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7 février 2010 7 07 /02 /février /2010 21:18

TABLA.jpg             Muchas veces nos vemos obligados a agarrarnos a una tabla. Y se puede imaginar que en estos casos una tabla es cualquier cosa que nos ayude a salvarnos, a pasar un temporal, un mal momento, una situación tan agónica que deseamos con fervor que sólo sea transitoria.

 Agarrarse a una tabla puede ser, así, cualquier cosa; huir, respirar, esconderse, en fin, flotar. Todo menos la muerte.

            Hay maneras infinitas también de leer un libro, de agarrarse a él. Sobre todo si el libro tiene más de 400 páginas, sin punto ni aparte. De un tirón. Más que un maratón, un verdadero reto al lector contemporáneo, cada vez más mimado a la brevedad fácil y a la pantalla. Al contraste entre el estrés cotidiano y el inmovilismo de la imagen visual.

            De las muchas maneras que se pueden proponer para leer  La Tabla, novela del escritor cubano exilado en Miami, Armando de Armas, editada en Madrid por la Fundación Hispano-Cubana, he preferido especular sobre el por qué de esta manera de escribir, sobre la forma caótica en que se cuenta la historia. De esta avalancha de la cual se bifurcan relatos que todos tienen algo en común: la errancia por la Cuba de finales de los 80 y principios de los 90.

            La tabla cuenta el viaje en tren de Amadís desde La Habana a Cienfuegos para comprarse una pistola, en una primera parte, y sus peripecias en esta ciudad de provincia como marginal, en una segunda.

El viaje es, además, mental. A medida que avanza el tren o se huye de la policía, se balanza el discurso entre el presente y el pasado, la mayor parte del tiempo a la manera en que lo hiciera aquel francés, pretendiente malogrado de la hija de Mallarmé, Édouard Dujardin en Han cortado los laureles, una noveleta que no desconocía Joyce: en forma de monólogo interior.

Sólo que, en el libro de Armando de Armas, no sólo no existen laureles sino que se cuenta, con un registro que se me antoja neogótico, la larga noche de desencanto que significa para un joven tratar de ser diferente en Cuba, es decir, parecerse a millones de jóvenes del mundo que quieren divertirse, viajar, o disentir de la política.

En el viaje de La tabla cabe la summa de los pesares de un cubano que viviera los patéticos años de la revolución. Basta con abrir la novela y recorrer el caos que se narra: las escuelas en el campo, el hostigamiento constante de la policía, la crisis del 80 y el Mariel, el tenso clima de la universidad, la prohibición de tratar con extranjeros, la precariedad del transporte, la violencia, el hambre…

Basta, repito, con echarle una hojeada a una página del libro. A la manera en que un católico abriría al azar la Imitación de Cristo del beato Thomas de Kempis para reconfortarse, si usted abre La Tabla por cualquier página, puede estar seguro de transitar por las tribulaciones cotidianas de todo cubano que haya vivido las ya extensas décadas del comunismo insular.

Es por eso, me digo, que de Armas no puede expresarse aquí de otra manera: el caos del discurso, el exceso de las imágenes, corresponde a la ausencia del orden de las circunstancias, a lo impredecible que resultan en Cuba las estrategias de anulación del otro desde el discurso del Poder.

Lo auténtico de La tabla radica en haber sido escrito de manera clandestina en Cuba, sin pensar en publicarse en lo inmediato, como el desahogo de una existencia que se comparte consigo mismo para no creerse derrotado por el estigma que le imprime al ser el totalitarismo.

A la tabula rasa que hizo la (supuesta) revolución cubana con muchas cosas normales en cualquier lugar menos en Cuba, el autor opone esta tabla que arrasa, repleta de palabras en un único párrafo que teme al vacío, historias que llenan, sin racionalidad aparente, sus espacios.

Quizás porque la insolencia y el miedo suelen manifestarse, en la cultura cubana, por el no dejar de hablar, por el grito, por la bulla sin sentido, por la repetición de una astucia o de un estribillo, en fin, por un estridente monólogo en voz alta y chillona…

Y ya sabemos que estos artificios, practicado en los últimos años por todas las expresiones de la isla, tratan de ocultar los deseos más recónditos; el rechazo que pudiera conducir a la delación del prójimo y al fracaso de la fuga.

La tabla  funciona a la manera de este artificio, pero escrito. Como una totalidad de lo dicho en secreto, como la experiencia que acumula varias experiencias: la autobiográfica, la de la familia y conocidos, incluso la experiencias de lecturas, la de una cultura adquirida, también, de manera arbitraria y feroz, es decir, canibalesca.

El filósofo español José Ortega y Gasset –hijo de un cubano nacido en Cárdenas, como Virgilio Piñera– escribió en algún momento que el hombre aspira a salvarse agarrándose a una tabla de salvación: la cultura.

Es esa la impresión que deja la lectura de La Tabla. La de ser la confluencia de una expresión que desborda la experiencia del sujeto y al mismo tiempo le sirve para flotar en medio de la tempestad, para salvarse.

            Obvié más arriba lo principal de las tribulaciones de Amadís, el por qué quiere comprarse una pistola, en fin, su deseo de escapar en un barco de Cuba, de, cito, “cruzar el charco”.

Y ¿qué pasarela más útil, me pregunto, para cruzar un charco (de agua, como se sugiere en la primera página del libro, o de sangre, como se describe en la última), que una tabla?

Una tabla desde la cual reconozcamos que a pesar de todo respiramos, leemos y escribimos, y llevamos con nosotros varias pruebas de nuestra salvación, por ejemplo, un libro.

           

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24 janvier 2010 7 24 /01 /janvier /2010 22:57

En Francia aprendí que yo era negro. No era que en Cuba fuera blanco, la verdad. Más bien esa manera cubana de decir moreno: trigueño, color cartucho, color botella de cerveza.

En todo caso, como muchos cubanos, alguna brujería, una oración y un huevo a Elegguá tirado en las cuatro esquinas los lunes, eran lo que resumían mi pasión supersticiosa y externa por lo africano.

            Y resulta que en París, donde todo el mundo viene de todas partes, me han dicho y he sentido, que también soy negro.

No hablo por supuesto del físico (desde que me rasuro el cráneo para embarajar la desaparición del pelo, me creen originario de Martinica o Guadalupe), sino por mis afinidades, por mi comportamiento, por ese ritmo, esa cadencia a la que se refería Antonio Benítez Rojo en su libro La isla que se repite al tratar de definir al cubano y al caribeño.

            Es con los que vienen de los antiguos países comunistas y con los negros con los extranjeros que mejor me llevo en Francia.

Cuando estoy perdido y no encuentro una dirección, la salida del metro, la entrada de un cine, siempre le pregunto a un negro. Eso no falla. Basta con mirarnos. O sonreír. Basta con que dos amigos, uno de Guadalupe y otro de Camerún, que trabajan conmigo en la universidad, me detengan en un pasillo cuando estreso más de lo debido:

-No te olvides de donde venimos, me dicen. Y en ese regreso cómplice a la calma original, vuelvo a ser yo, mi cuerpo recupera la lentitud que necesita.

En muchos pueblos de las provincias cubanas viven o vivieron haitianos o sus descendientes. El prototipo de haitiano que recuerdo en mi infancia es el de un negro con un acento tan raro como incomprensible (ahora sé que era francés o el dialecto haitiano), un enorme machete que llamamos paraguayo, y leyendas sobre ocultas hechicerías con animales sacrificados, como es propio de la religión vudú.

            Yo no tenía pensado escribir ahora sobre Haití por dos razones. Se ha escrito, mostrado y hablado demasiado en los últimos días debido al seísmo. Y también porque duele tratar de ordenar unas palabras cuando lo que prevalece son la tristeza y la incomprensión.

            Pero muchas personas me han hablado en estos días, en París, sobre la cercanía geográfica con Cuba: “es cerca de su casa”, me dicen, con esa amable condescendencia con la que se aproxima lo que se sospecha y no se conoce bien, con cierta amabilidad con el exilado.

            Recuerdo que en Cuba se afirma que si vamos al extremo oriental de la isla podemos ver, a lo lejos, las luces de un faro de Haití: menuda paradoja, ver otra isla calma el terror de estar solos en medio del agua.

En todo caso no pude ir a ver las luces de Haití ni desde Maisí ni desde Juaco, que es de donde mejor se ven, según me han comentado.

Y trato de explicarme por qué necesité el exilio y tanto tiempo para sentirme tan cerca de los negros y ahora de los haitianos. O más. Por qué se necesita algo tan horrible para pensar en esa porción de isla, para mostrarse uno humano con un cheque, para que los políticos y las potencias, de nuevo, armen el circo macabro de los protagonismos.

            Yo he preferido releer en estos días las leyendas haitianas. En ellas muchas veces los niños mueren de hambre ante la impotencia de sus padres, y resucitan en forma de frutas con el mismo alegre colorido de un cuadro de art naïf.

            Y me doy cuenta que de alguna manera todos nos sentimos responsables cuando nos apuramos, en el momento de la desgracia, a ser conmovidos contribuyentes para aliviar un dolor que, en mis pronósticos más pesimistas, dejará, en unos días, de ser noticia.

Que hasta apoyarme en la metáfora de la resurrección de frutos para argumentar de manera simplista que Haití renacerá y no sé cuantas sandeces, forma parte de la terapia colectiva que exorciza el peor de los remordimientos; el olvido.

Y mirando las imágenes del desastre, deseando convencerme que son sinceros mis estremecimientos, me imagino la cara que pondría el haitiano de mi barrio si me oyera hablarle en su idioma, como sólo puedo hacer ahora, 20 años después de verlo por las tardes afilar su machete paraguayo recostado a un taburete, y de esta manera tratar de comprender la indulgencia casi pírrica que proclama el vudú como comportamiento ante la fatalidad del destino.

“Los pueblos no mueren”, ha declarado el presidente de Haití ante el desastre. Me gustaría creer que tampoco se olvidan.

Que más allá del sentimentalismo hipócrita con el que buscamos la absolución de nuestros propios demonios cotidianos, dejemos de mirar a Haití como algo ajeno que nos purifica o nos realza con nuestra gentileza, y no como una variante más de lo somos quienes venimos de esa parte del mundo: el resultado de un cóctel catastrófico de indulgencia, corrupción, vacíos nacionalismos revolucionarios, oportunismo, mala administración, etc.

Si algún día en Cuba puedo al fin ir a Maisí o a Juaco y miro hacia el este, me gustaría ver al menos una fogata iluminada por un pariente lejano del viejo de mi barrio.

Quizás mi incredulidad necesite de esas visiones para aceptar que de veras no vamos a olvidar a los haitianos.

                       

           

           

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10 janvier 2010 7 10 /01 /janvier /2010 02:01

    Siempre he sido malo en matemática. Pésimo. Pero hay un día del año en el que me gustaría no saber ni siquiera contar: el primero de enero.
    Dos son las razones de esta voluntad de ignorancia. Una es extremadamente hermosa. La otra horrorosa. Aunque hace tiempo decidí no escribir sobre la fealdad, que es directamente proporcional a lo que no me gusta, haré una excepción por el Día de Reyes y escribiré sobre lo que considero un espanto: el aniversario de la supuesta revolución cubana.
    Hace 51 años que el gobierno de La Habana celebra el triunfo de la revolución cada 1ero de enero. Razón ésta más que suficiente, deduzco yo, para atragantarme con la primera de las 12 uvas que los madrileños tratan de deslizar por la garganta a golpe de campanazos, en la medianoche del 31. San Silvestre con salto ecuestre.
    El escritor Reinaldo Arenas imaginó en su novela El color del verano un carnaval satírico donde el Fifo celebraba sus 40 años de poder absoluto. Estoy seguro no haber sido el único que, al leerlo a finales del siglo XX, supuso que la delirante fiesta de Arenas no correspondería nunca con la realidad. Nos equivocamos todos. La violencia real de permanecer más de medio siglo, cambiando de nombre pero no de apellido del presidente, superó a la rabiosa imaginación del novelista.
    Henos aquí, impotentes ante tan grotesco exceso. El exceso destructivo de no dejar hablar al Otro, o peor, de imponerle lo que tiene que decir, comer, mirar, hacer y hasta irse a dormir temprano anulando carnavales y prohibiéndole mirar otras televisoras y otras imágenes. Peor aún. El exceso de destruir lo que pudo haber de bello antes, y de propagar la fealdad como nuevo y revolucionario canon estético.
    Y me doy cuenta ahora que la tristeza inconsolable que me provocan los primeros de enero se debe también a la destrucción de la belleza que impuso la revolución cubana, a la instauración obligada de formas, lenguajes e imágenes de una lamentable y colectiva vulgaridad.
    Un día en La Habana un amigo argentino me dijo: “Pero vos tenés un dentrífico sin nombre”. “Se llama Perla”, le dije, pero ya no hay pintura para escribirlo sobre el aluminio del tubo.
    Lo de Perla, conservado en mi memoria de niño, se había ido apagando, como los ingredientes ausentes en el producto. Ya no sólo estábamos obligados a comer engendros como sopa de cáscara de plátanos, sino que nos limpíabamos los dientes con algo insípido y sin nombre: con una perla desteñida y afeada.
    En una pieza teatral de Thomas Mann titulada Fiorenza, un personaje extremadamente feo –el fraile Jerónimo Savanarola– blasfema en sus discursos contra ciertas libertades de la sociedad florentina en pleno apogeo del renacimiento. Mientras que Fiorenza (Fiore), una mujer de una belleza despampanante y amante de “Lorenzo El Magnífico”, encarna con su físico y sus gestos a la Florencia de la época. La del filósofo Pico de la Mirandola, el eterno rebelde autor del Discurso sobre la dignidad del hombre.
    Savaranola termina siendo el dictador de Florencia y ordena destruir en una hoguera todo vestigio de sospechosa belleza: los libros de Bocacio y de Petrarca y los cuadros de Botichelli, quien del susto nunca más se atrevió a pintar mujeres en pelota.
    La violencia de la pretendida revolución de Savaranola termió siendo la supresión de lo bello. Por unos años Florencia dejó de ser la perla del renacimiento para ser la pira de los escarmientos.
Al comenzar a escribir estas notas –en Sospel, un pueblo de los Alpes no lejos del Mediterraneo– mencioné una razón hermosa para no querer saber contar los años los primero de enero. La casualidad quiso que un primero de enero de 1990, en una nocturna y solitaria calle de Cienfuegos, conociera a una versión insular de Fiore.
    Desde entonces y hasta mi exilio en Francia, ese azar me salva del espanto de tener que recordar sólo el pretendido aniversario épico de la revolución cubana.
    Es por eso que este primer día del 2010 me escapé otra vez de los falsos aplausos históricos: he celebrado, mirando al mar y huyendo de la nieve de París, los 20 años de aquel encuentro con la belleza: el 20 ha superado al 51.
    Ah, me olvidé decirles que en la obra de teatro de Mann, Fiore interviene para que el feo Savanarola encuentre a Lorenzo de Medicis en su lecho de muerte. Y que, después de darle fuego a cuanta cosa bella encontró en su camino, a Savanarola le pagaron con su misma moneda: fue quemado vivo en la Piazza della Signoria, en presencia de Maquiavelo…
    De esta manera los florentinos, talentosos también para las matemáticas, no tuvieron que contar más allá de 3 años para quitarse de arriba la impuesta fealdad.
    Para las dictaduras (muchas veces disfrazadas de revoluciones como la cubana) tampoco los números de los aniversarios son eternos. No hay que ser bueno en matemática para darse cuenta de esto.
    Veremos hasta cuánto tenemos que contar los cubanos cada primer día del año. Veremos sin algún día dejamos de echarle la culpa a las pesadillas de la dictadura al atorarnos con las uvas de la nochevieja de Madrid.
    Yo, como soy tan malo en matemática, opté este 2010 por darle para atrás al conteo, y preferí celebrar los 20 años que hace que conocí a Beatriz


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20 décembre 2009 7 20 /12 /décembre /2009 08:54
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            Cuentan que tanto Zapatero como su canciller Moratinos, en visitas a la Casa Blanca, abordaron el tema escabroso de Cuba con Obama.

            De la manera en que se divulgó la noticia, es decir, varios y dilatados días después, parece que ser que se habló de Cuba como de algo auxiliar. Al final de la cena, después del postre. Cuando se echaron de menos los puros cubanos que no se pueden fumar en USA por el embargo, y Zapatero corría a pedirles a sus hijas que se cambiaran sus vestidos de roqueras medievales.

            Hay que comprender, insulares, que el mundo está revuelto (¿cuándo no lo ha estado?, me pregunto) y no hay que exagerar dándole importancia a esa isla olvidada.

            Ahora resulta que el diario El País acaba de publicar algo que nombran El Informe Latinobarómetro: una especie de escalafón de los países latinoamericanos. Como ya es costumbre en estos sondeos, Cuba es el único país que no es país, es decir, que no aparece ni en las estadísticas del continente.

            Basta con tratar de comprar una tarjeta telefónica en Europa para llamar a Cuba y uno se da cuenta de esta excepción negativa: es más caro llamar a La Habana que a Bagdad, por lo que cuestan 200 minutos de comunicación con Buenos Aires, sólo se puede hablar 5 o 6 con la capital cubana, aguantando el aire, para rentabilizar la inversión.

            Sin embargo, lo que si tiene que ver con nosotros en este informe, es el ranking de popularidad de los presidentes de la región: los más estimados por los latinos son Lula, Michelet, Oscar Arias, Felipe Calderón y Álvaro Uribe. ¿Los peores en la puntuación de la región? Hugo Chávez con 3, 9  y Fidel Castro con 4.

            La situación del único país ausente es tan crítica que El País aclara en una breve apostilla que aún no estando en el sondeo, los latinoamericanos sitúan a la isla en el último lugar. La lucidez, me digo, aunque mayoritaria según este estudio, es sobre todo discreta: detrás de los desfiles de presidentes latinos por La Habana y de los mitos agotados de la revolución, la gente termina convenciéndome que no es tonta, y ahora reconoce lo que tenemos que aceptar: Cuba tiene el más impopular y obsoleto gobierno del Nuevo Mundo.

            Hace unos días me di cuenta de esto. No de que somos los peores, claro, sino no anduviera hablando francés todo el día y resbalando por la fastidiosa nieve que antes idealizaba y ahora comienzo a detestar. No. Me di cuenta de que la lucidez, discreta y todo, termina por vencer a la ceguera fanática.

                        La universidad de la Sorbona organizó hace unos días un coloquio internacional bajo el título de: 1959-2009: miradas sobre 50 años de vida cultural con la revolución cubana. Titulo para temer lo peor de lo mismo ¿no? Sobre todo si al mirar el programa uno veía que ningún intelectual cubano residente en Francia estaba invitado al evento como ponente.

                        Pero no. Parece ser que a pesar de algunas escaramuzas medio tontas y/o estalinistas que terminaron por adormecer al público, lo que sucedió allí dejó bien claro que ya nadie con derecho a comer postre, se come el cuento del mito revolucionario cubano.

                        Hasta tal punto que el evento se cerró con una mesa redonda donde intervinieron  Abilio Estévez –que vive en Barcelona- y Zoé Valdés, que como todos saben vive en París, y que al ser invitada a última hora salvó, con su presencia, el hecho insólito de no darle voz propia a los cubanos de Francia, hasta entonces sólo presentes para dar testimonio de su trabajo, como fue el caso de los artistas plásticos Ramón Alejandro, Yuri Moreno y Juan Luis Morales, invitados por la catedrática Marie Thérèse Hernández.

            En medio de las diferencias evidentes que existen entre Abilio y Zoé, creo que lo que sorprendió a todos ese anochecer en el Colegio de España de la Cité Universitaire, fue el sensible equilibrio en la evocación de los años de revolución vividos por ellos dos en Cuba.        El testimonio de “el miedo gris” de Abilio y la cólera dolorosa de Zoé al evocar su infancia, las intrigas del trabajo cultural en Cuba, y los progresivos pasos hacia el exilio, valen y convencen más que las intelecciones sobre lo nefasto que ha sido para la vida de cada uno de nosotros ese experimento de la Historia que nos lanzó a temblar, a delinquir, a delatar, a simular o a huir. Y a ser el peor de todos, el último en la cola de la democracia y la modernidad.

            No me sorprende, repito, que los dos socialistas reinantes en la Moncloa y Obama hablaran de nosotros de último, ni que los latinos con un mínimo de inteligencia y dignidad nos lancen tan lejos en el escalafón de los felices.

            Lo que si choca es que no se aclare bien ni se condene a los verdaderos culpables de tan penoso abandono. Que crean los más jóvenes, como ocurre con mis estudiantes de la universidad, que siempre fue así Cuba, que somos sólo un país más en la extensa tradición miserable del tercer mundo.

            Después del coloquio algunos amigos nos fuimos a cenar a un restaurante del barrio latino. Pasamos esa helada noche por delante del apartamento donde Hemingway  escribiera que “París era una fiesta”,  le echamos una hojeada al Panteón donde duerme para la eternidad Víctor Hugo, y acompañamos a Abilio Estévez hasta su hotel.

            Y les aseguro que a diferencia de los presidentes y cancilleres, hablamos de Cuba antes y después del postre.

            Como lo haré esta navidad con mi hija. Cada año Ariane viene de Angoulême, una ciudad del suroeste de Francia donde vive con su madre, a celebrar en París con su papá la navidad.

            Y cada año ella y yo tratamos de hacer una comida cubana que sea lo más verídica posible. “En la anterior cena se nos olvidó el postre”, me recuerda Ariane al llegar a casa. Y es cierto. “Este año buscaremos alguna receta en un libro o por Internet, o simplemente llamaremos a tu abuela a Santa Clara”, le prometí.

            Lo que no le prometí a Ariane es que, claro, hablaremos de Cuba. Eso ella me lo pide siempre, mientras escuchamos a Bola de Nieve, bailamos con Willy Chirino, o vigilamos que no se nos quemen demasiado los plátanos maduros fritos, es decir, antes y después del postre.

            Esas son, me digo, algunas de las compensaciones del exilio que nos permite, incluso, hasta poder ignorar a los presidentes.

           

 

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10 novembre 2009 2 10 /11 /novembre /2009 00:15

 

            En el mercado de Aligre, cerca de La Bastilla, símbolo de la Revolución francesa, una muchacha esplendorosa me intercepta una mañana de domingo para darme un folleto propagandístico del Partido Comunista Francés. Es bella la muchacha. Esta buenísima. Tiene unos ojos achinados y una estatura con su jeans ajustado de tetas firmes, puntiagudas. Por eso, me digo después, hasta tomo el folleto y sigo caminando en busca de naranjas.

            Se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín, le digo a los estudiantes de Master en una de las universidades parisinas donde enseño. Y todos (como que ya conocen las muelas abiertas del profe cubano) adivinan la amargura incompleta de mi frase.

            Las menciones al muro berlinés se suceden en la televisión, el radio, los periódicos. Le Monde hasta publica un artículo con la versión preferida de los franceses: después de la alegría de la caída, los alemanes (como si no fueran seres humanos, es decir, como si fueran cubanos) se lamentan del capitalismo. No era eso lo que querían, dice el columnista. No. Querían hablar, consumir, pero con socialismo humano. Como si todo esto fuera posible (gústele a quien le guste) con otro sistema que no fuera el capitalismo democrático moderno…

            Por suerte los alemanes se apresuraron a hacer una película como La vida de los otros porque sino nos dejan en la memoria colectiva la falsa versión bobalicona de Good Bye Lenin!

            Cuando me preguntan en clase (mis estudiantes que primero me preguntaban si sabía bailar salsa ya desisten del exotismo y aceptan que soy un exilado político) cómo puedo explicarles el estado actual de la situación en Cuba, les respondo: como antes de caer el Muro de Berlín. Como antes. Con espías, les digo. Con micrófonos hasta para Juanes el de la Camisa Negra. Como en La vida de los otros…Y me miran de una manera que no sé si calificar de lastimera o de solidaria…El pobre, supongo que dicen, está enloquecido de tanto exilio saturado.

            Que vayan a decirnos a nosotros los cubanos que 20 años no son nada, como aquel tango de Gardel que repetían generaciones de cubanos amantes del francés-argentino.

            Hemos perdido 20 años. Tenemos, como mínimo, 20 años de menos de chocolates, de no estoy de acuerdo contigo, de me voy de viaje estas vacaciones, de me cago en este presidente, de mira esta es la nieve…20 años de poder ir a ver a mi madre a Cuba cuando me dé la gana.

            Dicen que Bolívar nos olvidó por ser una isla al tratarse el tema de liberar a todas las colonias de España. Fuimos los últimos en quitarnos a los gallegos de encima y los primeros a ser dirigidos (unos 4 añitos de trabajo voluntario) por los norteamericanos. Los únicos primeros y últimos soviéticos del Nuevo Mundo. Y la salación de últimos malditos o primeros incompletos, nos persigue.

            Y me doy cuenta que la muchacha que se dice comunista y reparte folletos nunca conoció las escuelas al campo. Nunca comerá gofio con agua ni se bañará con jabón Nácar su reluciente cutis de francesa acomodada. Y peor aún. Que ni ella, ni el columnista de Le Monde ni mis estudiantes tenían uso de razón hace 20 años. Que hablar no lo que no se ha vivido resulta lo mismo, para el conocimiento, de olvidar a una Cuba que no se conoce o peor, que no se quiere conocer. Y que está ahí a la vista de quien quiera mirar, como las tetas erguidas de la francesa del PC, a cuya inocencia malévola hasta le guiño un ojo cuando paso de vuelta a su lado, acariciando con mis manos dos naranjas.

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18 octobre 2009 7 18 /10 /octobre /2009 16:24
Les deseo la bienvenida a mi blog a todos los interesados por Cuba, su literatura, su arte y su actualidad
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