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1 janvier 2011 6 01 /01 /janvier /2011 23:56

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(Notas sobre la nieve y el miedo)

 

 

            Siempre me agradó el título de Nieve que Julián del Casal eligiera para su segundo poemario. En el imaginario cubano la nieve aparece siempre como una extrañeza idílica, y por tanto, deseada.

            “Delicia sobre delicia y nieve verde”, escribió una vez Lezama Lima, quien nunca vio la nieve, antes de añadir: “Estoy de sorpresa en sorpresa, del mucho agrado al otro agrado en que todo se nos presenta como revelada maravilla”.

Se sabe que Severo Sarduy, que se proponía, con insistencia, como el más fiel discípulo de Lezama, hizo nevar en La Habana al final de su novela De donde son los cantantes.

            Es decir que para los cubanos la nieve es éxtasis exagerado y más allá desconocido. La nieve es lo que se idealiza y se sueña como prueba de la existencia de un mundo añorado contra el insoportable calor omnipresente del trópico nuestro.

            Ver la nieve es lo que quisiéramos para huir o festejar: lo contrario al infierno. Aún cuando Dante describe como heladas las regiones más profundas de sus condenados a las tinieblas en el Cocito, noveno y último círculo destinado a los traidores.

            Hace unos días, al abrir los ojos vi la nieve sobre mi diminuto balcón. Y el contraste geográfico ha sido enorme, porque me desperté en Francia, pero acababa de soñar con Cuba.

            Al llegar de Cuba varios sueños se repetían. Que llegaba tarde al aeropuerto y el avión se iba, era uno de ellos. Que estaba preso y le decía a todo el mundo en la celda y hasta a los guardianes, que me dejaran ir, que yo tenía ya un billete y una visa para irme a Francia, en medio de las burlas de todos, y de mi rabia.

En fin que lo real entonces es que estás en Cuba, castigado a la peor de las penas; creer que vivir en el extranjero sólo puede ser un sueño.

            Ahora no es así: ya no sueño con Cuba, sueño con el mundo. Y cuando estoy en Cuba, es un fragmento de mi sueño, no todo lo que veo y hago, transcurre allí.

Hasta cuando hablo con mi madre en sueños, le hablo muchas veces en francés, aunque ella dialogue conmigo, en cubano, en un sordo diálogo que separó de la realidad para siempre la Historia.

Soñé que formaba parte de un grupo de gente que se reunía con frecuencia a escondidas. Cuando el sueño avanzó supe que el grupo preparaba un ataque armado a una especie de unidad militar. A medida que se acercaba la fecha del asalto, mi miedo iba creciendo: soy el mayor cobarde del mundo, me repetía.

Claro, el sueño tenía lugar en Cuba: el sudor pegajoso de los rostros, la luz diminuta de un bombillo cagado de moscas, la vetustez del inmobiliario, los carros rusos enceguecidos bajo el sol, y los sudados uniformes verdeolivo, además, claro, del habla, delataban el lugar de los hechos.

Llegó la víspera de lo que supongo sería el ataque y con él mi miedo se convirtió en pavor.

Y he aquí que surgió el problema mayor. Algo me aliviaba ese estado de febril cobardía; el no participar, el huir, el desaparecer de aquella próxima batalla. No me veía inmolándome por no sé cuál razón libertaria, ni por ninguna otra.

Lo peor es que cuando pensaba que podría llegar incluso a delatar a mis supuestos colegas del comando, por tal de salir ileso de todo aquello,  se aliviaba mi angustia. Quiero decir que al imaginar comportarme como un chivato, mi apaciguamiento lindaba con una reposada calma.

Al llegar a este sosiego me desperté con la mayor de las recompensas: se trataba sólo de un sueño.

Busco en mi memoria y no recuerdo haber leído nada épico en estos días.

Es cierto que acabo de revisar la traducción de Ángel Crespo del Infierno de Dante, comparándola con la versión original en florentino vulgar que me regalara una amiga italiana. Pero mi motivación es estrictamente literaria.

Hasta tal punto es esto cierto, me justifico, que he revisado de manera paralela los Nueve ensayos dantescos de Borges y el capítulo que Harold Bloom le dedica a Dante en El canon occidental.

Ninguno de estos indicios, ni me satisfacen como probable causa, ni me salvan de algo que siempre he reconocido y que termina por ser la clave de este sueño: mi miedo.

Sobre todo un miedo que tiene siempre relación con un sombrío espíritu reinante en Cuba desde que tuve uso de razón, es decir, un miedo total. Al desliz de la delación, a decir lo que no se debe, a ser convocado, a aparecer en una lista, y el más atroz de todos: el miedo a la cárcel.

Montaigne consideraba, en el ensayo 47 titulado “ De la incertidumbre de nuestro juicio” del primer libro de sus Ensayos, que la más contagiosa de las pasiones es el miedo.

Quizás, me digo para darme un poco de valor, mi miedo es producto de un contagio colectivo. En todo caso yo, para contradecir a Montaigne, no lo vivo como una pasión sino más bien con compasión. Hacia mí mismo, claro, ante todo, hacia mí mismo...

Este miedo explica cierto rezago de mi conciencia crítica. Se trata de jamás juzgar a quienes desde Cuba se oponen al régimen, o lo que es lo mismo, a quienes desde allí hacen lo que nunca tuve el coraje de hacer.

Entre no haber aprendido la virtud primera de vivir en democracia, poder disentir, y reconocer mi miedo, he elegido, equivocadamente, lo segundo, para sobrevalorar a los otros.

Lo que considero el valor ajeno, desacertado o no, siempre me causa una afirmación desmedida. Esto por supuesto es un error, pero reconocer un error no lo erradica.

En otras palabras, aunque no comparta muchas de las opiniones y comportamientos de quienes disienten en Cuba del gobierno, soy incapaz, por la vergüenza antigua de mi miedo propio, de criticarlos.

Ni siquiera la democracia francesa me ha ayudado a superar mi pánico que al menos tuvo el decoro (creo yo) de escaparse con sus lamentos a otra parte: al exilio.

Yo que tanto añoré ver la nieve, nunca hubiera imaginado que ella compartiría conmigo mis espantos insulares. Y que aparecería un día así, a la vez indiferente y callada, ante las ventanas de mi apartamento parisino, para confirmarme dos paradojas: que mi miedo no ha desaparecido del todo y que estoy a salvo ahora de los efectos reales de mi paranoia tropical.

Ilust: Goya, El sueño de la razón produce monstruos (1799)

 

           

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

JosEvelio Rodríguez-Abreu 17/03/2011 15:57


Dejar atrás los miedos y el mal sueño de La Isla, no es una sencilla decisión; requiere de años o una vida.Muy buen post:especialmente porque le confiere a la nieve, (al menos para mi ),un valor
que no tengo para enfrentar la timidez política,o el miedo,que al final es lo mismo.
Gracias Sr. Armando.


Ramon 05/01/2011 15:28


Me gusto mucho este post Mandy.
Un abrazo desde Santiago


pedro assef 03/01/2011 21:54


Armando, yo creo que era Amiel, quien decia que "el paisaje es un estado del alma", yo creo, que tambien es un estado de lo que pudo haber sido, o de lo que sera algun dia, irremediablemente.
Que esa muchacha, que nunca se sabe en que palabra comienza ni termina, te abrace todas las noches de este ano, que te escriba en la espalda levemente, sus versos de amor.
Tu hermano Assef.


Ibis García Alonso 02/01/2011 23:04


Miedos y sueños salomónicos: si quieres esto, cargarás con esto otro. Una de dos. Los padecemos muchos, pero muy pocos los admitimos o, en último caso, no los sabemos expresar; al menos no de la
forma tan poética como la que acabo de leer.
Magnífico el artículo. Gracias por compartirlo.


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