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5 juin 2011 7 05 /06 /juin /2011 09:18

Kundera.jpg

 

(Notas sobre la consagración de Milan Kundera)


Con el desconcierto que siempre me provoca su bella discreción, G. acaba de regalarme por mi cumpleaños número X, la edición del primer tomo de la Œuvre de Milán Kundera, publicada en la prestigiosa colección « La Pléiade » de la editorial francesa Gallimard.

Es la primera vez (insisten los franceses con esa arrogancia aceptada por siglos de esplendorosa literatura) que un escritor vivo aparece publicado en “La Pléiade”.

Sí, hay que morirse para estar canonizado por los galos. Y ni aún así. Por ejemplo de los escritores latinoamericanos sólo aparecen Borges (a pesar de memorables polémicas con su viuda María Kodama), Octavio Paz y pronto, Alejo Carpentier…

Tengo ante mí y leo en francés, reunido en un libro,  novelas de Kundera que a veces pude hojear o leer de prestado en Cuba.

Creo fue el bibliófilo Pascual Cruz Varela quien me hizo leer en la ciudad nuclear de Juraguá primero,  y después en La Habana, los libros de Kundera.

Yo era nada más y nada menos que “Asesor Literario” de la Central Nuclear de Juraguá cuando conocí a Pascual, y las lecturas de libros que, como un prestidigitador desesperado, él hacía aparecer de sus mochilas, nos salvó de la pesadilla de permanecer en ese lugar varios años de “servicio social”.

Del acto casi delictivo he pasado al acto placentero. Y esta vez debo reconocer que si el tiempo me ha llevado un poco recio en eso de las recompensas (no olviden que hablo de un regalo por mi cumpleaños…X), la elección arriesgada de haberme alejado de la isla, me sonríe ahora con el placer de poseer y poder leer este libro.

Vale ahora, al cabo de tantas lecturas interrumpidas de Kundera, tratar de precisar qué hace grande a este escritor o, y esto es lo que más me interesa, el por qué de la atracción unánime de sus libros.

Escucho en la radio francesa a François Ricard, prologuista de esta edición, al escritor Dominique Fernández y al filósofo Alain Finkielkrau, en un programa dedicado al escritor checo que se niega, hace años, a dar entrevistas o a aparecer en público.

 Y debo confesar que no es sólo leyendo sus novelas sino también sus ensayos El telón y El arte de la novela y ahora escuchando los juicios críticos de quienes le conocen, que he logrado aclarar las causas de mi placer, mi coincidencia o no con quienes admiran “al otro K checo”, como lo llamara su amigo Carlos Fuentes.

Al leer a Kundera en Cuba siempre creí que mi empatía con su escritura estaba condicionada por las situaciones análogas que él viviera y narrara en sus libros. Quiero decir, el haber vivido y creado en un régimen comunista, como nosotros. Esa resulta ser la primera apreciación de muchos lectores que relacionan la historia contada con la Historia soportada. Y resulta ser también la que más disgusta al propio Kundera que insiste existir, sobre todo, como un escritor universal, y no como un disidente checo que escribe: novelista y europeo, resultan ser las únicas dos etiquetas que acepta.

La universalidad de las novelas de Kundera se debe a la manera contemporánea de trabajar temas eternos: la ligereza del ser, el amor, el lirismo, la ignorancia, la estupidez, el arte, la política, la nostalgia, etc. Es la presencia constante de este tema central el que da unidad a todas las discreciones que se permite el autor al interrumpir la cronología de lo contado.

El aspecto fundador de la prosa de Kundera proviene de la manera en la que él cuenta la anécdota y al mismo tiempo medita sobre la existencia de sus personajes. Y subrayo existencia porque Kundera rechaza lo que él llama “la representación delante del telón” que superan Rabelais y Cervantes. Según él existe una doble tradición de la novela europea a la cual él se integra, la iniciada por estos autores y  continuada por Kafka, Musil, Broch y Gombrowicz.

El arte de la novela, según Kundera, sufre una cambio irreversible cuando la historia abandona la fascinación psicológica que significa explorar los caracteres y se orienta precisamente hacia al análisis existencial, es decir la lectura y narración de situaciones que aclaran los principales aspectos de la condición humana.

En otras palabras que la introspección y el lirismo son remplazados por la confrontación a la desilusión y el descubrimiento de la ambigüedad de lo real.

La belleza, parece enseñarnos Kundera, es más auténtica cuando las cosas pierden sus significados aparentes y lo insólito (es decir la libertad) se expresa sin límites y sin las restricciones fijas de lo real.

“Leer una novela de Kundera es siempre una experiencia de la desilusión”, escribe François Ricard en la introducción  a este primer volumen de la Oeuvre de este checo K que ahora escribe en francés y no en alemán como Frank. Sólo que esta desilusión se enaltece por la reflexión y por su sinceridad.

Pensar al tiempo que se escribe, romper el telón para develar lo más recóndito de los comportamientos ante lo sublime y lo ridículo, ante lo trágico y el kitch, lleva a Kundera a servirse de pasajes que pueden considerarse ensayos sin que, gracias a la unidad del tema existencial nos aleje, ni nos merme el placer de la lectura.

Si en La insoportable levedad del ser Kundera se permite exponernos como una ligereza excesiva del espíritu puede ser tan nociva como la gravedad que él había explorado en La broma, en La vida está en otra parte ridiculiza y rompe con lo que él denomina “La edad lírica” del hombre, a través de la historia del poeta Jaromil que llega a ser un digno representante del “realismo socialista”.

Es a través de una situación y no de escenas ni de exploraciones de la psiquis que se revelan según este escritor, la inexperiencia o el conocimiento del alma humana.

Y cabe preguntarse entonces: ¿y dónde está el comunismo en todo esto? Es evidente mi intención aquí de invertir la lectura de la obra de Kundera. Bastaría con haber comenzado por una lectura de la crítica explícita al totalitarismo que se puede encontrar en la piel, en el exterior de sus libros cuyas historias transcurren casi siempre en la Checoslovaquia sovietizada por la fuerza.

Kundera nos insinúa que situaciones como las generadas por el comunismo sólo se diferencian de otras surgidas en otros contextos por llevar al extremo a los seres humanos, por no dejarles opciones. Y es, piensa él, en estas situaciones que se revelan todos los registros de la existencia. Lo total de la imposición enriquece el muestrario de desilusiones, de reacciones de sobrevida, o de humillaciones por parte del Poder.

El Tomas libertino de La insoportable levedad del ser es un cirujano que termina limpiando cristales, Ludvik Jahn, estudiante de La Broma, por simpatizar con Trotski, es expulsado de la universidad y obligado a trabajar en una unidad militar. Jaromil el poeta de La vida está en otra parte pone su talento al servicio del régimen comunista porque su ego necesita reconocimiento y su lirismo, en el plano social, lo lleva a confundir, por oportunismo narcisista, la utopía con la realidad.

Y esta es la grandeza de Kundera, la de mostrarnos a la vez el desastre espiritual del totalitarismo en las personas y el drama en general de la existencia del hombre contemporáneo, más allá de la anécdota, de la descripción del hecho, de la repetición simplista de los clichés de quien vive el trauma irracional de un régimen sin espacios de disensión.

Esta universalidad los críticos y académicos europeos la explican de manera radical: Kundera es ante todo, un intelectual de Europa, dicen. Sus dudas y angustias no sólo son propias a esa civilización, sino que pueden llegar a exponerse de manera tan ejemplar por el legado de la espiritualidad del viejo continente.

Me pregunto entonces, ¿qué lección puede compartir un intelectual o un simple lector cubano de este novelista?

La misma que los europeos, me respondo, detestando distancias y discriminaciones. La misma, sin la coincidencia cultural, claro. Sin esa herencia directa de la cultura griega y judía- cristiana. Como si fuera también el resultado, por ejemplo, de los efectos de la lectura de una traducción.

Pero, y de ahí quizás la razón principal de nuestra devoción, un lector cubano posee la ventaja cómplice de conocer desde adentro, de manera vital, como el joven Milan, la alienación existencial del totalitarismo. Algo que para bien o para mal, no conocieron, por ejemplo, los franceses.

En La ignorancia, su última novela, curiosamente publicada primero en español en el 2000 y después en 2003 en francés, lengua en la cual fue escrita, Kundera cierra un ciclo en la búsqueda personal por explicarse las reacciones de los hombres: narra el regreso de dos checos exilados, Josef e Irène, a una Praga democrática.

La novela es consagrada a la nostalgia y contiene explícitas alusiones a Ulises, encarnación, como se sabe, del desterrado que regresa tras un largo periplo de aventuras. En una de las tantas escenas memorables de ese breve libro Irène, quien ha vivido muchos años en París, organiza una fiesta a sus amigos de infancia y decide poner en la mesa una docena de vinos de Burdeos. Consternada se percata que sus viejos camaradas ignoran el vino francés que ella les trae de regalo, y prefieren beber cerveza local…

Contrario a lo que supone la razón que estipula que el exilado debe volver cuando se extinguen las razones de su exilio, o simplemente cuando la nostalgia se vuelve insoportable, los personajes de La ignorancia constatan que es imposible un regreso al origen que abolirá con crueldad las vivencias, las enseñanzas, y las diferencias nacidas durante los años de exilio.

G. me mira ahora leer la Oeuvre de Kundera con la satisfacción comprensible de quien comprueba que su regalo ha gustado a su destinatario.

 “Cuando vuelva a Cuba no se me ocurrirá llevar de regalo a mis amigos botellas de vino de Burdeos”, le comento.

Y recuerdo un pasaje en el cual Borges cita a Dante y se refiere a una versión no difundida del mito de Ulises. Parece ser, apunta Borges, que Ulises después de estar un tiempo en Ítaca, no pudo soportar y siguió navegando hacia otros mares. Kundera sin dudas no ignora esa versión y en La ignorancia hace volver sobre sus pasos a los decepcionados exilados, como si la vida siempre estuviera, para todos, en otra parte.

Esto explica otra de sus elecciones. Durante varias semanas Kundera manifestó a sus editores franceses su interés por titular La Edad Lírica  a su novela antilírica que terminó llamándose, como hemos visto, La vida está en otra parte. En realidad Kundera retoma de manera sarcástica el célebre verso de Rimbaud (“La vraie vie est ailleurs) para ponernos ante la cruel evidencia que casi siempre negamos: estemos donde estemos de nada sirve imaginar una evasión a la tragedia humana.

Que vivamos aquí o allá uno lleva consigo a sus propios demonios, enfrentará experiencias límites y la belleza del mundo consiste, precisamente, en la aventura de tratar de atravesar el escenario pagando el precio de ser nosotros mismos.

Publicado en la revista Voces, No. 8, mayo 2011, La Habana.

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Maria Eugenia 10/06/2011 15:29


Si hay alguien que puede entender a Kundera es un cubano, claro que si!


Ana 07/06/2011 15:49


Vivir bajo un régimen totalitario nos hace cómplices a cubanos, a checos, a chinos... Totalmente de acuerdo contigo, eso nos hace comprender la obra de Kundera desde dentro, aunque Kundera, como
Kafka o como Wei Wei tienen una esencia ontológica que es mucho más importante que esas coincidencias políticas.


Margarita 06/06/2011 20:37


Me parece muy original la manera en que lees a Kundera. Me gusto mucho. Un saludo desde Barcelona.


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