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23 février 2014 7 23 /02 /février /2014 07:52

Venezuela-manifestacione.jpg

Está cayendo una fina llovizna, pero no hace el frío habitual de estos meses. Las botas no resbalan sobre la acera nevada, y hasta sobran muchos días los guantes de cuero y las bufandas. El invierno no tiene olor en París, donde las chimeneas de los apartamentos son falsas y está prohibido encenderlas para no provocar incendios imprudentes. El invierno huele a piel de abrigo sin lavar en el metro, a rostros aceitunados que evitan los ojos de los otros y siempre, pero siempre, miran al suelo.

“En París hemos olvidado la luna”, escribe Milán Kundera, sobre esta costumbre evasiva de no mirar hacia lo alto que practican como sombras móviles los parisinos.

Camino por el boulevard Poissonière  hasta el monumento de la Plaza de la República que describiera Martí en La Edad de Oro. Hace sol y, además, acabo de ver, gracias a una amable muchacha con la cual había tomado cita por teléfono, una colección de pintura cubana. Cierro los ojos y veo colores, pinceladas, líneas, una especie de recordada festividad en tanto cuadro almacenado en el cuarto a oscuras de una galería de arte.

Pero hay colas. En la piscina a la que voy a nadar todos los martes, una cola de padres con unos niños ruidosos me recuerda que están de vacaciones las escuelas. Una de esas tantas vacaciones escolares que no parecen terminar, de tan frecuentes, en Francia.

En la biblioteca nacional, para mi sorpresa, también hay filas agitadas de niños en receso. Una exposición de Astérix y Obélic, fue la última de estas atracciones organizadas para recaudar dinero: la biblioteca parece una feria por la que circulan los lectores a la manera de monjes: foco de atracción de las miradas excitadas, y pasos felinos para bajar al jardín, único lugar al abrigo de estas nuevas agitaciones.

(A mí Astérix y Obélic siempre me recuerdan a Elpidio Valdés…pero y eso qué le importa a los franceses, no? Mi hijo Joaquim después de ver 2 o 3 veces algunos videos de nuestro héroe nacional infantil que además tiene su apellido, me replicó con cierta dejadez: “Papá ahí los cubanos siempre ganan y los españoles son bobos”…)

Conozco también otras soledades. Hace unos días murió de un infarto el trovador Santiago Feliú. Sé que, con razón o sin ella, nadie sabe quién es ese peludo por estas geografías. Así es que me pongo a escuchar a solas la canción “Diario” de Mike Porcel que él cantara una noche en la sala Mahatma Ghandi, en Ginebra.

En invierno casi siempre es de noche. Y es de noche cuando salgo con el agua helada sin querer responderme a si le niego o no el derecho de ir tarareando canciones de alguien que admiró tanto a Fidel Castro que llegó a compararlo de manera absurda con John Lennon. Pero es así, no se puede elegir ni cambiar lo que está ahí, fijado en la memoria.

Se habla y se lee lo que ocurre en Ucrania en los periódicos y en la televisión, pero nadie parece sabe nada en París si le comento las muertes de estudiantes en Venezuela.

En al aula y entre mis colegas tampoco. Los estudiantes pasan ahora más tiempo mirando a sus teléfonos que leyendo libros o buscando información. Mis colegas tienen otras preocupaciones y si alguno viene a mi despacho a preguntar algo sobre América Latina es casi siempre para constatar, con el exilado de Castro, que las utopías de sus adolescencias ya están rotas: me escuchan con la resignación de aceptar las últimas pruebas fidedignas de un esfuerzo que fue inútil, o casi…, aceptan cabizbajos.

A las 3 de la madrugada me despierto y no puedo dormir. Mañana tengo clases temprano. No sé por qué hago como los estudiantes y consulto, en medio de la penumbra del salón, mi teléfono móvil: hay grabada una llamada de mi madre desde Cuba.

No me atrevo a llamar a esta hora, pero me pongo una vez más a mirar imágenes y noticias, no de Cuba, sino de Venezuela. El invierno debía ser dulce allá, rara vez menos de 18°, dicen las estaciones meteorológicas. Pero veo que llevan herida de muerte en una bicicleta a una Miss de 22 años que participaba en la primera manifestación de su vida.

(Me sorprende aceptar que son hermosos esos cuerpos de muchachas soleadas en medio de la ira, la indignación de las voces, los gestos de desesperación que a veces, sin saberlo, están muy cerca de la muerte).

Pero ahí también tiene que aparecerme Cuba. Muchos de los carteles claman por la salida de los cubanos que guían y sostienen las ruinas de lo que pretendió haber sido otra utopía de pobres. Una cubana aparece, sin embargo, con otra pancarta donde asegura que no se irá dos veces: ya me fui de Cuba pero no me iré de Venezuela, ha escrito.

Después llega otra lista. El trovador Silvio Rodríguez que ha llamado “derecha fascista” a los estudiantes venezolanos, recluta para un famélico pelotón de obedientes, a un puñado de supuestos intelectuales que apoyan las atrocidades de las calles de Caracas. Conozco a algunos de los que firman, sé que han leído más de un libro, que alguna vez estuvieron en el aula de una universidad. Hasta han viajado a veces, han visto el mundo estos disciplinados que corren a ponerse en una lista en la que no se ven muchos nombres, ni siquiera los más entusiastas ganadores de concursos y de premios. Ni siquiera esos.

En el metro pienso en esas personas y en lo que puede pasarles por la cabeza. De qué manera ciega ven la realidad de un mundo en el cual ellos, supuestos guerreros de los pobres, aparecen como conscientes cómplices o marionetas de un tirano. Oportunismo en la mayoría, miedo a decir que no cuando suena el teléfono del estado que les paga, despistada ilusión, en casi ninguno, me digo.

Después de hablar de Venezuela en la introducción de todas mis clases, me voy ya tarde a mi despacho. Llamo a Cuba a mi madre por teléfono. Me dice que no fue ella quien me llamó a las 3 de la madrugada, que fue una doctora: ella tuvo una isquemia cerebral. Para tranquilizarme me dice que no fue nada y me pide que no olvide enviarle el dinero que necesita para comer. Y para que veas que estoy bien y no he perdido la memoria, me dice, dime cómo están mis nietos franceses, y sonríe.

Escucho la risa de mi madre, al salir de regreso a casa, bajo la misma pertinaz lluvia de  invierno. Recuerdo entonces que ella sólo ha visto una vez en su vida a esos nietos que nacieron en Francia.

Como para que no me vaya a dormir llega entonces la noticia: los opositores en Ucrania, es decir, miles de personas que se fueron bajo las balas a una plaza pública, han vencido. El pueblo se pasea estupefacto por la residencia privada de Viktor Ianoukovitch que una señora sonriente denomina “El Versalles ucraniano”

Esta noche de invierno será extensa, me digo. En Venezuela se pronostican nuevos muertos.

Foto: Elcomercio.com

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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