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8 juin 2013 6 08 /06 /juin /2013 12:29

Magritte.png           

           La arena de las playas desaparece de noche. La roban aventureros de la madrugada para cimentar paredes de hoteles y residencias de lujo. En Marruecos y en Sierra Leona, pero también en Jamaica y Barbados. Playas desnudas ante la inmensidad del mar. Hasta las orillas del sagrado Ganges indio son saqueadas. Con arena de otras islas o del desierto se construyen otras islas artificiales en Dubái, leo en Le Monde mientras viajo en el metro.

            Cuando llueve suelo perderme. Quizás la lluvia perturba mi visión de los nombres de las calles y los números de las casas cubiertos por el agua. Ayer por la tarde me he perdido en el norte de la ciudad. No sabía cómo encontrar la dirección donde presentaban unos muchachos de Estrasburgo la traducción francesa de una novela de Alberto Laiseca. Llevaba conmigo mi enorme paraguas azul marino, y a pesar de sentirme seguro con él bajo el agua sin tener que zigzaguear para protegerme; me he perdido.

         Viví alguna vez por esta parte de la ciudad. Hasta llegué a tener para mí solo un gran apartamento, y aunque no supiera bien cómo iba a pagarlo, organizaba de vez en cuando fiestas. Desde mi habitación tenía el privilegio de ver un extenso jardín de la casa de los bajos. Frente a mi ventana una colegiala  se desnudaba con la indiferencia y la credulidad de sus años al llegar de clase. Un día entró a mi aula: había crecido y ya era algo más que una adolescente. Aún recuerdo su asombro el día en que, durante una pausa, le dije la dirección exacta de la casa donde ella vivía. El tiempo en que creció esa muchacha me alejé de estos barrios donde ayer me he extraviado.

            Caminando bajo la lluvia recuerdo que a esta misma hora está anunciado un discurso de Mario Vargas Llosa en la sala Descartes de La Sorbona. Me imagino que el lugar está repleto de gente que veo con frecuencia aunque quiera evitar: profesores de cuellos estirados que miran de reojo si son vistos por otros colegas que como ellos ejecutan el mismo ejercicio de vigilarse a escondidas. Periodistas. Esnobistas que buscan la foto al lado de la celebridad que no han leído. Y hasta de estudiantes ávidos de pedir el autógrafo al premio Nobel mencionado en clase por profesores de rígidos acentos castellanos.

La primera vez que vi a Vargas Llosa fue en la Maison de l’Amérique Latine.  Un lugar de un curioso lujo ése. Lo mismo vez a embajadores bebiendo champán que a desaliñados con imágenes del Che Guevara. Uno de los tantos guerrilleros latinoamericanos de salón que pululan por París agredió verbalmente esa tarde a Vargas Llosa. Por lo que ya se sabe, claro: su militancia por el liberalismo, su antigua candidatura de derecha a la presidencia de Perú, y todas esas cosas.

Pero eso fue antes del Nobel, seguro que ahora ya no ocurre. Y seguro también (apuesto lo que sea) que él hablará de Flaubert. En Francia Mario (como lo llaman los íntimos que alguna vez he frecuentado) siempre habla de Sartre y de Flaubert. Quién iba a decirlo, ¿no?, Vargas Llosa que vivió años en el anonimato de esta ciudad -como cuenta en sus memorias El pez en el agua- ahora recibido bajo un aguacero de aplausos por medio mundo.

Yo no he leído a Alberto Laiseca. Pero hoy me dio por ir a escuchar qué se dice de él y no sentarme a aplaudir en la Descartes. Huele por toda la ciudad a lluvia sucia de una agotada primavera. Voy hasta una esquina deslizándome con cuidado bajo el alero del techo del metro, que en esa parte de la ciudad sale a la superficie, y cuando intento preguntarle la dirección que busco a una muchacha espigada que mira a todos los puntos cardinales, nos reímos ambos: tiene entre sus manos un mapa de la ciudad.

Volví sobre mis pasos y comencé a caminar en dirección contraria hacia uno de los canales del Sena. Fue entonces que apareció ante mí la imagen del poema “El anciano mendigo de Cumberland” de Wordsworth. Un viejo con sombrero pedía limosna sentado en una esquina. Sobre su mano extendida sólo caían gotas de lluvia, pero era la única parte de su cuerpo que se mojaba; el resto estaba protegido por el frontón de un pórtico.

Harold Bloom, que ha comentado el poema de Wordsworth, cree ver en la imagen del mendigo una revelación de las cosas esenciales de la vida. En el poema el viejo pordiosero, sentado en una colina, deja caer de su mano de manera inconsciente migajas de pan que unos pajaritos tratan de atrapar.

Hace tiempo aprendí que cuando se está perdido es mejor preguntar las direcciones a personas que no siguen el ritmo de los horarios que impone la ciudad. El anciano me respondió algo que al principio no entendí. Después sí. Después pude descifrar lo que me decía y le di las gracias. Llegué a una bifurcación y pude distinguir el nombre de la calle que buscaba: quai Valmy, la prolongación, supongo, de un antiguo atracadero.

Me volví antes de cruzar la calle, y a pesar de la cortina de agua pude ver la silueta del mendigo en la misma posición; parecía una isla, sin que cayera pan de sus manos ni se acercara ningún pájaro.

El número 200 no existe. Lo digo ahora después de recorrer toda la calle paralela al Sena. Tuve que volver sobre mis pasos porque los números se sucedían de forma creciente. Llegué ante el 205 que es donde comienza en realidad el llamado quai Valmy. Sentí arreciar los golpes de los goterones sobre mi paraguas. Alguna que otra ráfaga traía con el aire hasta mis manos la humedad de la lluvia. No es como en invierno que uno tiene guantes, nada protege las manos del agua de estas lluvias sin estación precisa. Con dificultad saqué el cuaderno para comprobar que había anotado bien el 200 y no el 205.

Sin embargo me percaté que estaba ante la puerta de cristal de una especie de viejo almacén convertido en centro cultural. Me acerqué y pude distinguir, a los lejos, las siluetas de un grupo de personas reunidas alrededor de una mesa ovalada. Miré el reloj. Como temía, si aquel era el lugar de la presentación, había llegado con más de una hora de retraso. Preferí no molestar.

De vuelta, y sin darme cuenta, atravesé el canal, y busqué la entrada del metro más próximo en la acera opuesta al mendigo. Seguía lloviendo. Un muchacho rodando sobre una patineta pasó por mi lado. Llevaba consigo un libro cerrado bajo el brazo, y una de sus piernas empujaba con ímpetu el artefacto mientras se agarraba al manubrio con su mano derecha.  

Al salir hacia lo alto, por encima de la ciudad, y describir una parábola el vagón del metro donde viajaba, pude ver a través de los cristales de la ventanilla empañados por el agua, al muchacho de la patineta que se detenía ante el mendigo quizás preguntándole la dirección de alguna calle que el aguacero le había borrado. Visto desde lo alto el agua cubría toda la avenida y las dos siluetas parecían de lejos dos gotas de arena en medio de un océano.

Esta mañana el corresponsal de El País cuenta que el discurso de Vargas Llosa se perturbó anoche por desperfectos técnicos del micrófono de la Sorbona. Al parecer el orador tuvo que dirigirse al auditorio a viva voz. Por un momento imaginé al escritor, leyendo su arenga  de pie y sin micrófono, ensordecido también por el ruido del diluvio que a esas horas debía caer sobre la sala Descartes, mientras él citaba a Sartre y a Flaubert, sintiéndose, a pesar de todo, como un pez en el agua.

Ilust: Ximo Gascon, Homenaje a Magritte: http://d-soul.tumblr.com

 

 

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5 juin 2013 3 05 /06 /juin /2013 11:41

Peinture-Chat-noir.jpg

LES CHORISTES

En el edificio de enfrente, a las tres o tres y media de la madrugada, cada noche se ponía a cantar. Yo la oía:

-Debout, les damnés de la terre …Debout, les forçats de la faim…

Es Madame Gaceñiga, la soprano políglota del barrio. Probablemente, la única soprano loca de la ciudad: un privilegio, un lujo, una exquisitez.

Madame Gaceñiga tiene más o menos años, nadie lo sabe bien. Y vive, por supuesto, en la más absoluta soledad. Su contacto con el resto del planeta se realiza a través de los gatos. Decenas, cientos, acaso miles de gatos. Políglotas en su mayoría también como ella. Y como ella, insomnes y operáticos hasta la enfermedad. Es decir, Madame Gaceñiga no vive sola en absoluto. Al contrario: tal vez sea el ser más acompañado del barrio, la ciudad, y hasta de nuestra desvelada nación.

-Arise, ye workers from your slumber…Arise, ye prisoners of want…

Hace años que a Madame Gaceñiga le ha dado por perfeccionar las notas iniciales de “La Internacional”. Como es sabido, se trata de un arreglo musical de Pierre Degeyter (su compositor favorito, por lo demás), quien al parecer llegó a ser incluso su amante, en 1930 o 1932, siendo él mismo ya un anciano y ella una solterona republicana de paso por París para estudiar el bel chant.

Hace décadas que, según dicen, con un fémur humano (acaso del propio Pierre Degeyter), la madame dirige a su coro de felices felinos (todos machos pero castrados) desde la medianoche hasta el amanecer. Hace décadas que (y esto nos consta a cada uno de sus vecinos) la madame sacrifica a uno de sus vocales tras la velada: tal vez al que peor desafine. Al parecer, de eso se alimenta ella en su ostracismo. Y también del resto de su tropita coral. Los huesos remanentes son lanzados entonces desde una ventana hacia el tambuche plástico de la esquina, aunque casi ninguno acierta, y así se va creando un cementerio fósil que nadie se atreve a limpiar por miedo a que Madama Gaceñiga sea bruja.

-De pé, ó vítimas da forme…De pé, famélicos da terra…

Este holocausto, por supuesto, implica forzosamente cierta reposición. De ahí que los vecinos ya no dejan salir nunca a sus gatos machos sobrevivientes. Aunque en los consejillos de vecinos se ha valorado denunciarla a alguna instancia paramédica o parapolicial, la naturaleza ideológica de la canción ensayada por la madame, así como su relación afectiva con un ícono de la izquierda internacional de la talla de Pierre Degeyter, han votado a favor de Gaceñiga. De hecho, todas las escuelas y empresas del barrio se llaman desde hace décadas “Pierre Degeyter”, y en sus respectivos murales florece la biografía del músico plagiada de una enciclopedia digital.

-Ontwaakt verworpenen der Aarde Ontwaakt verdoemd in hong’ren sfeer

En lo personal, he preferido aliarme a nuestra soprano local. Supongo que no sea muy elegante hacerle una guerrita fría a quien tiene más o menos cien años. Así que, noche tras noche, a las tres o tres y media de la madrugada, cuando desde el edificio de enfrente ella y sus pupilos se ponen a ensayar otra vez, en la penumbra muda de mi apartamento yo comienzo, también, y sin la menor ironía o parodia, a tararear las notas iniciales de “La Internacional”.

Sé que no afino especialmente y que Madame Gaceñiga enloquecería de rabia si me escuchara entonar: imagino incluso su fémur humano chocando toc-toc-toc contra mi occipital. Sé que mis amigos dicen que yo lo hago para paliar mis persistentes temporadas de insomnio. Pero no es así. En absoluto.

Resulta que siempre me han fascinado las posibilidades creativas y clandestinas de los idiomas extraños. Creo que en cualquier otra lengua, que no sea la natal, es posible narrar ciertas sutilezas secretas que, en este caso, se escapan del universo físico de nuestro idioma español. Asumo que esto no tiene mucho que ver con la tan manoseada libertad de expresión, sino en todo caso con la inexpresión. Sé que no puedo transmitir del todo mi idea. En fin, no sé. Mejor óiganme interpretar estos floreos de Madame Gaceñiga a ver si, mal que bien, me ayudan a mostrar lo que les quisiera directamente decir:

-Debout, les damnés de la terre …Debout, les forçats de la faim…

-Arise, ye workers from your slumber…Arise, ye prisoners of want…

-De pé, ó vítimas da forme…De pé, famélicos da terra…

-Ontwaakt verworpenen der Aarde Ontwaakt verdoemd in hong’ren sfeer

Tomado del libro Boring Home, Premio Franz Kafka, Garamond, Praga, 2009.

Ilust. couleuretarabesque.artblog.fr

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25 mai 2013 6 25 /05 /mai /2013 07:37

 

Montoto-Otono.jpg

Me fui de regreso a Cuba también para comer frutas. A tratar de recordar el sabor de la pulpa de los mameyes. Fuera de Cuba sólo he podido comer mamey en Miami. Cada vez que aterrizo en el aeropuerto de Miami mi padre me saluda de la misma manera: “Ya te compré los mameyes, chico”…Y al llegar a su casa mi tía me abre la puerta con el ruido de fondo de la batidora. Porque los que conocen el mamey saben que su batido es el mejor del mundo…al menos eso piensan muchos cubanos.

Según Lezama Lima el mamey “atolondra al extranjero, brindándole por el color un infierno cordialísimo”. Para mí volver a probar el néctar del mamey sería una de las pruebas de haber vuelto a casa. La casa original, no la de enfrente. Pocas horas después de llegar se confirmó por mil razones que yo era un extranjero atolondrado en mi propia casa, pero más por la búsqueda de su recuerdo que por poder saborearlo: habían desaparecido de momento las cordialidades del infierno.

El mamey se convirtió así en la piedra filosofal de mi paladar durante el viaje. Ante su ausencia fui dejando instrucciones para su búsqueda y captura a cuanta persona cruzara en mi camino. ¡Si ven mameyes, avísenme!,  supliqué  a familiares y a vecinos, a choferes de coches de alquiler y a vendedores ambulantes, a grupos de jugadores de dominó en los portales, y a un jabado que se dedica a llenar fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara.

“La patria es un plato de comida. Yo me como mi país todos los días”, le gustaba repetir al escritor habanero Eliseo Alberto Diego desde México. Para visitar bien un país hay que comérselo, me digo yo. Al menos intentarlo. Es decir, comerse un país también es un ejercicio que nos ayuda a asimilarlo mejor. Un acto casi de consciente canibalismo turístico.

Comerse a su país es una de las pocas soluciones que uno tiene para volver a él y a las edades perdidas en otras geografías.

Lo supe tarde. Tal vez porque en La Habana perdí mi paladar en los años noventa. Supongo que el café mezclado con chícharos, los caldos de cáscara de plátano, el picadillo de soya, un brebaje llamado cerelá, y otras invenciones gastronómicas de la época, masacraron sin piedad mis papilas gustativas. Casi de manera irreversible, lo confieso. Son testigos unas cuantas francesas que descubren con estupor mi incapacidad para catar ingredientes y especies.

Lo supe tarde, repito, eso de comer para conocer. Y casi a la vez, en Lisboa y en Venecia. No en París, donde la cocina, apresurada y cara, escamotea los detalles de lo auténtico, escribió Stendhal, al llegar a la capital francesa desde Grenoble, y antes de irse a vivir a Italia. Fue en Lisboa, almorzando bacalao con una botella de vino verde, y en Venecia, al cenar una pastas al dente con un aromático pesto en un pequeño restaurante llamado Archimboldo, que descubrí esas maneras deleitosas de poseer invisibles maneras de vivir.

Como era de esperar las frutas que fui a buscar a Cuba en mi regreso fueron las que me inventé en la lejanía de las bufandas y de los sabores congelados de los supermercados de Europa. Las frutas y las playas son las venganzas leves de nuestro torpe nacionalismo cuando se suele hablar de orígenes y emblemas. Ante la ausencia de monumentos y de lujos refinados tenemos que echar mano al sol, es decir, a la naturaleza, y al ritmo de ciertas sonoridades.

Me levanto al amanecer. El aire acondicionado con su ruido protege el sueño de G. de mis sigilos de desnudo felino hacia la ducha. Paso por el jardín de este apartamento que alquilamos en Nuevo Vedado. En short y sandalias salgo a la calle. Único momento, lo sabe mi pasado, de pausa fresca antes que aparezca el sol de agosto. Voy con una jaba bajo el brazo en busca de frutas para G. que en París anunciaba a sus amigas pasar su próximo verano en una hamaca a la sombra de un cocotero.

Subo la calle Tulipán y atravieso la avenida de Rancho Boyeros. Veo despiertos a pulcros ancianos que arrastran sus pies y los cuerpos ajados como sus ropas por los años bajo el sol. Me pierdo y paso delante del dormido Ministerio de la Agricultura. Pregunto a una señora que, estática en una esquina, mira (supongo) al cielo, ¿dónde está el mercado?, y al doblar a la derecha percibo la cola de jubilados que espera la hora de apertura.

Junto a la entrada cerrada una señora vende bolsas plásticas a un peso y se asombra que no compre ninguna. Abren la verja de alambres, pero nadie corre como esperaba yo: dentro no hay frutas que puedan desaparecer, ni hortalizas, ni carnes; ya han desaparecido antes. Y no hay mucho dinero tampoco. Las siluetas cansadas de los viejos son más bien una procesión que viene formalmente a observar si en los kioscos queda algo que comprar.

El mercado lo forman casetas con techos bajos que protegen de la luz hasta no dejarla pasar, y tablones que, a modo de mostradores, dejan ver las piernas velludas de los vendedores en short, junto a montículos de mercancías amontonadas por el suelo.

De nada sirve que me miren con desconcierto al repetir que busco frutas. Lo que veo a mi alrededor me parecen piezas en miniatura de un verde negruzco. Esparcidas por cajones agrietados se pueden ver, descoloridas y enanas, algunas frutas que se parecen a las que busco: mangos, plátanos y guayabas. No hay más. No hay naranjas. Imposible beber un jugo con su zumo en el desayuno. “En verano no hay lechugas ni tomates”, me responde un vendedor joven entre dos coplas de reggaetón que se escuchan desde alguna parte: “eso es de invierno”…

Ante mi evidente decepción un vendedor me llama (al decirme “amigo” me percato que ha descubierto que vengo del extranjero), y me muestra perniles de carne que después sabré son de puerco; cortados y expuestos sobre una bandeja de madera que parece mojada y sobre la cual revolotean moscas.

Cuando voy a pagar las pocas frutas que elegí, el vendedor y un anciano que está en la cola miran golosos el puñado de pesos cubanos que saco del bolsillo: quizás unos 10 euros que es el equivalente de la jubilación de quienes me rodean.

Al caminar de vuelta junto a algunos transeúntes despierta el sol: veo mi sombra sobre la acera. La misma sombra que G., leyendo sentada en el jardín, se cubre con un sombrero. Persuadida G. que, si bien no ha dormido en la hamaca del cocotero imaginado en París, le llevo las frutas tropicales que supone ella desbordan mi bolso mañanero.

A falta de otras frutas comemos mangos y guayabas. Durante interminables desayunos comemos mango y guayabas en todas sus variantes. Son exquisitos, decimos en Cienfuegos, en Trinidad, en Viñales y en Santa Clara, al despertarnos. “Crecen silvestres y los vende la gente en la calle”, me aclara sobre la invasión de mangos un señor en Trinidad a quien he ido a preguntarle si sabe de mameyes.

No bastaba a mis caprichos el placer de tomar un cuchillo en un amanecer adelantado por el calor, y pelar un mango sentado en un portal donde ves aún gotas de rocío y escuchas cantar los gallos. Faltaban los mameyes. Y cuando vimos G. y yo unas piñas en el mercado del estadio Sandino de Santa Clara, el regocijo del hallazgo en unos segundos se convirtió en broma: parecían de juguete de tan minúsculas e incoloras.

Cuando menos lo esperaba apareció el mamey. De vuelta de haber ido a correr al Campo de Sport, el muchacho que llena fosforeras a la entrada del hospital psiquiátrico de Santa Clara me llama. Días antes le he llevado un paquete de fosforeras de regalo que G. me trajo de Francia, después de habérselas pedido para él por teléfono.

“Ya esto no es el psiquiátrico, chico, ahora es una escuela de ballet”, me aclara mientras busca para mí, dice, “un regalo”: “Aquí tienes un mamey”, y me lo muestra con una sonrisa y una aclaración: “Bueno está un poco pasado, sabes, como tu andabas dando vuelta por toda la isla se maduró demasiado”.

En la cocina de mi madre preparo el batido con hielo en una batidora que de usada y descompuesta produce un ruido tan infernal como el de una locomotora que ruge a lo lejos. Le doy antes a probar una rodaja del mamey a G.: “No me gusta el sabor, parece podrido”, me responde: “prefiero los mangos”.

Termino de hacer el batido. Por supuesto que hace calor y me voy al portal a tomarlo congelado. Mi madre me pregunta desde su silla de ruedas cómo ha quedado:

-Está buenísimo, le comento. De todas formas en París no existen los mameyes.

Ilust: Otoño de Arturo Montoto

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19 mai 2013 7 19 /05 /mai /2013 08:06

Calle-Arguelles.jpg

 

TE GUSTARIA ESCRIBIR COMO LOS GRANDES

Claro, te gustaría escribir como lo hacen los grandes,

pero para eso debiste  haber tenido experiencias muy distintas,

debiste haber conocido el verdadero París

y no un bar de la calle Argüelles de Cienfuegos

que ni siquiera se llama París,

se llama La Lonja y allí sirven un mejunje de porquería

que ni siquiera es ajenjo,

es puro matarrata o chispa de tren como lo llaman los sabios.

Hasta las mujeres que amaste están marcadas por no ser de París.

Así, es muy difícil solazarse en el verso

como lo logran los grandes,

así sólo te queda adentrarte en tu pequeña verdad

como en una cueva donde entras sin linterna

y  donde no siempre sales ileso,

en un túnel al final del cual no está Notre Dame

sino la funeraria de Cienfuegos

 y si la suerte te acompaña

 saldrá en un periódico de circulación nacional:

Ayer murió el escritor.

¿Y quién es ese? preguntará más de uno

Y tú, ya muerto,  te deslizaras sobre la niebla

                                 de la noche insular  y sus jardines invisibles

y pensarás en lo fatal de no haber nacido en París,

lugar donde como sauces se alzan los poetas

y  los que se creen poetas que es casi lo mismo.

SI A VALLEJO LE HUBIERAN DADO EL NOBEL

 Si un segundo antes de morir de inanición

a Vallejo le hubieran dado el Nobel todo sería distinto

Vallejo premio Nobel diría en los libros de historia,

y de seguro a Van Gogh la vida le hubiera reservado algo agradable

justo antes de que se cortara la oreja

justo antes que se perdiera en ajenjo de tanto ser olvidado,

quizás algún marchand compraría alguna de sus obras,

o alguna muchacha de las que pasean por las orillas del Sena

se hubiera detenido un segundo a admirar su cara de atormentado,

de bueno para nada,

todo eso para garantizar el futuro premio Nobel de Vallejo.

Porque si Vallejo fuera premio Nobel

se podría meditar con más calma,

ya no fuera tan precisa la convicción

de que la vida es una mierda.

Siendo Vallejo premio Nobel

tú y yo también seríamos un poco premio Nobel

aunque no nos postularan,

aunque nadie diga se merece un Nobel:

 un país de premios nobeles,

un país de bebedores de ajenjo y desorejados.

Vamos a cantarle una nana a la noche.

Vamos a cantarla junto a Van Gogh y Vallejo.

Y los que nunca jamás seremos premios nobeles,

ni de contra: Porque para ser premio Nobel

no basta con morir en París con aguacero.

Ilust: Calle Argüelles.

 

Marcial Gala es un escritor cubano que vive en la ciudad de Cienfuegos. Su novela La catedral de los negros ganó el premio Alejo Carpentier de 2012 y  acaba de publicarse en La Habana.

 

 


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4 mai 2013 6 04 /05 /mai /2013 21:16

Cortes-2-copie-1.gif

El verdadero autor de la célebre Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es Hernán Cortés y no Bernal Díaz del Castillo. Ésta es la tesis del historiador y antropólogo francés Christian Duverger expuesta en su libro Cortés et son double (Crónica de la eternidad en la traducción al español que publica en México la editorial Taurus).

La tesis, por supuesto, ha sorprendido y escandalizado a medio mundo. Quiero decir a los dos mundos: al viejo (Europa, más bien España, porque a los franceses les encanta este tipo de debate) y al nuevo (América Latina, bueno, más bien México, lo cual puede entenderse). Y no es para menos: de un soplido Duverger hace borrón e Historia nueva de la autoría de una de las escrituras clásicas del castellano, de la historia colonial e, incluso, de la literatura hispánica. El Otro deja de identificarse con ese “hijo de la chingada” que, en opinión de Octavio Paz, configura lo ajeno en la psicología social de los mexicanos.

 Tanto por el tema como por su composición y su lenguaje,  puedo afirmar que Cortés et son double es un libro exquisito. Me ha permitido además (digámoslo con honestidad: me ha obligado a) leer de otra manera la Historia verdadera, y a familiarizarme con cronistas, hechos  y personajes de la época de la conquista.

Hace unos años en una librería de Barcelona me enteré que el Lazarillo de Tormes ni era anónimo ni se le atribuía sólo a Diego Hurtado de Mendoza. Según una tesis de Rosa Navarro Guzmán, el autor del Lazarillo es Alfonso de Valdés, erasmista y secretario de cartas latinas de Carlos V. Cito este ejemplo porque, como escribe Roger Chartier en una reseña publicada en Le Monde, no se trata, en el caso de Duverger, de restituir un libro a un autor desposeído, o encontrar al escritor de un texto anónimo, sino de atribuir la Historia verdadera a alguien ya famoso.

Bernal Díaz del Castillo existió, pero no pudo, ni por su incultura ni por su imposible presencia en todas las epopeyas de Cortés, haber escrito ese libro clásico, nos explica Duverger. Cortés et son double se estructura alrededor de temas: la figura de Bernal Díaz del Castillo, los manuscritos de la Historia verdadera, y no sólo la personalidad de Cortés, sino también su relación conflictiva con el rey Carlos V de España, quien prohíbe en vida de Cortés la difusión de sus Cartas y ordena quemarlas en plazas públicas en 1527. “Más me cuesta defenderme del fiscal de vuestra Majestad que ganar las tierras de mis enemigos”, le escribe Cortés a Carlos V, quien, por cierto, nunca habló castellano en España, sino francés…

Sorprende de manera agradable el estilo elegido por Duverger: un simulacro de novela policíaca que muestra pruebas al lector hasta proponerle descubrir al culpable, quiero decir, al auténtico creador de esa escritura fundacional.  

Eso sí, se trata de una novela policíaca histórica y auténtica. Quien escribe sobre el estatuto de un libro clásico es en realidad un investigador, un académico, y no un crítico literario ni un periodista. Esto a la vez desarticula ciertos gestos coléricos de los fustigadores del libro, y fundamenta el rigor de los diez años de investigación que antecedieron la tesis que se expone.

Celoso de conservar un ritmo creciente en la narración, Duverger consagra, repito, la primera parte de su relato crítico a la figura de Bernal Díaz para demostrar lo que él denomina dos imposibilidades en el cronista. La imposibilidad de tener la suficiente cultura para manejar las citas y referencias literarias del texto (sólo 12 de los 540 soldados de Cortés sabían leer y escribir y el nombre de Díaz ni siquiera aparece en los archivos de los expedicionarios,) y la imposibilidad de recordar medio siglo después acontecimientos contados por un hombre de 84 años.

En su prólogo a la edición de 2005 del Colegio de México, el especialista José Antonio Barbón Rodríguez resalta estas incoherencias que aparecen asociadas: Bernal mintió sobre su presencia en la expedición de Juan de Grijalva lo que supone desconfiar también de otros aspectos de su personalidad como, escribe, los alardes de conocimientos de un simple soldado. Esta lúcida prueba de suspicacia de Barbón, podría acrecentarse con la tesis de Duverger que, de aceptarse, agregaría más méritos a la composición apócrifa de Cortés.

Además de la pereza intelectual que representa no indagar a fondo las incongruencias en torno a la persona de Bernal, es más agradable aceptar que un simple soldado trasciende como testigo ocular de una epopeya ilustrada sin los atributos de la jerarquía. Este gesto, además, hace recaer en los otros (en Cortés), el papel nefasto de lo que muchos consideran un genocidio.

En opinión de Duverger, entre 1543 y 1546, Cortés, impedido por la corona de escribir y publicar, dicta por el día al eclesiástico López de Gómara sus memorias, y por las noches y a escondidas concibe el relato anónimo de un soldado testigo imposible de todas sus hazañas, es decir, la Historia Verdadera. El estilo de sus famosas Cartas de relación a Carlos V, los dos años de formación pasados en la Universidad de Salamanca, y las reuniones de un cenáculo literario para notables de la ciudad de Valladolid que Cortés animara al final de su vida, justifican la erudición de la prosa del libro.

La parte menos convincente de Cortés et son double es sin dudas la que especula sobre la súbita aparición del manuscrito de Valladolid en Guatemala donde aún se conserva. (Un manuscrito –todos lo admiten–  abarrotado de inquietantes borrones y adiciones). Duverger lo explica como una historia entre hijos: los tres hijos de Cortés desembarcan en México para recuperar las posesiones de su difunto padre y llevan con ellos el manuscrito. Ante el fracaso de sus proyectos, trasladan el texto a Guatemala y va a dar a manos de Bernal Díaz, el último sobreviviente de una parte de la remota epopeya. Un hijo de Bernal adapta el texto para dar la autoría a su padre y hacer valer así sus méritos para conservar como herencia su encomienda.

Sin embargo se necesitan sólidos argumentos para contradecir las conclusiones a las que llega el análisis genético de Duverger. No son sospechosas sólo las añadiduras y tachaduras del texto original, sino también sus anacronismos y contradicciones: la más convincente, la de un pasaje del libro de Gómara que nunca se publicaría en la edición definitiva. Sólo Cortés, secreto conocedor de los dos textos, habría podido conocer este pasaje del original dictado en Valladolid a su amanuense y condenado por la Inquisición en 1552.

Duverger sabe que le falta una pieza para completar su teoría: la rehabilitación de la figura de Cortés. No basta con destituir al falso soldado para poner sus nuevas cartas en la mesa de la Historia del continente, hay que demostrar que el culto escribidor es también un humanista intelectual del Renacimiento.

La fascinación de Cortés por los aztecas, dice el antropólogo francés, lo llevó a concebir un mestizaje para proteger la cultura mexicana del proyecto de exterminio y evangelización de la conquista. Esta hipótesis desarticula muchos lugares comunes repetidos maliciosamente por los historiadores, y viene a confirmar una idea de Octavio Paz expuesta en su ensayo El laberinto de la soledad: “La tradición española que heredamos los hispanoamericanos es la que en España ha sido vista con desconfianza o desdén”.

 

 


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21 avril 2013 7 21 /04 /avril /2013 01:52

Hambre-copie-1.jpg

El sol hace huir de sus propias sombras a las palomas que merodean por la terraza del restaurante. Creí por un momento  que vendrían a comer migajas dispersas entre mis pies, pero no es así: todavía no he empezado a cortar las rebanadas del pan que me ha puesto el camarero para darme tiempo de elegir qué voy a almorzar.

La carta es extensa y con complicados títulos de platos que muchas veces –los estudiantes de mis cursos  lo saben– debo traducir al francés: única solución si quiero poder imaginarlos con todos sus aromas ante mí. Al volver a pasarlos al castellano comprendo que algunos platos son los que mencionaba mi madre durante mi infancia. Mi madre, cocinera durante años de un asilo de monjas españolas en Marianao, que se derrumbó de tanta ruina a fines de siglo.

He comenzado a beber una sangría con hielo y hojeo el periódico El País con mis lentes de lectura, a pesar de que preferiría ajustarme unas gafas oscuras de tanto resplandor. En París esta primavera hasta hemos tenido nieve. Sigo con la vista a grupos de turistas y de endomingados sevillanos que parecen saltar de regocijo entre las plantas del jardín de Catalina de Ribera, por este contundente primer día de legítima primavera.

Temeroso de los efectos de la luz sobre mis ojos, leo varias veces el titular del artículo del periódico para creérmelo. Busco un poco de contención ahora para ser lo más fiel posible a la versión del diario, dice: los rigores que impuso el Período Especial a los cubanos en los años 90, son un modelo a seguir -según reputados científicos- para evitar la obesidad e innumerable cantidad de enfermedades. Las cifras, los gráficos, los cálculos y los argumentos no faltan para convencer al lector que suspenda sus comodidades y se imponga una dieta de mendigo.

¿Quiere decir que es conveniente el hambre?, me pregunto. Y me molesta mi absurda perplejidad  porque viví esos años 90 en Cuba, y no va ser un intelectual de laboratorio quien va a venir a convencerme de la utilidad de aquella desesperación.

El camarero vuelve para que pase mi pedido. Dudo. Le pido boquerones fritos como entrada. ¿Qué me recomienda usted como segundo plato?, le pregunto. Me expone una lista y le interrumpo. Me acuerdo de mis dos amigas gallegas de París (Beatriz y Eva), porque he visto un plato en la lista: Pulpo a la gallega, y nunca lo he probado.

(Con el tiempo he ido degustando los platos que antes sólo había visto en las películas, o en elementales libros de enseñanza del español para extranjeros).

Bebiendo a lentos sorbos la sangría helada trato de leer el estudio del Britisch Medical Journal que comenta El País. Se dice que los cubanos en los noventas consumíamos menos calorías que las de otros países occidentales, y por falta de transporte hicimos mucha actividad física. Todo esto provocó que las personas perdieran peso y se redujeran la diabetes y las enfermedades cardiovasculares. Nos ayudó el hambre, la falta de electricidad y de transporte, nos advierten estos masoquistas.

(Por un momento me veo de nuevo escalando en agosto la loma del río Almendares, casi parado por el esfuerzo sobre mi bicicleta china, mientras maldigo con rabia esas torturas cotidianas que, sin saberlo, me libraban del riesgo de infartos y de obesidades).

Widel-Jarlsberg, el narrador de la novela Hambre de Knut Hamsum, cuenta en un pasaje el contraste entre la esplendidez del sol una tarde de verano en Cristianía y los retorcijones de hambre de su estómago. Se entiende: el sol en Oslo debe ser como la nieve en La Habana, pero tener la barriga vacía provoca los mismos efectos en cualquier geografía. Muchas veces en Cuba recordé bajo un sol abrasador este pasaje, y me arrepentí de haberlo leído pasando el Almendares en bicicleta.

El camarero me ha traído los boquerones y lo acompaño (ahora sí) con rebanadas de un pan que se moja de aceite de oliva. A pesar de esto no vienen a mis pies las palomas que ya imagino calcinadas. Parecen mansas esas palomas soleadas. En la Cuba de los noventa (de la cual hablan esos sajones eruditos) no hubieran sobrevivido a unas buenas pedradas y a un caldero, como ocurrió con miles de gatos de La Habana.

Las parejas han venido esta tarde a festejar la víspera de la Feria anual de la ciudad,  y sonrientes beben cervezas bajo los parasoles de color blanco roto. Las veo pasar, a las muchachas, de dos en dos o en breves grupos, siempre bronceadas y con una pulcritud que imagino poseída por ese olor a azahar que viene de los jardines acompañado de algún que otro soplo de brisa.

Cuando me preguntan por qué me fui de Cuba casi siempre respondo que por la falta de almuerzos. Me digo que un país debe evaluarse por la posible calidad de sus almuerzos. Y me doy cuenta que este almuerzo en Sevilla ocupa hoy en realidad el lugar del desayuno.

Esta madrugada he vagado con un mapa hasta el amanecer y me he ido después a dormir al hotel. Atravesé varias veces ese jardín de enfrente, seguí por callejuelas empinadas del barrio de Santa Cruz, y el recuerdo de las luces de la catedral, las sombras de palmeras y  los muros del Alcázar, me permiten imaginar el perfume de las muchachas que pasan sonrientes a mi lado.

Casi sin darme cuenta retomo la lectura del artículo sobre las virtudes del hambre cubana. Veo que nada dicen estos genios de las consecuencias que trajo para muchos de nosotros la carencia de vitaminas, de productos lácteos, incluso de las frutas inexplicablemente desaparecidas por la pésima administración de la agricultura. De la polineuritis que ante el asombro de todos dejaba inválida a personas hasta entonces normales. Mucho menos de la falta de higiene, de agua, y los desequilibrios que aún nos dura cuando se interrumpe la electricidad sin previo aviso.

Me sirven el pulpo a la gallega en su típico plato de madera. Cierro los ojos y para que no me tomen por un loco, me pongo las gafas de sol. Trato de responderme si he comido pulpo en Cuba, y sólo recuerdo unos estupendos probados en Siracusa hace dos años. Compruebo al terminar que sigue intacto el sol radiante, que en Francia (dice el periódico) hay todavía lugares con nieve, y que me quedan aún unos días de viaje por Andalucía.

Y recuerdo también que al final de la novela de Hamsum,  el desdichado Widel-Jarlsberg sale huyéndole al hambre en un barco que se va a buscar carbón a Cádiz.

Ilust: Hambre de Lino Eneas Spilimbergo

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23 mars 2013 6 23 /03 /mars /2013 00:19

Bruegel.jpg

Hace años cumplo en dos momentos del día con la repetición de la misma pregunta: Entonces, ¿qué hago aquí? Al acostarme y mirar al techo del cuarto. Al despertarme y mirar al techo del cuarto. He colgado en el techo unas estrellas que forman la Osa Polar. Que son mi Osa Polar. Cada cual tiene derecho a elegir sus estrellas, ¿no?

Entre las estrellas y la nieve siempre imaginé al mundo. Las estrellas, lo único que poseía al mirar al cielo que me creía universal, en medio de las noches calurosas de Cuba. Mirar al cielo debe ser como mirar a los ojos de otra persona que lo contempla desde algún lugar más allá del agua, me decía entonces. Tocar la nieve, la prueba de la fuga, como la foto de la tumba de Borges en el cementerio de Ginebra que me enviara un suizo que conocí tirado en la arena de la playa de Guanabo.

Desde que quise conocer la nieve me di cuenta que me iría. En alguna edad no bastaron ya las estrellas para olvidar mi rabia prohibida. No sólo me iría de la isla, sino también de París. París la nueva patria nevada y solitaria, agotadora y enfermiza, con leales compensaciones. (Están ahí las compensaciones, con sólo estirar las manos hacia el cielo). Pero una patria verdadera, o lo que es lo mismo, adoptiva. Nadie me conoce aquí. Ni comentan como me visto ni de dónde vienen mi acento y mis modales. He logrado la más difícil de mis aspiraciones insulares; vivir solo en una ciudad donde soy invisible y hasta fracasar es hermoso.

Además, quién va a criticarle a uno la malcriadez disfrazada de nostalgia de repetir cuando menos se espera: “Extraño mi casa, quiero decir…París”. Aunque esté frente al mar o bajo la sombra de las nalgas de G. que me habla de cuándo llegará al fin la luz de la primavera por estas alturas del mapa.

(Al fin una buena noticia sobre mis relaciones con la nieve: nunca tuve, por suerte, una novia francesa a la cual le gustara esquiar. Nunca. Todas han sido entusiastas playeras, o casi…)

Viví en Grenoble, la ciudad más fría de Francia, a unos pasos de la casa de familia de Stendhal. Peor aún: viví un invierno en Grenoble. Encerrado, en una casa a oscuras y sin calefacción. Esperando a un hijo. O más bien, la noticia de la llegada de un hijo que, al final, nacería el mismo día que Stendhal: un 23 de enero.

Dormía con ropa, con mucha ropa y guantes y bufanda. Dejaba en el balcón un litro de leche abierto para desayunar temprano aunque estuviera congelado. Me quedaba una reserva de gas para hacer el café. Al asomarme al balcón, envuelto en mantas como un peregrino medieval, veía en el horizonte la sombra nívea de las montañas.

A veces hasta llamaba por teléfono a alguien, repetía: No se preocupen, sobrevivo, y las clases que doy no parecen aburridas, y una muchacha llamada Leila me lleva a pasear de vez en cuando. La ciudad tiene una multitud de minúsculas plazas italianas.

Me alumbraba en la noche con una linterna, cuando la luz de un lampadario que se proyectaba desde la redacción del Dauphiné Libéré, el periódico local, me agotaba la vista. Leía Stendhal, sus memorias, Vie de Henry Brulard. Stendhal escribe y dibuja con trazos de niño, la adoraba casa de su abuelo, y una ciudad que él detestaba hasta el punto de estudiar matemáticas durante todo un año para poder huir del padre a París.

Me iba a clases por las mañanas, puntualmente, en un tranvía. Atravesaba Grenoble donde ningún transeúnte suponía quién era, quizás porque daban la eterna impresión de estar adormecidos, y sólo se movían de sus monotonías al sonido del chiflido del tren.

Yo sólo tenía allí noticias de aquel lugar por los remordimientos de Stendhal a la prematura muerte de su madre, y la fealdad acomplejada de su rostro que no le impidiera sumar una lista interminable de mujeres conquistadas.

Seguía con la vista los raíles que zigzagueaban sobre el asfalto y la hierba hasta doblar a la derecha y llegar temprano a un lugar con nombre de valle acogedor: Saint Martin d’Heres. La universidad, como casi todo allí, se llamaba Stendhal.

Como un fugitivo que se sabía de paso, evitaba hablar con quienes cruzaba en los pasillos al entrar o salir a dar mis clases de traducción. La visión de las montañas a través de los ventanales, lejos de sosegarme, me hacía pensar en el horario de los trenes que me llevarían de vuelta a París.

(Por primera vez en mi vida de exilado Cuba no era la ausencia maldecida).

Un anochecer, al salir de un aula de la planta baja, una estudiante llamada Leila me propuso acompañarme a conocer la ciudad. Quería ser institutriz, Leila, irse de allí, aunque amara las montañas, para estudiar en Bretaña. Parecía delgada y ligera bajo la nieve, y de tanto caminar decidimos pararnos, el día de nuestro primer paseo, a beber cerveza en una taberna no lejos de la plaza Grenette.

Me habló del barrio italiano, Leila. Yo le recordé que Grenoble alguna vez perteneció a Italia, como Niza. Que quizás por esa razón fue más fácil para Stendhal ir y venir sin remordimientos de París a Italia, hasta su muerte. No la llevé, claro, a la casa sin electricidad y helada donde me refugiaba, y no recuerdo ahora el pretexto para evitar mostrarle en qué condiciones pasaba el invierno su profesor de español.

El tren de Lyon a Grenoble se detuvo aquella noche sin avisar a los pasajeros lo que sucedía. Por el teléfono entró un mensaje que quiero pensar fue el responsable del estatismo del tren bajo la nevada: Joaquim había nacido hacía unos minutos, y yo corría gritando sobre los raíles congelados para volver a París, para ir a besar a Joaquim a Fontainebleau.

Otro invierno, y no lejos del Palais Royal, una placa de bronce apaciguó mi abulia: “Aquí Stendhal escribió El Rojo y el Negro", decía. Con una suerte que considero insólita, yo había podido al final consultar algunos manuscritos del escritor en la biblioteca municipal de la ciudad natal que tanto aborreciera. Llegué, tratando de cerrar un paraguas que me mojaba las manos, explicando que era profesor y no sé cuántas cosas más. A la tercera vez me dejaron acercarme a aquellas notas de todas formas indescifrables.

La nieve no deja pensar si se está a la intemperie  Por eso la madrugada que descubrí la tarja, seguí caminando hasta el apartamento de prestado que ocupaba entonces en la calle Richelieu. Como este anochecer en que han sido suspendidas las clases en la universidad en las afueras de París donde trabajo ahora, porque nadie ha venido a causa de la nieve, y es más temprano que de costumbre cuando vuelvo a casa.

Me acuesto. Miro en el techo a las estrellas y a mi lado una de mis plantas sacada del balcón para evitar que muera por la nevada. Al poner el despertador no puedo impedirme mirar un momento qué tiempo anuncian para mañana. 23 de marzo, dice el calendario. Otro aniversario festivo de mi llegada de Cuba.

Tengo algunas dudas, por eso me pongo a buscar desnudo por el salón mi ejemplar garabateado de las memorias de Stendhal que leyera escondido allá en Grenoble.  En la página 445 de Vie de Henry Brulard, encuentro lo que busco: Henri Beyle murió de apoplejía, en París, no lejos de donde escribiera El Rojo y el negro, a las 2 de la madrugada de un 23 de marzo.

Como en el cielo de París raramente se ven las estrellas, corro la cortina y veo caer la nieve sobre los tejados, haciéndome de otra manera la misma pregunta de siempre: Entonces, ¿qué hago aquí? No creo que al mirar la nieve uno pueda imaginar con esperanzas la sensación de estar compartiendo  con alguien el mismo paisaje, como cuando miramos las estrellas en el cielo.

Ilust: Bruegel, Cazadores en la nieve

 

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24 février 2013 7 24 /02 /février /2013 12:41

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           Viendo a un grupo de adolescentes en el aeropuerto Marco Polo de Venecia, me di cuenta que me encanta ver pasar a los viajeros. Iban así, despreocupados, mordiendo chocolatines y escuchando música, sonriendo al empujarse las mochilas o ajustarse las gafas. Con colores, muchos colores diferentes ondulando en el grupo que avanzaba, supuse, hacia caminatas entre canales con fondos de voceadas barcarolas.

Me pongo ahí, incisivo, cada vez, a imaginar dónde nacieron, qué van a hacer en esos lugares que miran y fotografían con lento paso de tránsito y regocijo, los viajeros. Y me gustan, me digo (para tratar de aclarar esa jubilación incorregible), porque me imagino qué hubiera sido mi vida en lugar de ellos y, sobre todo, porque siempre (y esto no es una humanista exageración) recuerdo a alguien de Cuba que no ha podido viajar como quisiera.

(Entonces, cuando mi observación  de los colegiales en Venecia, yo era un exilado. Ahora no, el verano pasado pude volver a Cuba).

El error radica, claro, en confundir a un viajero con un fugitivo, al placer con la huida como atolondrada solución a un malestar. ¿Hay que insistir en  la diferencia entre el viajar sin regreso obligado y ese itinerario ficticio de quien mira para contar y recordar más tarde en su cómodo punto de partida?

Por eso la paradoja de querer imaginar con envidia las vidas que no tuve, y apiadarme de las que podría haber tenido si me hubiese quedado en Cuba. Y en el medio de estos dos falsos dilemas estoy yo. Yo y los primeros 30 años de mi vida, en la isla. Los primeros 30 años que lo cambian todo: las maneras de apreciar o lamentar la suerte o la desgracia de no haber podido decidir cuándo conocería la nieve.

Uno no nace en el lugar que elije (eso se sabe), ni puede asumir el no haber nacido en ese lugar, pero no tener elección después, es peor que la resignación de un patriotismo obligatorio.

De repente todo parece cambiar para los cubanos: ya pueden viajar, dice el gobierno. Más bien ya tienen el derecho a un pasaporte. Sin preguntarse demasiado sobre las visas, saltan de júbilo quienes (yo hubiera hecho igual o peor) se creen al fin con la libertad de poder irse de viaje. Y se van de viaje…algunos cubanos.

Emblemáticos detractores del gobierno andan de gira por el mundo. Los tres más conocidos: Eliécer (el joven informático famoso por un debate público con el Presidente de la Asamblea Nacional), Rosa María Payá (hija de Oswaldo Payá, disidente cubano muerto en julio pasado en un controvertido accidente), y la figura más conocida, la bloguera Yoani Sanchéz.

Esperemos que Eliécer pueda volver de la nieve de Estocolmo, la hija de Payá de sus múltiples citas en Ginebra y Madrid, y que Yoani Sánchez (después de sortear actos de repudio de manipulados simpatizantes del régimen de La Habana y críticas de ciertos exilados) pueda de nuevo vivir en el piso 14 de su edificio del barrio del Vedado.

Cambian las reglas de juego y se corren riesgos. Al decidirse a mover las líneas de la frontera invisible de la ley, el gobierno cubano cambia las reglas de juego, repito. El viajero ya no puede asumirse como un fugitivo, ni como un refugiado, ni como un exilado: entra y sale a su antojo durante 2 años, sin perder sus derechos. La cosa no es nueva: el músico Gorky, uno de los más virulentos anticastristas, ha vivido meses en México y después ha entrado sin aparentes problemas a Cuba.

¿Por qué estos cambios? No sé, no tengo la competencia necesaria para considerarme un politólogo. Para nadie es un secreto que los cubanos no parecemos dotados por los dioses para el arte de la política. Yo simplemente puedo pensar por imágenes que trato después de poner un poco en orden, sin casi nunca conseguirlo. Como la tarde en el aeropuerto Marco Polo al tratar de explicar mi regocijo y mis remordimientos, ante sonrientes e indolentes estudiantes de paso.

El verano pasado, en una guagua habanera, un joven cubano, cuando le pregunté qué pensaba de las reformas castristas, me respondió con una frase que ahora cito: “Hay dos cosas en las que todo el mundo está de acuerdo en este país: que esto no puede seguir así, y que las reformas son irreversibles”.

En 1770, casi dos siglos después de publicados los célebres Ensayos de Montaigne, un cura francés llamado Prunis encontró en el castillo del escritor  un cofre con el manuscrito de un diario de viajes. El hecho quiso ser silenciado por los apasionados admiradores de Montaigne: el haber sido él un viajero que se fue a Roma echaba por tierra el mito del viaje intelectual sin moverse de la torre de su castillo.

Visto de otra manera, viajar a Italia, como después harían Descartes, Stendhal y Proust (entre otros emblemas de la cultura francesa), pone en aprietos a quienes defienden la imagen del pensador autosuficiente. Al llegar a Venecia y quedarse allí una semana, Montaigne confiesa darle la razón a su amigo La Boétie cuando éste le dijo: “Me hubiera gustado más haber nacido en Venecia que en el Périgord”.

Dejemos al tiempo, me digo, que esta limitada apertura a los cubanos de la isla, permita desplazar los límites hacia una verdadera libertad de elección: la que incluya sacar del poder en elecciones a quién se elija, y viajar sin restricciones ni dudas de poder volver cuando no se está de acuerdo con la dictadura.

No soy nada optimista ni aficionado a los entusiasmos colectivos, pero es posible que con las experiencias de estos viajes se acelere la democratización de Cuba. Sorpresas de ambos lados, desacuerdos y hasta agresividades, seguro que habrá de sobras durante el periplo de estos tres jóvenes por el mundo.

A mí, que me encanta equivocarme (para supuestamente aprender), me gustaría ver pasar cubanos verdaderamente libres por todas partes, hasta por el aeropuerto Marco Polo y los canales de Venecia. Poder decir un día como Montaigne que hubiera sido mejor haber nacido en otro sitio, sin que nadie evalúe mis palabras si quiero ir a Cuba, como volvería en su caballo Montaigne a Burdeos, después de admirar Venecia, para completar el tercer y último tomo de sus célebres Ensayos sobre la condición humana.

Foto: Orlando Luis Pardo Lazo

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2 février 2013 6 02 /02 /février /2013 02:04

Tombe_de_Baudelaire.jpg

Una tarde de verano, caminando por el Jardín de las Tuileries, vi pasar un cortejo de soldados a caballo que conducían a un hombre a pie, encadenado, y vestido también con uniforme militar.

“Van a ejecutar a ese general”, se oía al pasar, como era mi caso, en medio de una multitud que, intimidada quizás por la procesión militar, prefería guardar silencio o murmurar entre sí.

Apenas llegada la comitiva al estanque circular de donde provenían unos graznidos de patos, los soldados giraron hacia la derecha al grito de una orden, y siguieron rumbo al muro de la terraza que separa el jardín del Sena. Fue entonces que comenzó a oírse un canto fúnebre entonado por el propio general.

Sin embargo, en vez de seguir con la vista al cortejo o escuchar al general, la atención de muchos de los curiosos se desvío en dirección a la Plaza Luis XIV, a un costado del Louvre, de donde se veía venir galopando la silueta de un caballo desbocado y sin jinete que cada vez se acercaba más a la muchedumbre.

Casi nadie recordaría haber visto el momento en que un soldado entregaba un fusil al general prisionero después de haberle liberado las manos. Acto seguido, y sin dejar de apuntar hacia la sombra de la estatua de Luis XIV de donde venía el caballo, se oyó una detonación acompañada de unos relinchos que antecedieron la caída del animal, muerto, a escasos metros de la fuente de la que volaron, espantados, decenas de patos.

            Una parte de la multitud, confundida, corría a refugiarse tras las alineadas ramas blancas de  moreras, mientras que otra, estática, presenciaba con asombro la escena: el general levantando el fusil aún humeante saludaba a la concurrencia en señal de victoria.

            El olor a pólvora pasaba flotando entre  los espectadores hacia el río, impulsado por una breve brisa que siguió a un momentáneo silencio.

_ Como ordena la tradición, gritó el verdugo para que lo escucharan todos, cuando un general es condenado a muerte y su caballo aparece en medio de la ejecución, y éste lo mata, el general salva su vida.

_ Y entonces… intentó preguntar el general al verdugo antes de ser decapitado de un certero golpe de hacha, y ver el público rodar su cabeza  hasta a unos pasos de los ojos abiertos del caballo fusilado, y de mis zapatos salpicados de sangre.

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14 janvier 2013 1 14 /01 /janvier /2013 22:50

El-mundo-aproximado.jpg

(Notas sobre El mundo aproximado de Orlando Fondevila)

Uno se levanta por la mañana y prepara un café. Es domingo y tiene tiempo de mirar hacia el balcón el verde de las plantas que amenaza con estropear el invierno. Abre el libro, quiero decir, se acerca a él, y poco a poco se va mostrando un mundo (que ya anunciaba el título) en el cual la discreción, la intensidad del tono y de la expresión, nos permiten visitar a alguien a la vez solitario y convencido de su universo a cuestas.

Orlando Fondevilla reúne en El mundo aproximado lo esencial de su poesía escrita en los últimos años y publicada durante su exilio madrileño, lejos de su Cuba natal, de ese territorio espiritual que él prefiere seguir llamando “Patria” a pesar de “la historia madrastra” que pesa “como un pesado enorme de montañas”.

El mundo de Fondevilla se mueve entre dos espacios (los extremos de dos arcos) que él demarca desde el umbral del libro: Cuba y el Exilio, la Patria y España. Un mundo compuesto por otros dos grandes territorios sentimentales: el del poeta aislado que mira, describe y trata de definir su vida, sus amores platónicos, y su escritura. Y otro, el de esa Patria evocada desde una perspectiva en la cual (como en el caso de José Martí) el intimismo, por suerte, se impone a la visión política, tal y como se puede apreciar en el poema “Postdata española”, escrito en el momento preciso de su llegada a España:

Vengo trastabillando de un mundo

de ponientes

y de cosméticos amaneceres

y de mis dolidas y atascadas alas

rabiosas de soledad y silencio.

Frágiles son mis murallas

Tras las que un día pedalee mi espanto.

Fatiga y farsa que es toda vida

a pesar de colgajos y abalorios.

(…)

Vengo y llego y suplico

30 centímetros de tierra en que pararme

dos o tres hilos hacia el fondo

y aunque sea uno sólo hacia lo alto

Allí donde está la mayéutica escondida del alba.

Nada más.

       El título del poema es revelador: una nueva vida comienza, pero una vida como continuación o apunte (como postdata) de una experiencia interrumpida por la violencia del des-tierro: el abandono del origen, de la tierra, y la modesta súplica de un espacio mínimo para empezar de nuevo.

Quizás Fondevila no lo recuerde, pero yo sí. Una tarde, tomándonos un café en su primer viaje a París, él me habló de ese día de la llegada a España. De su primera noche en un hostal y de un gesto que, como un daguerrotipo, vuelve ahora tras la lectura del poema: la contemplación de una maleta abierta con escasas pertenencias sobre la cama pagada de prestado, y una pregunta dramáticamente lógica en esas circunstancias: ¿y ahora cómo voy a hacer aquí?

Raúl Rivero, con la perspicacia que lo caracteriza, en su prólogo “Apuntes sobre las sombras calladas”, describe con justeza a Fondevilla como una “isla itinerante y sin fronteras”. Leyendo estos poemas uno constata entonces que a Orlando le bastaba saber, como a Nabokov, que un escritor en el exilio lleva su país consigo mismo, y que la escritura y Cuba serían para siempre sus más fieles compañías.

Algo que sorprende en este lenguaje poético es que no admite dudas ni las especulaciones que éstas suelen engendrar en imágenes que confronten la realidad y sus deseos, lo que se observa y lo abandonado. Y no hay dudas porque una buena parte de estos poemas sitúan al hombre y su representación a partir de convicciones estéticas o morales. “Lo Bueno” y “Lo Malo”, titula el poeta su personal declaración de principios según los cuales, lo peor de un hombre es “aplaudir con otras manos”.

El crítico José Olivio  Jiménez en su ensayo “De José Martí a César Vallejo: anticipos y afinidades” de su libro Poetas contemporáneos de España y América, demuestra las maneras de las que se vale un poeta de la estatura de César Vallejo (para mí entre los tres más grandes de la lengua española en el siglo XX) para apropiarse y modelar, con su expresión propia, la herencia del imaginario martiano.

A pesar de “mentalidades alejadas en el tiempo y el espacio”, anota el crítico, existen puntos comunes en las maneras en que miran y representan el mundo Martí y Vallejo, esto demuestra, según Olivio Jiménez, “la profunda unidad del espíritu humano”.

Y me refiero a este ensayo porque Fondevila en El mundo aproximado confiesa sus deudas tanto con Martí como con Vallejo y Neruda. En el caso de los dos últimos esto se aprecia de manera explícita: dos poemas (“Recados para dos” y “Dos recados y un deseo post-mortem”) así lo reconocen.

La presencia de Martí en la escritura de Fondevila no es tampoco un secreto disimulado.  Martí para él es un modelo orgulloso que se muestra como estandarte, tanto en el lenguaje como en la visión de este otro poeta cubano exilado en España que confirma: “Es bueno/acunarse cada noche con los Versos Sencillos/para amanecer bostezando su cándida miel,/su premonición de gran cadena de sueltos eslabones,/su fe de metales trashumantes/sin fanfarria y sin inviernos”(“Lo bueno”). La única explicación para estas afinidades elegidas sería, como propone Olivio Jiménez en los casos de Martí y Vallejo, constatar el reclamo por una común y profunda unidad de ambos espíritus.

Siempre he dudado de la validez de clasificar a los escritores por generación o estilos. La lectura de estos poemas viene a reconfortar este riesgo personal. Como una piedra ardiente vendrían las imágenes de Fondevila a desvelar a los críticos nuestros que echan mano a las fechas de nacimiento, a no sé qué experiencia colectiva, al mimetismo aproximado de las imágenes y de ciertas cadencias fonéticas. Una de las ventajas del exilio es ésa: a la errancia geográfica la acompaña otra manera de apropiarse del mundo por la conciencia y las palabras. La poesía de Fondevila cumple de manera ejemplar con estos involuntarios designios.

Aunque son varios los poemas que no pueden olvidarse de este libro (“Diálogos difuntos”, “Manifiesto cursi por una quimera”, “Sermón del rey”, “Me confundo, Maestro”, son algunos ejemplos), yo tomo el riesgo de afirmar, con un café humeando una mañana de domingo, que un poema como “Los gorriones” merece un puesto digno en cualquier recuento crítico de la poesía cubana contemporánea:

Los gorriones traspasan los rotos minutos de la tarde

Recitan el retórico ritual convenido

Dispuestos al cambio del universo.

Nada esperan porque se tienen a sí mismos

Son dueños plenarios de su canto

De la ucronía de su pico

De la alegría del árbol que desconocen

Porque es su árbol

Dueños de la ubicua risa del instinto demolido

De las guirnaldas indistintas del carmín y de la ausencia.

Los gorriones son la fiesta del ala que bulle o que calla.

Su fiesta es su siempre fiesta de la labor o del sueño.

Los gorriones son la perfección de Dios, y su encanto.

 

Publicado en Revista Hispano-Cubana, Madrid, No. 43, Abril-Octubre 2012, p. 192-195.

 

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