Overblog Suivre ce blog
Editer l'article Administration Créer mon blog
7 septembre 2013 6 07 /09 /septembre /2013 12:05

Sta-Clara.jpg

Ángel, el monitor de Física

            Al doblar una esquina, viniendo del Puente de la Cruz y justo antes de entrar al llamado boulevard, el callejón peatonal más concurrido de Santa Clara, tropiezo frente a frente con Ángel, el gordo. El mismo Ángel de mi aula en la secundaria básica de la Carretera de Sagua.

            Por un instante dudo, pero sólo por un instante. Dudo que él me reconozca, pero al hacerlo, como yo, de inmediato, supongo que en el fondo yo tampoco he cambiado físicamente mucho, al menos para él. Que existo por alguna razón en su memoria como él en la mía. Sin dispersarme: hay cosas y gente cuyos recuerdos en uno no se explican ni siquiera con nuestras preferencias.

            Está idéntico Ángel de gordo y ovalada cara de cachetes mofletudos, pero no viene solo. Supongo que pasea. En Santa Clara pasear es ir al centro, al Parque Vidal, y el boulevard está paralelo a esta plaza pública que en una época tuvo hasta una réplica de madera de la torre Eiffel.

            (Me doy cuenta que es domingo. Cuando uno viaja esta es una de las simulaciones que consagran el rito del tiempo libre: no conocer los días, confundir las horas, dar la apariencia y creerse que no existe el orden, porque el orden es la repetición que nos hace igual a todos, es decir, ininteresantes).

Acompaña a Ángel su esposa y un niño de unos 10 años que se apresura a presentarme como su hijo. “Este era el mejor deportista de la escuela”, le dice al niño. Hablamos así, de pie, unos minutos. Le pregunto qué hace, me responde: “trabajo en la estación del ferrocarril”, sonríe antes de lanzarme una de esas frases enigmáticas del argot cubano que nunca sé si es admirativa o una interrogante: “¡Imagínate!”

Ese imagínate, como el ya tú sabes o el no es fácil suponen por su vaguedad algo indefinido que yo siempre he querido asociarlo a la censura, al miedo asumido de criticar a la dictadura. O quizás exagero. Y no es miedo. Es una maniobra cómoda para no nombrar, más bien para no definir, porque si hay un lugar indefinido en la tierra, ese es Cuba.

Llega mi turno de responder y le aclaro el país donde vivo ahora: en Miami no, en Francia. No escucho el resto, observo, busco en el recuerdo.

Ángel era bueno en física, tan bueno que era el monitor del aula. Por alguna razón lo veo aún empapado en sudor con el uniforme mostaza de la secundaria, revisándome la tarea de física, o frente a su casa de madera, en la punta de una colina pedregosa de una calle sin asfaltar del Reparto Camacho. Pero estudió Filosofía Marxista Ángel, le pidieron ese esfuerzo a su vocación en nombre de la revolución, y ahora trabaja en una estación casi cerrada por el paso inexistente de trenes por sus vías.

Parece feliz o resignado Ángel, algo que aquí es la única manera de no enloquecer de monotonía, supongo yo. Aunque sé que es injusto esta manera mía de atribuirle a otros las angustias que provocaron un día mi fuga. Las mismas que ahora, del otro lado, con pasaporte francés de repuesto en el otro bolsillo, regresan de vez en cuando. Sólo de vez en cuando, porque si no hay contratiempos me vuelvo a escapar en unos días.

La manera en que me mira Ángel y su mujer (no el niño que me ignora, lo cual se comprende: no tengo una atractiva indumentaria de turista adinerado, ando en short y sandalias) es la misma de casi todos los que me miran desde que he vuelto, y no estaría dispuesta esa manera de mirar a escuchar lo que me gustaría contarles de mi exilio.

Ángel y su mujer, desde su precaria comodidad del que eligió quedarse, quisieran oírme hablar de viajes, de recompensas, de la procreación feliz de mi estirpe en otros niños ya franceses, de lugares y placeres a los que ellos han renunciado ante la realidad que los separa del mundo, es decir, de esa encarnación del mundo que en estos cinco minutos debo ser yo. Digo entonces lo que debo decir. Cuento cualquier cosa, menciono a mis hijos, y no sé cuántas boberías sobre las secuelas del último invierno, y menciono, claro, lejanas ciudades de paso para ellos invisibles.

Pero lo que me gustaría contarle a Ángel y a muchos otros, es lo que ignora él en medio de esa abulia de siglos que no interrumpe ni el paso de los trenes. Lo que completa en apariencia su felicidad: no conocerá nunca las angustias del exilio; un cielo gris durante meses, el desamparo de buscar en otro idioma una palabra, aquella noche de navidad de 2003 en un abandonado apartamento sin muebles donde brindé conmigo mismo los cinco años sin poder volver a Cuba.

(Conoce otras zozobras, es verdad, Ángel. Hay que ser justo. Pero esas ya no son zozobras para él –hablar con cuidado si critica al gobierno, la falta de agua caliente en la ducha, un perfume Chanel que le gustaría regarle a su esposa y que quizás ha visto en revistas que no circulan fácilmente en Cuba- sino carencias que de tan normales se han convertido en aceptadas costumbres de todos los días).

En medio de mis angustias de exilado, en cierta medida yo envidiaba una vida aburrida, incolora y sin historia, en una adormecida ciudad de provincias de una isla que flota con relojes diferentes al del resto del universo. Soy yo quien ha llegado a envidiar por miedo la vida de Ángel. La desidia protege, y me hubiera salvado de tantas calamidades en lugares que antes sólo conocía de las películas vistas en uno de los cuatro cines de la ciudad.

Me conmueve este Ángel que yo pude haber sido: obediente y sin sobresaltos. Tratando de explicarme por qué conserva un lugar en mi memoria, me doy cuenta que mi indolencia lo ha dejado tranquilo en el recuerdo ahí, en la misma ciudad donde termina en paz la vida de mi madre.

Lo veo alejarse por la acera estrecha de la calle Independencia de la mano de su hijo y de su esposa, bajando hacia el monumento al tren blindado y el antiguo Hospital Psiquiátrico después de atravesar el Puente de la Cruz. Sé lo que hará Ángel en unos minutos y esta tarde y mañana y, me temo, el resto de su vida. Caminará de vuelta un rato bajo el sol, pasará a pie la línea del ferrocarril hasta el desvío de la carretera de Malezas, y subirá a la colina empedrada donde vive todavía.

Hasta puede que el lunes, al volver a su oficina de la estación abandonada, oiga la sirena de una locomotora y vea pasar el único tren que viene de La Habana y lleva viajeros a Santiago de Cuba. Estoy seguro que contará a otros jugadores de dominó del barrio y a sus colegas de trabajo, que ha visto el domingo a un amigo de infancia que ahora vive en Francia, y anda de viaje, de turista, feliz, por ahí, por el mundo.

Foto: Boulevard de Santa Clara: http://www.flickr.com/photos/14020964@N02/6776005165/

Partager cet article

Repost 0
Published by Armando VALDES-ZAMORA
commenter cet article

commentaires

Danays 07/09/2013 18:44

Buenisimoooo

Carlos 07/09/2013 18:43

No sé si decir "me gustó" cabria decir aqui, es triste, es duro es casi...cruel tu articulo, pero no porque seas tú cruel, sino por la triste realidad que describes de manera genial, ese corto
momento de encuentro con tu amigo, lo irremediable de aquello......quién sabe.

Présentation

  • : La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • La Balsa de la Musa El blog de Armando VALDES-ZAMORA
  • : Comentarios sobre la literatura y la actualidad cubanas e internacionales
  • Contact

Liens