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1 juin 2014 7 01 /06 /juin /2014 17:39
BREVE DISERTACION SOBRE LA TRAICION

  En la historia de Cuba hay un momento en el que aparece insinuada la condena a la traición. Se trata de una nota breve en la cual José Martí compara este acto, tan inesperado como repulsivo, con la apostasía y ciertas tradiciones culturales:

¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad a la apostasía?

   Martí escribe esta nota a Carlos de Castro y de Castro (premonitorio y desgraciado apellido para la historia de Cuba), por haberse aliado, voluntario, al ocupante español. Estas palabras le costaron a Martí seis años de presidio y a este Castro doble, un desprecio histórico.

   Se alude así a remotas fuentes y condenas de la traición, interpretada ésta como un cambio o la renegación de una creencia religiosa. En la etimología griega la apostasía es el abandono de la polis o de una política local, su condena puede ser la exclusión (como el ostracismo) por un tiempo de diez años, y el despojo de derechos ciudadanos a quien se sospeche de traición política. En la tradición árabe la condena por apostasía es la muerte por decapitación. En el Infierno Dante sitúa a los traidores en el noveno y congelado círculo, el peor de todos, en el cual aparece Dele o Lucifer con sus tres cabezas. Con el único verso en latín de la Divina Comedia (tomado del poeta franco-italiano Venance Fortunat) introduce así Dante el Canto XXXIV:

Vexilla regis prodeunt inferni

Judas, es, por supuesto, el más conocido de todo los traidores, el que más sufre en el Infierno dantesco, aunque, como se sabe, Dante lo sitúa junto a Bruto y a Casio, cómplice este último de su cuñado asesino de Julio César. Traicionar a la Iglesia y al imperio, los dos poderes supremos; el espiritual y el temporal, merece el peor de los castigos posibles aplicados además de manera infinita en ese lugar de castigo eterno para los malos como lo define Borges en La duración del infierno (1932).

Sentarse a la mesa de la víctima para más tarde renunciar a un acuerdo sin prevenirla. Delatar o apuñalar por la espalda a alguien que confía y no sospecha, son los gestos vergonzosos de la traición. Porque es precisamente la sorpresa de una acción inexplicable lo que define su carácter.

   En la condenación enunciada por Martí aparece de manera implícita la definición de este acto. La radical condena a muerte sólo difiere en sus variantes según las culturas. Pero en todos los casos, la traición como desvío de un compromiso moral nunca es perdonada.

Ha existido siempre, eso sí, una mención a la traición para juzgar por el aborrecimiento una acción contraria a nuestra voluntad. No creo valga la pena detenerse, por ejemplo, en el distorsionado empleo del término de traición dado por el actual gobierno de La Habana a quienes simulan una forzada lealtad por miedo o precaución, y más tarde abandonan posiciones oficiales en diferentes circunstancias. Al no haber opciones previas, en el espacio totalitario, la persona se ve obligada a aceptar las reglas que éste impone y, abandonarlas, cuando se presenta la oportunidad de expresarse sin la vigilancia que le ha perseguido siempre. Más que de traición puede hablarse entonces de liberación. Los ejemplos abundan: deportistas, artistas, militares o agentes, y hasta políticos, han dado el paso de la fuga, y han sido condenados como suele hacerlo el gobierno cubano: con la oficial condena oral, o con la fingida indiferencia del silencio. Al no poder ejecutarlo como los griegos, el gobierno se limita a proscribirlos, a la derogación de los registros, récords y antologías, en fin; a cerrarles para siempre las puertas de la polis.

    Lo cierto es que nunca estamos a salvo de ese acto invisible. La traición, como desvío del alma, es ciega para la mayoría. Un cambio premeditado, es la traición, una deslealtad que abusa de una confianza. Un puñal de la sombra, en lenguaje de trasnochado bolero, o puñalada trapera, como decimos popularmente en Cuba.

El traidor es siempre un personaje ambivalente, porque no posee una propia decisión: no se atreve a decir que no, y acepta decir que sí a sabiendas del engaño que prepara. Un sí de doble miedo: falso hacia ti y obediente hacia el enemigo a quien se va a aliar sin que lo sospeches ni lo esperes. De un traidor sólo ves esa falsa mitad de su apariencia, la mitad de su cara. En el dibujo animado cubano Elpidio Valdés, el traidor cubano en la guerra contra los españoles al que condenara Martí, se llama, precisamente Mediacara: entre su barba y su pelo largo poco se puede ver de su figura y sus ojos.

El traidor no posee la ligereza irresponsable de un simulador, en su afirmación lleva escondida una convicción falseada por oportunismo, por rencor, o por miedo. Supongo que es el tiempo quien me ha llevado a identificar al traidor más con un cobarde que con un oportunista o un envidioso.

El oportunismo por alcanzar algo que no se posee, o, peor, por no perder un estatuto cómodo, incita también a la villanía del traidor. Por otra parte, el resentimiento es uno de los más torcidos vicios del espíritu quizás porque al ser recóndita y lejana la causa que lo produce, aparece de manera repentina en una acción inesperada, como la traición.

Sin embargo no siempre el envidioso es un traidor. Por ejemplo Dante le reserva a la envidia un lugar en el Purgatorio (Canto XIV) mientras que la traición se merece el peor lugar del Infierno. La envidia muchas veces explica el rencor: algo no poseído, un escalón añorado que alguien ha conquistado y que por esta razón se convierte en rival sin apenas sospecharlo, puede convertirlo en blanco de la traición del envidioso.

Para ser crítico consigo mismo, he llegado a pensar que cada uno es culpable de la traición sufrida, debido a nuestra ingenuidad, a nuestro propio error de apreciación, a nuestra carencia de profundidad al analizar el espíritu ajeno, al confiar por mimetismo o afecto en quien hemos elegido erróneamente.

El final de los traidores, sin embargo, es siempre el mismo: el suicidio, la ejecución pública o, en el mejor de los casos: el desprecio. En Inglaterra y en Francia se descuartizaba públicamente a los traidores. Hanged, drawn and quartered se llamó a este suplicio en Inglaterra a partir de 1351. Ya en Roma, en el 258, San Hipólito por su fe católica había sido martirizado de esta manera, tomada, al parecer, del primer imperio persa. La idea no es sólo mostrar un ejemplo público que sirva de escarmiento sino también impedir la resurrección completa del cuerpo del traidor después de su muerte.

La voluntad de los hombres siempre ha sido que el traidor no tenga ni vida ni sosiego, ni siquiera más allá de su muerte, o de sus suplicios en el infierno. Que su condena sea eterna.

 

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20 avril 2014 7 20 /04 /avril /2014 10:44
AMISTADES MILAGROSAS

      Hoy atravieso La Habana para ir conocer a Orlando Luis Pardo Lazo en la Plaza de Armas. Y a Silvia, mi amiga virtual de Facebook que un día me mandara a París una caja de tabacos desde la mata de mangos en la que capta un internet robado a los vecinos.

     (Silvia con sus gatos. A solas. Después, cuando Orlando se vaya volando a Miami el mismo día que morirá Chávez, y no pare hasta las nieves y el aburrimiento de Alaska. Silvia ahora: en una foto, casi desnuda, abrazada a un gato con desolación felina. Abandonada al calor solitario de su casa de la mata de mangos. Tomando fotos y más fotos, hasta de su propio sueño, entre las ruinas).

    Vamos G. y yo, sudorosos, con un retraso nada europeo a la cita.

    La mañana cumple la disciplina aquí de estar soleada, y el almendrón ruge por la Avenida de los Presidentes ese humo negro que me hace apiadarme, como un ecologista del primer mundo, de los pulmones de mis compatriotas.

    Bajamos, al fin, después de muchas paradas, en el hotel Sevilla. El hotel que administran los franceses, me dice G., que está loca por llevar una vida más confortable en este viaje al trópico para consuelo de su piel vulnerable y, como buena francesa, se imagina protegida y cómoda en un hotel galo que en La Habana se llama Sevilla.

    Subimos  a pie hasta la estatua de Martí. Echamos a andar por el mismo trayecto que haré todos los días después del regreso de G. a París, como si navegáramos por un río, Obispo abajo y hacia el mar, siguiendo la dirección del dedo de la estatua del Apóstol.

    Quizás con más colores chillones de una ropa con decorados brillantes y estrechas tallas que parecen venir de caribeños templos del reguetón; la calle es la misma que transitaba con la zozobra de no saber si vendería algún libro con que pagarme el almuerzo a finales de mi siglo XX habanero. El mismo boulevard con bullicio de vendedores ambulantes que supongo poseídos de mis mismas antiguas angustias.

    Es la primera vez que voy a ver a alguien con quien sólo he hablado a través de la pantalla de un ordenador. Son ambos, ignorándolo, la prueba virtual de la existencia de un afinidad desconocida entre la Cuba real y otra que ya es imaginaria para mí, al cabo de tanta ausencia.

    Si a estas alturas la realidad no fuera para mí mucha más evidente que la fantasía, me dijera que es un milagro que estemos aquí, reunidos, del otro lado de esa frontera de cristal que nos ha separado desde que nos conocimos.

    Están allí, sentados y con gafas de sol, Orlando y Silvia, en uno de los bancos con respaldar enrejado que contornan los árboles de la Plaza de Armas y la estatua del Padre de la Patria. Son los dos iguales a las fotos. O las fotos son iguales a ellos. Orlando me recuerda mi remota indumentaria habanera: pelo largo, pantalones anchos, una mochila de libros, y un filo de sudor por todo el cuerpo.

     (Al final de la tarde Orlando me confesará, ante la evidente llegada de un aguacero, que está agotado, que no ha dormido toda la noche escribiendo sobre la muerte de Payá para Diario de Cuba. Y nos invitará a G. y a mí a darnos cita de nuevo dentro de algunos días para pasar una tarde en la playa Guanabo. No podremos vernos esa vez y Orlando, por teléfono, me contará como los perseguidores de siempre le robaron la cámara y la ropa dejada en la arena antes de entrar al agua).

     Uno termina por aceptar que es valiente este Orlando, quizás, me digo, por oposición virtuosa al miedo disfrazado de indiferencia que adormece la isla. Le disculpa uno hasta ese ego enorme fotografiado en cada gesto suyo. Our man in Havana, Orlando, el que grita o escribe la rabia que necesitamos saber o leer de la isla de la cual huimos por cobardes aspirantes al confort. El mismo que registra cada día ese cansancio de los fantasmas que Lezama creía percibir en la ciudad.

     A esta hora de la mañana avanzada, el ruido de maracas y guitarras de cantantes sudados animan por una propina los tragos de turistas o nacionales prósperos, obliga a alzar la voz y a entrecerrar los ojos ante la caída vertical del sol: hablar gritando; mirar cubriéndose de los rayos de luz. El agobio del calor y del ruido ajeno, dos taras de las cuales uno no puede librarse en la isla.

    Por eso nos vamos de allí: es el pretexto que argumento.

    Caminamos los cuatro por la calle Oficios. Remplazamos los pasos de nuestras sandalias sobre los suecos adoquines de madera de la Plaza por el asalto empedrado. Me parece más seguro hablar así, caminando con el más virulento disidente de la ciudad, que exponerme de manera estática a alguna foto enarbolada como prueba en la aduana el día de mi partida.

    Sócrates más que Pascal, aunque, no sé ahora por qué, recuerdo que en algún momento nos referimos a Jorge Mañach.

    Buscamos un café. Pasamos por la Lonja del Comercio y seguimos más allá del convento de Santa Clara. Reconocí un lugar, abierto y sin ecos, frente al mar, en el Muelle de Luz. Venía a este lugar. Me sentaba en el muro frente al mar a ver salir la lanchita de Regla y Casablanca, a finales de los años 80, como un abandonado Humphret Bogard del Caribe.

    En realidad venía a un lugar llamado La Casa del Joven Creador a leer poemas, a escuchar trovadores, a veladas que terminaban en alcohólicas y nada bucólicas peregrinaciones al mar de una de las bahías más contaminadas del mundo.

    El café está casi vacío pero se deja oír el trasiego de camareros que aguardan a los clientes. Después de pedir algo de tomar y antes de comenzar a intercambiar algunos regalos, me di cuenta que nos sentamos en el sitio exacto al que aludo en el primer poema (“Exilio”) de un libro mío que en ese mismo momento estaba dedicando a Orlando y a Silvia. Leemos el poema. Más bien es Orlando quien lo lee, entre risas, jugo de naranja doble (G. no bebe nada que no esté hervido y no se desprecia algo ya pagado con divisas) y alguna que otra cerveza.

Los labios con perfume de naranja y un caracol rodando acallan por momentos la música del piano en un café del puerto.

(Las teclas del piano imitan el zigzag de un cangrejo sobre los acantilados el día en que me fui. Las teclas imitan mi naturaleza abandonada).

      Sospecho que a los ojos de Orlando y Silvia soy el testigo de un mundo ansiado e imaginario; la frontera violada del horizonte de la cual se vuelve del futuro con una flor, un libro, un olor a perfume, o fotos de viajes y de niños a salvo. No saben que a mis ojos ellos dos encarnan el tiempo que no quise vivir en el mismo lugar que nacimos, la prueba de una conquista o de un reproche. Todos alrededor de la mesa – salvo G. que con su sombrero a lo Karen Blixen por la sabana de Kenia anda como de visita con un guía por el zoológico – pudimos haber jugado el rol del otro. No ha sido así por elección o destino, por la Historia o el azar.

    Si no fuera melodramático nos contentaríamos con afirmar en un quejido que nos une o nos separa Cuba. Esa casualidad. Esa misión. Ese milagro fatal. Esa cicatriz que nos mira desde el espejo todos los días como una adicción y que no podemos ni siquiera cerrar, ignorar, ni despedir como a un amigo. Pero sí, es retórico y de mal gusto: patria, destino, identidad. Es mejor entonces no mencionarlo, ni decirlo, ni escribirlo. Seguir de largo, Cuba, seguir de largo.

    En realidad nos reúnen en este café del puerto, la curiosidad y el consuelo.

    Frente a nosotros el mar no huele a mar sino a restos de petróleo flotando a la deriva en forma de negruzcos goterones. Imposible quitar del aire, de los muros y vigas del muelle, de los caracoles, de los peces a punto de hacer sus testamentos, de los cangrejos mareados de tantos zigzags, las máculas malolientes de querosene. Hasta los pájaros que sobrevuelan parecen tener las plumas manchadas, como esas pieles quemadas de los transeúntes, perseguidos sin descanso por el polvo arenoso de los edificios en ruinas y las humaredas de los carros destartalados.

    Es entonces cuando pensé en tomarnos una foto. Así, los tres náufragos apócrifos frente al mar y la sirena de la lanchita de Regla y Casablanca. G., es la fotógrafa, por supuesto. Y aparece un militar. Uno de esos policías que por el aspecto tan lamentable – sudado y desteñido uniforme de una talla que no le pertenece, desgarbado y errático – uno no sabe si infunde compasión o miedo. Se acerca a nosotros y nos pide que nos alejemos unos metros del lugar por no sé qué ridícula razón, que en el fondo es un pretexto de su complejo para resaltar su risible autoridad.

    Por unos escasos segundos mi piedad es derrotada por la precaución de mi miedo: me imaginé detenido a causa del acto heroico de utilizar mi visa humanitaria para tomarme un jugo de naranja con el más irreverente de los escritores locales.

    Orlando y Silvia, tan acostumbrados a vivir con la incertidumbre que les obliga a dormir en casas diferentes cada dos o tres días, ni siquiera se inmutaron. Por sus sonrisas comprendí con vergüenza que en sus casos la cautela ha desaparecido junto al miedo, porque se han ido a vivir a una región donde ya cualquier peligro es indiferente.

    No pasó nada: ahí está la serie de fotos que muestro como prueba de mi precaria osadía.

    Caminamos de regreso por Obispo, subimos la ruidosa muchedumbre a contra corriente y con el mar ahora a la espalda. Una momentánea indolencia que imagino contagiosa se apoderó de nosotros. Reíamos no sé por qué. Pasamos frente al edificio donde días más tarde me dirán que están las oficinas de la editorial Letras Cubanas.

    A medida que ascendíamos por la estrecha callejuela hacia el claro del Parque Central, la estatua de Martí se borraba tras los nubarrones. A la altura de la calle Habana se desató un aguacero como suele ocurrir en La Habana: de un golpe de gigantescos goterones sobre la cabeza, las paredes descascaradas, la gente que corre a la búsqueda de las estrechas aceras. Todo lo cubre en un instante la grisura del cielo y la opaca agua de lluvia. Navegamos en vez de caminar por el río desbordado en que se convirtió la calle y la pestilente mezcla de lluvia y residuos albañales.

    Nos dispersamos. Nos perdimos de vista. Nos fuimos G. y yo a acampar a los espaciosos portales del Gran Teatro. Me entretuve un tiempo observando las siluetas descoloridas de fugitivos de la lluvia. Empapadas y errantes. Un muchacho mulato, erguido, y con espejuelos de pasta se nos acercó. Hablamos un buen rato de la literatura publicada en Cuba, de una literatura ahora para mí casi desconocida. Me dijo que se llamaba Ahmel Echevarría y que era escritor.

    Creo haber visto correr bajo el diluvio a un perro vagabundo con unas hojas de papel entre los dientes. Al ritmo de las palabras – conversadas o evocadas – al reguardo del portal del Gran Teatro, se fue atenuando la lluvia. Pero no tuve más noticias de Orlando y Silvia.

    Varios días después, antes de volver a París, me di cita con Silvia a la entrada de la facultad de estomatología de Carlos III, donde ella sacaba muelas como práctica de sus estudios de postgrado. Me entregó otros habanos de regalo. Nos despedimos como supongo que uno se despide cada vez en Cuba: ignorando la existencia de un después.

    Antes de comenzar a bajar las empinadas escalinatas de la facultad, me volví un momento a preguntarle por qué no había tenido noticias de ella ni de Orlando desde hacía varios días, a pesar de haberlos llamado a sus teléfonos móviles:

    -Estábamos presos desde el sábado, nos vinieron a buscar a la casa.

    Bajé de dos en dos los escalones y corrí a tomar un almendrón para escapar de aquel lugar posiblemente vigilado. Apretujé en los bolsillos de mi short los euros que le había llevado de regalo a Silvia. Se los mandé semanas después desde París con una turista de paso.

    No podría saber hasta qué punto es cierto eso de que no se debe volver al lugar donde uno ha sido feliz. Lo que sí puedo asegurar es que es imposible regresar, en paz y sin sobresaltos, al sitio del cual uno se ha escapado alguna vez, horrorizado.

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6 avril 2014 7 06 /04 /avril /2014 13:08
 
Un puerco con alas
 
         El 31 de diciembre de 1990 atravesé el Prado de la ciudad de Cienfuegos con un puerco asado sobre los hombros. No iba solo, por supuesto. Me ayudaba a llevar la bandeja con el cochón sacrificado un grupo de futuros comensales. Como se sabe, en Cuba suelen asarse los cerdos en panaderías del estado, cuando no se dispone de un jardín donde la ceremonia del embalsamiento del cochino es todo un espectáculo público ante los vecinos del barrio.
        Mis amigos y yo no teníamos jardín. Pero Amir Valle, por irse a La Habana a festejar en familia, nos dejaba prestado el apartamento que le habían destinado como periodista de la emisora de radio local. Y eso le bastaba al entusiasmo del grupo: algunos artistas, bellas muchachas amantes de las letras, y un personaje, Evelio Capote, escritor y miembro de la sociedad teosófica de la ciudad, que nos prometía hacernos escuchar  a Pavarotti cantando algún aria de Puccini a las doce de la noche: hora exacta en que El Dictador Bueno pronunciaba por radio y televisión un extenso discurso para festejar su victoria sobre El Dictador Malo.
          Se avecinaban nuevos tiempos. En eso mis amigos de la época y yo no nos equivocábamos. No. Era el final de una era. En otra parte del mundo el comunismo comenzaba su final. En otras geografías. En Cuba el hambriento Período Especial abría un nuevo tiempo, sí, pero peor que el anterior. En eso sí nos equivocábamos todos. No nos tocaba en la isla aún la libertad de comer puerco con ópera italiana, pero lo creíamos. Y es tan hermoso creer, tan entusiasta. Con el tiempo la carne de aquel cochino asado y las arias de Puccini en voz de Pavarotti más que una celebración lo veríamos como una despedida:
Nessun dorma! Nessun dorma!
       Cantamos (más bien vociferamos), nos besamos y nos manoseamos, nos mordimos y lamimos en una orgía improvisada con Pavarotti aquella noche vieja que se pretendía nueva, mientras los otros escuchaban o simulaban escuchar por altavoces otro discurso más de El Dictador Bueno. Nos excitamos y gemimos tanto que protestaron los vecinos, dieron la alerta los encargados de vigilar al barrio, y hasta vino la policía: Pavarotti apuercado se volvía subversivo por culpa de nuestro indisciplinado jolgorio.
        Con desafinados gritos de adioses, de entusiasmo o de duelo, el grupo se dispersó, aquella noche y toda la vida, como si el puerco hubiera tenido alas que nos condujeran por el mundo o al cielo: Rey se fue secando hasta la muerte por un cáncer, a Laura la he visto caminar con un parasol multicolor por Miami Beach, Carlos vive en Ginebra, Arturo en Norwich, Roly como Amir en Berlín, Marlene desapareció en Londres, Gida se fue a España, donde muriera a finales del siglo, de una rara enfermedad, el entusiasta Evelio, a quien para consolarme imagino conversando con la Blavatsky en algún lugar celeste de la eternidad.
      Cada uno se fue a comer chicharrones y a escuchar la música elegida adonde le dio la gana al destino.
 
Los errores de los otros: Sartre y sus secuelas
 
      A finales del año 1999 Bernard Henry Lévi publicó un pretencioso libro; Le siècle de Sartre se llama. En uno de los últimos capítulos titulado “Acerca del error en la vida de un intelectual” se analizan los más célebres errores del filósofo Sartre: el apoyo a Mao y al comunismo, a la URSS, y la admiración por Fidel Castro.
       El libro suscita múltiples debates por una gran paradoja no resuelta aún en la cultura de Francia: la muerte de Sartre cierra el ciclo de la presencia y de la influencia de los intelectuales franceses en la vida pública, y de una cierta idea de la hegemonía cultural de los galos en el mundo. Pero al mismo tiempo los desaciertos políticos de Sartre, la pasión de sus errores, en contradicción evidente con la Historia, ridiculizan hasta la decadencia el papel del intelectual en la sociedad civil de las democracias modernas. Nadie habla de Sartre en Francia, su legado es, en el mejor de los casos, una sarcástica sonrisa cuando se pronuncia su nombre.
        (Sartre: la passion de l’erreur se titula un polémico artículo de Claude Imbert publicado en la revista Le Point sobre este libro. Un título, para mí, emblemático).
         Quizás haya sido el también francés Jean François Revel, quien mejor definiera el fundamento de este error de los intelectuales comprometidos. Desde 1976 en su libro La tentation totalitaire  Revel se refiere a la prueba por el futuro, algo inherente al pensamiento utópico: el divorcio entre la intención y los actos. Es decir: se exige y se obtiene que se nos juzgue por las intenciones y no por los actos.
      Esto diferencia al comunismo del nazismo como estados totalitarios: al primero se le puede justificar por sus supuestos objetivos teóricos…al segundo no, como si, en una hipócrita gimnasia del espíritu, lo primordial de la realidad fueran las causas y no los efectos.
       Repitiendo esta premisa como un catecismo, y enarbolando la insensata comparación de que “en otras partes el capitalismo es peor”, cierran los ojos las tropas de intelectuales que defienden o ignoran, al totalitarismo de izquierda.
 
Una pasión cubana: equivocarnos
 
       Los ejemplos anteriores y la observación de Revel  ayudan a comprender el otro lado del espejo de la historia cubana de los últimos 55 años. El lado externo de la defensa ciega de un fracaso evidente, la desconcertante y sistemática apología de un proyecto que ha provocado la ruina y la desorientación de un país. Como si Cuba y los cubanos tuvieran que servir de venganza a frustraciones ajenas, o como si el orden de una postura correcta exigiera un discurso que contradiga le realidad de una nación pero no la falsa idea de una redención.
      Lo curioso es que los cubanos hemos sido coherentes con esa equivocación. Del lado del espejo cubano (llámese del interior o de los que andamos por el mundo, oficialistas, indiferentes, disidentes, exilados, quedaditos, o inmigrantes), a esa errática insistencia se ha respondido con la misma intensidad en sentido adverso: todos nos hemos equivocado con pasión acerca de la historia y el destino de Cuba.
        Repito: en lo que respecta al país donde nacimos los cubanos practicamos con vehemencia una inexplicable pasión por el error.
     La manera de organizar y renovar al estado totalitario, la creciente despolitización de los cubanos, las limitaciones de una oposición casi invisible en la isla y sin una relevante representatividad internacional en el exilio, son, a mi parecer, las causas de la irracional permanencia de la dictadura cubana en el poder, es decir, del fracaso de nuestros juicios, de la lógica y de nuestra experiencia.
       Describir por pasos estas prácticas que se establecen entre el poder y el cuerpo social, permite comprender mejor la génesis de los desaciertos de nuestra visión política.
      Hannah Arendt considera que son dos las prácticas que componen el movimiento totalitario: la propaganda y la organización. Del primero no es necesario extenderse en el caso de Cuba. La repetición, el dominio de los medios y el adoctrinamiento son demasiado evidentes con el paso del tiempo. La organización tampoco ha cambiado: el motivo ficticio o la ficción central que traduce las mentiras de la propaganda sigue siendo el mismo: el llamado bloqueo de los Estados Unidos, la cercanía de un enemigo que impide la diversidad política ante el peligro de la pérdida de la soberanía.
       Sin embargo negar las últimas reformas introducidas por Raúl Castro significa también negar lo que Foucault denomina las estrategias del poder: los pequeños negocios privados, la compra y venta de casas y coches, la telefonía móvil y la posibilidad de viajar al extranjero.
     Esto demuestra que, contrario a lo que pudiera pensarse, sí existe una capacidad de creación que hace cambios a la rigidez política esencial del régimen.
     Nuestra pasión sistemática por el error nos hace aceptar esas reformas sólo como concesiones o, por su contrario, como cambios reales. Se trata en realidad de un eterno ejercicio de adaptación que respeta el principio temporal del poder en Cuba: ganar tiempo sin dejar de producir relaciones de dominación sobre los individuos.
      La despolitización es el logro inverso al adoctrinamiento, pero su dosis de irresponsabilidad cívica facilita los objetivos del poder: ser apolítico en el totalitarismo es el disfraz del miedo o de la colaboración inofensiva, de la obediencia, o de la pasiva complicidad.
    El italiano Roberto Esposito ha estudiado este fenómeno, pero en el contexto de la actual democracia europea. En el caso de Cuba la indiferencia política actúa como un mecanismo de banalización del poder que facilita el dominio de éste sobre las personas: Lo de Yo no meto en política, esa frase que tanto dicen muchos cubanos, es otro logro de la inercia práctica al que se condena al individuo por la coerción de un discurso represivo.
     Una manera de completar ese lema de los neutrales sería: “Yo no me meto en política porque sino la política se mete conmigo”, sin saber que de todas formas, esa aberrante identificación entre política y poder es una marca de la subordinación involuntaria al totalitarismo. Hasta fuera de Cuba la precavida despolitización del individuo es una prueba de la dependencia y el resultado del ejercicio del poder de la dictadura sobre sus cuerpos y sus expresiones.
      Las reformas en la política de emigración del gobierno de Raúl Castro, que permite la entrada y salida de los disidentes más conocidos, neutraliza la relevancia en el espacio público local y en el internacional de estos disidentes. Los viajes de los disidentes –no de todos, pero casi: les excepciones como la del Dr. Oscar Biscet sirven de asterisco para que no se olvide quién sigue mandando- por el mundo,  desarticula uno de los argumentos de las víctimas a los ojos de quienes miran al gobierno de La Habana.
       Romper las líneas de las reglas por irregulares sorpresas es una de las normas discontinuas de la política hacia el exterior del totalitarismo cubano.
       La aparente tolerancia hace creer en una apertura de la sociedad civil y hasta cierto punto lo es. Pero no se debe olvidar que es gracias a las nuevas tecnologías que estos opositores se conocen. Y la dictadura nunca ha cedido en uno de sus principios medulares: el control absoluto de los medios de difusión. Regular internet es capital, como antes lo fue neutralizar la televisión de Miami. Esto propaga la paradoja de los contestatarios cubanos: son conocidos fuera de Cuba pero poco o nada dentro.
     La experiencia indica que en un sistema totalitario, donde no se admite la existencia de una oposición, ésta debe convertirse en una fuerza política a través de una organización y del apoyo de una parte del pueblo.
      Y este ha sido otro error: la sociedad civil autónoma al considerarse siempre como opositora, se integra a la disidencia, sin llegar a ser partido político. Entre otras cosas porque ése no es su objetivo. Nadie ocupa entonces ese espacio. Las escasas tentativas fracasan por ser exiguas o poco visibles para los ciudadanos que las conocen y saben el poder de dominación total que tienen sobre ellos los mecanismos represivos.
        Me repito: en este carnaval de desaciertos en el cual divagamos hace más de medio siglo todos los cubanos, el pragmatismo raulista, variante más reciente de la capacidad de adaptación del estado - de su fortuna diría Maquiavelo- , y el control total del espacio público, de las instituciones y de los medios, neutralizan toda posibilidad de transición incluso hacia un estado autoritario.
     En todo imaginario político el secreto constituye uno de los principios de la acción. En el totalitarismo al secreto se añade la propaganda y el control de la información y de la opinión pública. Anticipar y adaptarse se unen a este secreto para corregir los errores de un sistema inoperante en el plano económico.
      La gran paradoja de Cuba es que ha sido el poder totalitario quien, contra todos los pronósticos y obituarios apócrifos, ha sabido desarticular, por sus movimientos estratégicos, las consecuencias de nuestra monumental suma de errores, de nuestra inexplicable pasión por la equivocación.
 
La fiesta como naufragio
 
    La más grande fiesta de la literatura cubana se termina por un naufragio colectivo y es el argumento central de El color del verano, la novela póstuma de Reinaldo Arenas. Es conocido el argumento: para festejar en julio de 1999 los 40 años del castrismo se organiza un carnaval en el malecón de La Habana. Para la ocasión se dan cita artistas e intelectuales vivos o muertos: a algunos se les resucita para la ocasión.
      El caos comienza desde el principio cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda decide tirarse al agua para huir de la isla. Se organizan entonces dos grupos de escritores, los de la isla y los del exilio que, desde ambas orillas, tratan de ganar para su causa a la célebre fugitiva.
     La apoteosis de enfrentamientos, diatribas y vituperios llegó a su éxtasis cuando los insulares decidieron desprender la isla de su plataforma insular y navegar a la deriva hasta que ésta “se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros”.
      Se da la curiosa paradoja de que el libro, terminado de escribir en el 1990 y publicado en 1991 en Miami, después del suicidio de su autor, podría interpretarse como una distopía  o una novela de anticipación. Lo cierto es que Arenas acierta y se equivoca a la vez. Acierta en la previsión del festejo de la efeméride, pero se equivoca en la duración del régimen: el castrismo ha sobrevivido a más de medio siglo. Salva, sin embargo, a Arenas del error; el empleo de la sátira y el desenlace trágico que destina a la isla y sus habitantes. Como si, para no equivocarnos, neguemos de un golpe de borrón y cuenta nueva, el espacio, el tiempo y la Historia de la isla.
     En todo caso esta pasión nacional ha terminado por cancelar o alejar hasta lo indefinido nuestro mayor deseo: volver, o ver, una Cuba democrática. El año próximo en La Habana, la adaptación criolla del estribillo de la canción del seder judío, ya ha dejado de ser el lema de nuestros 31 de diciembre, como ha explicado Gustavo Pérez Firmat.
    La pasión, como escribía Virgilio Piñera acerca del insomnio: es una cosa muy persistente. El error, en nuestros pronósticos y apreciaciones políticas de la realidad, una acción constante y torpe.
    Haga la prueba: Eche una simple mirada a la actualidad internacional, de Cuba, o del exilio cubano, y podrá confirmar este vehemente padecimiento de nuestro espíritu práctico.
 
Ilust: Les Boules, Topor.
 
 
 
 

 

 

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30 mars 2014 7 30 /03 /mars /2014 18:47

 Gina-2.jpg

Nabokov en las primeras páginas de su libro Cosas transparentes sugiere que el pasado no sería tan atractivo si se pudiera conocer con certeza lo que ocurrirá en el futuro, si fuera, como las cosas, algo que se puede contemplar entre las manos. Es más seguro acomodar lo ocurrido, como una manera de que siga viviendo siempre: a lo que no elegimos podemos aplicarle al menos el esfuerzo y el ejercicio del olvido, la forzosa negación de la memoria. Va más lejos Nabokov cuando expone la tesis de su libro: existe una transparencia en cada cosa, en cada piedra, a través de la cual se puede ver brillar el pasado.

Llega entonces la noticia de la muerte de la pintora Gina Pellón, mientras leo en el metro este libro de Nabokov. Es la muerte quien llega, pero en realidad es breve esta llegada de la muerte, porque hace semanas que Gina está en el hospital y el diagnóstico era ya bastante delicado. Y sobre todo, porque en medio del anochecer de la primavera, veo saltar cintas de colores. Los rostros de los viajeros del metro se hacen multicolores como la ropa que llevan, sus siluetas policromas andan tras ellos al salir de la estación. El orden de las líneas y los contornos que me rodean y se deslizan ante mis pasos, giran imprecisos a medida que marcho hacia mi casa.

Me pregunto si estoy viviendo ahora el futuro de mi llegada al exilio, si este es el después del adiós a Cuba. Si acaso necesitamos siempre  un golpe que nos pare la realidad que nos ciega el paso del tiempo. Comprendo entonces algo más de lo evidente, que ya va siendo tan extenso mi pasado en París que las personas que me recibieron al yo llegar pueden morir. Que la perspectiva de desaparecer idealiza ese pasado en su momento angustioso de llegar de fugitivo a un país desconocido, sabiendo que no se puede volver atrás.

Pero me consuela la transparencia de las cosas a la cual se refiere Nabokov. Me doy cuenta cuando llego a casa, que los colores esparcidos por toda la ciudad, evocan los cuadros de Gina Pellón, que quedan como piedras luminosas en los retratos de sus damas floridas, y a la espera de algo que termina siendo nuestra propia mirada: enciendo un tabaco, y mientras me balanceo en mi sillón, me pongo a contemplar los cuadros de Gina que decoran desde hace unas semanas mi escritorio.

II

Fue Lázaro Jordana quien me llevó a conocer a Gina Pellón a finales de 1996. Lázaro había llegado a Francia casi una década antes, después de haber pasado 6 años en la cárcel como preso político, y dirigía la revista Trazos de Cuba. Era en casa de Gina donde se daba cita la mayoría del exilio cultural cubano en París, buena parte del cual publicaba en la revista.

Llegar a casa de Gina provocaba siempre la sorpresa y el consuelo de entrar a un fragmento de la isla de Cuba en pleno París. No sólo como pintora de imágenes que encandilan los párpados y remplazaban el cielo casi siempre gris de la ciudad, sino también como minuciosa coleccionista; todo lo que rodeaba al visitante lo fascinaba. Gina atesoraba esculturas, medallas, mapas, cuadros, diarios, manuscritos, cartas, ediciones príncipes, enciclopedias, que, en su mayoría tenían que ver con la historia y la cultura cubanas. Alrededor de su escritorio y en su luminoso taller, uno podía respirar, ver y tocar toda esta paciente colección que ella, además, te brindaba como hacía con todo: de manera generosa porque tú también, para ella, formabas parte de esa Cuba a la deriva que un día, en sus anhelos, regresaría a una isla real libre de dictaduras.

Poco tiempo después de ese primer encuentro, Gina nos propuso hacer tertulias literarias las tardes de un domingo al mes. Yo llegaba siempre con algo de adelanto, y aprovechaba esas visitas durante las cuales leíamos poemas, artículos o ensayos, para consultar algún libro que necesitaba para mi tesis de doctorado sobre José Lezama Lima. Fue en una de esas visitas que le pedí a Gina que ilustrara con uno de sus cuadros la edición española de mi novela Las vacaciones de Hegel invitación que aceptó con entusiasmo.

Al publicarse mi libro llamé a Gina que me pidió que le llevara 10 ejemplares. Así lo hice, y después de conversar un rato, se levantó un momento y volvió con unos billetes en las manos: ¡Gina me obligó a aceptar el dinero por los ejemplares de un libro al cual ella había ofrecido la imagen de uno de sus cuadros! Y cuento esto porque soy testigo de haberla visto hacer y enviar cheques a múltiples publicaciones cubanas del exilio para ayudar a financiar las ediciones. Fue para mí un privilegio haber podido estar cerca de una persona tan excepcional como Gina que en el apogeo de sus éxitos, se imponía con bondad el deber de ayudar a los demás sin siquiera mencionarlo más tarde. Pero lamento a la vez no haberla prevenido de la rapacidad, el oportunismo y la villanía de la cual sería víctima también su benevolencia: esa es otra historia que un día se esclarecerá, y que forma parte de la leyenda negra que acompaña a muchos cubanos nacidos y deformados a la sombra del castrismo.

Hablar con Gina, escucharla o verla trabajar, te obligaba a la admiración y te ponía al mismo tiempo ante un compromiso. “Todos los días hay que añadir algo a la obra”, me aconsejaba. “Eso es lo que quedará de nosotros. No te preocupes por el resto”. Una tarde, admirando sus éxitos, le hice un comentario al respecto. Ella se viró hacia mí y me dijo una frase en francés que me parece todavía escuchar:

-Le chapeau est arrivé quand je n’avais plus de tête. (El sombrero llegó cuando ya yo no tenía cabeza).

Era el trabajo sin respiro, una fe absoluta en la creación y un talento natural que tardó en reconocerse, lo que le permitió a Gina llegar a triunfar en la pintura. Durante años no había sido así, y ella siempre abordaba con orgullo ese tema que la engrandecía a los ojos de todos.

El verano pasado la llamé para saludarla. Para contarle que me habían dejado volver a Cuba a ver mi madre inválida, que había caminado por el Prado de su querido Cienfuegos. Me repitió lo que era para ella algo constante desde hacía décadas, que en verano nunca viajaba porque tenía que aprovechar la luz de París en esa estación. Esa luz que entraba por el ventanal acristalado de su taller, esa luz metamorfoseada por sus manos en una libertad de matices que permiten reconocer para siempre el estilo de sus obras.

Como en otros veranos nos pusimos de acuerdo para ir a visitarla con mi hija Ariane. Al llegar a su casa Gina me pidió que la ayudara con unos cuadros de gran formato que estaba preparando para enviar a Miami, a la galería de Cernuda. A pesar de caminar con un bastón, estaba allí, pintando aún esas damas elegantes, esos pájaros que traspasaban cielos inauditos, sin saber, ambos, que ese sería su último verano en esa ciudad luz que había elegido para crear y vivir.

III

            He retomado la lectura del libro Cosas transparentes  de Nabokov y me detengo en una frase: cuando nos concentramos en un objeto material, sea cual fuere su situación, el acto mismo de la atención puede provocar nuestra caída involuntaria en la historia de ese objeto.

            Pienso en esta frase esta mañana al estar de vuelta de casa de Gina adonde he ido a buscar los libros sobre Cuba que ella me legara antes de morir.

            Mucho se ha escrito sobre su pintura. Mucho se ha hablado de la fuerza de los colores de sus cuadros y de su filiación con el grupo COBRA. En mi casa puedo ver, a través de 4 de sus cuadros que me rodean ahora cada vez que escribo, la evolución de sus tres etapas esenciales. Ese camino inesperado a través del cual el artista se abre paso desde un pasado que va dejando atrás y un futuro que será su voz definitiva. Puedo, sin ni siquiera haberlo previsto y siguiendo a Nabokov, participar en la historia de los personajes de esos cuadros de Gina Pellón, ver a través de ellos la transparencia de su alma a lo largo de su extenso y feliz exilio en París.

            Y me doy cuenta de que sólo la libertad total puede explicar tanta destreza, tanta luminosidad irrespetuosa e inventiva. Que esa libertad conquistada le permitió a Gina abrirse al mundo y abrir las puertas de su casa sin egoísmos ni prejuicios a esa otra libertad, la de Cuba, que ella tanto deseaba. Que la práctica de esa vocación de total libertad es lo que va a quedar en nuestra memoria de una obra única que seguirá creciendo con el paso del tiempo.

Foto: Ariane VALDES-PICAULT

Publicado en: http://conexos.org/2014/03/30/gina-pellon-todos-los-colores-de-la-libertad/




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23 mars 2014 7 23 /03 /mars /2014 19:45

Argentina-Salon-del-Libro.jpg

La literatura argentina debía estar de fiesta esta primavera en Francia: Argentina es el país invitado al Salón del libro de París. Se trata de una de las más vitales literaturas de la lengua, la argentina. Eso nadie lo duda. El país de Borges, de Sábato, de Cortázar y tantos otros, es una referencia para cualquier lector de lengua española en el mundo.

Pero la fiesta se ha aguado, se ha agitado, por la polémica, más bien por la política.  

Siguiendo esa tradición a la vez nefasta, insistente e inexplicable de la historia argentina, la política ha venido a meter sus narices también en la literatura. (¿O acaso no ha sido siempre así en este país, y la inteligente manipulación de puestos públicos a intelectuales bajo el kirchnerismo sólo ha acentuado aún más esta dañina alianza que ha jodido el talento de muchos escritores latinoamericanos desde la época de la revolución cubana?)

 

Parecería que la sombra de Julio Cortázar, a quien se le dedica la fiesta por los 100 años de su nacimiento, y cuya insistencia por el compromiso político de los escritores ya nadie quiere mencionar por ridícula, sobrevolara el salón y el espíritu de sus compatriotas.

La razón, ahora, de tanto ajetreo, es el gesto oportunista y populachero de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que decidió hacer el viaje a París con los escritores elegidos. Del Calafete al palacete del Eliseo, Cristina y sus colaboradores se cuidaron de escoger bien a sus letrados compañeros de vuelo a las orillas del Sena.

Y aquí se insinúa el primer capítulo de la polémica: ¿quién eligió a los escritores del equipo nacional de literatura argentina? Sabemos, claro, que estas elecciones son como las antologías: no son todos los que están ni están todos los que son. El problema no es ése. El problema consiste en que en un país donde se respira el aire de la política, quiero decir del peronismo, perdón el populismo, en todas las esferas de la vida cotidiana, y sobre todo en la sociedad civil y en los medios de comunicación, los escritores que se pegan a la comparsa oficial, se ganan viajes como el parisino que ha costado esta vez 850.000 euros. Esto, obvio, hace que quienes se enfrenten a los mandatos de Cristina, sufran las consecuencias no pudiéndose tomar la foto ante la torre Eiffel.

Al menos esto quisieron demostrar las primeras voces de protesta. Resumamos:

Primer Acto: Polémica sobre la composición de la lista de 45 escritores y sobre los que no figuran en la misma. Entre los ausentes más notables se citan a Alain Pauls, Rodrigo Fresan, Martín Caparrós, Jorge Asis, Pola Olaixarac, Edgardo Cozarinsky y Marcelo Cohen. Se sugiere, se dice, o se critica, que es por un sectarismo kirchnerista que han sido excluidos.

Segundo Acto: El escritor Ricardo Piglia, a pesar de figurar en la lista oficial, anuncia por intermedio de su agente, en el diario Clarín que no asistirá a la fiesta gala.

No se hace esperar en El País la crítica de Bertrand Morisset, director del salón parisino:

Piglia aceptó la invitación y exigió condiciones desmesuradas para venir a París. La política de la silla vacía es una cobardía. Si el señor Piglia quiere criticar a los Kirchner, que venga a París y lo haga. Aquí no se censura a nadie. Había aceptado venir pero puso unas condiciones dignas de una estrella del rock. El señor Piglia es deshonesto, ha insultado al Salón del Libro, a sus editores de Gallimard y al público francés.

El escándalo ya tenía su capitán. Porque para muchos, el autor de Respiración artificial constituye el más importante escritor argentino vivo. Sin embargo, me gustaría saber si Piglia sabe que en París (casi) nadie sabe quién es él. Si lo supiera, conjeturo, no jugaría a ser la vedette por falta de público en la platea.

II

Una tarde de un verano de esos en los cuales uno no viaja porque no tiene dinero, me llamaron para dar un curso particular a una muchacha que preparaba un concurso. Pagaban bien. Me dieron la dirección: no lejos del parque Luxembourg, en el Quartier Latin, la céntrica y otrora zona literaria de París.

Al buscar en el interfono el apellido que traía anotado, salté hacia atrás, no por un corrientazo, sino por la sorpresa que explica esta anécdota: VARGAS-LLOSA, se podía leer, justo al lado del apellido de la estudiante.

La puerta la abrió una rubia con un mini short de jeans. A la luz del día soleado se unía el bronceado húmedo de su piel atada a unas extensas piernas desnudas. Por supuesto que no pude contenerme, y antes de empezar mi curso le pregunté por el vecino de la puerta de enfrente: no sabía quién era.

Con paciencia pedagógica le expliqué. Le dije el nombre (se llama Mario), le repetí que era un gran escritor. Y cuando no podía más utilicé la táctica con la que acostumbro sacudir a mis interlocutores franceses: comparar lo que uno quiere que comprendan con algo que ellos consideran sagrado o majestuoso:

-Él es para los latinoamericanos una especie de Víctor Hugo contemporáneo, y puede que un día hasta gane el Premio Nobel de literatura.

Funcionó. La chica me pidió disculpas por su ignorancia. Y fue entonces que se dio cuenta que sí, que conocía al Sr., que es canoso, muy educado cada vez que me ve en el pasillo, y mire, con un acento español como el suyo al hablar francés.

Para la clase siguiente le traje de regalo a mi alumna un ejemplar de la traducción francesa de La guerra del fin del mundo, y le sugerí que le pidiera a su vecino que se lo dedicara. Poco tiempo después, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Nobel, ella tuvo la gentileza de enviarme un mensaje: Merci beaucoup

¿Y a qué viene esta anécdota? Pues sirve para ilustrar que, contrario a lo que las distantes vanidades suponen, en Francia, después de la reputación con que han contado Borges, Cortázar y Octavio Paz, la ignorancia de la obra de los escritores latinoamericanos, goza de muy buena y lamentable salud.

III

El gesto de Pliglia resulta contraproducente por varias razones. Por haber aceptado al inicio la invitación, por exigir gastos complementarios a su desplazamiento y estancia, por esperar al aumento de tensiones y así lograr ser el centro de atención del escándalo, y por las lamentables explicaciones ofrecidas: “causas literarias”, adujo, con sospechosa y nada convincente vaguedad.

Quienes admiran ciertas zonas de su obra pero conocen también a la precavida persona campeona política de la neutralidad (la misma que va de la universidad de Princeton a la Casa de las Américas de La Habana, elogia a Chávez después de ganar el premio Rómulo Gallegos, sabe de antemano que será Premio Planeta 1997 antes del veredicto del jurado, y otro sinfín de histriónicas tribulaciones), no les sorprende ahora este gesto tras el cual debe leerse el interés personal de no verse asociado a una presidenta y a un gobierno que ya han visto pasar la efervescencia popular de sus mejores días.

En todo caso es evidente que el comportamiento de Piglia, lejos de interpretarse como un gesto de independencia ante el gobierno de su país, resulta no sólo una torpe prueba de ingratitud sino también un sigiloso desvío político hacia una región más artificial que indefinida: el propio Piglia ha tenido una activa participación en los medios argentinos desde que decidió volver de su apacible vida norteamericana.

Ingenuos los que piensan que los intelectuales pueden salir ilesos en medio de las marejadas del populismo, lamentable que un gran escritor se comporte públicamente como un indeciso y timorato ciudadano.

La grandeza de la literatura argentina no se merecía en Francia todo este vulgar quilombo

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16 mars 2014 7 16 /03 /mars /2014 08:41

VALLEJO-CASTRO.jpg

Es hermosa la chilena Camila Vallejo. Nadie la conocía (o casi) hasta ese mayo de 2011 en que se convirtió en el símbolo de airados estudiantes chilenos allá al sur, en Santiago. Ese Sur, al revés o al derecho, según se le mire, lejano y soleado cuando hay nieve en los países ricos, frío y casi europeo, cuando los europeos se van de vacaciones estivales.

Es hermosa, repito, Camila. Un día hasta casi me embullo a ir a escucharla en París, en un mitin con estudiantes franceses: pero no hay que exagerar. Ni siquiera la belleza justificaba volver a oír el lenguaje de mis peores pesadillas cubanas.

Conocida en el mundo entero la Camila: una especie de chilena Libertad guiando al pueblo que le hizo ganar premios: The Guardian de Londres la nombró Personalidad del año 2011, y la agencia France-Press la ubicó entre las 10 personalidades más influyentes en 2013.

 Ahora es un poco menos hermosa Camila, porque como a todos nosotros (y a pesar de dejarse filmar saliendo en bicicleta de la universidad en ejercicio a la vez físico y mediático) le va pasando por encima el tiempo. Geógrafa, la muchacha chilena. Novia y madre de la hija de un cubano comunista, Camila.

 Que exista un cubano emigrado comunista es ya todo un record de Guinness, supongo. Pero no un comunista así, de cafetín, no. Un comunista militante de la juventud comunista chilena, líder estudiantil (el cubano estudia medicina en Chile, acto paradójico, si se tiene en cuenta que según la propaganda de los Castro y la opinión de los latinoamericanos, Cuba es una potencia médica) e incluso presidente de una organización estudiantil hasta que lo relevara, precisamente,…Camila Vallejo.

Una amiga me dice en Facebook:

_ Sí, es de Santa Clara el novio de la Vallejo, del barrio, tú hasta conoces a la mamá…

Veo que el muchacho nació en 1983 y vivió en Santa Clara, la ciudad de mi infancia en Cuba. Me imagino haberlo cruzado por el Parque Vidal, o en mi camino diario al Campo de Sport donde iba a correr todas las tardes. Julio César Sarmiento Machado, se llama. Machado es un apellido santaclareño, no lejos de ahí nació el primer dictador de la historia de Cuba: Gerardo, lejano pariente de mi familia, por cierto.

Estoy embelesado de tanta común casualidad, ¿no? Algo une al novio de Camila y a mí: la misma ciudad compartida, las mismas casi cotidianas vivencias…

¿Puede ser casual (me pregunto intentando ser ingenuo) que este muchacho llegara a Chile desde Cuba con 19 años, y se convirtiera en dirigente comunista y agitador estudiantil y novio y formador privado de la líder comunista de las manifestaciones que sacudieron al gobierno de derechas de Sebastián Piñera? Las casualidades existen, claro. Pero el complot también…

No sé si Camila, antes dirigente de enardecidos estudiantes, ahora mamá de una niña y además diputada en el nuevo gobierno de Michelle Bachelet nada más y nada menos que por una municipalidad llamada Florida (para seguir en el cubaneo), ha tenido tiempo de leer sobre Cuba. No sé, tengo dudas. Exigirle que viva la vida de los cubanos, sería pedirle demasiado a esta burguesa airada, pero pedirle que se informe mejor no es algo injusto: en mi caso es casi una advertencia, tan bien que me cae su belleza.

 ¿Ha leído Vallejo el libro Persona non grata de su compatriota y Premio Cervantes de literatura Jorge Edwards expulsado de Cuba a pesar de haber sido el embajador de Allende en ese “país hermano”?  ¿Sabe Camila Vallejo por qué se suicidó en Cuba Beatriz Allende, la hija del presidente derrocado por Pinochet? Puede leerlo en Mea Cuba, un libro de otro Premio Cervantes, el cubano Guillermo Cabrera Infante. A Beatriz los servicios secretos cubanos le mandaron de novio y esposo a un agente. Al caer Allende, y ya de regreso a Cuba, es decir al infierno, el esposo cubano dio por terminada su misión y su relación: Beatriz terminó disparándose un tiro en la cabeza. Debe andar ahora, esta desdichada Beatriz chilena, acosada por harpías en el séptimo círculo, el que destinara Dante a los suicidas.

Quizás sea cruel esta recomendación de lecturas. O injustas. Pero la bella Camila podría despertar de su inocencia con la explicación de las casualidades en su propia cama.

Una mañana me desperté yo en París con una foto que por suerte vi después de haber dormido: ¡Camila Vallejos del brazo de Fidel Castro en La Habana! Pero no está sola Camila en la foto, la acompaña otra joven comunista chilena. Y Liudmila Álamo, ¡una muchacha con la que algún día de los años 90 me tomé un helado en el Coppelia de Cienfuegos!

Decididamente seguimos ligados por estrechos lazos afectivos la hermosa Camila Vallejo y yo. Cuánta ilusión, diría un romántico. Cuanto morbo, un chaval español. Tremendo lío, un cubano entusiasta.

Debo aclarar que en el momento de la foto mi remota amiga cienfueguera era Secretaria General de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba…ahora no. Liudmila fue defenestrada de su cargo, y debe deambular en piyama por algún puesto menor, como sucede siempre en la isla con quienes son destronados de improviso.

A Liudmila no la reconocí en la foto de tan gorda, parecía no haber parado de tomar helados desde la última vez que nos vimos por allá por el 92 (algo en común tienen los comunistas prósperos en Cuba con los triunfantes exilados cubanos: el peso, el volumen de la obesidad incontenida) pero sí, claro, sí reconocí a la Camila, que de furiosa indignada en Santiago pasaba a apacible enfermera en La Habana, con sonrisa lisa y mirada de admiración al dictador más longevo de la historia de América Latina.

¿Y a qué viene esta descarga mía sobre alguien que ya ha dejado las primeras planas? ¿No?, Camila. Pues resulta que hace unos días la hermosa Vallejo se atrevió a denigrar nada más y nada menos que a los estudiantes venezolanos que protestan contra Nicolás Maduro. De manera indirecta, claro, de manera evasiva: la indiferencia de ignorar es el más cruel de los rechazos.

La comunista y diputada chilena se opuso a una proposición de diputados de su país que querían protestar por el viaje de Maduro a Chile. Camila considera que todo viene de afuera, y que la causa de las muertes en las calles de decenas de estudiantes en Venezuela, es una conspiración de la derecha internacional.

Creo que ha habido una utilización mediática en Venezuela en alianza con grupos de derecha de Venezuela y también con Estados Unidos, por tratar de demostrar que en Venezuela hay una sistemática violación de Derechos Humanos.

Es decir que la líder de estudiantes coincide con las aberrantes acusaciones del propio gobierno de Venezuela y el de Cuba. No puede, ahora, indignarse Camila a favor de los estudiantes venezolanos como lo hizo antes por los de su país, porque su indignación es selectiva.

Como todos los comunistas, Camila ve el mundo fácil y binariamente dividido en dos: los buenos a la izquierda, los malos a la derecha. Y lo que no corresponda con sus propias ideas es enemigo, y por tanto, de derecha…aunque sean estudiantes como sus camaradas, quienes gritan por la libertad, contra la escasez, la corrupción, y la venta de su país…a Cuba.

Yendo más lejos: “En Chile aspiramos tener los logros alcanzados en Venezuela”, se ha atrevido a afirmar Camila Vallejo. A uno sólo le da por pensar en la célebre falta de papel higiénico que padecen los venezolanos…

Ahora mismo, mientras termino estas evocaciones, reaparece Camila, serena, con un pullover a rallas que la hacen parecer un marinero en tierra, detrás, justo detrás de Bachelet, la presidente, el día de la toma de posesión, allá al sur, en Santiago, la capital de la democracia más ejemplar y próspera de toda Latinoamérica.

Nicolás Maduro ha cancelado el previsto viaje oficial a Chile para saludar a la socialista Bachelet. Otra victoria del coraje de los venezolanos que siguen en las calles y alteran el itinerario del avión presidencial.

 Camila Vallejo no tendrá la ocasión de tomarse en su Santiago una foto con Maduro, de pasar de indignada estudiantil a enfermera apacible, como hiciera allá en La Habana, al lado de Fidel Castro y de mi antigua amiga Liudmila, la de los helados infinitos.

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2 mars 2014 7 02 /03 /mars /2014 10:16

Margarita.jpg

LA DEL VELO 

Yo voy con el velo a todas partes

y regreso con el velo y una manta a casa.

En el índice, el dedal

acoteja manzanos bajo un cielo

desesperado de grises

que desde el faro,

sobre toda la Normandía,

promete rasgarse.

En el bolsillo, un libro descarnado

me adentra en el país que huyo.

Un libro que crece

como una flor carnívora

se alimenta de mi matriz

y mancha de rojo coral a la paja.

Coral que en el puerto

convierte el dique en isla

a merced de mi velo,

de mi encierro sin éxtasis.

Liviana como una tablilla

de copos de trigo

suspendida sobre la cabeza

como un viejo manuscrito

prometo derrumbarme en polvo

de todo lo que falta.

OFICIO AGUADOR

El aguador está para repartir sorbos de fama,

la sed es inmensa, la aridez aplana

la callejuela donde tarda la primavera.

Viene de muy adentro la nieve que quema

he leído a Maupassant, Rilke,

Rimbaud , Céline,

a cuanto buen francés, chino, japonés,

inglés, español de letras

supo antes que no alivian.

Me he sentado en sus camas

he tocado sus puertas,

me he inclinado en la ventana

que da al Sena

y he llorado por Hugo,

quien escucha a su hija

ahogarse frente

a los granos de tulipa

que viene de sembrar.

Me he apoderado de energías

que deambulan en aposentos normandos,

energías que destruyen la cuerda

con que el jardinero traza

un sendero de helechos bifurcado,

a prueba de racionalidad.

Van a repartir versos,

inspirados en inviernos

que se repiten como trenes de carga,

año tras año amaestran al Hombre.

Ahora mismo el puntero escribe nieve

como si degollara un toro,

con la destreza de un soldado

que se da a la lírica.

La sangre en el recipiente

huele a crimen mal pagado.

Si se me escapa la gota que mancha

la gota que salva de la sed,

de la esencia de la muerte

arrastro un coro de niños al

oficio del domingo

pero me da por repetir salmos

hasta que escampe.

Me consuela pensar que

si llega a ultramar este texto

podrán traducir la soledad,

podrán traducirme,

ya acepto

que no hablamos la misma lengua.

La campana de la iglesia

de Santa María de Le Havre

llama a los sedientos

han cortado flores en jardines orientales

han adornado el altar con encajes antiguos

la mano se desliza del bolsillo

a la jarra anunciadora de líquenes

putrefactos y todo en medio de escalones

que ascienden a una línea divisoria del vitral.

El vagabundo a la puerta del templo,

el sin techo en la palizada de Europa

duerme en el canto donde reparten,

como si fuese porción bestial,

la nota del ángel,

como si pudiesen abaratar la hambruna

y convocar tras el meadero público

una súbita caída de vino a tropel.

No hay mérito en vivir en esta cuadra del mundo

no hay mérito ni imaginación cuando cuento

lo que regala mi calle pues

el sordo organillero de la iglesia

machaca con sus pies el instrumento

y en cada pestañeo el mendigo alza la nota.

Estoy en la fila, siempre he estado en colas

que avanzan como culebrillas por comida,

por ropa, por papeles,

por los poetas muertos

sin inventar el himno que me salve

 

de esta visión apocalíptica.

Del poemario, El centeno que corta el aire, Betania, 2013

 

Ilust: Margarita García Alonso, Destination Paradiso

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23 février 2014 7 23 /02 /février /2014 07:52

Venezuela-manifestacione.jpg

Está cayendo una fina llovizna, pero no hace el frío habitual de estos meses. Las botas no resbalan sobre la acera nevada, y hasta sobran muchos días los guantes de cuero y las bufandas. El invierno no tiene olor en París, donde las chimeneas de los apartamentos son falsas y está prohibido encenderlas para no provocar incendios imprudentes. El invierno huele a piel de abrigo sin lavar en el metro, a rostros aceitunados que evitan los ojos de los otros y siempre, pero siempre, miran al suelo.

“En París hemos olvidado la luna”, escribe Milán Kundera, sobre esta costumbre evasiva de no mirar hacia lo alto que practican como sombras móviles los parisinos.

Camino por el boulevard Poissonière  hasta el monumento de la Plaza de la República que describiera Martí en La Edad de Oro. Hace sol y, además, acabo de ver, gracias a una amable muchacha con la cual había tomado cita por teléfono, una colección de pintura cubana. Cierro los ojos y veo colores, pinceladas, líneas, una especie de recordada festividad en tanto cuadro almacenado en el cuarto a oscuras de una galería de arte.

Pero hay colas. En la piscina a la que voy a nadar todos los martes, una cola de padres con unos niños ruidosos me recuerda que están de vacaciones las escuelas. Una de esas tantas vacaciones escolares que no parecen terminar, de tan frecuentes, en Francia.

En la biblioteca nacional, para mi sorpresa, también hay filas agitadas de niños en receso. Una exposición de Astérix y Obélic, fue la última de estas atracciones organizadas para recaudar dinero: la biblioteca parece una feria por la que circulan los lectores a la manera de monjes: foco de atracción de las miradas excitadas, y pasos felinos para bajar al jardín, único lugar al abrigo de estas nuevas agitaciones.

(A mí Astérix y Obélic siempre me recuerdan a Elpidio Valdés…pero y eso qué le importa a los franceses, no? Mi hijo Joaquim después de ver 2 o 3 veces algunos videos de nuestro héroe nacional infantil que además tiene su apellido, me replicó con cierta dejadez: “Papá ahí los cubanos siempre ganan y los españoles son bobos”…)

Conozco también otras soledades. Hace unos días murió de un infarto el trovador Santiago Feliú. Sé que, con razón o sin ella, nadie sabe quién es ese peludo por estas geografías. Así es que me pongo a escuchar a solas la canción “Diario” de Mike Porcel que él cantara una noche en la sala Mahatma Ghandi, en Ginebra.

En invierno casi siempre es de noche. Y es de noche cuando salgo con el agua helada sin querer responderme a si le niego o no el derecho de ir tarareando canciones de alguien que admiró tanto a Fidel Castro que llegó a compararlo de manera absurda con John Lennon. Pero es así, no se puede elegir ni cambiar lo que está ahí, fijado en la memoria.

Se habla y se lee lo que ocurre en Ucrania en los periódicos y en la televisión, pero nadie parece sabe nada en París si le comento las muertes de estudiantes en Venezuela.

En al aula y entre mis colegas tampoco. Los estudiantes pasan ahora más tiempo mirando a sus teléfonos que leyendo libros o buscando información. Mis colegas tienen otras preocupaciones y si alguno viene a mi despacho a preguntar algo sobre América Latina es casi siempre para constatar, con el exilado de Castro, que las utopías de sus adolescencias ya están rotas: me escuchan con la resignación de aceptar las últimas pruebas fidedignas de un esfuerzo que fue inútil, o casi…, aceptan cabizbajos.

A las 3 de la madrugada me despierto y no puedo dormir. Mañana tengo clases temprano. No sé por qué hago como los estudiantes y consulto, en medio de la penumbra del salón, mi teléfono móvil: hay grabada una llamada de mi madre desde Cuba.

No me atrevo a llamar a esta hora, pero me pongo una vez más a mirar imágenes y noticias, no de Cuba, sino de Venezuela. El invierno debía ser dulce allá, rara vez menos de 18°, dicen las estaciones meteorológicas. Pero veo que llevan herida de muerte en una bicicleta a una Miss de 22 años que participaba en la primera manifestación de su vida.

(Me sorprende aceptar que son hermosos esos cuerpos de muchachas soleadas en medio de la ira, la indignación de las voces, los gestos de desesperación que a veces, sin saberlo, están muy cerca de la muerte).

Pero ahí también tiene que aparecerme Cuba. Muchos de los carteles claman por la salida de los cubanos que guían y sostienen las ruinas de lo que pretendió haber sido otra utopía de pobres. Una cubana aparece, sin embargo, con otra pancarta donde asegura que no se irá dos veces: ya me fui de Cuba pero no me iré de Venezuela, ha escrito.

Después llega otra lista. El trovador Silvio Rodríguez que ha llamado “derecha fascista” a los estudiantes venezolanos, recluta para un famélico pelotón de obedientes, a un puñado de supuestos intelectuales que apoyan las atrocidades de las calles de Caracas. Conozco a algunos de los que firman, sé que han leído más de un libro, que alguna vez estuvieron en el aula de una universidad. Hasta han viajado a veces, han visto el mundo estos disciplinados que corren a ponerse en una lista en la que no se ven muchos nombres, ni siquiera los más entusiastas ganadores de concursos y de premios. Ni siquiera esos.

En el metro pienso en esas personas y en lo que puede pasarles por la cabeza. De qué manera ciega ven la realidad de un mundo en el cual ellos, supuestos guerreros de los pobres, aparecen como conscientes cómplices o marionetas de un tirano. Oportunismo en la mayoría, miedo a decir que no cuando suena el teléfono del estado que les paga, despistada ilusión, en casi ninguno, me digo.

Después de hablar de Venezuela en la introducción de todas mis clases, me voy ya tarde a mi despacho. Llamo a Cuba a mi madre por teléfono. Me dice que no fue ella quien me llamó a las 3 de la madrugada, que fue una doctora: ella tuvo una isquemia cerebral. Para tranquilizarme me dice que no fue nada y me pide que no olvide enviarle el dinero que necesita para comer. Y para que veas que estoy bien y no he perdido la memoria, me dice, dime cómo están mis nietos franceses, y sonríe.

Escucho la risa de mi madre, al salir de regreso a casa, bajo la misma pertinaz lluvia de  invierno. Recuerdo entonces que ella sólo ha visto una vez en su vida a esos nietos que nacieron en Francia.

Como para que no me vaya a dormir llega entonces la noticia: los opositores en Ucrania, es decir, miles de personas que se fueron bajo las balas a una plaza pública, han vencido. El pueblo se pasea estupefacto por la residencia privada de Viktor Ianoukovitch que una señora sonriente denomina “El Versalles ucraniano”

Esta noche de invierno será extensa, me digo. En Venezuela se pronostican nuevos muertos.

Foto: Elcomercio.com

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9 février 2014 7 09 /02 /février /2014 07:39

Ramon-Alejandro.JPG

Tengo un recuerdo en mi cabeza, prolongado en todos los sentidos por ramificaciones afectivas, y no es precisamente un cuerpo extraño que se trate de extirpar. Si ha venido de afuera, si es el resultado de un conjunto de circunstancias absolutamente fortuitas, pero ya forma parte de mí mismo, se ha convertido en mi sustancia de la misma manera que los alimentos tomados del exterior y de los cuales me nutro. Más todavía, como él sigue siendo imagen, por un cambio de papeles él tiende a convertirse en un espejo, como si ante él yo perdiera toda circunstancia real y no pudiera considerarlo que como algo sólido, algo que miro y que me refleja. Paradoja de ese tipo de recuerdo: en él encuentro la más pura expresión de mí mismo, en la medida en que él me ha golpeado por su extrañeza.

Michel Leiris, Biffures

Aparición del jardinero

La historia de la biografía sexual de Josán, protagonista de El año del Calipso, comienza por una imagen visual que el propio narrador, por sugerencia de su hermana, se encarga de comparar a la aparición del jardinero Olivier Mellors ante Constanza en la novela El amante de Lady Chatterley de Lawrence.

Se acepte o no, todos tenemos un jardinero en nuestras vidas. Es lo habitual. Y no es extraño que ese jardinero aparezca para alterar radicalmente el curso de nuestro destino. Una autoridad semejante sobre la vida y sus designios es consustancial al espíritu de los jardineros. La aparición del mío, de mi jardinero, fue casi una alucinación en medio de un mediodía diferente. Un mediodía en que la brisa subía desde el lado del Obelisco con un lejano olor a tierra y a lluvia, y formaba remolinos de hojas, ruido de ramas y gorriones, eso que siempre, a aquella hora, parecía ilusorio en Marianao

Esta aparición de la figura del jardinero nos remite a una  imagen del cuerpo inmerso en el estado salvaje de la naturaleza, de un cuerpo natural, descodificado que, además, tiene como paradójica función social cuidar, por la fuerza de sus músculos y de su paciencia, la permanencia organizada de esa naturaleza

El jardinero funciona así como la referencia de algo natural y exterior a la civilización que al descubrirse abre a los sentidos a una zona desconocida y deseada del inconsciente y del cuerpo. A su vez el jardinero puede considerarse como el emblema de una transgresión de normas. Descubrir lo oculto no sólo necesita de un signo ajeno, sino también de reconocer así una motivación irracional que deja de ser un secreto únicamente cuando se lee la historia.

Casi siempre al estructurar sus historias Abilio recurre a una imagen visual para acentuar la dicotomía entre el presente real e irremediable y el pasado, la evocación alrededor de esta imagen estructura el relato, el deseo y las angustias de sus personajes y, por consiguiente, su propia percepción sensorial. En todo caso la visión remplaza al horizonte como frontera utópica entre dos lugares y dos épocas, entre el sueño o su simulacro al cerrarse los ojos, y la resignación.

A la imagen visual le siguen las elaboradas imágenes verbales que cuentan y sobre todo describen las sucesivas caídas de los personajes en estados y situaciones existenciales extremas hasta la vuelta, otra vez, a la enunciación de la memoria, es decir de la imagen al mismo tiempo ausente y provocadora de desplazamientos ilusorios.

Sin embargo en El año del calipso, al asociarse  pocas páginas más adelante esta visón inicial del jardinero a la novela de Lawrence, Estévez da una pista al lector para ubicar genéricamente al libro que se comienza a leer, está indicando una práctica lúdica de su escritura imaginaria, la génesis de una nueva función de su imaginación: la de representar en primera persona a través de sucesivas escenas la historia sexual de un adolescente.

Al ser interrogado sobre su intención al escribir El año del Calipso el autor explica lo siguiente:

Quería escribir una novela erótica. Una novela cuyo tema fuera el erotismo, que no me permitiera mirar hacia otro lado, que me mantuviera concentrado en el cuerpo, en la batalla y el placer del cuerpo. Y por esto, también tenía deseos de divertirme e intentar divertir. Salir un poco del “pistoletazo en el concierto” del que habló Stendhal para definir la política en la novela, de esa trabazón histórica en la que estamos siempre atrapados, de manera casi inevitable. Quería darme un respiro y alejarme un poco, en la medida de lo posible, de la tragedia que hemos vivido y que seguimos viviendo, porque al fin y al cabo no todo ha sido tragedia. Teníamos siempre una puerta que empujar, un cuarto donde encerrarnos y olvidarnos de lo que pasaba fuera. En gran medida, el sexo y la lectura fueron durante mucho tiempo nuestro único espacio de relativa libertad.

Estas confesiones corroboran lo que insinuaba la relación metafórica entre Tito Jamaica (así se llama el jardinero de Abilio) y el Olivier de El amante de Lady Chatterley: se trata de una novela erótica que, además, es el resultado de una elusión de lo político, de una afirmación de la libertad corporal frente a las restricciones del Poder.

Por otra parte, al insistir sobre estos aspectos compositivos, Estévez de alguna manera sugiere al lector que la novela de Josán (probable metaplasmo del nombre de Jasón, el del vellocino de oro…) constituye una isla (un Más Acá) en medio de sus otras novelas (un Más Allá). Esta sugerencia, así como los otros indicios ya señalados, pueden guiar la interpretación del libro hacia falsas, o superficiales pistas.

Un primer gesto crítico podría ser en estos casos comparar la novela erótica con los libros del propio autor que le preceden, o, más lógico aún, partir del género y enunciar los aspectos del erotismo que inscriben el libro en esa tradición. Tomando como base criterios temáticos y estilísticos, se podrían también distinguir aspectos que el propio autor nos ha indicado antes, en una especie de borrador de una individual historia literaria.

Sin embargo, en el presente trabajo yo he preferido tomar otros riesgos, quizás porque me resulta más tentador insertar el análisis a una suma de interpretaciones previas que ya he hecho a la obra de Estévez y, de alguna manera, actualizar lecturas críticas para tratar de ir más lejos en la comprensión de su escritura y de su intencionalidad. Es decir, de las contradicciones y afinidades entre su percepción de la realidad y el imaginario de sus relatos.

Partiendo de la premisa de que es la imaginación lo predominante en una escritura que elude el presente y el realismo, me ha interesado más explorar en ella las correspondencias entre las significaciones de sus imágenes, es decir la modelización del imaginario, y las filiaciones, fantasmas, reminiscencias del propio autor. Mi objetivo, claro, es incluir a la lectura del texto la intención de quien lo escribe y sus contradicciones para configurar un panorama de su imaginación.

De cierta manera en este libro Abilio se escribe a sí mismo. Hace un alto para confesar como suyas (casi sin pretenderlo) algunas de las proyecciones de su yo que constituyen el universo de sus gustos, aficiones estéticas, conciliaciones con la infancia, la familia y un pasado casi sin perturbación destructora de la Historia. Por eso es que leerlo tratando de fijar sus contradicciones, más allá de la adhesión a su mundo, o de la descripción de sus secretos revelados,  nos permite identificar mejor  sus diferencias con otros libros y establecer su lugar en ese propio universo. Partiendo del gesto ficticio de intentar escribir un relato, la imaginación le permite aquí a Abilio, completar su propia formación espiritual.

Sin renunciar a esta noción de imaginación que me ha permitido describir, repito, la estructura intencional de Estévez a través de sus narraciones, me interesa en el estudio de El año del Calipso no tanto responder al por qué se insiste en la creación de un espacio amenazado o desaparecido por una catástrofe histórica o natural, ni al cómo se hace, sino, demostrar que esta novela se puede leer, por momentos, como la ficción de un autorretrato.

Demostrar, insisto, que tanto la narración en la primera persona (la novela es la recreación de una confesión  dirigida a un amigo de infancia muerto de Sida en Nueva York), la suspensión de la narración por la sucesión de escenas, la vuelta a un espacio familiar tanto en su vida como en su estética (el barrio de Marianao),  la descripción carnal de un feliz placer erótico; son estrategias compositivas que provocan dos efectos: una menor intensidad de la imaginación, y  la implicación del autor como testigo, en fin, como interlocutor, del jardinero.

Prácticas del pensamiento: los recuerdos distantes

            En esta primera parte de mi interpretación de El año del calipso sigo el mismo itinerario de mis estudios precedentes sobre la obra de Estévez para demostrar como la dicción se aleja de la fábula y se centra en una sistemática historia de la propia personalidad de quien escribe y en su exaltante descubrimiento y ejercicio del sexo.

Es sabido que la primera función de la imaginación es la producción de imágenes a partir de la memoria del sujeto, o de la creación de las mismas por la combinación de ideas;  por la facultad intelectual de configurar una experiencia o una intuición del espíritu.

Resumiendo de prisa algunos hitos en la elaboración de esta noción, recordemos que para  Aristóteles la imaginación es la disposición del espíritu a presentar las cosas cuando éstas están ausentes. Las imágenes visuales aparecen incluso cuando se está con los ojos cerrados, escribe Aristóteles. Para Descartes la imaginación ocupa el espacio que se abre entre la voluntad y la razón y nos conduce a una perjudicial irrealidad. La imaginación desempeña entonces un papel mediador entre ambas para intentar transformar y perfeccionar la realidad a través de la memoria, de afectos, anticipaciones, simulacros y ficciones.

Se puede entonces proponer un itinerario del sentido de la escritura imaginaria, a través de las formas predominantes y de sus probables significaciones. Las formas de la imaginación caracterizan a la vez a esta escritura y revelan las obsesiones y el movimiento de la consciencia del escritor. Estas formas son el resultado de la producción del universo imaginario y ocupan el vacío que se abre entre los deseos y la realidad.

En el caso concreto de Estévez, y relacionado con la función de la figura del jardinero en El año del calipso, se puede asegurar que existe una constante formal en muchos de sus relatos que he nombrado antes  la compensación de una imagen. La evocación de dicha imagen funciona como fuente de la escritura y expresión de la conciencia imaginativa del escritor. Las apariciones intermitentes de estas imágenes a través de aislados personajes casi siempre van acompañadas de una referencia cultural y son el eje de la representación binaria: personaje-narrador, presente-pasado, realidad-ficción, etc, que son al mismo tiempo, irreconciliables e inseparables.

Basta mencionar como ejemplos a personajes como El Herido que vaga asaetado entre la insólita vegetación y las estatuas de La Isla de Tuyo es el reino,  al El Moro, el aviador que vaticina a Victorio en  Los palacios distantes que existe para cada uno un lugar en el mundo, la foto de Jafet de El navegante dormido que inspira a Valeria la escritura de la novela que leemos, o el bailarín que alegra el vagabundeo de Constantino Augusto de Moreas por Europa, en El bailarín ruso de Montecarlo.

Al proponer una tipología de la escritura imaginaria de Estévez he insistido antes en lo que he llamado tres modalidades de su imaginación. La que le permite concebir el surgimiento y desaparición de un espacio, la que facilita realización de algo imposible que siempre se genera por una referencia del pasado, y la transformación simbólica de lo real.

En esa misma proposición había eludido referirme a este último aspecto por problemas de espacio, pero también porque es el que se presta a lecturas más elementales, en otras palabras, el que sugiere de manera menos imaginativa, nuevas connotaciones. Considero que en El año del calipso de manera intencional Estévez elije esta perspectiva. Su imaginario cultural y literario y el recuento de un momento novelado de su infancia, provocan este uso de la imaginación. Al querer escapar al contexto histórico Estévez renuncia aquí a su principal estrategia discursiva, la de recrear un desaparecido universo ubicado en el pasado republicano, para centrarse ahora en las políticas del cuerpo.

Desde el punto de vista del contenido, se puede resumir diciendo que El año del calipso es la confesión de las remotas experiencias sexuales de un adolescente, contadas por un adulto que escribe también desde la distancia geográfica. Josán insiste en la lejanía de la época, en la catástrofe histórica que siguió a su infancia y en el éxodo que provocó dicha catástrofe:

En aquellos años, aunque parecías de vuelta de todas las cosas, si alguien nos hubiera dicho que aquello pasaría, que llegaría un tiempo atroz, que nos dispersaríamos por el mundo, que nos fugaríamos como tórtolas, y que para colmo íbamos a morir, nos hubiéramos reído a carcajadas.

A la imagen visual del jardinero, asociada a la novela de Lawrence, que genera la transformación de la realidad, se unen otras dos referencias literarias. La lectura del capítulo VIII de la novela  La honradas (1917) de Miguel del Carrión, funciona como motivo recurrente de la intelección del acto erótico del joven Josán. En dicho capítulo se describe detalladamente  el encuentro de la protagonista Victoria con su amante Fernando y el narrador confiesa que, gracias a la literatura descubrí la Victoria que había en mí (…) Más identificado con la ‘pasividad’ de Victoria, supe que tenía la capacidad de asumir la ‘actividad’ de Fernando. Además Josán en sus confesiones resume para el lector y para su amigo Pepinito G. Justiniani, “gran pianista, mejor compositor, extraordinariamente gordo y extraordinariamente negro, conocido en el ambiente marianense con el sobrenombre de Moby Dick”, enterrado en el cementerio del Bronx; el contenido de libros eróticos pertenecientes a su padre y escondidos en los bustos de insignes patriotas: “Una familia tradicional; unas novelitas eróticas ocultas dentro de las cabezas de tres próceres de un país donde los bustos de los próceres pueden emplearse para ridículas retóricas patrioteras y para guardar cosas así (…)”.

Alrededor de estas tres referencias literarias (una de la literatura inglesa, otra de la Cuba republicana y la tercera, más  pornográfica que erótica), se articula entonces la ficción: la presencia de Tito Jamaica le hace decir a Josán que el fin de su infancia “había comenzado con el descubrimiento del jardinero”, la lectura de la novela de Carrión le descubre “la ambivalencia de (su) mi imaginación” y le ayuda a aceptar la atracción por los hombres. Por su parte la lectura secreta de las novelas pornográficas del padre, le permite hacer asociaciones que lo llevan a desarrollar la “técnica de mamador”: Al verse a medianoche a solas en la trastienda de una bodega con el pitcher Héctor Galán, el día que perdería su virginidad, Josán se recuerda de pasajes de las novelas escondidas (“recordé la novelita con Faure y Lady Abinger. Y me sirvió, vaya si me sirvió”) y confronta la precaria teoría con la eventualidad del momento para desarrollar su teoría del arte del gran mamador: “Mamar es como escribir un guión cinematográfico, con su conflicto, su acción, sus altibajos, su escena obligatoria, y su bien estudiando The End” .

Estévez juega constantemente con el lector asiduo de sus historias, y este lector atento acepta las marcas que él va dejando para asociar cada uno de sus libros y configurar la estética de su imaginación. Así  el decálogo que compone la técnica del mamador nos remite a pasajes de Tuyo es el reino, como la librería de Rolo. También un pasaje nos revela una cercana y probablemente personal filiación con el Jasef de El navegante dormido al describir Josán “la galería de muertos” de su madre,  y describir la foto del primo Luján, precoz nadador desaparecido en el mar. La descripción erotizada remplaza la melancolía de Valeria que escribe, treinta años después, desde el exilio de Nueva York,  la espera de un ciclón y la desaparición de Jasef, es decir la historia principal de El navegante dormido. Lo que actuaba como referente de una carencia, ahora se retoma de manera lúdica como motivo de una insólita excitación.

De esta manera se puede indicar  un signo distintivo con respecto al empleo de la imaginación  en  libros anteriores a El año del calipso: aquí las imágenes y la  literatura se asocian al cuerpo, a una sexualidad que se confiesa con placer desde un presente asumido con satisfacción, aún cuando transcurra en el exilio. Incluso, a la música clásica y a óperas  capaces de enloquecer a personajes como Adolfo en el cuento ‘Tosca” del libro El horizonte y otros regresos, les remplaza ahora la cadencia sensual del calipso, como el regocijo de las frutas y la siesta, el deambular del Josán voyeur y las disertaciones sobre las partes erógenas del cuerpo, ocupan el lugar de las intrigantes estatuas y los monólogos apocalípticos que presagiaban el incendio y la desaparición de La isla de Tuyo es el reino.

La memoria cultural y literaria no se utiliza en El año del calipso para acentuar una dicotomía irreconciliable de épocas y lugares, sino para exaltar con regocijo la memoria del cuerpo. Se transforma simbólicamente un recuerdo distante como si se hubieran alcanzado al fin los palacios pronosticados por El Moro de Los palacios distantes.

Es precisamente la configuración de un espacio, es decir, la definición de una forma recordada, el primer acto de la imaginación. El método de los topoi  (es decir de los lugares) para fijar y ordenar los recuerdos, ilustra la función de la imaginación tal y como la define Aristóteles: consiste en relacionar sensaciones sensoriales con simples recuerdos. La memoria vive únicamente cuando los recuerdos aislados son ordenados por una operación de la imaginación. Es por eso que San Agustín en sus Confesiones compara a la memoria con un palacio a través del cual se puede circular libremente como prueba del impacto de esta cultura imaginaria, un palacio que al poder alcanzarse con sólo recordar, deja de estar distante.

El mecanismo sensorial que activa la imaginación de Estévez en El año del calipso recuerda, con evidentes diferencias de tono, al provocado por la frase de la sonata de Vinteuil en Un amour de Swann. Al igual que Proust, Abilio hace de la metáfora el medio de expresión privilegiado de la imaginación a la manera en que se ilustra en Le Temps retrouvé. La metáfora aparece así como una analogía subjetiva fruto de la imaginación, lo que confiere al relato el valor de una inventada verdad.

En esta parte de A la recherche du temps perdu se cuenta como Swann, que identificaba a Odette con un cuadro de Bottichelli , al escuchar  dos veces la frase de la sonata la compara con la aparición de ella  en su vida. En los dos casos la sonata marca un momento privilegiado para aclarar fenómenos de la imaginación a través de un análisis de la reacción en Swann. La primera vez la música le hace pensar en la felicidad, la segunda vez Swann la asocia a la nada y a la muerte, y -escribe Proust-, a partir de ese momento Swann comprendió que el sentimiento que Odette había tenido por él no renacería jamás. Se pasa así de la percepción visual alucinatoria a la liberación afectiva por la música.

Para Josán la presencia del jardinero es su encarnación personal del Olivier de Constanza, y el calipso la música que anima esta aparición y el placer  de su cuerpo juvenil. De esta manera, y a diferencia de Proust,  Abilio no narra la fatalidad de una pérdida ni el desengaño de una decepción, sino el activo deleite y el goce de la posesión.

Autorretrato: El espejo de tinta

Al exponer su tesis sobre la noción de autorretrato, Michel Beaujour cita un pasaje de Philippe Lejeune consagrado a Montaigne. Lo que diferencia el autorretrato de la autobiografía es la carencia de relato, dice Lejeune. La narración se subordina a un despliegue lógico de elementos que integran un tema elegido por la persona que escribe. La cronología se desplaza a un segundo plano disminuyendo la función explicativa. Los hechos se enumeran por analogías superpuestas, por asociaciones muchas veces metafóricas. Es por una dialéctica de la invención que se organiza un discurso que hace del libro un espacio creado estrictamente por las vivencias del sujeto que narra a la primera persona, su cuerpo es el lugar de la enunciación.

Los libros que la crítica francesa considera clásicos en este género, además de los Essais  de Montaigne son las Confesiones de San Agustín, Roland Barthes par Roland Barthes de Roland Barthes y el libro L’âge d’homme de Michel Leiris.

Desde el punto de vista narrativo, la escena y la ausencia de intriga, elementos de la literatura pornográfica se adaptan al autorretrato en El año del calipso. Llama la atención que el libro puede leerse como una sucesión de cuadros, cuadros que describen para un amigo muerto actos de un voyeur (en Cuba diríamos un rascabuchador o rascabucheador), o incluso los extractos de libros pornográficos resumidos por un lector clandestino, además de los detalles de las posturas y los episodios de su proceso de aprendizaje.

Como en anteriores libros de Abilio la acción también se detiene para dar paso a monólogos o a descripciones, sólo que ahora se describen escenas vistas a escondidas muchas veces para progresar en la enseñanza sexual del narrador Josán. Sin embargo la descripción del propio cuerpo que al mismo tiempo se mira ante el espejo, se descubre, y dialoga con su amigo desaparecido, ocupa buena parte del libro Al escribirse a sí mismo a través de la imagen que se ve en el espejo, éste se convierte en un espejo de tinta. A la memoria literaria y al ritmo del calipso, partes activas del imaginario mental del sujeto que se escribe dos veces (a través de Josán y de sí mismo), se integra ahora su corporeidad. La subjetividad adquiere cuerpo en el autorretrato escrito:

Me asomo al espejo. Hasta este momento, este artefacto rectangular, fijo a la puerta del escaparate (…) sólo me sirve para peinarme, arreglarme la camisa, la corbata del uniforme escolar. Ahora comprendo que no sólo sirve para vestirme, sirve también para desvestirme. Una novedad. Es lo que hago. Me observo de arriba abajo, desnudo.

En la frase de Michel Leiris  que a manera de epígrafe precede este artículo, se puede apreciar una descripción de la génesis del autorretrato. La  aparición que genera la pintura de uno mismo figura aquí como el recuerdo afectivo de un cuerpo extraño que se trata de extirpar. La aparición de un recuerdo que viene del exterior, se convierte  en parte de uno mismo como los alimentos que uno toma del exterior. Como imagen, ese cuerpo es un espejo que hace perder a uno su consistencia  hasta el punto de depender del reflejo de esa imagen. El recuerdo (imagen) se convierte en una paradoja: en él se encuentra la expresión más pura de uno mismo.

Es por eso que Michel Beaujour para argumentar la poética del autorretrato utiliza la imagen del speculum medieval. El autorretrato es un texto que en la práctica funciona como un espejo del sujeto y del mundo, una descripción propia ante una imagen recordada que representa el mundo con la cual se dialoga para presentarse a sí mismo.

La forma operatoria del autorretrato, apunta Beaujour, se resume en esta sentencia: “Yo no les contaré lo que he hecho, sino quien soy”.

En otra de las descripciones de la aparición del jardinero en El año del calipso se puede leer lo siguiente:

Tenía quince años, de modo que no existían para mí el tiempo, la vejez, mucho menos la muerte. Sólo conocía la habilidad de dejarme entusiasmar. Esa simple confianza se encargó de organizar mi tiempo, que nada tenía que ver con el tiempo de los demás (…) En la distancia,enfática, monótona, se escuchaba la música de novelones radiales, las voces presuntuosas de los locutores que las anunciaban. Y otro fondo de música romántica, o deseosa de parecerlo, almibarada. Hasta que se apagaba la melodía de los novelones y se hacía precisa la voz y el encanto cadencioso del calipso (…)

Y el jardinero aparecía sudado y al mismo tiempo fresco, como si acabara de atravesar un monte al amanecer.

Su aparición no guardaba relación alguna con lo que hasta entonces había sido mi realidad, porque como se sabe, aunque el amor siempre sea el mismo, cada persona lo encuentra a su modo (…) ¿Tendría la certeza de que estaba conformando una imagen que nunca desaparecería del recuerdo de aquel muchacho que era yo?.

            El escritor cambia la tipografía al escribir mi realidad, porque la realidad en sí cambiará para siempre a partir de ese momento: ella será la fusión de la imagen con su cuerpo. En el plano familiar es su hermana perversa y sospechosamente bisexual quien corresponde a su alter ego pero la presencia del jardinero viene a completar su propia imagen y sus deseos. En el pasaje final del libro, Josán, después de un largo paseo nocturno por Marianao, vuelve a la casita de los aperos, entra y se tiende en la cama donde duerme una mujer desconocida y el jardinero Tito Jamaica.

Al indicar las pistas de una filiación literaria en cada uno de sus libros, como hemos visto antes, Abilio no sólo logra crear la red de una estética, sino que delata las claves para una interpretación  de su consciencia como escritor y  de su identidad, en el relato que leemos. Al estar al tanto por entrevistas concedidas, o por su libro de memorias (Inventario secreto de la Habana) de aspectos puntuales de su vida y de sus preferencias estéticas, podemos identificar la historia de El año del calipso con lugares, épocas, ambientes y personajes que formaron parte de su vida en Cuba. El hecho, además, de ser un texto que se escribe a la manera de un recuento adulto de una iniciación, acentúa los índices que lo asemejan al autorretrato literario.

 

(Leído el 18 de mayo de 2012 en la École Normale Supérieure de la rue d’Ulm de París. Publicado en: http://revel.unice.fr/symposia/lal/

Ilust: Ramón Alejandro: Los juegos de la memoria.

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1 janvier 2014 3 01 /01 /janvier /2014 17:47

Arcocha.jpg

Estampas de Eladio Secada (1941-1948)

   En el año 2013 se cumplió, sin que nos diéramos cuenta, un siglo de Entre cubanos, libro en el cual Fernando Ortiz se desespera ante “la ley psicológica del menor esfuerzo” de los insulares, y se refiere al choteo como una vanidad nacional y una desgracia criolla.

   Dicho sea de paso, en Entre cubanos Ortiz incluye une reseña titulada “De un libro, que es un puñetazo” sobre Cuba y su evolución colonial (1907) de Francisco Figueras, un ensayo que ridiculiza muchos mitos de la psicología social del cubano. Pocos le han dado tan duro a nuestro extrovertido carácter insular como Figueras. Si pasamos por alto, por supuesto, a un Enrique José Varona. Habría que esperar, quizás, a Indagación del choteo (1928) de Jorge Mañach, para volver a leer un libro que sistematice una condena a la ligereza del espíritu y sus consecuencias en la sociedad cubana.

   Por su parte, con sus Estampas el periodista Eladio Secades se integra de una manera muy personal a la tradición republicana de describir y juzgar ciertos comportamientos en sociedad de los cubanos. E insisto en lo de personal por dos aspectos: el punto de vista asumido y el empleo magistral del lenguaje.

   En apostillas casi diarias que él mismo nombra Estampas publicadas en Alerta, en Carteles y en Bohemia, Secades se burla de tipos, costumbres y comportamientos de sus compatriotas. Lejos de asumir un tono grave de magisterio a lo Mañach, Secades retoma el humor para pasar en revista las costumbres y la subjetividad de sus conciudadanos: “Hemos querido libertarnos del tradicional choteo criollo. Y de tomarlo todo en broma hemos pasado a tomarlo todo en serio”, escribe, en lo que puede considerarse la base de su visión crítica.

   No hay en estas páginas un reproche pesimista sino una celebración lúdica de nuestros defectos, un escepticismo festivo. Pero este tono puede, de cierta manera, interpretarse como una renuncia resignada a una mejoría de nuestros vicios nacionales. En este aspecto se le puede considerar un precursor de Guillermo Álvarez Guedes.

   Basta con leer los títulos para constatar la cercanía de sus crónicas con la vida cotidiana: “El piropo”, “El guapo cubano”, “Los chucheros”, “El picador”, “El criollo en Miami”, “El rescabucheo”, “El picúo”, etc. Me asombra al leer a Secades no sólo esta proximidad que en cierto sentido no envejece porque siempre revela un rasgo de nuestra psicología colectiva, sino también su prosa, su poder de síntesis, su ritmo, y la importancia concebida a lo inesperado:

   Sobre el pesao cubano: “Nuestra raza ha producido un “pesao” exclusivo, un “pesao” característico e insufrible. El que quiere hablar en todas partes, el que experimenta el placer de dejarse oír”.

   Sobre la trompetilla:Tres instituciones cubanas han obtenido pasaportes diplomáticos y sin trabas aduanales se han lanzado a viajar por todas las latitudes: la bolita, el son y la trompetilla (…) La trompetilla (…) es el verdadero concepto cubano sobre la libertad del pensamiento”.

   En 1942 Secades recibió el premio de periodismo Justo de Lara. El presidente del jurado era Jorge Mañach. Ambos se fueron de Cuba al triunfo de la revolución y murieron en el exilio: Mañach en 1961 en Puerto Rico, Secades en 1976 en Venezuela.

Fidel castro en rompecabezas de Juan Arcocha (1973)

   Sin dudas, entre cubanos, uno de los principales libros del año es Mapa dibujado por un espía de Guillermo Cabrera Infante. Como se sabe, en estas memorias se narra el último viaje del escritor a Cuba motivado por la muerte de su madre, las tensiones entre los intelectuales de La Habana y el poder castrista en aquel 1965, y las intrigas de este poder en torno a Cabrera Infante y sus funciones de diplomático en la embajada cubana de Bruselas.

   La salida de este libro y el fallecimiento el 3 de diciembre de Marta Frayde, me hicieron releer Écoute Fidel, las memorias de esta antigua representante de Cuba en la Unesco, fundadora del Partido Cubano Pro derechos Humanos y presa política. En este libro nunca editado en español, Marta narra, al igual que Cabrera Infante, sus vivencias en Cuba como simpatizante de la revolución y, más tarde, como disidente.

   Fueron estos dos libros los que me han llevado a comentar otro menos conocido: Fidel Castro en rompecabezas de Juan Arcocha, amigo íntimo tanto de Cabrera Infante como de Marta Frayde.

   Como lo sugiere el título, en el caso del libro de Arcocha se trata de un retrato, a partir de varias perspectivas, del personaje de Fidel Castro. Lo interesante aquí es la manera en que se utilizan aspectos anecdóticos de una amistad entre el autor y el dictador para tratar de comprender, desde el punto de vista psicológico, la equivocada fascinación que ejerció Castro entre sus seguidores en un primer momento, y el paulatino desengaño que lleva a la ruptura, al enfrentamiento o al abandono.

   Arcocha, como Cabrera Infante y Marta Frayde, cumplió misiones diplomáticas, en su caso, en la embajada cubana en París, después de haber sido corresponsal del periódico Revolución en Moscú. Se le conoce, además, por haber sido el intérprete de Jean Paul Sartre durante su primer viaje a Cuba. Arcocha tuvo el coraje, al igual que Marta Frayde, de volver a La Habana para anunciar su ruptura con el régimen. Su libro, sin embargo, no son ni memorias, ni el elato detallado de hechos, sino, más bien, la interpretación de una disensión causada por dos comportamientos diferentes ante la historia: el del caudillo de una revolución que busca perpetuarse a la cabeza de un país, y el del escritor que por razones éticas no puede aceptar la adhesión a un estatuto de intelectual orgánico de una dictadura.

   Arcocha encarna en este libro al intelectual que de manera individual y solitaria debe elegir entre las prebendas de la sumisión y la disidencia o el exilio, con todos los riesgos de desarraigo y anonimato que el destierro representa.

   Con la prosa depurada y el tono humorístico que caracteriza su escritura, Arcocha nos muestra desde la intimidad el itinerario personal de un arrepentimiento. Más que unas disculpas (que no abundan entre quienes estuvieron cerca del poder comunista en Cuba) por haber participado en sus inicios en la instauración del régimen, Arcocha trata de explicarse a sí mismo, y de paso a un hipotético lector, las causas de un entusiasta error colectivo, con la callada esperanza de que pueda servir a los demás su propia anagnórisis.

El último día del estornino de Gerardo Fernández Fe (2011)

   La sensación de una tensa rareza o el acecho de una trampa fatal, es lo que va dejando en uno la lectura de este libro de Fernández Fe. Mientras el lector se pregunta, ¿pero qué le pasa a este tipo, chico?, esta pregunta se va sustituyendo por otras, ante tanta intriga. La razón parece simple, pero no lo es: en la novela los personajes imaginados por (digámoslo de alguna manera convencional) el protagonista Luis Mota sobreviven a su propio genitor.

   Quizás debía haber comenzado por tratar de reponder: ¿qué cuenta en realidad El último día del estornino? Luis Mota al salir del cine y después de haber visto una película de Vin Diesel, ve caer a sus pies un estornino muerto. Esto lo motiva a consultar libros sobre este extraño pajarraco, y el descubrimiento de una pistola escondida en el interior de un voluminoso libro de una biblioteca pública, le hace imaginar la historia de una probable pareja de amantes, anteriores usuarios del dichoso libro.

   Uno de estos personajes inventados por Mota, Octavio Forlán, cuenta a su vez historias que inventa a su amante, la esposa de un ingeniero de la empresa estatal de petróleo de Venezuela. Historias en las cuales, por supuesto, aparecen otros personajes ficticios que se añaden a este laberinto de espejos de ficciones, situaciones y dramas abiertos al lector.

   Esta estrategia le permite a Fernández Fe diversificar los espacios, los personajes, las épocas y las circunstancias de un mundo que, a su manera, interactúa a la vez por el ejercicio de la imaginación, un mundo en el cual la propia realidad observada puede ser en realidad una suma de espacios subjetivos.

   Mientras leemos estamos al mismo tiempo en Caracas, en la guerra de Serbia, en la Yugoslavia de Tito, en el Peloponeso griego, o en cierta Habana de los años 70, La Habana de un marginal cenáculo literario reunido en las cercanías de la funeraria de Calzada y K. Conocemos así las zozobras de un francotirador serbo, de un próspero ingeniero asediado por una innombrable organización, a una jinetera cubana casada con un italiano que viaja con un camionero por Grecia y, claro, las intimidades de Octavio, hacedor de estas historias en lugar del propio Mota.

   Vale interrogarse entonces acerca de las múltiples maneras que puede leerse y analizarse esta novela, a la vez propia y ajena al propio autor, si caemos, claro, en sus propias simulaciones. Al menos una pista: basta con llegar a saber (a fuerza de buscar para ser incrédulos) que el estornino puede, en ciertos imaginarios, representar al animal capaz de imitar infinidad de cantos atonales, y también simboliza al mensajero que transmite vocalmente una noticia (como ocurre en Mabinogion una colección de cuentos medievales galeses donde un estornino es amaestrado para cruce el Mar de Irlanda con un mensaje), para develar algunas posibles claves de esta novela insólita.

   Es evidente que Fernández Fe (que nació en La Habana, es francófono, ha viajado por Europa antes de trabajar en Ecuador y ahora vive en algún lugar de la Florida) le interesa la literatura en sí misma, y no insistir sobre emblemas de identidad que a veces facilitan el reconocimiento: tratar de buscar en este libro a la cañona pruebas de una cubanidad es estéril, y sólo denota una cierta pobreza intelectual de quien aplica el ejercicio.

   El riesgo es enorme: la literatura por nuestras orillas sigue aplaudiéndose por tonterías de identidad, por la reproducción de mimetismos agotados de nuestro falso exotismo. Al menos por ahora. Y pocos se arriesgan a cruzar las fronteras que nos conducen al mundo.

   En todo caso, leer a Fernández Fe obliga adaptarse a un exigente ejercicio de inteligencia que ubica al lector en el mundo diverso y confuso por el cual transitamos, y en el cual la isla donde él naciera está lejos de ser el centro de las historias y de los personajes que se suceden como el paso de una inquietante bandada de estorninos.

Publicado en: http://www.penultimosdias.com/2013/12/30/tres-lecturas-cubanas-del-2013/

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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