Partager l'article ! LOS CIEN AÑOS DE JOSÉ LEZAMA LIMA: Hoy hace cien años que nació en La Habana, en el campamento militar de Columbia, en Mariana ...
Hoy hace cien años que nació en La Habana, en el campamento militar de Columbia, en Marianao, donde su padre era coronel del ejército republicano, el escritor José Lezama Lima.
Para la cultura de Cuba, Lezama Lima representa más que un clásico del siglo XX, el fundador de una visión universal de lo cubano y el creador de un nuevo lenguaje.
Desde sus primeras páginas escritas y publicadas en los años 30, Lezama se negó a caer en dos dañinas tentaciones estéticas: la de las modas, por supuesto transitorias (llámese, por ejemplo, el vanguardismo), y las de una representación forzosa y folclórica de lo cubano.
Por la imaginación Lezama pretendió suprimir con su escritura las fronteras entre Cuba, la isla, y el Cosmos, es decir, el mundo.
Y en esta tentativa, el pensamiento y la literatura de Lezama nos enseñaron a evitar las trampas esquizofrénicas de ese mal disimulado complejo insular: el de creerse a la vez el ombligo del mundo, e imitar o escandalizar sin tregua para ser oídos y reconocidos por ese mundo, es decir, el Otro de tierra firme y cultura milenaria.
La estrategia de Lezama, como lo escribió en su momento el catedrático Roberto González Echevarría, se basó en no aceptar “la secundariedad del letrado colonial”, a la que nos relega la ligereza de una historia breve, y la condena de utilizar hasta una lengua adoptada.
Para superar esta aparente dependencia, Lezama Lima, simplemente, inventa. Pero inventa, en la mejor acepción cubana que tiene esa palabra: no respeta límites, asocia a su manera, altera jerarquías, significados, procedencias y citas.
En los textos de Lezama inventar, que viene del latín invenire, es decir, encontrar, cumple con su doble significado: hallar e imaginar.
Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos lo pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas.
La misión de la escritura de Lezama consistió entonces en crear por la imaginación una ontología, en inventar un pasado cubano por la imagen, en un desfile donde se reúnan las asociaciones casuales a través de lo que él llamara, el azar concurrente, o la experiencia alterada de dos actos, la vivencia oblicua.
Lezama al recorrer la cadencia de un tiempo universal y siguiendo al italiano Giambattista Vico, prefiere elaborar nuevas Eras no regidas por la Historia, sino por las imágenes. En estas Eras imaginarias se pueden cruzar Chuang-tse “fundador de la gran prosa china”, con Orfeo, los gallos eleusinos y los Anales de Goethe.
Por eso es difícil leer a Lezama Lima: porque no estamos listos, porque la razón nos organiza la pereza. Una pereza que se manifiesta por tres inquisiciones: 1 ¿Qué quiere decir?, 2 ¿De dónde viene?, 3 ¿A quién se parece?
“Pocos son capaces de bajar a aguas profundas, porque muy pocos merecen a José Lezama Lima”, pensaba Julio Cortázar.
Para bajar a esas aguas, para leer a Lezama hay que olvidar esos prejuicios, hay que poner a un lado la búsqueda inútil de las significaciones frías, hay de dejarse llevar sin esperar a cambio la tregua fácil de las confesiones evidentes de un lenguaje, que nada tiene que ver con el de todos los días ni con el de casi todos los libros.
“Usted cumple la promesa que le hicieron al español de América Sor Juana, Lugones y otros cuantos más”, le escribió a Lezama Octavio Paz cuando leía Paradiso, la novela publicada en 1966 que le abriera, tardíamente, las puertas del mundo al cubano.
Estas son, repito, las dos razones de la actualidad incesante de Lezama; la de su visión particular de lo cubano que mencioné más arriba, y la de un lenguaje imposible a la vez de imitar y de descifrarse en su totalidad.
Faltaría hablar, por supuesto, del otro Lezama. Del hombre, del ciudadano cívico, de su ética estoica que le permitió salvar su obra no sólo de la Historia sino también de la política, que le ayudó a soportar los aterradores finales años de su vida, cuando el totalitarismo del régimen castrista lo condenó al silencio y al espacio cerrado de su casa.
Una vez una amiga, conversando conmigo en un café de París, a la sombra de esa litografía titulada Le fumeur de cigare de Bernard Rancillac, con la cual ilustro estas palabras, me preguntó qué perdura en la actualidad de Lezama Lima.
“Una voz, un aroma, y una libertad total de asociación imaginaria que incluye también una insistencia que ni siquiera la muerte puede interrumpir”, le respondí entonces.
Pero sé que hay muchas maneras de llevar consigo a Lezama, es decir, de tratar de merecerlo, ahora, que ya cumple el primero de sus muchos siglos.