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5 août 2011 5 05 /08 /août /2011 15:05

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(Notas sobre una novela de Ernesto Santana)

 

Existen dos maneras de hablar de una literatura: la histórica y la formal. Y existen dos maneras, también, de comentar un libro de ficción escrito por un cubano, la nacional y la universal. En la abrumadora mayoría de los casos el comentador privilegia, desgraciadamente, la primera de cada una de las dos opciones. En estos casos el libro y el autor representan una tendencia nueva, reflejan no sé cuál aspecto de la realidad, pertenecen al grupo de escritores de tal época, etc.

No hay una distancia crítica que nos salve de esas oxidadas malas costumbres. Ahí están las nociones de generación y de identidad, como ejemplos fatigados de este ocioso ejercicio de la crítica. Por eso nos resulta a veces poco sugestivo leer observaciones sobre los libros de literatura cubana publicados en los últimos años. 

El resultado decepciona a los que quieren saber más sobre la escritura del libro, sobre el cómo se concibe y materializa la idea predominante en la historia y sus relaciones con la conciencia del escritor.

Siguiendo una tradición de oposiciones binarias propia a la imaginación cubana, y como lo sugiere su título, el más reciente libro del narrador cubano Ernesto Santana, El carnaval y los muertos,  Premio Frank Kafka, otorgado por la ONG People in Need, de la República Checa; elige la antítesis entre un hecho festivo y la muerte.

En su libro de ensayos La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo considera al carnaval como la práctica sociocultural que mejor expresa las relaciones del hombre caribeño con su entorno. Pero el carnaval de Santana no tiene nada que ver con el aspecto evidente de esta acepción. En la novela El carnaval y los muertos el carnaval es lo ajeno, la fiesta organizada por un poder que se ignora.

Si en la primera escena de la película de Tomás Gutiérrez Alea  Memorias del subdesarrollo, un muerto hace irrupción en medio de un carnaval para escindir de un golpe el universo del intelectual atrapado en una revolución que lo intriga, en El carnaval y los muertos no existe este cuestionamiento, sino el más categórico de los rechazos. La muerte no es un accidente de la fiesta, sino un destino y al final, incluso, la única opción del protagonista.

Lo que le importa contar a Santana en El carnaval y los muertos es el moribundo deambular por La Habana de los 90 de Ariel, un joven de 23 años, paracaidista de las tropas especiales cubanas en la guerra de Angola, que ha escapado del sanatorio donde estaba recluido por estar enfermo de SIDA.

Ariel rememora su vida en medio de la agonía de su enfermedad hasta llegar a una fiesta en casa del hermano de un amigo a quien él vio morir en Angola. La sórdida fiesta, en el 8vo piso de un apartamento frente al mar, se convierte en el espacio marginal que ignora el carnaval de abajo, y el lugar elegido para despedirse de sus visiones, saltando por el balcón hacia una muerte que su hermano Alexis presencia.

Santana opta por el contraste como solución compositiva porque no quiere  ignorar la realidad donde conviven sus personajes, ni tampoco abordarla de manera directamente crítica ni folclórica.

Sin embargo eso que –siguiendo al peor Sartre – podemos llamar contexto, figura como antítesis de la cual se huye, y como causa también del delirio en cual viven sus personajes. Entre esos dos mundos paradójicos y nocturnos Santana considera que no hay reconciliación posible, es decir no aceptan entre ellos la tregua de las síntesis.

De un lado la fiesta de un carnaval que regresa después de años de anulación por el poder, del otro los jóvenes drogados, alcohólicos, enfermos, que nacieron y crecieron bajo ese mismo poder. De un lado el ruido del carnaval con una música que se rechaza en la narración, y del otro la reunión de amigos con canciones propias, o con alusiones a la música inglesa y norteamericana.

Hay además de una falta de placer generalizada, un efecto de extrañamiento colectivo, de confusión que acentúa el deterioro general de los cuerpos y de los lugares descritos por Santana.

En un pasaje del libro se puede leer:

En medio del aquel vértigo percibía las cosas sucesivas como acontecimientos simultáneos. Después de la guerra y la prisión, del dolor y la muerte, sólo anhelaba embriagarse de vida, o al menos de su condición vertiginosa, y no cesar de descubrir nuevos acantilados, nuevas costas, nuevas islas, aunque cada día perdiera otro poco de su capacidad de asombro y lo insólito empezara a tornarse ordinario. Personas que nunca supuso existieran, situaciones que jamás sospechó, dolores, vicios, placeres y lujos sin número iban apareciendo en el dédalo de la ciudad redescubierta.

Era otra Habana, pero también otro Ariel. No creía poder hallar algo peor de lo que ya conocía, y sin embargo a veces tenía que esforzarse para no perder el hilo que lo ataba a tierra y no caer de lleno fuera de toda ley y toda medida.

Y es esto lo que me interesa resaltar de la manera en que escribe Santana su historia, la existencia de sucesivos paralelismos en su escritura, de pliegues que se multiplican, incluso, al imaginar la genealogía casi naturalista de sus personajes.

En El carnaval y los muertos predomina la reproducción de sensaciones, testimonios y visiones dobles y nocturnas, como si la oposición a la celebración se multiplicara en una espiral caótica.

De esta manera cada uno de los personajes importantes de la novela tiene un alter-ego, hermano o hermana que sobrevive al otro que muere: Ariel-Alexis, El Gato-Ojorrojo, Rita-María Rita. Pero en ninguno de los casos se trata de vidas realizadas. Los dobles también están condenados a una frustración irreversible.

El propio narrador tiene su doble: una parte de la novela forma parte del diario íntimo de María Rita, hermana gemela de Rita, y también enferma de SIDA. Se sugiere así que la historia que leímos ha sido escrita y compuesta, a su vez, por alguien afín con los personajes de la historia. Más que atracción narcisista predomina una solidaridad de destinos comunes. Y con este intencional juego de espejos, el autor se introduce como cómplice en la historia.

 La pérdida entonces no viene dada por la sublimación de la imagen propia como en el mito de Narciso, ni por el rechazo de ese carnaval grotesco que organiza el poder, sino por la reproducción de sucesivas catástrofes personales, y la trágica identificación con la muerte.

Creo percibir en la manera en que Santana estructura su relato un gusto por desdoblamientos y contraposiciones cercanos a una refinada sensibilidad anglosajona, y no al espíritu barroco como pudiera pensarse.

La novela Puente en la oscuridad de Carlos Victoria es un buen ejemplo de lo anterior en la literatura cubana. Aunque en el caso de Victoria se multiplican las imágenes nunca coincidentes de dos hermanos, para sugerir, precisamente, un puente entre Cuba y el exilio de Miami, y de esta manera reparar la cisura vital que provocó la revolución cubana desde el año 1959.

La alusión a los cuadros de la pintora expresionista Antonia Eiriz, que cubren las paredes del apartamento donde se reúnen los amigos, no es gratuita. Más allá del homenaje evidente Santana reconoce una afinidad estética y, conjeturo,  personal.

Estética porque la atmósfera de sus descripciones y el lenguaje acentúan la descomposición figurativa propia al expresionismo. Y personal porque Santana -como Eiriz en su momento- parece emerger con su libro de una región desconocida para quienes se ocupan de hablar, difundir y valorar a la literatura cubana de los últimos años.

Nada más lejano del testimonio periodístico, de la satisfacción hedonista de la miseria, o de las torpes perífrasis con las que se evita mencionar lo que representa para el ser humano la falta de opciones, que este viaje sin regreso al fin de la noche que nos cuenta Ernesto Santana.

“Matria es una sola, patria es cualquiera”, improvisa uno de los personajes de la novela.

 Quiero suponer que en el macabro carnaval de este libro, la escritura de la muerte es la respuesta individual y libre al eslogan de “Patria o muerte”, que se impone en Cuba desde hace más de medio siglo.

 

 

(Publicado en la Revista Hispano Cubana, Madrid, No. 40, verano 2011, p. 205-208) 

 


 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Aurora 08/08/2011 10:16


Santana es uno de los escritores olvidados en Cuba, me imagino que por auténtico, por no entrar en jueguitos de poderes alli. Esta muy bien de tu parte darnos noticias buenas de él, un talentoso
escritor.


Juan Carlos 07/08/2011 18:54


Excelente anàlisis, dan deseos de salir a buscar el libro, que es en definitiva lo que toda crìtica debe propiciar y potenciar el gozo de la lectura, saludos jcr


Eduardo 06/08/2011 12:29


Tu prosa es un ejemplo de como escribir critica literaria. Gracias por hecerme descubrir esa novela del querido Santana, no la conocia. Un abrazo desde Toronto.


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