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11 août 2013 7 11 /08 /août /2013 14:13

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Francia celebra por estos días un siglo de existencia de A la recherche du temps perdu de Marcel Proust. Se dedican estudios, conferencias, y homenajes a la aparición de la primera novela de la serie; Du côté de chez Swann, publicada finalmente por Grasset en 1913, tras la célebre indiferencia con que la habían ignorado Gallimard y un tal André Gide.

Tratando de ver lo publicado en Cuba en la misma fecha mientras leo a Fernando Ortiz, me doy cuenta que Entre cubanos. Psicología social, su cuarto libro, fue publicado en ese mismo 1913. Cada país, infiero, tiene en su momento los libros que merece, ¿no?

Ya el 1813 había sido un año importante para la historiografía cubana, Antonio José Valdés publicó su Historia de la isla de Cuba, en especial de La Habana, obra prevista para tener cuatro tomos pero que quedó inconclusa, como indica Bachiller y Morales en sus Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba.

(Bueno, una nación que espere los años 13 para festejar sus libros emblemáticos, me digo, no debe ser nada afortunada, la pobre).

Pero otro detalle además del año 13 emparentan al Marcel francés con el criollo Don Fernando: ambos libros se publicaron en París. Sí, el libro de Ortiz, una sincera perorata contra los desvíos de nuestro inmaduro espíritu nacional, se publicó en español en Francia, y no en La Habana ni en Madrid.

Un curioso colmo: ¡para regañar a sus compatriotas el célebre etnólogo tuve que recurrir a una editorial francesa!

Me llama la atención que casi siempre se ignora ese detalle en los recuentos. La razón se aclara cuando uno se entera que en esa época los españoles consideraban impuro al castellano de ultramar. Incluso la académica argentina Anna Gargatagli en un artículo titulado “Escenas de la traducción en la Argentina”, se refiere a una voluntad (por parte de la industria editorial española) de “desnacionalizar” a los países de América Latina para, añade, trasladarlos a un mundo imaginario llamado “el universo de la lengua”. En el mejor de los casos los españoles, publicaban, a regañadientes, textos con la prosa pasada por las aguas inquisitoriales (e industriales) de la Academia de Castilla, como criticaron en su momento Miguel de Unamuno, Antonio Machado y otros intelectuales.

Entre cubanos, artículos escritos entre 1907 y 1910 y publicados en la prensa cubana, fue editado por Ollendorf en París. Julio Le Riverand en su prólogo a la edición cubana de 1987, sintetiza así el tema principal del libro: “Entre cubanos constituye un intento de descubrir cuáles eran los obstáculos a la ‘modernización’ de Cuba”.

Si nos guiamos por el subtítulo de Psicología tropical, nos damos cuenta que se trata de una búsqueda y descripción de la manera de pensar y actuar de los cubanos y sus relaciones con las culturas occidentales más avanzadas que se citan como modelo.

            En una carta abierta a Unamuno, después de solidarizarse con el descontento del filósofo español por la miseria que este condena en los espíritus de la época, Ortiz describe lo predominante, según él, en el carácter de los cubanos:

[Los cubanos] Nos creemos ungidos por el Gran Espíritu (…)Pero van corriendo nuestros días y permanecemos a ras de tierra, sin que se fijen en nosotros los que pasan y saben dónde van, tras de su estrella. Y entonces comenzamos por envidiar el compañero, como si no hubiese lugar para todos en la cruzada de las ideas, y tratamos de herirlo a mansalva para que el laurel que él pueda ganarse en la lucha no lo reste de nuestra corona la veleidosa Fama (…) La pereza intelectual nos abotarga; desdeñamos a los maestros sin estudiarlos siquiera (…)

            Ortiz critica un “no saber adónde ir” que caracteriza lo que él califica como “la irresponsabilidad del pueblo cubano”. Esta falta de objetivo se remplaza por “la ley del menor esfuerzo” que a su vez se disminuye por el choteo (“vanidad nacional”, “desgracia criolla” o “la más implacable de las armas”) cualquier empresa ajena: “Toda nuestra psicología presente, por lo menos en sus aristas más agudas, puede condensarse en una máxima que está de continuo en boca de todos y que nos complacemos en repetir hasta la saciedad, quizás, porque comprendemos la amarga verdad que la filosofía popular encierra en ella: Entre cubanos no andamos con bobería”, escribe.

Más que la propia risa que desacraliza la autoridad, inquieta a Ortiz la jerarquía otorgada en la escala social a quienes alcanzan sus objetivos por la viveza de sus actos y no por sus méritos, por la picaresca de sus acciones y no por la cultura:

Ni importa, pues, en Cuba ser o no mentalmente civilizado; es preciso únicamente ser listo. En otros países, cuando se quiere apartar a un individuo de una senda distanciada de la que sigue la mayoría, se le dice: no seas ignorante; aquí le decimos: no seas bobo, porque la cultura no interviene absolutamente en el éxito de los triunfadores (…)

            Tiene que haber sufrido mucho nuestro joven Don Fernando en nuestra isla, me digo. Una buena parte de sus pesadumbres se originan en la rigidez de su formación académica que toma como paradigma las culturas y pueblos que él llama “robustos”. El hecho de partir de esta referencia y analizar el comportamiento social de los cubanos a escasos años de vida republicana, lleva a Ortiz a criticar severamente el provincianismo cultural de su pueblo que hace que no se conozca a Cuba en el mundo: “Y es que en Europa no se sabe ni quiénes somos, y casi ni en qué parte del mundo estamos situados”, escribe. Lo que él denomina “la ley psicológica del menor esfuerzo” también conspira contra el conocimiento de nosotros mismos como base para poder divulgar nuestra cultura en el mundo. Uno de los ejemplos que entonces cita: el desconocimiento de la religión y las costumbres afrocubanas (sólo quedaban 13000 africanos en Cuba en 1889) que, ya sabemos, será la base de la mayoría de sus reflexiones posteriores sobre la cultura nacional.

            Se aprecia sin embargo en este catálogo de calamidades espirituales tres aspectos que caracterizarán su discurso cívico: las críticas a la influencia dominante de las políticas norteamericanas, la necesidad de una implicación política de los ciudadanos y de una multiplicidad de partidos en la vida pública, y un tono, al final, de un nebuloso optimismo situado en un tiempo por venir: “El futuro edificio de la grandeza cubana”, que hay que construir, anota al reseñar y criticar uno de los libros más nihilistas de la historiografía cubana, Cuba y su evolución colonial de Figueras publicado en 1907.

            En este año 1913 en el cual ocurrieron acontecimientos trascendentales en la historia y la cultura cubanas (la elección  del presidente Menocal, la aparición de la revista Cuba contemporánea y del primer largometraje cubano de ficción Manuel García o el rey de los campos de Cuba de Enrique Díaz Quesada, entre otros hechos), el joven Ortiz esta sólo en los inicios de sus grandes teorías sobre la identidad cubana, pero ya pone el dedo en las llagas que limitan la prosperidad de una república que apenas comenzaba.

Un siglo después los franceses celebran la belleza y los hallazgos de la escritura de Proust (el más universal de todos: la memoria involuntaria como ejercicio de alcanzar por imágenes la infinitud del tiempo) como homenaje a la grandeza de su cultura.

No creo que, de nuestro lado, muchos aspectos de las reflexiones de Entre cubanos sobre nuestra forma de pensar hayan perdido actualidad. Aceptarlo con más honestidad que resignación, sería una prueba de madurez para la Cuba sin dictaduras que nos espera en algún sitio del futuro.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Outlook setting 02/05/2014 13:41

Nicely written! It was indeed inspiring and thoughtful. It was interesting to know about the events that led to the revolt of 1913. As a result, the cities were strengthened in the context of the latest phase of globalization. Thank you.

Cristina 12/08/2013 07:58

Muy bueno como siempre Armando, gracias

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