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28 septembre 2012 5 28 /09 /septembre /2012 21:22

100_0395.JPG            Me veo en el Vedado, caminando por la calle Línea, en busca del teatro Trianón, en el atardecer del viernes 4 de agosto, día en el que Cuba festeja el siglo del nacimiento del escritor Virgilio Piñera, y en el mundo crece la expectación por la final de los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Londres.

Una mañana de aburrido domingo G. y yo nos fuimos a caminar por el Trianón original (uno de los tantos caprichos que le costó la decapitación a María Antonieta) en las afueras de París, en un paraje de los  jardines del palacio de Versalles.

Y evoco esta caminata porque G. se sonríe al mencionarle el nombre del teatro donde se homenajea a Piñera, con esa condescendencia que enarbolan con elegancia los franceses cuando quieren burlarse discretamente de algo.

Como estamos adelantados y la jornada de calor ha sido agobiante, G. y yo descubrimos que se puede estar sentado en un cafetín con aire acondicionado, situado a la derecha de la entrada del Trianón. Un lugar, claro, que se paga en divisas. Al entrar se me escapa un grito: “¡Hay Coca Cola”! Yo, que sólo tomo Coca Cola en París cuando estoy enfermo del estómago, me asombro porque veo, por primera vez, latas del célebre refresco tras los cristales de las neveras públicas habaneras.

El ambiente que imagino parecido al que predominaba en el Ten Cents de los años 50, la vendedora con aire de colegiala, y la presencia además de un niño en su coche, me hacen pensar en la inquietud y en la sorpresa que recorren el cuento “El caramelo” de Piñera.

En su ensayo “El secreto de Kafka” publicado en la revista Orígenes, Virgilio defiende la necesidad de la sorpresa en toda narración, es decir, una sorpresa que él prefiere nombrar, “por invención”. Sin embargo, aunque fueran reales las sorpresas de esa noche, quise suponer que él se divertía desde lo alto, travieso, escondido en alguna parte de su eternidad, de todo lo que transcurría durante esa noche de sus 100 años.

De vuelta, frente a la taquilla del teatro, la portera me anuncia que no se venden entradas: sólo se permite pasar por invitación. Le digo, calculador y oportuno, que estamos invitados por Antón Arrufat, y enseguida se abren para G. y para mí las puertas del teatro.

Reconozco a muchos invitados que no me conocen, y escucho presentar a otros inesperados: solitarios familiares de Virgilio que acuden a este organizado aplauso al antiguo pariente proscrito.

Alguien que identifico de inmediato como el viceministro de cultura, Fernando Rojas, contribuye a la suma de sorpresas de la noche: viene a preguntarme qué tal me fue el viaje de París a La Habana, y cómo sigue la salud de mi madre: “Yo también soy de Santa Clara”, añade con amabilidad.

El sobresalto no me impide ser cortés y al responderle le doy las gracias, casi al mismo tiempo que comienza el espectáculo y la soprano Bárbara María Llanes, envuelta en un resplandeciente vestido rojo, interpreta poemas de Piñera, y una sucesión de actores recitan monólogos que retoman pasajes de sus cuentos.

Lo preferido, además de la voz de la soprano y la ejecución impecable de los músicos, el pasaje titulado “Colosal Demostración de aburrimiento” del cuento “Un jesuita de la literatura”, representado por un formidable Osvaldo Doimeadiós.

Al terminarse el espectáculo se percibe en el vestíbulo un inmenso cake con latas de refrescos de limón y cajitas. ¡Como en los cumpleaños de mi infancia hay cajitas! La cola es extensa porque numerosos son los invitados, y cada uno parece unánime en sus respectivos  fervores por atrapar la cajita que le toca.

Y cogemos cajitas G. y yo. O más bien yo solo, porque G. hace una mueca que deja ver sus dientes, y se niega con vehemencia gala a probar bocado de lo que sus ojos verdes ven dentro de la cajita. De nada sirve que evoque con adolescente patriotismo mis fiestas de niño y la trascendencia que guarda en mi memoria el acto de abrir una cajita: una vez más (como ocurrió con los frijoles negros) es evidente la ruptura culinaria entre nuestros gustos desiguales.

Al salir a la noche me dan ganas de remontar la avenida de los Presidentes, a pesar de la reticencia (por hambre) de G. y el argumento que seguro encontramos un paladar en la barriada donde saciar su apetito. Me dan ganas de caminar, como siempre en este viaje a Cuba, porque quiero rememorar la época en que vivía en este barrio, al final de los 80.

Debe ser medianoche y está quedando atrás, con el aire del mar y el cercano olor a salitre, la noche del centenario de Virgilio Piñera. Seguimos caminando, loma arriba, a la búsqueda de un taxi o de un lugar dónde comer: lo primero de los dos que aparezca.

Es entonces, en la esquina de G y 23, bajo la luz de uno de los pocos faroles iluminados, cuando un joven con aire distraído, al ver mi reloj, se dirige hacia mí y me pregunta:

-Compañero, ¿puede decirme la hora, por favor?

Mi sorpresa se recupera del descontento que le provoca escuchar ese olvidado apóstrofe, y le corrijo: “Señor, dígame señor, por favor”. El desconcierto cambia entonces de terreno, y reparo mi pesadez apresurándome a darle la hora:

-Son las 6 de la mañana, señor…

En su cara veo la extrañeza y me toma unos minutos darme cuenta que no he cambiado de hora mi reloj, que deben ser las 6, pero no en La Habana, sino en Francia.

Un chevrolet americano que funge de máquina de alquiler y que ahora llaman almendrón, se detiene echando humo ante las señas que G. le ha hecho a mi espalda. “Los llevo adonde quieran ir, al hotel o a comer, adonde quieran…”

En la radio del almendrón, un locutor, tan eufórico como el chofer, pronostica con convicción, que en unas horas los jamaicanos batirán allá en Londres, el record olímpico de los 100 metros.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Lourdes 01/10/2012 12:53

Esto esta muy bien escrito, pero no se ve bien claro cual es tu posicion ahi, parece que le echas la culpa a tu pareja de todas las criticas a aquello. Es mi opinion.

Rodolfo 30/09/2012 16:17

Armando: excelente también. No sé si te diste cuenta al escribirlo, pero describes ese constante ir al pasado cubano, al presente de la visita al país, a la constatación de que eres y no eres de
allí, que ya eres en parte extranjero, con referencias al país de residencia actual, todo junto, todo mezclado, todo a la vez. No lo dices, pero uno puede imaginarse lo que pensaste o temiste
cuando Rojas te pregunta por tu viaje y la salud de tu mamá: son demasiados detalles. Al final, percibo (dimensionado por la presencia de G.) que aceptas disfrutar La Habana más como cuasi turista
que como hijo pródigo que regresa.

Aymara 29/09/2012 18:51

Yo tambien tuve que ir a Cuba por asuntos de familia, y siempre me las arregle para evitar asistir a las "actividades" de ese tipo a las que me invitaban. Creo que no las hubiera disfrutado, pero
ademas yo hice el sacrificio de abandonar mi patria para no tener que verle la cara a los representantes del gobierno, sobre todo para no verme forzada a compartir con las marionetas de la cultura
oficial. Me gustaria saber, en su caso, como se sintio despues de haber participado en ese homenaje, y mas aun despues de haber sido reconocido y abordado por uno de esos siniestros personajes.
Muchas gracias.

Montse 29/09/2012 15:23

Lo que escribiste acerca del Centenario de Virgilio me pareció extraordinario....

Karelia 29/09/2012 13:55

Me encantó leerlo. ¿Como Conseguir algunos de sus libros? Saludos...

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