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24 décembre 2012 1 24 /12 /décembre /2012 15:54

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1 La folie Baudelaire,  de Roberto Calasso, Gallimard, 2011.

        Otro libro escrito, quizás, como sólo saben hacerlo ahora los ensayistas italianos: con la inteligencia de las ideas exaltadas por el preciosismo del estilo, y la sensible tentativa de entrar en contacto con el hombre que escribe. Se exploran aquí los fundamentos de la estética de Baudelaire, no sólo a través de sus poemas y prosa, sino también de su intimidad, los testimonios de sus amigos y el imaginario material del poeta. El objetivo: precisar los efectos de lo que Calasso nombra “La ola Baudelaire” que irrumpe en las escrituras de Chateaubriand, Stendhal, Nietzsche, Flaubert, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, llega hasta Proust, y permanece como un molesto hallazgo de la modernidad.

2 Les Confessions de Jean-Jacques Rousseau, Gallimard, 1973.

         Una remota deuda nacida una madrugada del invierno de 2007, al vagar perdido por una callejuela de Grenoble hasta detenerme a leer sobre una tarja: “Casa donde viviera J.J. Rousseau”. Lo que buscaba en las confesiones de este caminante del espíritu: la manera de contarse a sí mismo, la exuberancia del Yo, y las riquezas de sus apreciaciones contrastadas. Incitación, claro, esta lectura, de los ensayos de Jean Jacques Starobinski, compatriota suizo y gran especialista de Rousseau a quien he leído de manera paralela: La transparence et l’obstacle (1957), y el ensayo “Le progres de l’interprète” del libro La relation critique de 1970.

3 François Villon de Marcel Schwob, Allia, 2008.

            Libro encontrado por azar en París en librería de viejos. Schwob y sus Vidas imaginarias son una vieja referencia habanera de las ediciones Cocuyo. En este ensayo de 1912, Schwob, fiel a sus obsesiones, insiste en la vida del más célebre de los poetas franceses de la Edad Media, para especular sobre las relaciones entre las aventuras insólitas de Villon, y la jerga de su poesía que la hace hermética, al igual que la manera particular de emplear el francés antiguo. Incitante además (¿no es cierto?) que un autor de vidas apócrifas trate de imaginar el  origen y el destino de la vida y la escritura de un escritor como Villon,, de cuya desaparición no se tienen detalles…

4 Vies minuscules de Pierre Michon, Gallimard, 1984.

          Al fin comienzo a saldar mis deudas con uno de los pocos grandes escritores franceses de la actualidad. Este libro es el primer gran éxito de este escritor, de una prosa tan preciosista como compleja, lenta, rebuscada. Se cuentan (como lo indica el título) en este libro, las biografías de personas y de objetos, pero como si fueran la experiencia de un mismo sujeto, y conservando una intrigante unidad en su conjunto.

5   La nef des fous (The ship of fools) de Gregory Norminton, Grasset, 2002.

            Leído por casualidad: buscaba ejemplos de cómo narrar una historia a partir de las imágenes de un cuadro. En este caso, La nave de los locos (el único cuadro de El Bosco que posee el Louvre) funciona como fuente de imaginarias historias de cada uno de los personajes del cuadro. Primer libro de este joven autor británico, la novela en realidad se estructura a través de la sucesión de “cuentos” de sus vidas. El cuadro funciona así como el espacio que completa esta suma de anécdotas.

6 Amor y ley en Cervantes de Roberto González Echevarría, Gredos, 2008.

            En este libro el académico  cubanoamericano  interpreta la obra de Cervantes a partir de la tesis de su clásico Mito y archivo: el discurso jurídico, sus conflictos y soluciones funcionan como modelos de la novela moderna. Para la interpretación del Quijote, Echevarría considera que además del derecho es el amor quien fundamenta la visión cervantina de la novela, como demuestra en el capítulo 7. En todo caso, González Echevarría posee el don de hacer amena la lectura de este minucioso y erudito estudio.

7 Virgilio Piñera: de vuelta y vuelta, Ediciones Unión, 2012.

           Sí, a pesar de las limitaciones de su edición, las cartas de Piñera revelan la intimidad del escritor y ayudan así a comprender las génesis y las referencias de sus obras. Libro éste que viene a completar el Virgilio en persona de Carlos Espinosa, y se añade también al valioso testimonio de Antón Arrufat: Entre él y yo.

8 “El pathos cubano” de Lino Novás Calvo, Órbita de Lino Novás Calvo, Unión, 2008. 

           Se trata de un ensayo psicosocial sobre lo cubano, escrito en 1932 y publicado en 1935. Intuitivas y lúcidas, pero de un insistente pesimismo, estas páginas muestran otros aspectos del pensamiento del conocido periodista y del autor de la novela El negrero,  incluida también en este volumen.

9 El año del Calipso de Abilio Estévez, Tusquets, 2012.

        Una novela erótica, escrita como las memorias de una iniciación sexual que, de manera culta y sutil, completa, en las letras cubanas, el itinerario abierto por la autobiografía Antes que anochezca de Reinaldo Arenas. Con este libro Abilio aprovecha la ocasión para explicarse a sí mismo, con las perspectivas que confiere la madurez, su visión personal (corporal) del propio acto creativo: escribir es también una expresión del cuerpo y la sensualidad es el requisito esencial del placer estético, de su admiración y también de su propia creación.

10 Callejones de Arabat de Antonio Álvarez Gil, Terranova Editores, 2012.

          Una sorpresa tardía por no haber podido leer hasta ahora a este cubano que vive en Estocolmo. Sin grandes pretensiones formales, Álvarez Gil cuenta la historia de un funcionario cubano en Moscú en los momentos finales de la caída del comunismo y el auge de la perestroika. Se une así este autor a una curiosa tradición de la novelística cubana de la cual forman parte, Juan Arcocha, Jesús Díaz y, sobre todo, José Manuel Prieto. Sensible homenaje además a las víctimas del estalinismo, y al magisterio de Boulgakov y de su novela El Maestro y Margarita.

*

            Quiero creer que no soy nada original al decir que cada día es más difícil leer mucho y que, por consiguiente, cada vez se lee menos: no hay remedio.

Marcel Proust, en un pasaje de su célebre ensayo Sobre la lectura de 1906, insiste en que un espíritu original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. La lectura, añade, es el medio de contacto con otros espíritus, y por tanto la manera de educar las maneras de nuestro propio espíritu. Ahora sabemos que podrían existir otros medios, pero he querido creer que la lectura sigue siendo el ideal para mí.

He tratado, en los últimos tiempos, de adaptar esta idea de Proust al ritmo desenfrenado de mi vida en una ciudad como París, y a un segundo oficio tan exigente como es ser profesor universitario. En primer lugar confronto lecturas críticas con las fuentes, y en segundo, leo lo que tiene que ver con algún proyecto de mi escritura.

Los libros que se citan más arriba cumplieron con una de esas dos premisas: me llevaron a leer y a comprender mejor a ciertos escritores, o intenté que sus sensibilidades pasaran a formar parte de algunas formas deseadas por mí al escribir, quiero decir, al contemplar el mundo.

Foto: Ariane VALDES -PICAULT

 

 

Penultimos Dias

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3 décembre 2012 1 03 /12 /décembre /2012 12:50

Rafael.jpg        

         El día en que comenzaba la primavera del 1996, acabado de quitarme el polvo del avión soviético de Cubana de Aviación que me trajo de La Habana, me fui corriendo al Louvre. De todos los cuadros que vi en esa apresurada visita, el que más me deslumbró fue el Autoretrato con Giulio Romano de Rafael.

            Como es sabido, en ese cuadro Rafael aparece mirando al espectador detrás de su discípulo preferido, sobre el hombro del cual apoya su mano izquierda. A su vez, Giulio Romano mira al pintor, al mismo tiempo que apunta su dedo índice hacia el espectador, hacia nosotros que miramos la escena íntima. Delata algo Giulio que ya el pintor sabe: nuestra presencia.

            Yo veía a Rafael mirarme llegar a un mundo desconocido, y su mejor amigo denunciaba una presencia ajena que ya el mismo pintor había percibido. Estaba tan cerca de ellos dos que el reflejo de la espada de Giulio (cualquiera puede pensar que se trata de una cámara fotográfica) me daba en los ojos como un plateado cirio resplandeciente que insinuaba, me dije, el tono de las jornadas de sobrevida que me esperaban.

            Rafael moriría de fatiga en Roma pocas semanas después de haber pintado este cuadro, el 6 de abril de 1520. Tenía sólo 37 años. De cierta manera con esta imagen había firmado melancólicamente su testamento estético: el pintor se contempla satisfecho, antes de irse transmite su sabiduría a quienes reconocerán su magisterio.

Porque cierto tiempo después pude conocer que este tipo de retrato se concebía en la época delante de un espejo. Y esto cambia la percepción ingenua de que con sólo parase uno ante la escena se nos invita a pasar a la intimidad del genio.

No es a nosotros a quien mira Rafael, no nos delata tampoco el dedo del discípulo, él mismo es quien se mira, y es él a quien no sólo mira Giulio sino también a quien señala en el espejo que ocupa nuestra plaza. A falta de un signo de distinción subordinada, Rafael incluye tres, porque al equivocarnos y ocupar el lugar del espejo sin saberlo, estamos mirándolo a él, y a su obra, al cuadro. Antes de él quizás se atrevieron a tanto únicamente Tiziano y Velázquez.

El arte consiste en representarse a uno mismo, parece decirnos Rafael, a dialogar con la imagen de cada uno de nosotros que, de ser valiosa, será admirada y reconocida en la mirada de los otros: la obra es un espejo en el cual coinciden al mismo tiempo, el artista, el espectador y el heredero de una tradición.

Ahora he vuelto una tarde helada de diciembre a ver al cuadro de aquel lejano primer día. El museo del Louvre organiza una exposición que recoge las obras más importantes de los últimos años del pintor prodigio.

La suma de cuadros y dibujos hace imposible mencionar los múltiples detalles de valor. Valdría la pena detenerse, por ejemplo, en su Madone de la Rosa del cuadro “La santa Familia con el pequeño San Juan Bautista”, en el retrato de “La Fornanina”, su amante, o en el de “Laurent de Médicis”, sin mencionar su “Santa Cecilia”, y los innombrables dibujos y esbozos que en nadie como él se diferencian muy poco de la pintura acabada.

Inútil también tratar de polemizar sobre los fragmentos merecidos de gloria que le pertenecen, en ese trío de genios que él integrara casi al mismo tiempo con Miguel Ángel y Leonardo de Vinci.

Siempre me he preguntado hasta qué punto podemos realmente distinguir la maestría de un trazado, de un color, de una línea, de un estilo. Tratar de definir lo que hace grande a Rafael es casi imposible, me digo, porque sé que el restringido límite de una cultura personal sólo indicaría detalles, en mi caso, sugestivos. Mucho menos tratar de aparentar que uno puede intuir y sintetizar la grandeza de una época cuyas enseñanzas sobre la manera de representar la belleza son eternas, es decir, infinitas.

Hasta cierto punto tranquilizan a mi incompetencia las palabras de Arnold Nesselrath, profesor de la universidad Humboltd de Berlín y responsable de los laboratorios del Vaticano.  Nesselrath afirma con resignada pasión que después de años de estudio no ha terminado de admirar el talento de ese pintor del cual no podrá nunca descubrir todas sus significaciones. Y cita un ejemplo: estudiar las consecuencias de la amistad entre Rafael y Durero sugiere perspectivas inimaginables a la interpretación de sus respectivas obras.

Yo, que sólo puedo admirar, me he vuelto a pasar un buen rato delante de Rafael y su amigo, cuadro que cierra la exposición Rafael, los últimos años del museo del Louvre.

               He querido inventarme que descubro al cabo de dieciséis años un risueño gesto en el cansado rostro del Rafael que se acerca a la muerte. Un guiño que señala las ganancias del paso del tiempo, las enseñanzas casi siempre ignoradas de la experiencia, y una complicidad entre él y cualquier otro espectador que invente seguir este juego de preguntas ante el placer que provocan los hallazgos sutiles al contemplar la belleza.

 

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3 novembre 2012 6 03 /11 /novembre /2012 09:16

libertad-de-viajar-copie-2.jpg         

(Notas sobre las nuevas leyes migratorias cubanas)

        Llegaron insistentes mensajes de Cuba y supuse que algo raro pasaba. Lo de que Fidel se murió ya no despierta apasionadas gritaderas, desde aquel agosto del 2006 en que parecía, de verdad, que era verdad que estaba muerto.

Así que tenía que ser otra cosa más vital, algo que tuviera que ver con una concesión oxigenada de libertad: comer más, comprar, vender, viajar, tener, resolver en definitiva.

(Resolver, ese es el verbo de acción por excelencia de nuestros cubanos insulares contemporáneos).

“Quitaron la tarjeta blanca”, gritaban los mensajes de amigos y conocidos. Hasta mi móvil  marcó una llamada perdida de mi hermana desde Marianao. Tuve que hacer abstracción de mi correcorre de otoño por París, para recordar esa (otra) dichosa tarjeta, además de la de abastecimiento; la blanca.

(La memoria también puede ser egoísta, lo siento. Uno olvida rápido cuando se han resuelto ciertas ambiciones del estómago, la verdad. Surge entonces la paradoja de mirar y juzgar desde lejos algo que termina siéndole a uno ajeno).

“La visa de salida”, le digo a mis alumnos cuando me dicen (traduzco más o menos): Señor, ¿verdad que los cubanos ya se pueden ir cuándo quieran?, lo escuché en el radio, lo leí en el periódico, lo dijeron por la televisión…que quitaron allí no sé qué cosa que permite viajar…

Es decir que mis estudiantes y casi todos los cubanos de la isla se entusiasman igual con esa ley migratoria. Pero por razones diferentes. Mis alumnos porque viven a años luz del exotismo represivo de un gobierno que decide en tu lugar si puedes viajar o no. Mis compatriotas insulares se alegran por la desesperación de resolver lo que no han tenido, y la ilusión muchas veces infantil e irresponsable, de creer que pirándose se resuelven todos los problemas de sus vidas.

Es mejor desarrollar habilidades de ajedrecista que ser jurista, cuando se trata de leer las jugadas de dominó que desde hace medio siglo le permiten sobrevivir al gobierno de La Habana. Se quita la visa de salida, pero se decide qué pasaporte se visa. Se elimina la tarjeta blanca por un cuño de tinta. Si te portas mal o te toman por alguien talentoso, te quedas con la reliquia congelada del pasaporte sin autorización para ver la nieve.

            Es mejor en Cuba ser un tipo normal por los tiempos que corren, vaya, un obediente que no llame la atención para tener, sin problemas, el cuño cerca del avión.

¿Y las visas qué? Mis amigos y familiares entusiastas de la isla olvidan en su comprensible alboroto que si no naciste ni posees pasaporte de un grupito de países prósperos…no puedes viajar adónde quieres por falta de visa…

Bueno, otra noticia acaba de llegar para nuestros nacionales: ya salió la lista de países a los que se puede viajar por la libreta, es decir, ¡sin visa! Veamos algunos ejemplos a manera de ilustración. Los cubanos de la isla pueden viajar a Botswana, Togo, Uganda, Namibia y Kenia, entre los países africanos. También a Haití, Granada y Ecuador, entre los latinoamericanos.  En Asia pueden pasearse unos días por Cambodia, Kirguistán y Singapur, por ejemplo, y hasta pueden ir a Serbia y Moscú, entre las ofertas europeas.

Claro que yo si estuviera todavía en Cuba correría como un loco por toda La Habana con esa generosa lista en los bolsillos: en la primavera del 1994 hasta intenté irme a correr el maratón de Estocolmo. Los suecos son suecos pero no comemierdas, y no me creyeron el cuento del maratonista admirador de sus calles empedradas: me quedé sin visa sueca y corrí, desconsolado, el Marhabana por los baches de La Habana…

Ya imagino otros dramas. El de familias vendiendo sus casas, sus carros, lo que tengan de valor,  para pagarse un billete de avión a Singapur. El de cubanos lejos de sus familias, solos en la taigá, o detenidos en las represivas salas de aeropuertos perdidos en el mapa, tratando, claro, de llegar en su mayoría a Miami para acogerse a la Ley de ajuste.

La ley creada para recibir con ventajas (que no tienen otros inmigrantes latinoamericanos) a fugitivos del comunismo. La ley que ahora, paradójicamente, puede servir para desarrollar un turismo surrealista: el turismo de quienes teniendo la residencia americana en unos meses, no han perdido el derecho de entrar y salir de Cuba, sin tarjeta blanca.

Una suma, un mar, un verdadero bosque de infinitas paradojas originadas por la falta de libertad individual, y por una limitado conocimiento del mundo.

El escritor francés Le Clézio  tituló El bosque de las paradojas su discurso al recibir el Premio Nobel de literatura en 2008. Le Clézio aludía al escritor sueco Stig Dagerman quien llamó así al contraste entre el hecho de escribir en libertad para quienes disfrutan de ella por haberla alcanzado o vivir en un país próspero.

Quizás sea esa la razón por la cual mientras más tiempo pasa de mi salida de Cuba, más trato de ponerme al abrigo de esa paradoja entre el confort de vivir fuera, y la voluntad de opinar y escribir sobre lo que ocurre dentro.

“Para mí que siempre he conocido la posibilidad de movimiento, la prohibición de movimiento, de vivir  en el lugar que uno ha elegido es tan inaceptable como la privación de libertad”, escribió Le Clézio. Para quienes podemos viajar con tanta rutina que hasta olvidamos la existencia de esa vergonzosa tarjeta blanca, también, me digo yo.

Privar de esta libertad y al mismo tiempo regularla por un cuño, y reconocer en esos mínimos cambios un gesto que, por confusión, desconocimiento o alivio, se aplaude, es una de las tantas paradojas que ilustran la historia de Cuba en los últimos años.

                                                                                                Ilust:  Margarita García Alonso

 

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21 octobre 2012 7 21 /10 /octobre /2012 19:04

          Internet-Censura.jpg           Se llama Luis, es ingeniero informático, y deja de mirar el monótono paisaje de las 8 vías, en la guagua refrigerada china que nos lleva de La Habana a Santa Clara, para verme teclear en mi miniordenador.

            Le respondo que vivo en Francia y que estaré seis semanas en una isla que de tanta ausencia ya casi no reconozco, cuando me pregunta de dónde vengo. Le comento (con una mezcla de sinceridad y de desafío) que veo las cosas un poco mejor que cuando me fui, por allá por el período especial: se puede comer cualquier cosa en la calle, comprar y vender las casas, ejercer oficios por cuenta propia, etcétera…) “Lo que no entiendo bien es la manera de funcionar ahora de la gente, lo que piensan de sus vidas aquí”.

  Justifico así que la curiosidad pasé de mi lado para ser yo quien haga preguntas. Pero es inteligente el muchacho, y reímos juntos cuando me propone que está bien, pero que después él necesita conocer algunas cosas sobre el mundo.

           (Durante todo mi viaje a Cuba veo con frecuencia esa inconsciente confrontación: nosotros y el mundo, aquí y el resto, me dicen con frecuencia mis compatriotas insulares…)

            Rememoro entonces un pasaje de 1984 de George Orwel, pero al revés. En esa novela Winston Smith, el protagonista, le pregunta con insistencia a un anciano cómo era la vida en una época anterior a la revolución, si es cierto que antes se vivía mucho peor que en el presente “glorioso” del régimen del “Gran Hermano”. El viejo divaga y no responde con precisión (por precaución) a la pregunta.

            Para mis compatriotas esta indagación está invertida. El mundo es el futuro, y es de eso de lo que quieren saber, como si fuera una certeza resignada que ellos viven en el pasado. Y heme de pronto aquí, yo, que pretendo con este viaje arreglar mis cuentas sentimentales, familiares y hasta psicológicas con mi pasado, siendo la encarnación de un mundo y de un porvenir que ellos (por rebelión y desconocimiento), añoran.

            Me cuenta Luis que está casado con una doctora y que puede viajar en esa guagua  porque su empresa le paga los 18 cuc del pasaje. Me detalla lo que hace, Luis: programas para una corporación que se extiende por toda la isla: no está mal, me asegura, si todo funciona bien me premian con 30 cuc de estímulo al final del mes. Eso aquí es una excepción, me aclara. Algo insólito sí, reconozco, como toda excepción en un lugar de excepciones.

            No quiero que la conversación tome por el camino de temas de sobrevida (desde que llegué cada interlocutor me repite decenas de veces el precio de la carne de puerco y los valores del cambio de la moneda local) y teniendo en cuenta que se trata de un informático le pregunto si lee el blog de Yoani Sánchez.

           La provocación funciona, porque la cabeza y las miradas de Luis giran en todas direcciones, su cuerpo se mueve en el asiento, se persuade de que nadie nos escucha por lo bajo del tono de su voz, antes de comentarme en un susurro: “Eso aquí es candela, no se puede mencionar”. Después del susto me cita también páginas y blogs que deben evitarse: el más curioso para mí, el sitio de compra y ventas revolico.com. “Si la gente lo consulta no va a comprarle nada al estado”, me aclara.

            Y es poco antes de llegar a Santa Clara que Luis me habla de lo que George Orwel, de estar como yo sentado en esta guagua Yutong  llamaría La policía del pensamiento informático. Un amigo de su aula en la universidad se ocupa de leer y suprimir los mails indeseados y de registrar los sitios consultados por los empleados de su empresa.

            Le dejo mi tarjeta a Luis, antes de separarnos, para que me escriba de vez en cuando, y después me doy cuenta de lo absurdo que puede resultarle mi gesto.

            Mi alegría turística por no estar conectado al mundo (como viajero que huye hacia el descanso) se vuelve una preocupación cuando veo las noticias de la televisión cubana. Pregunto en el vecindario quién tiene internet, y con suerte alguien me confirma que puedo, al menos, enviar mensajes desde su casa. Sólo mensajes, nada de poder leer otras páginas, aclara.

Pero la respuesta a mi correo a Francia ha desaparecido: la esposa del vecino elimina el mensaje para ella sospechoso que apareció en francés en su bandeja. Aprendo entonces que hay casos así, en que un amigo de Luis deja pasar el mensaje, pero la censura reaparece, por precavido temor, de manos de un destinatario inadvertido.

Las 24 horas diarias de transmisión de la olimpiada de Londres, y las versiones oficiales sobre la guerra en Siria, desesperan mis programados días sin servicios tecnológicos. Me rindo y me voy a pagar unos cinco euros (es decir 6 cuc) a un centro telefónico de Santa Clara.

No me toma por sorpresa que la comunicación en el ordenador público sea lenta hasta la desesperación, sino que la persona que me vende la tarjeta con el código de acceso confidencial, me pida el pasaporte para copiar junto a mi nombre el número de la tarjeta: del tiro cambio la contraseña de mi dirección personal y me limito a leer El país y no los blogs de cubanos opositores como hago de costumbre.

Sin embargo, se comunican con ese “mundo” deseado los cubanos. Sobre todo los más jóvenes. Uno me cuenta que entra casi disfrazado a la empresa de un amigo y puede leer hasta los blogs de los disidentes. Supongo que ese amigo es, por ejemplo, alguien que como el amigo de Luis al mismo tiempo que vigila viola para él y los suyos, los controles. Otros pagan 10 dólares al mes para que alguien les instale un canal de Miami. Orgullos y furtivos me muestran las descoloridas imágenes en sus televisores Panda de un show kitsch o de una cursi telenovela.

Cuando le comento a un estomatólogo que me alquila una habitación en su casa en Cienfuegos, que la falta de internet y de wi-fi es lo que más me afecta durante mi viaje, me espeta de un golpe una frase que me hace avergonzarme de mi majadería: “Porque usted con sus euros de turista tiene garantizado todo lo demás aquí puede darse el lujo de esa queja”.

Termino rindiéndome y me voy a un hotel. Los noticieros de la televisión francesa que logro captar en la habitación casi me provocan una indigestión de horas de insomnios. Se pueden ver otros canales extranjeros. Pero a condición de ser políglota: ninguno aparece en las pantallas en español, hay que comprender el inglés, el alemán, el francés o el chino…

Bajo al lobby para desayunar con la certeza contrariada de que los rebeldes sirios no han logrado derrocar a la dictadura de Bashar al-Assad. Una pareja que no encuentra sillas libres se sienta cerca de mí y la conversación es inevitable.

Una vez más hablan de deporte. Me preguntan qué impresión han provocado en Francia las medallas olímpicas cubanas, que si los franceses juegan bien beisbol, y en el colmo de mi paciencia me exigen una explicación sobre la manera en que Víctor Mesa llevó al triunfo al equipo de pelota nacional en Holanda.

Me levanto y me largo. Mientras camino por el borde de una piscina me siento como un Winston Smith de vacaciones en Angsoc, y me repito el tercero de los tres eslóganes que regía la disciplina de ese régimen: “La ignorancia es la fuerza”.

En la calle unos niños pateando un balón enfangado me explican, después de mirarme como a un extraterrestre, que ya nadie juega beisbol aquí, lo nuestro ahora es el fútbol, yuma.

Ilust: http://resistir.info/varios/censura_internet

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28 septembre 2012 5 28 /09 /septembre /2012 21:22

100_0395.JPG            Me veo en el Vedado, caminando por la calle Línea, en busca del teatro Trianón, en el atardecer del viernes 4 de agosto, día en el que Cuba festeja el siglo del nacimiento del escritor Virgilio Piñera, y en el mundo crece la expectación por la final de los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Londres.

Una mañana de aburrido domingo G. y yo nos fuimos a caminar por el Trianón original (uno de los tantos caprichos que le costó la decapitación a María Antonieta) en las afueras de París, en un paraje de los  jardines del palacio de Versalles.

Y evoco esta caminata porque G. se sonríe al mencionarle el nombre del teatro donde se homenajea a Piñera, con esa condescendencia que enarbolan con elegancia los franceses cuando quieren burlarse discretamente de algo.

Como estamos adelantados y la jornada de calor ha sido agobiante, G. y yo descubrimos que se puede estar sentado en un cafetín con aire acondicionado, situado a la derecha de la entrada del Trianón. Un lugar, claro, que se paga en divisas. Al entrar se me escapa un grito: “¡Hay Coca Cola”! Yo, que sólo tomo Coca Cola en París cuando estoy enfermo del estómago, me asombro porque veo, por primera vez, latas del célebre refresco tras los cristales de las neveras públicas habaneras.

El ambiente que imagino parecido al que predominaba en el Ten Cents de los años 50, la vendedora con aire de colegiala, y la presencia además de un niño en su coche, me hacen pensar en la inquietud y en la sorpresa que recorren el cuento “El caramelo” de Piñera.

En su ensayo “El secreto de Kafka” publicado en la revista Orígenes, Virgilio defiende la necesidad de la sorpresa en toda narración, es decir, una sorpresa que él prefiere nombrar, “por invención”. Sin embargo, aunque fueran reales las sorpresas de esa noche, quise suponer que él se divertía desde lo alto, travieso, escondido en alguna parte de su eternidad, de todo lo que transcurría durante esa noche de sus 100 años.

De vuelta, frente a la taquilla del teatro, la portera me anuncia que no se venden entradas: sólo se permite pasar por invitación. Le digo, calculador y oportuno, que estamos invitados por Antón Arrufat, y enseguida se abren para G. y para mí las puertas del teatro.

Reconozco a muchos invitados que no me conocen, y escucho presentar a otros inesperados: solitarios familiares de Virgilio que acuden a este organizado aplauso al antiguo pariente proscrito.

Alguien que identifico de inmediato como el viceministro de cultura, Fernando Rojas, contribuye a la suma de sorpresas de la noche: viene a preguntarme qué tal me fue el viaje de París a La Habana, y cómo sigue la salud de mi madre: “Yo también soy de Santa Clara”, añade con amabilidad.

El sobresalto no me impide ser cortés y al responderle le doy las gracias, casi al mismo tiempo que comienza el espectáculo y la soprano Bárbara María Llanes, envuelta en un resplandeciente vestido rojo, interpreta poemas de Piñera, y una sucesión de actores recitan monólogos que retoman pasajes de sus cuentos.

Lo preferido, además de la voz de la soprano y la ejecución impecable de los músicos, el pasaje titulado “Colosal Demostración de aburrimiento” del cuento “Un jesuita de la literatura”, representado por un formidable Osvaldo Doimeadiós.

Al terminarse el espectáculo se percibe en el vestíbulo un inmenso cake con latas de refrescos de limón y cajitas. ¡Como en los cumpleaños de mi infancia hay cajitas! La cola es extensa porque numerosos son los invitados, y cada uno parece unánime en sus respectivos  fervores por atrapar la cajita que le toca.

Y cogemos cajitas G. y yo. O más bien yo solo, porque G. hace una mueca que deja ver sus dientes, y se niega con vehemencia gala a probar bocado de lo que sus ojos verdes ven dentro de la cajita. De nada sirve que evoque con adolescente patriotismo mis fiestas de niño y la trascendencia que guarda en mi memoria el acto de abrir una cajita: una vez más (como ocurrió con los frijoles negros) es evidente la ruptura culinaria entre nuestros gustos desiguales.

Al salir a la noche me dan ganas de remontar la avenida de los Presidentes, a pesar de la reticencia (por hambre) de G. y el argumento que seguro encontramos un paladar en la barriada donde saciar su apetito. Me dan ganas de caminar, como siempre en este viaje a Cuba, porque quiero rememorar la época en que vivía en este barrio, al final de los 80.

Debe ser medianoche y está quedando atrás, con el aire del mar y el cercano olor a salitre, la noche del centenario de Virgilio Piñera. Seguimos caminando, loma arriba, a la búsqueda de un taxi o de un lugar dónde comer: lo primero de los dos que aparezca.

Es entonces, en la esquina de G y 23, bajo la luz de uno de los pocos faroles iluminados, cuando un joven con aire distraído, al ver mi reloj, se dirige hacia mí y me pregunta:

-Compañero, ¿puede decirme la hora, por favor?

Mi sorpresa se recupera del descontento que le provoca escuchar ese olvidado apóstrofe, y le corrijo: “Señor, dígame señor, por favor”. El desconcierto cambia entonces de terreno, y reparo mi pesadez apresurándome a darle la hora:

-Son las 6 de la mañana, señor…

En su cara veo la extrañeza y me toma unos minutos darme cuenta que no he cambiado de hora mi reloj, que deben ser las 6, pero no en La Habana, sino en Francia.

Un chevrolet americano que funge de máquina de alquiler y que ahora llaman almendrón, se detiene echando humo ante las señas que G. le ha hecho a mi espalda. “Los llevo adonde quieran ir, al hotel o a comer, adonde quieran…”

En la radio del almendrón, un locutor, tan eufórico como el chofer, pronostica con convicción, que en unas horas los jamaicanos batirán allá en Londres, el record olímpico de los 100 metros.

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8 septembre 2012 6 08 /09 /septembre /2012 00:18

100_0594.JPG          Llegué a La Habana, tras 16 años de ausencia, horas después de la muerte de Oswaldo Payá Sardiñas. Leí la noticia en París antes de salir. Y, egoísta, mi miedo encomendó a los dioses el destino de mi viaje. Era de noche, claro. Entré a Cuba en la noche del 23 de julio, a la hora de las telenovelas, para ver a mi madre enferma que pocos días después cumpliría 80 años.

-“¿Por qué no ha venido nunca de visita?”, me pregunta la guardiana al mismo tiempo que me pide mirar a una cámara que me enfoca desde lo alto.

Le hablo de mi madre, allá en Santa Clara. Creo que además balbuceo algo sobre el mucho tiempo consagrado a la supervivencia del otro lado del mundo: “El capitalismo es duro, compañera”. Como temía mi miedo impide que funcione mi broma: falta espontaneidad en los temblores de mi voz, es forzada (imagino) la mueca de sonrisa que acompaña a la frase.

Ella es joven, delgada, y de tanto quemarle el sol con éxito la cara, casi no se le ven aislados granos que recuerdan la resurrección de una desfasada acné. La veo tan bien como la cámara a mí, porque está sentada y debajo de mi nerviosa mirada.

La guardiana lleva dos estrellas, que parecen de cartón, cosidas en su charretera. Dos estrellas en cada hombro que no brillan como aquellas soviéticas y doradas de los uniformes que mi infancia recuerda.

-“Tiene que salir de la fila y esperar a que se analice su caso”. Sé que es una orden lo que me dice la guardiana porque su reciente sonrisa de cortesía se ha metamorfoseado en un rictus que mi miedo considera severo.

Había previsto todo para este momento incómodo. Menos la coincidencia de la muerte de alguien como Payá Sardiñas. Culpo al azar por este contratiempo, y me veo de pronto tan pequeño que me confundo con vergüenza con un cobarde.

Conocí a Payá una noche en París. Él iba a dar una conferencia de prensa en la sede de Le nouvel observateur, horas después de haber ganado el Premio Sajarof de la Unión Europea. Quise llegar tarde para confundirme con el público, pero Payá también llegó tarde de su vuelo de Estrasburgo.

Nos encontramos frente a frente Payá y yo en la recepción del célebre semanario de la izquierda francesa. Adivinó que era cubano y, a pesar de mi evidente estupor ante su presencia,  me pidió que le ayudara a comunicarse con los organizadores porque no hablaba francés. Durante unos minutos fungí como su intérprete y lo conduje a la sala donde le esperaban. De más está decir que no pasé inadvertido: hasta mi hija asegura haberme visto de refilón en un noticiero de la televisión francesa.

Estoy rememorando ahora esta remota casualidad en el aeropuerto de La Habana, y el miedo se apiada de mí. Y me dicta mi miedo una lista de urgentes precauciones: no perder la paciencia, mencionar una y otra vez la razón humanitaria de mi viaje, insistir en mi irrelevancia como opositor al gobierno de Cuba, e incluso, como escritor desconocido, sobre todo, por sus compatriotas. Un escritor que se ve obligado a ganar su vida trabajando de simple profesor en Francia…

Me imagino lo peor y eso funciona. Me veo entrando en una celda sombría y sin agua, olvidado durante días (que debían ser de vacaciones) por todos menos por los roedores, y el hedor del orificio donde debo orinar y defecar durante mi prolongada detención.

Hasta dejo de confiar de pronto en la gente que podría hacer algún que otro modesto gesto de protestación, debido, entre otras cosas, a que en Francia, en estos meses, todo el mundo se ha ido de casa y anda de viaje…

Digo que funciona porque después de tanto calvario imaginario, cualquier regaño pasajero haría que mi miedo se atenuara casi hasta el punto de dar las gracias si me dejan al fin pasar del otro lado de la línea fronteriza. Casi ensayo en silencio consignas que he olvidado. No es difícil: de todas partes saltan las fotos de los llamados “Cinco héroes” que, aseguran, “Volverán”.

Miro alrededor y compruebo que me miran. Los pasajeros de mi vuelo y de otros vuelos, los guardias de seguridad de verde olivo, el muchacho con anchos pantalones de uniforme que lleva y trae entre sus manos mi pasaporte, todos, no dejan de mirarme como si fuera la reencarnación viviente de un Pablo Escobar en apuros.

Me pongo a leer. Así, separado de todas las filas y casi temblando el libro entre mis manos, me pongo a leer Las Confesiones de Rousseau. No puedo responderme a la pregunta de por qué elegí este libro para mi viaje de verano, para estas fingidas vacaciones invertidas.

Leo a Rousseau de pie, a la espera de la orden que me diga si puedo o no entrar al país donde he nacido. Y no me ayuda mucho, la verdad, Jean-Jacques, con su egocentrismo desmedido. Sólo que Rousseau da la impresión de estar como yo en esos momentos de espera: completamente solo en el mundo. “Yo y el mundo”, diría Rousseau. “El mundo y yo”, esperando, me digo yo. En ciertas situaciones alivia constatar la fuerza de espíritu de los otros, creer que en esa comunión pasajera uno resuelve algo para si y se inventa una religión del instante.

Pienso en mi madre que espera mi llamada y la frase: “Ya estoy en Cuba”. O en J.A que allá afuera ha contratado de chofer a un vecino para llevarme a su casa, y a quien le he prometido una botella de Havana Club como brindis por estos 16 años de lejanía. O en mi hija Ariane en Francia, que de tanto buscar noticias sobre Cuba me dijo antes de salir:

-“Papá si te pasa algo no vayas a hacer una huelga de hambre”. Mi hija, como todas las hijas, cometiendo el error en su pasión, de creer que su papá es un héroe…

“Estoy en Cuba”, me confieso. Y ni siquiera la extrañeza de mirar lo que me rodea (el verde particular y desordenado de los campos desde el avión, las luces blanquecinas del aeropuerto, el calor resbaladizo de los sudados rostros uniformados, el acento nasal de alguna que otra frase) atenúa estos minutos de pie, con mi bolso y el voluminoso libro de Rousseau entre las manos.

La muchacha me hace señas de que vaya detrás del cristal de su taquilla. Estoy de nuevo frente a ella y me toma otra foto. Me devuelve mi pasaporte cubano y me dice mirándome a los ojos: “Bienvenido a Cuba, Armando”.

Hasta le doy las “Gracias”, avergonzado, temeroso y feliz, incrédulo y satisfecho. Paso una hora en la aduana. Salgo a la noche calurosa, abrazo a J.A, y caminamos a buscar al chofer con una botella de ron bajo el brazo.

Y la alarmante falta de alumbrado público en la avenida de Rancho Boyeros, me permite percibir mejor el cielo estrellado de Cuba.

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11 juillet 2012 3 11 /07 /juillet /2012 23:10

            (Notas sobre una exposición de arte naïf  en París)

Tadanori-Yokoo.1-copie-1.jpg

              Una tarde de verano, hace ya algunos años, pude visitar la casa donde vivió el escritor Pierre Loti en Rochefort, pequeña ciudad de la costa atlántica francesa. Famosa esta casa por su decoración exótica porque Loti, entre otras excentricidades, hizo construir un salón renacentista y otros inspirados en culturas árabes y orientales, y hasta reprodujo una mosqué en el interior. Pero lo que más me llamó entonces la atención fue la habitación donde dormía el escritor.

            Después de marearme con olores a inciensos y elixires, caminando entre alfombras, bisutería, ornamentos de marquetería otomana, columnas palmiformes y fasciculadas, cenefas, frisos, paredes enlosadas con mosaicos, ánforas, azucareros, pañuelos de seda, colgantes, lámparas, pendientes, teteras, faroles, albarelos, azulejos, especieros, tinteros, baúles, cajas octogonales, espejos de cerámica, y un largo etcétera; me encontré a solas en el dormitorio de Loti.

            El marinero y escritor que adoraba el Oriente conocido en sus incontables viajes, y que a fuerza de retocar  su casa natal la transformó en un museo viviente,  prefería al dormir el sosiego de una cama de pulcras sábanas níveas y sin nada, absolutamente nada, en las paredes y en el resto del minúsculo espacio.

            Y hablo de Loti porque al entrar a la exposición Histoires de voir de arte naïf organizada por la fundación Cartier en París, lo primero que veo es un cuadro que confundo con el retrato de Loti que hiciera el aduanero Rousseau. Varias cerillas (o fósforos, como decimos en Cuba) dispersas de manera caótica sobre el retrato, entre los dedos, en las comisuras de los labios, dentro de las orejas, tras los hombros, dentro de la nariz del personaje, y hasta en la boca del gato que acompaña al escritor, delatan la tomadura de pelo del pintor japonés Tadanori Yokoo.

            Retomar el cuadro de Rousseau implica más que un homenaje, la pertenencia a una tradición. Yokoo acepta así su identidad estética como pintor naïf, pero marcando, por la burla que altera el modelo, sus distancias risueñas con quien se considera un maestro en el género.

Lo naïf se muestra a la vista al asumir la proximidad con Rousseau. Sin embargo, al alterar con humor el cuadro original, Yokoo aumenta la irreverencia de este arte. Su originalidad reside en que esta irrespetuosidad ahora no es inconsciente. Si su representación de Loti se puede asociar a la pintura ingenua, el gesto intelectual implícito en su apropiación,  añade un grado de sugerencia al retrato sin que éste pierda, eso sí, la frescura con la cual se identifica a este arte.

            El primero de los actos ingenuos consiste en representar lo que uno ve tal y como se presenta a la vista. Es evidente que existen dos maneras de concebir lo que se ha dado en llamar arte ingenuo,  primitivo o autodidacta: la primera y más pura, la que expone (porque no quiere o no puede) lo que ve de manera inmediata, o tal como se percibe en  imágenes ilógicas que muchas veces se identifican con el sueño o los recuerdos.

Y otra manera que posee ciertas connotaciones mágicas o mitológicas, que lo mismo puede percibirse en una pintura  haitiana que en una escultura serba. El vudú y las tradiciones folclóricas de Europa oriental, pueden ser algunas de las fuentes y de las referencias en estos casos.

Existe sin embargo un tipo de pintura como la del brasileño Aurelino Dos Santos que trata de ilustrar sus visiones de hombre alienado. (A Dos Santos, incluso, se le considera un esquizofrénico). Lo ingenuo aquí, trato de convencerme, se debe a la falta de pretensiones técnicas, a la presencia directa de imágenes confusas y entretejidas, a la despreocupación por las formas. Dos Santos que, dicen, apenas habla con su entorno, lanza sobre la tela su manera de percibir la realidad y las figuras de sus delirios, su forma visual de expresarse.

El aspecto narrativo, la fábula que se cuenta en muchas pinturas ingenuas, se limita a una sucesión de secuencias  geométricas y  multicolores en medio de atmósferas más de pesadillas que de sueños. El cuento se vuelve hermético y se asocia entonces, en un gesto crítico fácil, al desorden mental del pintor. En todo caso uno no se cansa, como espectador, de tratar de penetrar en la textura del cuadro, en sus cadenas de intimidantes sugerencias.

El carácter imaginativo, típica de la pintura naïve, aquí no se acompaña de un hilarante gesto intelectual como en el cuadro de Yokoo, ni transcribe de manera fabulosa la naturaleza. Dos Santos pinta sin técnicas aprendidas, su “perspectiva” no es “renacentista”, sino más bien una singular perspectiva mental propia a su visión introvertida del mundo.

Otro brasileño sin embargo, sí trata de  recuperar por la pintura la abandonada atmósfera rural del pueblo donde vivió toda su vida antes de irse a la ciudad. Se trata de Neves Torres. Alentado por su hijo, Torres rememora los campos cultivados y sus solitarios días de pesca al borde de un estanque, por cierto, que aparece como decoro junto a él…debajo del agua. Como si  esta inversión lógica de los planos de representación (tierra-agua) coincidiera con el tiempo irreversible de su vida en el campo y contrastara para siempre con su próspera, pero menos imaginativa, vida en la ciudad.

Un pez de pie, mostrado de lado, y estrechado por una serpiente, es una escultura que sorprende al más indiferente de los espectadores. Se trata de dos figuras de más de un metro de roble negro extraído del río Kolubara, que se unen gracias a los insólitos brazos de la serpiente.

 El autor, Dragiša Stanisavljević,es un campesino serbio que nunca ha salido, desde su nacimiento en 1921, de su pueblo, Jabučje, donde siempre ha vivido sin electricidad ni agua corriente. Según he podido leer, en las mitologías locales serbas, los animales representan valores y vicios humanos y al acercarse los hombres a alguna victoria, se personifican  frente a frente y de perfil.

Stanisavljević dice reproducir en madera de la región las leyendas que escuchara de niño y que siguen compartiendo sus vivencias cotidianas. Y me digo que el arte ingenuo (en Quebec, leo, lo nombran arte indisciplinado), no pretende aprovecharse de ninguna ganancia cultural ajena porque privilegia una espontaneidad  natural que neutraliza la distancia de las influencias y de todos los complejos.

              Un artista ingenuo asume el asombro hasta el punto de confundirlo con su representación de la belleza y de la sabiduría, sin necesidad, por ejemplo, de fijar las fronteras entre la pasión exótica y la privacidad del sueño, como hacía Pierre Loti, allá, en su fabulosa casa de Rochefort, al cerrar cada noche, la puerta de su cuarto.

Ilust: Tadanori Yokoo.

 


 

 

 

 

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20 juin 2012 3 20 /06 /juin /2012 14:03

(Notas sobre un viaje entre Tarascón y Arles)

Arles-copie-1 

          Cuando el ómnibus entra al pueblo de Tarascón por el camino que viene de Aviñón, miro de inmediato a la izquierda, cuento una, dos, tres casas, y creo reconocer la casa de Tartarín descrita por Alphonse Daudet en su célebre novela  Tartarín de Tarascón, publicado por primera vez en 1872, y que en algún momento de mi infancia leí allá en Cuba.

          (He venido hasta aquí, debo aclarar, con un grupo de artistas a un festival local dedicado a la cultura cubana. Ondean banderas cubanas por todas partes y me creo despertar – más con zozobra que con asombro ­– en algún momento obligatorio de mi niñez).

            Distingo una casa de dos pisos, de postigos verdes y jardín, con las esculturas de dos leones erosionados por la lluvia y el sol, decorada, desde su abandonado silencio, para turistas de paso por el pueblo, como es mi caso ahora.

Fue quizás la nítida presencia del sol quien le dio la idea a Daudet de poblar el jardín de este insigne cazador de un pueblo dormido con diminutas copias de plantas venidas de África: calabazares, algodoneros, matas de mango, cocoteros, platanales, palmeras, etc.  Porque es exótico el sol para alguien que desciende de París al sur, después de meses de cielos cubiertos por el gris o las lloviznas.

            Para los franceses el sur significa (junto a un acento áspero y de simpáticas cadencias) ese sol, la liberación feliz de los abrigos y bufandas, la luz que proyectan al caminar las siluetas en jardines floridos y, también, cierta insistencia en la pereza, en la lentitud del placer o del reposo, cierto abandono vespertino de los apremios de las grandes ciudades.

            A pesar de haber nacido por estos parajes, en Nimes, Alphonse Daudet se burla como un parisino de ciertas torpezas y exageraciones para él típicas de la región y encarnadas en el personaje de Tartarín, un famoso cazador que cada día enarbolaba una gorra diferente y se aburría por la ausencia de fieras y de aventuras.

     Como es sabido Tartarín, ante la desoladora carencia de presas (sobrevive sólo una liebre en toda la región a quien llaman La rápida) se va a África a cazar un león que en realidad es ciego, resulta víctima de sucesivos atracos y estafas, y regresa a su pueblo en un camello y con la piel del león invidente, lo cual hace de él, por  un malentendido, un héroe para una muchedumbre exaltada que le aplaude.

            De no ser por su amigo el escritor Frédéric Mistral (Premio Nobel en 1904), Daudet habría pagado cara la manera de burlarse de la abulia provinciana, y la ceguera colectiva de los admiradores de Tartarín. Se cuenta que a su paso por el pueblo, después de haber publicado el libro, escapó de milagro de un linchamiento colectivo. Bueno, de milagro no, fue Mistral quien intervino para que perdonaran al atolondrado burlador de la región y de ciertas de sus costumbres.

            Y desde entonces los tarasconenses cargan con la molesta celebridad de un libro que no les conviene ni les gusta, y que se ha convertido en símbolo del pueblo en el mundo entero. Más incluso que la leyenda de la Tarrasca, monstruo fabuloso escondido en las aguas del río Rhône y que únicamente pudiera dominar Santa Marta, patrona de Tarascón.

Lo mismo le ocurre al vecino pueblo de Arles, donde viviera y pintara muchos de sus cuadros un tal Vincent Van Gogh, a quien los vecinos, por medio de una carta colectiva, condenaron a la reclusión en un hospital de dementes debido a sus sucesivos escándalos.

            De esta manera las celebridades actuales de Tarascón y de Arles se fundan por las obras de dos forasteros reprobados, por el malentendido entre el artista y sus escandalizados contemporáneos.

            A una docena de kilómetros de Tarascón, cuando uno sale en coche hacia Arles, el paisaje muestra un cielo despejado que sin embargo yo quiero imaginar “muy fino, azul-gris, cálido, casi sin azul definido, centelleante”, como Van Gogh prefería admirar, según escribe en una de sus cartas a su hermano Théo.

Me llama la atención la inclinación por el viento de los cipreses, las flores de lavandas, los lirios, y el particular amarillo de sombreros de paja, campos de trigo recién sembrados y los girasoles. El amarillo que ya pertenece sólo a Van Gogh, y que, según Lezama Lima, en la persecución de la luz, asocia la idea de pureza y el azufre, infernal tósigo del diabólico Asmodeo

Tengo ante mí, por unas horas, el panorama en lontananza de algo que antes conocí en los cuadros.  Y nace la sospecha de que el vagabundo vio en la naturaleza las afinidades con su espíritu para llevarla a sus telas, lo cual, me digo, limita toda especulación sobre la libre imaginación del artista.

Nada nuevo añado al decir que la expresión de Van Gogh es original no por la invención de algo irreal a la mirada, sino por  la asociación de colores, por la suma de capas de pinturas de colores contrastantes, y cierta arbitrariedad del espacio.

            Al entrar al antiguo hospital donde lo internaron seis semanas encuentro el lugar exacto desde el cual el paciente Vincent concibiera su cuadro El Jardín del Hospital Hôtel-Dieu. Me paro unos minutos. No dejo de mirar. Tal y como ocurre, según los especialistas, con el dibujo del cuarto de hotel que ocupó un tiempo allí en Arles, percibo, con el tardío regocijo de un aficionado, una intencional asimetría entre el árbol de la izquierda, el sendero hasta el estanque y las nenúfares. Una de las sutilezas, se dice, de su pintura: la azarosa disposición de colores y líneas, en otras palabras: pintar como le da la gana, poner las cosas en el sitio caprichoso de sus delirios.

            Busco por la ciudad el sitio del famoso cuadro Terraza del café por la noche que él pintara en septiembre de 1888. Al doblar de un callejón empedrado aparece todo el amarillo del toldo gigantesco que para despejar dudas y atraer al turista exhibe inscrito el nombre del pintor.

                  En una carta a su hermana Wilhelmina Van Gogh le dice sobre este cuadro:

He aquí un cuadro nocturno sin negro, sólo con un bello azul y violeta, y verde y en este ambiente la plaza iluminada se colorea de un azufre pálido, de un verde limón. Me divierte mucho pintar la noche en este lugar. En otra época se dibujaba y se pintaba el cuadro por el día según el dibujo. Pero yo creo que es mejor pintar las cosas de manera inmediata. Es verdad que en la oscuridad yo puedo confundir un azul con un verde, el lila azulado con un lila rosado debido a que no se distingue bien la calidad del tono. Pero es la única manera de salir de la negra noche convencional con una pobre luz pálida blanquecina cuando basta con una simple vela  para obtener los más ricos amarillos y naranjas.  

            No es de noche, son las doce del día. Me siento a mirar el café imaginando esa noche de 1888, tratando de ver la mirada de Vincent que en el lienzo evita las sombras y sin saberlo, quizás sin saberlo, pinta la primera de sus célebres noches estrelladas.

           Como estoy con amigos pienso en los otros. En los amigos de aquel allá que se nombra Cuba. Pido una ensalada de lechugas, tomates y queso, y la acompaño con una copa de vino rosado. Pero todo es amarillo, claro. Toda la plaza se ilumina como si nunca pudiera ser allí de noche, o fuera otra noche salvada a la oscuridad del mundo.

            Y veo la estatua de un hombre con sombrero que parece proteger del tiempo, desde su estatura de mármol, todos los alrededores. Me confundo. Me digo que es Vincent, el vilipendiado que llega sin una oreja al Hospital Hôtel-Dieu o, tal vez, su hermano Théo, muerto sólo seis meses después del suicidio del pintor.

            Me acerco y compruebo que en realidad es una estatua de Frédéric Mistral, el olvidado Premio Nobel que escribía sus libros en provenzal y que, como Théo con su hermano, salvara a Alphonse Daudet de la ira de quienes no tuvieron el don de distinguir en su tiempo ciertas extravagancias de los genios.

 

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26 mai 2012 6 26 /05 /mai /2012 11:22

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              Si en París la llovizna es casi un signo de identidad de la ciudad, es raro que llueva en mayo, y dos días seguidos, en Niza, la capital de la Rivera Francesa. Y sin embargo ha llovido, el 21 y el 22 de mayo, en Niza.

            Dos días esos en que la facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad  y el catedrático Fabrice Parisot organizaron en la biblioteca universitaria un coloquio sobre la capital de Cuba: Escribir /Describir La Habana, se llamaba el encuentro. Y fueron invitados para este paseo imaginario por La Habana, entre otros conferencistas, los escritores cubanos Abilio Estévez, Leonardo Padura y Amir Valle.

            En Niza, a unos minutos de Italia y de Mónaco, frente al mar, con un extenso paseo donde uno tiene siempre la impresión de que le van a caer en la cabeza algunos de los puñados de aviones que sobrevuelan la playa cada cinco minutos con dirección al  aeropuerto que, en el barrio Arenas, le gana unos kilómetros al mar, estaba lloviendo y se hablaba, al mismo tiempo, de La Habana.

            Y cito a París también porque, en un hecho inhabitual, la célebre École Normale Supérieure le rindió un día de homenaje a Abilio Estévez. Organizado por Audrey Aubou, un grupo de amigos, estudiantes y catedráticos se fueron a la calle Ulm (la misma de Raymond Aron, Sartre, Althuser, y de muchas otras celebridades galas) para celebrar la obra de uno de los más importantes escritores cubanos contemporáneos.

            ¿Por qué escribo? tituló Abilio las palabras que leyó al inaugurar el homenaje, antes de sucederse la presentación de lecturas críticas sobre su obra. Como dato curioso del programa, la actriz cubana Linnet Hernández Valdés presentó al final la pieza Santa Cecilia de La Habana.

            “Cuando vivía en Cuba soñaba con visitar tres ciudades: Venecia, Nueva York y París. Y ya lo he logrado. Pero de todas, París ha sido siempre la más generosa conmigo”, dijo Abilio.

            Vale recordar que sólo tres escritores cubanos han ganado el Premio a la Mejor Novela extranjera publicada en Francia: Alejo Carpentier en 1956 con Los pasos perdidos, Reinaldo Arenas en 1969 con El mundo alucinante y Abilio Estévez en el 2000 con Tuyo es el reino, publicada como todas sus novelas, por la editorial Grasset.

            Se puede inferir de este homenaje el reconocimiento a una escritura y a una voz muy personales, valoradas  por la riqueza de su lenguaje y de sus referencias, por un universo ficticio que se apropia a la vez con refinamiento y de manera obsesiva, de muchos emblemas del imaginario cubano, y también de la presencia de las culturas europeas y norteamericanas en la cubana.

            La Habana nuestra de cada día  nombró a su conferencia, en el coloquio consagrada a La Habana en Niza, Leonardo Padura (que como se sabe, vive en Cuba), mientras que Amir Valle (exilado en Berlín) se refirió a La isla viajera: la isla novelada desde el exilio en su intervención, antes de responder, en un panel integrado por ambos y Abilio Estévez, a las preguntas de los participantes sobre la relación de sus libros, con La Habana.

            En los últimos años La Habana que se convierte en una referencia curiosa para el extranjero, es, en la mayoría de los casos, la ciudad agonizante de la crisis económica de los años noventa, la de eso que se ha llamado Período Especial.

Sin embargo, me parece que predominan dos maneras de apropiarse de esta misma Habana. Una que describe de forma realista la debacle y otra que, o imagina a manera de evasión, o se vuelve al pasado para evocar o a exaltar los esplendores de una época republicana anterior a 1959.

            Es curioso y enriquecedor, me digo yo, cómo te ven o te miran los otros. Me atrevo a asegurar que los lectores, críticos y editores, han pasado poco a poco el momento de la moda exótica del inicio de esta literatura cubana, editada, vendida y hasta premiada en muchos lugares del mundo.

Quizás los testimonios ya no dan para más o detrás de la anécdota se quiera ahora apreciar otros valores que vayan más allá de esas primeras capas del erotismo y la exuberancia. En literatura el tiempo también es sabio, y después del atractivo de lo insólito, le toca su lugar a la impresión de justicia que impone la calidad duradera de escrituras más trabajadas.

Olvido decir que, al final del segundo día del coloquio de Niza, el martes 22 de mayo, la ciudad quiso recobrar (uno de sus puntos en común con La Habana) la nitidez soleada de su cielo, y dejó de llover.

Al caminar por El Paseo de los ingleses el sol irradiaba sobre el azul turquesa de las aguas del Mediterráneo y hacía casi invisibles, por su resplandor, el vaivén de los aviones que sobrevuelan allá en lo alto la Bahía de los Ángeles.

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6 mai 2012 7 06 /05 /mai /2012 01:04

Simone-de-B.jpgComo era domingo de elecciones me fui temprano a caminar para ver a la gente y adivinar algún indicio, en los rostros o en la prisa, de la manera en que toman los parisinos eso de elegir un presidente.

Al final de la mañana, al doblar una esquina, me encontré, en el número 11 bis de una callejuela llamada Victor Schœlcher, frente a una espléndida puerta art deco y una placa que indica el lugar donde viviera Simone de Beauvoir de 1955, hasta su muerte en 1986.

Me quedé un rato imaginando a la Beauvoir al llegar o al salir de aquel lugar al ir o al regresar de Cuba. La supuse con su sombrero, pálida y bronceada, entusiasta y fatigada, dependiendo de los instantes de su ida o de su vuelta de la isla.

La calle en su exceso es tan breve como silenciosa, y lleva el nombre de unos de los más importantes precursores en Francia de la lucha por la abolición de la esclavitud. Lo que poca gente sabe es que fue precisamente en Cuba donde Victor Schœlcher se escandalizó definitivamente por el sufrimiento que vio padecer a los esclavos en los campos de caña, y decidió dedicar su vida a erradicar esta práctica tan rentable para los negocios como humillante para las personas que la sufrieron.

La gente semidormida yendo a buscar el pan, o a votar por un presidente este domingo, y yo imaginando una discusión imposible entre Schœlcher y Simone sobre las apreciaciones divergentes de los dos y  sus respectivas Cubas: la colonia de España en la primera mitad del siglo XIX, y la Cuba de la revolución de 1959.

Porque, como se sabe, si algo encarna Francia es la pasión política y el dinamismo comprometido de sus intelectuales. Sin embargo esto último parece haber cambiado completamente bajo la era Sarkozy.

En un artículo publicado en Le Monde y titulado “Une planète en recomposition”, Marion Van Renterghem y Thomas Wieder se preguntan las causas de esta deserción y nombran la ausencia contrastante de algunos de estos intelectuales:

 

¿Qué queda de la influencia sobre la política de los intelectuales comprometidos, crema y nata de la excepción francesa nacida de la Ilustración? De los Voltaire, los Zola, los Malraux, los Sartre, los Aron y Camus?  En esta campaña presidencial de 2012, los Edgar Morin, Alain Finkielkraut o “los nuevos filósofos” como André Glucksmann o Bernard Henry Lévy, esos gurús, esos sabios iluminados, representantes de una moral y de valores no han influido en el curso de los acontecimientos.

 

 

            Resulta que durante la campaña electoral francesa de 2007 un grupo de conocidos intelectuales apoyó abiertamente a Nicolas Sarkozy, algo raro, porque como se sabe, la tradición exige que alguien que escriba o dé opiniones públicas debe, al menos, simpatizar con la izquierda.

            Un mundo feliz  tituló Aldous Huxley a su novela crítica contra las utopías. Ese es el título que retomaron estos intelectuales franceses simpatizantes con la derecha (Le Meilleur des mondes) para la revista donde publicaron sus artículos y polémicas, después de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

Fue Daniel Lindenberg quien lanzó desde el 2002 el más conocido de los ataques contra estos intelectuales en su libro Le Rappel à l'ordre. Enquête sur les nouveaux réactionnaires. La noción política estadounidense se transforma en Francia en acusación contra ideólogos que defienden la guerra en Afganistán y en Irak y descalifican a la izquierda por su supuesta islamización.

Pues de toda esa gente nombrada también “los sarkozistas de izquierda”, nada se ve en los medios franceses por estos días de elección presidencial. Hasta tal punto se extraña a estos ilustres profetas que la prestigiosa revista Esprit dedica el número de marzo-abril de 2012 a una serie de artículos que tratan de responder a la pregunta de ¿Dónde están los filósofos?

Y unas horas antes de la segunda y decisiva vuelta de la elección presidencial, en Le Monde del 5 de mayo de 2012, el filósofo de extrema izquierda Alain Badiou va más lejos y culpabiliza a los intelectuales del ascenso vertiginoso de la ultraderecha del partido de Marine Le Pen.

Se constata entonces que  ha habido un cambio en Francia, de la admiración a la indiferencia o al rechazo, a la intervención pública de los intelectuales en la vida política. Cuentan que tanto Sarkozy como los medios de difusión han remplazado a estos errados adivinos por especialistas. Es decir que ahora en vez de invitarse a pensadores generalistas como a un filósofo o a un escritor comprometido, se le hace preguntas a alguien formado en un sola disciplina, llámese geopolíticos, historiadores, sociólogos, investigadores sobre el islam, etc.

De hecho, todos los miércoles, durante estos últimos años de mandato, Sarkozy ha compartido su desayuno con alguno de estos expertos contactados previamente por sus consejeros.

Y aunque para nadie informado es una noticia que en los últimos años los intelectuales clarividentes no encarnan como individuos a la conciencia crítica de la sociedad, vale la pena especular sobre las razones de esta desaparición de la escena política. La más inmediata es, por supuesto, la crisis financiera. El fin de la guerra fría, la mundialización y el acceso a la información que procura internet, también contribuyen al debilitamiento público de los iluminados guías.

Tengo que anotar entonces entre mis satisfacciones contemporáneas, eso de no tener que soportar hasta la abulia las chácharas de un grupo de sabelotodo que pronostica próximos cambios y porvenires casi siempre errados o inalcanzables. Es decir una manera encubierta de expresar el deseo por el poder y la ambición de alistarse a una élite reconocida y aplaudida por la tribu.

Me digo entonces que algo bueno tenían que dejarnos la mundialización y esos aparatos, teclas y pantallas que gastan nuestra vista, nuestros oídos y nuestros dedos que los encienden y los hacen andar.

No corremos el riesgo, me parece, de que en el futuro abunden lugares y estatuas que lleven el nombre de nuestros contemporáneos intelectuales, como esas calles francesas que se llaman Victor Schœlcher o Simone de Beauvoir.

Porque si bien entre los más grandes éxitos de la modernidad pueden citarse el de lograr la abolición de la esclavitud, y otorgar un puesto relevante e igualitario a la mujer en el mundo, uno de los más grandes acontecimientos domésticos de la globalización, quizás sea la desaparición (para mí reconfortante) de la figura nacional y regidora del intelectual, a la vez militante y agorero del destino político de pueblos de los que se creyeron ser la encarnación del espíritu crítico.

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