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16 avril 2010 5 16 /04 /avril /2010 16:03

PATRIA Y MUERTES

 

 

La noticia me llegó mientras preparaba mi maleta para irme unos días al sudoeste de Francia y trataba de avanzar un ensayo sobre Reinaldo Arenas: Eloísa, la hermana de uno de los más grandes escritores cubanos, José Lezama Lima, acababa de morir.

A los 91 años murió Eloísa. En el año 2010, el de los cien años del nacimiento de su hermano. Los hermanos que nunca más se volvieron a ver desde aquel 1961 en que Eloísa partió a Puerto Rico y después a Miami.

Muchas veces me ha ocurrido que caminando por Europa he pensado en Lezama Lima. En cuanto me hubiera gustado describirle lo que veo, o mejor aún, que él pudiera ver lo que como nadie imaginó en sus libros y en sus conversaciones.

Desde hace medio siglo para los cubanos algo como viajar, como visitar el propio país donde uno naciera, se ha vuelto un dilema, una tragedia.

Y digo tragedia en el sentido en el que lo utilizaron los griegos: como enfrentamiento a un destino con desenlaces fatales. Tragedia en su sentido absoluto, la que tiene como desenlace a la muerte.

Quiero ver en la muerte de Eloísa no sólo el final de una estirpe familiar típica de la Cuba republicana, sino también una versión silenciosa pero interminable de la tragedia que vive Cuba como país. O para ser más tradicionalista, como patria de millones de personas dispersas por el mundo, separadas de los suyos y, peor, reprimidas en su propio país.

Desde hace semanas, después de la muerte de Orlando Zapata Tamayo,  la palabra muerte y su presencia han invadido el imaginario y el discurso de todo lo que tiene que ver con Cuba.

Incluso un cubano exilado, Adrián Leiva Pérez, ha muerto ahogado tratando de entrar de regreso a Cuba.

A Silvio Rodríguez, que en su intercambio de cartas con Carlos Alberto Montaner justifica los fusilamientos del 1959, y dice aceptar ahora que es inhumana la pena de muerte, le gusta repetir un verso de una de sus canciones: si alguien roba comida y después da la vida ¿qué hacer?

Sería bueno saber qué respondería el trovador si le preguntamos: “si alguien pide algo, se niega a comer y después da la vida, ¿qué hacer?”

Ahí esta desde hace semanas Fariñas en Santa Clara, la ciudad de mi infancia, tratando de convencer al Poder de liberar a presos de conciencia que necesitan atención médica. Renunciando Fariñas a irse como hicimos millones de nosotros.

O peor, eligiendo irse hacia la muerte, único dialogo posible ante la ausencia de interlocutores.

Ya se conoce la respuesta del gobierno cubano en boca de su presidente: desaparecer la isla antes que sentarse a hablar. Desaparecer la Cuba-Atlántida-Numancia. Es decir, la muerte.

Raúl Castro aplica así el lema del régimen que instaurara su hermano: “Patria o Muerte”. Sólo que para él y sus seguidores, la Patria son ellos, y la Muerte es ajena, la ponen los otros.

Los cubanos de la isla, que han aprendido bien a leer esos mensajes, a los únicos que tienen acceso por exceso, deducen que si se oponen a ese Ellos-Patria, les espera La Muerte de Ellos

En el mejor de los casos la muerte civil a la que se refiriera Virgilio Piñera, la que convierte al individuo en una no-persona como se calificaba Reinaldo Arenas.

Esa es la razón principal del aparente inmovilismo de la sociedad cubana: la ausencia de dialogo por la violencia del Poder. La de sustituir la palabra por la represión, la vigilancia, el escarmiento. El vacío  total de opciones.

Los miedos a la muerte, a la cárcel y al ostracismo son tan grandes entre nosotros que preferimos enfrentar a los tiburones antes que disentir de manera pública y masiva.

Rafael Rojas, en un documentado artículo publicado en La razón de México, insiste en detallar la tradición suicidaria de los cubanos. La conclusión a la que llega es que esta nefasta vocación no está obligatoriamente ligada al totalitarismo ni a la política: antes de la revolución de 1959 existían altos índices de suicidio en Cuba en todos los sectores de la población.

Pero ¿cómo situar dentro de esa violencia contra si mismo al sacrificio?, me pregunto. Tanto Zapata como Fariñas sacrifican la vida, hacen de la vida de sus cuerpos el último lenguaje.

 Tanto Fidel como Raúl apelan a la muerte, al sacrificio del otro, a la supresión de todos como amenaza, como recurso último de la voluntad de eliminarse como posibles interlocutores.

En todos los casos se elige a la muerte, pero las diferencias son notorias. Zapata y Fariñas pagan con el deterioro de sus cuerpos considerados apátridas por el Poder. Los Castros se consideran sólo la cabeza del cuerpo de la patria. Una patria por la que ellos exigen que se mueran…los otros, como en las teologías políticas medievales descritas por Ernst Kantorowicz.

No se deben confundir, en estos casos, las dos Patrias ni las Muertes, el suicidio y los sacrificios.

Lo que si salta a los ojos es que una democracia moderna, en pleno siglo XXI, no puede construirse con la muerte de sus posibles miembros.

Que tanto los sacrificios de los disidentes como los fusilamientos o la incitación irresponsable a la desaparición colectiva que pregona el Poder político cubano deben evitarse.

La muerte de un soldado considerado mártir es un modelo que desaparece en las sociedades occidentales, como lo ha argumentado recientemente el antropólogo francés Gilles Boetsch.

La resurrección que necesitamos, no es la de individuos, sino la de una nación próspera, la de otra patria y esa sólo podemos imaginarla asociada a la vida.

Entre nosotros, los cubanos, la muerte tampoco puede tener futuro.

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Gabriela 24/04/2010 11:59


Una buena reflexion sobre nuestra tragedia. Gracias por su estilo calmado, es un placer leerle.


Jenny 17/04/2010 11:36


Cuanta verdad encierran tus palabras...y cuanta tristeza tambien. Tanta que ya da pena ver como algunos de nosotros, cubanos, nos refugiamos en la patria de otros y tratamos de hacerla nuestra para
escapar a esa verdad terrible de nuestra tierra.
Gracias por tus reflexiones.
Y la pregunta sigue siendo "hasta cuando?"


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