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3 décembre 2011 6 03 /12 /décembre /2011 18:42

 


Memorias de la playa

 

 

I

Mi madre volvió de la cárcel para llevarme a la playa. Había pasado dos años encerrada como presa política en un siniestro lugar llamado “Nuevo Amanecer” por comprar 2 kilos de carne. Y consiguió al salir un trabajo, mi mamá, un trabajo de cocinera en el antiguo Casino Español de la playa de Marianao.

Todas las 7 de la mañana, de junio hasta el 31 de agosto, partíamos en la ruta 86 para ir a la playa, mi mamá y yo. Ella cocinaba en las alturas de un edificio desde el cual, por un ventanal tan ancho como un desierto, vigilaba mis horas en la arena, antes de gritarme que fuera a almorzar casi siempre el mismo menú lujoso en medio del apetito racionado: espaguetis con abundante queso y una perga de malta congelada.

Abajo yo jugaba, en la playa, soportando un sol que ahora, en Francia, imagino implacable, y que entonces sólo me molestaba si debía entrecerrar los ojos al tratar de adivinar la bandera de algún barco que navegaba a lo lejos.

 En el Casino Español aprendí a nadar con jubilados miembros de un antiguo club que deambulaban, perdidos con sus refinados ademanes, como residuos de una época olvidada por la revolución.

Y aprendí también allí a hacer castillos de arena con muchachas de trenzas doradas. Una de ellas, cuyo nombre nunca conocí (digamos una Albertina sin bicicleta), se convirtió con el tiempo en la silueta humana que persigo sin cesar cuando pienso en la playa.

Y supe cómo abrir a pedradas el corazón de maduras almendras dispersas sobre el suelo de losas de una sombreada plazoleta en la cual, al final de la tarde, decidíamos, mi mamá y yo, si ir a la montaña rusa del Coney Island, o a alguno de los 140 cines que tenía La Habana, antes de volver a casa.

El cine, otro universo que descubría entonces, seguía a la playa. Pero fue la playa la referencia feliz del rencuentro con mi madre, y de modestas vacaciones aisladas en el otrora Casino Español, en el cual sobrevivían trazos de un delicado orden que marcaron las aspiraciones posteriores de mi vida.

(Años después, leyendo Antes que anochezca, me enteré que por aquellos parajes, y en la misma época, se paseaba Reinaldo Arenas a la búsqueda de aventuras eróticas que mi  ingenuidad de niño no podía entonces sospechar detrás de la delicadeza de amanerados bañistas).

II

El escritor argentino Alan Pauls en su ensayo La vida descalzo, dedicado a la playa, escribe que las imágenes de la playa pocas veces se asocian con la realidad: los sueños son para la playa lo que los espejismos para el desierto – dice Pauls –, lo contrario de lo que se ve, lo que surge por la alucinación. O el deseo o la memoria, añado yo.

En todo caso pensar en la playa o estar acostado en sus orillas siempre tiene para mí una misma significación atemporal. El espacio de agua y luz me evade al tiempo aquél de las almendras, o me invade del sosiego de haber llegado a un oasis deseado durante una larga travesía terrestre.

Cuba para mí es una playa. Hago culpable entonces a la playa de la memoria de mi vida en la isla.  Pero no se trata de un idilio o de una fascinación superficial (nada más baladí que una playa, opinan los intelectuales, casi todos impresentables en traje de baño, por cierto), sino a la vez el jardín de mi memoria afectiva y el desierto de mis jornadas angustiosas en las que sentarme en los arrecifes de la playita de 28 y 1era en Miramar, a la espera de una arquitecta rubia llamada Tania Andalia, mitigaba de manera artificial la impotencia de no poder atravesar aquellas olas y perderme para siempre hacia otro mundo.

(A Guanabo iba a correr por los arenales de muchos viernes. Y hasta me asegura  Jorge Ángel Pérez que una tarde de preparativos de ese viaje semanal, preferí en la calle Egido, comprar un frasco de dorador a unos panes con croqueta contra nuestras hambres).

Supongo que siempre perseguí la misma playa. Obligado a vivir en Santa Clara, mi ciudad cubana preferida, por la prisión de mis padres, muchas veces abandoné la ciudad por no tener playa.

Todo era perfecto en aquella provinciana ciudad inventada: las novias, los amigos, el equipo de atletismo del Campo de Sports, los 4 cines, la biblioteca del Parque Vidal, las dos estaciones de radio, los poetas de melenas hirsutas y alpargatas, los trovadores, el Coppelia, el Teatro Caridad, El Mejunje, y las amigas del aula de la facultad de Letras de la Universidad Central. Todo, menos la ausencia de playas…

Exigí que me mandaran a Cienfuegos por sus playas al terminar mi carrera de Filología. Pero se equivocaron y fui a parar a la Central Nuclear de Juraguá donde el único aliciente (además de una gigantesca promiscuidad sexual que todavía envidio) es que había una playa para apagar la candela si explotaba aquel artefacto chernobilesco.

Como no teníamos mucho que hacer los artistas de una brigada de la cual yo fui Asesor Literario y hasta Director, nos pasábamos el día nadando a pocas brazadas del reactor nuclear.

Me aprendí todos los rincones marítimos de aquel litoral que bordeaba la bahía hasta el Castillo de Jagua, una fortaleza abandonada entonces tanto por los colonizadores españoles como por los marxistas. Y basta ahora con que cierre los ojos para verme vagar desnudo por el diente de perro de una playa tan desierta como inaccesible adonde llevaba, deslumbrada, a alguna que otra novia de moda.

De más está decir que me expulsaron de aquel experimento donde pululaban 10.000 barrigones soviéticos en sandalias con medias y pulóveres de Mike Mouse, ingenieros nucleares, obreros orientales, traductores de ruso, técnicos en soldaduras, cocineros, choferes de grúas y decenas, decenas de chivatos envidiosos de los artistas que se pasaban interminables jornadas de ocio nadando entre los peces o acostados al sol.

Me botaron por problemas ideológicos de la Central Nuclear. Pero nada tenía que ver mi expulsión con el espionaje de secretos atómicos a potencias extranjeras. No. Me botaron de allí por programar sin permiso una semana de cine independiente, y me tuve que ir a otra parte, es decir, a otras playas.

En Cienfuegos, donde para mi sorpresa logré llegar a dirigir los departamentos de Literatura y de Fondos Raros de la Biblioteca Provincial, iba casi todas las tardes a la playita de Elpidia, que tomaba su nombre de la esposa del historiador de la ciudad, Florentino Morales. Con Florentino en la playa, quiero decir, en su casa, pude atenuar parte de mi ignorancia sobre muchos clásicos de la cultura cubana.

 Por aquella playa de Elpidia habían pasado temporadas los Vitier, Eugenio Florit, Samuel Feijóo, Agustín Acosta y José María Chacón y Calvo, entre otros. Yo copiaba los memoriosos ficheros de Florentino, registraba sus cartas, subía al segundo piso a admirar la colección de caracoles de su hija, y le hacía repetir a aquel apasionado testigo las anécdotas con escritores en otra época, es decir, en otra playa de Elpidia, no en aquella que languidecía invadida por decenas de bañistas que la tomaban por asalto como si fuera un dominio público.

Y llegó la Seguridad del estado y mandó a parar: se me jodieron las playas cienfuegueras. Parece ser que yo era un disidente. Fue eso lo que me dijo el oficial que me atendía, sentado en un banco del Prado de Cienfuegos. Como tantas veces en mi vida yo era algo que desconocía. (Busqué en un diccionario la palabra y mi miedo ancestral casi muere del susto). Desconocía ser aquello, repito, quizás porque siempre los otros se adelantan a catalogar mis identidades, y yo llego irremediablemente tarde a todas las edades de la vida.

Con un grupo de escritores y artistas inventamos un grupo independiente que llamamos Estropista. Y quisieron estropearnos y me llevaron preso…a una playa. Quiero decir, a una lujosa “casa de visita” del MININT donde trataron de convencerme, entre otras cosas, de que gracias a la revolución el hijo de una cocinera podía ser diplomado de la universidad.

(Yo, aterrado, por supuesto que no les recordé los 2 años de cárcel de mi madre.)

Fue así como volví a las playas habaneras, y una compulsiva vocación de balsero se apoderó de mí. La playa alternó en mi vida sus funciones vitales: por una parte era el escenario de la evocación de fugas y de almendras, y por otra el lugar donde probé sin éxito unas cuantas balsas que nunca atravesaron demasiado lejos el horizonte.

III

En la literatura cubana el mar no ha tenido mucha suerte que digamos. Pero la playa sí, al menos su orillas, la cercanía al agua que se describe desde la arena mojada. Y me digo que eso es parte de mi consuelo superficial, de mi afición por esa zona banal de la existencia que es una playa.

En el cuento “Fugados” de Lezama un tal Armando (Sotomayor) decide no entrar al colegio para ir con su amigo Luis (Keeler) a mirar las olas furiosas del Malecón. La fuga llega hasta la orilla, como Narciso, la fuga se contempla: se compara lo que se ve la mirada después de un aguacero (la letra deformada por el agua del escudo de una joyería, el botón de una chaqueta azul) hasta dejarse penetrar Luis por el agua, pero dormido, como en un sueño.

En Severo Sarduy y Reinaldo Arenas la playa es el escenario de los cuerpos que se miran o acarician, pero sin ir (ni saltar) más allá de las orillas de la piel o de la carne poseída.

En las historias contadas por Abilio Estévez se espera en la playa la llegada de una catástrofe, o se despide a navegantes que pretenden atravesar la línea del horizonte para alcanzar el infinito. La playa es la frontera entre la isla que se quiere abandonar, y el mundo que anuncian el paso de los veleros y los libros.

Me han perseguido, supongo, esas alucinaciones en mi deambular por las playas de mi exilio. El haber cultivado ciertas rabias, al principio de mi vida fuera de Cuba, me hizo correr como venganza en búsqueda de playas tan cursis como librescas. Y al tratar de bañarme en Deauville, la célebre playa de Normandía, el grito helado de mi pie me convenció que estas aguas grises sirven para las ilustraciones metafísicas, pero no para exhibir los cuerpos ni nadar en ellas.

Poco a poco la playa y yo hemos ido invirtiendo los matices de nuestras confesiones mutuas. En Cuba acompañó primero mi infancia sin opciones, me ayudó sin saberlo a limitar mi impotencia crónica ante la represiva realidad terrenal, y terminó siendo un mareado escondite para esperar e imaginar mundos desconocidos que por suerte llegué a poseer sin el riesgo de morir ahogado en una balsa, o devorado por un tiburón: una francesa llamada Véronique me montó en un avión.

En mi exilio la playa ha terminado siendo el lugar a la intemperie de declaraciones de desamparo, para escribir a solas durante meses (como en la isla de Córcega), para ver amigos y visitar a la familia (como en Miami Beach), o el escenario de viajes con otras muchachas de áureas trenzas (en Lisboa, en Niza o en Marsella, en Cádiz o en Marbella, en la Sicilia de la última primavera), a las que termino mareando con relatos ficticios o reales de las playas de Cuba.

Insisto en que es forzado y banal, reductor e inoportuno, pero quiero imaginar mi vida en Cuba en la playa. No sé en cuál ni cuándo. Quizás, por inalcanzables, las mejores playas son las que nos esperan, como el horizonte, en el futuro.

Publicado en la revista Voces, La Habana, No.11, mes 11 del 2011

 

 

http://orlandoluispardolazo.blogspot.com/2011/11/revista-voces-11.html

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Aracelis 04/12/2011

HOLA, ME SIENTO IDENTIFICADA CON TUS MEMORIAS DE LA PLAYA.
AMO PROFUNDAMENTE EL MAR. SOY DE CAIBARIEN, PUEBLO EN LA COSTA NORTE CERCANO A STA CLARA. MI PADRE SIEMPRE TRABAJO EN RELACION A ELLO Y ME CRIE EN CONTACTO DIRECTO.

PARARME A LA ORILLA DE LA PLAYA, SENTIR LA BRISA EN MI ROSTRO , OLER EL SALITRE DEL MAR Y MIRAR EL HORIZONTE SIEMPRE FUERON PARA MI SINONIMO DE LIBERTAD. NO VINE EN BALSA , PERO HACE 11 AÑOS SALI
DE CUBA, SIN EMBARGO A PESAR DE ESE DELIRIO DE ESTAR EN CONTACTO CON EL MAR POR IRONIAS DEL DESTINO VIVO EN HIALEAH A UNAS CUANTAS MILLAS DE LA PLAYA. LA AÑORANZA NO CESA, SIEMPRE MIS RECUERDOS
GIRAN EN TORNO A ELLAS.

Chelo 05/12/2011

Muy buen escrito..la melancolía de las playa morirá con nosotros.

Ileana 06/12/2011

Simplemente espectacular! Nos derrumba tanta belleza en este tiempo de vulgaridades y falsos idolos. FELICITACIONES, Armando

Mariana 24/03/2012

Hermoso tributo al mar. También he escrito de ese amor.

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