27 novembre 2011 7 27 /11 /novembre /2011 10:25

meduse10-copie-1.jpg(Notas sobre Théodore Géricault)

            Siempre que paso por la Plaza de Ternes me acuerdo de Géricault. Nada tiene que ver ahora este barrio con las artistas. Con el tiempo se ha convertido esta zona, como muchos rincones de París, en un lugar donde viven los burgueses de las finanzas y los abogados: restrictiva zona de dinero viejo.

            O quizás, dice la historia de la ciudad, siempre fue así este barrio del noroeste, simplemente Géricault era imprevisible, y es aquí donde encontró un amplio taller para pintar cerca de un hospital que lo aprovisionaba de cadáveres y de cabezas decapitadas en descomposición que le servían de modelo.

           (A Théodore le fascinaban los cuerpos y si estos se acercaban a la muerte o escapaban de milagro de ella, tanto mejor).

Dos veces, por casualidad, he vivido por estos parajes de alejado lujo, donde la belleza sobria alterna con la frialdad de las almas y miradas despectivas, es decir, indiferentes.

Fue por aquí donde se encerrara Géricault durante dieciocho meses, con el cráneo rapado, para pintar La Balsa de la Medusa, un cuadro de casi 5 metros de largo por 7 de ancho. Su tentativa ambiciosa por ser reconocido y devenir célebre, decía.

Aquí reprodujo la balsa, hizo venir a uno de los sobrevivientes, y recibía la visita de su heredero estético: Delacroix, quién muestra su espalda en la parte superior derecha del cuadro, para resolver, argumentaba, un problema de equilibrio en la composición.

Y me digo que tal vez una de las tardes en que leía en el cementerio Père-Lachaise  al ver la tumba que mandara a construir Georges-Hippolyt, el hijo ilegítimo que tuvo Géricaullt con su tía, empezó mi admiración por el pintor, y por ese hombre refinado que parecía en guerra contra el mundo, sin tener otro enemigo que la forma y el tiempo, la expresión y una enfermiza intensidad por vivir y dejarnos cada una de sus alucinaciones.

Cuentan las leyendas y la historia que no tenía necesidad de trabajar Géricault. Como a Proust después, su madre le dejó al morir una herencia. Y como Raymond Roussel malgastó este dinero para terminar sin nada (¿por suerte?), cuando languidecía en su cama de moribundo a los 33 años.

(Los caballos le gustaban tanto a Théodore que  murió, precisamente, de las secuelas de una caída de uno de ellos, en su búsqueda, insistente, de lo extremo).

Con el lujo de poder dedicarse únicamente a pintar se fue de viaje a Italia Géricault. Copió y recopió, como ejercicios alocados a los que creía los más grandes: Rafael, Tiziano, Miguel Ángel, Rembrandt, Van Dyck, Poussin, Leseur, y sobre todo a Caravagio.

Cuando no le llegó la gloria inmediata que esperaba con La Balsa de la Medusa, Géricault se fue de viaje por Inglaterra. Pero antes pintó los famosos 10 cuadros de locos maniáticos, lo que más me gusta de su obra junto a su balsa gigantesca.

He podido ver sólo dos de estos cuadros perdidos durante años y recuperados (sólo cinco de ellos) en un granero alemán. En el Louvre se halla la llamada alienada del juego, en Lyon pude ver la más célebre de todas, la de la envidia. Mi preferido, sin embargo está en Gand, una ciudad belga que no conozco: el cleptómano, más melancólico que amenazador cuando nos mira.

Como en todo retrato célebre, es la expresión de la mirada lo que da relieve a estos locos que el pintor conociera en el hospital Salpêtrière de París.

¿Qué hay de común y de extraordinario en los cuadros de Gériacult? Quizás eso, la sincera agonía. La desesperación mutua, la del pintor y la de sus personajes, el no tener demasiado tiempo ni razón para hacer, decir, mostrar, todo lo que se quiere, ve y se puede en una breve vida. Y nada más cerca de la muerte que esta desesperación.

Con una frase de Goethe lo despidió su amigo Delacroix en el cementerio Père-Lachaise aquél día de enero de 1824:

-          Señores, los muertos van muy rápido.

 En la paleta de este pintor (como en su vida) creo ver una espiral agónica cubierta de una espesa capa de neblina que después supe venía del uso del plomo que en cuadros como La balsa de la Medusa, lo condena a desaparecer con el tiempo por el contacto con el aire.

Desaparecerá entonces ante nuestros ojos un día La Balsa de la Medusa. Como si al mirar el cuadro el espectador recibiera con el tiempo la sentencia de la única mortal de las gorgonas, la Medusa que condena a muerte a quien la mire.

 “Cuba es esa balsa”, me afirma un amigo haberle dicho yo un día. Quizás eso explique, me consuelo, mi atracción por este pintor y sus cuerpos. Aunque creo que no. Que no se trata de la aproximación evidente entre la agonía de la balsa y las imágenes grabadas allá en las playas y el mar de la Cuba del 1994.

 Esto puede que exista, pero es una fácil falsa pista: la primera. La de decir, por ejemplo, que La balsa de la Medusa es una metáfora del deseo y de la agonía colectiva de los cubanos de los años de totalitarismo. La solución viene de afuera, creo leer en el gesto del trapo que se agita para que otro barco rescate a los náufragos, por ejemplo.

Pretendo liberarme de estas fijas comparaciones con la isla y creer que admiro simplemente el universo de ese loco refinado que de tanta prisa por vivir y pintar, por ver y gritar, se fue volando de este mundo sobre un caballo desbocado.

 

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Isabel 28/11/2011

Gracias Armando por ese bello articulo, y por la visita al Louvre con tu hija Ariane. Besos

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