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9 février 2014 7 09 /02 /février /2014 07:39

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Tengo un recuerdo en mi cabeza, prolongado en todos los sentidos por ramificaciones afectivas, y no es precisamente un cuerpo extraño que se trate de extirpar. Si ha venido de afuera, si es el resultado de un conjunto de circunstancias absolutamente fortuitas, pero ya forma parte de mí mismo, se ha convertido en mi sustancia de la misma manera que los alimentos tomados del exterior y de los cuales me nutro. Más todavía, como él sigue siendo imagen, por un cambio de papeles él tiende a convertirse en un espejo, como si ante él yo perdiera toda circunstancia real y no pudiera considerarlo que como algo sólido, algo que miro y que me refleja. Paradoja de ese tipo de recuerdo: en él encuentro la más pura expresión de mí mismo, en la medida en que él me ha golpeado por su extrañeza.

Michel Leiris, Biffures

Aparición del jardinero

La historia de la biografía sexual de Josán, protagonista de El año del Calipso, comienza por una imagen visual que el propio narrador, por sugerencia de su hermana, se encarga de comparar a la aparición del jardinero Olivier Mellors ante Constanza en la novela El amante de Lady Chatterley de Lawrence.

Se acepte o no, todos tenemos un jardinero en nuestras vidas. Es lo habitual. Y no es extraño que ese jardinero aparezca para alterar radicalmente el curso de nuestro destino. Una autoridad semejante sobre la vida y sus designios es consustancial al espíritu de los jardineros. La aparición del mío, de mi jardinero, fue casi una alucinación en medio de un mediodía diferente. Un mediodía en que la brisa subía desde el lado del Obelisco con un lejano olor a tierra y a lluvia, y formaba remolinos de hojas, ruido de ramas y gorriones, eso que siempre, a aquella hora, parecía ilusorio en Marianao

Esta aparición de la figura del jardinero nos remite a una  imagen del cuerpo inmerso en el estado salvaje de la naturaleza, de un cuerpo natural, descodificado que, además, tiene como paradójica función social cuidar, por la fuerza de sus músculos y de su paciencia, la permanencia organizada de esa naturaleza

El jardinero funciona así como la referencia de algo natural y exterior a la civilización que al descubrirse abre a los sentidos a una zona desconocida y deseada del inconsciente y del cuerpo. A su vez el jardinero puede considerarse como el emblema de una transgresión de normas. Descubrir lo oculto no sólo necesita de un signo ajeno, sino también de reconocer así una motivación irracional que deja de ser un secreto únicamente cuando se lee la historia.

Casi siempre al estructurar sus historias Abilio recurre a una imagen visual para acentuar la dicotomía entre el presente real e irremediable y el pasado, la evocación alrededor de esta imagen estructura el relato, el deseo y las angustias de sus personajes y, por consiguiente, su propia percepción sensorial. En todo caso la visión remplaza al horizonte como frontera utópica entre dos lugares y dos épocas, entre el sueño o su simulacro al cerrarse los ojos, y la resignación.

A la imagen visual le siguen las elaboradas imágenes verbales que cuentan y sobre todo describen las sucesivas caídas de los personajes en estados y situaciones existenciales extremas hasta la vuelta, otra vez, a la enunciación de la memoria, es decir de la imagen al mismo tiempo ausente y provocadora de desplazamientos ilusorios.

Sin embargo en El año del calipso, al asociarse  pocas páginas más adelante esta visón inicial del jardinero a la novela de Lawrence, Estévez da una pista al lector para ubicar genéricamente al libro que se comienza a leer, está indicando una práctica lúdica de su escritura imaginaria, la génesis de una nueva función de su imaginación: la de representar en primera persona a través de sucesivas escenas la historia sexual de un adolescente.

Al ser interrogado sobre su intención al escribir El año del Calipso el autor explica lo siguiente:

Quería escribir una novela erótica. Una novela cuyo tema fuera el erotismo, que no me permitiera mirar hacia otro lado, que me mantuviera concentrado en el cuerpo, en la batalla y el placer del cuerpo. Y por esto, también tenía deseos de divertirme e intentar divertir. Salir un poco del “pistoletazo en el concierto” del que habló Stendhal para definir la política en la novela, de esa trabazón histórica en la que estamos siempre atrapados, de manera casi inevitable. Quería darme un respiro y alejarme un poco, en la medida de lo posible, de la tragedia que hemos vivido y que seguimos viviendo, porque al fin y al cabo no todo ha sido tragedia. Teníamos siempre una puerta que empujar, un cuarto donde encerrarnos y olvidarnos de lo que pasaba fuera. En gran medida, el sexo y la lectura fueron durante mucho tiempo nuestro único espacio de relativa libertad.

Estas confesiones corroboran lo que insinuaba la relación metafórica entre Tito Jamaica (así se llama el jardinero de Abilio) y el Olivier de El amante de Lady Chatterley: se trata de una novela erótica que, además, es el resultado de una elusión de lo político, de una afirmación de la libertad corporal frente a las restricciones del Poder.

Por otra parte, al insistir sobre estos aspectos compositivos, Estévez de alguna manera sugiere al lector que la novela de Josán (probable metaplasmo del nombre de Jasón, el del vellocino de oro…) constituye una isla (un Más Acá) en medio de sus otras novelas (un Más Allá). Esta sugerencia, así como los otros indicios ya señalados, pueden guiar la interpretación del libro hacia falsas, o superficiales pistas.

Un primer gesto crítico podría ser en estos casos comparar la novela erótica con los libros del propio autor que le preceden, o, más lógico aún, partir del género y enunciar los aspectos del erotismo que inscriben el libro en esa tradición. Tomando como base criterios temáticos y estilísticos, se podrían también distinguir aspectos que el propio autor nos ha indicado antes, en una especie de borrador de una individual historia literaria.

Sin embargo, en el presente trabajo yo he preferido tomar otros riesgos, quizás porque me resulta más tentador insertar el análisis a una suma de interpretaciones previas que ya he hecho a la obra de Estévez y, de alguna manera, actualizar lecturas críticas para tratar de ir más lejos en la comprensión de su escritura y de su intencionalidad. Es decir, de las contradicciones y afinidades entre su percepción de la realidad y el imaginario de sus relatos.

Partiendo de la premisa de que es la imaginación lo predominante en una escritura que elude el presente y el realismo, me ha interesado más explorar en ella las correspondencias entre las significaciones de sus imágenes, es decir la modelización del imaginario, y las filiaciones, fantasmas, reminiscencias del propio autor. Mi objetivo, claro, es incluir a la lectura del texto la intención de quien lo escribe y sus contradicciones para configurar un panorama de su imaginación.

De cierta manera en este libro Abilio se escribe a sí mismo. Hace un alto para confesar como suyas (casi sin pretenderlo) algunas de las proyecciones de su yo que constituyen el universo de sus gustos, aficiones estéticas, conciliaciones con la infancia, la familia y un pasado casi sin perturbación destructora de la Historia. Por eso es que leerlo tratando de fijar sus contradicciones, más allá de la adhesión a su mundo, o de la descripción de sus secretos revelados,  nos permite identificar mejor  sus diferencias con otros libros y establecer su lugar en ese propio universo. Partiendo del gesto ficticio de intentar escribir un relato, la imaginación le permite aquí a Abilio, completar su propia formación espiritual.

Sin renunciar a esta noción de imaginación que me ha permitido describir, repito, la estructura intencional de Estévez a través de sus narraciones, me interesa en el estudio de El año del Calipso no tanto responder al por qué se insiste en la creación de un espacio amenazado o desaparecido por una catástrofe histórica o natural, ni al cómo se hace, sino, demostrar que esta novela se puede leer, por momentos, como la ficción de un autorretrato.

Demostrar, insisto, que tanto la narración en la primera persona (la novela es la recreación de una confesión  dirigida a un amigo de infancia muerto de Sida en Nueva York), la suspensión de la narración por la sucesión de escenas, la vuelta a un espacio familiar tanto en su vida como en su estética (el barrio de Marianao),  la descripción carnal de un feliz placer erótico; son estrategias compositivas que provocan dos efectos: una menor intensidad de la imaginación, y  la implicación del autor como testigo, en fin, como interlocutor, del jardinero.

Prácticas del pensamiento: los recuerdos distantes

            En esta primera parte de mi interpretación de El año del calipso sigo el mismo itinerario de mis estudios precedentes sobre la obra de Estévez para demostrar como la dicción se aleja de la fábula y se centra en una sistemática historia de la propia personalidad de quien escribe y en su exaltante descubrimiento y ejercicio del sexo.

Es sabido que la primera función de la imaginación es la producción de imágenes a partir de la memoria del sujeto, o de la creación de las mismas por la combinación de ideas;  por la facultad intelectual de configurar una experiencia o una intuición del espíritu.

Resumiendo de prisa algunos hitos en la elaboración de esta noción, recordemos que para  Aristóteles la imaginación es la disposición del espíritu a presentar las cosas cuando éstas están ausentes. Las imágenes visuales aparecen incluso cuando se está con los ojos cerrados, escribe Aristóteles. Para Descartes la imaginación ocupa el espacio que se abre entre la voluntad y la razón y nos conduce a una perjudicial irrealidad. La imaginación desempeña entonces un papel mediador entre ambas para intentar transformar y perfeccionar la realidad a través de la memoria, de afectos, anticipaciones, simulacros y ficciones.

Se puede entonces proponer un itinerario del sentido de la escritura imaginaria, a través de las formas predominantes y de sus probables significaciones. Las formas de la imaginación caracterizan a la vez a esta escritura y revelan las obsesiones y el movimiento de la consciencia del escritor. Estas formas son el resultado de la producción del universo imaginario y ocupan el vacío que se abre entre los deseos y la realidad.

En el caso concreto de Estévez, y relacionado con la función de la figura del jardinero en El año del calipso, se puede asegurar que existe una constante formal en muchos de sus relatos que he nombrado antes  la compensación de una imagen. La evocación de dicha imagen funciona como fuente de la escritura y expresión de la conciencia imaginativa del escritor. Las apariciones intermitentes de estas imágenes a través de aislados personajes casi siempre van acompañadas de una referencia cultural y son el eje de la representación binaria: personaje-narrador, presente-pasado, realidad-ficción, etc, que son al mismo tiempo, irreconciliables e inseparables.

Basta mencionar como ejemplos a personajes como El Herido que vaga asaetado entre la insólita vegetación y las estatuas de La Isla de Tuyo es el reino,  al El Moro, el aviador que vaticina a Victorio en  Los palacios distantes que existe para cada uno un lugar en el mundo, la foto de Jafet de El navegante dormido que inspira a Valeria la escritura de la novela que leemos, o el bailarín que alegra el vagabundeo de Constantino Augusto de Moreas por Europa, en El bailarín ruso de Montecarlo.

Al proponer una tipología de la escritura imaginaria de Estévez he insistido antes en lo que he llamado tres modalidades de su imaginación. La que le permite concebir el surgimiento y desaparición de un espacio, la que facilita realización de algo imposible que siempre se genera por una referencia del pasado, y la transformación simbólica de lo real.

En esa misma proposición había eludido referirme a este último aspecto por problemas de espacio, pero también porque es el que se presta a lecturas más elementales, en otras palabras, el que sugiere de manera menos imaginativa, nuevas connotaciones. Considero que en El año del calipso de manera intencional Estévez elije esta perspectiva. Su imaginario cultural y literario y el recuento de un momento novelado de su infancia, provocan este uso de la imaginación. Al querer escapar al contexto histórico Estévez renuncia aquí a su principal estrategia discursiva, la de recrear un desaparecido universo ubicado en el pasado republicano, para centrarse ahora en las políticas del cuerpo.

Desde el punto de vista del contenido, se puede resumir diciendo que El año del calipso es la confesión de las remotas experiencias sexuales de un adolescente, contadas por un adulto que escribe también desde la distancia geográfica. Josán insiste en la lejanía de la época, en la catástrofe histórica que siguió a su infancia y en el éxodo que provocó dicha catástrofe:

En aquellos años, aunque parecías de vuelta de todas las cosas, si alguien nos hubiera dicho que aquello pasaría, que llegaría un tiempo atroz, que nos dispersaríamos por el mundo, que nos fugaríamos como tórtolas, y que para colmo íbamos a morir, nos hubiéramos reído a carcajadas.

A la imagen visual del jardinero, asociada a la novela de Lawrence, que genera la transformación de la realidad, se unen otras dos referencias literarias. La lectura del capítulo VIII de la novela  La honradas (1917) de Miguel del Carrión, funciona como motivo recurrente de la intelección del acto erótico del joven Josán. En dicho capítulo se describe detalladamente  el encuentro de la protagonista Victoria con su amante Fernando y el narrador confiesa que, gracias a la literatura descubrí la Victoria que había en mí (…) Más identificado con la ‘pasividad’ de Victoria, supe que tenía la capacidad de asumir la ‘actividad’ de Fernando. Además Josán en sus confesiones resume para el lector y para su amigo Pepinito G. Justiniani, “gran pianista, mejor compositor, extraordinariamente gordo y extraordinariamente negro, conocido en el ambiente marianense con el sobrenombre de Moby Dick”, enterrado en el cementerio del Bronx; el contenido de libros eróticos pertenecientes a su padre y escondidos en los bustos de insignes patriotas: “Una familia tradicional; unas novelitas eróticas ocultas dentro de las cabezas de tres próceres de un país donde los bustos de los próceres pueden emplearse para ridículas retóricas patrioteras y para guardar cosas así (…)”.

Alrededor de estas tres referencias literarias (una de la literatura inglesa, otra de la Cuba republicana y la tercera, más  pornográfica que erótica), se articula entonces la ficción: la presencia de Tito Jamaica le hace decir a Josán que el fin de su infancia “había comenzado con el descubrimiento del jardinero”, la lectura de la novela de Carrión le descubre “la ambivalencia de (su) mi imaginación” y le ayuda a aceptar la atracción por los hombres. Por su parte la lectura secreta de las novelas pornográficas del padre, le permite hacer asociaciones que lo llevan a desarrollar la “técnica de mamador”: Al verse a medianoche a solas en la trastienda de una bodega con el pitcher Héctor Galán, el día que perdería su virginidad, Josán se recuerda de pasajes de las novelas escondidas (“recordé la novelita con Faure y Lady Abinger. Y me sirvió, vaya si me sirvió”) y confronta la precaria teoría con la eventualidad del momento para desarrollar su teoría del arte del gran mamador: “Mamar es como escribir un guión cinematográfico, con su conflicto, su acción, sus altibajos, su escena obligatoria, y su bien estudiando The End” .

Estévez juega constantemente con el lector asiduo de sus historias, y este lector atento acepta las marcas que él va dejando para asociar cada uno de sus libros y configurar la estética de su imaginación. Así  el decálogo que compone la técnica del mamador nos remite a pasajes de Tuyo es el reino, como la librería de Rolo. También un pasaje nos revela una cercana y probablemente personal filiación con el Jasef de El navegante dormido al describir Josán “la galería de muertos” de su madre,  y describir la foto del primo Luján, precoz nadador desaparecido en el mar. La descripción erotizada remplaza la melancolía de Valeria que escribe, treinta años después, desde el exilio de Nueva York,  la espera de un ciclón y la desaparición de Jasef, es decir la historia principal de El navegante dormido. Lo que actuaba como referente de una carencia, ahora se retoma de manera lúdica como motivo de una insólita excitación.

De esta manera se puede indicar  un signo distintivo con respecto al empleo de la imaginación  en  libros anteriores a El año del calipso: aquí las imágenes y la  literatura se asocian al cuerpo, a una sexualidad que se confiesa con placer desde un presente asumido con satisfacción, aún cuando transcurra en el exilio. Incluso, a la música clásica y a óperas  capaces de enloquecer a personajes como Adolfo en el cuento ‘Tosca” del libro El horizonte y otros regresos, les remplaza ahora la cadencia sensual del calipso, como el regocijo de las frutas y la siesta, el deambular del Josán voyeur y las disertaciones sobre las partes erógenas del cuerpo, ocupan el lugar de las intrigantes estatuas y los monólogos apocalípticos que presagiaban el incendio y la desaparición de La isla de Tuyo es el reino.

La memoria cultural y literaria no se utiliza en El año del calipso para acentuar una dicotomía irreconciliable de épocas y lugares, sino para exaltar con regocijo la memoria del cuerpo. Se transforma simbólicamente un recuerdo distante como si se hubieran alcanzado al fin los palacios pronosticados por El Moro de Los palacios distantes.

Es precisamente la configuración de un espacio, es decir, la definición de una forma recordada, el primer acto de la imaginación. El método de los topoi  (es decir de los lugares) para fijar y ordenar los recuerdos, ilustra la función de la imaginación tal y como la define Aristóteles: consiste en relacionar sensaciones sensoriales con simples recuerdos. La memoria vive únicamente cuando los recuerdos aislados son ordenados por una operación de la imaginación. Es por eso que San Agustín en sus Confesiones compara a la memoria con un palacio a través del cual se puede circular libremente como prueba del impacto de esta cultura imaginaria, un palacio que al poder alcanzarse con sólo recordar, deja de estar distante.

El mecanismo sensorial que activa la imaginación de Estévez en El año del calipso recuerda, con evidentes diferencias de tono, al provocado por la frase de la sonata de Vinteuil en Un amour de Swann. Al igual que Proust, Abilio hace de la metáfora el medio de expresión privilegiado de la imaginación a la manera en que se ilustra en Le Temps retrouvé. La metáfora aparece así como una analogía subjetiva fruto de la imaginación, lo que confiere al relato el valor de una inventada verdad.

En esta parte de A la recherche du temps perdu se cuenta como Swann, que identificaba a Odette con un cuadro de Bottichelli , al escuchar  dos veces la frase de la sonata la compara con la aparición de ella  en su vida. En los dos casos la sonata marca un momento privilegiado para aclarar fenómenos de la imaginación a través de un análisis de la reacción en Swann. La primera vez la música le hace pensar en la felicidad, la segunda vez Swann la asocia a la nada y a la muerte, y -escribe Proust-, a partir de ese momento Swann comprendió que el sentimiento que Odette había tenido por él no renacería jamás. Se pasa así de la percepción visual alucinatoria a la liberación afectiva por la música.

Para Josán la presencia del jardinero es su encarnación personal del Olivier de Constanza, y el calipso la música que anima esta aparición y el placer  de su cuerpo juvenil. De esta manera, y a diferencia de Proust,  Abilio no narra la fatalidad de una pérdida ni el desengaño de una decepción, sino el activo deleite y el goce de la posesión.

Autorretrato: El espejo de tinta

Al exponer su tesis sobre la noción de autorretrato, Michel Beaujour cita un pasaje de Philippe Lejeune consagrado a Montaigne. Lo que diferencia el autorretrato de la autobiografía es la carencia de relato, dice Lejeune. La narración se subordina a un despliegue lógico de elementos que integran un tema elegido por la persona que escribe. La cronología se desplaza a un segundo plano disminuyendo la función explicativa. Los hechos se enumeran por analogías superpuestas, por asociaciones muchas veces metafóricas. Es por una dialéctica de la invención que se organiza un discurso que hace del libro un espacio creado estrictamente por las vivencias del sujeto que narra a la primera persona, su cuerpo es el lugar de la enunciación.

Los libros que la crítica francesa considera clásicos en este género, además de los Essais  de Montaigne son las Confesiones de San Agustín, Roland Barthes par Roland Barthes de Roland Barthes y el libro L’âge d’homme de Michel Leiris.

Desde el punto de vista narrativo, la escena y la ausencia de intriga, elementos de la literatura pornográfica se adaptan al autorretrato en El año del calipso. Llama la atención que el libro puede leerse como una sucesión de cuadros, cuadros que describen para un amigo muerto actos de un voyeur (en Cuba diríamos un rascabuchador o rascabucheador), o incluso los extractos de libros pornográficos resumidos por un lector clandestino, además de los detalles de las posturas y los episodios de su proceso de aprendizaje.

Como en anteriores libros de Abilio la acción también se detiene para dar paso a monólogos o a descripciones, sólo que ahora se describen escenas vistas a escondidas muchas veces para progresar en la enseñanza sexual del narrador Josán. Sin embargo la descripción del propio cuerpo que al mismo tiempo se mira ante el espejo, se descubre, y dialoga con su amigo desaparecido, ocupa buena parte del libro Al escribirse a sí mismo a través de la imagen que se ve en el espejo, éste se convierte en un espejo de tinta. A la memoria literaria y al ritmo del calipso, partes activas del imaginario mental del sujeto que se escribe dos veces (a través de Josán y de sí mismo), se integra ahora su corporeidad. La subjetividad adquiere cuerpo en el autorretrato escrito:

Me asomo al espejo. Hasta este momento, este artefacto rectangular, fijo a la puerta del escaparate (…) sólo me sirve para peinarme, arreglarme la camisa, la corbata del uniforme escolar. Ahora comprendo que no sólo sirve para vestirme, sirve también para desvestirme. Una novedad. Es lo que hago. Me observo de arriba abajo, desnudo.

En la frase de Michel Leiris  que a manera de epígrafe precede este artículo, se puede apreciar una descripción de la génesis del autorretrato. La  aparición que genera la pintura de uno mismo figura aquí como el recuerdo afectivo de un cuerpo extraño que se trata de extirpar. La aparición de un recuerdo que viene del exterior, se convierte  en parte de uno mismo como los alimentos que uno toma del exterior. Como imagen, ese cuerpo es un espejo que hace perder a uno su consistencia  hasta el punto de depender del reflejo de esa imagen. El recuerdo (imagen) se convierte en una paradoja: en él se encuentra la expresión más pura de uno mismo.

Es por eso que Michel Beaujour para argumentar la poética del autorretrato utiliza la imagen del speculum medieval. El autorretrato es un texto que en la práctica funciona como un espejo del sujeto y del mundo, una descripción propia ante una imagen recordada que representa el mundo con la cual se dialoga para presentarse a sí mismo.

La forma operatoria del autorretrato, apunta Beaujour, se resume en esta sentencia: “Yo no les contaré lo que he hecho, sino quien soy”.

En otra de las descripciones de la aparición del jardinero en El año del calipso se puede leer lo siguiente:

Tenía quince años, de modo que no existían para mí el tiempo, la vejez, mucho menos la muerte. Sólo conocía la habilidad de dejarme entusiasmar. Esa simple confianza se encargó de organizar mi tiempo, que nada tenía que ver con el tiempo de los demás (…) En la distancia,enfática, monótona, se escuchaba la música de novelones radiales, las voces presuntuosas de los locutores que las anunciaban. Y otro fondo de música romántica, o deseosa de parecerlo, almibarada. Hasta que se apagaba la melodía de los novelones y se hacía precisa la voz y el encanto cadencioso del calipso (…)

Y el jardinero aparecía sudado y al mismo tiempo fresco, como si acabara de atravesar un monte al amanecer.

Su aparición no guardaba relación alguna con lo que hasta entonces había sido mi realidad, porque como se sabe, aunque el amor siempre sea el mismo, cada persona lo encuentra a su modo (…) ¿Tendría la certeza de que estaba conformando una imagen que nunca desaparecería del recuerdo de aquel muchacho que era yo?.

            El escritor cambia la tipografía al escribir mi realidad, porque la realidad en sí cambiará para siempre a partir de ese momento: ella será la fusión de la imagen con su cuerpo. En el plano familiar es su hermana perversa y sospechosamente bisexual quien corresponde a su alter ego pero la presencia del jardinero viene a completar su propia imagen y sus deseos. En el pasaje final del libro, Josán, después de un largo paseo nocturno por Marianao, vuelve a la casita de los aperos, entra y se tiende en la cama donde duerme una mujer desconocida y el jardinero Tito Jamaica.

Al indicar las pistas de una filiación literaria en cada uno de sus libros, como hemos visto antes, Abilio no sólo logra crear la red de una estética, sino que delata las claves para una interpretación  de su consciencia como escritor y  de su identidad, en el relato que leemos. Al estar al tanto por entrevistas concedidas, o por su libro de memorias (Inventario secreto de la Habana) de aspectos puntuales de su vida y de sus preferencias estéticas, podemos identificar la historia de El año del calipso con lugares, épocas, ambientes y personajes que formaron parte de su vida en Cuba. El hecho, además, de ser un texto que se escribe a la manera de un recuento adulto de una iniciación, acentúa los índices que lo asemejan al autorretrato literario.

 

(Leído el 18 de mayo de 2012 en la École Normale Supérieure de la rue d’Ulm de París. Publicado en: http://revel.unice.fr/symposia/lal/

Ilust: Ramón Alejandro: Los juegos de la memoria.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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1 janvier 2014 3 01 /01 /janvier /2014 17:47

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Estampas de Eladio Secada (1941-1948)

   En el año 2013 se cumplió, sin que nos diéramos cuenta, un siglo de Entre cubanos, libro en el cual Fernando Ortiz se desespera ante “la ley psicológica del menor esfuerzo” de los insulares, y se refiere al choteo como una vanidad nacional y una desgracia criolla.

   Dicho sea de paso, en Entre cubanos Ortiz incluye une reseña titulada “De un libro, que es un puñetazo” sobre Cuba y su evolución colonial (1907) de Francisco Figueras, un ensayo que ridiculiza muchos mitos de la psicología social del cubano. Pocos le han dado tan duro a nuestro extrovertido carácter insular como Figueras. Si pasamos por alto, por supuesto, a un Enrique José Varona. Habría que esperar, quizás, a Indagación del choteo (1928) de Jorge Mañach, para volver a leer un libro que sistematice una condena a la ligereza del espíritu y sus consecuencias en la sociedad cubana.

   Por su parte, con sus Estampas el periodista Eladio Secades se integra de una manera muy personal a la tradición republicana de describir y juzgar ciertos comportamientos en sociedad de los cubanos. E insisto en lo de personal por dos aspectos: el punto de vista asumido y el empleo magistral del lenguaje.

   En apostillas casi diarias que él mismo nombra Estampas publicadas en Alerta, en Carteles y en Bohemia, Secades se burla de tipos, costumbres y comportamientos de sus compatriotas. Lejos de asumir un tono grave de magisterio a lo Mañach, Secades retoma el humor para pasar en revista las costumbres y la subjetividad de sus conciudadanos: “Hemos querido libertarnos del tradicional choteo criollo. Y de tomarlo todo en broma hemos pasado a tomarlo todo en serio”, escribe, en lo que puede considerarse la base de su visión crítica.

   No hay en estas páginas un reproche pesimista sino una celebración lúdica de nuestros defectos, un escepticismo festivo. Pero este tono puede, de cierta manera, interpretarse como una renuncia resignada a una mejoría de nuestros vicios nacionales. En este aspecto se le puede considerar un precursor de Guillermo Álvarez Guedes.

   Basta con leer los títulos para constatar la cercanía de sus crónicas con la vida cotidiana: “El piropo”, “El guapo cubano”, “Los chucheros”, “El picador”, “El criollo en Miami”, “El rescabucheo”, “El picúo”, etc. Me asombra al leer a Secades no sólo esta proximidad que en cierto sentido no envejece porque siempre revela un rasgo de nuestra psicología colectiva, sino también su prosa, su poder de síntesis, su ritmo, y la importancia concebida a lo inesperado:

   Sobre el pesao cubano: “Nuestra raza ha producido un “pesao” exclusivo, un “pesao” característico e insufrible. El que quiere hablar en todas partes, el que experimenta el placer de dejarse oír”.

   Sobre la trompetilla:Tres instituciones cubanas han obtenido pasaportes diplomáticos y sin trabas aduanales se han lanzado a viajar por todas las latitudes: la bolita, el son y la trompetilla (…) La trompetilla (…) es el verdadero concepto cubano sobre la libertad del pensamiento”.

   En 1942 Secades recibió el premio de periodismo Justo de Lara. El presidente del jurado era Jorge Mañach. Ambos se fueron de Cuba al triunfo de la revolución y murieron en el exilio: Mañach en 1961 en Puerto Rico, Secades en 1976 en Venezuela.

Fidel castro en rompecabezas de Juan Arcocha (1973)

   Sin dudas, entre cubanos, uno de los principales libros del año es Mapa dibujado por un espía de Guillermo Cabrera Infante. Como se sabe, en estas memorias se narra el último viaje del escritor a Cuba motivado por la muerte de su madre, las tensiones entre los intelectuales de La Habana y el poder castrista en aquel 1965, y las intrigas de este poder en torno a Cabrera Infante y sus funciones de diplomático en la embajada cubana de Bruselas.

   La salida de este libro y el fallecimiento el 3 de diciembre de Marta Frayde, me hicieron releer Écoute Fidel, las memorias de esta antigua representante de Cuba en la Unesco, fundadora del Partido Cubano Pro derechos Humanos y presa política. En este libro nunca editado en español, Marta narra, al igual que Cabrera Infante, sus vivencias en Cuba como simpatizante de la revolución y, más tarde, como disidente.

   Fueron estos dos libros los que me han llevado a comentar otro menos conocido: Fidel Castro en rompecabezas de Juan Arcocha, amigo íntimo tanto de Cabrera Infante como de Marta Frayde.

   Como lo sugiere el título, en el caso del libro de Arcocha se trata de un retrato, a partir de varias perspectivas, del personaje de Fidel Castro. Lo interesante aquí es la manera en que se utilizan aspectos anecdóticos de una amistad entre el autor y el dictador para tratar de comprender, desde el punto de vista psicológico, la equivocada fascinación que ejerció Castro entre sus seguidores en un primer momento, y el paulatino desengaño que lleva a la ruptura, al enfrentamiento o al abandono.

   Arcocha, como Cabrera Infante y Marta Frayde, cumplió misiones diplomáticas, en su caso, en la embajada cubana en París, después de haber sido corresponsal del periódico Revolución en Moscú. Se le conoce, además, por haber sido el intérprete de Jean Paul Sartre durante su primer viaje a Cuba. Arcocha tuvo el coraje, al igual que Marta Frayde, de volver a La Habana para anunciar su ruptura con el régimen. Su libro, sin embargo, no son ni memorias, ni el elato detallado de hechos, sino, más bien, la interpretación de una disensión causada por dos comportamientos diferentes ante la historia: el del caudillo de una revolución que busca perpetuarse a la cabeza de un país, y el del escritor que por razones éticas no puede aceptar la adhesión a un estatuto de intelectual orgánico de una dictadura.

   Arcocha encarna en este libro al intelectual que de manera individual y solitaria debe elegir entre las prebendas de la sumisión y la disidencia o el exilio, con todos los riesgos de desarraigo y anonimato que el destierro representa.

   Con la prosa depurada y el tono humorístico que caracteriza su escritura, Arcocha nos muestra desde la intimidad el itinerario personal de un arrepentimiento. Más que unas disculpas (que no abundan entre quienes estuvieron cerca del poder comunista en Cuba) por haber participado en sus inicios en la instauración del régimen, Arcocha trata de explicarse a sí mismo, y de paso a un hipotético lector, las causas de un entusiasta error colectivo, con la callada esperanza de que pueda servir a los demás su propia anagnórisis.

El último día del estornino de Gerardo Fernández Fe (2011)

   La sensación de una tensa rareza o el acecho de una trampa fatal, es lo que va dejando en uno la lectura de este libro de Fernández Fe. Mientras el lector se pregunta, ¿pero qué le pasa a este tipo, chico?, esta pregunta se va sustituyendo por otras, ante tanta intriga. La razón parece simple, pero no lo es: en la novela los personajes imaginados por (digámoslo de alguna manera convencional) el protagonista Luis Mota sobreviven a su propio genitor.

   Quizás debía haber comenzado por tratar de reponder: ¿qué cuenta en realidad El último día del estornino? Luis Mota al salir del cine y después de haber visto una película de Vin Diesel, ve caer a sus pies un estornino muerto. Esto lo motiva a consultar libros sobre este extraño pajarraco, y el descubrimiento de una pistola escondida en el interior de un voluminoso libro de una biblioteca pública, le hace imaginar la historia de una probable pareja de amantes, anteriores usuarios del dichoso libro.

   Uno de estos personajes inventados por Mota, Octavio Forlán, cuenta a su vez historias que inventa a su amante, la esposa de un ingeniero de la empresa estatal de petróleo de Venezuela. Historias en las cuales, por supuesto, aparecen otros personajes ficticios que se añaden a este laberinto de espejos de ficciones, situaciones y dramas abiertos al lector.

   Esta estrategia le permite a Fernández Fe diversificar los espacios, los personajes, las épocas y las circunstancias de un mundo que, a su manera, interactúa a la vez por el ejercicio de la imaginación, un mundo en el cual la propia realidad observada puede ser en realidad una suma de espacios subjetivos.

   Mientras leemos estamos al mismo tiempo en Caracas, en la guerra de Serbia, en la Yugoslavia de Tito, en el Peloponeso griego, o en cierta Habana de los años 70, La Habana de un marginal cenáculo literario reunido en las cercanías de la funeraria de Calzada y K. Conocemos así las zozobras de un francotirador serbo, de un próspero ingeniero asediado por una innombrable organización, a una jinetera cubana casada con un italiano que viaja con un camionero por Grecia y, claro, las intimidades de Octavio, hacedor de estas historias en lugar del propio Mota.

   Vale interrogarse entonces acerca de las múltiples maneras que puede leerse y analizarse esta novela, a la vez propia y ajena al propio autor, si caemos, claro, en sus propias simulaciones. Al menos una pista: basta con llegar a saber (a fuerza de buscar para ser incrédulos) que el estornino puede, en ciertos imaginarios, representar al animal capaz de imitar infinidad de cantos atonales, y también simboliza al mensajero que transmite vocalmente una noticia (como ocurre en Mabinogion una colección de cuentos medievales galeses donde un estornino es amaestrado para cruce el Mar de Irlanda con un mensaje), para develar algunas posibles claves de esta novela insólita.

   Es evidente que Fernández Fe (que nació en La Habana, es francófono, ha viajado por Europa antes de trabajar en Ecuador y ahora vive en algún lugar de la Florida) le interesa la literatura en sí misma, y no insistir sobre emblemas de identidad que a veces facilitan el reconocimiento: tratar de buscar en este libro a la cañona pruebas de una cubanidad es estéril, y sólo denota una cierta pobreza intelectual de quien aplica el ejercicio.

   El riesgo es enorme: la literatura por nuestras orillas sigue aplaudiéndose por tonterías de identidad, por la reproducción de mimetismos agotados de nuestro falso exotismo. Al menos por ahora. Y pocos se arriesgan a cruzar las fronteras que nos conducen al mundo.

   En todo caso, leer a Fernández Fe obliga adaptarse a un exigente ejercicio de inteligencia que ubica al lector en el mundo diverso y confuso por el cual transitamos, y en el cual la isla donde él naciera está lejos de ser el centro de las historias y de los personajes que se suceden como el paso de una inquietante bandada de estorninos.

Publicado en: http://www.penultimosdias.com/2013/12/30/tres-lecturas-cubanas-del-2013/

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14 décembre 2013 6 14 /12 /décembre /2013 14:41

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Tengo ante mí el ejemplar del libro Écoute Fidel en el cual Marta Frayde  dejara una dedicatoria a uno de sus grandes amigos, el escritor cubano Juan Arcocha.

En esas memorias, publicadas en París en 1987, Marta cuenta su vida en Cuba, su oposición clandestina  a Batista, su amistad con Fidel Castro y también su detención por orden personal del abogado devenido dictador  a quien ella se opusiera fundando el Comité Cubano por los Derechos Humanos. Marta cumplió casi tres de los 29 años a los que fue condenada, y logra salir de la cárcel el 12 de noviembre de 1979 debido a la presión internacional que ejercieron intelectuales como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Philippe Soller, y Juan Goytisolo, entre otros, que ella conociera en la época en la cual había sido representante de Cuba en la Unesco.

Uno de los domingos en que nos veíamos en su casa en París para comentar las novedades de la semana, Juan Arcocha me anunció que Marta quería conocerme.

-Marta se leyó tu libro de poemas y le interesaría verte cuando vayas a Madrid.

Todas las mañanas de todos los domingos, a las once en punto, Juan  hablaba por teléfono con Marta, y un poco más tarde, a las cinco, cuando yo llegaba a su casa, él me comentaba los detalles de la conversación con la Doctora, como Juan le decía.

Al llegar de Cuba a Francia yo no sabía quién era Marta Frayde. Es conocido que el mapa oficial de la historia nacional aprendida en Cuba se traza borrando fechas y nombres, y resaltando  epopeyas y supuestos héroes que manipulan la verdadera historia.

Pero Juan se había encargado de contarme la historia de su amistad de varias décadas con Marta, y me pasaba con frecuencia ejemplares del Boletín del Comité Cubano de Derechos Humanos que ella  editaba en Madrid. Por eso me asombró que a alguien como Marta le interesara lo escrito por un desconocido: ésta era la mejor prueba, me digo ahora, unas horas después de haber leído la noticia de su muerte, de que yo no conocía realmente a Marta Frayde.

La agradable sensación de un espíritu recobrado era lo que se sentía al entrar al apartamento de Marta en el Paseo de la Florida de Madrid. Aparecía ante los sentidos del visitante una Cuba que la historia y el exilio han obligado a hacer imaginaria. Llamaban la atención enseguida los cuadros originales de pintores clásicos cubanos (Wifredo Lam, Amelia Peláez, Fidelio Ponce, Gina Pellón, entre otros) alrededor de las paredes de la sala, y los sillones de balance donde, una vez sentados, se comenzaba a practicar con devoción un ejercicio preferido de la cubanía: la conversación.

Recuerdo que al inicio de mis visitas, con una taza de café humeante en las manos, hablábamos de tres temas permanentes: París, la educación de mis dos hijos, y la salud de mi madre en Cuba. Sin darme cuenta Marta repetía conmigo ese gesto olvidado de la cortesía: dar prioridad al interlocutor antes de pasar a hablar del tema preferido, en nuestro caso: Cuba.

Cuando llegaba este momento Marta dejaba de balancearse en su sillón y se inclinaba hacia adelante para escuchar mejor mi opinión sobre un hecho, un libro, o alguna que otra persona de la vida cultural o política. Al principio de conocerla, quizás por mi aprehensión o por haber sobrestimado su edad avanzada, yo explicaba en detalles lo comentado, algo inútil: Marta daba enseguida pruebas de una agudeza en sus ideas (y de una información sobre los temas) que cada vez me sorprendía. Su picardía dejaba escapar un salto de júbilo cuando coincidíamos sobre algún juicio.

Era entonces cuando yo jugaba mi rol: le relataba a Marta cómo había sido mi vida en la isla durante sus años de exilio, la prisión de mis padres cuando yo tenía sólo dos años, los detalles de la supervivencia en el Período Especial, mi experiencia de balsero, o algún que otro malicioso capítulo desconocido de ciertas figuras públicas.

Con el tiempo me acostumbré a comprarle en París los mismos regalos para cada viaje: un paquete de zanahorias rapadas y una botella de vino blanco Montbazillac.  Ella, a cambio, me daba ejemplares de su boletín para distribuir en París, me aconsejaba la lectura de un libro, o me pedía mi opinión sobre la comida o el postre, por supuesto cubanos, que me acababa de ofrecer.

A medida que nuestra conversación avanzaba, y una vez pasado el infundado nerviosismo ante su presencia, le pedía permiso para ver de cerca, por ejemplo, los cuadros de Fidelio Ponce. Ella se reía al tiempo que me lanzaba un “claro muchacho” antes de irse a trastear a la cocina, antes de contarme alguna anécdota de Fidelio. Para mí era asombroso cada detalle de lo narrado. Marta llamaba a cada pintor, escritor, o políticos cubanos por sus nombres, y a la vez lo comentado contenía casi siempre alguna anécdota  jocosa.

Es obvio que era eso lo que me mantenía en vilo al visitarla: los relatos de una Cuba republicana que yo nunca conocí, la forma de una percepción, la manera de ocupar el espacio con una presencia a la vez elegante y humorística que en el fondo era su manera de transmitir un magisterio. Esa fue otra de las fascinaciones que ejercía Marta en quien la encontraba, su buen humor permanente, su sonrisa como gesto espontáneo de un optimismo que a mis ojos sólo podía basarse en la fe en un futuro mejor para Cuba.

(Guardo para mis silencios, por supuesto, las palabras que Marta me dijera al teléfono al día siguiente de haber defendido mi doctorado sobre Lezama Lima en la Sorbona y, también, la más dolorosa de nuestras conversaciones: la de aquel sábado de mayo de 2010, cuando le avisé de la muerte en París de nuestro amigo Juan Arcocha).

En una de mis visitas Marta y yo descubrimos que tanto mi madre como ella habían estado presas en la cárcel de mujeres llamada Nuevo Amanecer. Mi madre por comprar carne de res para sus hijos, ella, como se sabe, por oponerse a la dictadura. “Las presas comunes sufrían más que nosotras, porque no tenían a nadie en el extranjero que protestara por ellas”, me comentó Marta. De alguna manera el hallazgo de esa  remota coincidencia hizo que siempre habláramos de mi madre durante mis visitas.

En el verano de 2012, cuando los médicos determinaron que mi madre no podía viajar a Francia por estar inválida, me dejaron entrar a Cuba. Allá en Santa Clara le hablé de Marta:

-¿Ella era presa política? Esas sí eran cojonudas - me comentó desde su sillón de ruedas-,  había que tener valor en esa época para estar contra este gobierno. Como yo era cocinera siempre trataba de ayudarlas como podía, pasándoles a escondidas algo que comer…

Como cada año tengo previsto ir a España la próxima primavera. Ahora he visto la noticia del fallecimiento de Marta, he leído los obituarios y repasado la dedicatoria de su libro a Juan Arcocha,  y me doy cuenta que, en lo adelante, la ciudad de Madrid se ha quedado un poco más sola para mí.

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1 novembre 2013 5 01 /11 /novembre /2013 11:06

La Habana incita a mentir como París incita a reír

                  y Lisboa a llorar. No hay remedio.

 

                           Gastón Baquero

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Ninguna de las personas que conozco ha venido a sentarse en el muro del mirador de San Pedro  de Alcántara a ver cómo las aguas del río Tejo llevan hasta alta mar todas las luces del paisaje de Lisboa.

Hace un momento me he dejado ir más allá de las aguas con esas luces de oro de la ciudad que brilla y he vuelto con el relieve de las algas dibujado en mi cuerpo a sentarme otra vez bajo la sombra de los árboles del mirador

Yo que quiero un día ser al fin Ulises estoy ahora retenido por la ciudad que un día él fundara.

Nadie me esperó aquí al llegar de Madrid. A nadie he dicho que cumplo este verano la promesa de venir a leer la “Oda  Marítima” en las tabernas del Barrio Alto.

Me encuentro con la otra mitad que me completa al tomar un tranvía y ya tengo a quien abrazar cuando me alegro de haber descubierto un lugar donde puedo poseer de nuevo todo el esplendor callado de la lentitud.

Cada hora de estos días avanzo en el encuentro de mi cuerpo con el otro que la lentitud acerca a todos mis sentidos y a mis manos cuando escriben o tratan inútilmente de decir adiós.

Soy Bernardo Soares, me repito, completo con este viaje mi propia biografía.

Unos desconocidos me saludan con la mesa lista. Digo de donde vengo y me hablan de Luanda.

Yo también pude ser un guerrero, les confieso, pero entonces logré esconderme una vez más de la muerte en la selva.

Todas las noches están puestas para mí las frutas de Brasil en un café de la Plaza de Comercio para festejar con las siluetas de mis labios en el mantel la libertad de las comidas prohibidas.

Muerdo las cortezas, bebo sus zumos, penetra en ellas mi lengua y trato de recuperar un tiempo del campo soleado que ahora me falta.

Antes pude decir Lisboa tocando el filo de la espada de Vasco de Gama, la muerte absurda al final del regreso de Magallanes, el ojo derecho que Camöes perdió en una batalla africana, y bastaba el paquebote mencionado por Pessoa para describir la grandeza que trajeron hasta aquí los marineros de todas partes del mundo.

Antes, no ahora, que navegar y haber llegado a puerto me permite a solas igualarme a los argonautas que han sobrevivido después de largas travesías.

Ahora prefiero correr el riesgo de volar sobre la ciudad como esos peces que El Bosco pintó atravesando en barcas un cielo diabólico en su tríptico La tentación de San Antonio. Permanecer horas sentado ante este cuadro hallado en el palacio de Alvar tras el vagabundeo de un mediodía sin siesta.

Ahora con el paso lento de estos días voy abriendo las puertas de la ciudad: esa luz que se eterniza en los balcones de Alfama, la calma de los azulejos fijados en el aire, la cadencia de los cuerpos que escuchan preguntar con una sonrisa por la playa de Cascais, el acento del cantor del fado y el ruido de las monedas al caer en su sombrero apaciguan los ecos de nevadas de mi errancia.

Yo que cada vez miré con angustia la partida de un barco, los veo atracar ahora en el muelle de regreso. De esta orilla debió llegar mi júbilo. La certeza de los libros. La voz escuchada de mis gritos en las madrugadas despierto maldiciendo la suerte de no poder fugarme.

Y la alegría se evade en esas guitarras que se escuchan al atardecer cuando celebro con la más grande lentitud del mundo y una copa de vino verde, el cumplimiento puntual de mi promesa.

Estoy solo y en Lisboa, me dispongo a escribir en las postales. Busco con la noticia a los otros la confirmación muda de mi triunfo. La reposada libertad de no tener que saber adonde ir. La desilusión discreta de no compartirla toda con quienes no podrán verme.

Y deambulo, sagrada libertad, deambulo sin mapas porque de todos los portales elevados veo llegar el paquebote y supongo escondidos bajo el agua los dos peces que me persiguen desde aquel otro mundo abandonado.

Yo que imaginé Lisboa con otras formas antiguas de sus navíos fundando territorios, con la partida aclamada por el público de grumetes desde el puerto a lo desconocido, escucho una y otra vez la palabra saudade y me detengo en las estrofas de un fado con el temblor de ver en ella mi cuerpo dividido en dos puntos del paisaje del Océano.

Algo de mí que no creía poder pertenecerme se reúne en los espejos abiertos por esa palabra que la camarera de un café me repite para que no pueda volver a irme.

O me siente de nuevo aquí, en el mirador de San Pedro de Alcántara, a ver el paquebote brevemente ensombrecido por una lágrima, cuando imagino su regreso a las playas donde pernoctan todavía, como comediantes pasados de moda, aquellos centinelas tan feroces de mi infancia.

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13 octobre 2013 7 13 /10 /octobre /2013 16:04

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          Voy leyendo a Alfonso Reyes en el autobús que me lleva a Teotihuacán, la Ciudad de los Dioses. Leo el ensayo Visión de Anáhuac, aquel que comienza con el epígrafe de “Viajero has llegado a la región más transparente del aire”. La frase que Carlos Fuentes utilizara para su novela homónima sobre esta ciudad de México…¿la región más transparente?

Llueve. Hoy es el día de la fiesta nacional: 15 de septiembre, el Grito de Dolores. Todo es verde, rojo y blanco en el Zócalo y por todos lados. Pero está lloviendo. En la televisión del hotel hablaban de dos ciclones, uno por el Pacífico y otro, claro, en el Caribe. Y yo me he ido a ver las pirámides de la luna y del Sol con un paraguas morado bajo esta tenue tempestad que cubre el horizonte.

            Nos detenemos antes en el santuario a la virgen de la Guadalupe. No conocía la historia en detalles. Paso, al entrar, bajo su manto protector, el mismo de las rosas en el regazo y el milagro de su figura dibujada. Veo la iglesia de la fuente de agua donde se le apareció, según la leyenda a Juan Diego. La idea no es mala como los cuentos de hadas. La virgen  mestiza, habla nahual y protege a los pobres y a los ricos si se resignan al bien y a los rezos en su honor: una manera astuta de hacer que se conserve el orden…por los siglos de los siglos.

Miro por la ventanilla y millones de casuchas se agarran a las laderas de los cerros que se pierden tras las nubes y la cortina de agua. Como en las películas, la televisión y los libros. Tras esa masa desparramada hasta donde no llega la vista, respira la parte menos presentable de México, un país dividido en dos. En dos espacios, en dos tiempos, en dos ambiciones que coinciden en obviar el tiempo del después, lo de más adelante.

            (Hace varios días que estoy en México. Me dije, entre receloso e incrédulo, al llegar al aeropuerto: “Estoy al fin en México”. Llegué tan tarde esta primera vez que daba miedo. Tomé un autobús hasta Puebla. Allí había reservado un hotel a la sombra de las campanadas de mi única referencia libresca de la ciudad: la catedral).

            Me despertaron los repiques de las campanas en plena madrugada. Salí a caminar. De todas formas, para el sueño de mi cuerpo, en París eran siete horas más. Al amanecer veo a los vendedores alinear los paquetes amarrados del El sol de Puebla, y otros periódicos, y se me ocurre suponer que así debió de ser en Cuba hace más de medio siglo. Pensé en Lezama Lima allí, frente a las torres y los campanarios, caminando por la barroca nave iluminada por sirios de la catedral.

(Aquí estuvo Lezama en 1949 en uno de sus pocos viajes más allá de la mar violeta de Cuba).

            Tomo la calle peatonal 5 de mayo. Creo saber dónde voy. Quiero ver el fulgor de oro de la capilla de la Virgen del Rosario. Tengo suerte: un historiador está explicando a los turistas cómo se concibió tanto esplendor: 40 años de trabajo de artesanos indígenas. “Aquí todo lo que brilla es oro”, repite, como una modesta reencarnación de un satisfecho Monteczuma provinciano.

            Durante tres días como. Mi paladar se apodera de todo lo que pueda pertenecer a estas cocinas. Chile en nogada, un enorme ají verde relleno de nueces, es el plato de la ciudad. O el mole poblano, esa mezcla de pavo con salsa de chocolate. Encuentro batido de mamey (licuado lo llaman allí) en el café de una de las esquinas del Zócalo de la ciudad, y cada una de las tres mañanas que estoy en Puebla, me siento a saborearlo antes de irme a caminar.

            (Al principio del día y al final de cada nuevo plato local…regreso al mamey. En cada sorbo renace la conquista de algo que perdí con Cuba).

II

            Las reuniones aquí no se sabe bien cuándo comienzan ni cuándo acaban, lo que sí es una certeza es que, al principio, al final, o en las pausas, se come y se come…Te dan a probar tantos platos que me voy después a una farmacia para aliviar los crujidos de mi estómago afrancesado.

            -Tiene el cuello muy rojo, seguro está intoxicado, me dice con encantador acento la farmacéutica. Le aclaro: No, lo del cuello es la corbata que me estrangula durante las reuniones y las comelatas del día…mi problema es otro…por las noches…

            Tarde llego a Celaya. Me gusta esa sensación de estar perdido que acentúa la noche al borrar los mapas: el no saber dónde estoy. Rodeo en horas de viajes varias veces y días el centro de México. Estos autobuses que llaman camiones atraviesan precipicios como si fuera un juego de circo, y yo trato de ver en el paisaje, ahora ante mis ojos, la vegetación arisca y heráldica”, la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan, que describe Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac.

            (En Cholula subo la primera de las pirámides que veré durante mi viaje, y le compro a una indígena la escultura de una gallina color arcilla convertida en alcancía).

Me llevan a un hotel de un reciente lujo inesperado: ese lujo que los españoles reprodujeron en serie en la primera década próspera que tuvieron en los 2000: el momento en que conocí España. Mis colegas mexicanos me muestran de qué manera (limón y sal en las manos) se bebe el tequila, en un restaurante decorado con afiches en francés de vinos tintos. En la televisión del hotel veo la CNN en español, reconozco la voz del presentador estelar de las noticias, aunque la cara haya engordado y envejecido. Es el mismo Camilo Egaña que una vez compartió conmigo un viaje a la universidad de Santiago de Cuba para leer, él, un ensayo sobre El libro de Manuel de Julio Cortázar, y yo, otro, sobre la poesía de Luis Rogelio Nogueras…en los casi 30 años pasados desde entonces deben caber las explicaciones de destinos tan diferentes.

Me entero en Pachuca, gracias a dos colegas mexicanos, que es la más inglesa de las ciudades de esos parajes; un antiguo pueblo de minas propiedad británica. Por eso el orgulloso desafío al Big Ben en el centro de la ciudad con un reloj de cuarenta metros de alto y un plato lleno de paste, unas deliciosas empanadas rellenas de carne, papa y perejil, que comían en otro siglo los mineros. Me llevan a caminar (justo frente a un teatro y a un costado de un insólito Museo del Fútbol) sobre el mosaico a cielo abierto más grande del mundo: 400 metros diseñados por Bryon Gálvez y que sólo puede contemplarse desde el cielo.

A Guanajuato se llega descendiendo una explanada. Ando con prisa, sólo puedo permanecer allí unas horas. Cada calle parece un agradable callejón escalonado en cuyas aceras los indígenas venden baratijas o un niño insólitamente solo toca un acordeón. De los portales que casi se tocan de tan cercanos cuelgan enredaderas de flores o personas que te ven pasar más abajo. La armonía colonial de la ciudad es evidente, como la altivez de algunos habitantes y de la universidad que, al mostrarla con exceso, puede causar risa cuando se viene de París y de tan lejos.

Después de la foto típica para los visitantes en la escalinata de la universidad, y de un paseo empedrado sobre los adoquines, termino como siempre festejando con amigos las particularidades culinarias de la ciudad: una enchilada minera; tortillas de maíz rellenas de queso con cebolla y salsa de chile.

III

También es tarde en la noche cuando llego de regreso a México DF. Tampoco sé dónde estoy, pero disfruto lo poco que insinúan las luces escasas, hasta llegar al Barrio Rosa donde está mi hotel. El fantasma del peligro de la violencia se disipa. Desde que llego digo que soy cubano. ¿A quién se le va a ocurrir secuestrar a un cubano?, me digo, tranquilizándome.

Para mi mala suerte un muchacho que funge de botones me escucha y me dice que le encanta Cuba, que no deja de ir allá. Quizás es el más joven empleado del hotel, pero las orejas paradas que tienen que lo asemejan a un ratón al unirse a la nariz puntiaguda y a unos dientes botados para fuera, me permiten comprender mejor su pasión habanera:

-Tú no vas allá a ver a Cuba, chico, vas a ver a las cubanas, le digo.

-Las cubanas son muy lindas, me comenta.

Le contesto que quizás. Que hay lindas y feas y feos en todas partes, pero tú puede que estés entre estos últimos, y haciendo un esfuerzo me río para que parezca una broma. No sé si se sonroja o si sonríe o si hace las dos cosas a la vez el botones fanático de las cubanas. Lo cierto es que desde entonces para complacerlo le saludo y es él quien se ocupa de llamarme los taxis y decirme que sí, que por 500 pesos me busca un autobús y me llevan con un guía todo un día a ver la Virgen de la Guadalupe y a Teotihuacán.

Tengo un fin de semana ante mí y no está claro que voy a hacer. El metro de París me ayuda a conocer todos los metros. Pero para empezar tomo un taxi y me voy a Bellas Artes. Veo los murales de Diego Rivera. Tomo fotos. Todo me parece a la vez excesivo y discreto. Como si tras la grandeza de la ciudad y de sus muros, tras la multiplicidad de sabores, de colores y de platos, se escondiera siempre algo en lo no dicho.

(Lo que se me escapa de esas miradas de espaciosos silencios, dará de mis notas de viaje una visión errónea y simple de lo que me rodea: lo tengo claro).

Se prepara el día más importante del país, pero una huelga de maestros amenaza con bloquear el centro histórico. Al final los convencen: “La patria necesita celebrar su independencia…posterguen la revolución y demos una imagen de unión al mundo”, parece decirle el nuevo presidente, galán latino casado con una actriz de telenovelas. Es así como yo, contento de no tener que verme en embotellamientos enardecidos, me puedo ir a andar como el más normal de los turistas.

Busco los libros de mi lista en la librería Gandhi. Para mi asombro, poco me muestran al preguntar por Alfonso Reyes y Octavio Paz. Nada de Vasconcelos. Lo tomo a mi manera: me río a solas de la inútil vanidad de los escritores que no aceptan en vida que todo es efímero y poco o nada queda en el tiempo de sus egolatrías, aún cuando sean considerados como clásicos en vida.

A su vez en el Museo de Antropología (como después en Teotihuacán) supongo el mal profesor que he sido hasta entonces, al descubrir los detalles de enormes diferencias entre las líneas y los colores de la tierra de una escultura olmeca y una azteca, entre las expresiones de una deidad y el material de los cuchillos que sacrificaban niños en los altares de los templos. ¿Qué habré contado antes a mis estudiantes?, me pregunto. ¿Cómo hice para repetir con confusión lo visto sólo en libros?

Me he propuesto cenar todas las noches en el restaurante del hotel. No salgo. O casi. Cuando pago la cena, la cajera, al ver mi confusión con las monedas de pesos, me pregunta de dónde vengo. A ella sí le hablo de París. Sonríe al hablar aunque me cuenta que pasa varias horas en el transporte todos los días para venir a trabajar. Debe de ser lindo París, me dice o supone al decirlo para que yo le explique. Como un sociólogo primario le hago preguntas que no responde, las evita, se sonroja. Se integra a su manera a esa discreción risueña que se me escapa cada vez aquí.

Me recuerda la camarera el pudor o el recato femenino mexicano descrito en El laberinto de la soledad por Octavio Paz: En un mundo hecho a la imagen de los hombres la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. Al mirar lo que me rodea predomina la imagen supuesta de las cosas, los libros sustituyen a la experiencia que no tengo y no sabré en unos días la distancia que dista de la actualidad a esos emblemas impregnados en el aire por la literatura.

Viajo en el metro. La estación del hotel se llama Insurgentes, la misma que tantas veces menciona Bolaños en su novela Los detectives salvajes. Busco ahora el mercado de la Ciudadela donde quiero comprar artesanías. El mercado está muy cerca del hotel y aunque está lloviznando,  hileras de techos que se apilan protegen los timbiriches de los vendedores.

Me fascina tanto color, ruido y objetos acumulados: molcates, baleros, y la célebre platería mexicana. Me alegra ver ante mis ojos las llamativas formas de lo que aprendí a distinguir como el típico arte popular de aquí: los alegres alebrijes, las vasijas de barro negro, la talavera poblana, los robozos, las mascaras y figurillas cubiertas de Chaquira. Voy comprando poco a poco después del asombro, y de discutir los precios como pretexto para hablar un rato.

(Entonces no sabía que volvería de nuevo al día siguiente para gastar en artesanías de regalo lo que me quedaba de pesos mexicanos).

La noche más importante de la historia de México estoy desorientado. No sé dónde ir y encuentro a dos de los viajeros de mi tour a Teotihuacán: una señora ecuatoriana y su sobrina de catorce años que se asemeja asombrosamente a mi hija Ariane. Nos vamos los tres a la Plaza del Ángel. La señora no parece satisfecha con la fiesta popular (tocan mariachis y se gritan ¡Viva México!) por lo que no deja de repetir a cada minuto:

-En mi país es mejor. En mi país es mejor. En mi país es mejor. En mi país es mejor…

Me hacen pensar en Cuba, las palabras de la señora ecuatoriana y ese molote de entusiasmo a la vez colectivo y forzado por la Patria: en aquellas multitudes donde obligaban a la isla entera a gritar consignas dictadas por un corifeo.

Me vuelvo al hotel. En el camino compro dos tamales y otro batido de mamey. Pienso en las variantes absurdas de nuestros patriotismos que resumiera sin saberlo la ecuatoriana de vacaciones con su sobrina por el inmenso México: En mi país es mejor. Me doy cuenta que no puedo, desgraciadamente, repetir esa frase. Que quizás una de las más grandes perturbaciones que provoca el totalitarismo en el espíritu de los fugitivos es esa especie de vehemente rechazo por lo propio. Esa mirada turbia o paradójica hacia lo dejado atrás: puede que se sublime algo de la infancia de la patria perdida, pero este ejercicio de nostalgia se frena ante otras realidades.

Por nada del mundo se me ocurriría cambiar esta madrugada la posesión de mis dos tamales y el mamey que disfruto a solas en una desconocida plaza mexicana, por una fiesta patriótica de la Cuba que conocí y que me puso a correr feliz por todo el universo.

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7 septembre 2013 6 07 /09 /septembre /2013 12:05

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Ángel, el monitor de Física

            Al doblar una esquina, viniendo del Puente de la Cruz y justo antes de entrar al llamado boulevard, el callejón peatonal más concurrido de Santa Clara, tropiezo frente a frente con Ángel, el gordo. El mismo Ángel de mi aula en la secundaria básica de la Carretera de Sagua.

            Por un instante dudo, pero sólo por un instante. Dudo que él me reconozca, pero al hacerlo, como yo, de inmediato, supongo que en el fondo yo tampoco he cambiado físicamente mucho, al menos para él. Que existo por alguna razón en su memoria como él en la mía. Sin dispersarme: hay cosas y gente cuyos recuerdos en uno no se explican ni siquiera con nuestras preferencias.

            Está idéntico Ángel de gordo y ovalada cara de cachetes mofletudos, pero no viene solo. Supongo que pasea. En Santa Clara pasear es ir al centro, al Parque Vidal, y el boulevard está paralelo a esta plaza pública que en una época tuvo hasta una réplica de madera de la torre Eiffel.

            (Me doy cuenta que es domingo. Cuando uno viaja esta es una de las simulaciones que consagran el rito del tiempo libre: no conocer los días, confundir las horas, dar la apariencia y creerse que no existe el orden, porque el orden es la repetición que nos hace igual a todos, es decir, ininteresantes).

Acompaña a Ángel su esposa y un niño de unos 10 años que se apresura a presentarme como su hijo. “Este era el mejor deportista de la escuela”, le dice al niño. Hablamos así, de pie, unos minutos. Le pregunto qué hace, me responde: “trabajo en la estación del ferrocarril”, sonríe antes de lanzarme una de esas frases enigmáticas del argot cubano que nunca sé si es admirativa o una interrogante: “¡Imagínate!”

Ese imagínate, como el ya tú sabes o el no es fácil suponen por su vaguedad algo indefinido que yo siempre he querido asociarlo a la censura, al miedo asumido de criticar a la dictadura. O quizás exagero. Y no es miedo. Es una maniobra cómoda para no nombrar, más bien para no definir, porque si hay un lugar indefinido en la tierra, ese es Cuba.

Llega mi turno de responder y le aclaro el país donde vivo ahora: en Miami no, en Francia. No escucho el resto, observo, busco en el recuerdo.

Ángel era bueno en física, tan bueno que era el monitor del aula. Por alguna razón lo veo aún empapado en sudor con el uniforme mostaza de la secundaria, revisándome la tarea de física, o frente a su casa de madera, en la punta de una colina pedregosa de una calle sin asfaltar del Reparto Camacho. Pero estudió Filosofía Marxista Ángel, le pidieron ese esfuerzo a su vocación en nombre de la revolución, y ahora trabaja en una estación casi cerrada por el paso inexistente de trenes por sus vías.

Parece feliz o resignado Ángel, algo que aquí es la única manera de no enloquecer de monotonía, supongo yo. Aunque sé que es injusto esta manera mía de atribuirle a otros las angustias que provocaron un día mi fuga. Las mismas que ahora, del otro lado, con pasaporte francés de repuesto en el otro bolsillo, regresan de vez en cuando. Sólo de vez en cuando, porque si no hay contratiempos me vuelvo a escapar en unos días.

La manera en que me mira Ángel y su mujer (no el niño que me ignora, lo cual se comprende: no tengo una atractiva indumentaria de turista adinerado, ando en short y sandalias) es la misma de casi todos los que me miran desde que he vuelto, y no estaría dispuesta esa manera de mirar a escuchar lo que me gustaría contarles de mi exilio.

Ángel y su mujer, desde su precaria comodidad del que eligió quedarse, quisieran oírme hablar de viajes, de recompensas, de la procreación feliz de mi estirpe en otros niños ya franceses, de lugares y placeres a los que ellos han renunciado ante la realidad que los separa del mundo, es decir, de esa encarnación del mundo que en estos cinco minutos debo ser yo. Digo entonces lo que debo decir. Cuento cualquier cosa, menciono a mis hijos, y no sé cuántas boberías sobre las secuelas del último invierno, y menciono, claro, lejanas ciudades de paso para ellos invisibles.

Pero lo que me gustaría contarle a Ángel y a muchos otros, es lo que ignora él en medio de esa abulia de siglos que no interrumpe ni el paso de los trenes. Lo que completa en apariencia su felicidad: no conocerá nunca las angustias del exilio; un cielo gris durante meses, el desamparo de buscar en otro idioma una palabra, aquella noche de navidad de 2003 en un abandonado apartamento sin muebles donde brindé conmigo mismo los cinco años sin poder volver a Cuba.

(Conoce otras zozobras, es verdad, Ángel. Hay que ser justo. Pero esas ya no son zozobras para él –hablar con cuidado si critica al gobierno, la falta de agua caliente en la ducha, un perfume Chanel que le gustaría regarle a su esposa y que quizás ha visto en revistas que no circulan fácilmente en Cuba- sino carencias que de tan normales se han convertido en aceptadas costumbres de todos los días).

En medio de mis angustias de exilado, en cierta medida yo envidiaba una vida aburrida, incolora y sin historia, en una adormecida ciudad de provincias de una isla que flota con relojes diferentes al del resto del universo. Soy yo quien ha llegado a envidiar por miedo la vida de Ángel. La desidia protege, y me hubiera salvado de tantas calamidades en lugares que antes sólo conocía de las películas vistas en uno de los cuatro cines de la ciudad.

Me conmueve este Ángel que yo pude haber sido: obediente y sin sobresaltos. Tratando de explicarme por qué conserva un lugar en mi memoria, me doy cuenta que mi indolencia lo ha dejado tranquilo en el recuerdo ahí, en la misma ciudad donde termina en paz la vida de mi madre.

Lo veo alejarse por la acera estrecha de la calle Independencia de la mano de su hijo y de su esposa, bajando hacia el monumento al tren blindado y el antiguo Hospital Psiquiátrico después de atravesar el Puente de la Cruz. Sé lo que hará Ángel en unos minutos y esta tarde y mañana y, me temo, el resto de su vida. Caminará de vuelta un rato bajo el sol, pasará a pie la línea del ferrocarril hasta el desvío de la carretera de Malezas, y subirá a la colina empedrada donde vive todavía.

Hasta puede que el lunes, al volver a su oficina de la estación abandonada, oiga la sirena de una locomotora y vea pasar el único tren que viene de La Habana y lleva viajeros a Santiago de Cuba. Estoy seguro que contará a otros jugadores de dominó del barrio y a sus colegas de trabajo, que ha visto el domingo a un amigo de infancia que ahora vive en Francia, y anda de viaje, de turista, feliz, por ahí, por el mundo.

Foto: Boulevard de Santa Clara: http://www.flickr.com/photos/14020964@N02/6776005165/

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25 août 2013 7 25 /08 /août /2013 15:48

             Ciudad-Nuclear-2.jpg

        Mi travesía nocturna en un barco de pasajeros por la bahía de Cienfuegos me hizo recordar con estupor, el día y el momento en que fui nombrado asesor literario de la central nuclear. Fue una mañana de septiembre de 1987, cerca de la estatua de Martí y del parque que lleva su nombre, en la sede del Ministerio de Cultura de Cienfuegos.

            Yo había acabado de terminar mis estudios de filología en la Universidad Central de Santa Clara y, al ser el primero de mi promoción, me enviaron obligado (en Cuba se le llama “servicio social” a esa orden) a trabajar  a orillas del mar. Fue un error, no es en Cienfuegos donde usted va a trabajar, me dijo la jefa de personal del ministerio, sino en la ciudad nuclear. ¿Dónde? Yo creía haber oído mal. En la CEN, chico, en la CEN…replicó ella, que perdió su paciencia cuando le pregunté (tan mal que llevo siempre eso de las siglas), si se trataba de un centro de investigaciones literarias:

-Díganle a este muchacho dónde se coge el barco pa’ir pa’la candela esa, gritó desesperada a otras personas que escuchaban la conversación a nuestro lado.

Como se sabe, el único problema de la única central nuclear cubana es que nunca ha existido. El resto sí. Quiero decir que sobreviven las ruinas de lo que fue el proyecto. Antes que anochezca son todavía visibles desde el bello malecón de la bahía de Cienfuegos: en lontananza, y por donde un día pasara una carabela de Colón, se puede distinguir la sombra del esqueleto del reactor oxidado junto al mar.

Caminando como un turista por el malecón cienfueguero, elegante remedo del habanero, veo aparecer ante mí la susodicha silueta del reactor, y me paro en el acto a mostrársela como prueba a G., que lleva tiempo, la pobre, soportando el recuento de mis años de pesadillas nucleares.

Y se me ocurre, en un gesto masoquista que todavía no entiendo, que debo volver de incógnito a ese sitio para ver en qué se ha convertido. Eso sí, esperaré que G. regrese a París, pienso, porque si le propongo que me acompañe es capaz de amarme un decente escándalo a la francesa: A ese lugar vas tú solo y después me cuentas, d’accord?, hubiera dicho.

(Por cierto, los franceses que oyen mis cuentos sobre mi vida en una central nuclear cubana enseguida temen que yo pueda estar contaminado como un sobreviviente de Chernóbil. Yo alargo y alargo mi cuento para verlos alejarse con disimulo en sus butacas de mi contacto, hasta que, al decirles al final de la anécdota que nunca funcionó nuestro solitario reactor, los siento respirar aliviados y sonreír a coro con higiénica tranquilidad).

Al llegar al muelle del pintoresco pueblo de pescadores me indicaron donde estaba la ciudad nuclear.  Supuse lo que después se confirmaría: el olor del mar y de peces tostados sobre los arrecifes serían un refugio para soportar mi obligatoria misión. Se pasaba a un costado del Castillo de Jagua (entonces abandonado a la hierba y a las penumbras como el de Kafka), y se marchaba unos cuantos minutos por un terraplén si se quería llegar más rápido. Aparecía así al caminante, de golpe y detrás de espinosos marabús; la ciudad: un monolítico grupo de edificios de prefabricados alineados sobre un promontorio.

Tocando de puerta en puerta y preguntando, con mi maleta a cuestas, me recibió Julio César, el director de la Brigada Artística 3er Congreso del Partido: así se llamaba el grupo en el cual yo fungiría como asesor literario. La llamada Brigada Artística era un conjunto de actores y músicos recién graduados de escuelas de arte que tenía como misión servir de bufones a la hora del almuerzo de los soviéticos, los ingenieros e incluso, de los obreros casi todos orientales que trabajaban en las obras. El grupo iba al mediodía a los comedores obreros o al restaurante de ingenieros rusos, cantaba canciones de la trova, o representaba algún sketch, para aligerar las digestiones.

A su vez, tratando de no hacer todo el tiempo el ridículo, los artistas fungían de profesores y formaban por las noches grupos de aficionados con la esperanza de ambientar aquel páramo de bloques grises y empolvados pedregales, donde pululaban miles de zombis culpables de un error desconocido, pero con fecha de vencimiento: al cabo de 2 años podíamos salir echando de allí para siempre.

Para el alivio de mi supervivencia existía ya un taller literario cuyo nombre me encantaba. “Ana Frank” se llamaba. Al parecer ese nombre había sido una tímida tentativa subversiva de alguien que ya había tenido el derecho de volver a La Habana. Eso me contaron Pascual y Rodolfo, dos tipos que parecían haberse leído todo, y que trataron de trajinarme al principio como el recién graduado a la vez académico y desorientado que pensaban (con cierta razón) que yo era.

-¿Qué has leído de Milán Kundera? ¿Y de Vargas Llosa?, me lanzaron como prueba de admisión a su cenáculo. Y ante mis titubeos me desafiaron a cumplir uno de los ejercicios intelectuales más exaltantes que he conocido: leer un libro por día.

Cada miembro de la Brigada fue conmigo de una extrema generosidad, justo es reconocerlo, y  sus consejos ayudaron mucho a mi adaptación a aquel lugar. Por ejemplo, Lázaro, el guitarrista (que ahora triunfa en un show de la televisión de Miami), me aseguró que el castigo de estar allí se atenuaba con el consuelo de una promiscuidad desaforada. Para empezar, me dijo, te voy a presentar a las empleadas que hacen striptease  por cinco pesos. Otros me mostraron la segunda compensación de aquel lugar: poder pasarse el día escondido el trabajo en clandestinas playas nudistas. En realidad este placer parecía una variación del anterior, pero pasado por aguas transgresoras.

Yo, fingiendo un dinamismo que nunca me ha caracterizado, me apresuré a hacer un boletín que se llamaba así: “Ana Frank”: Suplemento Literario de la Central Nuclear. (Si alguien conoce de otro ejemplo parecido en la historia literaria, que me lo diga, porque todavía hoy en día yo vivo orgulloso de ser en eso un fundador universal). Fue todo un éxito, por cierto, el suplemento. Como lo distribuíamos gratis por la ciudad, de todas partes fluían técnicos de soldadura, enfermeras, traductores, plomeros, empleadas del círculo infantil, choferes de guagua, camareros de la heladería Coppelita, etc, que escribían cuentos y poemas a escondidas y querían dejar de ser inéditos.

A otros colaboradores fui a buscarlos yo mismo. Me decían de alguien que se inspiraba en solitario y allá yo iba. Así fue como pasé a máquina uno de los cuentos fantásticos más extravagantes jamás escrito por un cubano: “El hombre que quería subir al cielo” de Rogelio Riverón (el actual director de la editorial Letras Cubanas), ganador del premio nacional de talleres literarios otorgado por Rafael Alcides.

-Leer ese cuento aquí en la central nuclear ayuda cantidad, me dijo una vez con un suspiro Anabel, una arquitecta graduada de la CUJAE. Chico, eso es una metáfora del deseo colectivo de todos los que estamos apresados aquí…¿no te das cuenta?

Darme cuenta poco a poco de la dañina desolación de aquella aldea, me incitó a programar, con más deseos de provocar que de consolarme, una semana de cine independiente. En medio de un debate que siguió a la primera proyección se escucharon los ruidos de sirenas desde la calle. Era la policía. Se llevaron presos y de vuelta a La Habana a los artistas invitados. A mí me convocaron a una reunión. Y me ordenaron largarme de allí por tener, dijeron, problemas ideológicos. Aterrado, les pedí con un susurro una explicación semántica de aquella imputación.

-Tú te atreviste a pasar esas películas raras aquí en una obra de choque de la revolución, y como si no fuera poco, has puesto unos poemas de la María Elena Cruz Varela esa en tu boletín literario. Hace tiempo que nos tienes ya cansados con tus gusanerías y tu pelo largo…

II

Pregunto el horario actual de los barcos en el muelle y me alegra que haya algunos turistas despistados que quieran atravesar conmigo la bahía hasta el pueblo del Jagua. He preferido ir al atardecer.  Eso sí, me informo sobre el último barco de regreso para no quedar atrapado. Pasamos Cayo Carenas donde antes veraneaban opulentos burgueses cienfuegueros y ahora sobreviven de la pesca unas 30 personas. Al saltar al muelle del pueblo, protegido del golpe del barco por huecas gomas de camión, reconozco los dos almendros del minúsculo parque donde tantas tardes me senté a esperar respirando el salitre y el olor de escamas calcinadas. Contrario a lo imaginado en mis pesadillas, todo el poblado aparece ante mí recién pintado y reluciente.

- Están restaurando el Castillo de Jagua, pero el reactor nuclear lo han dejado abandonado a los hierbazales y las vacas, me explica un hombre ya mayor que se abanica con un cartón sentado no lejos de la entrada de la fortaleza. Y usted ¿de dónde viene, señor?

Me asomo al interior castillo hasta donde me lo permite una palizada que lo protege de los curiosos. Todo parece a la vez pulcro y en vías de alcanzar el orden requerido para mostrarlo a turistas. Nada que ver los dos cañones refulgentes de la entrada y las rocas calizas pulidas de las almenas, con la herrumbre, los charcos del aljibe,  y las zarzas entre las que buscaba por las tardes un lugar donde  leer y escribir al abrigo del sol y de intrusos.

Yo escribía en aquella época con un frenesí terapéutico y soñaba con poder ganar un día el Premio David de poesía, que entonces era lo máximo en la farándula ilustrada de la isla. Ya en mi época de estudiante había visto pasar con melenas y alpargatas a los entonces iconoclastas poetas de Santa Clara que poco después figuraban en la lista de antologías y revistas. Al menos como carta de presentación para conquistar muchachas aquello era infalible, lo había comprobado con muchos de los premiados que ni eran lindos ni escribían nada extraordinario, pero después de los premios tenían novias esplendorosas, la verdad. En todo caso mi insistencia estaba dando sus frutos y de seguir a ese ritmo, acompañado la vez de un desamparo existencial y de librescas amistades, pronto tendría listo mi poemario escrito entre la ciudad nuclear y una fortaleza colonial abandonada.

Las peñas literarias que cada jueves reunía a los condenados culturosos de aquel manicomio también eran un éxito rotundo. Eufóricos por oír poemas, monólogos, escuchar trovadores, o ver a las bailarinas de nuestra brigada hacer coreografías en trusa, el público se sentaba a aplaudir con delirio y a cantar, al tiempo que se distribuía un té que los los bolos (denominación de los rusos en Cuba), en un gesto solidario, nos habían dejado comprar en las selectas tiendas en divisas de la ciudad a la que sólo ellos tenían acceso.

Porque la geometría de la ciudad era muy sectaria, por cierto. De un lado (en un suburbio alejado que llamaban “La Loma”) vivían los obreros. En la ciudad, los rusos y los ingenieros cubanos. Pero a los rusos les estaba reservado el sector más elegante de la ciudad: disponían de un anfiteatro gigantesco, de un mercado de frutas y hortalizas, y de una tienda refrigerada donde se podía encontrar de todo.

Me detengo ante una mole de cemento que resurge detrás de una cuesta y trato de reconocer esos mismos lugares 23 años después. Me sorprende, por haberlas olvidado, la altura de dos torres de apartamentos que en la época estaban reservados a una élite de dirigentes. Y me dejo llevar por calles que como entonces siguen solitarias y alumbradas a medias: de un golpe (como ocurre en el trópico) cae la noche, y se oyen a mi lado el chirrido de los grillos, los silbidos de cigalas, y el revolotear de otros insectos. El ruido de mis sandalias sudadas alterna con el susurro molesto de esos aleteos en mis oídos que, por suerte, apagan a veces ráfagas de la brisa que viene del mar.

A estas alturas me doy cuenta que no podré ir hasta el reactor nuclear, olvidado a unos cinco kilómetros de aquí. Subo la cuesta para llegar a la calle principal. A ambos lados se despliegan las dos hileras de edificios con tanques de fibrocemento como coronas donde se almacena el agua potable, y que han tratado de conservar colores desteñidos tal vez por la lluvia, el sol, el salitre, y sobre todo el olvido.

Escucho voces que alternan con el zumbido de insectos y salen, como las  intermitentes luces de un pálido neón, por orificios que supongo son las ventanas y balcones de los apartamentos. La sensación de estar a la vez en un lugar fantasmagórico y habitado por seres que se esconden detrás de las paredes descoloridas a la espera de algo, me produce una zozobra que crece a medida que camino sin dirección precisa por el centro de la calle.

No sé si me lo pregunto, para convencerme que fue cierto, o si me lo confirmo como repetición de algo que me parece alucinante: “Aquí pasaste tú 3 años de tu vida”, digo en alta voz.

Por temor a un traspié no me alejo más allá del límite de las calles asfaltadas. Desorientado por el tiempo que llevo dando vueltas, busco a quién preguntarle por el sitio exacto donde estaban los apartamentos de la Brigada Artística y que ahora no encuentro. Es entonces que veo venir a un niño. Está en short y sin camisa. Camina dando saltos y tarareando algo que no entiendo:

-Robeisy va a llegar esta noche con el oro de Londres. Eso va diciendo el niño a quien de tan apresurado, no tengo tiempo de preguntarle algo al pasar por mi lado. Robeisy va a llegar esta noche con el oro de Londres, repite sin cesar…Robeisy…

Creo haber oído mal. Por el nombre incomprensible que menciona, por lo del oro, por lo de un Londres mencionado aquí, en esta tierra baldía que ni siquiera posee un gentilicio para sus descendientes. Me quedo otra vez solo y a tientas vuelvo sobre mis pasos para no perderme porque, contrario a lo que pensaba, no me ubico bien ni logro encontrar lugares que fueron importantes para mí y ahora están convertidos, imagino, en oficinas, o almacenes, o al abandono, como el reactor.

Veo mi sombra en el asfalto agrietado, pero no es el sol sino una luna llena quien la deforma a mi lado.

Es entonces que se produce el estruendo. Como impulsados por un mandato colectivo, salen de los apartamentos turbas de personas que gritan algo incomprensible, al tiempo que levantan los brazos, suenan cacerolas, se abrazan y se besan, aplauden; trata cada uno, como sus vecinos, de hacer el mayor ruido posible. La algarabía se propaga. Descienden de los apartamentos uno, dos, decenas de enjambres de grupos en short y chancletas, muchos sin camisas, semidesnudos, y todos vociferando algo que supongo provoca la improvisada manifestación de júbilo. Porque de eso se trata: de un repentino y desordenado alboroto festivo.

Escucho de nuevo  las sirenas en este lugar, como aquella tarde en que las imágenes de un cortometraje en una pantalla improvisada fueron cortadas de un golpe por decenas de uniformes, y la llegada de una patrulla en un jeep militar soviético. Corre con gran desorden el hervidero de alocados por la calle principal en la que estoy. Al parecer van en dirección a la entrada de la ciudad que se ilumina de fuegos artificiales. Alguien vocea con una bocina en la mano desde la altura de un poste eléctrico de cemento. Todos saltan, gesticulan, braman a la manera del preámbulo de una ceremonia ritual. Y, como si fuera poco, se propagan por altavoces que se activan los acordes de un reguetón que incita a la multitud a comenzar una danza desaforada al mismo tiempo que caminan hacia lo que supongo es el punto de reunión.

Me atrapa la marea de la procesión y en medio de los golpes a cazuelas, cubos, machetes y guatacas, del claxon de la sirena que no se apaga y alterna con voladores y el reguetón, logro preguntarle a una muchacha qué ocurre. (El minúsculo short que deja ver la punta de sus nalgas me distrae un momento del jolgorio haciéndome recordar las tórridas aventuras sexuales de mi época de asesor literario y editor de escritores aficionados). La muchacha me repite, mirándome con extrañeza de arriba abajo, como el viejo caluroso del castillo de Jagua, lo mismo que el niño. Un boxeador de aquí, compañero, que ganó el oro en la Olimpiada de Londres hace unos días, Robeisy Ramírez se llama, añade más bien molesta cuando insisto, ya llega, lo recibimos…y usted ¿de dónde viene?, ¿de dónde salió usted, compañero?

Me doy cuenta que no tiene sentido quedarme más tiempo en este lugar. Me deslizo con dificultad en medio de un grupo que al percatarse de mi presencia, me examina con una mezcla de sorpresa y de desconfianza en sus miradas. Busco uno de esos senderos torcidos y pedregosos que conozco y que permiten ganar tiempo en la vuelta al poblado de Jagua. Pero ya la masa de gente ha crecido tanto que me arrastra con empujones al tiempo que bloquea las salidas de la calle a los marabuzales.

Tratando de encontrar una fisura entre los tumultos agitados, me doy cuenta que me acerco por inercia a la entrada de la ciudad, de donde podré liberarme y correr al castillo. Llegar a esa fortaleza colonial es mi salvación de las hordas de la ciudad nuclear. Sobre todo a estas horas en que se prepara a zarpar el último barco nocturno que atraviesa la bahía hacia Cienfuegos.

En eso estoy cuando la proyección de dos inmensos faros de un jeep soviético al centro del cual viaja, de pie, un muchacho con cara de resignación, envuelto en una bandera cubana y con algo que debe ser una medalla colgada al cuello; me da en pleno rostro y me encandila. Al ver la multitud al repentino ídolo local, el ruido llega a su apogeo porque el jeep soviético se une solidario al estrépito accionando sus cláxones, y la turba que lo rodea reacciona gritando desafinada: ¡ Robeisy campeón!, ¡ Robeisy  campeón!, ¡ Robeisy campeón!

 La escena se eterniza ante mis ojos porque durante unos minutos no hay escapatoria posible del epicentro de la muchedumbre. Ya me consuelo a soportar los alaridos en honor del púgil local, cuando llega a su colmo mi desamparo al oír a escasos metros otro grito que desentona con el canto a la gloria boxística:

-Ese es el poeta, el que votaron de aquí hace tiempo, dicen que se fue pa’fuera…¡Ataja!

El grito viene de un grotesco perfil que al acercarse se convierte en un brilloso rostro ovalado, sin dientes, y rematado por un pañuelo de flores que trata de cubrir sin éxito unos rolos de cartón humedecidos quién sabe si por el sudor. A la mujer se une un hombre que supongo es su marido y después otros enardecidos colaboradores. Y la persecución comienza. Porque aprovechando un espacio libre detrás del jeep soviético del gladiador londinense, empujo y salgo a correr loma abajo entre las zarzas y los guijarros. Siento las lascas de las piedras penetrar por las suelas de mis sandalias, las espinas de marabú rozar mis brazos y agujerear mi camisa, al tiempo que mi bolso trota y salta conmigo sobre mi espalda, y el jadeo se corta con el aire del salitre que viene del embarcadero y  entra con su sabor amargo por la nariz y la boca seca.

Por suerte o por desgracia el pueblo de pescadores tiene todas sus luces encendidas. Parte del Castillo de Jagua, gracias a unas bombillas, muestra también al cielo estrellado y a la luna llena sus murallas recién aderezadas. Atravieso el parque de la casona de madera que linda con el castillo, sigo a toda velocidad ante la mirada asombrada del mismo viejo que no deja de abanicarse con un cartón y me hace un gesto, no sé de adiós o de saludo, cuando escucho el silbido del barco que previene a los viajeros atrasados de su eventual partida antes de soltar sus amarras. Salto. Sin dudarlo salto desde el muelle y caigo en la cubierta con ayuda de unos adolescentes que ante el desconcierto tienden, por suerte, a darme una mano para que no caiga al mar.

Me vuelvo un momento a mirar al muelle. La luz de una farola alumbra la silueta de la mujer ahora sin el pañuelo, exhibiendo los cilindros de los rolos atados a su cabeza, en short y descalza, haciendo gestos desesperados por retener al barco mientras, supongo, grita algo que apagan las olas y la brisa.

Miro entonces desde la cubierta más allá, por encima del puente levadizo y la torre del Castillo del Jagua, y se ve iluminada -se diría por una hoguera gigante que parpadea- la ciudad nuclear. Más lejos, sin embargo, y a pesar de fijar bien la vista bajo una radiante luna llena, ninguna sombra ovalada se percibe en la noche de los escombros de concreto del reactor que nunca llegó a funcionar. 

Foto tomada de Facebook: Ciudad nuclear

Publicado en: http://www.penultimosdias.com/2013/08/23/diario-de-un-poeta-en-la-central-nuclear/

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18 août 2013 7 18 /08 /août /2013 09:12

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          Hace 20 años, por estos días, murió en París el escritor cubano Severo Sarduy. Nadie como Sarduy ha insistido tanto en proclamarse heredero directo de José Lezama Lima. “El heredero soy yo”, imagino que gritaba Severo en los cafés de Saint Germain, desde que leyó la novela Paradiso, al parecer, poco antes de terminar su De donde son los cantantes.

Es cierto que en una carta fechada en París en 1963 Sarduy le pregunta a Lezama por la futura publicación de su novela de la cual había leído aislados capítulos publicados. Pero su incisiva declaración de discípulo a maestro (que comenta con sorna Lorenzo García Vega en el capítulo “De dónde son los Severos” de Los años de Orígenes) no sólo no pareció ser recíproca, sino que con el paso del tiempo sugiere varias interrogantes y, por supuesto, obliga a hacer un balance sobre  la posteridad de la obra del propio Sarduy.

Como a los historiadores, profesores y público en general les gustan las cifras redondas (Sarduy adoraba la charada china a la cubana), el 20 incita al homenaje, y, dentro de éste, a una pregunta espinosa. Realmente espinosa: ¿qué queda en la actualidad de la obra sarduyana?

 Insisto. Teniendo en cuenta que, hasta donde se sepa, nadie ha corrido a proclamarse sucesor legítimo del camagüeyano, cabe preguntarse ¿dónde están las huellas de una posible herencia de Sarduy en la literatura cubana?

El catedrático Roberto González Echevarría, tal vez el más importante especialista de Sarduy y amigo íntimo del escritor, una vez más se adelantaba a otros críticos cuando escribía en mayo de 2012 en la revista mexicana Nexos lo siguiente:

En 2013 se cumplirán veinte años de la muerte de Severo Sarduy. Es hora de empezar a hacer un balance del valor de su obra, que ha caído en el olvido; de preguntarse qué va a quedar de ella en las antologías e historias rigurosas de la literatura latinoamericana y hasta occidental.

Con motivo de un coloquio dedicado al escritor y organizado en París hace unos días, el historiador Rafael Rojas se propuso, precisamente, responder a esta misma pregunta y, el 29 de junio, volvió sobre el tema en un artículo publicado en El País, yendo, a mi parecer, aún más lejos al insinuar, en el título (“Después de Sarduy”) que la obra de Sarduy marca un hito en la cultura insular.

Algo que pudiera parecer contradictorio, como se verá, si tenemos en cuenta que en el texto leído en París, Rojas llegaba a la conclusión (como la inmensa mayoría de los participantes) que poco o nada sobrevive actualmente como legado estético de Sarduy tanto en la literatura cubana como en la literatura de la lengua española en general.

Durante la lectura en París de su ensayo “La escuela de Sarduy. Apuntes sobre una tradición interrumpida”, Rojas nombró momentos a las raras apariciones de algún que otro signo sarduyano en los libros de autores cubanos. La intermitencia de sus prácticas parece ser la causa de esta denominación temporal de Rojas.

Me parece que se trata más bien de gestos de reconocimiento de ciertas deudas estéticas, o de homenaje a un escritor exótico por varias razones: por la audacia (ahora caduca) de sus experimentaciones formales,  el símbolo del ansiado triunfo en el mundillo literario parisino, y también por su mítico carisma personal.  Gestos muchas veces de exhibición de lecturas más bien elitistas en La Habana, si tenemos en cuenta la restringida circulación de sus libros entre los intelectuales cubanos de la isla.

Con su lucidez acostumbrada Rojas se rinde a la evidencia y tanto al final de su artículo en El país (el después “ya llegó y debe ser mirado de frente”, escribe) como en su ensayo de París, se limita a citar nombres de autores y libros que en algún momento integran ambientes, personajes y situaciones propias del universo literario de Sarduy. Entre ellos, Jorge Ferrer, Gerardo Fernández Fe y Pedro de Jesús, los tres que personalmente más me convencen de la validez de un intencional gesto paródico.

Pero, ¿a qué se considera un legado de Sarduy?, ¿cuáles son los aspectos supuestamente canónicos de su escritura que sugieren a Rojas (y a muchos otros) un antes y un después de este escritor en los estantes de la literatura cubana? Quizás las respuestas a estas preguntas nos expliquen las causas del sereno descanso en el olvido con que goza ahora la obra de Sarduy.

Cuando se habla de Sarduy se menciona enseguida al neobarroco, su manera, digamos, de tomar sus distancias con Carpentier, convencer de su inesperada afiliación con Lezama, y justificar teóricamente una sucesión de novelas a primera vista ilegibles para un lector, digamos, moderno.

Como se sabe, en un primer momento Sarduy se propone desmontar la visión unitaria de lo cubano, aunque para que se entienda esto (y en un gesto que se le agradece), coloca al final de  su libro De donde son los cantantes una nota explicativa que se puede resumir así: se debe considerar a lo cubano como una superposición de diversas culturas en la cual la china debe tenerse en cuenta junto a la española y la africana.

Es decir que si ciertos pasajes de la literatura cubana se han identificado con el indigenismo, el tojosismo, el siboneísmo, el negrismo, y otros muchos ismos, corresponde a Sarduy la fundación de algo que podría llamarse el chinismo o el asiatismo insular. No hay que olvidar que en en su célébre ensayo de 1939 Los factores humanos de la cubanidad, Fernando Ortiz aclara que “el influjo asiático no es notable fuera del caso individual” en la cultura cubana.

Sarduy, que al igual que Miguel Barnet (autoproclamado discípulo de Fernando Ortiz) excluye por omisión cualquier trazo indígena en la fundación de lo cubano, de cierta manera dialoga entonces con la tesis de Biografía de un cimarrón, y echa mano después al cocinero chino Luis Leng de Paradiso para prolongar el deambular de sus personajes por el Oriente asiático, no el cubano de donde vienen los cantantes…

Dicho sea de paso, en esos silogismos etnológicos, y contrario a lo que acostumbra a martillar la crítica, Severo no está para nada distante de los cuestionamientos de muchos escritores del boom latinoamericano al cual él declaraba no querer pertenecer. Por otra parte, incluirlo como paradigma en una clasificación histórica de las letras cubanas por sus dosis de representatividad psicosocial, repite la estéril exigencia de formar el equipo nacional de nuestra literatura a partir las virtudes que el libro tenga en términos de identidad patria.

En realidad la aparición de Paradiso en 1966 le da a Sarduy la oportunidad de proclamar  un maître à penser y de presentar sus cartas teóricas credenciales en “El barroco y neobarroco”, un artículo publicado en 1972 en el libro colectivo América en su literatura editado en México por César Fernández Moreno. De un golpe Sarduy declara una honorable filiación patria, y por otro se adueña de una noción utilizada, parece ser, por primera vez en 1951 por Gillo Dorfles en un libro sobre la arquitectura de Niemeyer…

El resto ya se sabe. Sarduy, tomado de la mano del estructuralismo francés que hacía furor en la época y del psicoanálisis versión gala de Lacan, se dio a la tarea de, decía, tomar distancia de lo cubano para mejor universalizarlo.  “El máximo de distanciación es el mío”, llegó a sentenciar Sarduy al compararse con Virgilio Piñera y Lezama Lima, en una entrevista concedida en 1986 a Jacobo Machover.

De ese splits mental tomado de las eras imaginarias de Lezama, salen novelas como Cobra y Maitreya que se ubican en las nieves tibetanas. Este orientalismo de Sarduy, que ha sido objeto de burla incluso de amigos que lo estimaban como persona entrañable que era (“Llegó hasta inventarse un antepasado chino inexistente en su afán de satisfacer la expectativa de sus amigos intelectuales”, ha dicho el pintor Ramón Alejandro en una entrevista a la revista La Habana Elegante, “es la suya una India de pacotilla, descodificada de textos ajenos que, aun en su ‘realidad’ textual no dejan de leerse como de segunda mano”, escribiría el crítico Emir Rodríguez Monegal), no resiste el paso del tiempo por inauténtico; se apoya en lecturas y en dos o tres viajes de fascinado turista que lo hacen más un Pierre Loti de nuestras letras que una Marguerite Yourcenar.

La legítima ambición de Sarduy de renovar la ranciedad formal de la escritura literaria cubana, coincide con su vida en Francia y el contacto con la élite literaria de la época, satisfecha a su vez de contar con un receptivo y talentoso discípulo venido de una isla a la que Jean Paul Sartre, a principios de los 60,  había vuelto a colocar en el mapa intelectual de París. Lo cierto es que el Oriente fue para esta élite intelectual que rodeaba a Sarduy uno de sus horizontes culturales  preferidos, entre otras cosas, por las peregrinaciones que hacían para ir a rendir culto a la China de Mao.

Mención aparte para el lenguaje de Sarduy que él quiso integrar a su búsqueda ontológica de lo cubano. La supuesta libertad del significante que propugna el estructuralismo a partir de los estudios de Ferdinand de Saussure, le permiten a Sarduy desarrollar su tesis de un barroco basado en el exceso de artificio. Para decirlo con otras palabras: en superponer estratos de discursos sin aparente coherencia, en describir y detallar hasta la fatiga y la paciencia ajena, en remplazar la descripción y la naturaleza por collages de cuadros, en hacer deambular personajes sin vínculos dramáticos entre sí ni orígenes precisos, en ignorar, resumamos, las convenciones que podrían ayudar al lector a reconocer o a identificarse con el texto.

El resultado ahora uno lo obtiene abriendo por cualquier página sus novelas. La representatividad de lo cubano puede perderse en refranes o frases que al presentarse fuera de contexto pierden a un lector no relacionado con el habla cubana. (Dato curioso: Sarduy es capaz de escribir, por ejemplo, que Caibarién “es una pequeña localidad minera” y confesar que no sabe si está en Matanzas o en Las Villas). Un habla, por supuesto, que resulta arcaica no sólo ahora por razones temporales, sino desde siempre: la visión y contacto con Cuba (con su lenguaje) no puede evitar estas construcciones distanciadas.

Quizás lo anterior explique porque se sigue leyendo con regocijo a Tres tristes tigres y difícilmente se pueda uno asombrar o reír con Auxilio y Socorro, los cambios de sexo de Cobra o las tribulaciones de las mellizas Las Tremendas…Faltan vivencias en esas escrituras porque están fundadas en un gesto intelectivo que se agota una vez descifrado, repito.

Mención aparte para el cóctel de cientifismo con el cual Sarduy apuntala sus graciosas digresiones teóricas en las cuales bailan Kepler y Góngora, el camuflaje de las mariposas y el travestismo humano, etc. Sin contar, en el plano literario, la descabellada comparación entre Carlo Emilio Gadda (a quien Sarduy conoce por el prólogo de François Wahl a la edición de Seuil) y Lezama: “Creo habérselo dicho ya en una carta anterior”, se molesta Lezama por la comparación, antes de resumir las diferencias entre Gadda y él: “El saber asuntos policiales o de puro juego banal amplía su hipertrofia verbal. Mi lenguaje actúa sobre el espacio y busca las interrogaciones esenciales”, concluye.

Al cabo de veinte años, la intrascendencia de la obra de Sarduy se puede explicar precisamente por el artificio de su imaginación. Quiero decir, que se trata de una literatura que se elimina a sí misma con sus propias armas: la apoteosis de la simulación, la proliferación de descripciones y ambientes artificiales, los simulacros de un lenguaje obligado a repetirse en aras de crear un sentido que por su levedad, insisto, desaparece después de la lectura.

Si en Carpentier, a pesar del dominio magistral de la lengua, subsiste una fatigosa racionalidad que subordina lo acontecido a la historia, y en Lezama las imágenes se fundan en asociaciones disparatadas que se expresan a través de un sujeto que él llama metafórico y en un lenguaje paradójicamente natural, la tentativa de Sarduy de representar lo cubano a través de una autónoma construcción lingüística y de la distanciación mencionada, termina por agotarse, incluso, una vez comprendido el mecanismo telqueliano que la sostiene.

O quizás a causa de eso: cuando uno (con enorme paciencia de soñoliento relojero) termina de seguir sus explicaciones para no considerarse un estúpido ante el desamparo que dejan a nuestra sensibilidad sus novelas…se acaba la película en vez de comenzar: el libro ha sido desmontado y el escritor parece sólo esperar que uno aplauda su ingenio.

El forzado espejeo termina por desinflar el texto de Sarduy y ese “paraíso de palabras” según su amigo Roland Barthes se nos cae definitivamente de las manos. Se puede argumentar que lo mismo sucede con muchas zonas de la literatura de Lezama, y es cierto. Pero lo infinito en Lezama comienza precisamente en el reconocimiento del arcaísmo, en la eliminación de toda interpretación racional, lo contrario de lo que sucede con los libros de Sarduy.

Lezama te advierte que no es posible que lo interpretes porque de nada vale. Además Lezama supo evitar las modas y los ismos, e imaginar su sistema de pensamiento asociando símbolos universales mientras que  Sarduy aprovechó con la mayor intensidad posible el pensamiento transitorio de una época.

Si se debe reconocer que “la era Lezama” pronosticada por Sarduy nunca hizo su definitiva aparición, no cabe dudas que habrá que sentarse a esperar por la de Sarduy que, en mi opinión, ya ha pasado, y nunca volverá.

Foto: Sara Facio

Publicado en: http://conexos.org/2013/08/12/3278/

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11 août 2013 7 11 /08 /août /2013 14:13

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Francia celebra por estos días un siglo de existencia de A la recherche du temps perdu de Marcel Proust. Se dedican estudios, conferencias, y homenajes a la aparición de la primera novela de la serie; Du côté de chez Swann, publicada finalmente por Grasset en 1913, tras la célebre indiferencia con que la habían ignorado Gallimard y un tal André Gide.

Tratando de ver lo publicado en Cuba en la misma fecha mientras leo a Fernando Ortiz, me doy cuenta que Entre cubanos. Psicología social, su cuarto libro, fue publicado en ese mismo 1913. Cada país, infiero, tiene en su momento los libros que merece, ¿no?

Ya el 1813 había sido un año importante para la historiografía cubana, Antonio José Valdés publicó su Historia de la isla de Cuba, en especial de La Habana, obra prevista para tener cuatro tomos pero que quedó inconclusa, como indica Bachiller y Morales en sus Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba.

(Bueno, una nación que espere los años 13 para festejar sus libros emblemáticos, me digo, no debe ser nada afortunada, la pobre).

Pero otro detalle además del año 13 emparentan al Marcel francés con el criollo Don Fernando: ambos libros se publicaron en París. Sí, el libro de Ortiz, una sincera perorata contra los desvíos de nuestro inmaduro espíritu nacional, se publicó en español en Francia, y no en La Habana ni en Madrid.

Un curioso colmo: ¡para regañar a sus compatriotas el célebre etnólogo tuve que recurrir a una editorial francesa!

Me llama la atención que casi siempre se ignora ese detalle en los recuentos. La razón se aclara cuando uno se entera que en esa época los españoles consideraban impuro al castellano de ultramar. Incluso la académica argentina Anna Gargatagli en un artículo titulado “Escenas de la traducción en la Argentina”, se refiere a una voluntad (por parte de la industria editorial española) de “desnacionalizar” a los países de América Latina para, añade, trasladarlos a un mundo imaginario llamado “el universo de la lengua”. En el mejor de los casos los españoles, publicaban, a regañadientes, textos con la prosa pasada por las aguas inquisitoriales (e industriales) de la Academia de Castilla, como criticaron en su momento Miguel de Unamuno, Antonio Machado y otros intelectuales.

Entre cubanos, artículos escritos entre 1907 y 1910 y publicados en la prensa cubana, fue editado por Ollendorf en París. Julio Le Riverand en su prólogo a la edición cubana de 1987, sintetiza así el tema principal del libro: “Entre cubanos constituye un intento de descubrir cuáles eran los obstáculos a la ‘modernización’ de Cuba”.

Si nos guiamos por el subtítulo de Psicología tropical, nos damos cuenta que se trata de una búsqueda y descripción de la manera de pensar y actuar de los cubanos y sus relaciones con las culturas occidentales más avanzadas que se citan como modelo.

            En una carta abierta a Unamuno, después de solidarizarse con el descontento del filósofo español por la miseria que este condena en los espíritus de la época, Ortiz describe lo predominante, según él, en el carácter de los cubanos:

[Los cubanos] Nos creemos ungidos por el Gran Espíritu (…)Pero van corriendo nuestros días y permanecemos a ras de tierra, sin que se fijen en nosotros los que pasan y saben dónde van, tras de su estrella. Y entonces comenzamos por envidiar el compañero, como si no hubiese lugar para todos en la cruzada de las ideas, y tratamos de herirlo a mansalva para que el laurel que él pueda ganarse en la lucha no lo reste de nuestra corona la veleidosa Fama (…) La pereza intelectual nos abotarga; desdeñamos a los maestros sin estudiarlos siquiera (…)

            Ortiz critica un “no saber adónde ir” que caracteriza lo que él califica como “la irresponsabilidad del pueblo cubano”. Esta falta de objetivo se remplaza por “la ley del menor esfuerzo” que a su vez se disminuye por el choteo (“vanidad nacional”, “desgracia criolla” o “la más implacable de las armas”) cualquier empresa ajena: “Toda nuestra psicología presente, por lo menos en sus aristas más agudas, puede condensarse en una máxima que está de continuo en boca de todos y que nos complacemos en repetir hasta la saciedad, quizás, porque comprendemos la amarga verdad que la filosofía popular encierra en ella: Entre cubanos no andamos con bobería”, escribe.

Más que la propia risa que desacraliza la autoridad, inquieta a Ortiz la jerarquía otorgada en la escala social a quienes alcanzan sus objetivos por la viveza de sus actos y no por sus méritos, por la picaresca de sus acciones y no por la cultura:

Ni importa, pues, en Cuba ser o no mentalmente civilizado; es preciso únicamente ser listo. En otros países, cuando se quiere apartar a un individuo de una senda distanciada de la que sigue la mayoría, se le dice: no seas ignorante; aquí le decimos: no seas bobo, porque la cultura no interviene absolutamente en el éxito de los triunfadores (…)

            Tiene que haber sufrido mucho nuestro joven Don Fernando en nuestra isla, me digo. Una buena parte de sus pesadumbres se originan en la rigidez de su formación académica que toma como paradigma las culturas y pueblos que él llama “robustos”. El hecho de partir de esta referencia y analizar el comportamiento social de los cubanos a escasos años de vida republicana, lleva a Ortiz a criticar severamente el provincianismo cultural de su pueblo que hace que no se conozca a Cuba en el mundo: “Y es que en Europa no se sabe ni quiénes somos, y casi ni en qué parte del mundo estamos situados”, escribe. Lo que él denomina “la ley psicológica del menor esfuerzo” también conspira contra el conocimiento de nosotros mismos como base para poder divulgar nuestra cultura en el mundo. Uno de los ejemplos que entonces cita: el desconocimiento de la religión y las costumbres afrocubanas (sólo quedaban 13000 africanos en Cuba en 1889) que, ya sabemos, será la base de la mayoría de sus reflexiones posteriores sobre la cultura nacional.

            Se aprecia sin embargo en este catálogo de calamidades espirituales tres aspectos que caracterizarán su discurso cívico: las críticas a la influencia dominante de las políticas norteamericanas, la necesidad de una implicación política de los ciudadanos y de una multiplicidad de partidos en la vida pública, y un tono, al final, de un nebuloso optimismo situado en un tiempo por venir: “El futuro edificio de la grandeza cubana”, que hay que construir, anota al reseñar y criticar uno de los libros más nihilistas de la historiografía cubana, Cuba y su evolución colonial de Figueras publicado en 1907.

            En este año 1913 en el cual ocurrieron acontecimientos trascendentales en la historia y la cultura cubanas (la elección  del presidente Menocal, la aparición de la revista Cuba contemporánea y del primer largometraje cubano de ficción Manuel García o el rey de los campos de Cuba de Enrique Díaz Quesada, entre otros hechos), el joven Ortiz esta sólo en los inicios de sus grandes teorías sobre la identidad cubana, pero ya pone el dedo en las llagas que limitan la prosperidad de una república que apenas comenzaba.

Un siglo después los franceses celebran la belleza y los hallazgos de la escritura de Proust (el más universal de todos: la memoria involuntaria como ejercicio de alcanzar por imágenes la infinitud del tiempo) como homenaje a la grandeza de su cultura.

No creo que, de nuestro lado, muchos aspectos de las reflexiones de Entre cubanos sobre nuestra forma de pensar hayan perdido actualidad. Aceptarlo con más honestidad que resignación, sería una prueba de madurez para la Cuba sin dictaduras que nos espera en algún sitio del futuro.

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4 août 2013 7 04 /08 /août /2013 00:40

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Durante los años noventa viajé en tren por toda Cuba en busca de libros que después vendía en dólares a turistas en la Plaza de Armas. Llevaba un bolso gigantesco de esos que en La Habana llamamos gusano, por la forma alargada que recuerda al animal, y la procedencia: vienen cargados de pacotilla desde Miami. El mío lo había heredado del último viaje de mi padre.

         -Te dejo esto que me trajeron de Miami, me dijo como si se tratara de legar un patrimonio, mientras se secaba el resbaloso sudor de su frente; no me hace falta para un viaje de ida sin regreso.

Las costuras del gusano heredado resistían (bajo el fogaje, las lluvias, los empujones y la suciedad de los trenes), el peso de diccionarios, enciclopedias, atlas, y todo tipo de libros que yo compraba en provincia, muy baratos, a familias desesperadas por comer, o por pagarse alguna visa, o una buena balsa que les permitiera fugarse allende los mares, como mi padre.

Me doy cuenta ahora, caminando por la calle Obispo, que mi memoria asocia los libros que tuve en Cuba con aquellos viajes de supervivencia en tren, y no con la nostalgia infantil de la evasión imaginaria hacia otros mundos. Por supuesto que existió esa época (cuando a los doce años mi padrastro Joaquín me construyó mi primera biblioteca) de lecturas de Julio Verne y Agatha Christie, pero los perniles de jamón y los quesos comprados de contrabando gracias a los libros hallados en provincia, tienen más consistencia en mi recuerdo que las tiernas imágenes juveniles.

Y fue con los dólares de la Plaza de Armas que me pagué mi viaje real a París. Un soleado día de primavera Eusebio Leal, el Historiador oficial de una ciudad en ruinas, y cuya parte colonial él ha reconstruido para los turistas con el dinero de la UNESCO, aceptó comprarme las Ordenanzas Reales de Castilla de 1779, recopiladas por un tal Alonso Díaz de Montalvo, y que yo había comprado en 5 dólares a un vendedor de maní de Santa Clara. El conocido Eusebio me ofreció 350 dólares: el dinero que faltaba para completar los gastos de mi partida a Francia.

En aquellos años de Período Especial salía de viaje varias veces al mes de la estación de trenes de La Habana. Además del gusano llevaba conmigo una lista de títulos de libros preciosos (por venderse caros) que con el tiempo aprendería de memoria: El libro de los ingenios, La Isla de Cuba Pintoresca (en los cuales aparecen grabados y litografías de los franceses Laplante y Miahlé), La guía de forasteros de la siempre fiel isla de Cuba, desde la primera de 1781 hasta cualquiera del siglo XIX, la Historia de Cuba de Pezuela, el Libro del capitolio, Los instrumentos de la música afrocubana de Fernando Ortiz, y mapas o colecciones que tuvieran pájaros o plantas ilustrados con láminas de época, entre otros muchos, sin contar, claro, la posibilidad de tropezarme un día de suerte con algún incunable.

Como se puede suponer, no sólo trocaba por comida libros que por el peso y las correas del gusano marcaban de moratones mis hombros sudorosos, sino que, además, al leerlos, no me ayudaban a evadirme hacia otras geografías. Eran libros que ilustraban para coleccionistas, curiosos o revendedores, la misma pintoresca isla que yo creía a la vez detestar y conocer de memoria.

La biblioteca se convirtió en mi fantasma. Las portadas de sus libros invisibles me despertaban como las picadas de mosquitos en medio de las madrugadas asfixiantes y sin electricidad. Me distraían durante el pedaleo bajo el sol de mi bicicleta china Forever en la que hacía todos los días el trayecto de ida y vuelta de Marianao a La Habana Vieja. Dar con la biblioteca y los títulos que se jactaban poseer los más prósperos libreros de la Plaza de Armas, me salvaría para siempre del hambre.

Hallar en cualquier sitio de la isla maldecida una biblioteca ideal que yo en otras circunstancias me juraba no habría elegido; incitaba la urgencia y el delirio de mis ajetreos cotidianos. El desasosiego, el tema de conversación con mi familia y mis amigos, la desesperación al entrar en las casas de donde me llamaban para que fuera a comprar los libros empolvados de olvido en los estantes; se debían a la imagen de aquella biblioteca fugitiva, como un espectro, que debía esperarme en algún sitio de la isla.

Tiene que haber sido por venganza la razón por la cual me deleitaba entonces con la lectura de páginas mordaces dedicadas a condenar, a lamentarse, o a reírse de las miserias humanas de nuestro espíritu nacional como en la Memorias sobre la vagancia en Cuba de Saco, Cuba y su evolución colonial (1907) de Francisco Figueras,  Entre cubanos de Fernando Ortiz, Indagación del choteo de Jorge Mañach, u otros más recientes como Antes que anochezca de Reinaldo Arenas o el Mea Cuba de Guillermo Cabrera Infante. Leyendo estos libros aprendía más de la cultura y la historia de Cuba. Al menos de sus demonios. Pero eso lo puse en su lugar más tarde. Se trataba más bien de un acto de exorcismo: en aquella época el regocijo consistía en compartir con esos letrados desaparecidos o exilados, la desgracia de haber nacido todos en la misma isla.

El calor obligaba a saltar al tren con ligereza de ropa: en short, camiseta y sandalias, y en la mano una botella de limonada congelada que fungía como acuático reloj de un viaje de 10 y 12 horas: a medida que se derretía el hielo me alejaba de La Habana. Leía el único libro que llevaba para ganar espacio y fuerzas en el viaje de vuelta que exigía duplicar las dosis de paciencia estoica. Porque retornaba con el vientre del gusano abarrotado, en el mismo tren oxidado de la ida, con asientos que de tan desnudos de cojines eran ya de madera, y con los cristales de las ventanillas rotos quizás por la asfixia de los viajeros o de los animales que estos escondían en sus equipajes.

El regreso en tren a La Habana era de esta manera la ruidosa travesía de un zoológico ambulante. Cacareaban gallinas, patos y gallos, rugían los cerdos amarrados a los asientos, y el hedor de pescados, mariscos, carnes y quesos a punto de podrirse, atraían  a moscas que disputaban a otros insectos el espacio aéreo irrespirable de los vagones, donde no había instalaciones de agua potable, y el hedor de los excrementos de los baños se confundía con el de los animales.

Es temprano y La Moderna Poesía aún no ha abierto. Camino por el centro de Obispo, como dejaron para la tradición escritores y pintores cubanos como Jorge Mañach y Lezama Lima. Están ya instalados los vendedores de artesanías, de ropa barata, y de comida: pizzas, sándwiches de no sé qué, brebajes de colores diversos que deben ser refrescos, etc. Un olor a aceite quemado se respira en el aire que a esas horas todavía no lleva de un lado a otro el polvo negruzco del humo de los carros. Algunos improvisados camareros se abalanzan sobre mí y me proponen direcciones y menús para un restaurante en dólares cada vez más barato que el otro. Me apresuro a llegar a la Plaza de Armas que ya exhibe los anaqueles de libros castigados por el sol.

Me asombra que ante mis ojos todo parezca fijo en el tiempo desde aquella mañana en que vendí las Ordenanzas Reales, pero, a la vez, nadie parece saber quién soy en esta plaza.

Me hago el turista y hojeo los libros de los estantes. “Todavía tienen aquí esto”, se me escapa a manera de asombro o de pregunta, al ver un ejemplar de Cuba a pluma y lápiz de Samuel Hazard. El librero viene a exponer argumentos para tratar de vendérmelo, y le replico que sí, que gracias, que lo conozco, que trabajé aquí mismo hace mucho tiempo, antes de irme de Cuba, y busco, además, a un colega suyo llamado Ricardo. Traigo una lista para él de libros que quiero comprar.

Los libros que se muestran a la venta son todavía los mismos: los que compran despistados turistas de paso; los del Che Guevara, discursos de Castro, los de José Martí, historias del tabaco... Los buenos se negocian aparte, me dice un muchacho. Aunque no. Veo también, achicharrados  por el sol, los libros de escritores exilados. A la vista de todos. Pregunto por ese detalle y me dicen que no, que no hay problemas en vender eso aquí, que si quiero llevarme alguno…son baratos.

Compro en 15 cuc un afiche de la película Soy Cuba ilustrado por René Portocarrero. Y dudo entre la consternación y el entusiasmo al ver tantas ediciones nuevas de Virgilio Piñera. Sé que puedo comprarlas en pesos cubanos en otros sitios, y me limito a hojear las cartas hasta entonces inéditas del otrora escritor proscrito, ahora homenajeado por su centenario.

En mi recorrido veo pasar el tiempo de mi ausencia en los rostros de algunos libreros que, seguramente por la misma causa, no reconocen al antiguo colega de vista. Al final sí. Insisto con algunos, les explico quién soy. ¿El que venía con libros desde Santa Clara y se fue con una francesa? Y hacemos la lista de los que se escaparon como yo: Armando Añel y Vázquez Portal están en Miami, les respondo.

Como Ricardo no aparece vuelvo sobre mis pasos para visitar dos librerías de Obispo: la Fayad Jamís y La moderna poesía. En ambas veo de todo, pero de escritores nacionales, casi nada existe del extranjero. En la Fayad Jamís abundan los libros premiados en concursos. Compro algunos por instinto porque no los conozco. Como era de esperar, al pagarlos en la caja, veo el contraste entre la abundancia de títulos y lo irrisorio de los precios.

En La Moderna Poesía es un poco distinto: los libros están separados y casi todos son en dólares. Veo una gran cantidad de los escritos por connotados burócratas locales y, algún que otro de amigos que se quedaron, me da mucha alegría, e imagino, al estar sus libros en los anaqueles de área dólar, que son ahora famosos. Termino por comprar un libro sobre la fauna de Cuba, y lo tacho de la lista que le llevaba a Ricardo.

 Cruzo la calle y me voy al lugar donde compré una vez, con los 7 dólares que me quedaban,  un ensayo sobre el vagabundeo del Rimbaud traficante de armas por los desiertos de Abisinia. Ya no es una librería, es una tienda de boberías para turistas. Pero le tomo a G. una sombrilla ilustrada con cuadros de Sosa Bravo para proteger su piel del sol tropical.

Desde que vi que el apartamento que alquilamos G. y yo estaba muy cerca de la Biblioteca Nacional, se despertó mi viejo instinto de bibliotecario.  Consultaré allí algunos libros que no podré comprar, le dije. La biblioteca está cerrada al público desde hace años, me dice un señor que debe ser el portero; lleva una camisa a cuadros y habla con un cigarro encendido en la boca. Para modernizarla, me explica con ese entusiasmo que los optimistas allí siempre ubican en el futuro. Ni eso funciona aquí y se quedará siglos cerrada hasta que se pudran los libros viejos esos, me comenta una señora vendedora de pizzas de la estación de ómnibus, con ese nihilismo agresivo que conozco, y que caracteriza a los pesimistas en Cuba.

Donde más libros compro es en provincia. Libros cubanos, claro. La biblioteca cubana ahora vuelve ser un fantasma, pero al revés. El deseo de poseerla invierte sus motivos. Ya las hambres de mi estómago están satisfechas, y el pasaporte francés en el bolsillo es la prueba de que me he ido. Pero la ausencia me ha hecho añorar los mismos libros que antes vendía, y ahora quiero verlos en mi incompleta biblioteca cubana de París.

No hay libros ya en casa de mi madre. No veo mi biblioteca, le comento mientras tomamos café dándonos sillón. En un ángulo de mi cuarto he visto una pequeña pila que por sus títulos no me interesan.

-Vendí los que quedaban un día que no había qué comer, me responde. Los otros (me recuerda) los mandaste a pedir poco a poco con franceses que venían de parte tuya, chico.

En la librería de mi infancia, la Pepe Medina, del Parque Vidal de Santa Clara, se produce un hallazgo inesperado: dos libros publicados en Cuba hablan de mí.

En el prólogo a la edición de Letras Cubanas de la novela Los baños de canela de mi amigo Juan Arcocha, Mirta Yañez me da las gracias por haber facilitado esa publicación pocos días antes la muerte de su autor. En otro Enrique Ubieta, uno de los blogueros oficiales del gobierno, critica un supuesto elogio mío a la frivolidad que aparece en mi post Notas sobre la libertad y la esclavitud aceptada. En el primer caso sólo hice cumplir la voluntad final de un amigo, en el segundo tratar de explicarle a mi razón el momento justo en que decidí largarme del lugar donde nací, para buscar la libertad del gesto de una muchacha argentina al encender un Malboro en el hotel Riviera.

Y están abiertas las bibliotecas de Santa Clara y Cienfuegos. Quiero llevar a G. a la de Santa Clara con la emoción melodramática del sitio donde pasé años de mi adolescencia. Pero no me dejan instalar mi ordenador portátil. Le digo al portero que lo tengo precisamente para trabajar en bibliotecas. Le pido ver a la directora. No se encuentra, me responde. Y salgo del lugar apenas unos minutos después de haber llegado.

En la de Cienfuegos quiero que sea diferente. He dirigido aquí la sala de literatura antes que el acoso de la policía política me hiciera huir a La Habana. La casa donde G. y yo alquilamos una habitación se encuentra a unas cuadras de la biblioteca. Entro. Me preguntan en la puerta. Explico. La recepcionista no me conoce, claro. Cuando uno está de vuelta las visiones se cruzan, se alternan, al mirar, los ciegos y los tuertos, y los diálogos de sordos se multiplican como ecos incomprensibles para un testigo.

Poco a poco voy recorriendo los pasillos, me detengo a mirar las colecciones, subo las amplias escaleras de mármol de lo que fuera un día el espléndido liceo de la ciudad. Creo ver entrar menos luz por los vitrales. No hay lectores en las salas de arriba. Al fin aparecen los empleados que ya no se ven obligados a llevar un ridículo uniforme como antes. Después de unos minutos me reconocen los que sobreviven. Otros, como yo, se han ido, los menos no han venido a trabajar ese día. Les dejo un ejemplar del poemario escrito durante mis años de exilio, y les prometo, aunque sé que miento, que pasaré  mañana a verlos una vez más antes de irme.

-¿Qué lleva usted en su equipaje?, me pregunta en el aeropuerto José Martí el aduanero, al tiempo que tantea el gusano que me llevo a Francia.

(Tal y como estaba previsto G. se ha ido de vuelta una semana antes con mi ordenador, el cuaderno de apuntes, y nuestras maletas. Heme aquí entonces saliendo de Cuba con un viejo gusano encontrado en un rincón de casa de mi madre).

-Son libros, sólo libros, soy profesor, le respondo al empleado que me mira con asombro.

-¿Libros?, pregunta, cuando en realidad no debía hacerlo, porque ya tiene abierto el gusano y los libros se desparraman a su vista.

- Yo sólo he leído un libro en mi vida, El diablo cojuelo, me confiesa, con una sonrisa que creo orgullosa.

-Es un libro clásico ése, le digo disimulando el nerviosismo que me produce el tener algún problema para irme. Y le comento para ganar tiempo y pensando en la novela homónima de Alain-René Lesage, que los franceses copiaron ese libro e hicieron uno parecido, antes de preguntarle algo absurdo: ¿Y le gustó el libro?

 Tuteándome, al ver que soy cubano, en vez de responderme qué piensa del travieso Diablo, me hace a su vez una pregunta que no viene al caso:¿Y dónde vives tú ahora?

Le respondo.

-¿En París? Como las cigüeñas…dice sin terminar la frase…Como las cigüeñas, repite, mirando, creo, hacia el techo, desde el que supongo que el fantasma de un Diablo Cojuelo se divierte haciendo temblar mis piernas ante la demora de este control para mí infinito.

Ya en el avión me impongo no mirar abajo la lenta desaparición de la silueta de la isla en el mar. Y me sorprende el entusiasmo con que empiezo a imaginar la forma que tendrá en casa, con los libros que G. y yo compramos en Cuba, mi biblioteca de libros cubanos.

Ilust: Librero en la Plaza de Armas, La Habana: flicckr.com

 

 

 

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