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2 février 2013 6 02 /02 /février /2013 02:04

Tombe_de_Baudelaire.jpg

Una tarde de verano, caminando por el Jardín de las Tuileries, vi pasar un cortejo de soldados a caballo que conducían a un hombre a pie, encadenado, y vestido también con uniforme militar.

“Van a ejecutar a ese general”, se oía al pasar, como era mi caso, en medio de una multitud que, intimidada quizás por la procesión militar, prefería guardar silencio o murmurar entre sí.

Apenas llegada la comitiva al estanque circular de donde provenían unos graznidos de patos, los soldados giraron hacia la derecha al grito de una orden, y siguieron rumbo al muro de la terraza que separa el jardín del Sena. Fue entonces que comenzó a oírse un canto fúnebre entonado por el propio general.

Sin embargo, en vez de seguir con la vista al cortejo o escuchar al general, la atención de muchos de los curiosos se desvío en dirección a la Plaza Luis XIV, a un costado del Louvre, de donde se veía venir galopando la silueta de un caballo desbocado y sin jinete que cada vez se acercaba más a la muchedumbre.

Casi nadie recordaría haber visto el momento en que un soldado entregaba un fusil al general prisionero después de haberle liberado las manos. Acto seguido, y sin dejar de apuntar hacia la sombra de la estatua de Luis XIV de donde venía el caballo, se oyó una detonación acompañada de unos relinchos que antecedieron la caída del animal, muerto, a escasos metros de la fuente de la que volaron, espantados, decenas de patos.

            Una parte de la multitud, confundida, corría a refugiarse tras las alineadas ramas blancas de  moreras, mientras que otra, estática, presenciaba con asombro la escena: el general levantando el fusil aún humeante saludaba a la concurrencia en señal de victoria.

            El olor a pólvora pasaba flotando entre  los espectadores hacia el río, impulsado por una breve brisa que siguió a un momentáneo silencio.

_ Como ordena la tradición, gritó el verdugo para que lo escucharan todos, cuando un general es condenado a muerte y su caballo aparece en medio de la ejecución, y éste lo mata, el general salva su vida.

_ Y entonces… intentó preguntar el general al verdugo antes de ser decapitado de un certero golpe de hacha, y ver el público rodar su cabeza  hasta a unos pasos de los ojos abiertos del caballo fusilado, y de mis zapatos salpicados de sangre.

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14 janvier 2013 1 14 /01 /janvier /2013 22:50

El-mundo-aproximado.jpg

(Notas sobre El mundo aproximado de Orlando Fondevila)

Uno se levanta por la mañana y prepara un café. Es domingo y tiene tiempo de mirar hacia el balcón el verde de las plantas que amenaza con estropear el invierno. Abre el libro, quiero decir, se acerca a él, y poco a poco se va mostrando un mundo (que ya anunciaba el título) en el cual la discreción, la intensidad del tono y de la expresión, nos permiten visitar a alguien a la vez solitario y convencido de su universo a cuestas.

Orlando Fondevilla reúne en El mundo aproximado lo esencial de su poesía escrita en los últimos años y publicada durante su exilio madrileño, lejos de su Cuba natal, de ese territorio espiritual que él prefiere seguir llamando “Patria” a pesar de “la historia madrastra” que pesa “como un pesado enorme de montañas”.

El mundo de Fondevilla se mueve entre dos espacios (los extremos de dos arcos) que él demarca desde el umbral del libro: Cuba y el Exilio, la Patria y España. Un mundo compuesto por otros dos grandes territorios sentimentales: el del poeta aislado que mira, describe y trata de definir su vida, sus amores platónicos, y su escritura. Y otro, el de esa Patria evocada desde una perspectiva en la cual (como en el caso de José Martí) el intimismo, por suerte, se impone a la visión política, tal y como se puede apreciar en el poema “Postdata española”, escrito en el momento preciso de su llegada a España:

Vengo trastabillando de un mundo

de ponientes

y de cosméticos amaneceres

y de mis dolidas y atascadas alas

rabiosas de soledad y silencio.

Frágiles son mis murallas

Tras las que un día pedalee mi espanto.

Fatiga y farsa que es toda vida

a pesar de colgajos y abalorios.

(…)

Vengo y llego y suplico

30 centímetros de tierra en que pararme

dos o tres hilos hacia el fondo

y aunque sea uno sólo hacia lo alto

Allí donde está la mayéutica escondida del alba.

Nada más.

       El título del poema es revelador: una nueva vida comienza, pero una vida como continuación o apunte (como postdata) de una experiencia interrumpida por la violencia del des-tierro: el abandono del origen, de la tierra, y la modesta súplica de un espacio mínimo para empezar de nuevo.

Quizás Fondevila no lo recuerde, pero yo sí. Una tarde, tomándonos un café en su primer viaje a París, él me habló de ese día de la llegada a España. De su primera noche en un hostal y de un gesto que, como un daguerrotipo, vuelve ahora tras la lectura del poema: la contemplación de una maleta abierta con escasas pertenencias sobre la cama pagada de prestado, y una pregunta dramáticamente lógica en esas circunstancias: ¿y ahora cómo voy a hacer aquí?

Raúl Rivero, con la perspicacia que lo caracteriza, en su prólogo “Apuntes sobre las sombras calladas”, describe con justeza a Fondevilla como una “isla itinerante y sin fronteras”. Leyendo estos poemas uno constata entonces que a Orlando le bastaba saber, como a Nabokov, que un escritor en el exilio lleva su país consigo mismo, y que la escritura y Cuba serían para siempre sus más fieles compañías.

Algo que sorprende en este lenguaje poético es que no admite dudas ni las especulaciones que éstas suelen engendrar en imágenes que confronten la realidad y sus deseos, lo que se observa y lo abandonado. Y no hay dudas porque una buena parte de estos poemas sitúan al hombre y su representación a partir de convicciones estéticas o morales. “Lo Bueno” y “Lo Malo”, titula el poeta su personal declaración de principios según los cuales, lo peor de un hombre es “aplaudir con otras manos”.

El crítico José Olivio  Jiménez en su ensayo “De José Martí a César Vallejo: anticipos y afinidades” de su libro Poetas contemporáneos de España y América, demuestra las maneras de las que se vale un poeta de la estatura de César Vallejo (para mí entre los tres más grandes de la lengua española en el siglo XX) para apropiarse y modelar, con su expresión propia, la herencia del imaginario martiano.

A pesar de “mentalidades alejadas en el tiempo y el espacio”, anota el crítico, existen puntos comunes en las maneras en que miran y representan el mundo Martí y Vallejo, esto demuestra, según Olivio Jiménez, “la profunda unidad del espíritu humano”.

Y me refiero a este ensayo porque Fondevila en El mundo aproximado confiesa sus deudas tanto con Martí como con Vallejo y Neruda. En el caso de los dos últimos esto se aprecia de manera explícita: dos poemas (“Recados para dos” y “Dos recados y un deseo post-mortem”) así lo reconocen.

La presencia de Martí en la escritura de Fondevila no es tampoco un secreto disimulado.  Martí para él es un modelo orgulloso que se muestra como estandarte, tanto en el lenguaje como en la visión de este otro poeta cubano exilado en España que confirma: “Es bueno/acunarse cada noche con los Versos Sencillos/para amanecer bostezando su cándida miel,/su premonición de gran cadena de sueltos eslabones,/su fe de metales trashumantes/sin fanfarria y sin inviernos”(“Lo bueno”). La única explicación para estas afinidades elegidas sería, como propone Olivio Jiménez en los casos de Martí y Vallejo, constatar el reclamo por una común y profunda unidad de ambos espíritus.

Siempre he dudado de la validez de clasificar a los escritores por generación o estilos. La lectura de estos poemas viene a reconfortar este riesgo personal. Como una piedra ardiente vendrían las imágenes de Fondevila a desvelar a los críticos nuestros que echan mano a las fechas de nacimiento, a no sé qué experiencia colectiva, al mimetismo aproximado de las imágenes y de ciertas cadencias fonéticas. Una de las ventajas del exilio es ésa: a la errancia geográfica la acompaña otra manera de apropiarse del mundo por la conciencia y las palabras. La poesía de Fondevila cumple de manera ejemplar con estos involuntarios designios.

Aunque son varios los poemas que no pueden olvidarse de este libro (“Diálogos difuntos”, “Manifiesto cursi por una quimera”, “Sermón del rey”, “Me confundo, Maestro”, son algunos ejemplos), yo tomo el riesgo de afirmar, con un café humeando una mañana de domingo, que un poema como “Los gorriones” merece un puesto digno en cualquier recuento crítico de la poesía cubana contemporánea:

Los gorriones traspasan los rotos minutos de la tarde

Recitan el retórico ritual convenido

Dispuestos al cambio del universo.

Nada esperan porque se tienen a sí mismos

Son dueños plenarios de su canto

De la ucronía de su pico

De la alegría del árbol que desconocen

Porque es su árbol

Dueños de la ubicua risa del instinto demolido

De las guirnaldas indistintas del carmín y de la ausencia.

Los gorriones son la fiesta del ala que bulle o que calla.

Su fiesta es su siempre fiesta de la labor o del sueño.

Los gorriones son la perfección de Dios, y su encanto.

 

Publicado en Revista Hispano-Cubana, Madrid, No. 43, Abril-Octubre 2012, p. 192-195.

 

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24 décembre 2012 1 24 /12 /décembre /2012 15:54

100 0760-copie-1

1 La folie Baudelaire,  de Roberto Calasso, Gallimard, 2011.

        Otro libro escrito, quizás, como sólo saben hacerlo ahora los ensayistas italianos: con la inteligencia de las ideas exaltadas por el preciosismo del estilo, y la sensible tentativa de entrar en contacto con el hombre que escribe. Se exploran aquí los fundamentos de la estética de Baudelaire, no sólo a través de sus poemas y prosa, sino también de su intimidad, los testimonios de sus amigos y el imaginario material del poeta. El objetivo: precisar los efectos de lo que Calasso nombra “La ola Baudelaire” que irrumpe en las escrituras de Chateaubriand, Stendhal, Nietzsche, Flaubert, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, llega hasta Proust, y permanece como un molesto hallazgo de la modernidad.

2 Les Confessions de Jean-Jacques Rousseau, Gallimard, 1973.

         Una remota deuda nacida una madrugada del invierno de 2007, al vagar perdido por una callejuela de Grenoble hasta detenerme a leer sobre una tarja: “Casa donde viviera J.J. Rousseau”. Lo que buscaba en las confesiones de este caminante del espíritu: la manera de contarse a sí mismo, la exuberancia del Yo, y las riquezas de sus apreciaciones contrastadas. Incitación, claro, esta lectura, de los ensayos de Jean Jacques Starobinski, compatriota suizo y gran especialista de Rousseau a quien he leído de manera paralela: La transparence et l’obstacle (1957), y el ensayo “Le progres de l’interprète” del libro La relation critique de 1970.

3 François Villon de Marcel Schwob, Allia, 2008.

            Libro encontrado por azar en París en librería de viejos. Schwob y sus Vidas imaginarias son una vieja referencia habanera de las ediciones Cocuyo. En este ensayo de 1912, Schwob, fiel a sus obsesiones, insiste en la vida del más célebre de los poetas franceses de la Edad Media, para especular sobre las relaciones entre las aventuras insólitas de Villon, y la jerga de su poesía que la hace hermética, al igual que la manera particular de emplear el francés antiguo. Incitante además (¿no es cierto?) que un autor de vidas apócrifas trate de imaginar el  origen y el destino de la vida y la escritura de un escritor como Villon,, de cuya desaparición no se tienen detalles…

4 Vies minuscules de Pierre Michon, Gallimard, 1984.

          Al fin comienzo a saldar mis deudas con uno de los pocos grandes escritores franceses de la actualidad. Este libro es el primer gran éxito de este escritor, de una prosa tan preciosista como compleja, lenta, rebuscada. Se cuentan (como lo indica el título) en este libro, las biografías de personas y de objetos, pero como si fueran la experiencia de un mismo sujeto, y conservando una intrigante unidad en su conjunto.

5   La nef des fous (The ship of fools) de Gregory Norminton, Grasset, 2002.

            Leído por casualidad: buscaba ejemplos de cómo narrar una historia a partir de las imágenes de un cuadro. En este caso, La nave de los locos (el único cuadro de El Bosco que posee el Louvre) funciona como fuente de imaginarias historias de cada uno de los personajes del cuadro. Primer libro de este joven autor británico, la novela en realidad se estructura a través de la sucesión de “cuentos” de sus vidas. El cuadro funciona así como el espacio que completa esta suma de anécdotas.

6 Amor y ley en Cervantes de Roberto González Echevarría, Gredos, 2008.

            En este libro el académico  cubanoamericano  interpreta la obra de Cervantes a partir de la tesis de su clásico Mito y archivo: el discurso jurídico, sus conflictos y soluciones funcionan como modelos de la novela moderna. Para la interpretación del Quijote, Echevarría considera que además del derecho es el amor quien fundamenta la visión cervantina de la novela, como demuestra en el capítulo 7. En todo caso, González Echevarría posee el don de hacer amena la lectura de este minucioso y erudito estudio.

7 Virgilio Piñera: de vuelta y vuelta, Ediciones Unión, 2012.

           Sí, a pesar de las limitaciones de su edición, las cartas de Piñera revelan la intimidad del escritor y ayudan así a comprender las génesis y las referencias de sus obras. Libro éste que viene a completar el Virgilio en persona de Carlos Espinosa, y se añade también al valioso testimonio de Antón Arrufat: Entre él y yo.

8 “El pathos cubano” de Lino Novás Calvo, Órbita de Lino Novás Calvo, Unión, 2008. 

           Se trata de un ensayo psicosocial sobre lo cubano, escrito en 1932 y publicado en 1935. Intuitivas y lúcidas, pero de un insistente pesimismo, estas páginas muestran otros aspectos del pensamiento del conocido periodista y del autor de la novela El negrero,  incluida también en este volumen.

9 El año del Calipso de Abilio Estévez, Tusquets, 2012.

        Una novela erótica, escrita como las memorias de una iniciación sexual que, de manera culta y sutil, completa, en las letras cubanas, el itinerario abierto por la autobiografía Antes que anochezca de Reinaldo Arenas. Con este libro Abilio aprovecha la ocasión para explicarse a sí mismo, con las perspectivas que confiere la madurez, su visión personal (corporal) del propio acto creativo: escribir es también una expresión del cuerpo y la sensualidad es el requisito esencial del placer estético, de su admiración y también de su propia creación.

10 Callejones de Arabat de Antonio Álvarez Gil, Terranova Editores, 2012.

          Una sorpresa tardía por no haber podido leer hasta ahora a este cubano que vive en Estocolmo. Sin grandes pretensiones formales, Álvarez Gil cuenta la historia de un funcionario cubano en Moscú en los momentos finales de la caída del comunismo y el auge de la perestroika. Se une así este autor a una curiosa tradición de la novelística cubana de la cual forman parte, Juan Arcocha, Jesús Díaz y, sobre todo, José Manuel Prieto. Sensible homenaje además a las víctimas del estalinismo, y al magisterio de Boulgakov y de su novela El Maestro y Margarita.

*

            Quiero creer que no soy nada original al decir que cada día es más difícil leer mucho y que, por consiguiente, cada vez se lee menos: no hay remedio.

Marcel Proust, en un pasaje de su célebre ensayo Sobre la lectura de 1906, insiste en que un espíritu original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. La lectura, añade, es el medio de contacto con otros espíritus, y por tanto la manera de educar las maneras de nuestro propio espíritu. Ahora sabemos que podrían existir otros medios, pero he querido creer que la lectura sigue siendo el ideal para mí.

He tratado, en los últimos tiempos, de adaptar esta idea de Proust al ritmo desenfrenado de mi vida en una ciudad como París, y a un segundo oficio tan exigente como es ser profesor universitario. En primer lugar confronto lecturas críticas con las fuentes, y en segundo, leo lo que tiene que ver con algún proyecto de mi escritura.

Los libros que se citan más arriba cumplieron con una de esas dos premisas: me llevaron a leer y a comprender mejor a ciertos escritores, o intenté que sus sensibilidades pasaran a formar parte de algunas formas deseadas por mí al escribir, quiero decir, al contemplar el mundo.

Foto: Ariane VALDES -PICAULT

 

 

Penultimos Dias

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3 décembre 2012 1 03 /12 /décembre /2012 12:50

Rafael.jpg        

         El día en que comenzaba la primavera del 1996, acabado de quitarme el polvo del avión soviético de Cubana de Aviación que me trajo de La Habana, me fui corriendo al Louvre. De todos los cuadros que vi en esa apresurada visita, el que más me deslumbró fue el Autoretrato con Giulio Romano de Rafael.

            Como es sabido, en ese cuadro Rafael aparece mirando al espectador detrás de su discípulo preferido, sobre el hombro del cual apoya su mano izquierda. A su vez, Giulio Romano mira al pintor, al mismo tiempo que apunta su dedo índice hacia el espectador, hacia nosotros que miramos la escena íntima. Delata algo Giulio que ya el pintor sabe: nuestra presencia.

            Yo veía a Rafael mirarme llegar a un mundo desconocido, y su mejor amigo denunciaba una presencia ajena que ya el mismo pintor había percibido. Estaba tan cerca de ellos dos que el reflejo de la espada de Giulio (cualquiera puede pensar que se trata de una cámara fotográfica) me daba en los ojos como un plateado cirio resplandeciente que insinuaba, me dije, el tono de las jornadas de sobrevida que me esperaban.

            Rafael moriría de fatiga en Roma pocas semanas después de haber pintado este cuadro, el 6 de abril de 1520. Tenía sólo 37 años. De cierta manera con esta imagen había firmado melancólicamente su testamento estético: el pintor se contempla satisfecho, antes de irse transmite su sabiduría a quienes reconocerán su magisterio.

Porque cierto tiempo después pude conocer que este tipo de retrato se concebía en la época delante de un espejo. Y esto cambia la percepción ingenua de que con sólo parase uno ante la escena se nos invita a pasar a la intimidad del genio.

No es a nosotros a quien mira Rafael, no nos delata tampoco el dedo del discípulo, él mismo es quien se mira, y es él a quien no sólo mira Giulio sino también a quien señala en el espejo que ocupa nuestra plaza. A falta de un signo de distinción subordinada, Rafael incluye tres, porque al equivocarnos y ocupar el lugar del espejo sin saberlo, estamos mirándolo a él, y a su obra, al cuadro. Antes de él quizás se atrevieron a tanto únicamente Tiziano y Velázquez.

El arte consiste en representarse a uno mismo, parece decirnos Rafael, a dialogar con la imagen de cada uno de nosotros que, de ser valiosa, será admirada y reconocida en la mirada de los otros: la obra es un espejo en el cual coinciden al mismo tiempo, el artista, el espectador y el heredero de una tradición.

Ahora he vuelto una tarde helada de diciembre a ver al cuadro de aquel lejano primer día. El museo del Louvre organiza una exposición que recoge las obras más importantes de los últimos años del pintor prodigio.

La suma de cuadros y dibujos hace imposible mencionar los múltiples detalles de valor. Valdría la pena detenerse, por ejemplo, en su Madone de la Rosa del cuadro “La santa Familia con el pequeño San Juan Bautista”, en el retrato de “La Fornanina”, su amante, o en el de “Laurent de Médicis”, sin mencionar su “Santa Cecilia”, y los innombrables dibujos y esbozos que en nadie como él se diferencian muy poco de la pintura acabada.

Inútil también tratar de polemizar sobre los fragmentos merecidos de gloria que le pertenecen, en ese trío de genios que él integrara casi al mismo tiempo con Miguel Ángel y Leonardo de Vinci.

Siempre me he preguntado hasta qué punto podemos realmente distinguir la maestría de un trazado, de un color, de una línea, de un estilo. Tratar de definir lo que hace grande a Rafael es casi imposible, me digo, porque sé que el restringido límite de una cultura personal sólo indicaría detalles, en mi caso, sugestivos. Mucho menos tratar de aparentar que uno puede intuir y sintetizar la grandeza de una época cuyas enseñanzas sobre la manera de representar la belleza son eternas, es decir, infinitas.

Hasta cierto punto tranquilizan a mi incompetencia las palabras de Arnold Nesselrath, profesor de la universidad Humboltd de Berlín y responsable de los laboratorios del Vaticano.  Nesselrath afirma con resignada pasión que después de años de estudio no ha terminado de admirar el talento de ese pintor del cual no podrá nunca descubrir todas sus significaciones. Y cita un ejemplo: estudiar las consecuencias de la amistad entre Rafael y Durero sugiere perspectivas inimaginables a la interpretación de sus respectivas obras.

Yo, que sólo puedo admirar, me he vuelto a pasar un buen rato delante de Rafael y su amigo, cuadro que cierra la exposición Rafael, los últimos años del museo del Louvre.

               He querido inventarme que descubro al cabo de dieciséis años un risueño gesto en el cansado rostro del Rafael que se acerca a la muerte. Un guiño que señala las ganancias del paso del tiempo, las enseñanzas casi siempre ignoradas de la experiencia, y una complicidad entre él y cualquier otro espectador que invente seguir este juego de preguntas ante el placer que provocan los hallazgos sutiles al contemplar la belleza.

 

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3 novembre 2012 6 03 /11 /novembre /2012 09:16

libertad-de-viajar-copie-2.jpg         

(Notas sobre las nuevas leyes migratorias cubanas)

        Llegaron insistentes mensajes de Cuba y supuse que algo raro pasaba. Lo de que Fidel se murió ya no despierta apasionadas gritaderas, desde aquel agosto del 2006 en que parecía, de verdad, que era verdad que estaba muerto.

Así que tenía que ser otra cosa más vital, algo que tuviera que ver con una concesión oxigenada de libertad: comer más, comprar, vender, viajar, tener, resolver en definitiva.

(Resolver, ese es el verbo de acción por excelencia de nuestros cubanos insulares contemporáneos).

“Quitaron la tarjeta blanca”, gritaban los mensajes de amigos y conocidos. Hasta mi móvil  marcó una llamada perdida de mi hermana desde Marianao. Tuve que hacer abstracción de mi correcorre de otoño por París, para recordar esa (otra) dichosa tarjeta, además de la de abastecimiento; la blanca.

(La memoria también puede ser egoísta, lo siento. Uno olvida rápido cuando se han resuelto ciertas ambiciones del estómago, la verdad. Surge entonces la paradoja de mirar y juzgar desde lejos algo que termina siéndole a uno ajeno).

“La visa de salida”, le digo a mis alumnos cuando me dicen (traduzco más o menos): Señor, ¿verdad que los cubanos ya se pueden ir cuándo quieran?, lo escuché en el radio, lo leí en el periódico, lo dijeron por la televisión…que quitaron allí no sé qué cosa que permite viajar…

Es decir que mis estudiantes y casi todos los cubanos de la isla se entusiasman igual con esa ley migratoria. Pero por razones diferentes. Mis alumnos porque viven a años luz del exotismo represivo de un gobierno que decide en tu lugar si puedes viajar o no. Mis compatriotas insulares se alegran por la desesperación de resolver lo que no han tenido, y la ilusión muchas veces infantil e irresponsable, de creer que pirándose se resuelven todos los problemas de sus vidas.

Es mejor desarrollar habilidades de ajedrecista que ser jurista, cuando se trata de leer las jugadas de dominó que desde hace medio siglo le permiten sobrevivir al gobierno de La Habana. Se quita la visa de salida, pero se decide qué pasaporte se visa. Se elimina la tarjeta blanca por un cuño de tinta. Si te portas mal o te toman por alguien talentoso, te quedas con la reliquia congelada del pasaporte sin autorización para ver la nieve.

            Es mejor en Cuba ser un tipo normal por los tiempos que corren, vaya, un obediente que no llame la atención para tener, sin problemas, el cuño cerca del avión.

¿Y las visas qué? Mis amigos y familiares entusiastas de la isla olvidan en su comprensible alboroto que si no naciste ni posees pasaporte de un grupito de países prósperos…no puedes viajar adónde quieres por falta de visa…

Bueno, otra noticia acaba de llegar para nuestros nacionales: ya salió la lista de países a los que se puede viajar por la libreta, es decir, ¡sin visa! Veamos algunos ejemplos a manera de ilustración. Los cubanos de la isla pueden viajar a Botswana, Togo, Uganda, Namibia y Kenia, entre los países africanos. También a Haití, Granada y Ecuador, entre los latinoamericanos.  En Asia pueden pasearse unos días por Cambodia, Kirguistán y Singapur, por ejemplo, y hasta pueden ir a Serbia y Moscú, entre las ofertas europeas.

Claro que yo si estuviera todavía en Cuba correría como un loco por toda La Habana con esa generosa lista en los bolsillos: en la primavera del 1994 hasta intenté irme a correr el maratón de Estocolmo. Los suecos son suecos pero no comemierdas, y no me creyeron el cuento del maratonista admirador de sus calles empedradas: me quedé sin visa sueca y corrí, desconsolado, el Marhabana por los baches de La Habana…

Ya imagino otros dramas. El de familias vendiendo sus casas, sus carros, lo que tengan de valor,  para pagarse un billete de avión a Singapur. El de cubanos lejos de sus familias, solos en la taigá, o detenidos en las represivas salas de aeropuertos perdidos en el mapa, tratando, claro, de llegar en su mayoría a Miami para acogerse a la Ley de ajuste.

La ley creada para recibir con ventajas (que no tienen otros inmigrantes latinoamericanos) a fugitivos del comunismo. La ley que ahora, paradójicamente, puede servir para desarrollar un turismo surrealista: el turismo de quienes teniendo la residencia americana en unos meses, no han perdido el derecho de entrar y salir de Cuba, sin tarjeta blanca.

Una suma, un mar, un verdadero bosque de infinitas paradojas originadas por la falta de libertad individual, y por una limitado conocimiento del mundo.

El escritor francés Le Clézio  tituló El bosque de las paradojas su discurso al recibir el Premio Nobel de literatura en 2008. Le Clézio aludía al escritor sueco Stig Dagerman quien llamó así al contraste entre el hecho de escribir en libertad para quienes disfrutan de ella por haberla alcanzado o vivir en un país próspero.

Quizás sea esa la razón por la cual mientras más tiempo pasa de mi salida de Cuba, más trato de ponerme al abrigo de esa paradoja entre el confort de vivir fuera, y la voluntad de opinar y escribir sobre lo que ocurre dentro.

“Para mí que siempre he conocido la posibilidad de movimiento, la prohibición de movimiento, de vivir  en el lugar que uno ha elegido es tan inaceptable como la privación de libertad”, escribió Le Clézio. Para quienes podemos viajar con tanta rutina que hasta olvidamos la existencia de esa vergonzosa tarjeta blanca, también, me digo yo.

Privar de esta libertad y al mismo tiempo regularla por un cuño, y reconocer en esos mínimos cambios un gesto que, por confusión, desconocimiento o alivio, se aplaude, es una de las tantas paradojas que ilustran la historia de Cuba en los últimos años.

                                                                                                Ilust:  Margarita García Alonso

 

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21 octobre 2012 7 21 /10 /octobre /2012 19:04

          Internet-Censura.jpg           Se llama Luis, es ingeniero informático, y deja de mirar el monótono paisaje de las 8 vías, en la guagua refrigerada china que nos lleva de La Habana a Santa Clara, para verme teclear en mi miniordenador.

            Le respondo que vivo en Francia y que estaré seis semanas en una isla que de tanta ausencia ya casi no reconozco, cuando me pregunta de dónde vengo. Le comento (con una mezcla de sinceridad y de desafío) que veo las cosas un poco mejor que cuando me fui, por allá por el período especial: se puede comer cualquier cosa en la calle, comprar y vender las casas, ejercer oficios por cuenta propia, etcétera…) “Lo que no entiendo bien es la manera de funcionar ahora de la gente, lo que piensan de sus vidas aquí”.

  Justifico así que la curiosidad pasé de mi lado para ser yo quien haga preguntas. Pero es inteligente el muchacho, y reímos juntos cuando me propone que está bien, pero que después él necesita conocer algunas cosas sobre el mundo.

           (Durante todo mi viaje a Cuba veo con frecuencia esa inconsciente confrontación: nosotros y el mundo, aquí y el resto, me dicen con frecuencia mis compatriotas insulares…)

            Rememoro entonces un pasaje de 1984 de George Orwel, pero al revés. En esa novela Winston Smith, el protagonista, le pregunta con insistencia a un anciano cómo era la vida en una época anterior a la revolución, si es cierto que antes se vivía mucho peor que en el presente “glorioso” del régimen del “Gran Hermano”. El viejo divaga y no responde con precisión (por precaución) a la pregunta.

            Para mis compatriotas esta indagación está invertida. El mundo es el futuro, y es de eso de lo que quieren saber, como si fuera una certeza resignada que ellos viven en el pasado. Y heme de pronto aquí, yo, que pretendo con este viaje arreglar mis cuentas sentimentales, familiares y hasta psicológicas con mi pasado, siendo la encarnación de un mundo y de un porvenir que ellos (por rebelión y desconocimiento), añoran.

            Me cuenta Luis que está casado con una doctora y que puede viajar en esa guagua  porque su empresa le paga los 18 cuc del pasaje. Me detalla lo que hace, Luis: programas para una corporación que se extiende por toda la isla: no está mal, me asegura, si todo funciona bien me premian con 30 cuc de estímulo al final del mes. Eso aquí es una excepción, me aclara. Algo insólito sí, reconozco, como toda excepción en un lugar de excepciones.

            No quiero que la conversación tome por el camino de temas de sobrevida (desde que llegué cada interlocutor me repite decenas de veces el precio de la carne de puerco y los valores del cambio de la moneda local) y teniendo en cuenta que se trata de un informático le pregunto si lee el blog de Yoani Sánchez.

           La provocación funciona, porque la cabeza y las miradas de Luis giran en todas direcciones, su cuerpo se mueve en el asiento, se persuade de que nadie nos escucha por lo bajo del tono de su voz, antes de comentarme en un susurro: “Eso aquí es candela, no se puede mencionar”. Después del susto me cita también páginas y blogs que deben evitarse: el más curioso para mí, el sitio de compra y ventas revolico.com. “Si la gente lo consulta no va a comprarle nada al estado”, me aclara.

            Y es poco antes de llegar a Santa Clara que Luis me habla de lo que George Orwel, de estar como yo sentado en esta guagua Yutong  llamaría La policía del pensamiento informático. Un amigo de su aula en la universidad se ocupa de leer y suprimir los mails indeseados y de registrar los sitios consultados por los empleados de su empresa.

            Le dejo mi tarjeta a Luis, antes de separarnos, para que me escriba de vez en cuando, y después me doy cuenta de lo absurdo que puede resultarle mi gesto.

            Mi alegría turística por no estar conectado al mundo (como viajero que huye hacia el descanso) se vuelve una preocupación cuando veo las noticias de la televisión cubana. Pregunto en el vecindario quién tiene internet, y con suerte alguien me confirma que puedo, al menos, enviar mensajes desde su casa. Sólo mensajes, nada de poder leer otras páginas, aclara.

Pero la respuesta a mi correo a Francia ha desaparecido: la esposa del vecino elimina el mensaje para ella sospechoso que apareció en francés en su bandeja. Aprendo entonces que hay casos así, en que un amigo de Luis deja pasar el mensaje, pero la censura reaparece, por precavido temor, de manos de un destinatario inadvertido.

Las 24 horas diarias de transmisión de la olimpiada de Londres, y las versiones oficiales sobre la guerra en Siria, desesperan mis programados días sin servicios tecnológicos. Me rindo y me voy a pagar unos cinco euros (es decir 6 cuc) a un centro telefónico de Santa Clara.

No me toma por sorpresa que la comunicación en el ordenador público sea lenta hasta la desesperación, sino que la persona que me vende la tarjeta con el código de acceso confidencial, me pida el pasaporte para copiar junto a mi nombre el número de la tarjeta: del tiro cambio la contraseña de mi dirección personal y me limito a leer El país y no los blogs de cubanos opositores como hago de costumbre.

Sin embargo, se comunican con ese “mundo” deseado los cubanos. Sobre todo los más jóvenes. Uno me cuenta que entra casi disfrazado a la empresa de un amigo y puede leer hasta los blogs de los disidentes. Supongo que ese amigo es, por ejemplo, alguien que como el amigo de Luis al mismo tiempo que vigila viola para él y los suyos, los controles. Otros pagan 10 dólares al mes para que alguien les instale un canal de Miami. Orgullos y furtivos me muestran las descoloridas imágenes en sus televisores Panda de un show kitsch o de una cursi telenovela.

Cuando le comento a un estomatólogo que me alquila una habitación en su casa en Cienfuegos, que la falta de internet y de wi-fi es lo que más me afecta durante mi viaje, me espeta de un golpe una frase que me hace avergonzarme de mi majadería: “Porque usted con sus euros de turista tiene garantizado todo lo demás aquí puede darse el lujo de esa queja”.

Termino rindiéndome y me voy a un hotel. Los noticieros de la televisión francesa que logro captar en la habitación casi me provocan una indigestión de horas de insomnios. Se pueden ver otros canales extranjeros. Pero a condición de ser políglota: ninguno aparece en las pantallas en español, hay que comprender el inglés, el alemán, el francés o el chino…

Bajo al lobby para desayunar con la certeza contrariada de que los rebeldes sirios no han logrado derrocar a la dictadura de Bashar al-Assad. Una pareja que no encuentra sillas libres se sienta cerca de mí y la conversación es inevitable.

Una vez más hablan de deporte. Me preguntan qué impresión han provocado en Francia las medallas olímpicas cubanas, que si los franceses juegan bien beisbol, y en el colmo de mi paciencia me exigen una explicación sobre la manera en que Víctor Mesa llevó al triunfo al equipo de pelota nacional en Holanda.

Me levanto y me largo. Mientras camino por el borde de una piscina me siento como un Winston Smith de vacaciones en Angsoc, y me repito el tercero de los tres eslóganes que regía la disciplina de ese régimen: “La ignorancia es la fuerza”.

En la calle unos niños pateando un balón enfangado me explican, después de mirarme como a un extraterrestre, que ya nadie juega beisbol aquí, lo nuestro ahora es el fútbol, yuma.

Ilust: http://resistir.info/varios/censura_internet

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28 septembre 2012 5 28 /09 /septembre /2012 21:22

100_0395.JPG            Me veo en el Vedado, caminando por la calle Línea, en busca del teatro Trianón, en el atardecer del viernes 4 de agosto, día en el que Cuba festeja el siglo del nacimiento del escritor Virgilio Piñera, y en el mundo crece la expectación por la final de los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Londres.

Una mañana de aburrido domingo G. y yo nos fuimos a caminar por el Trianón original (uno de los tantos caprichos que le costó la decapitación a María Antonieta) en las afueras de París, en un paraje de los  jardines del palacio de Versalles.

Y evoco esta caminata porque G. se sonríe al mencionarle el nombre del teatro donde se homenajea a Piñera, con esa condescendencia que enarbolan con elegancia los franceses cuando quieren burlarse discretamente de algo.

Como estamos adelantados y la jornada de calor ha sido agobiante, G. y yo descubrimos que se puede estar sentado en un cafetín con aire acondicionado, situado a la derecha de la entrada del Trianón. Un lugar, claro, que se paga en divisas. Al entrar se me escapa un grito: “¡Hay Coca Cola”! Yo, que sólo tomo Coca Cola en París cuando estoy enfermo del estómago, me asombro porque veo, por primera vez, latas del célebre refresco tras los cristales de las neveras públicas habaneras.

El ambiente que imagino parecido al que predominaba en el Ten Cents de los años 50, la vendedora con aire de colegiala, y la presencia además de un niño en su coche, me hacen pensar en la inquietud y en la sorpresa que recorren el cuento “El caramelo” de Piñera.

En su ensayo “El secreto de Kafka” publicado en la revista Orígenes, Virgilio defiende la necesidad de la sorpresa en toda narración, es decir, una sorpresa que él prefiere nombrar, “por invención”. Sin embargo, aunque fueran reales las sorpresas de esa noche, quise suponer que él se divertía desde lo alto, travieso, escondido en alguna parte de su eternidad, de todo lo que transcurría durante esa noche de sus 100 años.

De vuelta, frente a la taquilla del teatro, la portera me anuncia que no se venden entradas: sólo se permite pasar por invitación. Le digo, calculador y oportuno, que estamos invitados por Antón Arrufat, y enseguida se abren para G. y para mí las puertas del teatro.

Reconozco a muchos invitados que no me conocen, y escucho presentar a otros inesperados: solitarios familiares de Virgilio que acuden a este organizado aplauso al antiguo pariente proscrito.

Alguien que identifico de inmediato como el viceministro de cultura, Fernando Rojas, contribuye a la suma de sorpresas de la noche: viene a preguntarme qué tal me fue el viaje de París a La Habana, y cómo sigue la salud de mi madre: “Yo también soy de Santa Clara”, añade con amabilidad.

El sobresalto no me impide ser cortés y al responderle le doy las gracias, casi al mismo tiempo que comienza el espectáculo y la soprano Bárbara María Llanes, envuelta en un resplandeciente vestido rojo, interpreta poemas de Piñera, y una sucesión de actores recitan monólogos que retoman pasajes de sus cuentos.

Lo preferido, además de la voz de la soprano y la ejecución impecable de los músicos, el pasaje titulado “Colosal Demostración de aburrimiento” del cuento “Un jesuita de la literatura”, representado por un formidable Osvaldo Doimeadiós.

Al terminarse el espectáculo se percibe en el vestíbulo un inmenso cake con latas de refrescos de limón y cajitas. ¡Como en los cumpleaños de mi infancia hay cajitas! La cola es extensa porque numerosos son los invitados, y cada uno parece unánime en sus respectivos  fervores por atrapar la cajita que le toca.

Y cogemos cajitas G. y yo. O más bien yo solo, porque G. hace una mueca que deja ver sus dientes, y se niega con vehemencia gala a probar bocado de lo que sus ojos verdes ven dentro de la cajita. De nada sirve que evoque con adolescente patriotismo mis fiestas de niño y la trascendencia que guarda en mi memoria el acto de abrir una cajita: una vez más (como ocurrió con los frijoles negros) es evidente la ruptura culinaria entre nuestros gustos desiguales.

Al salir a la noche me dan ganas de remontar la avenida de los Presidentes, a pesar de la reticencia (por hambre) de G. y el argumento que seguro encontramos un paladar en la barriada donde saciar su apetito. Me dan ganas de caminar, como siempre en este viaje a Cuba, porque quiero rememorar la época en que vivía en este barrio, al final de los 80.

Debe ser medianoche y está quedando atrás, con el aire del mar y el cercano olor a salitre, la noche del centenario de Virgilio Piñera. Seguimos caminando, loma arriba, a la búsqueda de un taxi o de un lugar dónde comer: lo primero de los dos que aparezca.

Es entonces, en la esquina de G y 23, bajo la luz de uno de los pocos faroles iluminados, cuando un joven con aire distraído, al ver mi reloj, se dirige hacia mí y me pregunta:

-Compañero, ¿puede decirme la hora, por favor?

Mi sorpresa se recupera del descontento que le provoca escuchar ese olvidado apóstrofe, y le corrijo: “Señor, dígame señor, por favor”. El desconcierto cambia entonces de terreno, y reparo mi pesadez apresurándome a darle la hora:

-Son las 6 de la mañana, señor…

En su cara veo la extrañeza y me toma unos minutos darme cuenta que no he cambiado de hora mi reloj, que deben ser las 6, pero no en La Habana, sino en Francia.

Un chevrolet americano que funge de máquina de alquiler y que ahora llaman almendrón, se detiene echando humo ante las señas que G. le ha hecho a mi espalda. “Los llevo adonde quieran ir, al hotel o a comer, adonde quieran…”

En la radio del almendrón, un locutor, tan eufórico como el chofer, pronostica con convicción, que en unas horas los jamaicanos batirán allá en Londres, el record olímpico de los 100 metros.

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8 septembre 2012 6 08 /09 /septembre /2012 00:18

100_0594.JPG          Llegué a La Habana, tras 16 años de ausencia, horas después de la muerte de Oswaldo Payá Sardiñas. Leí la noticia en París antes de salir. Y, egoísta, mi miedo encomendó a los dioses el destino de mi viaje. Era de noche, claro. Entré a Cuba en la noche del 23 de julio, a la hora de las telenovelas, para ver a mi madre enferma que pocos días después cumpliría 80 años.

-“¿Por qué no ha venido nunca de visita?”, me pregunta la guardiana al mismo tiempo que me pide mirar a una cámara que me enfoca desde lo alto.

Le hablo de mi madre, allá en Santa Clara. Creo que además balbuceo algo sobre el mucho tiempo consagrado a la supervivencia del otro lado del mundo: “El capitalismo es duro, compañera”. Como temía mi miedo impide que funcione mi broma: falta espontaneidad en los temblores de mi voz, es forzada (imagino) la mueca de sonrisa que acompaña a la frase.

Ella es joven, delgada, y de tanto quemarle el sol con éxito la cara, casi no se le ven aislados granos que recuerdan la resurrección de una desfasada acné. La veo tan bien como la cámara a mí, porque está sentada y debajo de mi nerviosa mirada.

La guardiana lleva dos estrellas, que parecen de cartón, cosidas en su charretera. Dos estrellas en cada hombro que no brillan como aquellas soviéticas y doradas de los uniformes que mi infancia recuerda.

-“Tiene que salir de la fila y esperar a que se analice su caso”. Sé que es una orden lo que me dice la guardiana porque su reciente sonrisa de cortesía se ha metamorfoseado en un rictus que mi miedo considera severo.

Había previsto todo para este momento incómodo. Menos la coincidencia de la muerte de alguien como Payá Sardiñas. Culpo al azar por este contratiempo, y me veo de pronto tan pequeño que me confundo con vergüenza con un cobarde.

Conocí a Payá una noche en París. Él iba a dar una conferencia de prensa en la sede de Le nouvel observateur, horas después de haber ganado el Premio Sajarof de la Unión Europea. Quise llegar tarde para confundirme con el público, pero Payá también llegó tarde de su vuelo de Estrasburgo.

Nos encontramos frente a frente Payá y yo en la recepción del célebre semanario de la izquierda francesa. Adivinó que era cubano y, a pesar de mi evidente estupor ante su presencia,  me pidió que le ayudara a comunicarse con los organizadores porque no hablaba francés. Durante unos minutos fungí como su intérprete y lo conduje a la sala donde le esperaban. De más está decir que no pasé inadvertido: hasta mi hija asegura haberme visto de refilón en un noticiero de la televisión francesa.

Estoy rememorando ahora esta remota casualidad en el aeropuerto de La Habana, y el miedo se apiada de mí. Y me dicta mi miedo una lista de urgentes precauciones: no perder la paciencia, mencionar una y otra vez la razón humanitaria de mi viaje, insistir en mi irrelevancia como opositor al gobierno de Cuba, e incluso, como escritor desconocido, sobre todo, por sus compatriotas. Un escritor que se ve obligado a ganar su vida trabajando de simple profesor en Francia…

Me imagino lo peor y eso funciona. Me veo entrando en una celda sombría y sin agua, olvidado durante días (que debían ser de vacaciones) por todos menos por los roedores, y el hedor del orificio donde debo orinar y defecar durante mi prolongada detención.

Hasta dejo de confiar de pronto en la gente que podría hacer algún que otro modesto gesto de protestación, debido, entre otras cosas, a que en Francia, en estos meses, todo el mundo se ha ido de casa y anda de viaje…

Digo que funciona porque después de tanto calvario imaginario, cualquier regaño pasajero haría que mi miedo se atenuara casi hasta el punto de dar las gracias si me dejan al fin pasar del otro lado de la línea fronteriza. Casi ensayo en silencio consignas que he olvidado. No es difícil: de todas partes saltan las fotos de los llamados “Cinco héroes” que, aseguran, “Volverán”.

Miro alrededor y compruebo que me miran. Los pasajeros de mi vuelo y de otros vuelos, los guardias de seguridad de verde olivo, el muchacho con anchos pantalones de uniforme que lleva y trae entre sus manos mi pasaporte, todos, no dejan de mirarme como si fuera la reencarnación viviente de un Pablo Escobar en apuros.

Me pongo a leer. Así, separado de todas las filas y casi temblando el libro entre mis manos, me pongo a leer Las Confesiones de Rousseau. No puedo responderme a la pregunta de por qué elegí este libro para mi viaje de verano, para estas fingidas vacaciones invertidas.

Leo a Rousseau de pie, a la espera de la orden que me diga si puedo o no entrar al país donde he nacido. Y no me ayuda mucho, la verdad, Jean-Jacques, con su egocentrismo desmedido. Sólo que Rousseau da la impresión de estar como yo en esos momentos de espera: completamente solo en el mundo. “Yo y el mundo”, diría Rousseau. “El mundo y yo”, esperando, me digo yo. En ciertas situaciones alivia constatar la fuerza de espíritu de los otros, creer que en esa comunión pasajera uno resuelve algo para si y se inventa una religión del instante.

Pienso en mi madre que espera mi llamada y la frase: “Ya estoy en Cuba”. O en J.A que allá afuera ha contratado de chofer a un vecino para llevarme a su casa, y a quien le he prometido una botella de Havana Club como brindis por estos 16 años de lejanía. O en mi hija Ariane en Francia, que de tanto buscar noticias sobre Cuba me dijo antes de salir:

-“Papá si te pasa algo no vayas a hacer una huelga de hambre”. Mi hija, como todas las hijas, cometiendo el error en su pasión, de creer que su papá es un héroe…

“Estoy en Cuba”, me confieso. Y ni siquiera la extrañeza de mirar lo que me rodea (el verde particular y desordenado de los campos desde el avión, las luces blanquecinas del aeropuerto, el calor resbaladizo de los sudados rostros uniformados, el acento nasal de alguna que otra frase) atenúa estos minutos de pie, con mi bolso y el voluminoso libro de Rousseau entre las manos.

La muchacha me hace señas de que vaya detrás del cristal de su taquilla. Estoy de nuevo frente a ella y me toma otra foto. Me devuelve mi pasaporte cubano y me dice mirándome a los ojos: “Bienvenido a Cuba, Armando”.

Hasta le doy las “Gracias”, avergonzado, temeroso y feliz, incrédulo y satisfecho. Paso una hora en la aduana. Salgo a la noche calurosa, abrazo a J.A, y caminamos a buscar al chofer con una botella de ron bajo el brazo.

Y la alarmante falta de alumbrado público en la avenida de Rancho Boyeros, me permite percibir mejor el cielo estrellado de Cuba.

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11 juillet 2012 3 11 /07 /juillet /2012 23:10

            (Notas sobre una exposición de arte naïf  en París)

Tadanori-Yokoo.1-copie-1.jpg

              Una tarde de verano, hace ya algunos años, pude visitar la casa donde vivió el escritor Pierre Loti en Rochefort, pequeña ciudad de la costa atlántica francesa. Famosa esta casa por su decoración exótica porque Loti, entre otras excentricidades, hizo construir un salón renacentista y otros inspirados en culturas árabes y orientales, y hasta reprodujo una mosqué en el interior. Pero lo que más me llamó entonces la atención fue la habitación donde dormía el escritor.

            Después de marearme con olores a inciensos y elixires, caminando entre alfombras, bisutería, ornamentos de marquetería otomana, columnas palmiformes y fasciculadas, cenefas, frisos, paredes enlosadas con mosaicos, ánforas, azucareros, pañuelos de seda, colgantes, lámparas, pendientes, teteras, faroles, albarelos, azulejos, especieros, tinteros, baúles, cajas octogonales, espejos de cerámica, y un largo etcétera; me encontré a solas en el dormitorio de Loti.

            El marinero y escritor que adoraba el Oriente conocido en sus incontables viajes, y que a fuerza de retocar  su casa natal la transformó en un museo viviente,  prefería al dormir el sosiego de una cama de pulcras sábanas níveas y sin nada, absolutamente nada, en las paredes y en el resto del minúsculo espacio.

            Y hablo de Loti porque al entrar a la exposición Histoires de voir de arte naïf organizada por la fundación Cartier en París, lo primero que veo es un cuadro que confundo con el retrato de Loti que hiciera el aduanero Rousseau. Varias cerillas (o fósforos, como decimos en Cuba) dispersas de manera caótica sobre el retrato, entre los dedos, en las comisuras de los labios, dentro de las orejas, tras los hombros, dentro de la nariz del personaje, y hasta en la boca del gato que acompaña al escritor, delatan la tomadura de pelo del pintor japonés Tadanori Yokoo.

            Retomar el cuadro de Rousseau implica más que un homenaje, la pertenencia a una tradición. Yokoo acepta así su identidad estética como pintor naïf, pero marcando, por la burla que altera el modelo, sus distancias risueñas con quien se considera un maestro en el género.

Lo naïf se muestra a la vista al asumir la proximidad con Rousseau. Sin embargo, al alterar con humor el cuadro original, Yokoo aumenta la irreverencia de este arte. Su originalidad reside en que esta irrespetuosidad ahora no es inconsciente. Si su representación de Loti se puede asociar a la pintura ingenua, el gesto intelectual implícito en su apropiación,  añade un grado de sugerencia al retrato sin que éste pierda, eso sí, la frescura con la cual se identifica a este arte.

            El primero de los actos ingenuos consiste en representar lo que uno ve tal y como se presenta a la vista. Es evidente que existen dos maneras de concebir lo que se ha dado en llamar arte ingenuo,  primitivo o autodidacta: la primera y más pura, la que expone (porque no quiere o no puede) lo que ve de manera inmediata, o tal como se percibe en  imágenes ilógicas que muchas veces se identifican con el sueño o los recuerdos.

Y otra manera que posee ciertas connotaciones mágicas o mitológicas, que lo mismo puede percibirse en una pintura  haitiana que en una escultura serba. El vudú y las tradiciones folclóricas de Europa oriental, pueden ser algunas de las fuentes y de las referencias en estos casos.

Existe sin embargo un tipo de pintura como la del brasileño Aurelino Dos Santos que trata de ilustrar sus visiones de hombre alienado. (A Dos Santos, incluso, se le considera un esquizofrénico). Lo ingenuo aquí, trato de convencerme, se debe a la falta de pretensiones técnicas, a la presencia directa de imágenes confusas y entretejidas, a la despreocupación por las formas. Dos Santos que, dicen, apenas habla con su entorno, lanza sobre la tela su manera de percibir la realidad y las figuras de sus delirios, su forma visual de expresarse.

El aspecto narrativo, la fábula que se cuenta en muchas pinturas ingenuas, se limita a una sucesión de secuencias  geométricas y  multicolores en medio de atmósferas más de pesadillas que de sueños. El cuento se vuelve hermético y se asocia entonces, en un gesto crítico fácil, al desorden mental del pintor. En todo caso uno no se cansa, como espectador, de tratar de penetrar en la textura del cuadro, en sus cadenas de intimidantes sugerencias.

El carácter imaginativo, típica de la pintura naïve, aquí no se acompaña de un hilarante gesto intelectual como en el cuadro de Yokoo, ni transcribe de manera fabulosa la naturaleza. Dos Santos pinta sin técnicas aprendidas, su “perspectiva” no es “renacentista”, sino más bien una singular perspectiva mental propia a su visión introvertida del mundo.

Otro brasileño sin embargo, sí trata de  recuperar por la pintura la abandonada atmósfera rural del pueblo donde vivió toda su vida antes de irse a la ciudad. Se trata de Neves Torres. Alentado por su hijo, Torres rememora los campos cultivados y sus solitarios días de pesca al borde de un estanque, por cierto, que aparece como decoro junto a él…debajo del agua. Como si  esta inversión lógica de los planos de representación (tierra-agua) coincidiera con el tiempo irreversible de su vida en el campo y contrastara para siempre con su próspera, pero menos imaginativa, vida en la ciudad.

Un pez de pie, mostrado de lado, y estrechado por una serpiente, es una escultura que sorprende al más indiferente de los espectadores. Se trata de dos figuras de más de un metro de roble negro extraído del río Kolubara, que se unen gracias a los insólitos brazos de la serpiente.

 El autor, Dragiša Stanisavljević,es un campesino serbio que nunca ha salido, desde su nacimiento en 1921, de su pueblo, Jabučje, donde siempre ha vivido sin electricidad ni agua corriente. Según he podido leer, en las mitologías locales serbas, los animales representan valores y vicios humanos y al acercarse los hombres a alguna victoria, se personifican  frente a frente y de perfil.

Stanisavljević dice reproducir en madera de la región las leyendas que escuchara de niño y que siguen compartiendo sus vivencias cotidianas. Y me digo que el arte ingenuo (en Quebec, leo, lo nombran arte indisciplinado), no pretende aprovecharse de ninguna ganancia cultural ajena porque privilegia una espontaneidad  natural que neutraliza la distancia de las influencias y de todos los complejos.

              Un artista ingenuo asume el asombro hasta el punto de confundirlo con su representación de la belleza y de la sabiduría, sin necesidad, por ejemplo, de fijar las fronteras entre la pasión exótica y la privacidad del sueño, como hacía Pierre Loti, allá, en su fabulosa casa de Rochefort, al cerrar cada noche, la puerta de su cuarto.

Ilust: Tadanori Yokoo.

 


 

 

 

 

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20 juin 2012 3 20 /06 /juin /2012 14:03

(Notas sobre un viaje entre Tarascón y Arles)

Arles-copie-1 

          Cuando el ómnibus entra al pueblo de Tarascón por el camino que viene de Aviñón, miro de inmediato a la izquierda, cuento una, dos, tres casas, y creo reconocer la casa de Tartarín descrita por Alphonse Daudet en su célebre novela  Tartarín de Tarascón, publicado por primera vez en 1872, y que en algún momento de mi infancia leí allá en Cuba.

          (He venido hasta aquí, debo aclarar, con un grupo de artistas a un festival local dedicado a la cultura cubana. Ondean banderas cubanas por todas partes y me creo despertar – más con zozobra que con asombro ­– en algún momento obligatorio de mi niñez).

            Distingo una casa de dos pisos, de postigos verdes y jardín, con las esculturas de dos leones erosionados por la lluvia y el sol, decorada, desde su abandonado silencio, para turistas de paso por el pueblo, como es mi caso ahora.

Fue quizás la nítida presencia del sol quien le dio la idea a Daudet de poblar el jardín de este insigne cazador de un pueblo dormido con diminutas copias de plantas venidas de África: calabazares, algodoneros, matas de mango, cocoteros, platanales, palmeras, etc.  Porque es exótico el sol para alguien que desciende de París al sur, después de meses de cielos cubiertos por el gris o las lloviznas.

            Para los franceses el sur significa (junto a un acento áspero y de simpáticas cadencias) ese sol, la liberación feliz de los abrigos y bufandas, la luz que proyectan al caminar las siluetas en jardines floridos y, también, cierta insistencia en la pereza, en la lentitud del placer o del reposo, cierto abandono vespertino de los apremios de las grandes ciudades.

            A pesar de haber nacido por estos parajes, en Nimes, Alphonse Daudet se burla como un parisino de ciertas torpezas y exageraciones para él típicas de la región y encarnadas en el personaje de Tartarín, un famoso cazador que cada día enarbolaba una gorra diferente y se aburría por la ausencia de fieras y de aventuras.

     Como es sabido Tartarín, ante la desoladora carencia de presas (sobrevive sólo una liebre en toda la región a quien llaman La rápida) se va a África a cazar un león que en realidad es ciego, resulta víctima de sucesivos atracos y estafas, y regresa a su pueblo en un camello y con la piel del león invidente, lo cual hace de él, por  un malentendido, un héroe para una muchedumbre exaltada que le aplaude.

            De no ser por su amigo el escritor Frédéric Mistral (Premio Nobel en 1904), Daudet habría pagado cara la manera de burlarse de la abulia provinciana, y la ceguera colectiva de los admiradores de Tartarín. Se cuenta que a su paso por el pueblo, después de haber publicado el libro, escapó de milagro de un linchamiento colectivo. Bueno, de milagro no, fue Mistral quien intervino para que perdonaran al atolondrado burlador de la región y de ciertas de sus costumbres.

            Y desde entonces los tarasconenses cargan con la molesta celebridad de un libro que no les conviene ni les gusta, y que se ha convertido en símbolo del pueblo en el mundo entero. Más incluso que la leyenda de la Tarrasca, monstruo fabuloso escondido en las aguas del río Rhône y que únicamente pudiera dominar Santa Marta, patrona de Tarascón.

Lo mismo le ocurre al vecino pueblo de Arles, donde viviera y pintara muchos de sus cuadros un tal Vincent Van Gogh, a quien los vecinos, por medio de una carta colectiva, condenaron a la reclusión en un hospital de dementes debido a sus sucesivos escándalos.

            De esta manera las celebridades actuales de Tarascón y de Arles se fundan por las obras de dos forasteros reprobados, por el malentendido entre el artista y sus escandalizados contemporáneos.

            A una docena de kilómetros de Tarascón, cuando uno sale en coche hacia Arles, el paisaje muestra un cielo despejado que sin embargo yo quiero imaginar “muy fino, azul-gris, cálido, casi sin azul definido, centelleante”, como Van Gogh prefería admirar, según escribe en una de sus cartas a su hermano Théo.

Me llama la atención la inclinación por el viento de los cipreses, las flores de lavandas, los lirios, y el particular amarillo de sombreros de paja, campos de trigo recién sembrados y los girasoles. El amarillo que ya pertenece sólo a Van Gogh, y que, según Lezama Lima, en la persecución de la luz, asocia la idea de pureza y el azufre, infernal tósigo del diabólico Asmodeo

Tengo ante mí, por unas horas, el panorama en lontananza de algo que antes conocí en los cuadros.  Y nace la sospecha de que el vagabundo vio en la naturaleza las afinidades con su espíritu para llevarla a sus telas, lo cual, me digo, limita toda especulación sobre la libre imaginación del artista.

Nada nuevo añado al decir que la expresión de Van Gogh es original no por la invención de algo irreal a la mirada, sino por  la asociación de colores, por la suma de capas de pinturas de colores contrastantes, y cierta arbitrariedad del espacio.

            Al entrar al antiguo hospital donde lo internaron seis semanas encuentro el lugar exacto desde el cual el paciente Vincent concibiera su cuadro El Jardín del Hospital Hôtel-Dieu. Me paro unos minutos. No dejo de mirar. Tal y como ocurre, según los especialistas, con el dibujo del cuarto de hotel que ocupó un tiempo allí en Arles, percibo, con el tardío regocijo de un aficionado, una intencional asimetría entre el árbol de la izquierda, el sendero hasta el estanque y las nenúfares. Una de las sutilezas, se dice, de su pintura: la azarosa disposición de colores y líneas, en otras palabras: pintar como le da la gana, poner las cosas en el sitio caprichoso de sus delirios.

            Busco por la ciudad el sitio del famoso cuadro Terraza del café por la noche que él pintara en septiembre de 1888. Al doblar de un callejón empedrado aparece todo el amarillo del toldo gigantesco que para despejar dudas y atraer al turista exhibe inscrito el nombre del pintor.

                  En una carta a su hermana Wilhelmina Van Gogh le dice sobre este cuadro:

He aquí un cuadro nocturno sin negro, sólo con un bello azul y violeta, y verde y en este ambiente la plaza iluminada se colorea de un azufre pálido, de un verde limón. Me divierte mucho pintar la noche en este lugar. En otra época se dibujaba y se pintaba el cuadro por el día según el dibujo. Pero yo creo que es mejor pintar las cosas de manera inmediata. Es verdad que en la oscuridad yo puedo confundir un azul con un verde, el lila azulado con un lila rosado debido a que no se distingue bien la calidad del tono. Pero es la única manera de salir de la negra noche convencional con una pobre luz pálida blanquecina cuando basta con una simple vela  para obtener los más ricos amarillos y naranjas.  

            No es de noche, son las doce del día. Me siento a mirar el café imaginando esa noche de 1888, tratando de ver la mirada de Vincent que en el lienzo evita las sombras y sin saberlo, quizás sin saberlo, pinta la primera de sus célebres noches estrelladas.

           Como estoy con amigos pienso en los otros. En los amigos de aquel allá que se nombra Cuba. Pido una ensalada de lechugas, tomates y queso, y la acompaño con una copa de vino rosado. Pero todo es amarillo, claro. Toda la plaza se ilumina como si nunca pudiera ser allí de noche, o fuera otra noche salvada a la oscuridad del mundo.

            Y veo la estatua de un hombre con sombrero que parece proteger del tiempo, desde su estatura de mármol, todos los alrededores. Me confundo. Me digo que es Vincent, el vilipendiado que llega sin una oreja al Hospital Hôtel-Dieu o, tal vez, su hermano Théo, muerto sólo seis meses después del suicidio del pintor.

            Me acerco y compruebo que en realidad es una estatua de Frédéric Mistral, el olvidado Premio Nobel que escribía sus libros en provenzal y que, como Théo con su hermano, salvara a Alphonse Daudet de la ira de quienes no tuvieron el don de distinguir en su tiempo ciertas extravagancias de los genios.

 

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