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1 mai 2011 7 01 /05 /mai /2011 13:42

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(Notas sobre un viaje a Siracusa)

 

Después de cruzar el puente Umbertino me doy cuenta que Ortigia, donde G. ha elegido alojarnos, es una isla que completa la ciudad de Siracusa y se añade a otra isla, Sicilia.

Hace días no sé nada de Cuba. Y heme aquí, escondido además de la insistencia cotidiana de lo banal, precisamente en otra isla.

Al final de la mañana me apresuro por una callejuela a ver el azul particular que dicen posee del mar Jónico en la bahía. Me detengo ante la fuente de Aretusa, la ninfa griega, e imagino en el horizonte el resplandor de los bajeles del romano Marco Claudio Marcelo, incendiados por los espejos de Arquímedes.

Como es ya conocido Arquímedes logró darle candela a las naves romanas jugando con la luz que destellaba de espejos cóncavos situados en varios puntos de la ciudad, uno de los tantos inventos que lo hizo célebre en su época.

Por cierto, cuentan que fue Cicerón quien descubrió en el 75ac, más de un siglo después de la muerte del científico, la tumba de Arquímedes. En el pórtico de la  entrada vio el dibujo de una esfera dentro de un cilindro, y eso le bastó para cerciorarse de su hallazgo. Como si un dibujo, me digo, pudiera en sí mismo resumir una vida, ¿no?

Pero es la primera de las muchas veces que veo mencionado el nombre de Santa Lucía, patrona de la ciudad, que cambio de dirección a mis perdidos pasos de  turista.

La alusión me recuerda a una de las tantas conversaciones con mi madre en las tardes de Cuba. Y a lo único que logro asociar de repente al mito son los dos ojos que en muchas imágenes la virgen muestra en sus manos. Es en cierta forma para completar estos datos imprecisos que decido tratar de ver aquí lo que perdura de esa leyenda.

Leo que excepcionalmente en la iglesia de Santa Lucía a la Abadía se exhibe el cuadro El entierro de Santa Lucía de Caravaggio. Tengo ante mí el inmenso cuadro que Caravaggio, el prófugo, acusado de pederasta en su época, pintara en sólo dos semanas.

Aquí mismo, en Siracusa, acabado de fugarse de la isla de Malta gracias a la ayuda de un guardián francés. El mismo guardián que ilustra con su rostro al sepulturero que aparece a la izquierda del cuadro, uno de los gigantes de la escena, con el otro sepulturero y un capellán.

Al centro cae sobre un monaguillo la luz que, como siempre en Caravaggio, sale de una altura imprecisa para dividir el espacio entre los cuerpos iluminados por ella y las tinieblas. Ante su madre que se cubre el rostro, Santa Lucía yace muerta con la herida en la aorta que le provocara el cuchillazo de un soldado romano.

Las múltiples versiones sobre el martirio coinciden en algunas cosas: Lucía no quiso casarse para consagrar su virginidad a Cristo, obligó a su madre a repartir la fortuna familiar entre los pobres, y ante las torturas de los romanos para que renunciara a sus creencias respondió con la insistencia de una fe que, según sus devotos, le provocó que le arrancaran los ojos y, en otras versiones más crueles, a sacarse ella misma sus ojos ante sus victimarios.

Lo asocio al suplicio de Edipo y especulo que algo de la tradición griega se adapta al martirio de la virgen, pero los dos fines son antagónicos. Edipo no quiso ver la realidad aterradora del destino, Santa Lucía pretendía mostrar una prueba de su fe y entregarle su cuerpo y su espíritu. No ver como tortura, en un caso, en el otro, como convicción. Una convicción responsable quizás del milagro de recuperar de nuevo la visión antes de morir.

Caravaggio pintó a la patrona de Siracusa en sólo dos semanas, y siguió su corredera a Palermo y después al continente: se cuenta que no podía vivir lejos de Roma, donde había asesinado en una juerga a un militar. Como se comprobó sólo en 2010, al examinar restos de una fosa común del cementerio de Porto Ercole, el malacabeza y genial  Caravaggio murió de insolación en una playa de Porto Ercole, sin poder volver a su querida Roma, donde sus amigos y su arte le habían conseguido el perdón del Papa.

Lo que me fascinó siempre en Caravaggio es la manera doble de asumir lo que se representa y lo que se vive, lo que se ve por la luz y se oculta por la penumbra, lo que se debe respetar y a la vez, violar.

Tengo ante mí, repito, El entierro de Santa Lucía y creo ver, en este lienzo hecho por encargo, las angustias y las obsesiones del fugitivo, del marginal irreverente que se representa, incluso, a la derecha y detrás de los personas principales, saliendo, un instante de la penumbra para mostrar su rostro.

Leo después que esta Santa Lucía también corrió el riesgo de aparecer decapitada pero que Caravaggio, temeroso de los efectos de la crueldad de la imagen, retocó el cuello, reparó la separación de la cabeza.

Y digo también porque Cavaggio decapita a muchos de sus personajes, reales, iluminados, sin decoro natural ni perspectiva de fondo. Y termina, en sus delirios, por decapitarse él mismo, por presentar su cabeza en la mano izquierda del David de su David con la cabeza de Goliat(1610) o en su Cabeza de Medusa, pintada sobre el cuero de un escudo, retocada muchas veces, y que él perdiera en el último de sus viajes.

Porque Caravaggio también pintó y reprodujo sus tormentosas figuras humanas en medio de ese contraste permanente y superior al de la luz y las sombras, el de la fidelidad naturalista de los cuerpos y la angustia que ellos manifiestan. El de poder ver iluminado la suciedad y el cuerpo agonizante.

Me detengo al salir del sepulcro de Santa Lucía, más allá del puente Umbertino y de la isla de Ortigia. Recojo dos piedras que enviaré con alguien, como un recuerdo, a mi madre en Cuba.

 Quiero comer esta tarde pastas con sardina, la especialidad culinaria, me dice el cocinero, de Siracusa.

Y de vuelta a pie hacia la dirección del mar leo algo más sobre Santa Lucía. Es fama que llevaba de comer a los cristianos proscritos por Roma, a través de túneles, y que iluminaba el camino en medio de las tinieblas con la luz de una corona.

La imaginación popular la hace también descendiente directa de Arquímedes, como si fuera imposible para la gente que dos mitos nacidos en un mismo lugar pudieran ser independientes. Como si la luz de la corona de la santa bajo tierra y la de los espejos que impiden la llegada de los barcos romanos tuvieran una misma genealogía.

Antes de tomar un extenso tren para volver de Siracusa a Palermo, como hiciera en su huida, por cierto, Caravaggio, me llegan al fin noticias de Cuba.

Tengo un mensaje de mi madre que por superstición no me atrevo a abrir hasta que no vuelva a París, y algunos comentarios sobre un supuesto congreso en La Habana.

Quiero por unos días que me agrade la distancia y que nada moleste el regocijo de poder ver estos parajes.

“No molestes mis círculos”, dicen que gritó Arquímedes antes de morir a manos de un soldado romano que lo interrumpió mientras trataba de resolver un problema geométrico.

En Palermo sólo me quedo unas horas antes de atravesar el mar de vuelta al continente. Mirando a las aguas me imagino a Caravaggio a bordo de la faluca en la que quiere acercarse a Roma, busco las dos piedras en mi bolso de mano y las cierro con fuerza hasta el final de mi viaje de regreso.

 

Ilust: Caravaggio, El entierro de Santa Lucia (1608)

 

 

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Published by Armando VALDES-ZAMORA
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Eduardo 05/05/2011


Gracias por compartir con nosotros tus viajes por el mundo.


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