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14 septembre 2014 7 14 /09 /septembre /2014 11:16
LAS CATEDRALES DE MARCIAL GALA

        Cada uno recuerda algo diferente de una ciudad. Con nosotros o en una estación ajena, la ciudad envejece y cambia: no nos espera. Peor, como a los muertos no le importamos gran cosa, estamos de paso y ella permanece. No conozco muchas maneras de hurgar en la ciudad nuestra ausencia. Ninguno de nuestros caprichos edulcorados permanece, hasta sus ruinas se derrumban o se maquillan. Supongo que existen formas de evocar una ciudad (el arte local justifica su existencia con estas misiones), repito, pero yo, por limitaciones de mi inteligencia y mis afinidades, he preferido constatar la manera en la cual se escribe la ciudad, cómo se proyecta una fotografía contada de su espíritu; la permanencia escrita de su tiempo.

        Ando buscando a Marcial Gala por Cienfuegos. En la céntrica librería del boulevard me dan el teléfono de la Uneac. Es conocido Marcial, el más premiado escritor de la ciudad. Me alegra este reconocimiento que confirma la vanidad de mis intuiciones: estuve siempre convencido que él poseía una mirada muy personal para transcribir el caos cotidiano que, a fuerza de dispersas lecturas de años y de eso que Cyril Connolly llamara calidad de espíritu, ha tratado de hacer, a su manera y con sus medios, universal.

El presidente de la Uneac sigue siendo el mismo Orlandito de siempre. Me habla con afecto (escribo esto y me doy cuenta que a lo mejor espero o deseo que me hable de otra manera), como si hubiera sido ayer y no hace 20 años nuestra última conversación. Me dice que pase cuando pueda por la Uneac, esa misma tarde si quiero. Me da el teléfono de casa de Marcial.

El tiempo que viví en esa ciudad y en la memoria que me idealizo de ella, Marcial se fue convirtiendo en la otra mitad que yo hubiera querido ser, por ignorancia y pereza, por descuido o tal vez por hipocresía. Marcial como una conciencia malévola que anota y mira, y viceversa, pero pagando el precio, eso sí, de haberse quedado sin conocer esos paisajes del renacimiento que él imagina y anhela. Es más fácil, me parece, dejar a los otros esa misión imposible de respirar o imaginar en libros una realidad que ya uno no puede soportar. Algo de Marcial consuela la supuesta vida que mi voluntad y mis ambiciones me impidieron asumir, al punto de temer de que mi afecto por él sea una forma de completar una parte de mí que disimulo u oculto.

Marcial lleva a cuestas, allí, en ese Cienfuegos de una belleza desconsolada, tres condenas que no le han impedido el triunfo de su mayor superstición: ser escritor. En una cultura hipócritamente racista, es negro, vive en provincias, y es un solitario que mira al poder desde las gradas de su nocturno estadio irreal donde deambulan visiones, olores, voces, y pesadillas que él ha tratado de ordenar por escrito, hasta ir tejiendo, con paciencia, una mitología subterránea de la ciudad.

         Nos damos cita en el Hotel La Unión, al final del boulevard y justo antes de llegar al Parque Martí. Nos sentamos frente a la piscina ovalada de ese neoclásico hotel restaurado, ante dos blancos leones de piedra que sirven de guardianes a la entrada del agua adonde G. ha preferido, con discreción francesa, ir a bañarse mientras él y yo hablamos. Es justo decir que el momento supera las profecías que hubiera añorado en mi exilio. Me gusta el contraste entre el lujo postizo del sitio y la eterna displicencia de Marcial que parece haberse bajado al instante de una guagua de los años 90, la época hambrienta en que hacíamos largas colas para desayunar lo que apareciera no lejos de ese mismo lugar.

Acaso en la amistad el egoísmo toma una pausa y nos concede no sólo vernos en el espejo sino también preguntar por el otro. Durante años de exilio he tratado de seguir lo que ha escrito Marcial con la satisfacción y la intriga de enterarme que ha logrado sobrevivir y publicar, ganar premios, y tener la aprobación de quienes ya no pueden ignorarlo. Y sin darnos cuenta estamos festejando el triunfo por un libro que aún no ha sido publicado. Marcial me cuenta que acaba de ganar el premio Alejo Carpentier con la novela La catedral de los negros. Que ha ido a Santo Domingo y pronto estará en la Feria del libro de Guadalajara. Además le han dado una casa propia y dirige una tertulia literaria llamada El relajo con orden.

Tratándose de Marcial ni siquiera cometo el esfuerzo de indagar cómo ha perdurado su fe en medio de tantas incertidumbres. Porque tiene que ser la fe y el mundo ficticio que cabe en su enigmática sonrisa lo que le ha permitido seguir de largo en medio de esas batallas materiales por la supervivencia que transita todo cubano: un día soy testigo de haber vito a Marcial, lo juro, vendiendo chicle en la Manzana de Gómez de La Habana, otra tarde, estaba de pie con un mango en sus manos y a la venta frente al teatro Terry de Cienfuegos.

Basta con verlo caminar por la ciudad a Marcial con su gorra de pelotero de béisbol -como haríamos unas horas después hasta tomarnos juntos una foto al lado de la estatua de Benny Moré en el Prado-, con seguir la parsimonia de sus respuestas a angustias que podrían resultar irreales por pertenecerme a mí, al fugitivo que ahora vuelve intentando conservar cierta amistosa lealtad. Hay personas así, que poseen el don de atravesar silbando un campo minado mientras uno se queda quieto bajo una piedra, susurra una tregua a los dioses, o espera que al menos un globo, un barco, o una nave espacial lo lleve urgente a otro sitio.

Después de haber leído casi todo lo que ha escrito, estoy convencido que a Marcial le da lo mismo vivir donde le ha tocado o en otro sitio. De todas formas no hay remedio, piensa. Su inteligencia es lo suficientemente aguda para darse cuenta que la literatura no cambia al mundo, y que la fidelidad a la tarea de escribidor que él mismo se ha encomendado, no lo puede obligar a simular: en cada cuento, poema o novela de Marcial se registra la fatalidad de la existencia humana, la añoranza por algo que la realidad, o la súbita aparición de Dios, de cadáveres y moribundos, de alcohólicos y drogadictos, o de fantasmas; vaticinan imposibles.

En el lamento mordaz de la escritura de Marcial subyace la melancolía de un narrador o de un testigo que acepta con sorna el desastre, el naufragio de toda salvación, la victoria injusta de la viveza del mal. Escribo bien viveza del mal porque en sus historias son los rufianes quienes salen ganando con sus perfidias, los que se llevan la mejor parte en la tensión constante que se establece entre sus acciones y el amargo lirismo de un protagonista impotente ante la perversidad.

En el cuento “Perro Mundo” que abre el volumen Es muy temprano, una pareja que duerme en el cementerio es testigo de un asesinato narrado con lujos de detalles. Instantes después de tal escena macabra, y de comprobar que la víctima moribunda les pide ayuda, la narración se interrumpe y a la vez termina con un sorprendente diálogo de dos líneas:

¿Le revisaste los bolsillos?

No, dijo ella, ¿sabes?: en todo este jodido mundo no hay un tipo como tú.

En “Hojas de almendro” un muchacho se va de viaje por la isla con dos turistas suecas pero no sabe bien si es realidad o un sueño, al final la policía lo despierta en la habitación de un hotel y la duda persiste. En “Carlos, la Tirri y yo levitando” el narrador comete un crimen pasional y al llegar la policía, es decir, la realidad, logra al fin alcanzar su objetivo: “Cuando llegó la policía ya yo estaba levitando”. En “Clara y los gorriones”, dedicado a Juan Francisco Pulido, joven escritor cienfueguero que se suicidara en Minnesota, se invierte la estrategia, se comienza por un entierro, se describe después el suicidio, para terminar con una imagen en boca de su madre que esclarece el título: “Cuando era pequeño, dejábamos abiertas las ventanas para que entraran los gorriones y él sonreía mirándolos” (…)

No hay compensaciones porque no hay equilibrio en la dramaturgia de Marcial: la balanza se inclina siempre hacia la depravación y la maldad. La narración llega en estos casos a una frontera que los personajes violan con lágrimas, indiferencia u homicidios, en sucesivos círculos que se alternan sin que el lector pueda adivinar la pausa del vértigo, de la risa, o del desenlace.

Lograr partir de una anécdota y explotar al máximo lo contado lleva a Marcial a transgredir lo real, a no fijarse límites racionales al contar las acciones de sus personajes, y esto, unido a la aparición de lo insólito de manera natural y sin previo aviso, crea un dilema en el lector que puede sorprenderse, reír, o dudar al mismo tiempo. En un cuento con un título premonitorio como Tres meses antes de la muerte de Pilar, la protagonista se deja seducir en la playa por alguien que dice ser el intérprete del actor Jack Nicholson de visita en Cuba a quien, hacia el final del cuento, se describe durmiendo en una habitación de hotel.

A pesar de su título el cuento Tres meses antes de la muerte de Pilar termina con una frase tomada del habla cubana (no ir del “todo mal”) que el narrador reproduce de Pilar, la que a su vez ignora su próxima muerte a manos de un antiguo amante llamado Remigio:

Días después, justo antes de que a Remigio le anunciaran la libertad condicional, Pilar empezaría una relación tumultuosa con un camarero llamado Felipe, con el cual no le iría del todo mal.

La provocación que se atenuaba por la risa ante la presencia de un Jack Nicholson dormido y descrito como un enorme cetáceo que va a morir a la playa, alterna con el estupor ante la ingenua apreciación de Pilar cuya asesinato atroz el lector ya conoce en detalles: Remigio “le cortará la cabeza y la pondrá encima de la almohada” como en El padrino, “único libro que Remigio ha leído hasta el final”.

La entrada de lo que pudiéramos llamar fantástico en narraciones que aparentan por sus códigos ser en un inicio realistas en la escritura de Marcial se realiza por la ambición (como extremo del deseo) de incorporar sorpresivamente al relato al mismo tiempo supersticiones populares cubanas, íconos como Jack Nicholson, o referencias, y personajes de la cultura universal que intervienen con naturalidad en el relato de la vida cotidiana de personajes contemporáneos al autor.

Marcial, en un gesto más provocador que estético ha titulado con tremendismo a su trilogía de novelas: Cienfuegos capital del mundo.

Cienfuegos capital del mundo

Conocí a Marcial Gala gracias a Jorge Luis Borges. Yo dirigía el departamento de literatura de la Biblioteca Provincial de Cienfuegos cuando una tarde, el entonces director de la biblioteca, entró sudado y airado a la sala para denunciar, con grandes gestos de sus manos y una voz engolada, a un usuario llamado Marcial Gala por no haber devuelto, desde hacía varias semanas, el único ejemplar de las Obras Completas de Borges que poseía el recinto.

Como Borges murió en 1986 y la escena que cuento sucedió en 1990, se supone que ya en Cuba estaba permitido mencionar el nombre del escritor durante décadas silenciado. Hasta en la Casa de las Américas Retamar había presentado la edición de una antología de Borges en una irreal tarde en que, en un gesto borgeano, citaba anécdotas de su visita al apartamento del escritor en Buenos Aires con carácter retrospectivo: el censor esperó el tiempo de la muerte para volver del pasado con una flor del célebre escritor.

Marcial entró a la biblioteca con el libro de Borges en las manos no como una flor, sino como una deuda. No el libro desenterrado por Retamar sino el verde editado por Emecé. Me dijo que escribía y no sé cómo me las arreglé para que el sudoroso jefe lo perdonara, y Marcial volviera sin contratiempos cada día a leer a un lugar en el cual ha escrito casi todos sus libros.

Fue poco después de conocernos que Marcial se dispuso a publicar su primer libro, Enemigo de los ángeles en la editorial local Mecenas y me pidió que yo le escribiera un prólogo. Así lo hice respetando una norma que en mí no ha cambiado: que fuera breve, apenas dos páginas. A Marcial le gustó tanto el texto que no sólo lo leímos varias veces, sino que nos reíamos de la provocadora exageración de sus dones de escritor que yo describía citando fuentes supuestamente cultas para molestar un poco el provincianismo ambiente.

Él vivía en las afueras de Cienfuegos y yo en un albergue en ruinas cerca de un poblado llamado Caonao, pero teníamos la costumbre de ponernos de acuerdo para ir a comprar lo que encontráramos de comer por el centro de la ciudad, antes o después de yo comenzar mi trabajo en la biblioteca. Fue así como un atardecer en el cual habíamos dado con una cafetería donde podíamos comer algo, y justo en el momento en que yo tragaba un boniato, Marcial, algo taciturno, me comunicó la noticia: le habían aconsejado que su libro saliera sin mi prólogo.

Aunque me atraganté con el boniato y casi me asfixio (Marcial me dio varios manotazos en la caja torácica más o menos con la misma frecuencia que palmó sus hombros un funcionario local para erradicar mi prólogo) entendí lo que quería decirme, porque yo había pasado ya una noche preso por la seguridad del estado y comenzaba a ser persona non grata en ciertos círculos culturales de la ciudad. Le dije que no se preocupara, tosí y engullí al fin el boniato y con él mi prólogo, ayudado, eso sí, por un vaso de agua. “Lo importante es que tú publiques tu primer libro y no mi prólogo que nada añade a tus cuentos”, fundamenté aliviado por el boniato desaparecido de mi garganta y mi prólogo del libro de Marcial.

No mencionar nunca más esta experiencia no sólo salvó nuestra amistad, sino que protegía su libro y alejaba su persona de esas invisibles zonas de turbulencia que pueden provocar la muerte civil de cualquier escritor en Cuba.

Marcial y yo desde el principio hablamos de libros, mujeres, y del mundo. Es justo reconocer que a Marcial le encantaban mis novias y a mi sus cuentos. Pero siempre terminábamos hablando del más allá, es decir, del mundo. Él entraba a la sala de literatura y si yo estaba ocupado atendiendo a alguien, se sentaba a hojear una enciclopedia para esperar que yo terminara. Como Marcial sospechaba que los dioses no me habían dotado del mismo poder de resistencia que él para soportar vivir en Cuba con su providencial indiferencia, retomábamos cada vez el tema de otros países, otros escritores, otros paisajes y climas que nos refrescara el agobio del calor y la forzada disciplina de no tener qué comer.

Si la memoria no me traiciona, a Marcial le fascinaba el renacimiento italiano y Francia, aunque su descubrimiento aquella época de Faulkner le daría un punto de vista y una libertad para la composición a la cual él sigue siendo fiel hasta ahora.

-Este es mi papá en la torre Eiffel.

Así me dijo un día Marcial mostrándome una foto donde aparecía un hombre mulato con la silueta detrás del célebre monumento parisino. Ese día, supongo, hablamos de París, sin sospechar que tiempo después yo pasaría casi a diario frente a esa misma torre.

Un día en París alguien me trajo desde Cienfuegos un libro de Marcial. Se trataba de la novela Sentada en su verde limón editada en 2004 por el escritor Rogelio Riverón, un amigo común a quien yo conocí en la Central Nuclear y que vivió con nosotros dos una parte de nuestras aventuras cienfuegueras hasta llegar a ser, para mi sorpresa, director de la Editorial Letras Cubanas.

La novela cuenta la historia del saxofonista Harris que después de haber sido célebre en el mundo entero, termina en Cienfuegos, “tocando en un bar de mala muerte para un público constituido en mayor parte por aficionados de los más diversos países” que acuden a la ciudad para escucharlo. Cienfuegos deviene así capital turística del mundo del jazz gracias a un drogadicto norteamericano.

A Harris le gusta leer las cartas que le enviara John Lennon (que compartía con el saxofonista entre otras cosas la aversión por los fantasmas) a Kirenia, su musa de la vejez que aspira a ser poeta y termina suicidándose, y al pintor Ricardo, el narrador de la historia. A estos tres personajes los reúne el mismo sombrío círculo vicioso de la frustración que se atenúa en breves pausas con drogas de todo tipo:

Ese primer día cuando regresó, Harris y yo habíamos estado sentados en el piso fumando marihuana y leyendo una carta de John Lennon. Harris insistía en que Lennon estaba vivo, escondido en alguna isla del Caribe. Llevaba una vida solitaria para que los espectros no pudieran detectarlo. Yo le decía a Harris que no, que estaba muerto y Harris se cagaba en mi madre como mejor, tremendo y único argumento que demostraba a las claras que Lennon seguía vivo. Entonces yo fui a la cocina y cogí un cuchillo. ¡La tuya negro de mierda!, le grité. ¡John Lennon está muerto por mis cojones! Harris me abracó con sus brazos de oso y me quitó el cuchillo con facilidad.

No comas mierda, me dijo, John está vivo.

Cuando Kirenia llegó, aún me tenía abracado, así que ella puco pensar que practicábamos la sodomía, pero no dijo nada. Prefirió sonreír, Buenas, me dio un cariñoso manotazo y besó a Harris en los labios. ¿Quiere marihuana la profesora?, preguntó Harris. Sí, dijo ella, por lo que preparamos otro pito y nos lo fumamos democráticamente entre los tres.

He leído varias veces la novela. Su estructura como la historia son intencionalmente caóticas, y todo caos obliga a la relectura. Uno se pierde un poco en tanto laberinto. He comentado la novela con Marcial. Y paseando ahora con él por esos lugares que describe como el paseo del Prado o el café El Palatino, he llegado a pensar que en ese intento por inscribir a Cienfuegos en el mapa del mundo, Marcial aprovechó para hacerse un exorcismo de años de peregrinaje callejero. Lejos de intentar recrear de manera realista las vivencias de ciertos arquetipos de personajes marginales, Marcial modela la anécdota con asociaciones en las que aparecen sueños, cartas, confesiones y una constante evocación a un mundo que sirve como ficticia referencia de escape y consuelo.

De esos peregrinajes Marcial ha traído un repertorio de personajes, ha supuesto sus destinos circulares, y ha reproducido de ellos también el habla. Tanto en la descripción de cada situación como en la intervención del narrador o en los diálogos, aparece el argot callejero en toda su intensidad. Si por momentos la estructura de la historia parece descosida, es por la intención de hacer más inmediato lo que se lee: Marcial no pule el lenguaje aunque sí la sintaxis. Se leen como violentos cortes sus frases insertadas sin que se detecte un artificio.

Arquitecto de formación Marcial recrea en La catedral de los negros, la segunda novela de su trilogía, la inusitada idea de la construcción de una catedral evangelista en Punta Gótica, un barrio marginal de Cienfuegos. Una catedral que siga el modelo de la iglesia del Santo Sacramento de Oklahoma. Apoyado en otra tríada de personajes (Berta, El Gringo y Prince) el libro cuenta la llegada de una familia de negros evangelistas desde la ciudad de Camagüey y su instalación en ese barrio cienfueguero.

A uno lo asalta la pregunta, ¿qué pretende Marcial con esta novela? Dos ideas me vienen a la mente: lo imposible y lo interrumpido, lo insólito y lo inacabado. O, la manera en que está condenada al fracaso en nuestros tiempos un monumento que en otra época fuera el símbolo de una espiritualidad colectiva, de una forma de presencia humana en la naturaleza como fue el caso de las catedrales; debido a la degradación del espíritu humano.

Marcial en este caso proyecta incorporar la ciudad al centro del mundo a través de la metáfora de una torre gigantesca construida por religiosos afrocubanos. Si por una parte la conocida frase de José Lezama Lima que sirve de epígrafe al libro (“Cuba tiene sus catedrales en el futuro”) sugiere una posibilidad postergada de realización, en el libro de Marcial la empresa aparece como una ilusión descabellada de antemano.

Además del título, lo que más sorprende al lector de La catedral de los negros es su forma. Esa es la más curiosa ganancia de la novela. El libro se lee como las sucesivas respuestas de los personajes a un interrogatorio realizado por un sujeto que podría ser el propio lector. Una especie de novela a dos manos, como especula querer escribir un personaje (Araceli) con su amante (Berta). Al tiempo que se lee se organiza la narración que el escritor se ocuparía sólo de transcribir. De esta manera cada personaje cuenta su propia vivencia y su versión de los hechos, mientras que otra parte de su presencia en la historia es completa por los otros testimonios o monólogos.

A partir de este coro de voces se modela el argumento: la familia de un pastor evangelista llega al barrio, sus tres hijos provocan reacciones diversas en la comunidad. Uno logra integrarse al caos, la chica antes de ser una célebre pintora en Italia deviene musa de El Gringo, el homicida de la novela que hace fortuna vendiendo la carne de sus víctimas antes de escapar a los Estados Unidos y morir por inyección letal, y el otro, Prince, el poeta maldito sólo interviene en las últimas páginas cuando ya el lector está al tanto de su parricidio.

Un fragmento de la novela elegido para su promoción ilustra bien el tono del libro:

El 27 de febrero del 2007, empezó el aparecido a atormentarme. La primera vez que lo vi, sentado en la entrada de la cuartería miraba hacia delante muy concentrado, como si esperara algo. Supe que estaba muerto porque tenía los ojos en blanco y estaba desnudo. Eran casi las seis de la tarde, hora en la cual los muchachos juegan futbol y la calle está llena de adultos que regresan del trabajo o van a sus negocios. Nadie se daba cuenta. Sólo yo lo percibí, muy fuerte de cuerpo, tenía tatuado un escorpión en el hombro derecho y una serpiente alrededor del ombligo, era alto y hubiera sido bonito si una herida de bordes abiertos no le cruzara el cuello de un lado a otro. Se señaló la herida con el índice de la mano derecha y los ojos llenos de lágrimas. Yo eché a correr.

Ese día no comí.

- Se me apareció un muerto en cueros- le dije a mi madre.

- Tú siempre con tus bromas- dijo ella- deberías meterte a humorista.

- En serio.

- Pues tráelo para que cocine, tú no sabes hacer nada y yo ya estoy cansada de la peste a manteca.

         Marcial ha dicho en alguna ocasión que su libro es una novela sobre el mal, en otra que se trata de narrar la iniciación literaria de un joven, Prince. Ambas intenciones se cruzan y se tocan, al igual que el eclecticismo de las religiones católica, evangelista, y los cultos afrocubans. Más que de la beat generation a la que se puede asociar el lenguaje y ciertos ambientes de su escritura, la imaginación literaria de Marcial debe mucho a ciertas libertades de la perspectiva estilística de Faulkner. Pero Marcial no se apropia de esas libertades para celebrar el festín de una realidad tan exuberante que ha perdido, por demasiado ingenua, su atractivo con el tiempo, como es el caso del realismo mágico. A él le interesa que trascienda en el relato la percepción simple de una primera capa, es decir el subconsciente colectivo de una cultura y de sus comportamientos.

        Si en Sentada en su verde limón Marcial pretendía ubicar a Cienfuegos en el centro del mundo a través de la presencia de un genial músico vagabundo y sugería en el título completar por la imagen de una poetisa suicida (pájara pinta) una canción infantil, en La catedral de los negros la misma tentativa se representa a través del fracaso de un proyecto demencial que toma como referencia uno de los símbolos de la cultura occidental: la catedral.

        (Marcial anticipa la inmediata asociación de su metáfora con una realidad cienfueguera: el fracaso de la construcción del reactor nuclear de la central de Juraguá. Y se apresura, en una novela policíaca publicada en España –Monasterio, Atmósfera literaria, 2013–, a referirse a este lugar por haber vivido y trabajado allí en un puesto de asesor literario que yo inaugurara en 1987).

       Subyace, sin dudas, en su proyecto estético, una doble lectura. Marcial sabe no sólo que la literatura no cambia la vida sino también que una escritura con un mínimo de honestidad y que se pretenda duradera no tiene ninguna validez si respeta ciertos límites. O peor aún, si recrea una faceta previsible de un imaginario como el cubano, desgastado por estereotipos que insisten en representar el lado exótico y supuestamente único de su cotidianidad.

    En un breve ensayo dedicado a Chesterton, Borges trata de definir la forma que predominó en la escritura del inglés. Hacia el final del texto Borges cita dos parábolas. La primera es “Ante la ley”, comentada por Kafka en El proceso. Un hombre pide ser admitido por la ley y un guardián le dice que debe esperar ante una puerta advirtiéndole que existen muchas otras. El hombre moribundo y agotado de tanto esperar pregunta al guardián cómo es posible que durante tanto tiempo nadie haya intentado entrar, y el guardián le responde que esa entrada era sólo para él pero que ahora tiene que cerrarla. La otra se encuentra en el célebre Pilgrim’s Progress de John Bunyan. El guardián de un castillo custodiado por una multitud de guerreros sostiene en sus manos un libro para escribir el nombre de quien se atreva tomar el castillo. Un hombre le pide que anote su nombre y acto seguido se abre camino con su espada y logra entrar al castillo.

    Borges termina escribiendo: “Chesterton dedicó su vida a escribir la segunda de las parábolas, pero algo en él propendió a escribir la primera”. Conjeturo que a Marcial le ha ocurrido exactamente lo contrario.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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