Overblog Suivre ce blog
Editer l'article Administration Créer mon blog
3 décembre 2012 1 03 /12 /décembre /2012 12:50

Rafael.jpg        

         El día en que comenzaba la primavera del 1996, acabado de quitarme el polvo del avión soviético de Cubana de Aviación que me trajo de La Habana, me fui corriendo al Louvre. De todos los cuadros que vi en esa apresurada visita, el que más me deslumbró fue el Autoretrato con Giulio Romano de Rafael.

            Como es sabido, en ese cuadro Rafael aparece mirando al espectador detrás de su discípulo preferido, sobre el hombro del cual apoya su mano izquierda. A su vez, Giulio Romano mira al pintor, al mismo tiempo que apunta su dedo índice hacia el espectador, hacia nosotros que miramos la escena íntima. Delata algo Giulio que ya el pintor sabe: nuestra presencia.

            Yo veía a Rafael mirarme llegar a un mundo desconocido, y su mejor amigo denunciaba una presencia ajena que ya el mismo pintor había percibido. Estaba tan cerca de ellos dos que el reflejo de la espada de Giulio (cualquiera puede pensar que se trata de una cámara fotográfica) me daba en los ojos como un plateado cirio resplandeciente que insinuaba, me dije, el tono de las jornadas de sobrevida que me esperaban.

            Rafael moriría de fatiga en Roma pocas semanas después de haber pintado este cuadro, el 6 de abril de 1520. Tenía sólo 37 años. De cierta manera con esta imagen había firmado melancólicamente su testamento estético: el pintor se contempla satisfecho, antes de irse transmite su sabiduría a quienes reconocerán su magisterio.

Porque cierto tiempo después pude conocer que este tipo de retrato se concebía en la época delante de un espejo. Y esto cambia la percepción ingenua de que con sólo parase uno ante la escena se nos invita a pasar a la intimidad del genio.

No es a nosotros a quien mira Rafael, no nos delata tampoco el dedo del discípulo, él mismo es quien se mira, y es él a quien no sólo mira Giulio sino también a quien señala en el espejo que ocupa nuestra plaza. A falta de un signo de distinción subordinada, Rafael incluye tres, porque al equivocarnos y ocupar el lugar del espejo sin saberlo, estamos mirándolo a él, y a su obra, al cuadro. Antes de él quizás se atrevieron a tanto únicamente Tiziano y Velázquez.

El arte consiste en representarse a uno mismo, parece decirnos Rafael, a dialogar con la imagen de cada uno de nosotros que, de ser valiosa, será admirada y reconocida en la mirada de los otros: la obra es un espejo en el cual coinciden al mismo tiempo, el artista, el espectador y el heredero de una tradición.

Ahora he vuelto una tarde helada de diciembre a ver al cuadro de aquel lejano primer día. El museo del Louvre organiza una exposición que recoge las obras más importantes de los últimos años del pintor prodigio.

La suma de cuadros y dibujos hace imposible mencionar los múltiples detalles de valor. Valdría la pena detenerse, por ejemplo, en su Madone de la Rosa del cuadro “La santa Familia con el pequeño San Juan Bautista”, en el retrato de “La Fornanina”, su amante, o en el de “Laurent de Médicis”, sin mencionar su “Santa Cecilia”, y los innombrables dibujos y esbozos que en nadie como él se diferencian muy poco de la pintura acabada.

Inútil también tratar de polemizar sobre los fragmentos merecidos de gloria que le pertenecen, en ese trío de genios que él integrara casi al mismo tiempo con Miguel Ángel y Leonardo de Vinci.

Siempre me he preguntado hasta qué punto podemos realmente distinguir la maestría de un trazado, de un color, de una línea, de un estilo. Tratar de definir lo que hace grande a Rafael es casi imposible, me digo, porque sé que el restringido límite de una cultura personal sólo indicaría detalles, en mi caso, sugestivos. Mucho menos tratar de aparentar que uno puede intuir y sintetizar la grandeza de una época cuyas enseñanzas sobre la manera de representar la belleza son eternas, es decir, infinitas.

Hasta cierto punto tranquilizan a mi incompetencia las palabras de Arnold Nesselrath, profesor de la universidad Humboltd de Berlín y responsable de los laboratorios del Vaticano.  Nesselrath afirma con resignada pasión que después de años de estudio no ha terminado de admirar el talento de ese pintor del cual no podrá nunca descubrir todas sus significaciones. Y cita un ejemplo: estudiar las consecuencias de la amistad entre Rafael y Durero sugiere perspectivas inimaginables a la interpretación de sus respectivas obras.

Yo, que sólo puedo admirar, me he vuelto a pasar un buen rato delante de Rafael y su amigo, cuadro que cierra la exposición Rafael, los últimos años del museo del Louvre.

               He querido inventarme que descubro al cabo de dieciséis años un risueño gesto en el cansado rostro del Rafael que se acerca a la muerte. Un guiño que señala las ganancias del paso del tiempo, las enseñanzas casi siempre ignoradas de la experiencia, y una complicidad entre él y cualquier otro espectador que invente seguir este juego de preguntas ante el placer que provocan los hallazgos sutiles al contemplar la belleza.

 

Partager cet article

Repost 0
Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article

commentaires

testing omnitech support 12/11/2014 12:13

The write up was so heart touching as it told us all the possibilities of his last life. The story begun in 1996 and continued till the last era .Rafel was in fact the best human to be ever lived on earth,

Edith 03/12/2012 15:16

Muy bueno, Armando, gracias como siempre.

Présentation

  • : La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • : Comentarios sobre la literatura y la actualidad cubanas e internacionales
  • Contact

Liens