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21 avril 2012 6 21 /04 /avril /2012 01:53

 

SALINGER-copie-2.jpg        Miro con detenimiento, una y otra vez, la imagen de Salinger, sorprendido a la salida de un supermercado, cerrando el puño de su mano derecha contra la ventanilla de un auto desde el cual alguien le saca una foto.

Raro ese Salinger, oculto de la fama durante casi medio siglo en New Hampshire, como uno de los niños en el centeno que su protagonista Holden Caulfield evoca en el relato de tres días de su vida de fugitivo.

Miro la foto, repito, y leo con un retraso que casi se asemeja al olvido, un artículo sobre los escritores de culto (“Un secreto de dioses”) publicado en El país el 14 de enero pasado.

Pero, ¿qué cosa es un escritor de culto?, nos preguntamos los dos, la periodista argentina Leila Guerrero y yo. Al  leerlo me doy cuenta que mis gustos y mis criterios de selección, al responder a esta pregunta, han cambiado mucho en estos últimos años.

-Debe ser el exilio, respondo a mi conciencia vaga, para no buscar complicadas causas a mi cambio de gusto. Me digo ahora que las referencias, por ejemplo, y los juicios de valor, en mí, ya no son los mismos de cuando vendía libros en la Plaza de Armas de La Habana, o nadaba a solas en la costa habanera a la caída de repetitivos atardeceres.

Algo permanece, creo,  queda como un rezago de una época que comienza a decir adiós sin compasión: la fascinación por el acto de leer y leer, el atractivo del libro como objeto burgués que se acumula y se exhibe por las paredes de nuestras casas. Pero también algo aleja de mis gustos de aquel que desembarcó en Francia: ya quiero catar, disfrutar y en último caso, juzgar, a una literatura mundo.

La razones supongo provienen de haber cambiado el orden de mis exigencias. Me interesan de un libro, su voz, la incitación a la reflexión, y la audacia compositiva con la cual el autor adecua el contenido de lo que cuenta.

Cada vez me incitan menos el testimonio y el realismo, la urgencia desnuda del yo, la denuncia o la reivindicación explícita de convicciones. El nacionalismo y las nociones de identidad, gritadas para cerrar una frontera real o del espíritu, reducen y se limitan a quienes piensan en efímeros ombligos.

En cuanto a los escritores, prefiero a ese Salinger escondido que agrede a quien desea sacarlo de su refugio, a Le Clézio lejos del ruido y las fotos en Nuevo México, a Milán Kundera rechazando las entrevistas y las apariciones públicas, a Marguerite Yourcenar en la isla de Monts Déserts, escribiendo una de mis frases preferidas:

Mis primeras patrias han sido los libros.

Me doy cuenta, ahora al escribir, que asocio la extrañeza del libro a la figura esquiva de un escritor fugitivo y distante que precisamente por estas razones termina convirtiéndose en un emblema.

Si pienso que un gran libro es aquél que te obliga a volver a él y, una y otra vez para descubrir nuevas sugerencias de su escritura, un escritor de culto es ése que descubrimos con otros elegidos que no conocemos, y con el cual compartimos una leal complicidad de apreciaciones sobre todo lo que nos rodea.

Para responder a esa tarea tan personal como disímil de definir a un escritor de culto, Leila Guerrero cita nombres y pide opiniones a críticos, editores y escritores. Los nombres de escritores contemporáneos que cita son varios: Enrique Vila-Matas, Alan Pauls, Yuri Herrera, Rafael Gumucio, Jorge Herralde, Pilar Reyes, Elena Ramírez, Manuel Borrás...Más adelante agrega otros que ella y sus entrevistados van considerando indispensables en esa selecta lista y de los que menciono sólo los de expresión española: Daniel Sada, Antonio di Benedetto, Sergio Pitol, Julio Ramón Ribeyro, César Aira, Felisberto Hernández, Macedonio Fernández, Virgilio Piñera y, por supuesto, Roberto Bolaños, el mito más reciente de la literatura latinoamericana.

La suma de dones que enumera Leila Guerrero para ser un escritor de culto incluye la necesaria veneración de los lectores, la comunión alrededor de un libro que exprese los dilemas de una época o de una generación, las estrategias editoriales que promueven y venden a este maldito misterioso que deja de serlo al convertirse, muchas veces y tarde, en un best seller .

Entre las descripciones de este tipo de escritor, reproduzco más abajo la del crítico Christopher Domínguez Michael, por considerarla la más completa o, en todo caso, la más cercana a mis preferencias:

Es un escritor ajeno al gran público que frecuentemente termina por conquistarlo. Kafka fue de culto, como Joyce, escritores-para-escritores que acabaron por imponerse en las academias y las universidades. Dostoievski fue de culto unos diez años y hacia 1910 era patrimonio de la humanidad. Pero quizá ya no haya autores de culto confiables, es decir, que puedan permanecer escondidos. Hoy todo se publica, de todo se oye hablar y nada permanece en lo oscuro.

Tendremos que aceptar con la resignación de ser testigos del puente de dos siglos, que algo ha cambiado en esos escritores que dejamos entrar al jardín privado de nuestras lecturas. Yo sigo prefiriendo a los casi desconocidos, o a los que se aplaudieron tarde. A esos que, como Salinger en la foto del supermercado de New Hampshire, prefieren que los dejen en paz los premios y las estatuas, una vez que han escrito esos libros que de alguna manera son también nuestras más fieles patrias.

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4 avril 2012 3 04 /04 /avril /2012 01:09

Steiner.jpg            Me despierto en medio de la madrugada. No sé si no puedo o si no quiero dormir. No duerno, en fin, esa es la única certeza de que estoy vivo antes de encender la luz. Y escucho entonces en la radio la voz de George Steiner, uno de los pocos grandes hombres que van quedando vivos en nuestro mundo de agitados y efímeros buscadores de aplausos de unos días.

Siempre nos lamentamos con exceso por la paulatina extinción de los grandes que no vemos y que comparten con nosotros la suerte o la fatalidad de la época que nos tocó respirar y sobrevivir. Ahí está uno de ellos. Filósofo, ensayista y crítico literario, capaz de hablar cinco lenguas, de leer y analizar en griego y en latín a los clásicos. Extendida su vida y su cuerpo de judío errante entre el París donde nació, Inglaterra, los Estados Unidos, Ginebra…

Aterrado o casi, más bien apenado, me doy cuenta que aquí, en La Balsa de mi exilio, en su biblioteca que se agranda al mismo paso que el tiempo y la distancia de mi salida de Cuba, no tengo un solo libro de George Steiner.

Ni uno solo. Lo he leído de prisa en bibliotecas de París. Quizás (improviso) ha sido citado en alguna de mis conversaciones de café con atractivas estudiantes francesas. Pero tengo que aceptar la evidencia: nada de lo publicado por Steiner está al alcance de mi almohada.

Me queda sólo la opción de escucharle como la solitaria redención de mi descuido.

¿Qué está diciendo Steiner? ¿Qué está diciéndome en esta noche para que yo prepare una taza de café y me siente, riegue las plantas, y después (ahora) viole todas mis reglas y hasta escriba de prisa? Responde a preguntas. Sólo que su manera de responder es una lección de sabio, y por tanto de modesto humanismo. De una inteligencia puesta en función de escuchar y reflexionar, de tratar de comprender.

Una de las ideas más persistentes de Steiner consiste en tratar de explicarse por qué la gran cultura de Occidente no pudo evitar la barbarie. De dónde procede la impotencia del arte ante la Historia.

-Yo no soy un sabio, afirma en francés, más bien me veo como un postino como dicen los italianos, es decir, un cartero, el que lleva el mensaje de los grandes hombres.

El conocimiento debe ponerse en función de la comprensión. Y cita ejemplos Steiner. Nadie sabe cómo uno va a reaccionar ante circunstancias inesperadas de la Historia. Menciona la traición del discípulo  Heidegger a su maestro Husserl. La negación caprichosa del horror estalinista por parte de Sartre. Las preguntas qué el mismo se hiciera en Inglaterra durante la guerra: ¿quién puede afirmar que de llegar los alemanes aquí no habrá traidores?

Nadie puede saber la cuota de miserable que puede llevar en su alma si debe sobrevivir a las circunstancias.

Y esta idea compasiva se complementa con otras dos afirmaciones. La segunda: los que han realmente sufrido, no hablan, no quieren hablar, porque el horror vivido no puede ser ni explicado ni comprendido en su totalidad.

La intelección entonces, su testimonio o su escritura, siempre es impotente ante la dimensión de los hechos.

Cuenta Steiner una anécdota. Un día su amigo Arthur Koestler, autor de la célebre novela El cero y el infinito, le pregunta:

_ ¿Sabes George por qué tus libros no valen nada?

_ No, dime tú, le pregunta a su vez con paciencia Steiner.

_ Porque tú nunca has estado en la cárcel, le afirma categórico Koestler.

Esto, según Steiner, viene a confirmar que un intelectual sin ciertas experiencias límites puede especular, pero no juzgar ni atacar comportamientos que le son ajenos por no haberlos vivido en carne propia.

En Le Transport d'AH, la única novela que ha escrito Steiner, se cuenta la búsqueda y la posterior captura de Adolfo Hitler por un comando judío en plena selva amazónica. El lugar es horripilante porque el paraíso y el infierno se parecen, comenta Steiner. Hitler ha perdido la memoria y el comando judío decide juzgarlo en el mismo lugar donde lo ha descubierto. Sin embargo, de golpe, Hitler pronuncia en su defensa un discurso coherente y hasta brillante.

La elocuencia del mal existe, nos dice Steiner, porque en sus apariencias poco, muy poco separa al mal del bien, porque la cultura puede, incluso, confundir el trasfondo de los argumentos. A lo mejor ésta es la tercera afirmación que nos permite comprender la impotencia de la cultura ante el destino.

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31 mars 2012 6 31 /03 /mars /2012 19:03

Dios-Diablo.jpg           Han sido días intensos estos últimos. De veras. Intensos en la frustrada tranquilidad que persigue con fervor mi anonimato.

Tengo sobre mi mesa varios programas de exposiciones por ver y una breve lista de libros recientes que me gustaría hojear. En el museo de Orsay se muestran desnudos de Degas. En el Grand Palais se pueden ver más desnudos (lujosos, célebres y burgueses) del fotógrafo Helmut Newton que yo no conocía. En el Louvre, me dice una publicidad que salta a la vista en todas partes, se exhibe restaurado la “Santa Ana” de Leonardo da Vinci.

Al menos quisiera correr a comprar dos libros. Uno de Jacob Burckhardt sobre el renacimiento en Italia, y otro libro de un profesor africano de la universidad de Princeton, Kwame Anthony Appiah; un erudito estudio sobre las revoluciones morales.

Pero es tanto el trabajo en la semana que me vería obligado a correr por el metro y la calle los sábados, algo que casi me prohíbo por el exceso de gente planificada para hacer lo mismo y a la vez, como en toda gran ciudad que se respete.

Llego al aula y una estudiante me dice que ha visto en Le Monde a un hombre que grita y le golpean antes de la misa del Papa en Santiago de Cuba. Y toda la realidad que evito o me despierta a veces en la noche, aparece de nuevo como una condenación imparable.

(Ahora sabemos que el hombre se llama Andrés Carrión Álvarez, y anda preso por una estación de policía con el insólito nombre de Versalles).

Y me doy cuenta que el deambular del Papa y varios demonios me interrumpen cualquier plan estético en estos días. Ese programa de cura del alma con el cual trato de alejarme en vano de lo que me molesta u olvido.

Como ya se sabe 13 años después de Juan Pablo II, otro Papa (muy inferior en carisma y en milagros alcanzados) le dio por pasar por La Habana al regreso de México.

Y en Francia, país donde me ha tocado vivir, primero por la libreta de la vida, y después por elección de la costumbre, un fanático mató judíos y soldados en nombre de un Ala violento que hicieron olvidar durante un tiempo las revoluciones de las primaveras árabes.

¿Y Siria? De Siria no, de Siria no me atrevo a hablar. Ni siquiera a mirar las fotos de masacres diarias que, como yo, contemplan sin hacer nada, ante la tele y los periódicos, los dueños de este mundo, mientras el presidente Bashar Al-Assad y su esposa Asma bajan música de internet o se van de compras, como revelan los mensajes de sus correos electrónicos dados a conocer por el diario inglés de izquierda The Guardien.

 De ahora en adelante cuando alguien me hable de coraje, de circunstancias y factores objetivos y subjetivos, de moderación y otros argumentos para  medir las dosis del valor humano, me limitaré a ver las fotos y las imágenes de esos sirios que van con sus cuerpos contra las bombas y las balas.

Contrario a mis ocios preferidos en estos días, Dios y los demonios me saltan desde las pantallas sin que yo pueda evitar sus existencias.

¿Qué hacía el Papa en Cuba? Un editorial de El país lo explica bien: defender los intereses de la iglesia para tratar, dicen, de ser un intermediario en las reformas del comunismo cubano.

Nadie olvida, claro, algunos detalles. El cardenal Jaime Ortega intercedió hace un tiempo en la liberación de prisioneros políticos. Y hace unos días estuvo de acuerdo con el desalojo de la iglesia de la Caridad donde se metieron a protestar 13 opositores. A nadie debe sorprender entonces que el Papa ni se molestara a recibir a los disidentes.

¿Es ingenuidad, ignorancia u oportunismo de la cobardía creer que los cambios de Cuba podrían acelerarse con la visita casi turística de un Papa? Me parece que hay un poco de todo eso. Un cóctel de pasiones irresponsables y esa eterna costumbre insular de esperar que los otros se ocupen de los problemas nuestros.

A cada cual le dejaron estos días en los cuales se habló de Cuba en los diarios de todo el mundo, lo que cada cual elija: no sé si se pueda estar bien con Dios y con el diablo. Aplaudir las dos o tres frases sutiles del Papa (que condenó el embargo de Estados Unidos) sobre los presos y los cambios, sobre las familias separadas y otras comedidas etcéteras.

Mi miedo atroz a la acción y a las represalias no puede impedir que me quede con la imagen de ese señor que dicen se llama Andrés, golpeado por un camillero de la Cruz Roja. Me imagino a Andrés, allá en su Versalles santiaguero, no en éste de jardines y del Petit Trianon de María Antonieta que hace pocos domingos recorrí con G. recordando a Stefan Zweig. Me lo imagino a Andrés, pero no puedo adivinar que desesperación pasó por su cabeza al irse a entregar a gritos contra el comunismo ante las cámaras del mundo.

Y me quedo también, por borrosos recuerdos de mi vida en la isla que he querido olvidar durante más de 15 años, con los ecos que nunca escucharé de la conversación sobre Steve Jobs, entre el escritor Orlando Luis Pardo Lazo y su novia Silvia, en una estación de policía del brujero pueblo de Reglas.

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25 mars 2012 7 25 /03 /mars /2012 08:46

          Jean-Renoir.jpg

           Salió dos días el sol en París y la sorpresa de la luz casi desnuda a transeúntes programados para mostrarse felices cuando se despeja el gris. Ese gris de largos meses. Abrigado  y húmedo, ese gris que hace pegajosa y cabizbaja hasta la enfermiza prisa en las calles y comercios. En los trenes y ómnibus. Y hasta en la cola (tan breve como un rayo de sol invernal) de los cines: la gente congelada durante meses apenas se mueve ni se empuja, de tan grises también sus movimientos.

            Y existe entonces una regla en París que no está escrita en el juego invisible de la ciudad: hay que alegrarse si sale el sol. Y punto. Hay que alegrarse, quitarse la mayor cantidad de ropa hasta tocar el desafío de un refriado. Sonreír y decir: Il fait beau, para conjurar la permanencia del dichoso sol inesperado.

            Después de la tregua, llegando yo como siempre tarde al entusiasmo del sol que se me escapa, me he ido a ver La règle du jeu a uno de mis refugios nocturnos; la Filmoteca del barrio latino, en un callejón breve que lleva el nombre del descubridor de los jeroglíficos egipcios (Champollion) y que desemboca, en la penumbra, sobre la plaza de insomne de la Sorbona.

            Hoy echan esta película de Jean Renoir filmada en 1939, meses antes de la invasión alemana a Polonia. Está lloviendo, entro mojado, casi con el paraguas desplegado, y G. corre a elegirme un puesto que libere el estiramiento de mis piernas y del paraguas sobre algún pasillo.

(Esto es ya una costumbre cinematográfica mía: en tan poco espacio no quiero tener a nadie en alguno de mis costados para alargarme y evitar los calambres, para poseer el privilegio de unos centímetros de más).

Son tan pequeñas estas salas de cine en París, y empato con mi discurso, que G. conoce de memoria, sobre Cuba: chica, allá en Cuba los cines son enormes, ¿sabes?, pero aquí… Vamos a ver la película, dale, deja eso de los gigantescos cines de tu infancia…que ya me lo has contado mil veces, además, replica G.

En Santa Clara tuve una novia (sigue llamándose Yamelys, pero ahora vive en León) que al entrar al cine Camilo Cienfuegos desalojaba a quien ocupara un asiento reservado de manera eterna por su capricho. “Quítate de ahí, que ese es mi puesto”, gritaba al borde de un ataque de nervios aquella mujer, ante la sorpresa corrediza del espectador expulsado.

          ¿Cuento la película? Bueno eso del argumento ya se puede encontrar en cualquier parte, ¿no? Mejor digo que me aturdió esa película, la verdad. La regla del juego, debe llamarse en español.

 ¿Que qué te aturdió?, me pregunta G., y le respondo lo de la rapidez teatral de los diálogos, y el movimiento remolinesco de los actores. El ambiente a la vez festivo, alocado y tétrico de ese castillo nocturno. La caza de conejos. La división intencional entre dos tipos de personas, llámese clases, individuos. Los que brillan por el lujo, como el marqués Robert de la Chesnaye pero también por el desconcierto humano de su amor (incomprensible, además, porque yo veo muy fea a esa señora) por su esposa Christine, una austríaca histérica que cae en los brazos de cuanto personaje trate de seducirla. Al revés de mi novia del cine de Santa Clara, en vez de desalojar, esta Christine aloja a cuanto hombre le diga alguna efusiva tontería.

            Hablando de hombres cazados como un conejo por culpa de esa austríaca, hay que mencionar al piloto André Jurieux que, al atravesar en su aeroplano el Atlántico, comienza la película con su llegada nocturna al continente y el asedio de periodistas por su hazaña. Un héroe público que en la intimidad es un amante, hasta cierto punto ignorado por esta Christine con castillo.

            Pero La règle du jeu es también la película de los mayordomos, criados, y cazadores furtivos que beben, conversan y auxilian a los nobles desorientados y excéntricos. Una escena, al final,  reconcilia al cazador Schumacher y a una especie de bandido llamado Marceau  en sus rencillas por el amor de Lisette, criada de Christine y esposa de Shumacher, a quien creen prostituida: la marquesa austríaca se ha disfrazado con la ropa de Lisette, y los dos hombres no se perciben en la noche del cambio de roles. Aprovechando la oscuridad y el follaje, celosos y creyéndose traicionados, matan como a un conejo al célebre piloto que viene a darse cita en un refugio nocturno del jardín con Christine de la Chesnaye.

            La regla de este juego es siempre la misma, nos insinúa Jean Renoir, los de abajo, considerados por error culpables, terminan pagando los excesos y delirios de los de arriba, a la vez atribulados de excesos y, por equívoco, inocentes. Considerar la vida como una actuación (en francés se dice jugar por actuar) y un cambio oportuno de identidades, es lo que permite sobrevivir y conservar el privilegio del orden establecido por esta regla.

El mismo Renoir  cuenta en alguna parte como tuvo que suprimir, más tarde, algunos pasajes de la primera versión de la película. Uno de ellos, recordaba, era una larga secuencia de la partida de caza soleada y el degüello de un conejo.

No está lloviendo al salir, y olvido, en la minúscula sala que contemplo solitaria y apagada donde he venido a buscarlo, al paraguas.

De verdad que me dejó aturdido esa película sabes, le insisto a G., que como siempre me obliga a volver a pie, para estirar sus piernas, dice. Te conté alguna vez lo de aquella muchacha que reservaba su puesto en un cine de Santa Clara, le pregunto. Sí, eso también me lo has contado ya, ahora vive en España, añade G., que detesta, la pobre, que yo me repita. Y al pasar frente al Jardin de Luxembourg hasta creo ver pasar ante nosotros a un conejo fugitivo camino hacia la muerte de cuchillos afilados que en realidad son las luces de algunos autos.

Hay películas así, ¿no? Películas que aturden G., repito y pregunto al caminar, aunque no sé por qué sospecho que G. no me escucha. Nos aturden, me digo en voz baja, porque nos recuerdan ciertas reglas que no cambian, como un juego G., como un juego.

 


 

 

 


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25 février 2012 6 25 /02 /février /2012 23:46

rene-portocarrero-el-cafe.jpg         

  Mi amigo Reynier, dicen, toca el violín como un ángel. Confirman este sublime elogio apasionados especialistas, músicos barrocos y auditores que veo exaltados en sus conciertos. Cada vez que nos encontramos en París, a Reynier y a mí nos gusta comentar este común sueño (más bien empeño) de andar por estas latitudes haciendo lo que elegimos sin dejar de calcular la distancia  que pudiera separar nuestras voluntades de nuestros destinos, es decir las ambiciones marcadas por ese acto de fe de ser cubanos.

  Menciono esto para tratar de explicarme por qué un día, en medio de una conversación sobre el arte cubano, se me ocurrió espetarle a mi amigo:

 “Chico, no te has dado cuenta que todo el gran arte de Cuba del siglo XX viene de antes de la revolución, nada de lo surgido después, está a la altura. No ha aparecido en la isla el Shakespeare que cuentan pronosticó un día Virgilio Piñera desde la playa de Guanabo…”

   Ante tanto tremendismo nos quedamos callados los dos, como era de esperar.

  Yo cavilando la justicia (¿o la justedad?) de mi cruel afirmación. Reynier buscando nombres que fue citando, poco a poco, casi con permiso. Nombres de músicos, porque uno debe hablar de lo que sabe, supongo, a lo contrario se le llama, creo, diletante. Y nada tan ajeno a esos devaneos que el apasionado Reynier.

  No me recuerdo, sin embargo, haber consentido a la lista de sus candidatos propuestos. Y cambiamos de tema, que son pocas las veces que nos vemos en París, por donde este Brindis de Sala del siglo XXI, alumno eminente del conservatorio de Lyon, se pasea como si nada y con su violín a cuestas entre los mejores músicos barrocos de Europa.

 Es evidente la primera de las tres razones que me llevaron ese día a hacer tabula rasa de la cultura cubana contemporánea: la de querer disociar de forma mecánica y rencorosa a la revolución política de toda conquista del espíritu.

 Existe otra, sin embargo, no menos persistente, que creo comparto, a veces,  involuntariamente, con otros cubanos. Me refiero a la soberbia de clasificar, poner y quitar, casi siempre de manera arbitraria, es decir, al antojo de nuestros caprichos, a toda creación nacional.

La pasión sobrepasa en estos casos a cualquier raciocinio  hasta el punto que se salva a un escritor por afinidad (o amistad), se condena a otro por lo contrario, se comete la fatuidad de valorar a la escritura a partir de supuestas analogías entre ésta y sus referentes, y se condena por mimetismo (matando dos pájaros de un tiro) a la crítica literaria, en una forzada relación de causa y efecto.

La tercera de las razones tiene que ver con la anterior pero es a mi juicio la más provinciana de todas. Consiste en hacer el ranking de nuestras preferencias teniendo en cuenta, ante todo, la etiqueta de su identidad. Este nacionalismo primario nos priva del resto, es decir, del mundo, porque se ve lo universal, entonces, a partir de la aldea insular.

Algo escrito por Milán Kundera en su libro de ensayos El telón  me sirve de modelo para la descripción de esta última idiotez. En la incapacidad (o el rechazo) para ver su literatura en el gran contexto de la literatura mundial, existen, dice Kundera, dos provincianismos. El de las grandes naciones y el de las pequeñas.

          Una gran nación se resiste a la idea de Goethe de literatura mundial (Weltliteratur) porque su literatura le parece tan rica que no necesita interesarse por las otras. Mientras que las pequeñas naciones también rechazan esta inclusión mundial por razones contrarias: estiman a la literatura mundial, pero ésta aparece como inaccesible, y mirar más allá de sus fronteras, abandonar lo nacional, es considerado una traición.

 En esto también coincide Pascale Casanova en su ya célebre libro La República mundial de las letras: casi siempre es conflictivo el deseo de un escritor de integrarse al mapa mundial de la literatura. El escritor puede renunciar a su herencia cultural e incorporarse al espacio universal predominante (abandonar su lengua, como Kafka y Kundera), o puede guardar una relación filial con su tradición. Pero, en esta última tentativa, es muy difícil hacer autónomo su universo (como fue el caso de Joyce), para imponerlo en el espacio internacional.

Eso que, a partir de un espiritualismo excesivo, Roberto Calasso llama literatura absoluta, no distingue la escritura por países ni identidades, sino por el valor estético que aporte una nueva forma y una nueva expresión.

Porque si algo precipita a escritores de naciones pequeñas a expresarse en otras lenguas es muchas veces la ambición de poder integrarse al pelotón lingüístico de las grandes, y así ganar el deseado reconocimiento universal.

Al menos este problema no lo tienen los escritores cubanos, me digo. El español (¿quién lo duda?) gana terreno en el mundo y es la expresión de una gran nación europea, de casi todo un continente y de la cuarta parte de los habitantes de los Estados Unidos.

Lo que sí parecen dilemas para los escritores cubanos actuales son la forma en que se escriben sus historias y la expresión de estas narraciones. Y cuando me refiero a la forma hablo de lo poco audaz de las estructuras,  y  de un lenguaje muchas veces empobrecido por el esfuerzo de agradar y vender, o de transcribir folclóricamente el habla cotidiana.

 Al argumento ya manido de que la falta de publicaciones plurales confunde al periodismo con la ficción, debe añadirse, para no ser injustos, el más evidente: la omnipresencia de la Historia, la repetición de una situación que ocupa todos los espacios de la vida desde hace más de medio siglo.

La escritura que elude por temor a la censura del régimen, o la que disiente de manera frontal, pueden, a largo plazo, por transitorias, salir juntas a dar un paseo por los jardines del olvido.

La imaginación ha encontrado sólo en contadas ocasiones la manera de hacer universal los relatos de los más recientes escritores cubanos. Quizás porque, como ya he dicho, no alcanzamos casi nunca la madurez de abandonar esa etiqueta patriotera, ni ese rencor no siempre injustificado de suprimir lo que engendró la dictadura.

En una palabra, de no dejar de practicar el provincianismo de las naciones pequeñas al que se refiere Kundera, en el arte cubano tardará hasta el infinito, la aparición del Shakespeare anunciado en la playa de Guanabo por Virgilio Piñera.

Ilust: René Portocarrero, El café (1948)

 

 
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19 février 2012 7 19 /02 /février /2012 13:17

             Puertas-del-infierno.jpg           Me ha dado siempre miedo perder las llaves. Por eso, aunque las lleve todas con cuidado en un amasijo molesto para los bolsillos, insisto en hacer, una y otra vez, copias y más copias que escondo por rincones diversos: entre los libros, dentro del congelador, en las macetas de las plantas, o debajo del colchón, mi nada original escondite preferido.

            (No he sabido responderle a mi obsesión si su existencia se debe a la avidez por entrar a los lugares o, por el contrario, a la preocupación por no poder salir de ellos en medio de una catástrofe).

Mi llave preferida es una que quizás deba su extrañeza a su forma ovalada. Sirve para abrir las aulas más discretas de la universidad donde trabajo. Casi con arrogancia la muestro a los estudiantes que me esperan agrupados antes de comenzar mis cursos. O la desenvaino al rescate de algún nuevo profesor reemplazante, a quien todavía no le han entregado esa prueba de confianza doméstica.

Rueda cuando se desliza mi llave preferida gracias a sus pequeños bolines de acero que la hacen, me dice sin mirarme a los ojos Rim Kit, el cerrajero de los bajos, incopiable.

Rim  me ve entrar y apuesta en silencio a que voy a pedirle copias de mis llaves. “Para tus muchachas nocturnas”, trata de sonreír y sentencia Rim, con ese universal acento asiático que tampoco desaparece cuando se habla francés por adopción.

 Yo le añado  haciéndome el culto: “Sí Rim, para mis clandestinas apsaras”. Ah, porque olvidé decir que sólo copio una a una estas llaves. Nada de hacerlas multiplicar al mismo tiempo.

Y Rim me dice esto porque el primer día (cuando aún no sabía que Rim había escapado de un campo de concentración de Pol Polt) le conté que les daba una llave sola a mis amantes para si, por celos o por avaricia, coincidían dos (una delante de la puerta y la otra en mi cama) en mi casa, no tuvieran soluciones para los tres cerrojos de mi puerta.

Desde que supe una versión de la historia de Rim, me contagié con su gravedad de jemer y hasta trato de hablarle (con mi llave del día en la mano) de algún que otro artículo leído en la prensa sobre los procesos judiciales contra los responsables de la atrocidad que sufrió su país.

En días sin apuro me aventuro a mencionar nombres al silencioso Rim; Nuon Chea, el ideológo, Ieng Sary, el canciller, Khieu Samphan, el presidente de aquel delirio colectivo que fue ese régimen, mitad maoísta mitad marxista…unánime en el horror de torturas y asesinatos masivos de pueblos y familias para extirpar el mal del pasado capitalista.

“Ven dentro de una hora”, es siempre la respuesta de Rim cuando sugiero saber sobre su vida en aquella Kampuchea, al tiempo que levanta mi llave, como si fuera un crucifijo, a la altura de su ceño.

El extenso monólogo de un verdugo jemer rojo que explica en detalles su trabajo en el siniestro centro S 21 de Phnom Penh, es la historia que narra el documental de Rithy Panh: Duch, el amo de las fraguas del infierno. Más de 300 horas de grabación montadas al final en este testimonio espeluznante narrado con la normalidad de un jubilado profesor de matanzas.

El tal Duch (Kaing Guek Eav, es su verdadero nombre)  más que un verdugo era el director de ese santuario de la tortura de donde nunca salieron unos 12 000 camboyanos. El filme es realmente el propio Duch, su rostro, sus gestos, y la frialdad calculada de un hombre metódico y culto que cita el poema La muerte del lobo de Alfred de Vigny, para sermonar sobre su deber de matarife: el lobo muere pero de manera estoica soporta sin gemir el sufrimiento. El cazador triunfante es desacreditado por esta resistencia de la víctima, sugiere de Vigny, algo que explota en su defensa Duch.

(Encerrado en una celda minúscula –se ve en un momento pasar a su guardián y saludarle detrás de la lucerna por donde lo vigila- la cadencia de Duch, cuando habla francés para congraciarse con quien lo filma, me recuerda, claro, al cerrajero Rim).

Una frase repetida le permite, sin embargo, a Duch, exponer en la pantalla su defensa de funcionario eficaz: “Los regímenes pasan, los gobiernos pasan, la policía es eterna”. El deber, aunque sea torturar o matar, es el deber del policía infinito, nos dice Duch, no es ideológico ni político. Esto, lo sabemos, se desacredita cuando el gobierno al que se sirve no ha admitido réplicas porque las acalla por la supresión de quien disienta: el policía es un cómplice, y Duch condenado a 30 años por esta evidencia que evita, ha hecho apelación, dice.

Porque Rithy Panh, del lado nuestro, el espectador que trata racionalmente de comprender  qué pasa por la conciencia de un torturador, quiere desnudar con la paciencia del tiempo pasado, el aparente delirio antiguo de un asesino. Y a veces, Rithy Pahn (que como mi vecino Rim, escapó cuando era niño de un campo de concentración de Pol Polt) a fuerza de no encontrar con nosotros respuestas, propone varias: a falta de una llave, nos sugiere otras.

Duch reconoce, muestra fotos de sus víctimas. Hasta cita anécdotas que contradicen su apego al estoicismo que enaltece a la víctima. Un día, cuenta el verdugo, me puse a mirar las líneas de las manos de los que yo enviaba a la muerte. Eran extensas las profundas líneas de esas palmas temblorosas que morirían: él, el carnicero, tenía el poder de contradecir el destino de cualquier quiromántico. Sólo que, convencido entonces, no se daba cuenta que esos poderes duran el tiempo de esos regímenes. El de Pol Polt terminó en las dos semanas de 1979 que duró la invasión vietnamita que ocupó Phnom Penh, la capital de Kampuchea que recuperó su nombre de Camboya.

He ido esta mañana, con una llave en la mano, a pedirle a Rim su opinión sobre la noticia del día: Duch, en su apelación, ha sido condenado a cadena perpetúa:

           -“¿Y por qué no me hablas nunca de Cuba?”, ha sido la respuesta del cerrajero Rim. “¿Por qué?”.

            Tengo tantas copias de llaves, me digo, que sospecho que estaré un tiempo sin bajar a ver a Rim a quien, es evidente, nunca lograré que me dé más detalles sobre su fuga y su vida, que supongo atroz, en el mismo país que el tal Duch.

Ilust: “Belial a las puertas del infierno”, Das Buch Belial, Jacobus de Teramo (1473)

 

 

 

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28 janvier 2012 6 28 /01 /janvier /2012 15:36

(Palabras a los intelectuales)

Jenny-copie-1.jpg

 

 

 

JANOS TROPICALES
(La jauría del otro lado)


Una vez cerrada la puerta que nunca abrieron a quienes no fueran miembros de la cofradía, se han ido marchando despacio hacia el otro lado de los banquetes y las nevadas. Muy despacio y con sonrisas en todas las direcciones de la máscara, se han ido deslizando para preparar mejor las coronas y el césped de los recibimientos como héroes.

No tardarán de nuevo en sacar una vez más a gritos de abajo del agua las espadas oxidadas y el nuevo orden de las letras y las balas que ellos aprendieron a instaurar cuando el Tirano les daba de comer a sus uñas limadas.

Ahora reniegan sus presencias de bufones en la corte o las transforman ante los agoreros que presagian la senectud de las estrellas fugaces. Repiten paso a paso hacia el protagonismo todo lo que aprendieron en palacio donde fueron monaguillos elegidos al puesto más cercano de las ostras: la intriga de salón y las citas copiadas a un anónimo, la alianza firmada con el rigor del aire de un susurro en los oídos, y también el grito de no dejar hablar en la gordura a quienes contradicen sus modales y sus órdenes.

Llegan por discretas legiones las metamorfosis de estos perros y la jauría se engrandece con sus ladridos, esperando los anuncios de volver a la corte una vez pasada las borrascas para ocupar de nuevo el lugar del centinela frente al foso de los laureles.

Son reconocidos al instante por sus víctimas y detractores fugitivos: llevan en sus manos una llave de cera y el veneno borgiano de sus lenguas.

Están aquí o allá apareciendo como si no hubiera pasado nada en el reino de los delatores ni existieran esos náufragos errantes que ellos despreciaron con la otra mitad de la cara sonriente vuelta hacia la aprobación y los premios del Tirano. Se invitan a la mesa de comensales condenados que creían haber logrado no verlos nunca más, y al final de la cena dan lecciones sobre el coraje de vivir en otras latitudes de las playas.

Pero el tiempo es la sorpresa más puntual de todos estos aprendices tropicales de Jano y de sus descendientes, adeptos y consortes. Y no saben a la hora de extender los mapas de ceniza conquistados por sus ansias de acallar al prójimo que se cruce en sus ascensos que Tiberino, el hijo único de Juno y de Camisé, murió ahogado en las mismas aguas inundadas que antes gobernara.

 

 

SIMPLE CONTRIBUCION AL ESTUDIO DE LA VENGANZA LIRICA

                                                                       para Armando de Armas

Cómo me hubiera gustado poder beber en esa copa protegida de los golpes y de los escrutinios por la sombra verdeolivo.
Cómo me hubiera gustado acariciar los hombros de un amigo que conocía los horarios de los aplausos hacia el avión.
Cuántas veces me aproximé a las rejas y los guardianes de la buena suerte no vieron la rabia con las que mis manos pedían alejarme para siempre del hedor de los lobos.

 (Oh guardianes que conozco y nuevos adictos de la intriga, confieso que hasta traté de copiar odas a las obedientes furias de guerreros de salón, himnos de patria sitiada por los enemigos del discurso, pero me fue imposible convencer de mi fidelidad a los fieles)

Cómo me hubiera gustado partir esta manzana dándole la mitad a los pajaritos en vías de extinción como las mariposas y los gatos que en su precipitada huida de las piedras me impedían la influencia de Baudelaire.
Ah, poderosos amigos al borde de piscinas con chin-chin de himnos y limones, cuánto hubiera dado por poder seguirles en sus simulaciones hasta el editor de los manuales y repetir arrodillado esas sentencias que jurábamos a solas incinerar hasta la resurrección del mármol de la fama.
Ah, imprescindibles clásicos de un futuro postergado cada año, cuánto entusiasmo hubiera dedicado a la lista de los viajes, a esas veladas gloriosas de la entrega de honorarios después de abundantes alcoholes y confusos giros en las camas de los jueces.
Por eso no me arrepiento:
Amigos que humedecían el alba con la fidelidad de las lenguas en los informes,
aspirantes a viajes de mendigo, vanidosos, policías, segur(osos) del rito de la vigilia de la patria contra el enemigo, tristes puntuales a la hora de la azada en el jardín con afinados alaridos.
No me arrepiento de mi lejana contribución a las venganzas.
De encerrar con llave mi nombre en las maletas y aceptar después que aún espero que pase el aguacero.
Pacientemente espero.
Por eso (oh sincera manía de la memoria y los rencores!)
hiervo mis cuchillos oxidados, me escondo del suicidio, soplo el humo de la bala y la pistola que no tengo.
Y me siento otra vez a esperar por los periódicos para vengarme del informe, de la reunión y el brindis de las estrellas rojas, deshojando una rosa con la carcajada de algo repetido, tocando desde lejos los hombros del censor y del poeta
cuando se confundan los silbidos del ángel,
el ardor de las rodillas en el pecho y los pies golpeen las nalgas,
y llegue la hora de los mameyes en los diccionarios
y el cambio de casaca deba comprenderse
como un diálogo democrático contra la violencia.

 

Tomado del poemario Imaginarias de un velero sugerido, Verbum, 2010.

                                                                        Ilust: Velero sugerido de Jenny Alfonso Relova

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21 janvier 2012 6 21 /01 /janvier /2012 16:45

          Gina-copie-2.jpgParece ser que la vecina de los bajos tiene novio. He mirado su vida, sólo con los recesos de ausencias paralelas, durante los últimos años. Es esbelta, trigueña, pero con la piel muy blanca, de nalgas puntiagudas y breves, de piernas extensas y con miopes espejuelos redondos como los de alguna que otra francesa de una película de Godard.

También su bañera se parece a esos receptáculos de agua que veía en Cuba en sofocados cines. Y en verano, al salir del agua, se sienta y tira a rodar una de sus piernas elásticas sobre el marco de la ventana, mientras se seca, por supuesto desnuda, con una mano, y sostiene el teléfono con el cual habla, supongo a una amiga, con la otra.

Yo la veo casi siempre en blanco y negro a la vecina. Aunque le gusta cocinar, eso sí, entonces el humo, los ajís, los tomates y la mostaza, los peces y las pastas, me la van dibujando lentamente  en olorosos colores allá, en un piso más bajo que el mío, a través de las plantas que pretenden transformar en selva mi balcón diminuto, y con el sonido de alguna que otra ópera que decora el silencio de mi salón mientras escribo.

            Se llama Laure, por supuesto, aunque yo la nombraba Caroline. (Desde que descubrí que Caroline viene etimológicamente de la palabra carne, nombro en Francia Caroline a todas las muchachas apetecibles). Y digo por supuesto porque, qué mejor nombre para una desconocida que uno vigila sin querer durante tanto tiempo detrás de las cortinas, ¿no?

            Me llevó cuatro años saber cómo se llama mi vecina. Un ciclo olímpico. La vuelta de un año bisiesto, por cierto, este 2012 que comienza apenas. El cuarto sol de los mayas que amenazan sin sospecharlo desde su pasado memorable, y por adelantado, las próximas navidades y anuncian el fin del mundo.

El año de los mayas y de Londres, y de un siglo en que nació allá en Cárdenas, nuestro Virgilio Piñera.

Antes tan lejana para mí Londres, y ahora así, al cruzar de la mancha de agua del canal. Puedo superar incluso por la realidad de un desplazamiento la imaginación de Huysman cuando en A rebours inventa un viaje ficticio a la isla anglosajona. Puedo hacer como el atolondrado Mallarmé que corrió con su esposa y una desbaratada maleta a perfeccionar su inglés de profesor de liceo. Casi como me contaba Juan Arcocha que había visto a Piñera de paso por París, desvalido e inquieto, repitiéndole a él, a Carlos Franqui y a Cabrera Infante: “Yo no me puedo quedarme a vivir ahora en París, yo ya pasé mucho trabajo en Buenos Aires, a mi edad no puedo vivir lejos de Cuba…”

Le propongo a G. pasar un week-end en Londres la primavera próxima y me responde desde la transparencia de su piel que deja a la vista sus venas azules: “No me gusta Londres, mejor vamos a otra parte…”

¿Estoy rodeado de gente así o formo ya parte de ellos? Gente que puede darse el bendito lujo de decirte “No, a Londres de nuevo no, por favor…siempre llueve y la gente es demasiado blanca, bajo los paraguas…”. Y descubro con preocupación que viajar a una isla parece ser que me fascina de forma inconsciente.  E improviso: no hay mayor torcido castigo que volver al lugar del crimen del cual huiste…una idea inglesa, por cierto, la primera vez que la vi fue utilizada por Sherlock Holmes.

Casi tan cercanos ahora, repito, la apocalipsis maya, los Juegos Olímpicos y el siglo de Virgilio Piñera, como mi vecina Laure tomándose un mojito.

Pude hablarle al fin en un café no lejos del Museo de cera de París a Laure. Estaba sentada con una amiga (en los cafés de París siempre hay dos muchachas compartiendo sus solitarios diálogos) y bebía un mojito. Hice como en las películas y le dije al barman que yo les pagaba otro trago, a esas dos que están allí: la trigueña y la rubia, va por mí el próximo mojito, sonreí como un imbécil haciéndoles, desde lejos, un gesto generoso a las dos que me ignoraban.

Hablamos poco Laure y yo. No se me olvidó  (¡ni loco que estuviera yo!) decirle que era cubano. Sólo lo necesario hablamos para saber que se llama Laure y acercarse así más ella a Petrarca que al marqués de Sade. Le hablé de su visual pasión culinaria y le mencioné mis plantas, allá, en el balcón del tercer  piso de enfrente. Y aunque no entré en detalles sobre el mármol de su bañadera, sí le dije que en algún momento la mencionaba en las notas de mi diario íntimo: Caroline piernas largas prepara un pato a la naranja escuchando yo el Nessun Dorma de Puccini…o cosas así.

En el año que termina recorrí con G. la isla de Sicilia, volví a Madrid, a mostrarle a mi hija el Museo del Prado, murió en Santa Clara mi padrastro Joaquím y, por cierto, mis hijos Ariane y Joaquim fueron de vacaciones, con sus madres y sus amigos,…a Córcega y a Londres.

Leí casi todo Kundera, descubrí tarde (como debe ser) al italiano Gadda, releí con esnobismo retrógrado pasajes de El Gatopardo, Romy me trajo de mis amigos de La Habana una caja de tabacos y un agonizante libro de cuentos , supe que Deleuze había escrito un libro sobre Kafka, adelanté poco los varios libros que escribo, al fin me hice con todo lo que publicara Calvert Casey, y brindé como un homenaje a mi madre con el agua bendita de la iglesia que se levanta en Siracusa en honor a los ojos de la torturada Santa Lucía.

Sospecho que la vecina de los bajos (quiero decir Laure, no Caroline) tiene novio. Entra, raramente y casi a oscuras, a la cocina. Prepara uno de sus platos que supongo deliciosos, y sale a la carrera de casa. No creo que duerma casi nunca allá abajo. Apenas le veo tomar su baño a la caída del atardecer como antes. Su bañera permanece seca, y aunque no he descubierto el perfil de su supuesto amante, una noche tomaba el metro en dirección contraria a la mía: en vez de ir al centro, hacia el Louvre, se dirigía al castillo de Vincennes.

Mi madre está muy enferma allá en Santa Clara. Le hablo de los quince años que hace no nos vemos, y me dice que por causa de una trombosis los médicos le prohíben viajar a París como ambos quisiéramos.

“¿Vas a volver a Cuba”?, me pregunta G., que ya se ve con un mojito viajando por una isla del trópico en compañía de un folklórico nativo de guía turístico.

Me gustaría responderle (con variantes de sol) lo que ella me dijo cuando le propuse ir a Londres. Pero recuerdo esa maldita costumbre mía de volver con insistencia a visitar las islas durante mis vacaciones, y sólo atino a decirle que esta noche, de nuevo, voy a llamar por teléfono a mi mamá a Santa Clara.

En periódicos de varios países veo la misma foto de un hombre junto a una bandera de Cuba. Leo, una, dos, innumerables veces, y me resigno a aceptar que es cierto, que ha muerto en una huelga de hambre.

Ilust: Gina Pellón, Oro de la noche, 2010.

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31 décembre 2011 6 31 /12 /décembre /2011 19:04

(Notas sobre Carlo Emilio Gadda)

            Severo Sarduy, en una conocida reseña al publicarse Paradiso en París, incluye esta frase sobre Lezama Lima: “Hay que compararlo obviamente con Proust y con Gadda”.  El “Proust del Caribe” repiten desde entonces los cronistas y los perezosos, cuando se cita el nombre del escritor cubano en Francia.

¿Y quién es ese Gadda?, se pregunta uno. Lezama no lo conocía tampoco. Al menos eso le dice a Sarduy: “Usted habla de Gadda y lo desconozco totalmente”, y aclara, “y no por el prurito americano de no tener influencias, pues de sobra sabemos que lo que uno desconoce puede penetrar también en su obra”.

Acabo (al fin) de leer la novela Quer PasticciaGADDA.jpgccio brutto de Via Merulana (1957) del  italiano Carlo Emilio Gadda. Más bien de intentarlo. La leo primero en francés. Germano, un amigo napolitano, acepta con visible compasión leerme pasajes de café en café, para tratar de retener algo de esa catedral de palabras en la que se funda la reputación de este “Joyce italiano”, gritan los gacetilleros. Después, por suerte, puedo consultar la traducción español de Juan Ramón Masoliver publicada en 1965, y me siento más cómodo, claro. Lo cual  quiere decir, tratándose de Gadda, que limito los estragos de mi impotencia.

 En El zafarrancho aquel de vía Merulana  una trama policíaca sirve de pretexto a Gadda para explorar hasta el infinito las posibilidades lingüísticas de la lengua italiana, para emprender, digamos, una batalla sin fin entre la expresión y el universo de la Roma de finales de la década del 20. Varios dialectos se superponen en los discursos de sus personajes insólitos (el detective Francesco Ingravallo o don Cicco, el principal ) en una ansiedad sin pánico que, como escribe François Wahl en el prólogo de la edición francesa, forma parte del propio estilo de Gadda.

Cristophe Misleschi en su libro Gadda contra Gadda : la escritura como campo de batalla sintetiza a mi parecer lo esencial de la intención de Gadda. Su singularidad, dice, reside en el hecho de hacer de un lugar común todo un sistema, pero no un sistema de pensamiento, sino más bien un sistema de escritura: una máquina de producir relatos.

Leer a Gadda es entonces un desafío que saldo con retraso en este 2011 que termina. He intentado (sin éxito) obviar las comparaciones con Lezama. Son visibles las similitudes que indujeron a Sarduy a citarlos juntos. Pero también son evidentes las diferencias (como se apresura a decirle Lezama a Sarduy en una segunda carta) en la tentativa común de crear, en el mismo tiempo de una modernidad compartida, una manera diferente de apropiarse del mundo. Es decir, el intento de dejar, a la manera de un nacimiento, la prueba material de algo (llámese cultura, ritmo, habla, naturaleza) que, de ignorarlo, condena nuestra incultura o nos aconseja, al menos, la tarea de leerlos.

  

 

 

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24 décembre 2011 6 24 /12 /décembre /2011 13:59

             Marx-Navidada

              

             La noche de Navidad del año 2003 yo la pasé en París leyendo, a solas, la poesía de Mallarmé en un apartamento espléndido, pero con un sólo mueble: un sillón Maurice de 1900, comprado en el mercado de purgas de Montreuil.

            Yo era famoso por esos días en París entre mis 4 o 5 amigos, porque unos meses atrás había salido publicada la edición francesa de mi novela Las vacaciones de Hegel. Pero ni siquiera esa gloria de algunos días entre 4 gatos, me salvaba de la solitaria madrugada mallarmeana.

            Poco después de las 12 de la noche alguien tocó a la puerta. Para mi sorpresa era Milena (una española bailarina de flamenco, hija de padres argentinos exilados) que llegaba como una bondadosa Cenicienta a acompañarme.

            Le regalé algo a Milena que no recuerdo (si no lo recuerdo es, seguro, porque improvisé el regalo de algo en un falso viaje al baño o a la cocina), y ella me ofreció una escultura, dijo, robada en una iglesia de Florencia.

            Como no tenía muebles, repito, Milena y yo dormimos (¿dormimos?) como Marlon Brando y Maria Schneider en El último tango en París, sobre la madera del parqué del salón, cubiertos del frío y sin la calefacción que yo no podía pagar, con  una sábana azul que le había comprado esa mañana a un comerciante paquistaní.

            En otra ocasión, a riesgo de quedarme una nueva Navidad a solas y sin ninguna bailarina que me sorprendiera leyendo a Mallarmé (Milena se fue entonces a bailar a Japón y ahora anda por Valencia), me invitó a cenar una familia de católicos libaneses.

           Durante los años que siguieron, mi amigo el escritor Juan Arcocha y yo firmamos un pacto contra nuestras mutuas soledades: cenaríamos en su casa cada 24 de diciembre el mismo repetido menú; carne de puerco, arroz congrí, plátanos maduros fritos, acompañados, eso sí, por festivas copas de champán, como buenos cubanos afrancesados que se respeten.

Casi gritábamos Juan y yo, recuerdo, como dobles de Rastignac, animados por nuestra resignada victoria de exilados, cuando al chocar las copas veíamos desde su balcón las luces navideñas de un París resplandeciente.

            Las Navidades en la Ciudad Luz son (como se supone) extraordinarias. Excepto si uno no tiene familia por estas geografías. No hay visa para entrar ese día en ninguna familia francesa, se los aseguro yo, sentado en mi sillón Maurice, y con un libro de poesía hermética en la mano.

 Durante los años de treguas entre mis divorcios y mis separaciones, por supuesto que pasé mis Navidades con las familias francesas de las madres de mis dos hijos. De Poitiers a Fontainebleau y a Córcega, fui testigo (y soporté)  costumbres y detalles que según Juan Arcoha me permitirían escribir una deleitosa novela sobre el tema: las festividades familiares francesas espiadas desde el interior por un invitado cubano…

            (Me consta que sobreviven en mi biblioteca unos cuantos cuadernos de notas y Diarios, que algún día serán ésa y otras novelas).

Como nací después del 1959, en Cuba siempre viví en medio de la confusión de las costumbres culinarias de esa fecha célebre: mi madre me contaba cómo debían haber sido las Navidades según sus reminiscencias de experta cocinera, en los años 50, de un antiguo asilo de monjas españolas en Marianao.

Cenábamos, entonces, como se acepta una mala metáfora: se remplazaba (en una estéril aproximación perdedora) con lo que tuviéramos a mano lo que debía haber sido el modelo criollo de una Navidad española. Así del puerco entero que creo haber visto asado sobre alguna mesa de mi infancia, habíamos pasado a perniles y fragmentos discretos de esa carne sazonada con ingredientes de repuesto, y hasta las caseras barras de maní fingían ser turrones de  Alicante.

En Francia también busqué en vano los sabores de la Navidad española contada por la memoria gustativa de mi madre. Y me fui acostumbrando a aceptar otros platos ese día, un poco por respeto, y también por curiosidad de mi nuevo paladar liberado.

Desde que Juan Arcocha decidió irse a tomar champán a las estrellas que ebrios tratábamos de ver desde su balcón, mi hija Ariane llega puntualmente de provincia en tren a París, para pasar con su papá la Navidad en mi casa.

Como cada uno de los últimos años hemos comprado para la cena la carne y las yucas, los plátanos y los frijoles, en el mercado de un vietnamita casado con una mulata de Guadalupe. Ya sabemos que por unos días escucharemos danzones y boleros, y responderé a sus preguntas sobre la familia y la isla que casi no conoce.  A cambio de resistir la melancolía de su padre, se probará ella como una adolescente satisfecha ropa de moda en las tiendas de la calle Rivoli, nos iremos juntos a contemplar las manzanas luminosas escondidas en los árboles de los Campos Elíseos, y la obligaré a verme tirar al anochecer, y a escondidas, una supersticiosa moneda a las aguas del Sena.

Me doy cuenta, en suma, que no puedo precisar si he pasado 15 Navidades fuera de Cuba o si, teniendo en cuenta cómo fueron en la isla mis arbolitos y guirnaldas, mis cenas y mis frustrados placeres de estas fechas, son 15 y francesas, en realidad, las únicas verdaderas Navidades que he conocido en este mundo.

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