4 avril 2012 3 04 /04 /avril /2012 01:09

Steiner.jpg            Me despierto en medio de la madrugada. No sé si no puedo o si no quiero dormir. No duerno, en fin, esa es la única certeza de que estoy vivo antes de encender la luz. Y escucho entonces en la radio la voz de George Steiner, uno de los pocos grandes hombres que van quedando vivos en nuestro mundo de agitados y efímeros buscadores de aplausos de unos días.

Siempre nos lamentamos con exceso por la paulatina extinción de los grandes que no vemos y que comparten con nosotros la suerte o la fatalidad de la época que nos tocó respirar y sobrevivir. Ahí está uno de ellos. Filósofo, ensayista y crítico literario, capaz de hablar cinco lenguas, de leer y analizar en griego y en latín a los clásicos. Extendida su vida y su cuerpo de judío errante entre el París donde nació, Inglaterra, los Estados Unidos, Ginebra…

Aterrado o casi, más bien apenado, me doy cuenta que aquí, en La Balsa de mi exilio, en su biblioteca que se agranda al mismo paso que el tiempo y la distancia de mi salida de Cuba, no tengo un solo libro de George Steiner.

Ni uno solo. Lo he leído de prisa en bibliotecas de París. Quizás (improviso) ha sido citado en alguna de mis conversaciones de café con atractivas estudiantes francesas. Pero tengo que aceptar la evidencia: nada de lo publicado por Steiner está al alcance de mi almohada.

Me queda sólo la opción de escucharle como la solitaria redención de mi descuido.

¿Qué está diciendo Steiner? ¿Qué está diciéndome en esta noche para que yo prepare una taza de café y me siente, riegue las plantas, y después (ahora) viole todas mis reglas y hasta escriba de prisa? Responde a preguntas. Sólo que su manera de responder es una lección de sabio, y por tanto de modesto humanismo. De una inteligencia puesta en función de escuchar y reflexionar, de tratar de comprender.

Una de las ideas más persistentes de Steiner consiste en tratar de explicarse por qué la gran cultura de Occidente no pudo evitar la barbarie. De dónde procede la impotencia del arte ante la Historia.

-Yo no soy un sabio, afirma en francés, más bien me veo como un postino como dicen los italianos, es decir, un cartero, el que lleva el mensaje de los grandes hombres.

El conocimiento debe ponerse en función de la comprensión. Y cita ejemplos Steiner. Nadie sabe cómo uno va a reaccionar ante circunstancias inesperadas de la Historia. Menciona la traición del discípulo  Heidegger a su maestro Husserl. La negación caprichosa del horror estalinista por parte de Sartre. Las preguntas qué el mismo se hiciera en Inglaterra durante la guerra: ¿quién puede afirmar que de llegar los alemanes aquí no habrá traidores?

Nadie puede saber la cuota de miserable que puede llevar en su alma si debe sobrevivir a las circunstancias.

Y esta idea compasiva se complementa con otras dos afirmaciones. La segunda: los que han realmente sufrido, no hablan, no quieren hablar, porque el horror vivido no puede ser ni explicado ni comprendido en su totalidad.

La intelección entonces, su testimonio o su escritura, siempre es impotente ante la dimensión de los hechos.

Cuenta Steiner una anécdota. Un día su amigo Arthur Koestler, autor de la célebre novela El cero y el infinito, le pregunta:

_ ¿Sabes George por qué tus libros no valen nada?

_ No, dime tú, le pregunta a su vez con paciencia Steiner.

_ Porque tú nunca has estado en la cárcel, le afirma categórico Koestler.

Esto, según Steiner, viene a confirmar que un intelectual sin ciertas experiencias límites puede especular, pero no juzgar ni atacar comportamientos que le son ajenos por no haberlos vivido en carne propia.

En Le Transport d'AH, la única novela que ha escrito Steiner, se cuenta la búsqueda y la posterior captura de Adolfo Hitler por un comando judío en plena selva amazónica. El lugar es horripilante porque el paraíso y el infierno se parecen, comenta Steiner. Hitler ha perdido la memoria y el comando judío decide juzgarlo en el mismo lugar donde lo ha descubierto. Sin embargo, de golpe, Hitler pronuncia en su defensa un discurso coherente y hasta brillante.

La elocuencia del mal existe, nos dice Steiner, porque en sus apariencias poco, muy poco separa al mal del bien, porque la cultura puede, incluso, confundir el trasfondo de los argumentos. A lo mejor ésta es la tercera afirmación que nos permite comprender la impotencia de la cultura ante el destino.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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commentaires

Jorge 05/04/2012

Impagable la anécdota con Koestler. No la conocía. Gracias.

Adelita 10/04/2012

Gracias Armando por compartir esta conversacion. Te queremos mucho.

Daniela 11/04/2012

Extraordinario y qué suerte poder escucharlo y comprenderlo en francés. Felicidades

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