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8 septembre 2012 6 08 /09 /septembre /2012 00:18

100_0594.JPG          Llegué a La Habana, tras 16 años de ausencia, horas después de la muerte de Oswaldo Payá Sardiñas. Leí la noticia en París antes de salir. Y, egoísta, mi miedo encomendó a los dioses el destino de mi viaje. Era de noche, claro. Entré a Cuba en la noche del 23 de julio, a la hora de las telenovelas, para ver a mi madre enferma que pocos días después cumpliría 80 años.

-“¿Por qué no ha venido nunca de visita?”, me pregunta la guardiana al mismo tiempo que me pide mirar a una cámara que me enfoca desde lo alto.

Le hablo de mi madre, allá en Santa Clara. Creo que además balbuceo algo sobre el mucho tiempo consagrado a la supervivencia del otro lado del mundo: “El capitalismo es duro, compañera”. Como temía mi miedo impide que funcione mi broma: falta espontaneidad en los temblores de mi voz, es forzada (imagino) la mueca de sonrisa que acompaña a la frase.

Ella es joven, delgada, y de tanto quemarle el sol con éxito la cara, casi no se le ven aislados granos que recuerdan la resurrección de una desfasada acné. La veo tan bien como la cámara a mí, porque está sentada y debajo de mi nerviosa mirada.

La guardiana lleva dos estrellas, que parecen de cartón, cosidas en su charretera. Dos estrellas en cada hombro que no brillan como aquellas soviéticas y doradas de los uniformes que mi infancia recuerda.

-“Tiene que salir de la fila y esperar a que se analice su caso”. Sé que es una orden lo que me dice la guardiana porque su reciente sonrisa de cortesía se ha metamorfoseado en un rictus que mi miedo considera severo.

Había previsto todo para este momento incómodo. Menos la coincidencia de la muerte de alguien como Payá Sardiñas. Culpo al azar por este contratiempo, y me veo de pronto tan pequeño que me confundo con vergüenza con un cobarde.

Conocí a Payá una noche en París. Él iba a dar una conferencia de prensa en la sede de Le nouvel observateur, horas después de haber ganado el Premio Sajarof de la Unión Europea. Quise llegar tarde para confundirme con el público, pero Payá también llegó tarde de su vuelo de Estrasburgo.

Nos encontramos frente a frente Payá y yo en la recepción del célebre semanario de la izquierda francesa. Adivinó que era cubano y, a pesar de mi evidente estupor ante su presencia,  me pidió que le ayudara a comunicarse con los organizadores porque no hablaba francés. Durante unos minutos fungí como su intérprete y lo conduje a la sala donde le esperaban. De más está decir que no pasé inadvertido: hasta mi hija asegura haberme visto de refilón en un noticiero de la televisión francesa.

Estoy rememorando ahora esta remota casualidad en el aeropuerto de La Habana, y el miedo se apiada de mí. Y me dicta mi miedo una lista de urgentes precauciones: no perder la paciencia, mencionar una y otra vez la razón humanitaria de mi viaje, insistir en mi irrelevancia como opositor al gobierno de Cuba, e incluso, como escritor desconocido, sobre todo, por sus compatriotas. Un escritor que se ve obligado a ganar su vida trabajando de simple profesor en Francia…

Me imagino lo peor y eso funciona. Me veo entrando en una celda sombría y sin agua, olvidado durante días (que debían ser de vacaciones) por todos menos por los roedores, y el hedor del orificio donde debo orinar y defecar durante mi prolongada detención.

Hasta dejo de confiar de pronto en la gente que podría hacer algún que otro modesto gesto de protestación, debido, entre otras cosas, a que en Francia, en estos meses, todo el mundo se ha ido de casa y anda de viaje…

Digo que funciona porque después de tanto calvario imaginario, cualquier regaño pasajero haría que mi miedo se atenuara casi hasta el punto de dar las gracias si me dejan al fin pasar del otro lado de la línea fronteriza. Casi ensayo en silencio consignas que he olvidado. No es difícil: de todas partes saltan las fotos de los llamados “Cinco héroes” que, aseguran, “Volverán”.

Miro alrededor y compruebo que me miran. Los pasajeros de mi vuelo y de otros vuelos, los guardias de seguridad de verde olivo, el muchacho con anchos pantalones de uniforme que lleva y trae entre sus manos mi pasaporte, todos, no dejan de mirarme como si fuera la reencarnación viviente de un Pablo Escobar en apuros.

Me pongo a leer. Así, separado de todas las filas y casi temblando el libro entre mis manos, me pongo a leer Las Confesiones de Rousseau. No puedo responderme a la pregunta de por qué elegí este libro para mi viaje de verano, para estas fingidas vacaciones invertidas.

Leo a Rousseau de pie, a la espera de la orden que me diga si puedo o no entrar al país donde he nacido. Y no me ayuda mucho, la verdad, Jean-Jacques, con su egocentrismo desmedido. Sólo que Rousseau da la impresión de estar como yo en esos momentos de espera: completamente solo en el mundo. “Yo y el mundo”, diría Rousseau. “El mundo y yo”, esperando, me digo yo. En ciertas situaciones alivia constatar la fuerza de espíritu de los otros, creer que en esa comunión pasajera uno resuelve algo para si y se inventa una religión del instante.

Pienso en mi madre que espera mi llamada y la frase: “Ya estoy en Cuba”. O en J.A que allá afuera ha contratado de chofer a un vecino para llevarme a su casa, y a quien le he prometido una botella de Havana Club como brindis por estos 16 años de lejanía. O en mi hija Ariane en Francia, que de tanto buscar noticias sobre Cuba me dijo antes de salir:

-“Papá si te pasa algo no vayas a hacer una huelga de hambre”. Mi hija, como todas las hijas, cometiendo el error en su pasión, de creer que su papá es un héroe…

“Estoy en Cuba”, me confieso. Y ni siquiera la extrañeza de mirar lo que me rodea (el verde particular y desordenado de los campos desde el avión, las luces blanquecinas del aeropuerto, el calor resbaladizo de los sudados rostros uniformados, el acento nasal de alguna que otra frase) atenúa estos minutos de pie, con mi bolso y el voluminoso libro de Rousseau entre las manos.

La muchacha me hace señas de que vaya detrás del cristal de su taquilla. Estoy de nuevo frente a ella y me toma otra foto. Me devuelve mi pasaporte cubano y me dice mirándome a los ojos: “Bienvenido a Cuba, Armando”.

Hasta le doy las “Gracias”, avergonzado, temeroso y feliz, incrédulo y satisfecho. Paso una hora en la aduana. Salgo a la noche calurosa, abrazo a J.A, y caminamos a buscar al chofer con una botella de ron bajo el brazo.

Y la alarmante falta de alumbrado público en la avenida de Rancho Boyeros, me permite percibir mejor el cielo estrellado de Cuba.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Maria del Carmen 10/09/2012 16:45

Fantastico y muy bien escrito. Felicidades de todo corazon por poder escribir lo que muchos cubanos sentimos.

Pascual 10/09/2012 09:18

Es por eso que la lectura es siempre algo bueno. En 17 años, por diversos motivos, no he querido o no he podido (aplican las dos indistintamente) viajar a Cuba. Leyendo esto siento que tengo la
Experiencia sin el Viaje; una suerte de Deja-vu al estilo de Julio Verne meclado con algo de Poe, gracias, socio.

Pablo 10/09/2012 09:15

Las mismas sensaciones, miedos y ansiedades las he pasado yo en todos mis viajes, mayores aún en los momentos de la salida que en los de la entrada. Tasmbién me han hecho salir de la fila. En fin,
es nuestro karma.

Viviana 09/09/2012 19:05

Tremendo susto, pero lograste entrar al final. Aquello no es como antes. Esperamos la continuacion.

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