral de los diálogos, y el movimiento remolinesco de los actores. El ambiente a la vez festivo, alocado y tétrico de ese castillo nocturno. La caza de conejos. La división intencional entre dos tipos de personas, llámese clases, individuos. Los que brillan por el lujo, como el marqués Robert de la Chesnaye pero también por el desconcierto humano de su amor (incomprensible, además, porque yo veo muy fea a esa señora) por su esposa Christine, una austríaca histérica que cae en los brazos de cuanto personaje trate de seducirla. Al revés de mi novia del cine de Santa Clara, en vez de desalojar, esta Christine aloja a cuanto hombre le diga alguna efusiva tontería.

            Hablando de hombres cazados como un conejo por culpa de esa austríaca, hay que mencionar al piloto André Jurieux que, al atravesar en su aeroplano el Atlántico, comienza la película con su llegada nocturna al continente y el asedio de periodistas por su hazaña. Un héroe público que en la intimidad es un amante, hasta cierto punto ignorado por esta Christine con castillo.

            Pero La règle du jeu es también la película de los mayordomos, criados, y cazadores furtivos que beben, conversan y auxilian a los nobles desorientados y excéntricos. Una escena, al final,  reconcilia al cazador Schumacher y a una especie de bandido llamado Marceau  en sus rencillas por el amor de Lisette, criada de Christine y esposa de Shumacher, a quien creen prostituida: la marquesa austríaca se ha disfrazado con la ropa de Lisette, y los dos hombres no se perciben en la noche del cambio de roles. Aprovechando la oscuridad y el follaje, celosos y creyéndose traicionados, matan como a un conejo al célebre piloto que viene a darse cita en un refugio nocturno del jardín con Christine de la Chesnaye.

            La regla de este juego es siempre la misma, nos insinúa Jean Renoir, los de abajo, considerados por error culpables, terminan pagando los excesos y delirios de los de arriba, a la vez atribulados de excesos y, por equívoco, inocentes. Considerar la vida como una actuación (en francés se dice jugar por actuar) y un cambio oportuno de identidades, es lo que permite sobrevivir y conservar el privilegio del orden establecido por esta regla.

El mismo Renoir  cuenta en alguna parte como tuvo que suprimir, más tarde, algunos pasajes de la primera versión de la película. Uno de ellos, recordaba, era una larga secuencia de la partida de caza soleada y el degüello de un conejo.

No está lloviendo al salir, y olvido, en la minúscula sala que contemplo solitaria y apagada donde he venido a buscarlo, al paraguas.

De verdad que me dejó aturdido esa película sabes, le insisto a G., que como siempre me obliga a volver a pie, para estirar sus piernas, dice. Te conté alguna vez lo de aquella muchacha que reservaba su puesto en un cine de Santa Clara, le pregunto. Sí, eso también me lo has contado ya, ahora vive en España, añade G., que detesta, la pobre, que yo me repita. Y al pasar frente al Jardin de Luxembourg hasta creo ver pasar ante nosotros a un conejo fugitivo camino hacia la muerte de cuchillos afilados que en realidad son las luces de algunos autos.

Hay películas así, ¿no? Películas que aturden G., repito y pregunto al caminar, aunque no sé por qué sospecho que G. no me escucha. Nos aturden, me digo en voz baja, porque nos recuerdan ciertas reglas que no cambian, como un juego G., como un juego.

 


 

 

 


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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Daniela 28/03/2012 14:59

Me gusta como ves las cosas, tu punto de vista desde la anecdota y la autoburla. Gracias

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