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19 février 2012 7 19 /02 /février /2012 13:17

             Puertas-del-infierno.jpg           Me ha dado siempre miedo perder las llaves. Por eso, aunque las lleve todas con cuidado en un amasijo molesto para los bolsillos, insisto en hacer, una y otra vez, copias y más copias que escondo por rincones diversos: entre los libros, dentro del congelador, en las macetas de las plantas, o debajo del colchón, mi nada original escondite preferido.

            (No he sabido responderle a mi obsesión si su existencia se debe a la avidez por entrar a los lugares o, por el contrario, a la preocupación por no poder salir de ellos en medio de una catástrofe).

Mi llave preferida es una que quizás deba su extrañeza a su forma ovalada. Sirve para abrir las aulas más discretas de la universidad donde trabajo. Casi con arrogancia la muestro a los estudiantes que me esperan agrupados antes de comenzar mis cursos. O la desenvaino al rescate de algún nuevo profesor reemplazante, a quien todavía no le han entregado esa prueba de confianza doméstica.

Rueda cuando se desliza mi llave preferida gracias a sus pequeños bolines de acero que la hacen, me dice sin mirarme a los ojos Rim Kit, el cerrajero de los bajos, incopiable.

Rim  me ve entrar y apuesta en silencio a que voy a pedirle copias de mis llaves. “Para tus muchachas nocturnas”, trata de sonreír y sentencia Rim, con ese universal acento asiático que tampoco desaparece cuando se habla francés por adopción.

 Yo le añado  haciéndome el culto: “Sí Rim, para mis clandestinas apsaras”. Ah, porque olvidé decir que sólo copio una a una estas llaves. Nada de hacerlas multiplicar al mismo tiempo.

Y Rim me dice esto porque el primer día (cuando aún no sabía que Rim había escapado de un campo de concentración de Pol Polt) le conté que les daba una llave sola a mis amantes para si, por celos o por avaricia, coincidían dos (una delante de la puerta y la otra en mi cama) en mi casa, no tuvieran soluciones para los tres cerrojos de mi puerta.

Desde que supe una versión de la historia de Rim, me contagié con su gravedad de jemer y hasta trato de hablarle (con mi llave del día en la mano) de algún que otro artículo leído en la prensa sobre los procesos judiciales contra los responsables de la atrocidad que sufrió su país.

En días sin apuro me aventuro a mencionar nombres al silencioso Rim; Nuon Chea, el ideológo, Ieng Sary, el canciller, Khieu Samphan, el presidente de aquel delirio colectivo que fue ese régimen, mitad maoísta mitad marxista…unánime en el horror de torturas y asesinatos masivos de pueblos y familias para extirpar el mal del pasado capitalista.

“Ven dentro de una hora”, es siempre la respuesta de Rim cuando sugiero saber sobre su vida en aquella Kampuchea, al tiempo que levanta mi llave, como si fuera un crucifijo, a la altura de su ceño.

El extenso monólogo de un verdugo jemer rojo que explica en detalles su trabajo en el siniestro centro S 21 de Phnom Penh, es la historia que narra el documental de Rithy Panh: Duch, el amo de las fraguas del infierno. Más de 300 horas de grabación montadas al final en este testimonio espeluznante narrado con la normalidad de un jubilado profesor de matanzas.

El tal Duch (Kaing Guek Eav, es su verdadero nombre)  más que un verdugo era el director de ese santuario de la tortura de donde nunca salieron unos 12 000 camboyanos. El filme es realmente el propio Duch, su rostro, sus gestos, y la frialdad calculada de un hombre metódico y culto que cita el poema La muerte del lobo de Alfred de Vigny, para sermonar sobre su deber de matarife: el lobo muere pero de manera estoica soporta sin gemir el sufrimiento. El cazador triunfante es desacreditado por esta resistencia de la víctima, sugiere de Vigny, algo que explota en su defensa Duch.

(Encerrado en una celda minúscula –se ve en un momento pasar a su guardián y saludarle detrás de la lucerna por donde lo vigila- la cadencia de Duch, cuando habla francés para congraciarse con quien lo filma, me recuerda, claro, al cerrajero Rim).

Una frase repetida le permite, sin embargo, a Duch, exponer en la pantalla su defensa de funcionario eficaz: “Los regímenes pasan, los gobiernos pasan, la policía es eterna”. El deber, aunque sea torturar o matar, es el deber del policía infinito, nos dice Duch, no es ideológico ni político. Esto, lo sabemos, se desacredita cuando el gobierno al que se sirve no ha admitido réplicas porque las acalla por la supresión de quien disienta: el policía es un cómplice, y Duch condenado a 30 años por esta evidencia que evita, ha hecho apelación, dice.

Porque Rithy Panh, del lado nuestro, el espectador que trata racionalmente de comprender  qué pasa por la conciencia de un torturador, quiere desnudar con la paciencia del tiempo pasado, el aparente delirio antiguo de un asesino. Y a veces, Rithy Pahn (que como mi vecino Rim, escapó cuando era niño de un campo de concentración de Pol Polt) a fuerza de no encontrar con nosotros respuestas, propone varias: a falta de una llave, nos sugiere otras.

Duch reconoce, muestra fotos de sus víctimas. Hasta cita anécdotas que contradicen su apego al estoicismo que enaltece a la víctima. Un día, cuenta el verdugo, me puse a mirar las líneas de las manos de los que yo enviaba a la muerte. Eran extensas las profundas líneas de esas palmas temblorosas que morirían: él, el carnicero, tenía el poder de contradecir el destino de cualquier quiromántico. Sólo que, convencido entonces, no se daba cuenta que esos poderes duran el tiempo de esos regímenes. El de Pol Polt terminó en las dos semanas de 1979 que duró la invasión vietnamita que ocupó Phnom Penh, la capital de Kampuchea que recuperó su nombre de Camboya.

He ido esta mañana, con una llave en la mano, a pedirle a Rim su opinión sobre la noticia del día: Duch, en su apelación, ha sido condenado a cadena perpetúa:

           -“¿Y por qué no me hablas nunca de Cuba?”, ha sido la respuesta del cerrajero Rim. “¿Por qué?”.

            Tengo tantas copias de llaves, me digo, que sospecho que estaré un tiempo sin bajar a ver a Rim a quien, es evidente, nunca lograré que me dé más detalles sobre su fuga y su vida, que supongo atroz, en el mismo país que el tal Duch.

Ilust: “Belial a las puertas del infierno”, Das Buch Belial, Jacobus de Teramo (1473)

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Laura 20/02/2012

Armando me gusta mucho esa manera tan sutil y desviada de hablar (sin hablar) de Cuba.
Demiado inteligente, repito, esa manera de abordar y decir las cosas.
Un beso desde Miami

Albertico 20/02/2012

Bravo, me encanto, de verdad.

Mauricio 21/02/2012

Excelente !!!!

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