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23 mars 2014 7 23 /03 /mars /2014 19:45

Argentina-Salon-del-Libro.jpg

La literatura argentina debía estar de fiesta esta primavera en Francia: Argentina es el país invitado al Salón del libro de París. Se trata de una de las más vitales literaturas de la lengua, la argentina. Eso nadie lo duda. El país de Borges, de Sábato, de Cortázar y tantos otros, es una referencia para cualquier lector de lengua española en el mundo.

Pero la fiesta se ha aguado, se ha agitado, por la polémica, más bien por la política.  

Siguiendo esa tradición a la vez nefasta, insistente e inexplicable de la historia argentina, la política ha venido a meter sus narices también en la literatura. (¿O acaso no ha sido siempre así en este país, y la inteligente manipulación de puestos públicos a intelectuales bajo el kirchnerismo sólo ha acentuado aún más esta dañina alianza que ha jodido el talento de muchos escritores latinoamericanos desde la época de la revolución cubana?)

 

Parecería que la sombra de Julio Cortázar, a quien se le dedica la fiesta por los 100 años de su nacimiento, y cuya insistencia por el compromiso político de los escritores ya nadie quiere mencionar por ridícula, sobrevolara el salón y el espíritu de sus compatriotas.

La razón, ahora, de tanto ajetreo, es el gesto oportunista y populachero de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que decidió hacer el viaje a París con los escritores elegidos. Del Calafete al palacete del Eliseo, Cristina y sus colaboradores se cuidaron de escoger bien a sus letrados compañeros de vuelo a las orillas del Sena.

Y aquí se insinúa el primer capítulo de la polémica: ¿quién eligió a los escritores del equipo nacional de literatura argentina? Sabemos, claro, que estas elecciones son como las antologías: no son todos los que están ni están todos los que son. El problema no es ése. El problema consiste en que en un país donde se respira el aire de la política, quiero decir del peronismo, perdón el populismo, en todas las esferas de la vida cotidiana, y sobre todo en la sociedad civil y en los medios de comunicación, los escritores que se pegan a la comparsa oficial, se ganan viajes como el parisino que ha costado esta vez 850.000 euros. Esto, obvio, hace que quienes se enfrenten a los mandatos de Cristina, sufran las consecuencias no pudiéndose tomar la foto ante la torre Eiffel.

Al menos esto quisieron demostrar las primeras voces de protesta. Resumamos:

Primer Acto: Polémica sobre la composición de la lista de 45 escritores y sobre los que no figuran en la misma. Entre los ausentes más notables se citan a Alain Pauls, Rodrigo Fresan, Martín Caparrós, Jorge Asis, Pola Olaixarac, Edgardo Cozarinsky y Marcelo Cohen. Se sugiere, se dice, o se critica, que es por un sectarismo kirchnerista que han sido excluidos.

Segundo Acto: El escritor Ricardo Piglia, a pesar de figurar en la lista oficial, anuncia por intermedio de su agente, en el diario Clarín que no asistirá a la fiesta gala.

No se hace esperar en El País la crítica de Bertrand Morisset, director del salón parisino:

Piglia aceptó la invitación y exigió condiciones desmesuradas para venir a París. La política de la silla vacía es una cobardía. Si el señor Piglia quiere criticar a los Kirchner, que venga a París y lo haga. Aquí no se censura a nadie. Había aceptado venir pero puso unas condiciones dignas de una estrella del rock. El señor Piglia es deshonesto, ha insultado al Salón del Libro, a sus editores de Gallimard y al público francés.

El escándalo ya tenía su capitán. Porque para muchos, el autor de Respiración artificial constituye el más importante escritor argentino vivo. Sin embargo, me gustaría saber si Piglia sabe que en París (casi) nadie sabe quién es él. Si lo supiera, conjeturo, no jugaría a ser la vedette por falta de público en la platea.

II

Una tarde de un verano de esos en los cuales uno no viaja porque no tiene dinero, me llamaron para dar un curso particular a una muchacha que preparaba un concurso. Pagaban bien. Me dieron la dirección: no lejos del parque Luxembourg, en el Quartier Latin, la céntrica y otrora zona literaria de París.

Al buscar en el interfono el apellido que traía anotado, salté hacia atrás, no por un corrientazo, sino por la sorpresa que explica esta anécdota: VARGAS-LLOSA, se podía leer, justo al lado del apellido de la estudiante.

La puerta la abrió una rubia con un mini short de jeans. A la luz del día soleado se unía el bronceado húmedo de su piel atada a unas extensas piernas desnudas. Por supuesto que no pude contenerme, y antes de empezar mi curso le pregunté por el vecino de la puerta de enfrente: no sabía quién era.

Con paciencia pedagógica le expliqué. Le dije el nombre (se llama Mario), le repetí que era un gran escritor. Y cuando no podía más utilicé la táctica con la que acostumbro sacudir a mis interlocutores franceses: comparar lo que uno quiere que comprendan con algo que ellos consideran sagrado o majestuoso:

-Él es para los latinoamericanos una especie de Víctor Hugo contemporáneo, y puede que un día hasta gane el Premio Nobel de literatura.

Funcionó. La chica me pidió disculpas por su ignorancia. Y fue entonces que se dio cuenta que sí, que conocía al Sr., que es canoso, muy educado cada vez que me ve en el pasillo, y mire, con un acento español como el suyo al hablar francés.

Para la clase siguiente le traje de regalo a mi alumna un ejemplar de la traducción francesa de La guerra del fin del mundo, y le sugerí que le pidiera a su vecino que se lo dedicara. Poco tiempo después, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Nobel, ella tuvo la gentileza de enviarme un mensaje: Merci beaucoup

¿Y a qué viene esta anécdota? Pues sirve para ilustrar que, contrario a lo que las distantes vanidades suponen, en Francia, después de la reputación con que han contado Borges, Cortázar y Octavio Paz, la ignorancia de la obra de los escritores latinoamericanos, goza de muy buena y lamentable salud.

III

El gesto de Pliglia resulta contraproducente por varias razones. Por haber aceptado al inicio la invitación, por exigir gastos complementarios a su desplazamiento y estancia, por esperar al aumento de tensiones y así lograr ser el centro de atención del escándalo, y por las lamentables explicaciones ofrecidas: “causas literarias”, adujo, con sospechosa y nada convincente vaguedad.

Quienes admiran ciertas zonas de su obra pero conocen también a la precavida persona campeona política de la neutralidad (la misma que va de la universidad de Princeton a la Casa de las Américas de La Habana, elogia a Chávez después de ganar el premio Rómulo Gallegos, sabe de antemano que será Premio Planeta 1997 antes del veredicto del jurado, y otro sinfín de histriónicas tribulaciones), no les sorprende ahora este gesto tras el cual debe leerse el interés personal de no verse asociado a una presidenta y a un gobierno que ya han visto pasar la efervescencia popular de sus mejores días.

En todo caso es evidente que el comportamiento de Piglia, lejos de interpretarse como un gesto de independencia ante el gobierno de su país, resulta no sólo una torpe prueba de ingratitud sino también un sigiloso desvío político hacia una región más artificial que indefinida: el propio Piglia ha tenido una activa participación en los medios argentinos desde que decidió volver de su apacible vida norteamericana.

Ingenuos los que piensan que los intelectuales pueden salir ilesos en medio de las marejadas del populismo, lamentable que un gran escritor se comporte públicamente como un indeciso y timorato ciudadano.

La grandeza de la literatura argentina no se merecía en Francia todo este vulgar quilombo

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Vicky 26/03/2014 11:54

Me divirtió mucho la anécdota de la parte II. Muy genial!

Juan Carlos 24/03/2014 21:53

Hay que leer a Selva Almada, se empiezan a traducir al francés sus novelas: "El viento que arrasa" y Ladrilleros. Después vendrá Una muchacha de provincia. Es una escritora excelente y fuera de
todo piquete político.

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